Las sesiones (The sessions, 2012) de Ben Lewin

lassesiones

Las sesiones ha supuesto una sorpresa. Una película-medicina, pequeña y redonda, con una buena historia y unos buenos intérpretes. Parte y se inspira en un personaje real, el periodista y poeta Mark O’Brien. Un hombre que sufrió en la infancia una poliomelitis que le redujo para siempre a una camilla y a la necesidad de pasar muchas horas del día en un pulmón de acero. Bajo esta premisa el espectador puede pensar que se trata de otra historia protagonizada por un discapacitado sobre superación. Y lo que nos presenta Las sesiones es una película luminosa y optimista donde trata con delicadeza y mucha naturalidad un tema: el sexo y la discapacidad. Precisamente Ben Lewin (director y guionista) se inspiró en un artículo que escribió O’Brien sobre esta cuestión.

Ben Lewin articula su historia a través de dos tipos de sesiones: las que tiene el protagonista con una terapeuta sexual (una Helen Hunt natural como la vida misma) y con su consejero espiritual, un cura (encantador William H. Macy). Su voz siempre está presente, no desaparece en ningún momento (incluso cuando parece que no tiene por qué estar). La premisa de la que parte esta historia es la necesidad que siente el protagonista en un momento de su vida de poder mantener relaciones sexuales. Tiene 38 años y acaba de enamorarse profundamente de una cuidadora… Cuando confiesa sus sentimientos, la cuidadora desaparece de su vida. Eso y el encargo de escribir un reportaje de entrevistas con otros discapacitados sobre sus relaciones sexuales, le lleva a querer sentir y experimentar su sexualidad. Y va más allá, quiere amar y ser amado.

Para llevar a cabo este fin, su círculo de relaciones se pone en marcha. Y las dos personas antes nombradas, un cura y una terapeuta sexual le acompañarán en esta aventura vital.

Mark O’Brien era católico así que se topa en su camino con un cura que lo que hace es ponerse en su lugar como hombre, cercano, y acompañarle en su viaje hacia el conocimiento de su cuerpo y sexualidad. Se cruza en su camino un cura con sentido común y no retrógado que se pone en la piel del otro. No pone trabas y más obstáculos de los que tiene el protagonista sino sencillez y naturalidad. Le escucha. Cómo toda la red de relaciones que tiene a su alrededor (principalmente sus distintos cuidadores).

Así se van matizando las distintas relaciones que establece Mark (un inmenso John Hawkes). Y la central, la que establece con su terapeuta sexual y sus sesiones. Y aquí es donde estaba la parte compleja de esta historia resuelta de una manera excepcional gracias a sus protagonistas y a la opción de la sencillez. Mark O’Brien no es una víctima sino un hombre que trata de poner solución a un problema. Y para ello busca a una profesional que le guía y le enseña a ponerle solución. Punto. Así las escenas de las sesiones son desprovistas de cualquier tipo de morbosidad o sensacionalismo y se integran totalmente en la historia que nos quiere contar. Explícitamente se muestran las lecciones pero con la naturalidad y la sensibilidad por bandera. Acompañamos a O’Brien en su aprendizaje, en sus dudas, en sus miedos y en la consecución de su objetivo.

Todas las relaciones tienen puntos de inflexión y sutilidad. Las que mantiene con cada una de sus cuidadoras, con el cuidador, con su consejero espiritual y con la terapeuta… La personalidad de O’Brien (que emplea el humor como instrumento para superar obstáculos) hace que lo complejo de su situación parezca fácil (cuando no lo es en absoluto).

Es hermosísima la relación que establece con su terapeuta porque finalmente ella que siempre ha tenido claro el distanciamiento con sus clientes (deja claro que tiene su propia vida privada, que apenas sale matizada —y es para la que esto escribe la debilidad de la película porque es un tema muy interesante pero poco desarrollado—, y explica claramente la diferencia entre sus sesiones como terapeuta y las de las profesionales del sexo, las prostitutas) pero con O’Brien siente la necesidad de someterse más que nunca a las reglas de su profesión (no más de seis sesiones) porque su implicación termina siendo absolutamente emocional (cruza el límite entre sentirse profesional y terapeuta a sentirse a gusto con el hombre al que enseña y deseada…) y eso la hace sufrir y finalmente distanciarse. Porque ambos tienen claras las reglas del ‘juego’.

Así Las sesiones se convierte en una película sorpresa que regala una serie de buenos momentos sobre un hombre que  trata de solucionar un tema universal: la soledad y la necesidad de amar y sentirse amado. Y un momento que se nos regala es un gato atigrado encima de un pulmón de acero…

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Diccionario cinematográfico (194)

bonnie and clyde

Complementos y otros asuntos: ¿veríamos con los mismos ojos a Bonnie y Clyde sin su boina y sombrero?

¿Irma la Dulce sería ella misma sin sus medias y su lazo verde?

¿La Novia de Kill Bill sería reconocible sin su chándal amarillo con raya negra?

¿Stanley Kowalski sería igual sin su camiseta blanca?

¿A Holly Golightly la recordaríamos sin su moño, su vestido largo negro, su cigarrillo con larga boquilla y sus gafas de sol?

¿Waldo Lydecker sería un snob culto y malvado sin su bigotillo y bastón?

¿Reconoceríamos a Ginger y Fred sin sus vestidos de vuelo y gasa y su sombrero de copa?

¿Y Gilda seguiría seduciendo sin sus largos guantes negros y su cuidada melena pelirroja (en blanco y negro…)?

