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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

Shelley Winters es una de esas mujeres que protagonizaron vidas intensas, longevas y llenas de experiencias. Y nunca se cortó además a la hora de contar cada uno de los aspectos de su existencia: su carrera como actriz, como celebridad, sus compañeros y compañeras de reparto, sus relaciones amorosas… No tuvo pelos en la lengua, por emplear un dicho popular. Shelley Winters es de esas actrices con una filmografía kilométrica. Shelley Winters además de filmografía kilométrica es una actriz de las grandes con interpretaciones memorables. Shelley Winters no dejó ni deja de dar sorpresas y como son tantos sus trabajos todavía le queda a servidora mucho que descubrir. Shelley Winters no puede caer en olvido y no hay que dejar de recordarla una y otra vez. Su abanico de rostros va de joven proletaria a mujer madura fracasada, pasando por madre coraje o madre errática y arrasando con papeles de mujer que se enamora del hombre equivocado o dama con una pronunciada sexualidad hasta llegar a mujeres maduras con dotes para el terror o venerables ancianas…

Primeros papeles

Empecemos por el principio. El papel que empezó a darla notoriedad fue en una buena película de George Cukor que recuerdo lo que me impactó la historia cuando la vi por primera vez: Doble vida (1947). Es de esas películas donde cine y teatro se funden… y habla sobre cómo un papel puede absorber hasta tal punto a un actor que confunda los límites de la realidad y se funda con el personaje interpretado hasta tal punto de cometer sus mismas acciones y sentir sus mismos sentimientos. La historia cuenta cómo una compañía está llevando a cabo Otelo y su actor principal (Ronald Colman) se mete hasta tal punto en su papel que esta situación tiene terribles consecuencias para su compañera de reparto (nuestra Shelley Winters).

Así seguiría interviniendo en películas notables hasta llegar a la década de los 50 con dos filmes importantes. Un clásico del western y un melodrama inolvidable. Y Shelley Winters presentando dos rostros que la acompañarían otras veces en su filmografía. La mujer de mala vida con buen corazón pero luchadora. La joven proletaria que intenta ser feliz y la vida la golpea una y otra vez arrastrando una existencia dura de sufrimiento. El western sería Winchester 73 de Anthony Mann y el melodrama Un lugar en el sol donde Shelley Winters derrocha realismo, humanidad y un desamparo que duele.

Otra interpretación carismática como joven trabajadora que trata de redimir con su amor (otro de sus rostros) a un delincuente es el que lleva a cabo en la notable y triste Yo amé a un asesino. El delincuente de los suburbios, siempre perdedor, tenía el rostro de John Garfield en su última interpretación antes de su muerte.

Madres y mujeres fracasadas

Y otro papel en el que está magnífica y que muestra otro rostro es el de mujer que en su momento fue exitosa y bella y que va arrastrando su decadencia, alcoholismo y perdición por cada sitio que pasa… Sin embargo muestra una dignidad que trata de mantener intacta y un saber decir verdades como puños. Así se muestra dolorosa y creíble en esa maravilla de Aldrich, The big knife (1955). Ese mismo año coprotagoniza otra joya cinematográfica, toda una rareza, y de nuevo como mujer víctima, engañada. Otra vez Winters se enamora del hombre equivocado y tiene una de las muertes más poéticas que se recuerdan. Estoy hablando de La noche del cazador.

… Aquí empieza su carrera con madres sufridoras, humanas, trágicas, llenas de defectos y virtudes… Así está presente en El diario de Ana Frank (no como madre de la protagonista sino como madre de la otra familia que comparte escondite con los Frank) de George Stevens. Entremedias antes de finalizar la década de los cincuenta actuó en una notable película de cine negro que es un retrato duro de un grupo de perdedores… entre ellos el de una Shelley Winters enamorada de un hombre complejo al que tiene mantener, me refiero a Apuestas contra el mañana de Robert Wise (de la que pronto hablaré).

También la encontramos en la interesante Los jóvenes salvajes de John Frankenheimer donde interpreta a una madre sola, pobre y trabajadora que lucha por probar la inocencia de su hijo en un asesinato. Winters de nuevo cautiva como una mujer que ha perdido toda esperanza, que ha llevado una vida dura, y que trata de pedir ayuda al fiscal del caso (Burt Lancaster) porque da la casualidad que fue un antiguo amor de ese barrio del que ella no logró volar…

Pero quizá la madre fracasada, patética y por eso llena de humanidad y fragilidad más recordada es la que interpretó en la Lolita de Stanley Kubrick. De nuevo vuelve a enamorarse del hombre equivocado.

Últimos años…

Nunca dejó de trabajar. A finales de los sesenta sigue paseando su rostro en tristes mujeres que fueron hermosas y ahora decadentes y vulgares como en Harper, investigador privado o mujeres maduras que viven al máximo su sexualidad en Alfie.

En los años setenta Shelley Winters sigue activa en aquellos papeles que permiten su regreso como mujer de cierta edad. Así lo que la permite regresar a la pantalla como has been son películas de terror donde da rienda suelta a su histronismo o géneros con éxito como el de catástrofes. Y también, como ya hizo en su juventud, está presente en producciones cinematográficas independientes y también innovadoras. Podemos recordarla en Mama sangrienta de Roger Corman, como cabeza de familia de delincuentes. O pasar miedo con su demencia en ¿Qué le pasa a Helen? o llorar a moco tendido con su paradero en La aventura del Poseidon. Su carrera continuó y uno de sus últimos papeles fue en Retrato de una dama de Jane Campion.

