Fred MacMurray

Si escribo este nombre, muchos lectores mirarán incrédulos preguntándose quién es este tipo. Es otro de esos actores de carreras largas que han caído en olvido. Si entonces hablo de que su rostro es el del jefe que destroza el corazón de la ascensorista Frank Kubelik en El Apartamento (1960) de Billy Wilder, entonces más de uno sonreirá y le pondrá seguramente cara.

Si indagando un poco más, recuerdo que MacMurray es el protagonista absoluto de otra película grande de Wilder que crea una buenísima historia de cine negro con vendedor de seguros que cae en las garras de una de las femme fatales más carismáticas…, una historia que se estrena en 1944 y aún hoy cautiva, Perdición, entonces seguro que el lector sonríe aún más y va construyendo la carrera de MacMurray. ¿Cuándo empezó a trabajar, qué películas hay antes y después de Perdición o El Apartamento?

Así vamos descubriendo a un actor versátil que igual lucía en un papel secundario que en un principal. De rostro serio, rasgos duros, aspecto fuerte…, pero un fondo humano y sensible que le permitió ejecutar todo un abanico de personajes (desde galán romántico, a comediante, a hombre de cine negro o personaje de dramas, a protagonista de musicales o de piezas populares de cine familiar…).

Fred MacMurray pisó fuerte en los años 30 y 40 y fue la pareja cinematográfica en varias películas de tres divas de armas tomar: Carole Lombard, Claudette Colbert y Barbara Stanwyck.

Si Wilder fue el que le cedió los personajes por los cuales es más recordado e identificado en las memorias cinéfilas, el realizador Mitchell Leisen fue el que le hizo una estrella en una serie de comedias inolvidables. Y ahí empieza a surgir toda una carrera cinematográfica brillante en los años 30 y 40 con las compañeras de reparto más míticas.

Con Leisen se transforma en todo un vividor en la época de la Depresión junto a la rubia y divertida Lombard en Candidata a millonaria (1935). O, de nuevo, junto a la magnífica Stanwyck demuestran que son una pareja cinematográfica con química en la olvidada Recuerdo de una noche (1940) donde MacMurray es el fiscal que vive una Navidad diferente junto a una ladrona a la que está juzgando. Leisen vuelve a confiar en el actor para darle el papel principal en Ella y su secretario (1942) donde se pone a trabajar para una ejecutiva de publicidad con la cara de la gran y también olvidada Rosalind Russell. Nos reimos de nuevo con el choque de géneros en otra divertida película del director donde nos cuenta las vicisitudes de una profesional y elegante fotógrafa que durante un reportaje entra en contacto con un rudo obrero, que no puede ser otro que MacMurray, y entre ambos surgirá una divertida relación de amor-odio en No hay tiempo para amar (1943).  Leisen le une con Marlene Dietrich para una película en la que mezcla géneros con clase de la comedia salta a película romántica y se transforma en puro melodrama, MacMurray es un doctor al que en un principio la Dietrich lo atrapa por conveniencia porque le siente buen padre para su hijo adoptivo y después se enamoran…, se trata de Capricho de mujer (1942).

Su carrera continúa con versátiles papeles. Douglas Sirk aprovecha de nuevo la química del actor con Barbara Stanwyck y los convierte en protagonistas de uno de sus maravillosos melodramas en 1956. Así ambos vuelven a enamorarse y a darse otra oportunidad con altas dosis de sufrimiento en Siempre hay un mañana.

En los años 60 se convirtió en un habitual protagonista de películas familiares con la firma Disney: Un sabio en las nubes (y secuela) o Veinte docenas de hijos.

Y como habrán comprobado esto es sólo una parte de su extensa carrera…, ¿merece la pena redescubrirle? Seguro que la respuesta es afirmativa.

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Si la cosa funciona

Que quieren que les diga, yo espero siempre con ilusión cada año el estreno de la película de Woody Allen. Unas me gustan más y otras menos pero no suele decepcionarme. Si la cosa funciona me hizo salir del cine con muy buen rollo. Con mucha ternura hacia cada uno de los personajes, todos con infinitos defectos pero todos con cualidades para ser amados. Porque al final así entiendo la filosofía de fondo de esta película: al final si algo tiene sentido en esta vida es que de alguna manera aprovechemos el momento y dejemos que nos amen. Y a pesar de los pesares también, al final, cada uno de nosotros necesitamos amar al otro.

Así Woody Allen abandona su periplo europeo y regresa a Nueva York y con la facilidad que le caracteriza (¡¡¡y sólo necesita hora y media!!!) crea personajes principales y secundarios que nos hacen reír y reflexionar sobre diversos temas. Y no sólo eso sino que en como muchas de sus películas Allen confiesa su desmesurado y gran amor al mundo del cine.

Así en Si la cosa funciona, desde el primer momento, hace partícipe al espectador. Los personajes de ficción, sobre todo el protagonista (Larry David, conocido cómico estadounidense, popular por sus trabajos televisivos. Ha trabajado como secundario en varias películas de Allen) de la película, Boris, es en todo momento consciente de que hay un público que está siendo testigo de su historia…, y nos lo cuenta mirando a cámara, refiriéndose a cada uno de nosotros y haciéndonos cómplices (ya realizó una proeza similar en esa película que expresaba todo su amor al cine, La rosa púrpura del Cairo, precioso experimento de cine dentro del cine).

