Los sobornados (The big heat, 1953) de Fritz Lang

THE BIG HEAT (1953) movie image

Si algo llama la atención de Los sobornados es que está contada a golpe de violencia continua. Fritz Lang recrea una ciudad violenta y lo refleja en cada fotograma. Una violencia física y emocional. Si hay una escena que perdura y que nunca se olvida es la de un colérico Lee Marvin tirando el café hirviendo en el rostro de su  ‘chica’ Debbie (una maravillosa Gloria Grahame). Pero esto solo es una escena más de violencia. La película está plagada de ellas. De hecho la historia avanza según se va sucediendo un acto violento tras otro. Algunos están fuera de plano, otros sólo son contados y los de más allá son mostrados con toda su crudeza.

La película arranca con un suicidio, continúa con una de las muertes más tremendas e inesperadas tras una explosión, no faltan quemaduras de cigarrillo, peleas, una violencia de género brutal, disparos, amenazas… y una violencia emocional más feroz si cabe. Así nos sorprendemos con el suicidio de un hombre que todavía no sabemos quién es pero más nos sobrecoge la reacción de su viuda…

Como toda buena película de cine negro que se precie… un ambiente ambiguo, oscuro y fatal recorre la cinta y tiñe a su personaje principal cuyo dilema moral es el siguiente: ¿podrá la venganza destrozar totalmente la humanidad y la honestidad del policía Bannion (un Glenn Ford en uno de los pocos papeles en el que no le tengo manía)? ¿Se convertirá en uno más que ‘corrompe’ el ambiente de la ciudad? ¿Cruzará el límite y será igual que uno de los matones a los que persigue?

Lo tremendo que plantea Lang es que el espectador entiende (aunque no comparta) la transformación de Bannion porque le arrebatan de la manera más cruel a la compañera de su vida… Pero lo realmente transgresor dentro del género negro es que esta vez será la mujer fatal la que impedirá la caída al abismo del héroe. Ella misma, ya como mujer deformada, preferirá tirarse al abismo y arrastrar junto a ella a los suyos con tal de recuperar la humanidad y entereza del policía. Ella misma será la que se vengue por Bannion. Ella misma llevará hasta las últimas consecuencias ser mujer fatal con los suyos pero para ‘redimir’ al héroe y ‘redimirse ella misma’.

Fritz Lang deja una poderosa película con un dominio, como siempre en su cine, de la puesta en escena y del lenguaje cinematográfico. No sólo deja unos personajes difíciles de olvidar: desde el mafioso poderoso (que en una escena lo encontramos en el salón de su casa donde el gran retrato de su madre domina todo y nos ‘cuenta’ mucho de ese extraño personaje), a la viuda fría o el matón sin escrúpulos. Sobrevolando por la ‘querida’ que ama, la mujer fatal que se redime (y que desde el principio muestra una rebeldía e inteligencia evidente así como un sentido de la libertad muy marcado: no soporta cómo todos los que la rodean giran y bailan alrededor del gánster poderoso) o el retrato de compañera ideal que refleja la esposa de Bannion (retrato muy años cincuenta… y muy interesante de analizar). Pero también imprimen un sello especial toda la galería de personajes secundarios que con solo una escena se convierten en necesarios (como esa anciana que apenas puede andar y que le da una pista al vengativo policía). Lang sabe ‘presentar’ con todos los contrastes necesarios los distintos lugares de la trama: el hogar del policía, la comisaria, la casa del mafioso, de la viuda, del matón de turno, los garitos, las habitaciones de hotel y garajes… Nos hacemos una idea del ‘espíritu’ de la ciudad. Es una película nocturna donde la iluminación y los claroscuros predominan y narran así como otros elementos claves: las lamparas que se encienden y se apagan, las sombras que delatan, los ruidos que sorprenden, las puertas que se abren violentamente o que se cierran.

