Momentos inolvidables de Robert Mitchum

Ahora hablan de actores rebeldes pero sólo hay que rebuscar en la historia del cine y encontrarse con actores de la vieja escuela. Hombres rebeldes. Hombres curtidos por una vida dura, que terminaron siendo estrellas, y sobre todo, nunca fueron vanidosos ni se consideraron grandes. Sentían su trabajo de actores como una profesión. Sin más. Y crearon grandes personajes.

Dentro de esta escuela, rescatamos a Robert Mitchum, para eso llevamos diez años sin él. El duro entre los duros. Mitchum logró papeles donde aterrorizó como la encarnación del mal o enterneció por sus papeles de duro pero arrastrado por el amor a un destino trágico.

Bob no tuvo una vida fácil. No contó ni con una infancia ni con una adolescencia feliz. Visitó el reformatorio, vivió como un sin hogar, se sabe que bebía y bebía, estuvo presente en peleas y broncas…, y lo de ser actor le sirvió para la supervivencia. Sólo se casó con una mujer pero se cuenta que tuvo varios romances con sus compañeras de trabajo. Se le conoce por sus contestaciones legendarias y bordes a compañeros o prensa y también porque nunca se tomó en serio su papel como estrella. Sin embargo, siempre hay otra visión que le presenta como buen conversador, un lector empedernido, escritor de poemas, todo un profesional en los platós, buen compañero…, y un actor que ante un buen guión y una buena película, se comía la pantalla con sus pequeños ojos azules, su hoyuelo en la barbilla, su corpulencia y su cara de duro.

Y, también, voy a recordarle porque dentro de esos preciosos cofres que se están ofreciendo a los coleccionistas de dvd, Robert Mitchum cuenta con uno. Sin embargo, Hildy hubiera apostado por otra selección de títulos para conocer a este actor. El cofre cuenta con películas interesantes pero Bob tiene una enorme filmografía para elegir a gusto. Así que a continuación relato secuencias o momentos inolvidables donde Bob sube a los altares del Olimpo cinematográfico.

Las secuencias: como protagonista de cine negro me quedo con las escenas junto a dos mujeres fatales con cara de no haber roto un plato en dos grandes películas: Retorno al pasado (1947) de Jacques Tourneur o el arte de usar el flash back y Cara de ángel (1952) de Otto Preminger (como impacta la primera vez que ves esta película ese genial final…, ¿quién no teme a una angelical Jean Simmons? En las dos historias Robert Mitchum es un duro, de los de siempre, pero abocados por el amor a la mujer equivocada a un destino fatal.

De pronto el actor Charles Laughton sorprende en 1955 con una película extraña, mágica y fantasmagórica. Un cuento de terror envuelve de un halo inmortal a La noche del cazador. Ahí, Mitchum se convierte en la encarnación del mal en su papel de predicador. Él es el terror. Su persecución a dos inocentes niños lo convierte en uno de los elementos inolvidables de esta película. Todo de negro, con su sombrero, y sobre todo sus tatuajes en las manos: hate y love, lo convierten en personaje mítico. ¿Cómo olvidar su mirada o su sonrisa perversa? Los niños saben que cuando se acerca el predicador, a lo lejos, montado a caballo, la tranquilidad y la calma ha terminado.

John Huston nos lo regala tierno. Y nos deja otra historia de dos seres unidos por el destino en circunstancias adversas y surge una historia de amor imposible. La vi hace años pero no olvido la química de miradas, sentimientos y sensaciones entre una monja con cara de Debora Kerr y un soldado rudo con rostro de Bob. De nuevo nombro, Sólo Dios lo sabe (1957). Película tierna que, sin embargo, no ha logrado el halo mítico de La reina de África.

Otra película maravillosa y desconocida con Mitchum de protagonista es Cualquier día en cualquier esquina (1962) de Robert Wise (uno de los errores es que tal y como presentan la carátula y el argumento en el dvd parece que se trata de una comedia). Película de calidad sobre dos personajes muy diferentes que se encuentran…, historia de soledad, de amor y desamor bajo una preciosa fotografía en blanco y negro envuelto en jazz. Con unos diálogos inolvidables. Robert Mitchum está impecable como hombre desilusionado y abandonado que se quiere dar una oportunidad de amar con una mujer muy distinta a él y a su mundo, una Shirley McLaine encantadora. Película que te deja triste. Las conversaciones entre los dos protagonistas no tienen desperdicio.

De nuevo, impecable Bob encarnando al mal en persona, no hay psicópata que produzca más inquietud y miedo que su personaje en la magnífica El cabo del terror (1962) de J. Lee Thompson. Mitchum se convierte en amenaza para una pacífica familia. Gregory Peck es el padre y abogado honesto que vive la pesadilla de reencontrarse con un hombre que terminó en la cárcel por su testimonio y que regresa para vengarse, sin prisa, despacio…, para destruir todo su entorno amable y hacerle la existencia imposible. Cualquier aparición de un Bob sin escrúpulos con sonrisa o risa de chulo hacen que suframos cada minuto de proyección.