Por otra parte, ese físico con aires de genio, sarcástico e hipocondríaco y con una visión absolutamente nihilista de la vida, parece que tiene una pasión que es el cine. Así ante uno de sus ataques de pánico nocturno logra calmarse cuando al poner la televisión se queda ante una vieja película de Fred Astaire. Realiza sus propios y desternillantes análisis de dos clásicos del cine norteamericano: Lo que el viento se llevó y ¡Qué bello es vivir! Por supuesto, alguno de los protagonistas sale de una sala de cine donde en esta ocasión se celebra un festival del cine japonés…

Si la cosa funciona es 100 por cien Allen. Película coral llena de personajes entrañables (curiosamente no emplea a casi ninguno de sus actores habituales —tan sólo repite con David que siempre había aparecido en roles muy secundarios y también con Patricia Clarkson que estaba presente en Vicky Cristina Barcelona—) que narra sus relaciones personales, sus pensamientos y miedos. El planteamiento puede recordar a Broadway Danny Rose, el protagonista nos empieza a contar su historia alrededor de una mesa, entre amigos. Por supuesto, Nueva York es un personaje más, también desarrolla una bonita historia de amor entre un hombre mayor y una chica muy joven tal y como pasaba en la preciosa Manhattan o en Maridos y mujeres. El personaje de Boris es absolutamente reconocible dentro de la filmografía del director con todas sus teorías nihilistas sobre el caos, sobre la decadencia de los humanos, sobre las dudas que generan las religiones, con su hipocondría, y su afán suicida ante un mundo que no le gusta…, Boris es un hombre complejo, a primera vista, a todos nos caería bastante mal porque además se añade la prepotencia y su desprecio por los otros (geniales las escenas en las que enseña ajedrez a niños a los que insulta sin piedad alguna), sin embargo, la composición de David y el guión de Allen hace que el espectador le mire con ternura y le coja mucho cariño.

Sabemos la facilidad que Allen tiene para dar buenos papeles femeninos, como crea musas, aquí Evan Rachel Wood interpreta un papel entrañable de joven sureña que huye del hogar y se entrega, sin prejuicios, al hombre que admira por su inteligencia. Ella en todo momento descubre el lado amable de Boris. Porque ella posee más inteligencia emocional que el complejo Boris y nunca se siente insultada por el cascarrabias porque sólo sabe mirar el lado tierno y humano del personaje construido por David. Y Wood está realmente divertida, humana y tierna… acostumbrados como estamos a verla en papeles dramáticos de películas independientes (Thirteen, En el valle, El luchador…)  seduce como cómica.

Algo cada vez más desarrollado en las películas de Allen (y de maneras muy diferentes) es la importancia que da el realizador al tema de la suerte en nuestras vidas. Como muchos hechos cruciales en la vida dependen de la suerte y no de las acciones de los propios personajes (¿recuerdan Match Point?).

Sin embargo, también Allen consigue en Si la cosa funciona mostrar las diferencias entre dos culturas muy diferentes en EEUU, el Norte y el Sur, así en frase cómica aparece Faulkner. Los sureños se desmelenan cuando conocen el Norte y cambian sus comportamientos, de esta manera, vivimos transformaciones divertidísimas sobre todo en los padres de la protagonista.

Y, Allen habla de lo importante que es amar. Porque diga lo que diga, Allen es un romántico. Hombres y mujeres, jóvenes y mayores, hombres y hombres, dos o tres…, pero amar. Así la película está plagada de ternura y enamoramientos…, llena de momentos divertidos y entrañables. Llena de reuniones, celebraciones, exposiciones y besos.

Sí, de Si la cosa funciona sales con un buen rollo…, e incluso piensas que si alguien te quiere, la vida merece la pena.

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Zatoichi (Zatoichi, 2003) de Takeshi Kitano

Tan sólo me pareció curiosa y no me entusiasmó, sinceramente. Hay otras películas de Kitano que me enternecen o interesan más tales como  Hana Bi, El verano de Kikujiro, Brother y Dolls. Hay algo que no le niego, me entretuvo, y hubo algunos aspectos que me tuvieron pegada delante de la pantalla.

Lo primero es que Kitano se sirve de personaje cinematográfico japonés mítico —aunque menos mítico claro está para espectadores de fuera—. Él, como actor, se transforma en Zatoichi, el masajista, jugador y samurai ciego. Con su cara hierática, sonrisa misteriosa y pelo rubio crea, reinterpreta y se ríe así como admira las aventuras de Zatoichi (el samurai ciego protagonizó unas 26 películas de los años 60 a los 80 y además también se realizó una serie de televisión. Zatoichi tenía el rostro de Shintaro Katsu).

Así el realizador dirige una recreación de un mito y de un tipo de cine (artes marciales) bajo su mirada personal. De esta manera, Kitano juega con el género. Peleas y violencia coreográfica, estética y claramente de mentira, mucho zumo de tomate o tinta roja, mucho muerto, muchas cicatrices o miembros por los aires, pies, brazos, ojos y creo recordar que alguna cabeza. Mucho uso maestro de la katana.

Los personajes silenciosos, de mirada profunda, que ejercen la violencia porque es a lo que se dedican como profesionales (yakuzas, guardaespaldas, samurais —en el caso que nos ocupa—) e historias de amor intensas, desgraciadas y con un destino trágico. Amantes unidos para siempre con tragedia de por medio como una Ópera donde apenas hacen falta palabras. En Zatoichi nos deleitamos con la triste historia del samurai-guardaespaldas Hattori —que sabe que su final es una muerte violenta— y su esposa enferma que intuye el final del amado y sufre porque se siente carga y por ello decide terminar con su existencia. Cuentan toda una historia sin apenas hablar.