… nos deja una de las escenas más tristemente románticas del cine de Lang (que sabe rodarlas) y es cómo una Debbie moribunda y redimida escucha cómo Bannion le describe a su amada ausente y le comenta que hubiesen sido buenas amigas… y se lo cuenta dulcemente con cariño, estando muy pendiente de ella. Y Debbie es consciente de que el policía no caerá al abismo, que su humanidad ha regresado a su rostro. Así ella puede cerrar los ojos…

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Aflicción (Affliction, 1997) de Paul Schrader

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Al guionista y director Paul Schrader nunca le podríamos imaginar en una comedia, es un creador-artista que refleja los ‘fantasmas’ y traumas de su vida y educación estricta en sus películas. Bajo la influencia de la religión (calvinismo) tiene un fuerte sentido de la trascendencia (que también analiza en un libro imprescindible sobre tres directores: Bresson, Ozu, Dreyer) pero nunca abandona los conceptos de culpa, pecado… Y claro difícilmente entra ahí la risa. No domino toda su obra como director (ni tampoco la de guionista) pero lo que he podido vislumbrar me ofrece ‘héroes’ atormentados que alcanzan la ‘redención’ de la manera más inesperada y donde la transgresión es la firma. Schrader encontró en el cine su medio para comunicarse (y curiosamente no pudo ver su primera película hasta que cumplió 18 años), para transmitir sus miedos y complejidades. Su obra como director, imperfecta y anómala, se mueve siempre entre lo inquietante y lo ambiguo… y no deja indiferente al espectador que se enfrenta a ella.

Aflicción es el reverso oscuro de Nebraska de Alexander Payne. A veces las películas hablan entre sí. Y yo creo que existe un diálogo oculto entre ambas. Diré que me gusta más la vida desde la mirada de Payne (que no toma, ni mucho menos, la vía fácil, ni más sencilla) y que me remueve, incomoda y deprime la mirada de Schrader… Creo que ambas ofrecen en un universo y paisaje similar las consecuencias que puede tener en nuestras vidas los padres que hayamos tenido, la infancia que hayamos vivido y cómo hemos sentido cada momento. Ambas películas hablan de lo que marca la genética y la inteligencia emocional. Arrastramos un pasado sobre nuestras espaldas… y a veces ese pasado ni siquiera lo vivimos pero su ‘carga’ se siente. Las familias de Nebraska y Aflicción son disfuncionales: una opta por el amor y la comprensión (a su manera) y otra por arrastrarse entre el odio, la violencia y la sumisión. En ambas el padre se encuentra en un momento donde su memoria ya es vulnerable y en ambas el alcohol ha supuesto un golpe continuo para cada uno de los miembros.

Pero ahora hablamos de Aflicción… que termina siendo el retrato y el tormento de un hombre a punto de estallar. Un perro rabioso que se contiene pero con unas ganas enormes de morder. Él mismo se lo explica a su hermano pequeño por teléfono. Lleva en sus genes los recuerdos de una infancia dura y el ADN de un padre violento que además es un alcohólico. Un hombre que aterroriza a sus dos hijos y a su mujer… A uno le da por huir y convertirse en profesor de historia (y contador de narraciones tristes…) y el otro se queda y va hundiéndose irremediablemente… Ella se queda a su lado, en silencio.

Y a ese otro (un Nick Nolte que sobrecoge) nos lo encontramos en un momento de su vida en que todo se derrumba y él (aunque no lo sabe) es más vulnerable que nunca. Profesionalmente no se siente realizado (es un ayudante de sheriff venido a menos), la relación con su hija cada vez se deteriora más y la relación con su exmujer ya hace tiempo que no puede ir peor… para colmo tiene un dolor continuo de muela que no le deja razonar tranquilo. En ese momento hay dos golpes que ponen patas arriba su vida ya errática: la muerte de un importante sindicalista durante una cacería donde éste iba acompañado por uno de sus compañeros de profesión y lo más parecido a un amigo. Y por otra el descubrimiento de que su madre ha fallecido (de manera tan triste y silenciosa como toda su vida) y por tanto el tenerse que hacer cargo de un padre (un temible James Coburn) que le marca con cada palabra y acto. Lo único que logra calmarle es el cariño de su novia, una vecina de toda la vida (una dulce Sissy Spacek).