¿Rick nos resultaría hombre enamorado sin su pajarita?

¿Sería tan terrorífica la pandilla de La Naranja Mecánica sin sus bombines, sus bastones y sus vestimentas blancas, y sin sus largas y exageradas pestañas?

¿Los personajes de Veronica Lake hubieran traspasado la pantalla sin esa melena larga que tapaba su ojo…?

¿La Milady de Winter con cara de Lana Turner hubiera sido igual de perversa sin su lunar?

¿Recordaríamos a la pandilla de Reservoir dogs sin sus trajes negros, camisas blancas y corbatas negras?

¿Ha olvidado alguien los pantalones pitillo negros, las plataformas de tacón rojo y el cardado rubio de una Sandy transformada en Grease?

¿Alguien miró igual a la Dietrich cuando se ponía sombrero de copa fuera en El ángel azul o en Marruecos?

¿Quién puede olvidar las gabardinas y sus correspondientes sombreros (sin faltar nunca el cigarrillo) entre brumas de detectives con cara de Bogart o Mitchum?

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Hitchcock (Hitchcock, 2012) de Sacha Gervasi

… Entre el inmenso maquillaje, uno siente que de un momento a otro la máscara del maestro del suspense va a estallar en mil pedazos y entonces surgirá un Anthony Hopkins liberado. El suspense también se vive por pensar que su prominente barriga se va a pinchar como un globo y va a salir disparado por los aires… Y piensas que es una pena que un maquillaje molesto que además no hace que se parezca nada al original pueda desconcentrarte de la película… Obviando este asunto y también su aspecto de telefilm lujoso, Hitchcock puede convertirse en un divertimento cinéfilo donde entran ingredientes de realidad y ficción sobre el proceso creativo de Psicosis.

Durante sus 98 minutos (¡por fin una película con una duración normal!) casi seguro que es imposible aburrirse. Además es un bonito reconocimiento a Alma Reville (Helen Mirren), la esposa de Hitchcock que aunque siempre estuvo en la sombra cada vez hay más voces que la consideran una pieza fundamental en la carrera del maestro. Es decir que trabajaban muy a dúo. Obviamente Hitchcock juega con los parámetros de todo biopic con lo que esta relación sale más luminosa que oscura y compleja (tal y como debió ser).

La película juega a ver una parte oscura que se simplifica en: ¡qué difícil es vivir tras un genio! Pero sin duda es esta premisa la que hace que se produzcan buenos momentos de complicidad y buenos diálogos entre Hopkins y Mirren. Y también es esta premisa la que lleva a concluir que su relación funciona porque ambos crean juntos y cuando trabajan los dos unidos surgen las buenas obras cinematográficas. El conflicto surge cuando parece que esta relación va a resquebrajarse porque Alma ya está cansada de los desmanes, obsesiones y dificultades que supone vivir con su señor esposo y le deja solo ante el peligro: ante Psicosis, una película distinta en su carrera que es un reto para el director y una oportunidad para recuperar la pasión de hacer cine de los viejos tiempos cuando apenas contaban con recursos económicos. Ahora Psicosis es una apuesta independiente, pues ningún estudio la avala económicamente y es el matrimonio Hitchcock quien costea la producción cinematográfica… Hitchcock se da cuenta de que no cuenta con el mismo apoyo de siempre de su mujer y además sospecha que tiene un affaire con el escritor y guionista Whitfield Cook con el que está trabajando codo con codo en un proyecto ajeno a su marido. Cuando parece que todo se va a ir al garete el matrimonio Hitchcock vuelve a unirse y vuelven a crear juntos realizando otra obra cinematográfica inolvidable.

Me emociona toda película en la que salga una sala de cine y allí se viva un momento importante de la trama (así ocurre en la maravillosa … Y el mundo marcha, en Los viajes de Sullivan, en La última película, en Cinema paradiso o recientemente en The Master), y así ocurre con un maestro del suspense nervioso fuera de la sala de cine donde se proyecta por primera vez Psicosis y que actúa como un voyeur, semiabriendo la puerta de la sala y fijándose en la reacción de los espectadores (observando sus rostros) ante la secuencia de la ducha.

La película también da una explicación a su obsesión por las intérpretes rubias, como que el director buscaba un ideal inalcanzable que no existía. Así él trataba de modelar ese ideal pero siempre se escapaba de sus manos… y su obsesión complicaba en exceso el trabajo con sus actrices. Algunas lo vivían como un halago (sobre todo al principio del proceso) y otras como una tortura cuando la obsesión del maestro del suspense interfería en su vida privada. Con la persecución de este ideal dañaba no sólo a algunas actrices sino a él mismo y a su esposa Alma. Así el conflicto queda servido en su relación con las dos actrices protagonistas de Psicosis, Vera Miles (Jessica Biel) y Janet Leigh (Scarlett Johansson). De aquí se puede sacar un tema de debate cinéfilo interesante.

Y por último Hitchcock muestra el aspecto más interesante (aunque le faltan importantes detalles… cinéfilos) de esta película entretenida y es la pasión en el proceso creativo de una obra cinematográfica (que a la vez es un trabajo colectivo). Primero la búsqueda de inspiración, el encuentro con un libro en el que nadie cree (basado en las vivencias del asesino Ed Gein, que será quien acompañe al genio durante la creación de toda la película), las negociaciones con los productores y con los censores, las ruedas de prensa, las tensiones de rodaje, el propio rodaje en los estudios, los obstáculos para que la obra salga adelante, el olfato que tenía el maestro del suspense no sólo para rodar sino para promocionar y publicitar sus obras cinematográficas, su conciencia de que él mismo es espectáculo, el juramento que hace que hagan todo el equipo técnico y artístico de la película de que no desvelará nada del proyecto, los miedos y agobios, la postproducción, la importancia del montaje, de la banda sonora… Y en definitiva el mostrar a Psicosis cómo un punto y aparte en la carrera de Alfred Hitchcock, una obra atrevida, innovadora y rompedora con su propia obra cinematográfica.