Por otra parte, incluye en todo momento un humor que sorprende a través de ciertos personajes y también en la resolución de ciertas situaciones. Un humor, a veces, con un punto casi surrealista por su aspecto inesperado. Por ejemplo, cierto humor en los diálogos entre personajes, aparición de personajes cómicos como el muchacho vecino de los amigos de Zatoichi que va semi desnudo por todas las casas, corriendo, y con una especie de lanza, pegando gritos sin parar porque quiere emular a un samurai o el empleo sistemático de la violencia como espectáculo de ficción y las caras de alguna de las víctimas que por exageración también provocan risa. También, personajes tiernos que hacen gala de un humor sano como el mejor amigo de Zatoichi, un jugador de dados y campesino que vive con una tía que es una buena mujer campesina que acoge a todos en su hogar (incluido al masajista y samurai ciego).

Por último, para que no nos quede duda alguna de la farsa y de la ficción del mito que renace en la dirección e interpretación de Kitano, Zatoichi termina como un gran musical con un número coral donde todos los personajes protagonistas ejecutan su danza espectáculo para deleite del espectador entretenido.

Cuenta varias tramas interesantes y yo me quedaría con la que protagonizan unas nuevas amigas del samurai ciego, dos geishas asesinas que van deambulando por los pueblos en busca del grupo de asesinos que mataron a toda su familia cuando eran niños. Dos geishas, una toca una especie de sitar-puñal y la otra seduce con una danza ancestral de erotismo y seducción. La pareja de geishas no es lo que parece, escondiendo una buena historia —también repetida en la tradición japonesa tanto en el mundo de la Ópera como en el de las geishas (recordemos Adiós a mi concubina)—.

Así Zatoichi no es más que un espectáculo y recreación de un mito cinematográfico bajo la mirada propia de un director como Kitano. Y puedes conectar con esa mirada especial aunque nosotros no contamos con la fascinación que debía sentir el público con su héroe, el samurai ciego, sus aventuras, compañeros y situaciones.

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Dos secundarios de oro

Ya sabeis de mi amor por los actores secundarios y de cómo me encanta recordarles porque su presencia es de una gran importancia en el Olimpo de los inmortales del cine. Gracias a sus caracterizaciones, a la creación de sus personajes, muchas películas brillaron hasta extremos impensables. Algunos de ellos consiguieron roles protagonistas que demostraron lo que era evidente: eran grandes, muy grandes. Podían dar vida a toda una escena y darle todo su valor o robar sin esfuerzo el plano al actor o actriz protagonista…, también podían conquistar una película entera.

Hoy me gustaría recordar a dos hombres que se llamaban Walter y que lograron crear personajes inolvidables que permiten que jamás caigan en olvido. Además ambos trabajaron en la época dorada de Hollywood con los mejores realizadores y técnicos cinematográficos. Los dos tuvieron largas carreras (¡¡¡lo que me queda aún por descubrir!!!) y trabajaron junto a los actores más míticos. Son Walter Huston y Walter Brennan.

Walter Huston

De ilustre saga, padre del director John Huston y abuelo de Angelica y Danny Huston, Walter Huston realizó su primer papel importante en película puente entre cine silente y hablado, fue un western, El Virginiano (1929) donde ya trabajaba como oponente de la estrella en alza Gary Cooper. El director fue Victor Fleming. Y es que Huston trabajó siempre con los mejores realizadores. Un año después abordaba papel protagonista en la primera película hablada de Griffith, uno de los padres indiscutibles del lenguaje cinematográfico, Abraham Lincoln.

Huston contaba con un rostro severo, duro y serio que le permitía construir personajes complejos de personalidades difíciles. A veces tras esa severidad se escondía la ternura y la humanidad. Los matices hacían especiales sus trabajos interpretativos. Tan pronto estaba en una comedia social de Frank Capra (La locura del dolar) como en una película de gánsters de Howard Hawks (The criminal code).

Lewis Milestone le facilitó personaje jugoso de predicador complejo, negativo y tremendo que hace la vida imposible a una prostituta que viaja en su mismo barco. El enfrentamiento moral y las venganzas entre Huston y una brillante Joan Crawford dotan de un encanto especial a un melodrama de 1932, Bajo la lluvia. También se puso en manos del gran William Wyler que le dio papel importante en otro melodrama intenso, Desengaño (1936), que pronto tendremos ocasión de analizar. Los matices fueron el secreto para dotar de humanidad a su personaje.

A principios de los cuarenta continuó carrera brillante trabajando para los mejores directores del panorama. Sólo en el año 1941 trabajó con Jean Renoir en su aventura americana (Aguas pantanosas), estuvo presente con uno de sus personajes duros en película de femme fatale del extravagante, barroco y en muchas ocasiones genial Josef von Sternberg (El embrujo de Shangai) y trabajó por vez primera con su hijo en su brillante debú como director, El halcón maltés.

Los cuarenta fueron fructíferos y tuvo apariciones inolvidables recreando personajes siniestros, complejos u otros de gran humanidad que le hacen grande e inolvidable. Tan pronto estaba a las órdenes de Michael Curtiz en una especie de musical (Yanqui Dandy) como se caracterizaba de un Doc Holliday en una versión especial de Billy El Niño (El forajido que ha pasado a la historia por la lucha de Howard Hughes con la censura y la exuberancia de su estrella femenina, Jane Russell. Sin embargo, ahí estaban Huston y Mitchell, haciendo bien su trabajo). De pronto se vestía de doctor ruso comprometido (en película propagandista de unión entre EEUU y Rusia como aliados contra el fascismo) en La Estrella del Norte como se caracterizaba para ser uno de los personajes de película ingeniosa de misterio adaptando una de las novelas ingeniosas de Aghata Christie, Diez negritos (en el experimento americano de René Clair). Su presencia también es un valor en clásicos como Duelo al sol de King Vidor o en la gótica e interesante El castillo de Dragonwyck de Joseph L. Mankiewicz.