… Sorpresas por descubrir

Lo bueno de filmografías tan amplias es que siempre hay muchas sorpresas por descubrir. Y son muchas películas de Shelley Winters que esperan en el viejo baúl de películas pendientes. Me llaman la atención y espero ir consiguiéndolas: Llama a un desconocido de Jean Negulesco, drama con accidente aéreo. La torre de los ambiciosos de Robert Wise, sobre una empresa donde muere repentinamente el presidente y se desencadena una lucha de poderes. Soy una cámara, una primera versión de la historia de Cabaret y las andanzas del escritor Christopher Isherwood en la Alemania nazi. He muerto miles de veces, un remake de la maravillosa El último refugio que protagoniza Jack Palance junto a Winters. Confidencias de mujer de George Cukor donde varias mujeres expones su sexualidad. También me llama la atención El balcón que adapta una obra de Jean Genet y transcurre en un prostíbulo. También me gustaría verla en un drama que trata el tema del racismo de principios de los sesenta Un retazo azul donde Winters es una madre de una chica blanca ciega que se enamora de un hombre negro vidente (Sidney Poitier). Se encuentra en el reparto de una película de Polanski que aún no he tenido el gusto de visionar, El quimérico inquilino. Y así un largo etcétera…

… Me queda tanto, tanto por descubrir de Shelley Winters que siento un gran regocijo porque sé que en muchas de estas películas va a volver a sorprenderme. ¿Aún dudáis de que es una actriz para reivindicar y recordar?

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

 

Las morenas debemos ser bastante más serias porque hay muchas más rubias con escenas cinematográficas desternillantes, extravagantes o inverosímiles que dejaron su huella en el celuloide con unos personajes deliciosos a la vez que alocados…

Ya lo decía un título (por cierto, creado por una morena), los caballeros las prefieren rubias… porque quizá sean más divertidas…

¿Cómo se teñía el pelo el colmo femenino de la extravagancia y el humor en los años treinta? ¿Quién era esa reina rubia oxigenada que era toda una artista de los diálogos de doble sentido? Una rubia, enorme y rechoncha Mae West… que nos dejaba bien claro que no era ningún ángel. Ahí se mostraba exuberante, exagerada, hortera… y divertida.

Pero de los gloriosos años treinta me pongo de rodillas ante las dos rubias más alocadas (con permiso de Jean Harlow que también supo ser pícara y mostrarse divertida): mi heroína (mi modelo de locura femenina) de las escenas extravagantes, es sin duda Irene Bullock con cara de la rubia Carole Lombard… No puedo parar de reír con ella en Al servicio de las damas. Y la otra es la maravillosa Jean Arthur que tampoco se queda corta en dosis de excentricidad en Una chica afortunada.

… ¿Y qué me dicen de la rubísima Ginger Rogers totalmente enloquecida y encantadora cuando retrocede a la infancia en Me siento rejuvenecer? Cuando volviendo a ser niña todo la da igual y expresa a voz en grito sus sentimientos y juguetea sin parar… Y su poder de control desaparece por las rabietas, las risas y las locuras…

¿Por qué las rubias tienden más a perder la cordura? A perder la cabeza descaramente. Y encima resultar encantadoras. Billy Wilder presenta varias de estas rubias en sus películas pero voy a quedarme con dos: una va a ser esa secretaria mega explosiva y rubia que baila encima de una mesa dejando ensinismados a tres comisarios rusos en la veloz Uno, dos, tres… Ella pasa de todo y masca fenomenal chicle… pero es fundamental en la trama y tiene escena de oro que la vuelve inolvidable. Esta rubia se llamaba Liselotte Pulver. Y la otra es la siempre fría y rubia Kim Novak… que perdió los papeles con Wilder para reflejar a una prostituta de corazón grande y con escenas desternillantes en Bésame Tonto. Su eslogan podría haber sido Kim Novak hace reír. Estuvo genial como Polly La Bomba.

Rubias increíbles que además no conocen el idioma de sus acompañantes y por eso dejan escenas memorables de diversión, locura y sensualidad elegimos a dos. Virna Lisi sale de un pastel y desbarata para siempre la vida de un soltero de oro, alegre de serlo en la sátira de Richard Quine, Cómo matar a la propia esposa. También nos regala escena de baile frenético encima de un piano… Y la segunda no podía ser otra: Anita Ekberg que no tiene ni idea de italiano pero se mete en la Fontana de Trevi, baila como una posesa y envuelve en su loco mundo a un desencantado frívolo con cara de Marcello Mastroianni en La Dolce Vita.

Otra rubia absolutamente fascinante en su faceta cómica pero olvidada muy olvidada es Judy Holliday. Yo nunca la olvidaré ni en Nacida ayer, como chica de mafioso de corazón grande o como alocada chica que quiere la fama a toda costa en Una rubia fenómeno.

Y no sería justo no nombrar a la rubia entre las rubias… con risas, Marilyn Monroe que se prodigó en el mundo de la comedia y fue deliciosamente alocada como secretaria explosiva en Me siento rejuvenecer (iba de rubias…), Cómo casarse con un millonario (la rubia miope) o ya saben, Los caballeros las prefieren rubias

Hummm, quizá en mi próxima visita a la peluquería me tiña de rubia porque tal y como están los tiempos habrá que cultivar la risa…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

De joven gigoló en pantalla grande animando la triste soledad de la señora Stone pero con dosis de crueldad a ser señor mayor casado (cuando siempre fue el soltero de oro) con pasado de mito del séptimo arte. Y entre medias el hermoso Warren Beatty simbolizó el cambio del Hollywood del sistema de estudios al nuevo cine americano…

El hermano pequeño de Shirley MacLaine (¿hay dos hermanos que causen mayor sorpresa que sean de la misma sangre?) empezó a despuntar en los años sesenta. Beatty era hermoso y ése fue el rol que desempeñó en sus primeros papeles y lo hizo muy bien. Por otra parte chico espabilado empezó a darse cuenta de que ya no sería una estrella rutilante tipo su hermana, que comenzó su exitosa y camaleónica carrera en los cincuenta. Se dio cuenta de que el sistema de estudios tenía los días contados… y se convirtió en actor espabilado que debía tomar las riendas para seguir con su carrera hacia delante.