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El lado bueno de las cosas (Silver linings playbook, 2012) de David O. Russell

El lado bueno de las cosas es la película con sello de ‘pequeña obra’ o ‘pequeña sorpresa’ que se ha colado en la gala de los Oscars. Películas que se revisten de un halo de cine independiente (que no lo es) o cine de autor. Así sobre ella se vierten distintas opiniones: otra comedia romántica más que prometía algo distinto durante sus primeros minutos o una obra menor que se ha colado en la lista a falta de una película ‘pequeña’ mejor. Pues bien dejando aparte la apreciación de si tiene que estar en los Oscars o no (¿de verdad Los miserables ha sido una de las mejores propuestas del año?), El lado bueno de las cosas plantea varios aspectos interesantes y una evolución en la concepción de la comedia romántica.

El lado bueno de las cosas es una tragicomedia con gotas muy bien espolvoreadas de comedia romántica (y otras variantes de la comedia). Así si observamos la estructura repite la de cientos y miles de películas: chico conoce chica, chocan mucho pero se van conociendo, inician una bonita amistad, se enamoran, encuentran obstáculos, los superan, hay una separación inminente, una carrera por las calles para recuperar el amor y, por último, beso final. Hasta aquí podemos decir: hay que dar la razón a los que dicen otra comedia romántica más, típica y tópica sin sorpresa alguna. Además su pareja protagonista está acompañada de una galeria de familiares y amigos con sus propias peculiaridades que siguen sus vicisitudes, otro de los pilares de este tipo de comedias.

Pero David O. Russell (primera película de su filmografía que veo) no entrega una obra cinematográfica tan sencilla ni tan tópica. No es una obra redonda ni maestra pero sí pensada y elaborada y sobre todo respira un inmenso cariño hacia sus protagonistas (sobre todo al personaje con rostro de Bradley Cooper) y un fondo de realismo en lo que quiere contar que termina nadando en un cuento de ficción.

Su protagonista, su héroe romántico, es un hombre que ha perdido todo. Empleo, mujer, casa… y salud mental. Pat (Bradley Cooper) lleva ocho meses ingresado en una institución psiquiátrica después de haber agredido al amante de su mujer. Allí le han diagnosticado un trastorno bipolar. Después de esos meses regresa al hogar de sus padres a enfrentarse de nuevo con la vida y sus objetivos son ver el lado positivo de las cosas y recuperar el amor de su mujer (que ha dictado una orden de alejamiento contra él)… Pero en su camino se cruza Tiffany (Jennifer Lawrence), una jovencísima viuda que no supera el dolor de la pérdida y padece también desordenes mentales. Ambos inician una relación de amistad, con concurso de baile de por medio, que terminará en romance.

Al principio la película tiene todos los ingredientes para: a) ser un drama sobre personas con problemas de salud mental, b) ser un drama de superación sobre personas con problemas de salud mental… pero David O. Russell se desvía y decide convertir a dos personas excluidas socialmente en dos héroes románticos y además hacerlos vivir en una ‘comunidad’ en la que son incluidos. Porque O. Russell muestra cómo los personajes secundarios (padres, amigos, hermanos…) tienen sus propios trastornos mentales no diagnosticados y cómo todos tenemos comportamientos extraños (a esta baza jugaba también Lars y una chica de verdad) así que no hay posibilidad por tanto de excluir al que tiene problemas mentales diagnosticados porque todos tenemos carencias emocionales y sociales. De esta manera hay una lectura de evolución del género screwball comedy. Estas comedias de los años treinta y cuarenta eran protagonizadas por familias y vecinos alocados (pero no diagnosticados) y las parejas de enamorados (sufrían trastornos mentales no diagnosticados… ¿alguien piensa que Irene Bullock o Susan Vance estaban bien de la cabeza?)… en El lado bueno de las cosas lo único que pasa es que alguno de sus personajes sí que tienen un informe psiquiátrico en sus manos y medicamentos que tomar (aunque a veces se nieguen a ello porque merman sus facultades físicas y mentales).

David O. Russell trata con ternura a su héroe romántico, Pat. Y hace una concesión porque se encuentra protagonizando ficción no una jodida historia real. Y le regala un final feliz. Hay una escena al principio de la película en la que Pat se pone muy nervioso a las cuatro de la mañana porque se indigna ante la lectura de un libro y va al dormitorio de sus padres a contar su angustia. La novela en cuestión es Adiós a las armas de Hemingway. Uno de sus propositos era leer los libros que su mujer enseñaba a sus alumnos (los dos eran profesores). Entonces Pat quiere rebelarse. No entiende por qué dos personas que sufren pero terminan alcanzando la felicidad, el autor no les da una tregua y un final feliz. David O. Russell decide servirse de la ficción y dar una tregua y un final feliz a su personaje, que en la vida real probablemente sería improbable que lo alcanzara.

Y entonces ahí recurre no sólo a la comedia romántica, a la screwball comedy… sino a otro de los géneros por excelencia que es un canto a la felicidad: el musical (y ahí encaja de manera maravillosa ese baile desastre que finalmente conmueve) con homenajes explícitos a ese canto a la vida que es Cantando bajo la lluvia y ese canto al romanticismo que es West side story.