Su hijo le regala papel que le hace inmortal y por el que es más recordado en 1948. Él es uno de los tres buscadores de oro que protagonizan la impactante El tesoro de Sierra Madre. De los tres, él es el perro viejo, el conocedor de oficio, el que advierte del poder del dinero y la ambición sobre el alma de los buscadores…, él es la voz de la experiencia, el más mayor pero también el mejor superviviente. Y se despidió del mundo dejando un western donde su papel era de personaje fuerte y duro, un padre ranchero que choca continuamente con su hija (una Barbara Stanwyck siempre eficaz, siempre buena). Ahí fue la última vez que le vimos en Las furias de Anthony Mann.

Walter Brennan

Es de esos secundarios de oro, oro, que aparece en mil ciento películas y cuyo rostro siempre nos es familiar. Como otros de su estirpe, era experto en robar escenas y estar casi siempre grande. Poco a poco terminó especializándose como secundario imprescindible en las mejores películas del Oeste. Rostro amable y proclive al buen humor nos regaló escenas inolvidables.

Empezó como extra en películas del cine mudo y fue escalando poco a poco hasta alcanzar sus primeros papeles de importancia en los años 30. Dos asuntos fueron providenciales para su carrera su encuentro con el actor Gary Cooper y, por otra parte, su unión a directores como Howard Hawks y William Wyler. También hay rarezas en su filmografía como una joya desconocida de Lang (que aún no he tenido oportunidad de ver), Los verdugos también mueren, donde Brennan sorprende con un registro totalmente diferente (aunque siempre fue versátil incluso dentro del género western).

Con el primero, Gary Cooper estableció una pareja cinematográfica que dio sus frutos en películas todavía recordadas que fueron grandes éxitos de la época. Tres valen de muestra: El forastero de William Wyler, la maravillosa Juan Nadie de Frank Capra y la patriótica con mucho éxito en su momento, El sargento York de Howard Hawks.

Los dos directores (Hawks, Wyler) le convirtieron en habitual en sus rodajes además de darle papeles por los que será eternamente recordado (sobre todo en sus incursiones en el Oeste).  Con Hawks y Wyler entró en contacto en películas que primero rodó uno y luego terminó el otro pero que permitieron mostrar a Brennan sus bondades como intérprete (La ciudad sin ley y Rivales ambas de mediados de los años 30). Por separado Wyler le ofreció también El forajido. Sin embargo, Brennan fue de la compañía de actores que repetía con el gran Hawks en sus obras maestras como Tener y no tener, Río Rojo o sobre todo su papel más entrañable y recordado en la maravillosa (creo que diría que es de mis western favoritos) Río Bravo, donde Brennan es un abuelo sin dientes, con malas pulgas, cojo… y compañero inseparable de John Wayne y Dean Martin.

Walter Brennan es un rostro habitual en el género del Oeste y siempre trabajó con grandes especialistas en este tipo de cine como el maestro John Ford (Pasión de los fuertes), Raoul Walsh o Anthony Mann.

Los dos juntos

Walter Huston y Walter Brennan aparecieron juntos, que yo sepa, en dos películas: Aguas pantanosas y La Estrella del Norte.

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Diccionario cinematográfico (111)

Montaña: que puede ser sagrada, que puede ser elemento esencial del paisaje, que puede ser protagonista de la historia, que puede ser símbolo…, miles de montañas pueblan el universo cinematográfico.

Desde el más contemporáneo cine de aventuras, cine de entretenimiento que cuenta las hazañas de increíbles montañeros que se juegan la vida en su día a día. ¿A quién no le viene a la cabeza Máximo riesgo (1993) o Límite vertical (2000)?

A veces, el cine nos narra momentos históricos e impresionantes que tienen a la montaña como protagonista. Un accidente aéreo hará que un grupo de jugadores de rugby pasen una prueba de supervivencia al límite en medio de los Andes. Viven fue el nombre del libro donde se contaban sus experiencias que se pasó al cine en 1993. El francés Jean-Jacques Annaud nos contó la aventura física y espiritual del alpinista (con rostro de Brad Pitt), Un relato de supervivencia a través de las montañas en Siete años en el TIbet (1997).

Hay montañas símbolo, montañas que sirven para la transformación espiritual y física de los personajes. Me vienen a la cabeza tres. El Kilimanjaro, la montaña-volcán más alta de África sirve como marco y símbolo para que un hombre-creador haga un repaso por su vida y amores en Las nieves del Kilimanjaro (1952). En la maravillosa El último refugio (1941), una montaña es el último lugar donde un gánster que quiere retirarse en cuentra refugio y descanso. Tendría su interesante versión en el género western, Juntos hasta la muerte (1949). A Raoul Walsh le gustaba esta historia, la montaña como final y refugio. Uno de los dramas de Frank Capra buscaba población ideal de eterna juventud entre altas montañas donde llegan un grupo de personas tras accidente aéreo. En el Himalaya hay una población ajena a los males del mundo. Horizontes perdidos (1937) donde el tiempo se para.

Siempre se esconde intensa escena de acción o de amor apasionado en lo alto de una montaña. Hasta el maestro del suspense realizó una de sus escenas de acción más recordadas en Con la muerte en los talones (1959). ¿Alguien ha olvidado a los protagonistas colgados del monte Rushmore? O quien no recuerda a Jennifer Jones y Gregory Peck matándose y amándose en montes lejanos en ese delirio romántico que es Duelo al sol (1946).

En el cine español, los montes recobran especial importancia como refugio, lugar de resistencia y recordatorio histórico de aquellos maquis que fueron guerrilla y combatieron desde las montañas la férrea dictadura franquista. Así contamos con ejemplos ilustres donde las montañas son paisaje obligado de obras como El espíritu de la colmena (1973) o Los días del pasado (1978). O también los montes son protagonistas de obras más recientes como Silencio roto (2001) o El laberinto del fauno (2006).