El año 1961 fue el año de su debut. Primero como joven gigoló en otra  claustrofóbica, triste y trágica historia con aires de Tennessee Williams (era la adaptación de una de sus poquísimas novelas), La primavera de la señora Stone. Y después fui una de las enamoradas de Bud Stamper, el niño bien con corazón de oro al que el entorno que le rodea y su familia no le dejan tomar las riendas de su vida. Tiene que romper el corazón y la salud mental, sin quererlo, de Dennie Loomis (Natalie Wood) y ‘dejar’ a su desestructura familia después de que caiga en el abismo en el crack del 29 para poder reconstruirse… aunque ya con varias heridas. Hablo de la para mí mítica Esplendor en la hierba de Elia Kazan.

Seguiría por la senda de joven atormentado llegando a su culminación en 1964 entre la locura y la cordura con Jean Serbeg en la extraña Lilith. O también adquiriría el rol de joven romántico rompecorazones caradura de comedia… pero Beatty veía que su estrella no despegaba del todo a pesar de ser considerado el guapo oficial y un ligón empedernido protagonista del papel couché. Los tiempos en Hollywood estaban cambiando. Los estudios ya no tenían la misma fuerza. El público quería otro tipo de películas, estaba ávido de temas nuevos. Querían también rostros nuevos con los que identificarse. La censura ya tenía cada vez menos sentido (el famoso código Hays). La caza de brujas había finalizado…

Y Beatty espabiló y se empeñó en sacar un proyecto adelante como productor y actor protagonista. Una obra cinematográfica con un director prometedor cada vez más en alza, Arthur Penn. Una película que hablaba de los tiempos que corrían, inestables, aunque reflejara el pasado. Una película de aires rebeldes, de dos indignados sociales, dos ladrones de la Depresión que a la vez se amaban. Dos fuera de la ley. Un cine que no ocultaba ni lo sensual ni lo violento. Y así nacía el nuevo cine americano: con la filmación y el éxito arrollador de Bonnie and Clyde (1967). Warren Beatty logró una jugada maestra. No sólo se convirtió en un actor de moda (junto a su coprotagonista Faye Dunaway) sino que adquiere poder en Hollywood.

Robert Altman, otro de los directores de ese nuevo cine, realizó con Beatty de protagonista una pasada de película, la reivindicable Los vividores (1971) donde la mítica del western adquiere otro sentido. Donde se refleja una vida dura, muy dura, lejos de ese tamiz de romanticismo del género. Una historia de supervivientes y perdedores. Beatty es un perdedor que en una lejana y fría aldea trata de montar un prostíbulo. Su socia será una hermosa prostituta con la que protagonizará una extraña relación. Ella era Julie Christie…, dicen que entre las muchas mujeres que pasaron por su vida, Julie logró marcarle y enamorarle. Pero Christie siempre huyó del glamour…

Warren Beatty seguía protagonizando películas que hacían que no olvidáramos su rostro. Así de la mano de Pakula se metió de lleno en El último testigo, un thriller que te deja sin respiración. Y con los directores del nuevo cine continuaba siendo uno de los actores a tener en cuenta, así el realizador Hal Ashby (cómo me gusta) crea una melancólica historia sobre un don juan peluquero (y Beatty también pone su firma en el guión junto a Robert Towne). La que le vuelve loco es de nuevo una triste y hermosa Julie Christie. Estoy hablando de la olvidada y también reivindicable Shampoo (1975).

Y con Christie sería capaz de dar el salto a la dirección (guardándose el papel goloso de la función). Para su primera incursión apunta a una comedia celestial (un remake de El difunto protesta) y comercial que sabía podía arrasar (y así lo hace)… La jugada le salió bien pero no le dio el prestigio como director. El cielo puede esperar es una comedia fantástica que recuerdan nostálgicos de los dos bellos. La película que le hizo alcanzar los altares como director, actor, guionista… y mil cosas más fue la macroproducción Rojos (1981) que aquí la que esto escribe venera. La historia del periodista norteamericano y comunista John Reed. Beatty demostró que la caza de brujas había terminado cuando en la gala de los oscars de fondo sonaba La Internacional… pero también dejó al descubierto las contradicciones de ser progresista en Hollywood…

En 1987 llegó uno de sus mayores batacazos en una extraña película de aventuras junto a Dustin Hoffman e Isabelle Adjani. Recuerdo cuando fui al cine a verla, la desilusión que me provocó. ¡Me había aburrido mucho! Se llamaba Ishtar. Así que Warren volvió a ponerse tras las cámaras. Y se volvió a hablar de él por el tema elegido y como no por su rollo con su paterneire. Beatty empezó a ver lo que el cómic aportaría al cine… y llevó a la pantalla a Dick Tracy (1990) con una peculiar estética. Ella era Madonna en otro de sus intentos de convertirse en actriz.

Un año después conocería en Bugsy, una película que trataba de regresar al cine de gánteres de los años 30, a la mujer que le llevaría definitivamente al altar, la actriz Annette Bening. Y con ella protagonizaría otro innecesario remake de Tú y yo, Un asunto de amor.

Ya no le vemos en la pantalla blanca ni tampoco en actos públicos. En 1998 dirigió y actuó en una interesante sátira política (estoy detrás de ella), Bulworth. Y en 2010 volvió al papel couché por la escandalosa biografía que escribió Peter Biskind (el autor de Moteros tranquilos, toros salvajes donde Warren Beatty era uno de los protagonista del libro), Star. How Warren Beatty seduced America.

… Warren Beatty sigue paseando su rostro bello en aquellas películas en las que era un seductor atormentado o un caradura con gracia o ambas cosas… Y sigue enamorando…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Mary Astor

By hildy
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… es de esas actrices que han caído en olvido. Si la nombras pocos se acordarán de su cara o asentirán la cabeza recordando una ristra de películas. Quizá los amantes del cine negro la recuerdan principalmente por representar a una de esas mujeres fatales inolvidables, Mary Astor se convirtió en Brigid O’Sahunessy, la protagonista de de El Halcón Maltés. La mujer fatal que enamora al detective Sam Spade… un amor con aires trágicos y cínicos. Un amor con base de traición. Pero punto y final. En El Halcón Maltés, Mary Astor tenía unos 35 años. Tenía mucha carrera, vida y escándalos a sus espaldas… y un futuro que la esperaba. Mary Astor es de esas actrices que sabes van a ofrecer una interpretación de calidad. Brilló en distintos géneros sobre todo comedia y drama y siempre estuvo más que correcta. Fue una actriz que nunca se encasilló y como secundaria o principal siempre destacaba o no pasaba desapercibida.