Así finalmente El lado bueno de las cosas es la historia de dos seres excluidos que sufren (como aquellos que les rodean: padres, hermanos y amigos —con sus traumas propios—) y se medican pero que les dejan finalmente protagonizar una comedia romántica con final feliz y concurso de baile incluido con salto cutre a lo Dirty Dancing. Quizá sea un regalo que quiera hacerse el propio director pues conoce bien de lo que habla (de ahí ese cariño a los personajes y esa veracidad que se respira) ya que lo tiene muy cerca en su propio hogar: su hijo padece trastorno bipolar y es obsesivo-compulsivo (le da un pequeño papel en la película de vecino molesto)… Por eso para él es tan importante ese final feliz como en cualquier otra comedia romántica…

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Dúos con presencia continua de George Cukor

Alrededor de George Cukor pulularon varios dúos. Y él formó también comuniones inseparables. George Cukor y Katharine Hepburn, una de sus musas. George Cukor y Judy Holliday, su musa de los cincuenta. George Cukor y una pareja de risa, Katharine Hepburn y Cary Grant. George Cukor y Garson Kanin, un guionista con buenas historias. George Cukor con Garson Kanin y con Ruth Gordon, guionista y también actriz. Ambos guionistas eran marido y mujer. George Cukor con dos actores que además eran pareja, Spencer Tracy y Katharine Hepburn… y así continuamos en un bucle que parece interminable. Y todo esto nos hace desembocar en varias películas inolvidables del realizador.

Con Katharine

Su andadura juntos comenzó con un drama con John Barrymore, Doble sacrificio (1932), donde una jovencísima Hepburn se metía en la piel de una hija comprensiva y donde la actriz ya denotaba madera de estrella por su particular presencia… Al año siguiente se convirtió en la hermana más compleja e interesante de la popular novela de Mujercitas, Jo. Cukor seguía mimándola en Las cuatro hermanitas. Aprovecha el físico andrógino y hermoso de su musa para inmiscuirla en La gran aventura de Silvia (1935). Y ahí se encuentra también una buena pareja artística para su musa, Cary Grant (de chulo encantador, con descaro y morro… con el halo que le imprimió Mae West). Una película extraña que tan pronto va a la comedia, como se va a la tragedia, que pasa de la intriga al romanticismo desaforado… Y el trío vuelve a trabajar en la maravillosa y olvidada comedia sofisticada con toques de screwball comedy, Vivir para gozar (1938).

… Sólo George Cukor podía sacar a su musa de la temida lista ‘veneno para la taquilla’ y lo consigue en 1940. La Hepburn quiere adaptar cinematográficamente su éxito teatral con Historias de Filadelfia. Y con su famosa cabezonería lo logra. Por supuesto quiere que la dirija George Cukor y que su pareja romántica sea Cary Grant… y aún hoy nos congratulamos con la pelirroja con cara de diosa y el marido que olvidó sus penas en alcohol pero eternamente enamorado y encantador… y los alocados miembros de la familia de la protagonista. Entremedias un periodista (James Stewart) que pasa del odio hacia lo que representa Katharine Hepburn al amor idílico.

En 1942 George Cukor vuelve con su pareja que ya tiene nueva pareja artística (y también sentimental), Spencer Tracy. Y comienza con un drama olvidado La llama sagrada, interesante película sobre poder político, manipulación y medios de comunicación. Y el trío se vuelve a reunir en una maravillosa comedia sobre derecho, guerra de sexos y amor: La costilla de Adán (1948). Para de nuevo volver a unirse en una comedia fallida, La impetuosa (1952), sobre los amores deportivos entre Pat y Mike o Hepburn y Tracy.

Cukor trabajó dos veces más con su musa en dos películas que nunca he visto. Una para televisión, Amor entre ruinas (1975), donde la Hepburn se mide con Laurence Olivier con toques de humor y romanticismo. Y ambos dejaron un retrato de la vida rural y la enseñanza en un remake de una película de Bette Davis en los años cuarenta, El trigo está verde (1979).

Con Judy Holliday

Fue en La costilla de Adán (1948) donde entró en contacto con otra de sus musas, la olvidada Judy Holliday. Aquí en un papel secundario, dicen que la Hepburn (junto a Cukor) le cedió protagonismo para que se luciera porque el director la quería como protagonista de Nacida ayer (1950) y necesitaba convencer a la productora para que diera un papel protagonista a una actriz hasta el momento desconocida (pero que había triunfado en los escenarios con la obra… de Garson Kanin, que además en un principio  la había escrito para Jean Arthur…).

Y Nacida ayer supuso que Judy Holliday se convirtiera en estrella fulgurante en un papel que bordó, la rubia tonta no tan tonta. Aquí es la chica de un empresario corrupto que se enamora de su serio profesor (maravilloso William Holden), al que contrata el bruto del empresario cuando piensa que ‘su’ rubia tiene que adquirir modales y culturizarse para que él pueda seguir prosperando y ella no le deje en ridículo (cuando él es igual de ridículo que ella y además zafio). A Holliday le pasaron tres cosas para quedar relegada al olvido: fue investigada en la Caza de Brujas y por ello formó parte de las listas negras, murió demasiado joven y coincidió con otra rubia tonta con aureola de leyenda, Marilyn Monroe (con la que Cukor también trabajaría).