Y para despedirnos de Mitchum lo recordamos en un papel de su madurez. En su retrato de un hombre bueno, de un maestro de aldea perdida, que trata de entender y proteger a su joven esposa que tiene unas enormes ansias de libertad, de ver mundo, de enamorarse, de sentir…en una película de bellas imágenes como siempre acostumbra a ofrecer David Lean. Se trata de La hija de Ryan (1970), todo un drama romántico con un Mitchum, bueno.

Sentimientos cinéfilos

En la soledad de la sala oscura.

La pantalla blanca empieza a vomitar imágenes.

La espectadora engulle.

Y nunca se cansa.

De pronto, realiza un viaje a lo más hondo de los sentimientos.

El exterior no importa.

La espectadora vive en otro tiempo y espacio.

Vive mil y una vidas.

No se cansa.

Nunca se cansa.

Porque el cine es vida.

Vida, una y otra vez.

No es país para viejos

Y vuelven los hermanos Coen con una película interesante…, sin embargo, me ha pasado igual que con El hombre que nunca estuvo allí. La primera parte de la película me llena totalmente con los personajes, el ambiente y el paisaje así como los diálogos. 

Si en El hombre que nunca estuvo allí me privaba la visita y modernización que realizaban del cine negro, aquí alucino con esa mezcla de western crepuscular y fronterizo. 

Toda la primera parte: el sheriff y su ayudante, el fuera de la ley pero con sus propios códigos (alucinante Josh Brolin) y ese malvado que roza la locura paranoica (una ovación a un Javier Bardem con peinado imposible). Toda la persecución y el viaje que inician los tres personajes son magistrales. Yo me encontraba al borde de la emoción, Dios, voy a ver una película redonda. Y, de pronto, para mí, pinchazo en la segunda parte. 

Como pasaba en El hombre que nunca estuvo allí, los Coen abandonan el estilo y la historia y se van por caminos filosóficos y mentales, por otros derroteros que superan la ficción…, y te pierdes en reflexiones, y los personajes se pierden, y la historia se pierde…, y, te quedas desconsolado en la sala oscura.  

Es cierto que piensas lo que te quieren decir y contar, cuando sales del cine, y lo entiendes pero…, por qué sacrificar los personajes maravillosos ya construidos, el ambiente y la atmósfera conseguida, para dar giros a una historia filosófica y reflexiva. Creo que lo pueden contar, sin sacrificio de la historia que están contando. 

Hasta yo comentando esta película me estoy haciendo un embrollo porque yo quería, además, de la reflexión sobre la violencia, una historia clara y completa, que era lo que estaba viendo en la primera parte. El personaje de Moss no se merece el desenlace que tiene aunque la reflexión sea ese sinsentido de la violencia que ha sido siempre igual en el lejano Oeste y en el Oeste contemporáneo. Una violencia, que no tiene explicación, y que sume en el desencanto y en la depresión a un sheriff de los de toda la vida (Tommy Lee Jones). Una violencia que lleva a la locura. Una violencia que no tiene explicación posible. 

Me quedo con los Coen y su historia de tíos duros que sobreviven en la frontera. Con la historia de los perseguidores y el perseguido. Con el paisaje desértico, los moteles de carretera, las gasolineras perdidas, el asesino despiadado que juega con el destino a cara o cruz…, ahí estaba viendo yo su reflexión. Los Coen me pueden con la fuerza visual de sus películas, su amor al cine –homenajes, homenajes maravillosos– y su capacidad de emocionar. Lo de Bardem ya nos lo han dicho aquí mucho, y sí es un acierto e interpreta muy bien a su personaje. Pero yo lanzo otra sugerencia, Josh Brolin recrea un personaje también magnífico (alguien olvida su entrada a unos grandes almacenes en camisón blanco, gorro vaquero y por supuesto, su botas camperas). La película es de Bardem y de Brolin. 

 

 

Vidas borrascosas (Peyton Place, 1957) de Mark Robson

Continúa mi enfermiza adicción en estos últimos meses al melodrama. Recuerdo que una madrugada hace muchos años vi Vidas borrascosas en televisión y me dejó un buen recuerdo. Así que el otro día me compre el dvd a buen precio y me dispuse a disfrutarlo de nuevo y no me decepcionó. 

Estos melodramas de los años 50 tienen jugo (y son el origen de la fórmula ya manida del culebrón televisivo, de hecho, esta película terminó convirtiéndose en serie). 

Por supuesto, no falta una de las reinas del melodrama, Lana Turner como protagonista en su papel de rígida madre que esconde un oscuro pasado. El encanto de este tipo de películas ha sido un referente para directores posteriores. Con esta película me viene a la cabeza el cine y la famosa serie (Twin Peaks) del director David Lynch. Este director, en algunas de sus películas así como en la serie, presenta una localidad idílica que se inserta en un espacio natural maravilloso donde todo parece que se rige bajo la calma y la buena moral pero sólo hay que escarbar un poco para que surja una doble cara de los personajes, una doble moral y se desaten los odios, los celos, las pasiones, la violencia…, todo subyace en un espacio que no lo sugiere. 

