El cine negro en 100 películas de Antonio Santamarina (Cine y comunicación. Alianza Editorial)

Maravilloso e interesante libro sobre cine negro, realizado con cuidado, profesionalidad y cariño por su autor. Se nota en los agradecimientos, en el prólogo y en cada uno de los textos. 

No sólo son cien películas es la historia de un género, que como bien explica Santamarina es difícil de definir y delimitar. Dos cosas me llenan de satisfacción, la cantidad de obras que me quedan por ver y la satisfacción que me da leer sobre las que ya he visto (algunas de ellas me fascinan). 

Una selección también muy bien pensada para poder ver la evolución del género (desde el cine mudo hasta 1997. Y sobre todo un montón de datos e información para seguir indagando y descubriendo. 

El libro muestra la variedad de registros, la riqueza de los personajes y tramas en el cine negro. También, nos deja intuir los grandes directores de este género así como los actores y actrices que poblaron las secuencias. 

Si el libro se lee cronológicamente se termina teniendo una visión perfecta de la evolución del cine negro. Pero después puede leerse, como guía, tan sólo fijándote en el texto de la película que te interesa en un momento dado. 

Dentro del cine negro podemos incluir varios tipos de tramas: las películas de gangsters, las películas de género carcelario, las películas de investigaciones policiales, las películas con detectives —algunos de ellos literarios y famosos ya en la novela negra—, las películas de delincuentes o sobre parejas de delincuentes que huyen de la justicia, las películas de tipos normales que de pronto se ven envueltos en intrigas criminales… 

Todo un mundo poblado de ciertas claves y personajes. El destino presente en muchas de estas obras, la fina línea entre estar a un lado de la ley o a otro, la corrupción y el engaño, las luces y las sombras, los detectives de vuelta de todo, los policías honestos, los corruptos, el gangster brutal y cruel, el hombre que cae en la delincuencia por las circunstancias que le rodean, las mujeres fatales que arrastran al asesinato o las que arrastran a las rejas al ser amado, el mundo soñado por los que huyen (siempre cercano a México), la presencia de la ciudad, de los bares, de las calles oscuras, el mundo pugilístico, el de las apuestas, el alcohol, las drogas… 

El cine negro en 100 películas también habla de las rarezas, de las especiales, de las que son fruto de la época en las que fueron rodadas, de las obras maestras, de las imperfectas pero que sin embargo aportaron algo al género… 

Y sobre todo es un paseo por un mundo cinematográfico fascinante. 

El paseo 

Una reunión con Edward G. Robinson, James Cagney y Paul Muni me dejó con un pomelo en la cara, con veinte disparos en el costado mientras comían un sándwich y mirando por última vez el cartel de “El mundo es nuestro”. 

Después, paseé con el desencanto de Humprey Bogart que buscaba un último refugio en lo alto de la montaña. Sin salida. Por el camino le pararon Silvia Sydney y Henry Fonda para decirle que sólo se vive una vez. Que ellos lo saben bien. Sin embargo, seguían ilusionados por alcanzar México y dejar atrás el destino. 

El detective con cara de Dana Andrews no deja de mirar el cuadro de una mujer asesinada —me temo que se está enamorando— y yo me pregunto cómo le diré al oído a John Garfield que Lana Turner no va a poder hacerle feliz. Sam Spader a lo Bogart me parece el más duro entre los duros cuando entrega a la mujer fatal, a la mujer de su vida, a la policía. Otros las matan, que se lo digan a Dan Duryea. 

Se me parte el alma con el destino del Sueco o del agente de seguros que cae en la perdición. O con un Robert Mitchum que tiene la desgracia de cruzarse con una mujer con cara de ángel. 

Pero no se crean a veces entiendo a esas mujeres que sobreviven con miradas a lo Gloria Grahame, Angie Dickinson o Ida Lupino. Esas que son condenadas desde el momento en que aparecen. Sólo una palabra suya bastará para descalabrar planes, cambiar destinos, encontrar castigo…, o salirse con la suya. ¡¡¡Ay, la supervivencia!!! 

A veces me cojo el coche y me doy un paseo y escucho los sueños de Carlito Brigante o de un Noodles perdido en un mundo moderno que ya no comprende. 