Dos años después volverían a trabajar juntos en una película que aún no he podido ver, Chica para matrimonio sobre las tribulaciones de un matrimonio que se separa en clave de comedia. Y la culminación sería en 1953 con una encantadora comedia que descubrí recientemente, Una rubia fenómeno, sobre el mundo de la publicidad y la fama por la fama, que supuso también el genial debut de Jack Lemmon. Una rubia fenómeno cuenta con una declaración de amor que ha pasado a mi colección particular de este tipo de escenas.

Con Garson Kanin

George Cukor también tuvo varias colaboraciones con el guionista Garson Kanin (y casi siempre con la colaboración de la esposa de éste, Ruth Gordon). Ambos trabajaron juntos y el resultado fue una serie de películas recordadas por la memoria cinéfila: pasamos de una tragedia con Shakespeare de fondo, Doble vida (1947) a una de las películas más populares y recordadas de Hepburn y Tracy con Holliday con papel secundario bombón, La costilla de Adán. Los dos cimentaron la carrera de Holliday con Nacida ayer (adaptación de la propia obra de Kanin), Chica para matrimonio y Una rubia fenómeno. Y resbalaron, como resbalaron todos los que participaron en el proyecto, en La impetuosa. Ruth Gordon, la esposa eterna de Kanin (y también actriz, que alcanzó popularidad con ya cierta edad), estaba también en los créditos de Doble vida, La costilla de Adán, Chica para matrimonio y La impetuosa. Además trabajó con Cukor en solitario en el guión de su propia autobiografía: La actriz (1953), película que aún no he podido ver con Jean Simmons de protagonista.

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Primavera tardía (Banshun, 1949)/El sabor del sake (Sanma no aji, 1962) de Yasujiro Ozu

… El hombre siempre se queda solo. Y Yasujiro Ozu nos los explica con dos escenas sencillas dentro de la complejidad que subyace en su fondo. En las dos, un hombre viudo (Chishu Ryu con un rostro que cuenta historias), después de haber casado a su hija, le espera la soledad por compañera. En una lo dice todo con el rostro y ese cuidado que pone en pelar lentamente una manzana mientras su cabeza se agacha. En la otra el tormento es más largo, llega después de haber bebido mucho, canta frente a la mesa ante otro vaso más. Después se pone en pie, ya ha constatado que está solo y lo dice a quien quiera escucharle (en este caso un hijo adolescente adormecido y molesto por la actitud del padre) y se va a oscuras por el pasillo, como pidiendo intimidad al espectador, a la cocina y le vemos al fondo como se sirve otro vaso… en soledad.

Entre Primavera tardía y El sabor del sake (su última película) han pasado algo más de diez años y Ozu ofrece pequeñas variaciones sobre un mismo tema entregando dos películas bellas sobre lo que significa el paso del tiempo, la vejez, la soledad… y otros muchos temas (como las relaciones entre padres e hijas) que van surgiendo de la placidez de sus imágenes y cuidadas composiciones. Y éste ha sido mi estreno en la filmografía prolífica de este director japonés. Y no podía haber sido más hermoso. Así que esto promete un visionado de más obra del director y por tanto una buena porción de descubrimientos.

Lo que más me ha gustado ha sido que frente la sencillez de sus propuestas y argumentos subyacen muchos temas complejos. En ambas un padre se ‘sacrifica’ por encontrar un buen esposo a su hija en edad de casarse pensando que es una forma de que pueda vivir su propia existencia. Y pensando que el que se quede a cuidarle, a la larga será una condena. Piensa que es mejor no obligarla a la soledad del padre y convertirla en una mujer solitaria, amargada y soltera. En El sabor del sake vemos el futuro de la joven de Primavera tardía si se hubiera quedado para siempre al cuidado de su padre, en la figura del viejo profesor al que llaman Calabaza absolutamente solo y en compañía de una hija amargada e igual de solitaria. Pero no todo es tan sencillo: ¿les espera a ambas hijas una vida mejor en un matrimonio concertado… en el que sale de la casa de un hombre para meterse en la casa de otro, su esposo? El negarse a seguir la tradición y preferir la felicidad ya conocida (que es cuidar al padre en una y en la otra al padre y el hermano adolescente) ¿no es un acto de rebeldía? Tanto el padre como la hija sucumben a las presiones sociales y familiares. Aquellos que les rodean  ‘obligan’ de alguna manera a poner fin a una cotidianeidad que les hace felices a ambos. Por otra parte las dos jóvenes protagonistas renuncian al amor por llegar demasiado tarde (los chicos que les gustan se han comprometido ya) y dan el paso de casarse con cierta incertidumbre y con dos hombres de los que no están enamoradas. En Primavera tardía, no obstante, la mejor amiga de la protagonista le da la posibilidad de otra vida si fracasa el matrimonio. Ella misma se casó y se divorció. Ahora vive sola, con su hijo y trabajando… y vive bien.

Las dos presentan además un Japón que se encuentra en una era de cambio después de la Segunda Guerra Mundial. Donde las tradiciones más ancestrales se unen a la modernidad y a la entrada de la mirada occidental. Y eso se ve en las vestimentas de los personajes o en los detalles de sus hogares o en el mobiliario urbano. Las dos películas son íntimas, de interiores, con diálogos sencillos donde se dice mucho más con una mirada, una sonrisa o un silencio.

