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El blog de Hildy Johnson

Simplemente, un blog "de cine"

Viaje de ida

Un brindis…

Viaje de ida o la despedida de un hombre y una mujer que pronto se convertirán en sombras, en fantasmas de lo que fueron. Un barco que parte de Hong Kong hasta San Francisco, con parada en Honolulu. Ella, con una enfermedad sin cura. Él, condenado a muerte. Pero los dos crean un espacio íntimo donde estar e imaginar, donde no saben nada el uno del otro, solo que se han encontrado, que se aman y que siempre estarán juntos… puede que celebren el fin de año en México. Los dos se conocieron por unas copas de cristal y apenas una hora después la cámara se acerca a una barra y a dos copas rotas, como el ritual que siempre hacían los amantes. Pero en esa hora ha transcurrido toda una historia de amor fou, más allá de la muerte.

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Una de las constantes de la obra cinematográfica de Welles (y una de sus tragedias) es que salvo contadas ocasiones sus películas no pudo llevarlas a cabo tal como él quería por distintos motivos (no conseguir los medios económicos suficientes para ponerlas en pie o hacerlas tal y como estaban en su cabeza o imposiciones drásticas de los estudios). Lo conseguido en Ciudadano Kane (la absoluta libertad de creación) se convirtió en un triste espejismo para un creador peculiar… que siguió el rastro de aquellos cineastas malditos fuera de los circuitos del cine clásico y el sistema de estudios, aquellos como, por ejemplo, Erich von Stroheim.

La obra de Orson Welles sigue siendo de extremos. Alabado como un genio o menospreciado. Su obra sigue creando pasiones y odios. Lo cierto es que tan interesante es él como personaje histórico (su vida es una película que no acaba) que es una auténtica gozada analizar cada una de sus obras para entender por qué era un cineasta especial (y un actor con un carisma que le hacía diferente). Y es que sin duda poseía una mirada y un universo visual que vomitaba en cada una de sus películas.

Ya estaba empezando a rodar su obra en otros países, fuera de EEUU, cuando tuvo la oportunidad de volver al sistema de estudios en la Universal tanto como actor como director y guionista (parece ser que Heston, una de las estrellas del momento, al enterarse de la presencia de Welles en la película dio por sentado también que sería el director y el estudio así lo hizo). La película era Sed de mal, el argumento partía de una novela de Whit Masterson (seudónimo de dos novelistas que escribían algunas obras literarias juntos). Un título interesante para estudiar el cine negro como género y su evolución. Si Welles pensó que volvería con toda la gloria, le hicieron ver que regresaba con toda la pena (ya había empezado a rodar en Europa). El estudio no quedó nada contento con el resultado y manipularon la obra del creador (cortaron, modificaron, añadieron otras escenas sin el visto bueno de Welles) además de no realizar un estreno a lo grande sino como una más, del montón, como de segunda categoría. Orson Welles, cuando vio el desaguisado, escribió unas notas en las que pedía que no se destrozara su película y en la que explicaba cómo tenía que ser. Como este documento no se había perdido en 1998 se realizó una versión aproximada de lo que hubiese querido Welles (y ese es el dvd que se ha visionado para este post).

¿Por qué Sed de mal puede considerarse una película distinta, distinguida y especial… independientemente de que guste o no guste? Lo primero destacar su atmósfera asfixiante, decadente y oscura que precipita a los personajes a un destino fatal desde el primer fotograma. Cine negro en vena. Y la presencia continua de la ambigüedad… Una película de frontera donde el bien y el mal se mezclan, sin saber muy bien dónde se encuentran los límites. Violencia y sexualidad, comportamientos irracionales. En esa frontera entre México y EEUU… nada es lo que parece, los héroes y los antihéroes se confunden. Todo además envuelto con ecos de tragedia shakesperiana, tono tan querido por Welles. La pianola se une con notas de jazz y melodías que traen aires nuevos de rock and roll… con un Mancini creador.

Welles es de esos cineastas con una imaginería barroca, un mundo visual recargado y una manera de filmar que no solo confiere un ritmo especial sino unas composiciones que se quedan en la retina. Planos picados, contrapicados, plano secuencia, primeros planos, muchas personas en un mismo plano, o una persona en espacio inmenso, profundidad de campo, luces y sombras… todo entra en Sed de mal.

Extrañamiento y aires de pesadilla. Sed de mal es como vivir dentro de una pesadilla, despertar de un mal sueño. Conviven en sus fotogramas el inconsciente, la irracionalidad, los comportamientos incomprensibles de los personajes: esa esposa sensual (Janet Leight como extraña heroína, cuya Susan Vargas sería el precedente de otros personajes de la actriz en Psicosis o en El mensajero del miedo) que va a la deriva, como una marioneta, y siempre acaba a manos de personas que pretenden hundirla y corromperla o ese portero extraño de noche al borde de la locura en un motel solitario. Ese grupo de jóvenes matones con pinta de rockeros que parece que tienen la premisa de sexo, drogas y alcohol cada día de su vida. Uno de esos matones que trata de asustar a Mike Vargas tirándole ácido a la cara. Esa pitonisa ¿también prostituta? del pasado (Marlene Dietrich) en un local de frontera con una pianola de fondo, que parece ser guardiana de la memoria de uno de los protagonistas.

¿Dos policías opuestos o dos policías espejo? Dos personajes potentes enfrentados: el policía corrupto y racista Hank Quinlan (Orson Welles), totalmente decadente, desencantado y desgarrado, que arrastra una cojera, un pasado que le pesa y le destroza, un alcoholismo que vuelve y unos métodos poco ortodoxos para imponer la ley en la frontera. Mike Vargas (Charlton Heston), policía héroe que lucha contra el narcotráfico, recto y honrado, que se convierte en denunciante de los métodos de Quinlan. De nuevo ambigüedad en ambos personajes. Nada es lo que parece. A Quinlan, a pesar de su decadencia nos lo pintan con un pasado en el que pudo ser un hombre diferente y en el que se explica su decadencia presente. Así como la mirada que lanzan sobre él, la pitonisa de frontera, Tanya, y su fiel compañero de profesión (un increíble Joseph Calleia). A Vargas, nos lo pintan a punto de sucumbir a un pasado parecido al de su antagonista Quinlan, le vemos al borde del extremo, sentimos la fragilidad de su rectitud. Y en ambos uno de los motivos de la caída (además de la dificultad de su trabajo, de las presiones, del día a día) puede ser el amor hacia una mujer (uno la pierde de manera horrible, el otro a punto está a punto de perderla).

Una vez que se entra en el universo de Sed de mal es imposible olvidar varios de sus momentos increíblemente filmados: el famosísimo plano secuencia que abre la película y que expone el conflicto. La fiesta salvaje y orgía involuntaria de sexo y drogas a la que someten en un aislado motel a Susan Vargas. El horrible asesinato de uno de los Grandi (familia de narcotraficantes a los que persigue Vargas) en una habitación decadente de hotel con una Susan adormilada bajo los efectos de las drogas de fondo…, el shakesperiano y trágico final de Quinlan así como su último diálogo con su compañero de hazañas (un triste y patético Calleia, el gran secundario de la película)…

Todo hace de Sed de mal una película a tener en cuenta en el rico y complejo universo de Orson Welles. Como curiosidad, el director hizo que participaran amigos actores en cameos a lo largo de la película así podemos localizar a Joseph Cotten o a Mercedes McCambridge.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

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Hay películas que te ganan por la atmósfera y el ambiente. Por la forma de rodarlas. Así ocurre con La isla mínima que toma las marismas del Guadalquivir (bajo la inspiradora mirada de la obra que realizó sobre este paraje el fotógrafo Atín Aya en los años noventa) como escenario para contarnos un thriller con dos policías de protagonistas. La vida y los habitantes de las marismas son una metáfora de la inmutabilidad del tiempo y de ciertos comportamientos sociales. La película nos sitúa en un momento histórico inestable política y socialmente: año 1980. Plena transición: juego de fuerzas entre una España que sale de la Dictadura y otra que quiere afianzarse, la democrática. Y en ese juego de fuerzas hay víctimas, hay verdugos, hay acuerdos silenciosos, los que tuvieron poder no se mueven, otros esperan tomar el relevo, hay alianzas peligrosas o mejor dicho contradictorias, hay silencios que matan… e inmutabilidad (esa sensación de que nada va a cambiar). Y nunca una frase dio tanto miedo y desesperanza: “Todo en orden, ¿no?”.

Dos policías llegan a las marismas para investigar la desaparición de dos adolescentes. Y basta escarbar un poco para desterrar la parte oscura y enferma de una localidad paupérrima que sufre el yugo continuo de los viejos poderes. El tiempo detenido. Y en ese paisaje extraño y lleno de contrastes de las marismas con momentos de clímax de lluvias torrenciales, se van realizando descubrimientos y silencios para la resolución de una truculenta trama. Lo que consigue Alberto Rodríguez es que no sea tan importante la resolución del caso como la atmósfera y el desarrollo de esa investigación (y sobre todo esa historia –esas historias– que recorre corrientes ocultas que es mucho más heavy, desoladora y dura). Con imágenes panorámicas impresionantes, logra que todo lo que se cuenta trascienda… lo importante no es la trama criminal… sino por qué ocurre y se desarrolla esa trama criminal.

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Otro acierto de La isla mínima que atrapa es la personalidad de los dos policías. Dos agentes enviados a un sitio remoto y oscuro como castigo. Uno por su talante democrático (Raúl Arévalo) y otro por causas mucho más ambiguas y oscuras (Javier Gutiérrez). Y es el policía con rostro de Javier Gutiérrez (la que esto escribe se quita el sombrero ante su interpretación) quien da riqueza, matices y recovecos a esta trama. Un personaje riquísimo que lleva su ambigüedad hasta el final. ¿Es un personaje en proceso de redención o es el guardián de la inmutabilidad de los tiempos pasados? Y la relación entre ambos policías así como el juego entre ellos da otro sentido a la película. Sobre todo la revelación de que los límites no están tan claros y cómo ambos entran en el juego e incluso en el intercambio de roles…

Alberto Rodríguez no solo atrapa con la atmósfera y el ambiente sino también con el ritmo del thriller, las persecuciones bajo la lluvia, los momentos de tensión y suspense… y la desvelación de secretos con momentos trascendentes y extraños. Y pese quizá algún personaje no del todo aprovechado (los padres de las adolescentes, por ejemplo), La isla mínima construye un thriller cautivador y atrayente. Y  Alberto Rodríguez se convierte en un director que merece la pena seguir su trayectoria y que va creciendo en cada película.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

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A veces te compras un pack de dvd sobre todo por una película que andabas buscando y a veces incluye otras que no das importancia o de las que no tienes referencia alguna. Y de pronto esa película hasta ese momento anónima, se convierte en sorpresa o descubrimiento. Por ejemplo me ocurrió cuando tenía ganas enormes de poder conseguir El demonio de las armas y la encontré en un pack donde venía junto a Agente especial. Si me gustó El demonio de las armas, Agente especial fue todo un descubrimiento. Pues bien hace poco adquirí un curioso pack de Gene Kelly porque estaba una película que había perseguido largo tiempo, Luz en el alma de Robert Siodmak (un realizador que me gusta bastante) y la otra película que acompañaba a dicho título era La mano negra, película de la que no tenía referencia alguna. Pues bien mientras Luz en el alma me parecía una película interesante de la filmografía de Siodmak pero no redonda, me he quedado absolutamente prendada de La mano negra, un film de un director tan prolífico como desconocido o poco analizado, Richard Thorpe. Lo de pack curioso lo digo porque es de un Gene Kelly totalmente alejado de sus papeles en el cine musical.

Pero vayamos al tema, La mano negra es una película muy bien contada, con ritmo y tensión, que además versa sobre un tema no excesivamente tratado en pantalla hasta que llegó El Padrino (sobre todo su segunda parte), con una ambientación inspirada en el cine negro de un Nueva York de principios de siglo, en la Little Italy de Nueva York (y un importante episodio en Nápoles). Así me ha sorprendido un director al que tenía olvidado y del que me queda bastante por descubrir, Richard Thorpe. De nuevo un director artesano del sistema de estudios de Hollywood que tiene una filmografía extensa. Thorpe dirigió varias películas de Tarzán con Weismuller y años más tarde dos películas con el cantante de moda, Elvis Presley o con jóvenes adolescentes de éxito como Sandra Dee o Hayley Mills. Sin embargo para mí siempre será el director de Ivanhoe. Durante una época dirigió populares películas de aventuras como la nombrada, El caballero de Zenda, Los caballeros del rey Arturo, El príncipe estudiante o Las aventuras de Quentin Durward. Así era un director del sistema de estudios que no se le resistía género alguno y de pronto le descubro en una película tan interesante como La mano negra. Y sobre todo me interesa porque me encanta descubrir buenos antecedentes de la trilogía El padrino (por la que siento una predilección especial). Hace poco escribí sobre Odio entre hermanos, rodada un año antes que La mano negra, de Joseph L. Mankiewicz. Así se puede trazar una senda de películas que llevaron a El padrino

Dirigida en blanco y negro, con buenas escenas de acción-tensión y un uso de los primeros planos excepcional (los personajes secundarios tienen unos rostros portentosos para que esos primeros planos se nos queden en la memoria). La película empieza con un prólogo magnífico que dispara la trama. Un inmigrante italiano, abogado, afincando en Nueva York, trata de colaborar con la policía para atrapar a los integrantes de la Mano Negra, una organización criminal italiana que tiene atados de pies y manos a los italianos neoyorquinos porque les hacen vivir con terror y temor, sin poder cumplir ese ‘sueño americano’ y esa libertad soñada. Ese hombre tiene una mujer que teme por el futuro de su marido y un hijo adolescente. Efectivamente, como temía su esposa, el abogado es asesinado por miembros de la Mano Negra, impunes por otro delito más. La madre pierde la cordura y solo quiere regresar a Italia, a pesar de un policía, Louis Lorelli, que quiere protegerla (maravilloso J. Carrol Naish) y que trata de combatir a la organización. Y el adolescente jura que regresará para la venganza…

Así la película ya te atrapa irremediablemente. Pasan ocho años y regresa en un barco con nuevos inmigrantes italianos aquel adolescente convertido en un hombre, Johnny Columbo (Gene Kelly), dispuesto a vengar la muerte de su padre. En el camino se encontrará a una vieja conocida de su juventud, Isabella, con su hermano pequeño y a aquel policía que quiso cuidar tanto a su madre como a él, Lorelli. Ambos tratarán de convencerle de que la vendetta solo provocará una muerte más pero no servirá de nada para terminar con la Mano Negra y el terror que tienen instalado entre todos los inmigrantes italianos afincados en Nueva York. Ellos son partidarios de buscar un método legal que permita que la organización criminal se tambalee y que todos se unan contra ellos, y sobre todo rompan el silencio. Así este tratará de vencer a la organización por medios legales pero el camino no será nada fácil…

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La película está repleta de buenos momentos como la muerte del padre del protagonista en el prólogo, el episodio que transcurre en Nápoles sobre todo la última parte, y el juicio que les sirve para encontrar un método que les permite combatir a los miembros de la Mano Negra… Buenos momentos que demuestran el dominio del lenguaje cinematográfico y la puesta en escena por parte de Richarp Thorpe. Así La mano negra es una película que cuida las sombras y los ambientes donde se mueven los personajes. Los hoteles y las viviendas de estrechas escaleras, los tugurios donde cantan viejas canciones, las calles solitarias con sombras intrusas… además de no dejar respiro con persecuciones, secuestros, bombas, juicios, palizas… y la lucha incansable de Johnny por lograr terminar con la organización que mató a su padre. El personaje de Johnny se enfrenta siempre a un dilema: ¿combate legalmente a la organización o se convierte en un hombre de acción para alcanzar su objetivo…? Y es una sorpresa encontrar a un Gene Kelly correcto en su papel (con escenas de tensión muy bien resueltas sobre todo al final) pero quien se lleva la palma como personaje es Louis Lorelli interpretado por un actor secundario de toda la vida, J. Carrol Naish, de esos que imprimen mucha verdad a sus personajes. De esos que nadie recuerda sus nombres (yo no lo recordaba) pero sí sus rostros y alguno de sus personajes…

 Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.