Así es Peyton Place, la localidad donde transcurre Vidas borrascosas (esta película es la adaptación de un best seller del momento). Un lugar idílico donde sus gentes se dejan llevar por una forma de vida establecida en los cincuenta de moral intachable, protocolos, apariencias y demás. De pronto, escarbamos un poco y surge otro mundo turbulento. 

La película bascula entre el mundo adulto y el mundo adolescente. Los hechos que transcurren ponen a prueba a cada uno de los personajes. Y, el resultado merece la pena. Me parece interesante la lectura que se hace durante toda la película de la sexualidad, tema tabú, sobre todo en esa década. El deseo, el sexo, la represión, el desconocimiento… Así como, también es interesante, las distintas visiones que se muestran para encarar la educación de adolescentes en un instituto. 

Vidas borrascosas está bien contada y cuenta con un plantel de actores muy en boga en aquellos años. Junto a los veteranos de la talla de Lana Turner y Arthur Kennedy (genial como el padrastro alcoholizado y maltratador que abusa sexualmente de su hijastra) aparecen jóvenes promesas como Russ Tamblyn (¿alguien olvida su papel de Rick en West Side Story?), Hope Lange (rubia delicada e hijastra maltratada) o Terry Moore (como la lolita pero a su pesar porque sólo es una mujer enamorada).  

La historia transcurre según van pasando las estaciones del año así la fotografía y el tiempo tiene mucho que ver con los sentimientos que van surgiendo. No falta nada en este idílico lugar: las diferencias de clase, la lolita, la inocente, la artista, el tímido, el niño rico rebelde, el amor adulto, el amor adolescente, el suicidio, el asesinato, el juicio, la fiesta, el encuentro, el desencuentro, la relación entre madre e hija, el profesor comprensivo, el doctor como voz de conciencia, el sensato, las mentiras, el cotilleo, las apariencias… No todo es lo que parece y sumergirse en Vidas borrascosas es subirse al tobogán de las emociones.

Diccionario cinematográfico (51)

Pistolero: hoy en el colegio me he pegado con un compañero. Discutíamos porque él decía que no había mejores pistoleros que Wyatt Earp o Billie el Niño. Yo dije que ésos eran principiantes comparados con Jimmie Ringo, mi padre. Como mi amigo no estaba de acuerdo, me pegó un puñetazo. Me gritó que mi papá no era el más rápido, que le mató un joven pistolero que ahora cabalga lleno de gloria por haberse cargado al que decía que era más rápido.Cuando se lo cuento a mi mamá, que cada vez está más triste, llora desconsolada y me dice con cariño que no recuerde a papá como el mejor pistolero. Me dice que Ringo quería vivir con nosotros dos en una granja y que fuéramos felices y comiéramos perdices. Yo miro a mamá y le digo que vale porque no me gusta que llore. Pero, en el fondo, yo sé que mi papá, Ringo, era el pistolero mejor del Oeste, un héroe solitario, que un día que llegó al pueblo donde vivíamos mamá y yo me miró y habló como un padre. Diga lo que diga, mamá, aunque la quiero mucho, Ringo es un héroe pistolero. Y así le recordaré.

Soy la esposa de Ringo. Y siempre lo seré. Estuvimos a un paso de alcanzar la felicidad. Como siempre yo me lo crei. Por eso lo amaba. Por eso me amaba. Porque siempre imaginamos que habría un momento en que terminaríamos juntos, en que envejeceríamos el uno al lado del otro junto a una chimenea y en una pequeña casita de campo. Nuestro hijo sería un famoso abogado, o banquero o Sheriff y siempre estaría pendiente de nosotros.Los dos soñábamos. Pero Ringo siempre tenía que huir. Era pistolero y siempre tenía cuentas pendientes. Él al final se dio cuenta de que se hacía mayor. Se dio cuenta de que se cansaba cada vez más. Se dio cuenta de que no quería huir a todas horas. Vio lo que le gustaría un hogar, lo que le apetecía verme y cómo no quería perderse los primeros años de su  hijo. Me lo arrebató un joven pistolero, uno de esos que se creen que tienen toda la vida por delante y que se convertirán en leyenda y que todo el mundo les tendrá respeto y miedo… como cuando conocí al joven Ringo de 20 años, feroz y vital, chuleta, con toda la vida por delante. Me lo arrebataron con 35 años, como hombre maduro, como hombre cansado, como hombre con ganas de cambio. Como hombre que siempre me amó.

Soy Mark, el amigo de correrías de Ringo, ahora soy hombre respetable, un sheriff que trata de mantener la justicia y la ley sin pistola de por medio. A Ringo jamás le olvidaré. Hubo un momento de nuestras vidas, que por ser fugitivos de la ley tuvimos que decidir. Él, en ese momento, eligió seguir sin rumbo. Yo decidí que no podía más y que prefería establecerme. Fue una elección. El último día que me encontré con Ringo, el último día que le vi con vida, me asombré de cómo había madurado, de cómo le pesaba el ser una leyenda y sobre todo lo cansado que se sentía. Lo que más me alegró es que todavía le quedaba capacidad para soñar y para amar. Pero ese día no le sirvieron. Y yo tampoco pude ayudarle. Porque desgraciadamente, siempre surgen estúpidos jovencillos que no se dan cuenta de la responsabilidad y el peso que tiene ser una leyenda y no tienen perspectiva de futuro ni de cansancio. Jóvenes que sólo les interesa la fama y pisar a todos los que tienen alrededor. Inexpertos sin prudencia. Sin perspectiva romántica. Yo creo que si Jimmy Ringo se convirtió y seguirá siendo leyenda era por su verdadero romanticismo y porque en el fondo fue arrastrado por el destino a ser un héroe con pistola. 

Declaraciones de los principales personajes de El pistolero (1950) de Henry King

En homenaje a un Gregory Peck con cara de Jimmy Ringo 

XXII edición de los premios Goya 2008

Me voy a dejar llevar únicamente por el amor al cine, sin críticas ni peros a la Gala (a veces falta un poco de magia, de más amor, no a los participantes o premiados, sino al acto en sí –aunque sé que es misión harto complicada–…, pero siempre hay momentos emocionantes).

En mi particular análisis –confesando que no he visto todas las películas nominadas que ya voy a ir buscando en mi videoclub– me decía que no podía ser, totalmente, la noche de El orfanato. Yo, ya comenté, que me lo pasé bien viéndola. Que se ve una obra colectiva de gente ilusionada y que siente mucho amor por el cine…, pero tenía mis peros. Porque ya se sabe que cine no es sólo la capacidad de atraer a la taquilla y de un muy buen trabajo de promoción. Como ópera prima es una obra muy válida, dentro del género de terror-gótico-poético-estético también tiene sus valores pero pensándola mucho para mí no es un producto redondo sobre todo en la forma de contar la historia y en algunas fallas de guión. No me imagino cómo pasará el tiempo para El orfanato. Si tal vez caerá en el olvido.

Respecto, a la sorpresa de la noche, que también he podido disfrutar, La soledad, reconozco la valentía en sacar un producto semejante. Me quedo con el rostro y el trabajo de varios actores y reconozco que el uso de la técnica de polivisión sirve para expresar el sentimiento de aislamiento, incomunicación y soledad de los personajes. Me parece bueno defender este tipo de cine y defender otra manera de contar historias. Y, también, me gusta el amor que siente hacia este arte creativo-colectivo su director Jaime Rosales. Pero aunque hubo cosas que me entusiasmaron, me dejó bastante fría. El revoltijo de sentimientos que siento ante otras películas, que también considero difíciles, no me llegó con La soledad. Y, siempre pienso que el cine es expresión creativa pero, también, creo en su capacidad de recepción, de llegar al espectador (y me remito a algunas obras del filandés Kaurismaki, de José Luis Guerín, de John Cassavettes, de Michael Haneke, de los hermanos Dardenne…).

También, me alegré por los Goya que consiguió otra ópera prima, Bajo las estrellas de Félix Viscarret. A mí me encantó el personaje de Antonio San Juan. Y, me emocionaron  muchas escenas de esta historia intimista. Me gusta, ya he dicho, el reconocimiento de nuevos talentos que se lanzan a la aventura del cine y se nota que lo aman. Tampoco me pareció finalmente un producto redondo pero reconozco que en muchos momentos me trasladó a un viaje bajo las estrellas.

No he visto Las 13 rosas, quizá por miedo, aunque intuyo que quizá me guste. Hubo una época de mi vida que leí bastante sobre esta historia y fue un descubrimiento que me emocionó. Era un momento en que me interesé por el papel de la mujer en los distintos aspectos de la Guerra Civil Española y recuerdo que me quedé en mi cabeza con una frase de Conesa, que no haya olvido. No querían ser olvidadas. Y, quizá, la reconstrucción que tengo en mi cabeza no coincida con su traslado en la pantalla pero, no obstante, los Goya a Roque Baños (que me pareció entrañable) y a José Luis Alcaine (que demostró su respeto hacia las trece niñas que vieron truncadas sus vidas), me hicieron recapacitar y creo que me apetece verla. Porque intuí amor hacia esa historia.

Lo de Alfredo Landa me dejó en el sitio porque le pasó lo que yo creo que él nunca esperó que le pasase, y por eso lo vio positivo, y es que se quedó sin palabras. Supongo que pasaron miles de emociones, imágenes, recuerdos…, por su mente. Y sólo pudo articular al final, palabras de agradecimiento y pedir la compañía de la familia a la que ama. La emoción le cortó el discurso a un hombre que se ha mostrado siempre camaleónico. Quizá, su despedida del cine le está costando más de lo que esperaba…, y el maestro se quedó sin poder articular discurso coherente. Alfredo Landa cuenta un poco de la historia de nuestro cine. Muchas de sus películas son un documento sociológico de una España que ya no existe, ya lo dicen en todas partes, realizó un tipo de película que llevó su apellido, el landismo (y reconozco que ese tipo de cine no me transmite gran cosa pero forma parte de nuestra cinematografía y mirándolo desde un análisis histórico y sociológico puede aportar información valiosa). El cine de un país que empezaba a abrirse a otras fronteras, a otras maneras de ver la vida, un cine que narraba el desarrollismo bajo una dictadura, con todo lo bueno y todo lo malo. Detrás de Landa siempre estuvo el intérprete, y después y antes de este tipo de comedias, mostró su cara dramática o tragicómica en La vaquilla, Los Santos Inocentes, El crack…, y tantas otras.

Yo confieso que no he visto Siete mesas de billar francés pero sí reconozco el momento dorado que están viviendo Maribel Verdú (como siempre su naturalidad desarma) y Blanca Portillo. A las dos las he seguido –a una en cine y a la otra también en el teatro–. Me encantó la ternura de un Elias Querejeta y la seriedad, pero sé que sensible, de Gracia Querejeta. Tengo pendiente ver su película. Y, otro recuerdo para una actriz que siempre ha estado ahí, que lleva años de carrera, una Amparo Baró que, ahora triunfa en televisión y en cine, pero que siempre, desde joven estuvo ahí. Siendo lo que es, actriz.

Otro momento que me pareció importante fue la entrega del Goya al documental de Invisibles, todos los trabajos de este proyecto auspiciado por Javier Bardem y con la colaboración y el apoyo muy especial de la ong Médicos sin fronteras. Un recorrido por enfermedades y conflictos olvidados y, por tanto, invisibles. Todas las historias te llegan y recuerdas. Pero hago mención especial al trabajo documental de Fernando León Araona que da voz a los civiles, sobre todo niños y adolescentes, en la terrible guerra en Uganda en Buenas noches, Ouma. Me quedé con las palabras de algunos de los chicos, contaban cosas tremendas pero a la vez había poesía en la manera de transmitirlo, ¿parece imposible, verdad?

También, me gusta reivindicar esa forma de cine, que algunos llaman menor, y yo no lo creo. ¿A alguien se le ocurre decir que un buen cuento o relato breve es menos que una buena novela? Son los cortometrajes, que no sólo son una plataforma de lanzamiento sino también una forma de expresión, y necesitan ya de una buena distribución y exhibición…, porque nos estamos perdiendo mucho.

Ahí quedaron muchas otras películas en el camino –seguro que hay joyas ocultas– y tanto Ángeles González Sinde como Jaime Rosales hablaron con cariño del espectador del futuro, de los niños que son el público de mañana, la cantera de nuevos cinéfilos que hacen que este arte nunca muera. Pero para ello hay que seguir esforzándose, contando buenas historias, llegando al espectador, innovando en las formas de contar, revisitando géneros, creando otros nuevos…, y transmitiendo la importancia que siempre ha tenido que nos cuenten historias. Para pensar, para abrir puertas… 

Diccionario cinematográfico (50)

Solterona: es distino solterona o solterón que soltero o soltera. Cuando añadimos el ona o el ón, nos imaginamos a hombres y mujeres de cierta edad que nunca se han casado, y no sólo eso, sino que normalmente apenas han tenido o nunca han tenido relaciones sexuales. La solterona, el personaje como tal, ha dejado su innegable estela en un montón de producciones e historias en el cine. Algunas de final feliz, otras no tanto. Son historias donde la solterona alcanza la libertad y un nuevo despertar o una nueva oportunidad. O son historias de represión y frustración. Hay solteronas que las llevamos siempre en el corazón. 

En este viaje podemos señalar, entre otras, a cuatro reinas en el mundo de la soltería: Bette Davis, Katherine Hepburn, Olivia de Havilland y Deborah Kerr. De la primera podemos recordar La extraña pasajera en los años cuarenta. Allí la buena de Davis realiza una interpretación de una mujer llena de miedos y frustraciones totalmente dominada por su madre. Cuando cae en un colapso nervioso, la atiende un psiquiatra, que entre otras cosas, la propone un viaje, en soledad. En ese viaje, la extraña pasajera despierta su feminidad y conoce a un hombre casado pero infeliz. Ambos vivirán un amor apasionado. Davis regresa con fuerzas y sin complejos, se ha sentido amada. ¿Cómo olvidar esas escenas en las que Paul Henried enciende dos cigarrillos para ambos? En los años treinta realizó otro papel que en España se tradujo como La solterona en un melodrama entre dos primas, donde una de ellas pierde todas las oportunidades de ser una mujer casada o una madre realizada para evitar los escándalos de la época –y no muy ayudada por su prima–, al final no puede renunciar al papel que se ha tenido que crear, el de la tía solterona. 

La Hepburn tiene dos papeles inolvidables como solterona. Uno es en la mítica La reina de África donde Kate emociona como la hermana solterona de un misionero que conoce el amor, la aventura, la libertad y la vitalidad en un destartalada barca junto a un borrachín encantador y buen hombre con cara de Bogart. Y, el otro, la divertida y tierna Locuras de verano donde una solterona se toma unas vacaciones en Venecia y descubre el amor en los brazos de un anticuario italiano. A Kate, enamorada, se la va viendo cada vez más bella y joven. 

Olivia de Havilland, también, aporta dos papeles inolvidables. Por una parte, una maestra camino de transformarse en solterona que cae a los pies de un extranjero en la frontera de México, sin darse cuenta de que éste la está utilizando para conseguir los papeles, pasar la frontera y después abandonarla para irse con su amante…, pero la inocencia, frescura y la entrega de Olivia transforman al improvisado gigoló, el siempre romántico Charles Boyer en Si no amaneciera. Después, dejó a todos con la boca abierta en su transformación de inocente y tímida solterona y rica heredera a mujer amargada, dura y cruel en esa maravilla que es La heredera, crónica de un desamor, con el telón de fondo de un Henry James literario. 

O que me dicen de la mágica Kerr que ya recordamos hace poco sus papeles como mítica solterona en esas películas extrañas y atrayentes donde ella brilla con luz propia en Suspense y La noche de la iguana. 

Nuestro recorrido nos lleva al cine español y sus solteronas míticas. Primero nos vamos de la mano de una intérprete americana que deleitó con su imagen de dulce solterona de ciudad de provincias que se convierte en objeto de burla pero que da una lección al mundo entero con su fuerza, dignidad y sobre todo porque no queda un ápice de odio en su figura y sí mucha soledad: me refiero a Calle mayor y Betsy Blair. Antes ya había demostrado su dulzura en un papel similar en película independiente americana, Marty, donde dos solterones unen sus destinos y se dan una oportunidad que puede cambiar sus vidas, sin soledad. 

Pocos pueden olvidar un papel tan reprimido y triste, magistralmente interpretado por Aurora Bautista, de una mujer que se niega una y otra vez la oportunidad de amar atrapada con las convenciones sociales y creencias religiosas en la Tía Tula. El universo de Unamuno queda reflejado en esta triste historia. 

Otra solterona, de las que hacen historia, es la que representa José Luis López Vázquez en Mi querida señorita. Su Adela muestra la poca educación sexual y la represión de una España que escondía su sensualidad. Ella es él. Ella está abocada a la soledad más absoluta, él se vuelve dueño de su sexualidad y se da una oportunidad. 

El cine italiano, también, nos deja retratos de solteronas inolvidables. Por quedarnos con algún retrato, escogemos a las tres tías de La familia de Ettore Scola, tres mujeres entreñables que se llevan la película de calle con sus risas y discusiones alocadas. 

Expiación

¿Se puede alcanzar la expiación a través de la creación artística? ¿Se puede sentir el perdón por un acontecimiento del pasado con las teclas de escribir de una máquina?¿Puede el punto de vista cambiar una historia?¿Tiene la literatura vida propia? 

Expiación del británico Joe Wright es una historia bien contada llena de recovecos y puertas, de sentidos, de segundas visiones…, es la adaptación cinematográfica de la novela del mismo título de Ian McEwan y el placer de ver en pantalla un drama con unas gotas de clasicismo, mito, leyenda y altas dosis de sentimientos. ¿Quién dice que la estructura clásica de principio, desarrollo y desenlace no funciona? 

Expiación es el placer de dejarse llevar por una historia de culpa, amor imposible, guerra, muerte y creación artística. Expiación es la magia de la buena interpretación, la importancia de la dirección artística, las maravillas que pueden surgir de un original montaje, la belleza de un buen guión adaptado (de Christopher Hampton) y la importancia de una música (de Dario Marianelli) que envuelve. 

Una primera parte, con una fuerza visual que arrastra al espectador, nos presenta a los personajes del drama. La magia del montaje nos hace disfrutar del contraste entre una historia vista por los ojos de una niña (estupenda Saoirse Ronan) de imaginación portentosa y con un mundo creativo propio y la realidad. La niña crea un mundo de pasiones oscuras y celos ocultos entre su hermana mayor y el hijo de la ama de llaves. La realidad nos enseña un mundo de apariencias, clases y poderes que entierran, sin piedad, una historia de amor, inocente y joven. 

La segunda parte nos lleva a un viaje al infierno, con la guerra de fondo. Las consecuencias que tiene para cada uno de los personajes la acción de una niña de once años en un cálido día de 1935. Los personajes son devorados por el destino. Y, la niña ahora adolescente, trata de expiar su culpa. De obtener el perdón. Va siendo consciente de cómo cambió el rumbo de la historia a raíz de su confesión y del mundo que creó alrededor de un hecho. 

La tercera parte muestra la expiación, ¿la obtención del perdón?, de una anciana, que fue una niña imaginativa y una adolescente abocada a la soledad y la culpa, a través de la creación artística. A través de la escritura. Y deja un poso de tristeza…, de la imposibilidad de amor y felicidad por un acto infantil. 