Siempre se menciona la guerra como un momento duro, doloroso y se habla de la derrota no con odio sino con una especie de resignación e incluso con bastante sentido del humor (sobre todo en El sabor de sake y el encuentro del protagonista con un hombre con el que combatió que imagina cómo sería el mundo si ellos hubieran ganado… y deciden que mejor está tal cual). También se ven las diferencias generacionales entre los más jóvenes y los más mayores y el choque entre las tradiciones más antiguas y el paso a otras más nuevas. Y las nuevas formas de entender las relaciones que van cambiando así como la entrada de la vida moderna reflejada en los medios de transporte que agilizan la vida como el tren o los electrodomésticos en los hogares (la nevera, la plancha…).

Yasujiro Ozu apenas mueve la cámara y muchas de sus escenas, sobre todo en la intimidad del hogar, las vemos desde una perspectiva diferente, desde el tatami. Esto provoca una disposición diferente en los hogares o restaurantes, una manera distinta de acomodarse, donde las alturas son diferentes. Y por tanto no se mira igual… El director japonés cuida las composiciones de manera extrema y cuida el detalle creando imágenes de gran belleza. No realiza fundidos sino que muestra escenas de transición de plantas que se mueven por el viento, de chimeneas de las fábricas, de luces de neón o de naturalezas muertas. Ozu tiene su forma de mirar y contar, de narrar. Emplea también de manera especial la elipsis, en ninguna de las dos vemos cómo la hija conoce al pretendiente propuesto ni tampoco la boda.

Lo que sí nos regalan ambas es el último momento entre padre e hija. Cuando a éste le avisan de que ella ya está arreglada y preparada como novia, vestida a la manera tradicional. Y son dos escenas de infinita ternura, tristeza y melancolía… donde no sabemos realmente si los personajes serán realmente más felices al haber cedido a las presiones del entorno…

No es mala manera de empezar a conocer a Ozu con el visionado de esas dos películas. Una en blanco y negro con imágenes tan poderosas como dos bicicletas solitarias y la otra en un color cuidado y especial donde las líneas de las vías de un tren o de las puertas de una casa forman composiciones que relajan al espectador que plácido mira cómo la vida pasa, cambia y se transforma… con pequeñas pinceladas, pequeños matices. Y ahí esta siempre el rostro de Chishu Ryu de sonrisa dulce y melancolía innata.

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La calle de atrás (Back Street, 1961) de David Miller

La calle de atrás es uno de esos melodramas hollywoodienses que hacía llegar a sus espectadores a altos niveles de paroxismo. Durante los cincuenta y los sesenta uno de los productores con más olfato para el éxito fue Ross Hunter. Estas décadas tienen vida propia en esas películas de Hunter que han sabido crear una cierta mitología de esos años. Uno de sus protegidos fue Douglas Sirk. Pero fue artífice de otros melodramas y llevó al estrellato a varias damas. Hunter buceaba en películas del pasado que ya habían funcionado, buscaba una estrella femenina potente y creaba una historia truculenta a todo color. La película que hoy nos ocupa cuenta con un montón de posibilidades para analizar.

La premisa de Back Street es mostrar que ‘la otra’ es el personaje positivo, mientras que la esposa es el problema, el obstáculo, el conflicto… la arpía. Un argumento así ya ganaba muchos puntos en una sociedad puritana con ganas de escándalo. Escándalo en la pantalla blanca. Así ‘la otra’ era una de las trágicas más amadas: la pelirroja Susan Hayward. El galán era el guaperas oficial de los melodramas: John Gavin. Y la esposa arpía, una rubia hitchcockniana (y también una musa de John Ford), Vera Miles. Ross Hunter se busca un director-artesano, David Miller (que arrastra algún éxito a sus espaldas como Un grito en la niebla). Unos buenos vestuarios (las damas siempre perfectamente vestidas y peinadas… ‘la otra’ además es diseñadora de moda). Una banda sonora adecuada de Frank Skinner que acompañe los sentimientos acelerados de los protagonistas. Un director de fotografía con estilo, Stanley Cortez… y los pone en una buena historia que ya había funcionado en el pasado.

En realidad Back Street es la adaptación cinematográfica de una novela de Fannie Hurst, dama americana que escribió otras historias melodramáticas que se vieron en pantalla como Imitación a la vida o Humoresque. Pues bien Back Street ya había sido llevada otras dos veces al cine. Una en la etapa pre code, en las manos del rey de los melodramas primigenios, John M. Stahl. Supuso un éxito más de Irene Dunne y se llamó La usurpadora (1932). Pero en los cuarenta también tuvo su remake (más desconocido) con una pareja de lujo: Margaret Sullavan y Charles Boyer que actuaron juntos en Su vida íntima de Robert Stevenson.

Pues bien en los años sesenta sigue funcionando la fórmula porque existe ya una muy buena tradición del género y cuenta además esta versión con un final apoteósico con tres momentos clímax que no dejan respiro al espectador que termina llegando a la catarsis que siempre genera un buen melodrama. Primero un aparatoso accidente de coche en plena discusión matrimonial entre Vera Miles  y John Gavin que tiene ecos de Cara de ángel pero que será precursor de la famosa escena en el coche entre Kirk Douglas y Chyd Charise un año después en Dos semanas en otra ciudad. Segundo una escena en el hospital con persona gravemente enferma, un teléfono y un niño… No digo más. Y tercero una escena final de aceptación de ‘la otra’ y su absoluta redención. Toda la película te prepara para este tremendo final. Y para ello era necesario una gran trágica que contaba en esos momentos cuarenta y cuatro primaveras pero seguía haciendo como nadie de mujer sufridora y enamorada. Además estaba necesitada de un éxito, y Hunter era especialista en dar buenos papeles a grandes divas de la pantalla que sobrepasaban los cuarenta y hacer que jóvenes galanes del momento se enamoraran de ellas profundamente. Así su máxima estrella fue una madura Lana Turner. Sin olvidarnos de Jane Wymann o June Allyson.

