Thomas Mitchell

Con cara tierna o de malicioso e irónico, Thomas Mitchell fue un grandioso actor de reparto (y no me importa el uso de adjetivos superlativos y exagerados). Con personajes inolvidables y, por desgracia, olvidados. Cada una de sus recreaciones le reportan un trono en el Olimpo de los actores, Mitchell cuenta con filmografía gloriosa lleno de clásicos de los grandes. 

Bajo, más bien pequeño pero hombre recio, con risa peculiar, camaleónico, capaz de ser el más duro entre los duros, el borrachín más sabio, un pícaro con lengua afilada o ser encantador como buena persona. Este americano de origen irlandés, que empezó como periodista y escritor, y terminó subido a un escenario para no bajarse jamás de los jamases y triunfar en el escenario, en la pantalla cinematográfica y en el televisor, siempre estaba ahí para directores como Frank Capra y John Ford. Los dos confiaron en él y le dieron sus primeros éxitos. Thomas Mitchell grande y mítico. A veces tan sólo recordado por su papel de padre de Scarlata O’Hara en esa gran superproducción maravillosa que se llamó Lo que el viento se llevó, tuvo personajes en los que brilló con luz propia que trataremos de recordar en este pequeño post. 

Aunque su primera aparición cinematográfica data del año 1923 empezó a destacar y a llamar la atención en dos producciones de finales de los años treinta. De la mano de Capra en su película de lugar mítico, Horizontes perdidos (1937) y en una película extraña dentro de la filmografía de Ford, Huracán sobre la isla (1937) con los exóticos Jon Hall y Dorothy Lamour. 

El año 1939, el gran año de los clásicos en Hollywood, fue el año de su consagración, con cinco personajes memorables (y sigo con adjetivos exagerados, se merece esos y más). Por una parte, el doctor alcohólico al que le tiemblan las manos pero buena persona hasta al final que se convierte en uno de los viajeros de esa diligencia que dirigió magistralmente Ford. O el periodista cínico pero que termina creyendo en ese joven idealista con cara de Stewart que ve el congreso como un templo en esa encantadora fábula política que es  Caballero sin espada. Su amistad y divertido galanteo con una divertida y también cínica Jean Arthur regala momentos grandes. El piloto valeroso, amigo y desencantado que emprende un último viaje y regala los segundos más emotivos en Sólo los ángeles tienen alas de otro director grande, Hawks. Y, por último, ese padre bueno y amante de la tierra que termina perdiendo la cabeza, un O’Hara que no sobrevive al horror de la guerra y la caída de su mundo o también su actuación aclamada en Esmeralda, la zíngara. 

Con Ford volvería en los cuarenta en Hombres intrépidos y Capra le regalaría todavía más papeles míticos en esa joya que es Qué bello es vivir, 1946 o en una de sus últimas apariciones en cine, en Un gangster para un milagro en 1961. En las obras caprianas nadie olvida ese tío tierno del protagonista algo olvidadizo e inseguro o ese vividor y excéntrico que siempre lleva la risa en la boca. 

Son muchas las películas que ganan con su presencia. Hay dos joyas de Julien Duvivier que ofrecen al mejor Mitchell en estas curiosas películas de episodios: Seis destinos (1942) y Al margen de la vida (1943). En una millonario desengañado y cínico que descubre cómo su joven esposa, hermosa Hayworth le pone los cuernos con famoso actor, Charles Boyer. En la segunda pícaro adivino que lee las manos a un descreído Robinson y sin darse cuenta marcará su fatal destino. 

Otro personaje encantador en película del gran Ben Hecht donde interpreta a uno de los grandes perdedores que pueblan la historia que narra Ángeles sobre Broadway (1940). Escritor fracasado y alcohólico que, sin embargo, no pierde la esperanza de que ocurran pequeños milagros y que trata de buscar motivos para que otro perdedor como él no se suicide. También, aparece como malo malísimo y mejor personaje en esa obra inmortalizada por la campaña de publicidad que realizó su director, el millonario Howard Hughes a propósito de los atributos femeninos de su protagonista, la explosiva Jane Russell… hablo de El forajido (1943). 

Su rostro de imprescindible secundario hace brillar obras de Robert Siodmak (A través del espejo, 1946) o el maestro Lang (Mientras Nueva York duerme, 1956) o se convierten en inolvidables sus contribuciones a películas tan populares en su momento como Las llaves del reino (1944) o la siempre clásica Sólo ante el peligro (1952). 

¿Cómo puede haber caído en el olvido un grande entre los grandes? (última ristra de adjetivos alegremente usados para celebrar a Mitchell).

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