Digamos que fue una actriz de las pioneras… que aprendió su oficio en el cine silente y lo perfeccionó en el sonoro. La industria la quería y la odiaba por partes iguales por eso su carrera estuvo llena de montañas y valles… pero supo mantenerse siempre en la pantalla blanca en la sala oscura. Mary Astor era actriz de cine, ése era su oficio.

Me falta bastante filmografía por descubrir pero lo que he llegado a visionar me la muestra polifacética y siempre ofreciendo una interpretación de calidad. A veces incluso capaz de eclipsar a sus compañeros de reparto por lo poderoso de sus personajes. Hasta su físico era diferente. De una belleza extraña.

Durante los años 20 y 30 trabaja ya con los mejores directores de Hollywood y junto a galanes como John Barrymore… pero el primer trabajo que pude disfrutar de ella fue Tierra de pasión de 1932 donde comparte aventuras junto a Jean Harlow y Clark Gable en una plantación de caucho… años más tarde, en la década de los cincuenta, John Ford realizaría su remake, Mogambo. Mary Astor se luce en el papel que años más tarde representaría Grace Kelly. Si algo es evidente en Tierra de pasión es que no existía el Código Hays y el erotismo está presente durante todo el metraje.

Convence como la mujer ideal y que trae la calma a un Walter Huston desencantado en el maravilloso melodrama de William Wyler, Desengaño. Desengaño cuenta de manera realista el desgaste del amor en un matrimonio y el hastío que arrastra la pareja protagonita que se hace evidente en el momento de la jubilación. El matrimonio emprende un viaje, un crucero por Europa, y cada uno toma un camino diferente para enfrentarse a un periodo largo que empieza, el envejecimiento… Mary Astor es la segunda oportunidad de felicidad que recibe el personaje de Walter Huston. Ella es la posibilidad de volver a enamorarse, pero esta vez de verdad, y lograr una intimidad que llene a ambos.

… muestra sus dotes para la screwball comedy a finales de los 30 y hace su incursión en un personaje secundario en Medianoche de Mitchell Leisen (que la empareja de nuevo con uno de sus primeros compañeros en el cine silente, John Barrymore). También brilla en otro papel secundario cómico en la maravillosa Un marido rico de 1942 esta vez bajo la batuta de Preston Sturges. Estas dos películas forman un dúo maravilloso de locura y risas… y Mary Astor está fantástica.

En 1941 está mítica e inolvidable en su papel más recordado, el de mujer fatal y muy astuta en El Halcón maltés de John Huston. Y también es lo mejor de un melodrama de la época junto a Bette Davis, La gran mentira, donde se convierte en una pianista ambiciosa y compleja. Mary Astor brilla en un argumento poco creíble y muy nudoso… sin embargo con su personaje logra que nos quedemos frente la pantalla.

A partir de 1944 cuando ya casi alcanza la cuarentena Mary Astor se recicla (en lo que deja el implacable star system de Hollywood… cuando una actriz se acercaba a los 40 años tenían que buscar su sitio o caer en olvido. Muchas supieron hacerlo bien, una fue la Astor, pero también Lana Turner, Joan Crawford o la misma Bette Davis) y empieza su periplo por señoras madres ejemplares o señoras venerables y también complejas, valga la redundancia. Así los amantes del musical la recuerdan como la amamantísima madre de la familia que protagoniza la mítica Cita en San Luis de Vincente Minnelli o otra madre responsable en la versión de finales de los 40 del clásico de Louisa May Alcott, Mujercitas.

Como dijimos en el post anterior recrea al mejor personaje, pero también el más desagradable, en el melodrama con reparto coral, Regreso a Peyton Place. Y se despide de la gran pantalla blanca con una notable y tenebrosa película de Robert Aldrich, Canción de cuna para un cadáver, como anciana venerable que sabe los recovecos oscuros de esta historia terrible.

Mary Astor ha logrado no ser olvidada sobre todo por un papel… pero merece la pena descubrir su versatilidad y su carrera brillante. A mí me quedan todavía muchas sorpresas…, muchas películas que disfrutar con la presencia de Mary Astor.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Dan Duryea

By hildy
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Duryea tiene ganada la eternidad cinéfila por los siglos de los siglos por su maravillosa trilogía de malos malísimos en tres obras maestras del cine negro. Gánster con aires de locura o chulo pringado que va por la vida con la violencia por bandera. La mujer del cuadro, Perversidad (ambas de Lang) y El abrazo de la muerte de Robert Siodmak cuentan con tres malvados con el mismo rostro que siempre que aparecen se llevan la función de calle. Las tres películas son tres puntales del buen cine negro. Las mujeres que acompañan a estos malvados (con cara de Duryea) en este viaje hacia lo oscuro son Joan Bennet en las de Lang e Ivonne de Carlo en la de Siodmak.

Duryea es de esos tipos duros con cara peculiar que tuvo una carrera notable pero que irremediablemente ha caído en olvido. Para mí el encontrármelo en alguna película entre los nombres del reparto siempre es algo bien recibido. Me supone una garantía para tener ganas de verla. Y mientras me muero de ganas por descubrir muchas joyas ocultas de su filmografía… me deleito en las que le voy descubriendo.

Empezó en roles secundarios en las que mostraba su versatilidad pero también su sello (sus personajes no suelen ser sencillos… y viajan más por los caminos de la maldad y la oscuridad). Dan Duryea es de esos tipos que no tiene cara de bueno… Así comienza su carrera cinematográfica a principios de los cuarenta con La loba de William Wyler… y es uno de esos zorros-cachorros miembro de esa familia que se devora por dinero. Después se fue a una comedia que adoro, Bola de fuego, y es el matón de turno pero con mucha gracia y poco cerebro. Los siete sabios que tratan de que el ‘príncipe’ sabio se quede con la dama, chica de Cabaret… le someten a una ‘brutal’ tortura a base de cosquillas. Y ya se cruzó en el camino de Fritz Lang que le convirtió en el malo malísimo con ese mechón de pelo tan especial que cae por su cara.