A veces le pido al Padrino que me deje a su gato para acariciarlo y temo el día que me invita a boda o bautizo porque después vienen los funerales. 

El paseo no acaba…

Y Antonio Santamarina ofrece múltiples posibilidades. Ya saben sólo tienen que leerlo y también descubrir y poder ver las películas que aún no conoce.

Las reglas de oro para una comedia de éxito

Decía Preston Sturges:

«Una chica bonita es mejor que una fea.

Una pierna, mejor que un brazo.

Un dormitorio, mejor que una sala de estar.

Una llegada, mejor que una partida.

Un nacimiento, mejor que una muerte.

Una persecución, mejor que una charla.

Un perro, mejor que un paisaje.

Un gatito, mejor que un perro.

Un bebé, mejor que un gatito.

Un beso, mejor que un bebé.

Y una buena caída, mejor que ninguna otra cosa.»

Que lo de las caídas se lo pregunten a Henry Fonda, en las Tres noches de Eva o Edward Arnold y Ray Milland en Una chica afortunada.

Que lo de las chicas más que guapas, interesantes y alocadas se lo digan a Claudette Colbert, Veronika Lake, Jean Arthur o Barbara Stanwyck…

Persecuciones todas las que queráis y más. Sólo hay que ver sus películas.

Y, un beso, ay, un beso, siempre de colofón final para historias de amantes alocados y divertidos. Y al final, su carcajada.

Una chica afortunada (Easy living, 1937) de Mitchell Leisen

Los dvd recuperan clásicos maravillosos. Ahora hay unas colecciones interesantes que traen de nuevo a primera plana comedias del periodo de oro americano (años treinta principio de los cuarenta) y sobre todo del estudio Paramount. De momento han salido títulos de Lubitsch, Preston Sturges y ahora le ha tocado el turno al gran esteta Mitchell Leisen.

Buenísima oportunidad para rescatarlas del olvido y para reírse a carcajadas. Oportunidad de oro para traer a la palestra aquellas grandes comediantes que eran Claudette Colbert, Carole Lombard, Barbara Stanwyck o la gran Jean Arthur. Sin olvidarnos de ellos, por supuesto, da gusto reírse con Henry Fonda, un Ray Milland que comienza, Don Ameche o el atractivo Joel McCrea. Sin dejar a un lado a todos esos actores secundarios de rostro inolvidable: Eugene Palette, Edward Arnold, Charles Coburn, Mary Nash…

Muchas de ellas son genuinas del screwball comedy, comedias que rozan el surrealismo en las situaciones que plantea y en los personajes que pululan por ellas y que son fruto, entre otros motivos, de la Depresión. Películas para perder la cabeza. De salones, de grandes lujos, de impresionantes vestidos, de ricos muy ricos y estrafalarios y de cómo siempre hay alguien de otra clase social, normalmente, de la clase trabajadora que pone su mundo patas arriba. Los ricos alucinan y el personaje en cuestión más todavía. En esa mezcla explosiva de clases sociales y siempre con una crítica social latente, se da rienda suelta a la locura y a la carcajada…, y a verdaderas joyas del género. A veces, se introduce también la lucha de géneros y el coctail es más explosivo todavía. Los contrastes generan carcajada.Joyas que ahora mismo se me pasan por la cabeza: Al servicio de las damas, Las tres noches de Eva, Un marido rico, Los viajes de Sullivan, Historias de Filadelfia, Medianoche, Sucedió una noche, La muchacha de la quinta avenida…, y la película que nos ocupa, Una chica afortunada.

No sólo tiene todos los elementos de las mejores screwball comedy sino que además introduce una técnica infalible para la carcajada, y ampliamente utilizada en el cine cómico mudo, el slapstick, las caídas y los golpazos inesperados y exagerados. Y aquí en Una chica afortunada funciona. Desde la primera a la última escena hay caídas reiterativas y no cansan… por lo inesperado. Por lo bien metidas que están.