Hay géneros que no podríamos imaginar sin montaña alguna o sin escena entre montes y alturas. ¿Qué película del Oeste no ofrece paisaje montañoso? Persecuciones en altas montañas, huidas a través de los montes, escondites de indios al ataque, refugio de forajidos…, la lista es tan amplía que es prácticamente innombrable. Basta decir que la mayoría de las películas de Ford contaban con el impagable paisaje de Monument Valley o valle de las rocas. Lo último más innovador en un paisaje de vaqueros auténticos, de ganaderos en América profunda, fue la historia de amor en lo alto de la montaña Brokeback, aislados del mundo y de las presiones sociales, que viven Jack y Ennis (Brokeback Mountain, 2005, Ang Lee).

Siguiendo con este protagonismo mágico de las montañas, su protagonismo no tiene final, estudiamos los comienzos de la directora del régimen nazi, Leni Riefenstahl, en un género alemán que cultivo grandes éxitos, las películas de montaña, normalmente del director Arnold Fanck. Allí una joven y bella Leni era la actriz que vivía historias y aventuras entre montañas y nieves.

Y para terminar este viaje interminable hablemos de un género improbable en cuanto el empleo de montañas como paisaje…, el musical, que sin embargo tiene sus escenas ilustres en montañas mágicas. ¿Quién no recuerda en altas montañas las aventuras de la familia Trapp en Sonrisas y lágrimas (1965)? ¿O alguien puede escapar a la magia de Brigadoon (1954), ese pueblo que sólo despierta una vez al año?¿Quién no quiere vivir aislada y secuestrada durante unos días, entre montañas nevadas, junto a los hermanos Pontipee, en Siete novias para siete hermanos (1954)?

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Leonardo DiCaprio y Kate Winslet, la química existe.

Ayer vi gran parte de Titanic (1997) de James Cameron. Y me dije qué buena pareja la de DiCaprio y Winslet y qué bonita está siendo su evolución. Ambos alcanzaron el estrellato, la cima, con esta cinta…, una cima que sigue en alza dejándonos los dos unas filmografías de interés.

Los dos, veinteañeros, con rostros lisos regalaban, en este film que mezclaba el género de catástrofes con el romántico, toda su frescura. Y parte del éxito de la cinta, dejando a un lado efectos especiales y espectacularidad, se debía a esa cualidad mágica que a veces surge entre dos intérpretes: la química.

Una química que nos hacía tragarnos como bobos esa historia de amor al límite entre dama de alta sociedad y viajero de tercera clase. Una química que nos hacía devorar esa historia de amor más allá de las clases sociales y del peligro inminente. Un amor que crece al límite y que perdura.

Tocando todos los tópicos de amor juvenil que llega al éxtasis en esa escena mil veces imitada de amantes dejándose llevar por la libertad en la proa del barco, aspirando aire puro. Ambos vuelan. Y todos volamos ante ese amor fuerte e inquebrantable que sólo interrumpe la muerte. Pasan poco tiempo juntos, pero tiempo intenso. Y ambos se desnudan y se quitan caretas.

La muerte nos le permite vida en común. Aunque siempre queda ese amor joven, desnudo y bello en la memoria del superviviente.

Después pasan casi diez años y los jóvenes de rostro liso ya son treintañeros. Y sus rostros adquieren más experiencia. Son actores con carreras consolidadas que siguen creciendo en el mundo de la interpretación. Cada uno va adquiriendo más matices. A la frescura se añade la experiencia. Y ambos vuelven a reunirse en película que gana por su química.

Ahora ya no es una mega producción. Ya no es cine de catástrofes, espectáculo y amor. Ahora se meten en la piel de dos personajes literarios que surgen del narrador Richard Yates y su novela Vía revolucionaria. Una historia íntima, sin efectos especiales, descarnada y desnuda. Sam Mendes se encarga de dirigir esta historia que une de nuevo a DiCaprio y Winslet. Ahora en esa historia, de amor amargo, sí existen años de convivencia y sueños rotos. Y asistimos a la radiografía de un fracaso, del fracaso de una vida en común de dos personas que se aman y se rompen. Que se gritan y devoran. Que se consumen en cada escena. Porque ninguno cumple las expectativas del otro. Porque ya no es un amor desnudo, sin máscaras, fresco y puro. Sino que es un amor con grietas, de echarse cosas en cara, de no aguantarse el uno al otro porque no se quieren ellos mismos.

Y de nuevo es la muerte la que termina con la relación. La muerte física de uno de ellos, y la muerte en vida del otro. Porque los dos se quieren, porque los dos se hacen daño. Porque los dos fracasan, porque los dos se destruyen…

DiCaprio y Winslet vuelven a hacerlo. Nos volvemos a creer su historia. Volvemos a sentir esa química que madura.

¿Habrá que esperar otros diez años para verlos juntos de nuevo? No estaría nada mal. Que en cada década nos regalaran una película. Su química es evidente. Sólo hay que verlos juntos. Y recordarlos.

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Ángeles sin cielo (The Saint of Fort Washington, 1993) de Tim Hunter

Durante tres años seguidos, a principios de los noventa, directores desconocidos y otros con más trayectoria realizaron películas en las que se reflejaba el otro lado del sueño americano: la situación de personas sin hogar que sueñan pero no llegan alcanzar sus proyectos de una vida más digna porque la sociedad que les rodea y las circunstancias personales no les deja. Sólo uno de los personajes logra superar traumas y rehacer su vida pero a la vez es la película más optimista y con más sesgos de fábula.

Me refiero a El rey pescador (1991) —fábula maravillosa y optimista—, Corazón roto (1992) —te rompe el corazón mil veces—, Mi Idaho privado (1991) –deseas que el protagonista encuentre esa hermosa carretera que le ponga en camino hacia una vida mejor— y esta que vamos a comentar.

Ángeles sin cielo es un relato sencillo y cuenta la historia de una amistad entre dos sin hogar que se mueven en una sociedad que les devora hasta los sueños. Un relato realista y seco pero de una hermosura y una sencillez que enternece.

Ángeles sin cielo cuenta la unión entre un sin hogar negro, veterano de la guerra de Vietnam, con salud física minada sobre todo por los dolores de una pierna recuerdo de una batalla; y un joven sensible y esquizofrénico que se queda de un día para otro sin hogar y que trata de convivir con su enfermedad y la soledad.

Danny Glover y Matt Dillon atrapan con sus interpretaciones y traspasan emociones que estallan. Se empapan de sus personajes y los trasforman en reales, carne, hueso y alma.

Matthew (Matt Dillon) es ese ángel indefenso que a veces oye voces, al que le cuesta relacionarse y que ha perdido habilidades sociales, que se enfrenta solo al mundo, y lo mira a través de una cámara fotográfica sin carrete. Dillon es tierno. Conmueve en su indefensión y sonríes en cada momento de superación.

Jerry (Danny Glover) es un sin hogar que sabe de supervivencia. Y sabe mucho. Optimista por naturaleza aunque a veces el dolor le hace perder los nervios o la mala vida, no digna, le cansa y le quitan las ganas de levantarse con ganas para afrontar un nuevo día. Sin embargo, nunca pierde la esperanza ni la capacidad de soñar.

Ambos se encuentran en un enorme albergue donde duermen todo tipo de personas y donde sobrevive aquel que se las sabe todas. Porque ahí no hay máscaras. Todo es crudo. Hasta la bondad más infinita pero también la brutalidad más injusta.

A Jerry le enternece Matthew. Le ve como un ángel al que proteger. Alguien que alivia su soledad. Alguien con quien poder soñar y construir el día a día para sobrevivir porque ya ninguno de los dos está solo. Porque se acompañan. Jerry le convierte en su hijo y le enseña la vida de la calle, no le trata como un esquizofrénico sino como una persona capaz de afrontar cada día un nuevo reto. Capaz de soñar los dos. Capaces de construir un futuro.

Y Matthew ilusionado se cree un sueño…, y supera retos. Y cuando la crisis asoma ahí está Jerry para calmarle y quitarle miedos. Ambos trabajan para conseguir alquilar un piso y no tener que volver a un albergue inhumano e inhóspito. Matthew no quiere volver a un lugar donde siente que le harán daño.

La historia de Jerry y Matthew enternece. Matthew con sus manos trata de aliviar el dolor de la rodilla de Jerry. Con ternura. Sin pedir nada a cambio. Jerry continuamente cree en las posibilidades del joven para salir adelante y saltar obstáculos. Cree en su capacidad de dar y crear. Y a esa cámara sin carrete le proporciona una. Para que Matthew cree y mire, porque como dice Jerry no tiene duda de que es un artista. Incluso Matthew, gracias a Jerry, gana la capacidad de soñar. Ahora no le acompañan voces que le asustan, sino imágenes de un futuro feliz junto al amigo. Matthew crea un futuro hermoso donde él participa activamente.

Pero la dura realidad cotidiana les golpea. Y un día son separados. Les paran por ola de frío y a la fuerza les quieren llevar al albergue. Jerry escapa pero a Matthew le meten en un camión que le traslada a un lugar que le da pánico. Y allí, sin embargo, es demasiado humano y echa una mano. Y esa mano que echa le cuesta la vida. Un navajazo frío que le deja solo y muerto…, demasiado tarde cuando llega un Jerry desesperado al lado del amigo que quiere proteger.

Y Jerry es tan humano que no quiere dejar solo al amigo que no tiene entierro, que es metido en caja de madera y enterrado en fosa común. Porque nadie le llora…, bueno ahora sí Jerry, que sabía que era un ángel y le deja encima de su solitaria tumba aquellas fotografías de un carrete revelado que guardaba su mirada. Y le promete que mientras él siga vivo, Matthew seguirá vivo porque siempre le tendrá presente en el recuerdo…, eso le dará fuerzas para vivir cada día.

Un relato sencillo, directo, tierno y poético, que recuerda a esa obra de los años setenta, El espantapájaros (1973) donde los espectadores vivíamos una historia similar en compañía de otros dos sin hogar, un maduro Gene Hackman y un joven Al Pacino.

Cuando termina Ángeles sin cielo, te quedas en silencio porque sabes que en pleno siglo xxi,  en este momento, miles de historias similares están ocurriendo una y otra vez. Hombres y mujeres que no alcanzan un sueño y que su día a día es la supervivencia pura y dura.

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Marcados por un personaje

Marcados por un personaje. Después caída en picado al olvido. Fueron devorados por el personaje. Algunos trabajaron mucho más pero nunca brillaron igual que el personaje o la historia que les hizo famosos. Otros incluso tuvieron carrera cinematográfica extensa y con algún que otro éxito pero si preguntas por alguno de sus trabajos surge aquel que les encumbró —que a menudo algunos rechazan de plano—.

Si hablamos de Bela Lugosi, nos viene a la cabeza Drácula. Si nombramos a Boris Karloff se transforma enseguida en Frankenstein. Si preguntamos por algún trabajo de Vivien Leigh, probablemente, sólo la veamos transformada en Scartett O’ Hara. Por otra parte, si nombro a la actriz Judith Anderson se nos quede cara de póker pero sí digo, sí hombre, la ama de llaves de Rebeca entonces, sólo, quizás el asunto cambie.

Ahora le toca el turno a Anthony Perkins e irremediablemente todos sonreiremos y diremos sí claro, el de Psicosis, Norman Bates. Lo de Liza Minnelli no tiene duda alguna, todos la veremos bailando y cantando con una silla, con un traje negro, un sombrero, unas largas piernas, y una sola película, Cabaret. Ella fue Sally.

Christopher Reeve se lo tomó con filosofía. Él sabía que para los siglos de los siglos todos le identificarían con Supermán. Para ella fue un sufrimiento y aún ahora muchas personas si oyen su nombre sólo saben nombrar a uno de sus personajes (a pesar de que hizo muchos y muy bien), el que la hizo famosa mundialmente, y del que ella siempre quiso renegar. Si digo Romy Schneider inevitablemente muchos tan sólo la colgarán el cartel de Sissi, emperatriz.

Suena una melodía y una frase: amar significa no tener que decir nunca lo siento e irremediablemente recordamos a la morena de pelo liso y largo que se va muriendo fotograma a fotograma y tiene rostro de Ali MacCraw. A otra actriz, ni siquiera muchos han visto su película, sólo se la recuerda por una imagen de mujer con pecho fuera, collar de perlas, mirada insinuante y sentada en sillón, en película plenamente erótica de años setenta, su personaje era Emmanuelle y ella se llamaba Sylvia Kristel. Igual le pasó a otra mujer de la que sólo recordaremos un papel, erótico y triste, en un apartamento de París, es trata de Maria Schneider y su último tango.

Otras heroínas fueron devoradas por su papel. De momento, nadie nos ha convencido de que Carrie Ann-Moss no vaya a ser recordada como la chica dura con gafas oscuras de la trilogía Matrix y tampoco tenemos constancia de que Linda Florentino no se la identifique únicamente en un futuro como una de las primeras mujeres fatales que se sale con la suya en una última seducción.

Película de terror y serie obligatoria disfrazó para siempre a Robert Englund, al que pocos recuerdan su verdadera cara, en el terrorífico Freddy. Ha sido siempre el rey de las pesadillas en Elm Street. Parecía que sólo podía existir un agente 007 con cara de Sean Connery, sin embargo, prefirió ser recordado por otros muchos personajes —aunque también quedó bastante marcado por su elegante agente british—, sin embargo, uno de sus sustitutos se metió de tal manera en la piel de Bond, James, Bond que no se le recuerda otro personaje mejor. Él era Roger Moore.

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Jean Seberg

Niña de cara angelical. Cara triste. Dura vida. Su mente le jugó mala pasada. Era frágil. Muñeca rota. Empezó carrera como joven promesa de carrera fulgurante. El temible director Otto Preminger, la convirtió en musa a base de gritos. Y desde el principio, el maestro vio que con el pelo corto hacía estragos.

No tenía apenas 20 años y ya fue protagonista de dos papeles de gran dificultad que irían modelando su personalidad futura. Su triste personalidad futura. No fueron películas de éxito pero al otro lado del charco un crítico con inquietudes radicales (discutidas por unos, adoradas por otros) en el campo cinematográfico que quería convertirse en director (Jean-Luc Godard), se fijó en ella.

Primero se transformó en Juana de Arco, y ya los primeros planos mostraban su rostro atrayente capaz de reír y llorar, de disfrutar y sufrir… Después se convirtió en joven heroína de la novela de Sagan, Buenos días, tristeza. De adolescente rebelde que se deja llevar por el placer, el deseo y que con cara delicada destroza a la amante de su padre.

Sin comerlo ni beberlo se convirtió en la musa de la modernidad europea, la americanita con cara bella y frágil enamoró y enamora…, con su paso brillante por la película fundadora de la Nueva Ola se convirtió por los siglos de los siglos en leyenda. Con su camiseta blanca y sus pantalones pitillo, vendiendo periódicos entró en el Olimpo y ya nadie la bajó de él. Con su papel de rubia de pelo corto distante y frágil, objeto del deseo de francés marginal con cara de Belmondo, conquistó millones de corazones. Rubia frágil, rubia traidora, mujer fatal de inocencia arrebatadora. Esa rubia que traiciona al hombre que quizá ama y éste la dedica sus últimas palabras y muecas: “eres una asquerosa”. Y ella, angelical y confundida, pregunta, qué quiere decir asquerosa. Brutal. Estaba ya al final de la escapada.

Regresó en pocas ocasiones a EEUU, trabajó en películas europeas que no volvieron a encumbrarla. Repartió su vida entre adicciones, sufrimientos y amores. Por ahí hubo controversias con FBI, Panteras Negras y demás. Y ella cada vez más rota y perdida. Tan rota y perdida que vomitaba nervios que no la dejaban en paz. Una vez perdió al niño que llevaba en sus entrañas y dicen que nunca se pudo recuperar. Hablan que compró ataud de cristal para tapar bocas y rumores.

Se casaba y descasaba. Nunca era feliz. Algunos de sus amantes nunca la olvidaron e incluso fue más musa y diva. Carlos Fuentes la dedicó Diana o la cazadora solitaria. Ricardo Franco dejó el mundo con una obra póstuma, lágrimas negras, que dicen dedicó a la mujer triste que coqueteó por tierras españolas (hay una rareza de terror español dirigido por Juan Antonio Bardem, donde ella aparece como madre de Pepa Flores). También, comentan que se enamoró de Clint Eastwood. Al final, su triste imagen es la que vaga por las pantallas y las hojas de los libros.