Otro de sus géneros más visitados fue el western (varias veces bajo la dirección de Anthony Mann). Nos lo encontramos en el reparto de la mítica Winchester 73. Y Mann le dio la posibilidad de alejarse de su personaje de malvado para darle el papel de trabajador simpático, líder y eficaz en Bahía negra. Pero de nuevo Allan Dwan le pone cara de malo y construye a un antihéroe malvado del salvaje Oeste en la notable Filón de plata. Duryea da escalofríos por su afán de venganza y violencia… irracional.

Me alegro de este rostro incompleto… pero ya en el olimpo (sus tres malos se quedaron en la retina de mis ojos para siempre)… porque me anima el saber que me quedan muy buenas películas por descubrir. De momento me apetece conseguir verle en El ministerio del miedo, Ángel negro, Demasiado tarde para lágrimas, Murallas de silencio…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Hayden es el rostro de un hombre duro. Como un Robert Mitchum. Como un Dan Duryea. Como un Dana Andrews… Vamos, tipos duros que no te los imaginas en comedia (pero todos tienen alguna que otra comedia en sus carreras y no salen mal parados en su labor de comediantes). Hayden es de esos que además de actor, de meterse en la piel de otros personajes, tienen una vida digna de ‘héroe cinematográfico’, de hombre aventurero. Su vida es como una película intensa en emociones. Hombre hermoso lleno de matices. Me queda muchísimo por descubrir en su filmografía… pero lo que conozco me permite hacer una pequeña radiografía de ‘antihéroe desencantado’, el ‘hombre desquiciado y sin escrúpulos’ o el ‘hombre roto que tiró sus ideales’… Era de esos hombres duros que no necesitaban una pose, ya lo eran por naturaleza.

Seis son las películas por las que Hayden es más recordado. Saltó a la fama definitivamente con una película de John Huston, puro cine negro, cine de perdedores… esas personalidades características de las películas de Huston. Un grupo de ladrones perpetrando el robo perfecto hasta que todo se va torciendo irremediablemente… La jungla de asfalto, 1950. Qué ganas de volver a saborearla.

El forajido, el hombre del oeste con un pasado, el hombre solitario que llega con una guitarra pero sabe empuñar una pistola… El hombre que vuelve reencontrarse con su amor y entonces se produce entre ellos conversación amorosa inolvidable. Johnny Guitar, 1954… película rodada por otro especialista en perdedores. Por otro de vida apasionante (como Huston…, como Hayden), Nicholas Ray.

Dos años más tarde se encuentra con Stanley Kubrick, otro director de filmografía apasionante. Y nos deja otra película de perdedores con intento de atraco perfecto que se desmorona… y ahí está Hayden con otro papel de perdedor de cine negro, duro, y un montón de billetes que caen de un maletín abierto… preconizando su destino oscuro. No es otra que una joya como: Atraco perfecto.

En 1964 con el mismo director protagoniza sátira política-militar en tiempos de la guerra fría. Hayden se transforma en personaje caricaturesco y lo hace genial. Militar que roza la demencia con ideas extremas… Nadie le para en sus absurdas obsesiones contra el comunismo. Me refiero a ¿Teléfono Rojo? Volamos hacia Moscú.

Sigue ahondando en papeles de pérfido y esta vez es un policía corrupto en esa maravilla que es El Padrino, 1972. Uno de los personajes que encenderán la mecha de la ganas de venganza que nacen en Michael para no dejar de crecer en la trilogía. Su muerte en el restaurante se ha convertido en una de esas escenas clave.

Y en 1976 vomita dureza y entereza en Novecento, el abuelo de Olmo, el campesino con conciencia de clase, comunista, en contraposición con otro abuelo en el papel de patrón con cara de Burt Lancaster.

Sterling Hayden fue un ‘héroe duro’ pero no de cartón sino de manera natural. Desde sus entrañas. En la vida real desde los 17 años se convirtió en aventurero… amaba el mar. Durante la Segunda Guerra Mundial su admiración por los partisanos hizo que militara durante unos años en el Partido Comunista en los EEUU. Fue uno de los actores en la lista negra de la Caza de Brujas… y en un momento dado dio nombres para poder seguir su carrera cinematográfica… acto del cual se arrepintió profundamente y nunca se sintió a gusto con su comportamiento en esos tiempos. Arrastró siempre su desencanto… quizá se olvidaba de todo surcando los mares. O convirtiéndose en otros personajes para la gran pantalla blanca y la sala oscura.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Carrera de fondo…

… era de esos rostros que te acompañaban toda una vida. Una cara con la que te encontrabas con agrado. Lemmon fue un actor de los grandes que empezó su carrera sin estridencias, como buen comediante, y terminó siendo un coloso. Estuviese donde estuviese lograba dar credibilidad a la historia que se estuviera contando.

Empezó poco a poco al lado de una comediante nata, ahora bastante olvidada, Judy Holliday. Eran los primeros años de la década de los cincuenta. Jack Lemmon era el hombre simpático, la buena persona, el divertido… John Ford le dio uno de sus primeros éxitos con Escala en Hawai. Y empieza su relación (una de las que más desconozco pero parte importante de su carrera) con el director Richard Quine, que junto a Billy Wilder, fue con uno de los que más trabajó.

… Billy Wilder le eleva a los cielos

En 1959 Wilder le eleva a categoría de estrella y le eleva por los siglos de los siglos a los cielos. Ya nunca más se separaron. Y protagonizaron juntos una filmografía intensa. En Con faldas y a lo loco le transforma en un músico perdedor que para la supervivencia tiene que vestirse de mujer junto a su compañero Tony Curtis… y ya no podemos quitarnos la risa de la boca. Su baile con un multimillonario bajito y una rosa en la boca es la cumbre de la comedia desternillante.