Las situaciones que plantea muchas llegan a extremos surrealistas. Por supuesto hay familia de millonarios extravagantes: un banquero malhumorado pero de buen corazón (con el rostro de Edward Arnold, indispensable secundario de las películas de Capra), un hijo que vaguea todo lo que puede pero que herido en su honor propio decide abandonar el hogar y buscarse la vida con un trabajo (un Ray Milland que empieza a protagonizar papeles de cierta envergadura) y una mujer histérica y amante de los abrigos de piel (con cara de Mary Nash que también será la sufrida y millonaria madre de Tracy Lord en Historias de Filadelfia). En una discusión familiar el banquero termina tirando un abrigo de piel por la terraza y va a parar a la cabeza de una chica trabajadora con muchas deudas y bastante hambre. La chica trata de devolverlo y se cruza con el banquero. Un pequeño paseo que dan basta para lanzar rumores que llegan a la prensa. Ella es la amante. El malentendido empieza a pulular a lo largo de toda la cinta sin que ninguno de los dos afectados sea consciente…, empieza la locura y el espectáculo. La vida cambia para ambos. 

A ella le ofrecen vivir en un hotel de lujo, espectacular, cuyo director es un personaje que roza el surrealismo maravillosamente interpretado por Luis Alberni (actor secundario en un montón de comedias y películas de los años treinta y cuarenta. Actor bastante olvidado que nació en Barcelona pero que a principios del siglo XX se trasladó a EEUU, primero subió a los escenarios y luego saltó a las pantallas cinematográficas). Ella no entiende nada pero se ve arrastrada por las situaciones.Todos tienen su dosis de locura, Jean Arthur incluída, que cuando gana algo de dinero lo que más ilusión la hace es comprarse dos enormes perros lanudos. Además, encuentra el amor junto al hijo del banquero, ambos se encuentran en un restaurante autoservicio (muy parecido al que hablamos hace poco en Suave como visón, comedia de los años cincuenta con Doris Day) donde llevan el caos y la diversión. Los malentendidos llegarán a tal punto que provocarán la caída del banquero en la bolsa…

Ritmo frenético, cuidada ambientación, personajes maravillosos, diálogos brillantes (ahí se nota la mano maestra del en aquel momento guionista Preston Sturges) y cuidada y elegante dirección de un estata-director, Mitchel Liesen.

No se la pierdan. 

La ciudad desnuda (The naked city, 1948) de Jules Dassin

A lo largo de este blog ya he presentado varios post donde hablaba de alguno de los integrantes de esta película: el productor Mark Hellinger y el director Jules Dassin. También, de distintas películas de cine negro y, por otra parte, varias explicaciones sobre un periodo marcado por la caza de brujas.

Otra de las películas señaladas por el comité de actividades antiamericanas fue La ciudad desnuda donde también se encuentra uno de los diez de Hollywood, el guionista Albert Maltz. Esta película sería la última que dirigiría Dassin en EEUU antes de su exilio y es anterior a esa obra maestra que rodaría en Londres (de la que también he hablado), Noche en la ciudad. Por otra parte, también supondría la última película producida por Mark Hellinger que murió antes de su estreno. Algunos estudios históricos dicen que tras la muerte de Hellinger se realizaron cambios en el montaje por parte del estudio que desvirtuan la propuesta original de Dassin y Hellinger y algunos de los contrastes que querían resaltar n la ciudad de Nueva York.

Esta película tiene muchos aspectos interesantes en los que fijarse aunque su historia no me ha emocionado tanto como la ya citada Noche en la ciudad o Brute Force (cercanas en fechas de la filmografía de Jules Dassin). Quizá por su intención que es crear una película de carácter semi-documental. Y ahí, sin embargo, se encuentra una de sus mayores virtudes y la originalidad de su propuesta.

El mayor protagonista de esta película es, sin duda, Nueva York. Como se explica una y otra vez está rodada en escenarios naturales y no en estudios. La ciudad desnuda presenta el alma de Nueva York en los cuarenta y eso le da un valor incalculable. El pulso de una urbe. ¡Y vaya si lo consigue! De las miles de historias que podría narrar o elegir, el objetivo se centra en la investigación policial de un asesinato: la de una bella modelo que aparece ahogada en una bañera en su apartamento.