Fue la esquizofrénica que hace viajar a todos los que la conocen al centro de la locura, una Lilith rota en mil pedazos que, sin embargo, reparte su esplendor destructor. También, demostró como nadie que en el lejano oeste, en una ciudad sin nombre una mujer puede amar, tranquilamente, bellamente a dos hombres que la cantan al oído…, a pesar de la madura tristeza de su rostro.

Pero a ella, no le hacía falta cine catástrofe, para caer desbordada una y otra vez hacia el abismo. Cuenta la leyenda que intentó suicidarse una y otra vez. Y finalmente apareció desnuda envuelta en manta en un viejo coche, abandonada por todos. Su última película fue muda. Sólo su rostro roto en mil gestos…Les hautes solitudes, 80 minutos extraños y olvidados. Sólo su rostro para mostrar que era mujer rota, sin poder remediarlo.

Ahora, quizá, Jean Seberg corra libre y reconstruida, con el pelo corto, rubio, y sonrisa mágica. Con mente dura y corazón fuerte…, sin ser musa u objeto del deseo de nadie. Sin ser un rostro de mimo que se rompe ante el objetivo. Sin albergar nervio alguno. Tranquila y quizá feliz. Sin lágrimas negras que la caigan por el rostro.

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Gordos

Gordos es un empacho de esperpentos, personajes-títeres, tragedias, comedias, dramas, contradicciones, sentimientos, lágrimas y risas… Gordos es un empacho visual. Gordos es una enorme metáfora: qué provoca la gordura (física y emocional), qué nos hace estar bien o mal, por qué tragamos y tragamos, qué nos hace felices o desgraciados, cómo son mis relaciones con los otros, qué papel juega el físico en mi manera de ser…

¿Me ha gustado la segunda película de Daniel Sánchez Arévalo? Me debato en una y mil contradicciones. Quizá la palabra más adecuada es que me sorprendió. Y mi mayor crítica es que es tan enorme la farsa, lo grotesco y el esperpento tanto en la comedia como en el drama que, a veces, me dejó insensible. Son tantos los temas interesantes que toca la película y tantos los frentes que plantea que al final te quedas con la guinda en la boca, sin poder hacer la digestión. Sólo quizá la puedes digerir después, en reunión o tertulia.

La estructura y la factura visual me enganchó. Por una parte, para dejarnos claro que nos metemos dentro de una farsa-espectáculo nos va situando en las diferentes fases de la historia un anuncio presentado por uno de los protagonistas (Antonio de la Torre) de unas pastillas adelgazantes. Por otra parte, el nexo de unión de todas las historias, el nexo de unión de todos los personajes es la asistencia a una terapia de grupo donde varias personas gordas y obesas tratan de entender por qué han engordado.

Desde el principio, la sentí como una farsa esperpéntica y así hay que entender la interpretación de cada uno de los personajes. Y desde el principio me metí en la dinámica de Gordos. En algunas historias hay más risas que lágrimas, en otras más lágrimas que risas, en algunas casi alcanzas la ternura, en otras los personajes títeres llegan lejos tan lejos que casi no tiene sentido…

Vuelvo a repetirme, ¿me ha gustado Gordos? Me atrevería a decir que sí aunque me hubiera gustado menos saturación de historias y personajes. Más desarrollo de algunas tramas y temas. Más definición de desgarro o farsa irónica…, me muevo en la contradicción más absoluta al igual que sus personajes.

Repaso las historias: la que más tira a lo esperpéntico, incluso en la interpretación de los personajes (Antonio de la Torre y Pilar Castro), es la del homosexual que se infla y desinfla en las distintas fases de su vida. Un ser humano complejo donde los haya, un insoportable antipático que se puede cruzar en tu camino, que al final encuentra su media naranja en otro ser humano tan solitario como él, tan complejo como él, tan esperpéntico como él, y no es más que la mujer de su socio…, y ambos se complementan en lo emocional y físico.

A continuación, en un mundo de títeres, que gira a lo fantástico, está la historia de la joven pareja ultra religiosa que quiere llegar virgen al matrimonio (Raúl Arévalo y Leticia Herrero). Pero claro el placer de la carne los llama a ambos y el sexo les confunde. Su historia transcurre con milagro incorporado cuando un reprimido y divertido Raúl Arévalo sólo se da cuenta en el más allá de que el sexo con la persona amada es algo hermoso.

La historia prescindible pero bien interpretada es la de esa ejecutiva (María Morales) que engorda para que la abandonen porque no quiere una vida resuelta con el mismo hombre para siempre y no encuentra otro modo para que su pareja la rechace y la deje libre para experimentar y vivir otras historias.

Después está la familia obesa, por excelencia, padre, madre, hija atormentada que también puede llegar a crueldad extrema… e hijo delgado e hijo de puta (Fernando Albizu,Teté Delgado, Marta Martín, Adam Jeziersky) que luego nos enteramos de que su comportamiento tiene que ver con que se siente distinto a cualquiera de los miembros de su familia. Una historia que quizá no explota todas sus posibilidades. Que se queda en el camino.

Y, por último, la más dramática y quizá la más desarrollada. La historia del terapeuta y su pareja (Roberto Enríquez y Verónica Sánchez), que se queda embarazada, y se siente atrapada en una gordura que no desea. Y descubre con terror que él tampoco desea esa gordura. Y él se aterroriza de la contradicción de ser terapeuta, un buen terapeuta de personas gordas, y darse cuenta del rechazo transitorio que siente hacia su esposa que se hincha por el embarazo…

Gordos es un paseo emocional por personajes e historias esperpénticas que nos hacen vomitar por sus sentimientos, miedos y contradicciones. Pero su digestión puede ser complicada por la cantidad de frentes que tenemos que probar o en los que fijar nuestra atención.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.