Después un año más tarde llegó la joya donde Lemmon representa el hombre común y gris encerrado en una oficina. El hombre perdedor y sin ideales que sin embargo se da una oportunidad a sí mismo. Recupera la dignidad. Y de paso trata de llevar a lo más alto el amor de verdad con la ascensorista Kubelik, otro triste y encantador personaje. Estoy hablando de El apartamento.

Ambos se pasan tres años más tarde al cuento parisino de la puta de las medias verdes y el policía honrado que la ama y enloquece. Un cuento sin moraleja… porque eso es otra historia. Y así nos metemos en las apariencias y enredos que propone Irma La Dulce.

De nuevo en 1966 se unen y junto al dúo nos encontramos a Walter Matthau y todo el cinismo y la mala baba para crear de nuevo una historia de un perdedor con una segunda oportunidad para recuperar la dignidad. Ahí está En bandeja de plata, comedia triste como la vida misma.

En los años setenta deleitan con una comedia romántica de humor negro maravillosa. Un americano ejecutivo y gris, pragmático y amargado, va a recoger el cadáver de su padre a Italia… y después del desconcierto aprende los placeres de la vida. Una delicia reencontrarse una y otra vez con Avanti.

Otra vez se unen a Matthau para llevar un clásico del humor cínico a la pantalla de cine, Primera plana, un remake sobre el cuarto poder y la política. Donde ni prensa, ni políticos, ni costumbres sociales, ni matrimonio, ni amistad, ni familia… vamos donde no queda títere con cabeza… Otro placer verles de nuevo reunidos.

Su despedida fue en 1981 con Aquí, un amigo, acompañados de nuevo de Matthau… otra comedia de perdedores que se unen y sobreviven.

Richard Quine… ese gran desconocido

Quine fue el primero que le convirtió en actor fetiche y trabajó con él a lo largo de su filmografía con títulos desconocidos y otros más fáciles de poder acceder a ellos. Quine tiene un humor peculiar (y también es creador de dos buenos melodramas). O entras o no entras. Y ahí estaba Lemmon dando sentido a unos personajes difíciles de clasificar. Tengo pendiente una revisión a la filmografía de Lemmon con Quine. Porque la mayoría las he visto tan sólo una vez y vagan en el olvido.

Todo empezó en 1955 con la comedia musical Mi hermana Elena, continuó con otra comedia bélica Operation Mad Ball y otra olvidada historia junto a Doris Day, La indómita y el millonario, culminó con las películas junto a la mujer perfecta para Quine, Kim Novak, en Me enamoré de una bruja y La misteriosa dama de negro. Y terminó con Como matar a la propia esposa.

El hombre común con rostro dramático

Pero según nos iba acompañando una y otra vez se convertía en el hombre común al que le asediaba la tragedia… y Lemmon ofrecía humanidad a raudales. Así lo empezó a demostrar en 1962 cuando protagonizó a un alcohólico en Día de vino y rosas.

Pero en los años setenta fue el protagonista de tres dramas (uno de ellos dentro de la saga de cine catastrofista) que funcionaron en taquilla y le mostraron como actor versatil. Salvad al tigre la pesadilla de un ejecutivo durante un día y medio que le dio el oscar, película olvidada y sustentada por su interpretación. El síndrome de China de medios de comunicación y desastres nucleares, Lemmon es el trabajador de la central consciente del peligro. Y por último el éxito de cine de catástrofes, Aeropuerto 77, donde es el héroe humano que trata de minimizar los daños y salvar al mayor número de pasajeros.

Lo mismo ocurrió en los ochenta con la impresionante película sobre la dictadura chilena y la implicación de EEUU en Missing donde Lemmon es un padre patriota que va a Chile para buscar a su hijo desaparecido, un periodista idealista y activista. Poco a poco lo que va descubriendo le hace identificarse más con su hijo ausente y dudar sobre sus creencias patrióticas. Poco después emocionó a todos en la película italiana (maravillosa) Macarroni junto a Marcelo Mastroianni. De nuevo en su papel de cascarrabias hombre de negocios amargado que llega a Italia y recupera el pasado y el sentido de la amistad y el placer.

Jack Lemmon no se alejó nunca de la pantalla y en 1992 nos siguió dejando interpretaciones maravillosas como en la amarga Glengarry Glen Ross donde está espectacularmente brillante.

Entre la risa y el drama Lemmon era uno de los grandes. Su rostro siempre está ahí, cercano. Su humanidad sigue transitando. Hizo como nadie del fracasado con una segunda oportunidad para adquirir toda la dignidad posible.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Gran dama de los escenarios visitó en contadas ocasiones la pantalla blanca pero en ambos mundos mostró su versatilidad. Con un rostro peculiar y extraño representó personajes femeninos complejos. No solía pasar desapercibida. Aunque la mayoría de sus papeles fueron secundarios, con los directores adecuados brilló con luz propia. En el cine le llegó la popularidad en su papel más recordado, la señora Danvers, en Rebeca, 1940. Su personaje eclipsa el universo de Manderley. Hitchcock, en su primera aventura americana, hizo que sus apariciones fueran similares a las de un fantasma y Anderson ofreció su lado más siniestro. La actriz construyó un personaje eterno.

Cuatro años más tarde volvió con un personaje secundario en película mítica. Esta vez en Laura de Otto Preminger. Ahí se muestra magnífica en papel de tía de la protagonista y a la vez amante del prometido de su sobrina (genial Vicent Price). Anderson resulta magnífica y compleja en su papel ambiguo de mujer que oculta información, que guarda las apariencias, que esconde un doble rostro…, y capaz de todo por ser mujer enamorada. Así Judith Anderson y Vicent Price forman una de las parejas de ficción más singulares.

Continúa realizando trabajos con directores como René Clair (Diez negritos), Jean Renoir (Diario de una camarera) o el guionista Ben Hecht (El espectro de la rosa)… hasta que vuelve a estar siniestra en la magnífica El extraño amor de Martha Ivers, 1946. Judith Anderson se transmuta en mujer amargada, poderosa, rica y castrante que será el detonante del conflicto que nublará la vida de los tres protagonistas en su más tierna infancia (luego de adultos tendrán los rostros de Barbara Stanwyck, Van Heflin y Kirk Douglas). Y un año más tarde será madre coraje y fuerte que oculta terrible pasado en olvidado y onírico  western de aires shakesperianos, Pursued.

Anderson continua paseando su rostro en películas de culto como La casa roja, 1947, o a reivindicar como Las Furias, 1950, o en grandes superproducciones como Los diez mandamientos de DeMille en 1956. Sorprende a todos en 1958 con su papel en La gata en el tejado de zinc donde se mimetiza en personaje sureño de Tennessee Williams. Alcanza una personalidad dramática extrema como mujer apocada, doblegada y desgraciada, esposa de un marido déspota.

A partir de las siguientes décadas sus papeles cinematográficos se irán espaciando cada vez más… y podemos perseguir su pista hasta 1984 que aparece en una de las películas de la saga de Stark Trek. No abandonó los escenarios teatrales y también se pudo contar con su presencia en la pequeña pantalla.

Judith Anderson sin embargo alcanza un puesto destacado en esos rostros representados en la sala oscura. Su señora Danvers siempre estará en el recuerdo… y se convierte en puerta abierta para descubrir a una actriz en otros registros mostrando su versatilidad en la construcción de personajes dramáticos.

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Albert Finney.

Del que me queda mucho por descubrir, por recordar y por ver.

Actor camaleónico.

Unas cuantas pinceladas.

Es de los jóvenes terribles que poblaron el cine británico.

Que dieron aire a las pantallas.

Fuerza.

Picardía.

Viva la vida.

Héroes proletarios.

Con escenarios en sus lomos.

Con la botella siempre a mano.

Con saltos a Hollywood.

De presencia inolvidable.

Que hasta hace poco sigue regalando intensidad en la pantalla.

Físico en bruto.

Sonrisa imprescindible.

Ojos vivos.

Personajes con fuerza.

Que no escapan.

Arthur Seaton, el joven proletario, que pasa sus sábados noches, domingos mañanas entre lechos, historias y alcohol… después de una dura semana laboral…

Tom Jones, libertino bastardo con mucha pasión por la vida.

Mark, aquel que siempre olvida su pasaporte. Que pasa entre coches y hoteles del amor a la pasión. Que se topa con la frustración y el desencanto. Todo junto a su Joanna. Que a pesar de los pesares siguen juntos porque ahí están siempre en esencia, enamorados y desencantados. Son dos en la carretera.

Mr. Scrooge, no puede faltar una prueba de fuego. Un musical donde se lleva al personaje estrella, un Scrooge amargado que es visitado por el pasado, el presente y el futuro… y descubre la vida.

Hercules Poirot, detective refinado de Agatha Christie. Detective mítico. De la mano nos lleva a la resolución del asesinato en el Orient Express.

Geoffrey Firmin, el cónsul británio en México que se autodestruye entre el alcohol y los recuerdos. Un Huston que cuenta tristes historias de vida y desencanto. Bajo volcanes en erupción.

Leo, un duro mafioso de los de antes, unos Coen que devuelven la fuerza del cine de gánsters con mucha violencia y poesía de fondo. Con un Leo que avanza entre ópera y metralletas. Con oposiciones que parece que nunca puedan conciliarse, pero ya se sabe es Muerte entre las flores.

Andrew Crocker-Harris, un deprimido jubilado. Maestro que se siente no reconocido. Un hombre triste que reflexiona. Todo a su alrededor se desmorona. Su vida profesional y sentimental…

Edward Bloom, un hombre con facilidad de palabra que reviste su vida gris y la de las personas que ama con aire de relato o cuento. Convierte la vida a través de la narración de historias en algo mágico y maravilloso.

Charles, un padre roto que antes que el diablo sepa que has muerto descubre el horror a manos de sus hijos, también destrozados, desesperados, sin rumbo…

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La vida cinematográfica de De Havilland voy a simbolizarla con la imagen que corresponde a Nido de víboras, la lucha encarnizada de una actriz contra ‘entes superiores’ (sustituyase por productora Warner) para lograr ser una verdadera actriz. De Havilland luchó por conseguir papeles de entidad y no de mera comparsa del galán de moda. Se enfrentó a todos para demostrar que podía ser una buena actriz, que tenía la cabeza bien amueblada. Así llevó a juicio a la productora que a la vez que la daba de comer disponía de ella como si fuera una muñequita sin voz ni voto y la situaba a capricho en todo tipo de producto cinematográfico sin permitir su ‘crecimiento artístíco’, el que ella deseaba. Ganó la jugada aunque le supuso años de inactividad laboral y un futuro incierto.

Es una de las únicas leyendas vivas que quedan de ese viejo sistema de producción en Hollywood que dio grandes obras cinematográficas a costa de contratos férreos de sus trabajadores (también está vivita y coleando su hermana Joan Fontaine aunque como ya relatamos en su perfil su enemistad tiene también rango de mito. Las dos están peleándose por quién aguanta más en el planeta tierra…). Donde estos trabajadores no tenían ni voz ni voto. Sólo que la maquinaria de hacer películas estuviera en marcha a todo gas…

Empiezo este perfil, sabiendo como en otros, que por suerte todavía me queda filmografía por descubrir… pero lo descubierto me muestra un camino y una evolución que descubre a una Olivia de Havilland llena de matices. Una estrella que luchó por además ser actriz.

La chica del héroe

En los años 30 surge un dulce rostro de mujer que muestra su elegancia en un producto qualité, la adaptación a lo grande de El sueño de una noche de verano. Una joven Olivia de Havilland que arrastrará durante años la cualidad de chica soñada, chica reposo, chica del héroe, chica virtuosa y maravillosa, chica por ello hermosa, sin defecto alguno…, plana como personaje… Su siguiente paso que la confirma como chica del héroe es formar parte de las historias del aventurero de moda, un Errol Flynn que llena las arcas del estudio. Su mejor paternaire es De Havilland, su química es evidente. Así se confirma en su primera película, donde ambos actúan juntos y que es todo un éxito: El capitán Blood. El estudio no lo duda y explota dicho matrimonio profesional. De Havilland se convierte definitivamente en la dama del héroe sin posibilidad de cambio. Así es la mujer soñada durante los años treinta y parte de los cuarenta (cuando se rebela definitivamente contra este rol). Así protagonizan hasta siete películas que tienen el don del encanto y a ello contribuye sin duda una De Havilland cada vez más harta de su estereotipo pero siempre haciéndolo bien. Algunas de estas películas son míticas y absolutamente maravillosas. Miren qué títulos: La carga de la Brigada Ligera, la mítica Robin de los bosques, la desconocida para mí El hombre propone, la interesante La vida privada de Elizabeth y Essex (pero la gota que colmó el vaso… el papel de De Havilland fue absolutamente insípido cuando ya estaba en su haber el personaje bombón de Melanie… pero fuera de la productora que la ‘castigó’ en su empeño de interpretarlo), Dodge, ciudad sin ley, Camino de Santa Fe y su última colaboración en Murieron con las botas puestas.

Melanie

A pesar de sus contratos férreos, a veces las productoras se intercambiaban a sus estrellas. Pero a veces estos intercambios eran propiciados por los actores que insistían y luchaban para lograr el papel que supondría un paso más en su carrera… aun a coste de su salud mental, de las presiones y de aguantar duras negociaciones. Así De Havilland vio una oportunidad en la superproducción de O’Selznick que iba a adaptar el bestseller del momento, Lo que el viento se llevó en 1939. Quería para ella el personaje de Melanie. Y después de negociaciones y quebraderos de cabeza lo consiguió (no sin que se quemasen más las relaciones entre la actriz y el estudio).

Melanie la hizo demostrar que podía con un personaje que se transformaba a lo largo de la película. Olivia construía una personalidad y daba distintos matices y riquezas a su personaje que distaba mucho de ser plano.

Sin embargo es curioso como a la larga este personaje también dañaría, aquí, la imagen de esta gran actriz. Pues por una parte es su papel más recordado y por otro debido al doblaje Melanie siempre ha estado unido a la entidad de una mujer cursi y ñoña… imagen con la que no estoy nada de acuerdo. Según veo una y otra vez esta película (ahora en versión original) veo la construcción de una personalidad tan poderosa como su contrapunto, Scarlett O’Hara. Son dos mujeres opuestas pero por ello llegan a ser absolutamente complementarias y su relación una de las más interesantes que se desarrollan en la película.

Olivia consigue su primera nominación al oscar… y cuando pensaba que su estudio iba a tomarla más en serio, éste no deja de humillarla en la concesión de papeles sin relevancia alguna. Así entabla una batalla judicial que la deja sin trabajo temporalmente pero que finalmente le da libertad y un futuro incierto.  Hablamos de principios de los cuarenta. De 1943 a 1946 prácticamente no rodaría ni una película. Aunque luego su vuelta fue triunfal… pero breve.

Los melodramas de Mitchell Leisen

Y el puente serían los melodramas de Mitchell Leisen. Uno lo protagonizaría en 1941, cuando la batalla aún no ha empezado pero está a punto, y el otro en 1946 cuando la actriz ha logrado su libertad y puede tener más protagonismo en la elección de papeles. No duda en volver a ser protagonista de un melodrama de Leisen. En el primero es nominada al Oscar, en el segundo lo gana. Hablo de dos joyas: Si no amaneciera y La vida íntima de Julia Norris. En las dos Olivia de Havilland se muestra capaz de construir sendos personajes y mostrar una transformación y una evolución de los caracteres que le toca interpretar a lo largo del metraje de ambas historias. En uno es una maestra que se enamora del hombre equivocado, en la segunda es una mujer que esconde una historia compleja. Y las dos películas son puro deleite.

El fin de un camino: La heredera

No deja de estar nominada y ofrece dos trabajos que serán la culminación de su carrera y la demostración de que es actriz camaleónica que sabe imprimir matices y complejidades a los caracteres que tiene que afrontar. Por una parte la ya comentada Nido de viboras donde se ofrece una crítica a los centros de salud mental y donde está inmensa y por otra la maravillosa adaptación de una novela de Henry James por parte de William Wyler, La heredera. Ahí cogerá otra estatuilla… y también será su clímax como actriz. Está inmensa como Catherine Sloper, la poco agraciada pero millonaria mujer que hará un duro recorrido personal para terminar con una soledad elegida.

Curiosamente con el hundimiento del sistema de estudios y quizá también agotada por sus continuas luchas laborales, su actividad cinematográfica va disminuyendo en las siguientes décadas (a partir de los años cincuenta). Vuelve a los escenarios y también empieza a trabajar en televisión.

Retirada pausada

Protagoniza películas que todavía nos recuerdan su presencia. Así la vemos en Mi prima Rachel o en el drama de doctores No serás un extraño. Se convierte en una has been que protagoniza películas de terror como la hipnótica Canción de cuna para un cadáver (donde trabaja de nuevo con Bette Davis, la estrella de la Warner en los años treinta que no la dejaba prosperar como actriz seria, pero por culpa del estudio, entre ellas siempre alimentaron la amistad) o la incómoda y desagradable (pero por ello interesante) Una mujer atrapada. También sería estrella invitada en cine de catástrofes en los años 70 como Aeropuerto o Enjambre.

Joyas a descubrir

Todavía hay tres películas de Olivia de Havilland que me muero de ganas por descubrir. De sus primeros papeles El caballero Adverse. De los años a punto de romper con su productora un melodrama junto a Bette Davis, Como ella sola, con John Huston como director. Y cuando ya es totalmente libre, una obra con el gran Robert Siodmack en A través del espejo. Pronto espero solventar estas ausencias en mi dvdteca particular.

Olivia de Havilland, por suerte, todavía puede sorprenderme…

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