Sin embargo, la gran sorpresa y revelación del film es la malvada esposa. Mala madre, peor esposa, hipócrita, infiel y alcohólica… una buenísima recreación de Vera Miles que no sólo está bella, elegante y sofisticada sino genial como mala de la función. Ella es la que no deja que los dos amantes alcancen la felicidad porque no otorga el divorcio al desgraciado de John Gavin. Él como siempre, galán hermoso y correcto.

La calle de atrás forma parte del canto de cisne del género porque ya se acercaban los años 60 y una nueva forma de hacer cine. No sólo nacerá a finales de la década el Nuevo Cine Americano sino que al llegar el final de la censura ya muchos temas no estarían prohibidos ni parecerían escandalosos. El público estaba cambiando (era más desencantado menos inocente) y quiere ver otras realidades reflejadas en pantalla además de ver las nuevas formas de concebir las relaciones personales. Las trágicas del melodrama estaban terminando su reinado…

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Diccionario cinematográfico (193)

Joanna y Mark: Mark y Joanna son dos en la carretera… y su viaje tiene melodía de Henri Mancini. Y el tiempo pasa por ellos y por sus coches que se deslizan por carreteras francesas. Pero Joanna siempre sabe dónde se encuentra el pasaporte de Mark… Empezaron haciendo autostop y terminaron en un Mercedes propio. Entremedias coches compartidos y otros averiados. Y entre viaje y viaje, su historia. Quizá para contestarse ambos una pregunta de la que ya no saben la respuesta. Sinceramente no sé qué viste en mí al principio. La verdad, no me acuerdo.

Pasión, diversión, aburrimiento, egoísmos, desencantos, infidelidades, regreso, conversaciones, discusiones, anécdotas, aventuras, momentos bellos, momentos tristes, desengaños, perdones, regresos, idas y venidas… Al mal tiempo, buena cara. Joanna y Mark son como son. Con sus virtudes y defectos. Con sus encantos y miserias. Y cada uno sabe muy bien lo que puede esperar del otro. Aunque la sombra del desencanto hacia el ser amado es inevitable… pero franqueable.

Joanna y Mark viajan por las carreteras del pasado y el presente. Y a pesar de los pesares descubren que están condenados a quererse. Al fin y al cabo a Joanna  le encantan los finales felices… aunque termine echando en cara a su Mark que él no sabe lo que es querer. Él es una especie de Peter Pan, a veces egoísta, que se complementa con una Joanna vital, rebosante de sentimientos, y por eso inevitablemente insatisfecha. Y él sabe que la necesita a su lado para poder seguir perdiendo su pasaporte, para seguir siendo Peter Pan, para seguir reflejándose en su mirada. Qué clase de personas se sientan en un restaurante y no tienen nada que decirse. Los matrimonios.

Por qué no puedes ser siempre feliz pase lo que pase. Porque no se puede. Sin embargo en esos viajes por la carretera  construyen su historia llena de recuerdos y anécdotas. De risas cómplices en camas y bañeras en pensiones y hoteles. De baños en el mar o en piscinas de lujo. De discusiones y lágrimas. Infidelidades. Pero a pesar de los pesares se hicieron una promesa, que puede contra el desencanto. Joanna le dijo un día, nunca te fallaré. Y Mark, aunque siempre le cuesta expresarlo, sabe una cosa: Te quiero, Joanna.

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Django desencadenado (Django unchained, 2012) de Quentin Tarantino

Tarantino puede gustar o no pero nadie le puede negar que se lo pasa en grande jugueteando con cientos y cientos de referencias cinematográficas en cada una de sus películas y reinventando-remezclando a su gusto los géneros que disfrutó y disfruta como espectador. En Django desencadenado recrea estereotipos por todos conocidos y los exagera hasta límites extremos en un festival de fuegos artificiales sangrientos. Así toma elementos de dramas sureños con otros del western (y sus variantes como el spaghetti western) y vomita Django desencadenado. A esta mezcla la espolvorea con sus señas de identidad: un cuidado en la estética (como se puede ver, por ejemplo, en el personaje de Django, ¡quiero sus gafas de sol!), una puesta en escena determinada y peculiar, unos diálogos con chispa (que enganchan) antes de cualquier acontecimiento violento, su particular selección en la banda sonora, una violencia tan exagerada y coreografiada que no puede ser tomada en serio y un reparto coral con la recuperación de rostros del pasado (Don Johnson, Bruce Dern, Franco Nero…), además de un cameo del propio Tarantino.

No puedes tomarte Django desencadenado en serio y si Spike Lee (que se ha sentido molesto por el tratamiento de Tarantino hacia el tema de la esclavitud) la viera se daría cuenta de ello. Si en Malditos bastardos se cargó a toda la cúpula nazi en un cine, aquí destruye con un bombazo ante nuestros ojos a Tara y todos sus estereotipos (qué bueno hubiese sido que la hermana de Calvin Candie —Di Caprio— hubiese sido una especie de Scarlett O’Hara). Ni en Malditos bastardos ni en Django desencadenado pretende Tarantino una cierta coherencia histórica o convertirse en cine denuncia. Porque el director no tiene intención alguna de realizar cine histórico y realista sino que presenta a su modo cómo el cine ha ‘recreado’ esas historias, juega con la memoria cinéfila del espectador y con cómo el cine ha creado su ‘propia historia’ paralela que nada tiene que ver con la Historia con mayúsculas. Y Tarantino toma todo ese material y se pregunta: pues ¿cómo construyo yo mi particular mundo de cine? Y lo construye. Otra cosa es que el espectador no quiera entrar en su juego o no le vea gracia alguna.