Para advertir de que se va a ver una película distinta, realista, y mostrar una de las caras de Nueva York, nos encontramos una voz en off que nos va centrando la historia. La voz es la del propio productor Hellinger. Otro de los aciertos de esta sencilla trama, una investigación rutinaria de asesinato por parte de una comisaria de Nueva York, es la presentación de los policías a cargo del caso. No son los héroes habituales del cine negro, no son personajes que se mueven entre el mal y el bien, entre sombras, son dos hombres normales y corrientes que llevan a cabo su trabajo con profesionalidad y con los medios que poseen. Nos encontramos con un hombre que lleva años en Homicidios y que conoce bien su trabajo, un investigador de origen irlandes con la cara de Barry Fitzgerald y un joven detective inexperto pero despierto con el rostro de Don Taylor. Ya lo dice el veterano investigador en un momento de la trama, “no quiero héroes muertos”.

Para añadir más realismo a la trama ninguno de los actores es excesivamente conocido. Todos son intérpretes que tendrían largas carreras como actores de reparto. No son grandes estrellas. Son tan anónimos como cualquier habitante de una gran urbe. El más conocido es el ya mencionado Barry Fitzgeral que era uno de los secundarios imprescindibles en las películas de John Ford (Qué verde era mi valle o El hombre tranquilo figura entre alguno de sus trabajos). Pero por ahí aparecen también Howard Duff o Ted de Corsia, secundarios con amplias carreras, que aquí se convierten en un mentiroso compulsivo que despista una y otra vez a los investigadores y un ex boxeador que toca la armónica que es con el que se llegará a la escena culminante de la cinta, la persecución final. Que como no podía ser de otra manera termina en uno de los puentes de Brooklyn, el de Williamsburg.

Como digo, la película muestra el día a día de unos investigadores en una comisaria de Nueva York, con realismo y sin héroes valerosos que pululan por una ciudad llena de vida. Muestra de manera magistral distintos personajes que pueblan la urbe, los niños jugando en las calles, la anciana con problemas de salud mental que se presenta para dar la solución del caso o el joven tampoco en su sano juicio que se inculpa del asesinato; los dependientes de las tiendas o bares, la trágica aparición de los padres de la modelo —dos personas castigadas por la vida—, la asistenta y el portero del edifico donde se descubre a la modelo asesinada, viudas ricas, personas trabajadoras que día a día acuden en metro o autobús a sus puestos de trabajo, la joven esposa del detective inexperto preocupada por la educación de su pequeño, otros compañeros de los investigadores…

¿Quién fue Franchot Tone?

Hay actores y actrices que han caído en el olvido y luego están los olvidadísimos y apenas nombrados. Los nunca recordados. Ayer, de pronto, se me apareció Franchot Tone. Galán de cara extraña, del mismo tipo que otro actor olvidadísimo tan sólo recordado por ser el tercero en discordia en Casablanca, Paul Henreid. Pero el pobre Tone no tiene algo parecido a Casablanca en su filmografía y claro el nombrarle y decir cinco películas suyas en un minuto es misión imposible.

El bueno de Tone apareció, como he dicho en el primer párrafo, ayer. Sí, sí, sí, no me estoy volviendo loca. Ni hay otro inmortal entre ustedes. No. Ayer estuve viendo un completo documental sobre la vida de Joan Crawford y cuentan que después de su primer matrimonio con Fairbanks Junior llegó Franchot Tone. Inteligente, culto, elegante, refinado… que alimentó las ansias que tenía Joan en convertirse en una mujer de bien y también con algo de cultura y dejar atrás sus años de flappers.

Tone, primero, fue actor de teatro. Le encantaban los autores clásicos y fundó junto a muchos otros compañeros el Group Theatre. Sin embargo, fue el primero de la compañía que cogió sus maletas y se fue a Hollywood. En los años treinta llegó al mundo del cine. Y fue el galán por excelencia de dos damas de la Metro: la rubia platino y sex symbol Jean Harlow y su futura esposa Joan Crawford (estuvieron casados cuatro años). Dos mujeres de armas tomar con un galán de rostro extraño, se diría que algo exótico y distante. También tuvo en sus brazos a Bette Davis o Katharine Hepburn.

Es de los olvidados, olvidadísimos, pero los cazadores de clásicos verán su cara y su interpretación, siempre correcta, en varias películas que pueden recuperar su rostro.