Pero Expiación nos deja varias lecturas. ¿Es justo que una niña cargue con toda la culpa?¿Que ese acto se convierta en el motor de su vida? La culpa de lo que pasó ese caluroso día de 1935 arrastra a todos los personajes que los protagonizaron, excepto a la pareja que trataba de llevar adelante una historia de amor, ajenos a lo que estaba ocurriendo a su alrededor. La hipocresía, el silencio, la lucha de clases, las apariencias, la estructura de poder…, la facilidad de encontrar un chivo expiatorio…, todos aprovechan la mala acción y la fantasía de una niña con profundos sentimientos y que esconde un amor infantil que se trastoca en odio cuando sale de sus caprichos, cuando ve que puede no ser princesa o protagonista de las historias que imagina. 

Por último, Expiación, tras sus imágenes increíbles y bellas (esa casa con vida propia, ese plano secuencia de una playa que recoge el horror de una guerra, ese francés moribundo que sueña o recuerda bajo la mirada de una joven enfermera, esas imágenes soñadas por un soldado enfermo, ese mismo soldado desolado frente una enorme pantalla de cine con dos personas que se besan y se aman…), cuenta con un plantel de actores que hace más atractivo el universo de la película. Una Keira Knigtley más hermosa y romántica que nunca, como reflejo de mujer ideal que protagoniza un amor frustrado. Un James MacAvoy, a tener en cuenta, que se come la pantalla con sus enormes ojos azules y su papel atormentado de hombre que ve cómo el futuro se le escapa de las manos por un hecho injusto, y por último, un personaje interpretado por tres mujeres, la niña, la adolescente y anciana, Briony (Saoirse Ronan, una ajustada Romola Garai, y una veterana e intensa Vanessa Redgrave) que nos lleva a su viaje atormentado por la realidad, la creación literaria y la imaginación, por lo que fue y pudo ser. 

 

Dennis Quaid

Ahí va uno de mis secretos cinéfilos: en los años ochenta sentí una extraña atracción por Dennis Quaid. Todo lo que protagonizaba pasaba por mi mirada confusa. Lo de Dennis es curioso, no deja de trabajar, tiene una extensa e irregular filmografía y, sin embargo, no ha conseguido el estatus ni de estrella ni de actor reconocido. Aunque ni falta que le hace. Estoy segura de que en el futuro nos va a seguir dando sorpresas. Dennis es de los que trabaja poquito a poco, como una hormiga, y de pronto todos descubrimos al actor que lleva dentro. Seguro. 

Quizá sea su rostro curtido y su sonrisa traviesa. No sé. Sus personajes me inspiran simpatía –incluso cuando hace de indeseable–. Quizá es un rostro extraño. Distinto. 

Ha hecho todo tipo de películas, peores, malas, regulares y buenas. Pero él siempre está ahí. Destaca. 

Para mí Dennis Quaid es un misterio que estoy deseando –ya lo intuyo– se transforme en personaje grande. Porque lleva años de carrera, porque se lo trabaja, porque prueba todo tipo de géneros…, no sé. ¿No creen que ya es hora de verle en un papel que nos deje a todos sentados en el asiento? Los cinéfilos de la sala oscura, esperan. 

En los años ochenta empecé a intuirle en esa película B de humano y extraterreste que por circunstancias de la vida se hacen colegas (Enemigo mío). Me entretengo con una peli de misterio y una Cher abogada, un Dennis simpático, vital e inteligente como miembro de jurado, y un sin hogar con cara de Liam Nelson (Sospechoso). Me río de su viaje en un chip prodigioso por el cuerpo humano en una película curiosa que disfrutaron en su momento muchos adolescentes, y ahí estaba despuntando la futura reina de la comedia, Meg Ryan (y también amor de un Quaid en alza. Me gustaba esa pareja). 

Y, sigue en melodrama fracasado, pero que tenía su encanto, al lado de la bella Jessica Lang y un jovencillo Timothy Hutton.  Dos personas que se aman, un jugador de fútbol americano y una famosa animadora, que vivieron un pasado de gloria, y viven un presente penoso (Cuando me enamoro). O de pronto se transforma en un alocado Jerry Lee Lewis que toca el piano, a lo loco, y se enamora de una niña de 13 años con carita de Wynona Ryder en Gran bola de fuego. 

Los noventa le siguen dando papeles de melodrama y aventura. Y Quaid, despacito, se presenta con cara de poker en la dramática historia de campos que se abrieron en EEUU para encerrar a ciudadanos japoneses tras el ataque a Pearl Habour (Bienvenido al paraíso). O se mete de lleno en un western de un personaje de leyenda, y no sale mal parado (Wyatt Earp). O acompaña a la reina de los noventa, en una película para mi fallida, como esposo carnudo (Algo de que hablar). Dicen que logra entretener en Corazón de dragón y a algunos les sorprende en película bélica con Balcanes de fondo (Savior). Hasta tiene tiempo para un remake de película de las de antes (Tú a Londres y yo a California).Y de pronto llega el 2000 y Dennis Quaid asoma su buen hacer y su sonrisa pícara en producciones que le vuelven a poner en el punto de mira y a tenerle en cuenta. Así hace, de nuevo de héroe (un papel que va bien a su vitalidad y rostro), en la curiosa Frequency, sobre un padre y un hijo que se ponen en contacto a través de una radio, el pasado y el presente actúan juntos para solucionar un caso. O hace un papel serio muy serio como abogado de una familia de narcotraficantes en Traffic o devuelve al melodrama lo que era suyo en la maravillosa Lejos del cielo (con reminiscencias de Sólo el cielo lo sabe o Imitación a la vida). 

Y, ahí, sigue el bueno de Dennis, en producciones de catástrofes, de aventuras o comedias B. Nunca desaparece. Quizá el final de la primera década del siglo XXI nos depare una sorpresa…, porque siempre está ahí. Sólo le falta el papel que explote del todo su potencial creativo. Yo lo seguiré esperando. En la sala, tras la pantalla. 

Momentos inolvidables en dos obras de Douglas Sirk

No recordaba lo que disfruto con el mundo del melodrama de los cincuenta. Douglas Sirk es un gran rey que ofrece dos maravillosas cintas que mantienen al espectador pegado en la pantalla. Con los sentimientos a flor de piel. Con unos colores que toman vida. Con unas casas y unos paisajes que hacen olvidar los bloques de viviendas que vemos al levantar la persiana. Las actrices son dos señoronas (sofisticadas, maquilladísimas, muy bien peinadas y siempre a la moda, sin ninguna arruga, ni mancha…, dos damas de armas tomar: Jane Wyman y Lana Turner) de los cincuenta capaces de caer en los brazos de jóvenes galanes y bellos. Dos de los actores fetiches de Sirk: Rock Hudson y John Gavin.

Las dos películas son dos joyas, llenas de matices, el drama es tan intenso y exagerado que sobrepasa los límites de lo real y queda interiorizado en el corazón del espectador. Que llora o se enamora desconsoladamente en la pantalla. Y, algo increíble, se entretiene a la vez. Lo pasa bien ante la pantalla. ¿Cuál es el misterio?,¿o la fórmula?,¿cómo tiende sus armas creativas este director que cuenta historias de forma magistral?, ¿cómo logra emocionar sin caer en el ridículo y estando al borde de lo kitsch?…

Douglas Sirk realiza dos remakes de dos películas del pasado, de los años treinta, ya melodramas, pero los pasa por su estilo y por los años cincuenta…, y voilá: ahí estamos llorando a moco tendido con Obsesión (1954) o Imitación a la vida (1959). Las anteriores películas ya habían hecho llorar. Habían funcionado en su momento. Fueron rodadas por el mismo director, John M. Stahl, y por dos reinas de la época, Irene Dunne y Claudette Colbert. Sin embargo, Douglas Sirk vuelve a atrapar el espíritu de estas historias imposibles –dramáticas hasta límites insospechados– y las convierte en cine puro y mítico. ¿Magia?

Yo, Hildy, os digo que si queréis pasar una tarde agradable, de buen cine, y no os apetece el culebrón de la televisión (burdas copias de los folletines cinematográficos de los años 30, 40 y 50) recuperar a los reyes del melodrama y a las reinas del glamour. Merece la pena. El secreto de Sirk es que conocía, además, los sentimientos de mujeres y hombres, y bajo la excusa del melodrama denunciaba una sociedad capitalista y conservadora que pisaba la humanidad de las personas. El director de manera elegante hacía que sus personajes se quitaran sus máscaras, sus apariencias, y se bajaran por el tobogán de la vida donde amar o no tiene sus consecuencias, les devolvía a la vida.

Las secuencias: de Imitación a la vida me quedo sin ninguna duda con el final. Con el entierro de la buena mujer negra, Annie, que acompaña durante toda su vida a una Lana Turner más pija que nunca y por ello maravillosa. Os juro, que se me saltan las lágrimas desde que se oye la canción de gospell en la iglesia hasta que vemos aparecer a una desolada Sarah Jane que siempre había repudiado a su madre por el color de su piel. Porque Sarah Jane quería ser blanca. Y ahí está uno de los asuntos tremendos de este drama que toca de manera especial el tema del racismo. El entierro, con las flores blancas, la tumba tirada por caballos y los rostros de la gente, dignos y apenados por la pérdida de una buena persona.

De Obsesión, impresionante, por supuesto, la noche de amor entre una Wyman ciega, a la que han dicho que ya no podrá ver, y un Hudson, hermoso y galán, que ha dejado de ser el odioso playboy para convertirse en un ser humano. La culpa y la redención le han convertido en hombre que vive para el amor. Para su amada, enferma. Llegamos al éxtasis, cuando Hudson, más hermoso que nunca, le pide a una Wyman feliz, el matrimonio. Y, entonces, vemos la duda en el rostro de Jane, como le ama demasiado, no quiere que esté con ella por compasión, no quiere ser una carga a su lado.