El humor es importante en Django desencadenado, lo que nos hace ver que todo es una farsa disparatada. Por ejemplo en la manera que tiene de ridiculizar a los componentes del Ku Klux Klan (aquí aparece nuestro Don Johnson) en una de las escenas más divertidas de la película.

En Django desencadenado crea unas imágenes de una fuerza visual enorme y coreografía unas escenas de una brutal violencia que hace que el espectador se vuelva insensible ante tal exhibicionismo de disparos y burradas o que esas escenas se conviertan en hilarantes por exageradas. En toda la película, y todas sus masacres representadas, no hay ni un sólo atisbo de la ‘poética de la muerte’ (término que tomo prestado de 39 escalones) que pulula por los western de Samuel Fuller, Sam Peckinpah o Sergio Leone. Sólo hay un pequeño atisbo en un fugaz instante. Y es en las primeras muertes en las que participa Django. Tres hermanos que son capataces en una plantación de algodón. Y uno de ellos muere mientras cabalga y la sangre salpica el algodón blanco… Y es un atisbo más bien estético.

En casi tres horas de película, Tarantino no desfallece en contar la historia de una venganza y un rescate (temas recurrentes del western) y logra no aburrir al espectador que entra en su juego. E imprime y construye una historia de un fuera de la ley (un esclavo libre en estados sureños), en este caso, Django, que se convierte en leyenda y personaje de la mitología del Oeste. Además Quentin da su pincelada europea (no sólo con el genial personaje de Christoph Waltz al que amo ya con locura) sino que imprime mitología alemana a la historia de Django y su amada Broomhilda… de la manera más näif (vamos, reinventándose la leyenda el personaje de Waltz según le conviene a su amigo Django… que quiere salvar a su Broomhilda). Y también ese gusto superficial por lo francés que tiene Calvin Candie redundando en la ignorancia, incultura y el paletismo de este personaje (causa también de momentos de humor).

Los estereotipos-personajes que crea Tarantino para esta película y los actores que lo representan convierten esto en una buena baza para su disfrute. Así nos encontramos con el cazarrecompensas con un pico de oro (alemán y extremadamente versado en cultura e idiomas) que congenia de manera rápida con el esclavo Django (Jamie Foxx) al que necesita para capturar a unos bandidos. Nos encotramos así con esas ‘raras’ amistades creadas en el salvaje Oeste. Y nos topamos con personajes de los dramas sureños donde se encuentra el malvado dueño de la plantación (que clava Leonardo DiCaprio, dejándonos un demencial y terrorífico discurso frente a una calavera) o un increíble Samuel L. Jackson con el personaje-estereotipo más complejo, Stephen, el negro leal al servicio de Calvin Candie desde siempre y más brutal y racista con los suyos que el propio Candie. La conversación que mantienen ambos en la Biblioteca es todo un recital tanto por la actuación de ambos actores como por la manera de rodarla. El personaje-estereotipo más débil y menos cuidado es el Broomhilda (Kerry Washington), el de la bella esclava víctima que debe ser rescatada por el esposo enamorado. Es más un ‘motivo’ para avanzar la trama y para hacer actuar a los personajes principales que un personaje-estereotipo desarrollado. Es una especie de ser etéreo que se vuelve real pero apenas tiene personalidad definida más allá de su belleza…

Django desencadenado o Django desatado propone una particular visión de un director hacia los western y los dramas sureños cinematográficos. Si entras en la broma, te quedas enganchado como espectador a la pantalla blanca…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons 

Mujeres de agua

Una mujer de agua puede ser una sirena…,

que en tierra se da cuenta del placer de tener piernas.

Pero siempre echa de menos el mar.

El agua es vital.

Lo malo es que quiere seguir para siempre a un hombre con dos piernas… pero ella es feliz con su cuerpo mitológico.

Entonces triste se pone a cantar.

Y esa canción arrulla a los marineros…, los despista y los hace morir.

Es su venganza por no poder amar.

La sirena siempre fue una mujer fatal.

 

Una mujer de agua puede ser aquella que nada en una piscina.

Allí siente los sonidos del agua.

Calma.

Y quizá nadando logre olvidar una ausencia, una muerte.

Una traición.

Ahí siente menos dolor.

Será porque el dolor flota.

 

Hay mujeres de agua tristes.

Una se equivocó de hombre.

Se equivocó de amor.

Y acabó en el fondo de un lago.

Sus cabellos se mezclaron con las algas.

 

… Una mujer de agua puede huir de las voces que oye.

Antes le calmaba ponerse a escribir.

Hasta que las voces invadieron su mente.

Un asedio.

Y sólo pudo hacerlas callar, ahogándolas.

Metiéndose poco a poco en el agua.

Quizá pronto podrá dormir…

 

Más allá una mujer de agua vestida de novia es arrastrada por la corriente.

Tumbada con su ramo verde.

Le puede la melancolía.

También la melancolía… le da fuerza.

Mujer de frío y agua.

El fin ya no le importa…

 

La mujer de agua que nada.

Pero ya no respira igual.

Que fue joven sirena que ganaba concursos.

Ya es sirena anciana.

Ella se mete en el agua…

Y con un último suspiro, logra revivir tiempos pasados.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons