Diccionario cinematográfico (242). Chófer

Paseando a miss Daisy, película de corte clásico con chófer entrañable de protagonista (Morgan Freeman).

Yo que nunca he aprendido a conducir, que no tengo coche, que me gusta viajar, siempre pienso que no me importaría contratar a uno de estos profesionales si pudiese permitírmelo.

Y anda que no hay chóferes en el cine.

Como personaje principal o secundario siempre tienen bastantes matices interesantes.

Precisamente ayer estuve viendo un clásico de Bruce Beresford, Paseando a miss Daisy (1989). Cuenta una historia extremadamente sencilla durante veinticinco años (1948-1973): la relación cotidiana entre una anciana judía con su chófer negro. La película no es épica ni cuenta con momentos crudos. La mayoría ocurre en la casa de la anciana o en sus trayectos con su chófer a la tienda, al templo, al cementerio o a alguna celebración familiar. El tiempo pasa, y del mismo modo que las transformaciones sociales en EEUU son muy lentas y tímidas, así ocurre con la relación entre ambos personajes, que pasa del rechazo absoluto, sobre todo por parte de la mujer, a una relación tímida y distante de amístad y cariño.

No hace mucho hubo otra película que también ganó el óscar a mejor película, Green book (2018), que contaba la historia de un chófer italoamericano que es contratado en los años sesenta por un pianista negro para una gira por el sur de EEUU. En ambas películas se toca de dicha manera, por la relación entre un chófer y su cliente, el movimiento y la lucha por los derechos civiles.

Hay chóferes entrañables que hacen no solo de Pepito Grillo sino que acompañan a un personaje que no se maneja muy bien en las relaciones sociales. Así ocurre con el chófer asignado a llevar de un lado a otro a la seria e irascible autora de Mary Poppins, P. L. Travers en Al encuentro de Mrs Banks (2013) de John Lee Hancock.

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Reflexiones alrededor del revuelo con la nueva versión de Cumbres borrascosas (Wuthering Heights, 2026) de Emerald Fennell

«Cumbres Borrascosas», con comillas, de Emerald Fennell.

Cierro las páginas de la edición que siempre he leído de Cumbres borrascosas y ha vuelto a engancharme y a meterme en ese universo fantasmal y de amor fou que Emily Brontë vertió en su novela. Otra vez, me he sentido transportada a esas casas de campo de los Earnshaw y la de los Linton en medio de la naturaleza salvaje.

Y me ha estremecido, como siempre, ese personaje oscuro que es Heathcliff, que nunca se supo de dónde vino ni tampoco adónde va ni cómo consigue su fortuna cuando abandona la casa de Cathy. Lo trajo de la calle el padre de Cathy y Hindley y cambió la dinámica familiar para siempre.

Ese hombre que cuando siente que su compañera de juegos y enamorada Cathy puede sucumbir a la vida cómoda de los Linton y alejarse de su lado, huye, para regresar con fortuna y vengarse. No se sabe nunca dónde ni qué hace ni cómo vuelve con dinero.

Y cuando regresa, vive solo para devolver odio a los que le hicieron daño y también a las generaciones futuras. Todo arrastrado por su tormentosa relación con esa niña con la que creció en las landas y con la que se siente irremediablemente unido…

La historia de Cathy y Heathcliff nos es contada por otros que vivieron con ellos. Sobre todo por esa ama de llaves fiel, Nelly. Y esta a veces sabe lo ocurrido por otros que le narran lo acontecido. Todo es a través de sus ojos, ¿es una narradora objetiva y fiable? Ese es otro de los elementos que dan encanto y ambigüedad al relato. ¿Es Cathy egoísta, voluble, rencorosa y demás atributos? ¿Es Heathcliff hombre tan misterioso y oscuro?

Si algo ha conseguido Emerald Fennell es que se vuelva a hablar de Cumbres borrascosas y de las hermanas Brontë (sobre todo de Emily), puede que alguien lo vuelva a leer (como me ha pasado a mí) o que otro se adentre en su lectura por primera vez. Los que nunca la hayan leído, asistirán alucinados a una obra desconocida, pues nada tiene que ver la novela con la historia que nos cuenta Fennell.

En numerosas entrevistas la directora y guionista dice que hay que tener en cuenta las comillas del título, pero es que no es una adaptación libre o heterodoxa, que atrapa su espíritu. No, no tiene nada que ver con eso.

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10 razones para amar El gran carnaval (Ace in the hole, 1951) de Billy Wilder

Chuck Tatum, el periodista sin escrúpulos, protagonista absoluto de El gran carnaval.

Razón número 1: Kirk Douglas como el periodista Chuck Tatum

El gran carnaval tiene un único punto de vista y es el del periodista Chuck Tatum. Este no es un profesional honesto, no es una persona llena de cualidades, no persigue la verdad ni la excelencia en el trabajo. A Chuck Tatum le conocemos buscando un trabajo en un anodino periódico de provincias en Alburqueque.

Le dice a su director que ha sido expulsado de un montón de buenas publicaciones y que se ofrece por nada. Le explica que tiene problemas con el alcohol y también de faldas. Pero que tiene ambición, olfato y que espera conseguir la noticia que le devuelva el prestigio. Al director le desarma su sinceridad, este es un hombre recto y sabe lo que hace, y ve que Tatum puede dar vida a la redacción si le mantiene a raya. Le contrata. No es fácil empatizar con Tatum, solo cuenta con una vitalidad envidiable, mucha ambición y un olfato para buscar la noticia.

Tras un año en la redacción y ya desesperado por el aburrimiento y el estancamiento, en un viaje hacia un aburrido y rutinario reportaje de una competición de serpientes, para en una aislada gasolinera, tienda de souvenirs y motel, al lado de una montaña. Allí inesperadamente encuentra una noticia. En dicha montaña, hay una cueva donde fueron enterrados los indios con sus enseres personales hace mucho tiempo, hay leyendas y maldiciones alrededor del desértico paisaje. El hijo de los dueños, Leo Minosa, un antiguo héroe de guerra, busca de vez en cuando estos enseres para venderlos, pero en la cueva hay un desprendimiento y se queda atrapado.

Enseguida la mente de Tatum se pone en marcha y convierte su rescate en una noticia de “interés humano” alargándolo todo lo que puede y creando alrededor todo un carnaval y espectáculo a costa de la vida de un hombre. Habrá mucha gente que se beneficie y que le secunde en tan dudosa hazaña.

Kirk Douglas se arriesga y se entrega totalmente a una recreación creíble y veraz de Chuck Tatum. Y se arriesga porque no solo es un protagonista con el que es difícil empatizar, sino que el personaje principal de la película es un hombre sin escrúpulos y lleno de defectos que reaccionará demasiado tarde al circo que ha montado para su propio beneficio. Y se entrega totalmente, porque es imposible no sentirse seducido por su personaje a pesar de arrastrar múltiples defectos. Su interpretación está llena de matices y emociones. No queda sentimiento que reflejar en su rostro y ni un segundo del metraje está quieto o en calma.

Razón número 2: binomio cine y periodismo

Si hay un binomio bien avenido es el de cine y periodismo. Es increíble la extensa filmografía que hay donde los periodistas hacen acto de presencia o son parte central de la trama. También las noticias han sido y son fuente de inspiración para guionistas y cineastas. Este es un estudio inabarcable.

La figura de Billy Wilder es muy interesante en este sentido, puesto que durante el periodo de entreguerras, buscó sustento como periodista. Antes de embarcarse en el mundo del cine en EEUU fue reportero y conoció bien la profesión en su lugar de origen. Ejerció la profesión y daba rienda suelta a la pluma para contar historias y entrevistar a personalidades de la vida cultural del momento.

No hace mucho se publicó en español un interesante libro, Billy Wilder, reportero. Reportajes desde el Berlín de Weimar y la Viena de entreguerras en la editorial Laertes, donde se presentaba una selección de sus artículos.

Después cuando ya voló hacia Hollywood, hacia finales de los años treinta, y fue ganándose la vida como guionista y más tarde como director, el periodismo no fue ajeno a su obra cinematográfica como demuestra El gran carnaval o Primera Plana (The Front Page, 1974), nueva adaptación de la obra teatral de Ben Hecht y Charles MacArthur. Pero también los periodistas están presentes como personajes secundarios en sus distintas producciones como, por ejemplo, en el final estremecedor de El crepúsculo de los dioses.

En El gran carnaval la visión del periodismo y la forma de trabajar y crear noticia de Chuck Tatum desgraciadamente sigue siendo totalmente actual. Es una película que continúa muy vigente y es totalmente demoledora. Cómo actúa Chuck Tatum a lo largo de todo el rescate, la figura del joven fotografo que en un principio no ve con buenos ojos la manera de actuar de su compañero, pero que luego se siente seducido por el éxito y la adrenalina hasta ser testigo de su caída o cómo se comportan los otros periodistas que van llegando al escenario de los hechos dibujan una visión crítica, poco poética e idealizada de la profesión.

No obstante, esta visión contrasta con el maravilloso personaje del director del periódico de provincias (Porter Hall) que cree en que la labor de los periodistas es contar la verdad y muestra también ser un perro viejo honrado que sabe dar oportunidades y creer en sus profesionales. Parece que no todo está perdido y que se puede actuar de otra manera.

Razón número 3: Billy Wilder sin Charles Brackett

El gran carnaval es una película clave en la filmografía de Billy Wilder como director. Durante años había colaborado y trabajado mano a mano con el guionista Charles Brackett. Los dos formaban un matrimonio de éxito. Fruto de su colaboración nacieron películas inolvidables como Días sin huella, Berlín Occidente o El crepúsculo de los dioses (su último largometraje juntos). Pero su matrimonio fue tormentoso y llegó un momento en que ambos decidieron separar sus caminos.

La primera película de Wilder sin Brackett fue El gran carnaval y se jugaba mucho. Para esta película colaboró en el guion con Lesser Samuels y Walter Newman. Y crearon una historia potente, que pasan los años y no pierde ni actualidad ni fuerza.

Sin embargo, fue su primer batacazo comercial, pero Wilder no se amilanó y siguió con buen pulso detrás de las cámaras, contando las historias que quería y trabajando con otros guionistas en cada una de sus películas hasta que en 1957 encontró de nuevo a un profesional con el que crear un prolífico dúo creativo: I.A.L. Diamond… y ya saben, esa ya fue otra historia…

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Confession (Confession, 1937) de Joe May

Confession, todo un descubrimiento. Joe May, ojo observador, crea esa atmósfera entre la pureza visual y experimental europea con todo el glamour del melodrama contenido de los años treinta en Hollywood.

Confession es un buen melodrama a reivindicar. Durante los años treinta funcionaron en Hollywood tramas donde se presentaban mujeres de vida dispersa que se redimían a través del sacrificio más extremo, pues renunciaban a la maternidad muy a su pesar. Películas como Barrio Chino (Frisco Jenny, 1932) o Stella Dallas (1937) de King Vidor provocaban auténticas lloreras en las plateas de la sala oscura.

En ellas, actrices como Ruth Chatterton o la increíble Barbara Stanwyck mostraban sus dotes de fuertes sufridoras. Pues bien, Kay Francis, otra de las reinas del melodrama elegante y contenido de la década de los treinta, también tuvo su película de madre sacrificada, Confession, dirigida por un realizador austriaco que terminó sus días en la fábrica de los sueños.

Muchos aspectos son reseñables y merece la pena dejarlos en evidencia después de ver Confession. Warner Brothers adquirió los derechos de un éxito alemán de Willi Forst protagonizado por la diva Pola Negri, Mazurka (1935), y realizó un remake idéntico, incluso en ideas visuales, para Hollywood y su estrella, Kay Francis.

Pero Joe May sabía muy bien lo que hacía y buscaba su hueco en Hollywood, alcanzando un cierto reconocimiento con Confession. Era un realizador veterano, que conocía bien el lenguaje cinematográfico y su fuerza visual. Un pionero del cine mudo europeo que había dejado obras interesantes como el díptico de La tumba india con el guion de Thea von Harbour y Fritz Lang, que más tarde el propio Lang haría un remake y se convertiría en una de sus últimas obras. O también dirigió esa joya con antecedentes del cine de gánsteres con gotas de expresionismo alemán, Asfalto (Asphalt, 1929).

Los giros de guion en Confession van enganchando hasta dejarnos una historia depurada y extrema, además también parte de un aliciente que se dice al principio en una cartela, que la historia está basada en un caso legal real.

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