De pronto no le sirve que lo que ha ocurrido con el sindicalista es un accidente sino que él mismo urde toda una trama conspirativa y destierra toda la corrupción latente en el sitio donde vive (en el que todo el mundo que conoce está implicado). Se vuelve una especie de ‘héroe’ solitario y justiciero al que nadie cree. Y todo sucede en un terreno ‘ambiguo’ entre realidad o ficción. ¿Es todo fruto de su imaginación o no es tan descabellado lo que piensa? Al estrés que le provoca este caso que le obsesiona, ve cómo su vida emocional se desmorona cuando su padre vuelve a hacerle salvajemente daño con palabras hirientes y más cuando siente que no puede huir de la violencia que genera éste a su alrededor. No puede controlar esta violencia que va poseyéndole rompiendo definitivamente la relación con su hija y con su novia que ven el monstruo que emerge (y que nada pueden hacer para calmarle)… Todo unido al maldito dolor de muela…

Es como si ese dolor de muela distorsionara todo. Ese hombre que arrastra dolor físico pero lo que le rompe es el dolor emocional… siente que la cabeza le estalla… y de pronto cree que lo único que puede tranquilizarle es arrancarse de cuajo lo que le provoca dolor. Una muela podrida. Y de pronto su cabeza le dicta que todo está podrido no sólo su muela. Y que tiene que arrancar todo lo que le hace infeliz… y desaparecer. Entonces toma determinaciones fatales, con la mente fría, sin dolor físico. El perro rabioso, ataca…

Y es que su vida siempre ha estado sumida en la aflicción: entre la tristeza y la angustia moral, siente sufrimiento físico y pesadumbre moral… No puede con su vida. No puede con él mismo. Ve a su padre, y sabe lo que le espera. De pronto la única salida que encuentra, es la única que ha aprendido, la violencia.

Aflicción no es ni mucho menos perfecta (me desconcierta el punto de vista -pero esta cuestión daría para otro post entero- porque según se interprete se podrían contar historias muy diferentes y por eso me desconcierta el personaje del hermano menor, Willem Dafoe), es irregular y anómala (y por eso tremendamente atractiva), pero el personaje de Nick Nolte… lleva la batuta y arrastra al espectador a una historia triste sobre la herencia genética y emocional que dejan los padres a sus hijos en un paisaje desolador y nevado…

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Pelo malo (Pelo malo, 2013) de Mariana Rondón

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… principios de este año, asesinato violento de la ex miss Venezuela, Mónica Spear, y su ex esposo.

Apenas unos días, otra miss, Génesis Carmona fallece de un tiro en la cabeza durante las manifestaciones contra el Gobierno de Maduro.

… La niña de Pelo malo, la vecina de Junior (el niño protagonista), sueña con ser una miss. Por eso quiere que la fotografía del colegio se la hagan con un vestido de princesa, tacones, peinada y maquillada. Porque las misses salen de la miseria y sus vidas son bonitas…

Así Junior, con 9 años, también sueña…, su pelo malo lo quiere alisar para la fotografía del colegio…, quiere parecerse a un cantante. Y si es estrella podrá seguir cuidando a su madre y al bebé. Y le querrán. Puede ser un rapero o parecerse a ese cantante que su abuela le hace ensayar una y otra vez que canta: mi limón, mi limonero…

Pero los niños viven en Caracas, que es un polvorín de violencia a punto de estallar, y la película de Mariana Rondón se convierte en una premonición que ahora es presente. Donde, de momento, los sueños no son posibles y las balaceras alcanzan a las misses, a los cantantes o a todo lo que se cruce por delante. Y esa violencia vive cotidianamente con aquellos que tratan de sobrevivir cada día y provoca una lucha de poder entre hijo-madre, madre-hijo… o algo mucho más triste… una impotencia violenta de cómo ayudar al otro, de cómo hacer para que uno salga de la miseria, o el otro se convierta en una persona fuerte que aguante los golpes de la vida.

La madre, una mujer que sufre en sus carnes cada día la fuerza y la violencia (de todo tipo), se vuelve dura como la piedra… porque sino no se levanta de la cama. Y el hijo que sólo es un niño de 9 años sensible, con sueños, trata de seguir siéndolo. Quiere ser niño y ayudar a su madre y a su hermano, y cuidarles… pero también que ellos le quieran, que no le excluyan.

Junior y su madre viven en una caja de cerillas…, sólo falta una mecha, para que se propague el incendio. El niño compra siempre cajas de cerillas al adolescente del quiosco (¿le admira, le gusta?) y luego con ellas forma figuras humanas…, está representando donde vive. Y sólo una chispa hará que todo arda. Y así ha sido.

Para entender la dureza de la madre y ese rechazo (o mejor dicho miedo latente) a que su hijo pueda ser homosexual, basta con escuchar las palabras de un personaje femenino de una película de John Ford, El delator. Otra película puede explicar lo que vemos. Allí Katie, que ejerce la prostitución, le dice a su enamorado: “Gypo, no hay remedio. Tengo hambre y no puedo pagar el alquiler. ¿Tienes dinero tú? No. No hay remedio. No me mires así, Gypo. Eres todo lo que tengo. Eres el único, lo sabes. ¿Qué posibilidades tenemos de escapar?”. Cuando Gypo le reprocha su actitud, ésta le contesta: “santo Gypo ¿demasiado bueno para mí? No eres mejor que cualquier hombre. ¡Sois todos iguales! Lárgate con tus principios, ¡no me los puedo permitir!”. Estas mismas palabras las podría decir cada día la madre de Junior. Ella no se puede permitir ser tierna, ser justa, tener principios, aceptar al diferente, al sensible… tiene que sobrevivir y lleva a cuestas a dos hijos que tienen que ser duros para poder habitar la ciudad…

Mariana Rondón nos cuenta una historia compleja de manera sencilla sobre una madre y un hijo (y una abuela tremenda) que terminan basando su relación en una violencia que les puede. Porque uno de los dos tiene que ceder y es un pulso de miradas y gestos. Son dos supervivientes, dos cerillas más enterradas en Caracas, la otra protagonista irrespirable, violenta e intransigente de Pelo malo.

Y uno piensa que Junior tiene todo el derecho del mundo a tener su fotografía de cantante, con el pelo liso. Y todo el derecho del mundo a ser un niño delicado, educado, sensible y tierno (que pueden ser las cualidades que describan a un homosexual o no, y aquí está otra de las complejidades de la película, porque estas cualidades pueden estar presentes en cualquier persona sin nada que ver con su condición sexual). Pero también su madre tiene derecho a estar tranquila, sin presiones, sin sacudidas violentas, sin agobios laborales, económicos y sociales, sin sufrir la discriminación por ser mujer…, la madre también quiere ser tierna… pero no puede. Y ese es el drama de una película que te golpea en cada fotograma.

Nota: Pelo malo (concha de Oro en el Festival Internacional de cine de San Sebastián) puede verse el jueves 13 de marzo en la Cineteca-Matadero (Los imprescindibles de Caimán) con la presencia de Mariana Rondón (directora) y Marité Ugas (productora) a las 20.30 horas. Y se estrenará en salas el día 14 de marzo.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

The Master de Paul Thomas Anderson

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En el mismo año que John Huston mostraba en un documental, Let there be light (1946), los traumas que provocaba la guerra en un grupo de soldados, Edward Dmytryk estrenaba una película, Hasta el fin del tiempo (Till the end of time), donde en clave de ficción se narraba la dificultad con la que se encontraban tres soldados para incorporarse a la sociedad civil después de la contienda. En la película de Dmytryk se incorporaba una escena final escalofriante en la que un grupo de hombres en un bar trataban de captar a los tres protagonistas, totalmente desubicados, para formar parte de una asociación que presumía de querer ‘arreglar’ América pero exigía unos requisitos para pertenecer a ella: “ni negros, ni judíos, ni católicos”. Este hecho sirve para despertar a los tres excombatientes que pelean contra estos hombres y su naciente fascismo (paradojas de la vida, contra lo que se había combatido) y como revulsivo para volver a la sociedad como ciudadanos libres.

Diez años después Nicholas Ray dirigía Más poderoso que la vida (Bigger than life) donde un padre de familia de clase media cae bajo los efectos de una droga y se transforma en un personaje tiránico y ultrareligioso. Ray de esta manera advertía sobre los sentimientos ocultos pero latentes en la sociedad de clase media norteamericana de los años cincuenta (american way of life). Una sociedad que partía de unos comportamientos enfermizos capaz de generar intolerancia, crueldad, fanatismo religioso y crear un vacío a todo aquel que supone una amenaza de ese ‘orden’ porque vive, piensa o siente de otra manera. Curiosamente Let there be light no la distribuyó el Ejército de los Estados Unidos (pues fue encargado por este organismo a Huston) hasta 1980, Till the end of time cayó pronto en olvido y trajo problemas a su realizador durante la Caza de Brujas, y por último, Bigger than life es de las películas más olvidadas de Ray. Sin embargo las tres documentan y analizan un periodo histórico de Norteamérica, un periodo que trata de ser ocultado pero que está ahí, que existe, y que constituye parte del alma de un país. Paul Thomas Anderson sigue esta estela incómoda, esta forma de contar la historia, ese relato que comienza después de la Segunda Guerra Mundial donde un país traumatizado levanta sus cimientos para continuar. Y así entendemos el surgimiento de grupos religiosos y políticos, el american way of life, el anticomunismo que desemboca en la Caza de Brujas, los primeros cimientos para la Guerra Fría…

Paul Thomas Anderson sigue así su trayectoria de cronista histórico de América  pero desde una perspectiva especial. Disecciona los mecanismos de poder y sus efectos perniciosos, las complejas relaciones humanas en una comunidad determinada, la psicología oscura del ser humano, y la vulnerabilidad y fragilidad de las personas… aspectos que se convierten en motores de la Historia. Los años setenta tuvieron su radiografía en Boogie nights, los noventa quedaron reflejados en Magnolia, la América anterior a la crisis del 29 que construye las bases del capitalismo en Pozos de ambición y la América de los 50 en The Master.

The Master no es una película fácil porque presenta una estructura cinematográfica hipnótica e inconexa. Atrae de manera poderosa pero es un relato cinematográfico fracturado donde el espectador debe entrar en el juego. Es como si Paul Thomas Anderson aplicara al espectador ‘la terapia’ a la que somete el gurú Lancaster Dodd (Philipp Seymour Hoffman) a su discípulo Freddie Quell (Joaquin Phoenix). Como si Anderson aplicara la hipnosis y nos dejara al descubierto el inconsciente y su desorden para poder construir un armazón coherente. Así ante los ojos del que mira se suceden una serie de imágenes con una carga simbólica que ha de descifrar…

Los que esperan, por tanto, un retrato que se inspire en el creador de la Cienciología, Ron Hubbard no encontrarán los que buscan. Lo que plantea Paul Thomas Anderson va más allá. Los que buscan un retrato ‘identificado’ de los años cincuenta tal y como se ha reflejado en el cine, se encontrarán con unos años cincuenta metafóricos, con una radiografía de una década con achaques y enfermedades. Ya lo explica Freddie Quell en un momento determinado, cuando va en busca de un recuerdo, una chica llamada Doris… pero que, como dice de manera irónica, no es como la Doris Day del cine. Doris Day representó esos ‘años cincuenta’ que sí perduran en la memoria cinéfila entre confidencias de medianoche.

The Master es de esas películas que no es suficiente con verlas una sola vez. Que con cada nuevo visionado se descubrirá una nueva capa de la cebolla. A pesar de que Paul Thomas Anderson optó por rodarla en 65 mm (el negativo de las películas épicas a lo Lawrence de Arabia) es una película de un intimismo escalofriante que desnuda almas. Y sin embargo hay escenas de deslumbrante belleza que nos hipnotizan: todo ese paraíso perdido que transcurre en el mar donde Quell sintió algo parecido a la felicidad junto a una muñeca de arena desnuda. Esa huida de Quell en unos campos de cultivo tras un inesperado accidente. O esas carreras en moto hacia un punto determinado… Pero también esos interrogatorios o sesiones de terapia que encierran al espectador en un habitáculo junto a los protagonistas. Todo regado con una música inquietante y disonante de Jonny Greenwood o con esas canciones tristes de los años cincuenta convirtiéndose la banda sonora en un personaje más, en una pieza más que encajar en el puzle.

Una de las claves fundamentales de The Master es esa relación reflejada entre el gurú y el hombre traumatizado por la guerra (que arrastraba ya otros traumas) que interpretan de manera especial y excepcional Philipp Seymour Hoffman y un prodigioso Joaquin Phoenix (que habla con ese cuerpo encorvado). Y que refleja magistralmente la crítica final de Paul Thomas Anderson a la manipulación, mentira y fracaso de las ‘nuevas religiones’. Es esa relación la que nos ayuda a construir el puzle y a salir del estado de hipnosis, es esa relación donde Thomas Anderson nos deja claro lo que cuenta. Así asistimos al intento de Dodds de aplicar sus ‘enseñanzas’ a la bestia incontrolada. Y, con regocijo, somos testigos del ‘fracaso’ del lavado de cerebro continuo al que someten a Quells (el elemento perturbador que nunca deja de serlo). Quells devastado y errante ‘parodia’ al final con una mujer en la cama las enseñanzas del maestro, él ha optado por la libertad personal (por seguir su libre albedrío) aunque siga en el camino de la soledad y por aferrarse a su propio paraíso (ese mar con una muñeca de arena desnuda). Él ha optado por su manera de ‘mirar’ el mundo (una de sus muchas profesiones es la de fotógrafo).

El gurú es consciente de que ha sido vencido por el alumno en esa conversación final entre los dos en Inglaterra en la cual le dice que si puede vivir sin servir a ningún hombre que le avise, que le cuente la fórmula para conseguirlo… para entonar a continuación una especie de canción de amor que hace a Quells echar una lágrima furtiva. Esta conversación ejemplifica la rica y compleja relación que se ha establecido entre ambos desde su primer encuentro. El gurú envidia (y ama) esa ‘libertad’ del perdedor Quells, nadie apuesta por él pero nadie le doblega. Y a Quells la relación con el gurú le ha servido para ‘elegir’ libremente su sino. Para tener un espejo en el que reflejarse.

El tercer personaje que parece sacado de una película de terror es la fría, compleja e impasible Peggy (Amy Adams), la mujer de Dodds, y el verdadero cerebro de la ‘nueva religión’. En realidad, ella sabe emplear el carisma de su esposo y agazapar su animalidad para ‘engañar’ a los otros y formar así una sociedad recta donde nadie se salga del camino, que preserve el american way of life. Peggy quiere eliminar de su camino a Quells porque es claramente una pieza discordante que hace saltar en mil pedazos su engañosa filosofía. Actúa en la sombra y sin alterarse en exceso, poco a poco afianza el imperio. Dañina, es más peligrosa que Dodds, ya que éste se muestra imperfecto en varios momentos y vulnerable. Ella apenas pierde los nervios y su sonrisa helada.

The Master de Paul Thomas Anderson deja múltiples puertas abiertas. En cada visionado cruzaremos un umbral diferente…

(Este texto lo publiqué en el blog Cinefilias y cinofobias el 8 de enero de 2013)

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Testigo accidental (The narrow margin, 1952) de Richard Fleischer

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Y esa capacidad que tiene el cine negro de seguir sorprendiéndome me fascina. Nunca paro de descubrir joyas. Ahora le ha llegado el turno a Testigo accidental. Entra dentro de la categoría de películas de bajo presupuesto de la RKO pero que te muestra cómo rodar un buen thriller en setenta y un minutos. Y es que es fascinante cómo nos cuenta en imágenes una historia donde nada es lo que parece.

Así en Testigo accidental tenemos de todo: personajes ambiguos, ambiente moral asfixiante, mujer fatal, policía duro pero todo aderezado de persecuciones, violencia, erotismo latente… y como culminación giro sorpresa. Y prácticamente un único escenario muy cinematográfico (y empleado de una manera brillante): un tren.

Richard Fleischer (director del cuál ignoro casi toda su filmografía pero que con esta película se me ha despertado el interés) muestra que sabe emplear el lenguaje cinematográfico para contar una historia. Ya desde los títulos de crédito nos vemos atrapados por el sonido de un tren que no cesa su marcha.

Testigo accidental cuenta con varias escenas memorables que se quedan en la retina: la escena que sirve de prólogo y que es la única que transcurre en otro escenario, la casa de la testigo (Marie Windsor, todo un descubrimiento, a la que también he podido apreciar en La fuerza del destino de Polonski y en Atraco perfecto de Kubrick). Una mujer fatal que es la viuda de un mafioso y que cuenta con una información que pone en peligro su vida y que además va a emplearla para testificar. Ésa es la testigo a la que un par de duros policías tienen que escoltar en un viaje en tren para que llegue sana y salva a su destino. El peligro de la misión se pone en evidencia en esta ya increíble escena. Un fonógrafo sonando (que preludia otra escena clímax de la película excepcional), unos planos opresivos de los rostros, un collar de perlas que se rompe, las cuentas que caen… una sombra con una pistola, unas escaleras oscuras y estrechas, un disparo…

Entre el policía duro (un pétreo y eficiente con voz grave Charles McGraw) y la mujer fatal (de frases venenosas) se desarrollan diálogos y réplicas brillantes y una tensión sexual no resuelta (más por parte de la femme fatale… porque el poli duro la ‘desprecia’ bastante y su atención se ha fijado en otra pasajera). Además hay un personaje maravilloso cuya gordura tiene una función en los estrechos pasillos del tren (es personaje y además su característica física soluciona muchas escenas…). Tampoco falta la violencia extrema y eso se ve en la pelea cuerpo a cuerpo que tiene el policía duro con un matón en uno de los pequeños baños del tren.

Por otra parte Fleischer convierte al tren en un escenario cinematográfico maravilloso. Y todos sus elementos son aprovechados para contar la historia. El ruido del tren, las ventanas, los pasillos estrechos, los revisores, las estaciones, los camarotes, las literas, las puertas y sus cristales, las ventanas, las vistas… todo sirve para el misterio, las persecuciones, la tensión, el equívoco…

Así ante nuestros ojos se desarrolla una historia de ritmo frenético con todos los ingredientes para mantener atento al espectador y además bien contada. En poco tiempo se permite además de ese ambiente de cine negro provocar un giro de guion que juega con la ambigüedad que presentan todos los personajes…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Dos mentes enfermas: El demonio bajo la piel (The killer inside me, 2010) de Michael Winterbottom / Martha Marcy May Marlene (Martha Marcy May Marlene, 2011) de Sean Durkin

… Dos películas que exploran mentes enfermas. Dos películas inquietantes no redondas pero que sí logran una atmósfera incómoda y que el espectador se haga preguntas frente lo que está viendo e indague en la parte oscura del cerebro humano.

La primera se esconde bajo la apariencia de cine negro años cincuenta en un ambiente sureño (sol, mucho sudor, mucho calor). La segunda bajo una factura de cine independiente con fondo psicológico que parece hacer una crítica a un tipo de vida pero juega siempre en el terreno de la ambigüedad.

Dos trabajos para analizar con sus luces y sus sombras. A mi parecer la idea de Michael Winterbottom (realizador impredecible que sin embargo tiene obras tan interesantes como En este mundo, Tristram Shandy o La doctrina del schock) podría haber creado una película brillante pero finalmente falla su mecanismo. Sin embargo el debutante Sean Durkin sí que juega más a la ambigüedad y logra un resultado más impreciso y por ello inquietante.

El demonio bajo la piel (The killer inside me, 2010) de Michael Winterbottom

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Lo que no está conseguido del todo es esa voz en off del ayudante del sheriff, Lou Ford (un alucinante Casey Affleck) que es la clave de toda la película y el hallazgo interesante… porque esa era la voz que se tenía que haber mantenido hasta el final (ése es el único punto de vista posible para entrar de lleno al viaje terrorífico que propone) de tal forma que toda la historia la viéramos a través de su mirada para agobiarnos mucho más. Y a veces nos perdemos en esa mirada… y parece que es el director el que está observando. Si hubiese habido una total confianza tanto en la voz en off como en la mirada de Lou Ford muchos todavía no habríamos despertado de la pesadilla.

Porque la historia es una apuesta fuerte al retrato de un asesino con fuertes problemas de salud mental en la figura de un posible personaje de cine negro, un ayudante del sheriff. Lo que pasa que lo tremendo es cuando el espectador se da cuenta que no hay ambigüedad posible en el personaje, que no tiene luces y sombras, sino una oscuridad temible. Así Winterbottom emplea todo el arsenal del noir pero en manos de un desequilibrado mental (y a veces logra agobiar en exceso). Así el pesimismo y el lado oscuro de la personalidad de Lou se va adueñándo de una turbia historia.

Nos adentramos en un universo lleno de sombras (pero a través de sus ojos y mente enferma) donde las relaciones se tornan muy peligrosas y la violencia campa sin sentido alguno (y de manera totalmente gratuita… y eso genera más incomodidad) hasta un final caótico. El director se encuentra también excesivamente preocupado en mostrar la naturaleza quebrada y traumática de su protagonista… así se crean a veces escenas innecesarias sobre el pasado que crean más confusión todavía que matices al personaje principal.

Michael Winterbottom deja así una película violenta de visionado incómodo donde su principal recurso no está del todo conseguido y deja por eso un sabor de boca todavía peor. Tanto es así el laberinto que arma el personaje principal que desemboca en un final absolutamente absurdo para encontrar una salida (pero más bien parece que es Winterbottom el que no sabe qué hacer con su personaje principal). Pero sí muestra en algunos momentos (y en algunas interpretaciones) que El demonio bajo la piel podría haber sido una obra cinematográfica perturbadora, enfermiza y muy bien hecha. Supongo que la novela de Jim Thompson también tiene la voz de Lou Ford y me gustaría ver cómo resuelve que el lector se meta en el universo de un desequilibrado… quizá Winterbottom tenía las soluciones entre las páginas del libro.

Martha Marcy May Marlene (Martha Marcy May Marlene, 2011) de Sean Durkin

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De nuevo nos situamos en la cabeza y mirada (en sus recuerdos, paranoias e imágenes ¿reales?) de una persona con desequilibrio mental. Y esta vez el debutante Sean Durkin logra transmitir la inquietud del desdoblamiento y la quiebra del personaje principal (una vulnerable y creíble Elizabeth Olsen). Así el espectador pulula entre ese presente descorazonador de Martha (una de sus identidades) que lejos de reconfortarla también la enferma y desubica (una familia disfuncional que la hace revivir continuos traumas) y ese pasado reciente en una secta de rituales inquietantes.

Así Martha huye (su personaje siempre huye) y termina en la casa de su hermana y su cuñado que también viven en un mundo ritual y sectario… y esa es la vuelta de tuerca y el acierto de Martha Marcy May Marlene. Porque pone al espectador frente a frente con una vida ‘aparentemente’ normal pero que también es capaz de enfermar a las personas vulnerables como Martha. La protagonista se encuentra desubicada y extraña en el proceso y limpieza cerebral que vive en la secta (con un líder que va dando mucho miedo con la cara de John Hawkes que tiene una de las mejores escenas cuando toca una canción a guitarra) pero también en su adaptación a una vida que la imponen como normal, de la que no puede cuestionar o discutir.

Martha Marcy May Marlene juega a no darnos la información suficiente. A dejarnos siempre en la ambigüedad. Y sobre todo nos deja al descubierto que Martha tiene difícil salir de su paranoia en otro ‘espacio’ opresivo. Lo más desconcertante es ese final en el que ya no distinguimos, como su protagonista, qué es lo que se está imaginando y qué es real… y sobre todo si su manía persecutoria es una triste verdad…

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