En los treinta le podemos recordar en Alma de bailarina cuando la Crawford iba camino a estrella resplandeciente. La indómita junto a la explosiva Harlow. Una de aventuras belicas muy popular, a Tone varias veces le pusieron el uniforme, Tres lanceros bengalíes. La primera versión de El motín de la Bounty junto a Gable y Laughton con nominación al Oscar incluida. Una de las obras más recordadas de Borzage, Tres camaradas.

En los años cuarenta viste de nuevo el uniforme en una entretenida película de aventuras de Billy Wilder, Cinco tumbas en el Cairo. O también se mete a héroe trágico en películas de cine negro: Siodmak le da a conocer a La dama desconocida. O junto Merle Oyeron visita Aguas turbias.Poco a poco en los cincuenta regresa de nuevo al mundo del teatro y se introduce también en el mundo de la televisión. Llegó a llevar él mismo a la pantalla de cine su versión de El tío Vania. Y aún en los sesenta aparece como secundario en películas como Tempestad sobre Washington.

Olvidado, olvidadísimo. Por lo menos hoy, le recordamos un poquito.

José Saramago y Richard Yates

Hoy escribo los nombres de José Saramago y Richard Yates.

Porque dos de sus obras han sido adaptadas al cine y las dos películas estoy deseando verlas.

Una se llama A ciegas y ha sido dirigida por el director brasileño Fernando Meirelles. La novela adaptada es El ensayo sobre la ceguera de José Saramago.

La otra Revolutionary Road y ha sido dirigida por el director británico Sam Mendes. La novela adaptada es Revolutionary Road de Richard Yates.

Sus estrenos serán una a finales de año y otra a principios del año que viene.

Motivos para ver una y otra película:

Hoy emocionada veo un vídeo en que se ve la reacción de un Saramago lindo, que suelta una lágrima o dos o tres, cuando ve por primera vez A ciegas y tiene unas palabras lindas para un también emocionado y cariñoso Fernando Meirelles.

¡¡¡Meirelles me fascina en Ciudad de Dios y El jardinero fiel!!! (ambas son también adaptaciones de novelas pero con mirada Meirelles).

Siempre apetece ver a una Julianne Moore, actriz en cada poro de su piel. Seguro que nos sobrecoge.

Tengo la inmensa suerte de haber leido Vía revolucionaria, una novela que impacta y te deja sumida en la tristeza más absoluta…, ¡¡¡pero es una historia tan bien contada, tan jodidamente humana!!! Los Wheeler te rompen por dentro, pedazo a pedazo, en cada página.

¡¡¡ Y Sam Mendes rompe a pedazos el sueño americano y analiza con bisturí a las clases medias. Ya supo hacerlo mejor que nadie en American Beauty y ahora…!!!

Leonardo DiCaprio y Kate Winslet después de once años vuelven como los Wheeler. Y me los imagino. Ya quedó lejos su edulcorado romance cinematográfico a lo Titanic (sí, sí, ya sé que lo disfruté y no reniego) y ahora llega el retrato amargo de un matrimonio que ve escapar sus sueños e ideales hasta llegar un momento en que no saben ni quienes son. Pueden estar magistrales.

Diccionario cinematográfico (82)

Capra, Frank: director de cine=IDEALISMO. 

Director que subió a los cielos de los cielos a pequeño estudio que respondía al nombre de Columbia y que puso su nombre antes que el título. 

Director que asumía que el ser humano era bueno por naturaleza y por eso sus héroes son inocentes y que luchan cada día por las causas perdidas. Normalmente, ellas son las desencantadas que terminan creyendo en el héroe y les empujan, con su inteligencia y astucia, en la lucha. Los malos son malísimos y corruptos, saben hacer la vida imposible. 

Director que es un mago contando cuentos o fábulas. 

Director que detrás de su idealismo practica la crítica. Una crítica inteligente. 

Director que se fue desengañando del mundo hasta crear una obra irónica en plan Arsénico por compasión. 

Director que sacaba lo mejor de todos los actores. Cualquier papel pequeño era tratado con tanto mimo, que siempre descubres detrás de cada rol mínimo, toda una historia. Los secundarios de Capra vuelven de oro sus películas. 

Director que consiguió algunas de las interpretaciones más recordadas de Gary Cooper, James Stewart, Jean Arthur o Donna Reed. 

Director de cine capaz de hacernos creer en la existencia de un ángel, de un pequeño milagro, de que todos aquellos que son David vencen a Goliat, de que la Democracia es el mejor de los sistemas y la libertad de expresión permite la libertad del hombre y que no haya stop en la denuncia y críticas constructivas (Capra se comprometió políticamente y activamente con el pensamiento de Roosevelt), de que se pueden superar las dificultades si sale todo lo mejor de los Juan Nadie, Smith o Deeds… 

Director de cine que creía en el ser humano.

Thomas Mitchell

Con cara tierna o de malicioso e irónico, Thomas Mitchell fue un grandioso actor de reparto (y no me importa el uso de adjetivos superlativos y exagerados). Con personajes inolvidables y, por desgracia, olvidados. Cada una de sus recreaciones le reportan un trono en el Olimpo de los actores, Mitchell cuenta con filmografía gloriosa lleno de clásicos de los grandes. 

Bajo, más bien pequeño pero hombre recio, con risa peculiar, camaleónico, capaz de ser el más duro entre los duros, el borrachín más sabio, un pícaro con lengua afilada o ser encantador como buena persona. Este americano de origen irlandés, que empezó como periodista y escritor, y terminó subido a un escenario para no bajarse jamás de los jamases y triunfar en el escenario, en la pantalla cinematográfica y en el televisor, siempre estaba ahí para directores como Frank Capra y John Ford. Los dos confiaron en él y le dieron sus primeros éxitos. Thomas Mitchell grande y mítico. A veces tan sólo recordado por su papel de padre de Scarlata O’Hara en esa gran superproducción maravillosa que se llamó Lo que el viento se llevó, tuvo personajes en los que brilló con luz propia que trataremos de recordar en este pequeño post. 

Aunque su primera aparición cinematográfica data del año 1923 empezó a destacar y a llamar la atención en dos producciones de finales de los años treinta. De la mano de Capra en su película de lugar mítico, Horizontes perdidos (1937) y en una película extraña dentro de la filmografía de Ford, Huracán sobre la isla (1937) con los exóticos Jon Hall y Dorothy Lamour. 

El año 1939, el gran año de los clásicos en Hollywood, fue el año de su consagración, con cinco personajes memorables (y sigo con adjetivos exagerados, se merece esos y más). Por una parte, el doctor alcohólico al que le tiemblan las manos pero buena persona hasta al final que se convierte en uno de los viajeros de esa diligencia que dirigió magistralmente Ford. O el periodista cínico pero que termina creyendo en ese joven idealista con cara de Stewart que ve el congreso como un templo en esa encantadora fábula política que es  Caballero sin espada. Su amistad y divertido galanteo con una divertida y también cínica Jean Arthur regala momentos grandes. El piloto valeroso, amigo y desencantado que emprende un último viaje y regala los segundos más emotivos en Sólo los ángeles tienen alas de otro director grande, Hawks. Y, por último, ese padre bueno y amante de la tierra que termina perdiendo la cabeza, un O’Hara que no sobrevive al horror de la guerra y la caída de su mundo o también su actuación aclamada en Esmeralda, la zíngara. 

Con Ford volvería en los cuarenta en Hombres intrépidos y Capra le regalaría todavía más papeles míticos en esa joya que es Qué bello es vivir, 1946 o en una de sus últimas apariciones en cine, en Un gangster para un milagro en 1961. En las obras caprianas nadie olvida ese tío tierno del protagonista algo olvidadizo e inseguro o ese vividor y excéntrico que siempre lleva la risa en la boca. 

Son muchas las películas que ganan con su presencia. Hay dos joyas de Julien Duvivier que ofrecen al mejor Mitchell en estas curiosas películas de episodios: Seis destinos (1942) y Al margen de la vida (1943). En una millonario desengañado y cínico que descubre cómo su joven esposa, hermosa Hayworth le pone los cuernos con famoso actor, Charles Boyer. En la segunda pícaro adivino que lee las manos a un descreído Robinson y sin darse cuenta marcará su fatal destino. 

Otro personaje encantador en película del gran Ben Hecht donde interpreta a uno de los grandes perdedores que pueblan la historia que narra Ángeles sobre Broadway (1940). Escritor fracasado y alcohólico que, sin embargo, no pierde la esperanza de que ocurran pequeños milagros y que trata de buscar motivos para que otro perdedor como él no se suicide. También, aparece como malo malísimo y mejor personaje en esa obra inmortalizada por la campaña de publicidad que realizó su director, el millonario Howard Hughes a propósito de los atributos femeninos de su protagonista, la explosiva Jane Russell… hablo de El forajido (1943). 

Su rostro de imprescindible secundario hace brillar obras de Robert Siodmak (A través del espejo, 1946) o el maestro Lang (Mientras Nueva York duerme, 1956) o se convierten en inolvidables sus contribuciones a películas tan populares en su momento como Las llaves del reino (1944) o la siempre clásica Sólo ante el peligro (1952). 

¿Cómo puede haber caído en el olvido un grande entre los grandes? (última ristra de adjetivos alegremente usados para celebrar a Mitchell).

Diccionario cinematográfico (81)

Cinema Paradiso: local de cine en pequeña población italiana donde se encuentra el proyeccionista Alfredo y un niño que ama el cine, Totó. Su historia es la de muchos cines de pueblo que eran los sitios de ocio preferidos por niños y mayores, donde se podía soñar y olvidar los problemas de posguerra. Locales vivos donde la gente reía, lloraba o pateaba, donde se vivía el primer amor o donde se pasaba de la niñez a la adolescencia en dos patadas. 

En el cinema Paradiso hay varias personas imprescindibles. Alfredo, el proyeccionista, un hombre sabio. Totó, que sueña con seguir la profesión de la persona que más admira en el pueblo. El acomodador, dulce y sencillo, que vive momentos emocionantes. El empresario del cine, ocupado en las películas que tiene que ofrecer y en que en su cine haya todo tipo de comodidades. El cura y censor, personaje entrañable que se dedica a guardar la moral del pueblo en el que vive y corta una y otra vez todas las escenas en los que los protagonistas se besan. Y, sobre todo, los espectadores que llenan la sala con sus ganas de sentir y vivir otras vidas.  

El cinema Paradiso se encuentra en la plaza del pueblo, lugar privilegiado para el lugar de ocio por excelencia. En la plaza se encuentra cómo no el loco del pueblo, personaje entrañable que pregona a los cuatro vientos que la plaza es suya, obviamente el cinema Paradiso también. 

El cinema Paradiso vive todos los cambios habidos y por haber desde las películas inflamables que hacen que la profesión del proyeccionista sea un peligro hasta la consecución de aparatos más modernos y de películas que no se queman. En el cinema Paradiso se vive también la historia del cine desde una Silvana Mangano hasta una Bardot explosiva, de la comedia al melodrama, del neorrealismo al mundo de los sueños. 

En el cinema Paradiso hay también lugar para el drama. Alfredo, el proyeccionista, vive un incendio. La película, los fotogramas que ama, le arden en la cara y se queda ciego pero sigue sabio. Y Totó, Totó salva a su héroe. Le recoge entre las llamas y le devuelve la vida. 

Totó ama a Alfredo, ama al cine, ama el cinema Paradiso, ama el cuarto del proyeccionista, ama las imágenes, ama a su pueblo, ama a esa madre que trata día a día de sobrevivir y sacar a sus hijos adelantes porque la guerra le arrebató al marido, y ama a los vecinos, a todos los que forman parte de su pequeño mundo…, pero Alfredo, que es un hombre sabio y quiere a Totó como a un hijo, le dice que él puede llegar muy lejos que hay más vida, más allá del cinema Paradiso. 

Y Totó, tras desengaño amoroso, le hace caso. Totó se va. Desconecta de lo que tanto amo. Y se hace un hombre de mundo, un hombre que triunfa en el cine. Y al cabo de los años, en los ochenta, desaparece Alfredo y el cine Paradiso. Y a Totó le puede la nostalgia, realiza el regreso y recupera su pasado. Y Alfredo le deja algo que le había prometido desde niño. Y Totó recupera la sonrisa cuando en una sala de proyecciones, para él solo, puede ver cada uno de los besos censurados.

Empieza el espectáculo (All that Jazz, 1979) de Bob Fosse

Bye, bye, love. Bye, bye, life. La muerte es una mujer bella, fría y rubia vestida de blanco. Empieza el espectáculo. Y Joe Gideon, el coreógrafo y director de cine, habla tranquilo con la rubia de sonrisa etérea que le pregunta sobre su vida, sus sentimientos, su adorado trabajo, las mujeres a las que ama, los bailarines con los que se relaciona, la película que está montando…

A Joe Gideon (un Roy Scheider que se come la pantalla a pedazos, que se asoma y nos atrapa) la vida le sale a raudales por cada uno de los poros de su delgado cuerpo. Pero la consume tan rápido como cada uno de los cigarrillos que se fuma. Gideon vive el presente y está absolutamente absorbido por aquello que ama, la belleza de la coreografía bien hecha, de la película bien montada. Tan intenso, tan egoísta y a la vez tan tierno. Siempre lo deja claro, ama como puede y como sabe.

La muerte (una Jessica Lange que brilla como metáfora) siempre le acecha, con sonrisa bella, en forma de mujer…, él se siente atraído siempre por lo que considera bello. Todos los días de su vida trata de crear algo hermoso. Una coreografía, una imagen… La vida es espectáculo, y él no se puede permitir el tener una muerte anónima, triste…, desoladora. Y su mente crea y celebra la más increíble de las despedidas. El corazón le falla pero él sigue, y sigue, y sigue. Trabajando a ritmo agotador, fumando, bebiendo, tomando anfetaminas, reuniéndose con la gente que quiere, haciendo el amor con toda mujer que se le cruce por delante, y sintiéndose protegido entre las tres mujeres que sabe le aman sobre todas las cosas. Y él, a su manera, también las adora porque son las que hacen que no pierda más el norte o el sur, o la brújula loca que lleva en su interior.

Su ex esposa, su novia y su hija. Las tres siempre muy presente. Y él sabiendo que mete la pata una y otra vez. Y ellas…, siempre están ahí. Ya se lo dice, camino al quirófano para reparar su corazón roto: perdona el daño que te hice, perdona el daño que te haré. Y con su niña, siempre cómplice.

Y con sus bailarines el ritmo es agotador. Y una y otra vez repiten la coreografía que él trata que sea perfecta. Porque merece la pena. E intenta que sea el mejor trabajo que realicen. Y día a día, empieza el espectáculo. El colirio en ojos cansados, la anfetaminas que le permitan seguir el ritmo, la ducha reparadora, el cigarro detrás de otro cigarro. Y el amar y sentirse amado, o mejor dicho deseado.

Bob Fosse se convierte en un Joe Gideon que reflexiona sobre su propia muerte. Un corazón que falla, como le fallará a él, unos diez años después. Fosse habla de un creador con coreografías brillantes. De sus dudas y miedos. De sus sentimientos y manera de pensar. Giuseppe Rotunno regala una fotografía brillante donde se celebran los cuerpos y la danza. A Fosse siempre le gustó Fellini (no olvidemos que la primera película que dirigió fue un remake musical de Las noches de Cabiria) y Empieza el espectáculo es la historia orínica de un coreógrafo como Fellini 8 ½ es la reflexión de un director de cine que siente que se le agota su capacidad creativa.

Fosse creo el cine musical moderno y pasa al Olimpo de directores brillantes con tres películas que rozan la belleza. Un Cabaret con gotas incisivas de Lenny (una y otra vez recordada en el montaje cinematográfico en el que trabaja Gideon) y una despedida que invita a que siempre Empieza el espectáculo.Bye, bye, love. Bye, bye, life. Y a Joe Gideon le abren a corazón abierto, y Joe Gideon teme a la muerte aunque sea una mujer vestida de blanco con sonrisa perenne. Y Joe Gideon quiere una despedida a lo grande. Y Gideon sabe lo que hay detrás de bambalinas, y conoce que el espectáculo y el arte también es negocio. Y conoce los parámetros de un mundo duro y cruel… pero a la vez lo ama porque le permite crear aquellas cosas en las que cree.

Bye, bye, life. Y Joe Gideon se ha ido. Y la muerte no es bella. Pero él todo lo que siente o toca lo transforma. Y esa brujula loca que es su vida, le consigue una muerte creativa y una despedida. La mujer vestida de blanco, de sonrisa perenne, se quita el velo. Lo espera.