Las zapatillas rojas (The red shoes, 1948) de Michael Powell y Emeric Pressburger

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Nada más empezar sabemos que nos encontramos ante una obra especial, muy especial. Verla una primera vez se te queda en la retina. Disfrutarla una segunda vez es ya una experiencia inolvidable por lo menos para la que esto teclea. Powell y Pressburger unen sus talentos para una obra cinematográfica redonda desde el primer fotograma hasta el último. Ambos imprimían una sensibilidad especial a las historias que narraban. Como ya hicieran en Narciso negro emplean de manera virtuosa el technicolor, en manos del director de fotografía Jack Cardiff. De esta manera  una paleta especial de colores queda al servicio de unas historias extrañas pero envolventes. Las zapatillas rojas está muy libremente inspirado en el cuento de Hans Christian Andersen (pero se queda con la esencia y el simbolismo de las zapatillas rojas). Los directores nos zambullen de lleno en una compañía de ballet clásico, entre bambalinas.

Desde la primera secuencia ya sabemos que nos encontramos ante una historia que es narrada cinematográficamente. Y esa primera secuencia ya atrapa. Presenta al trío protagonista. Una puerta cerrada. Y unas escaleras. Dos hombres que no pueden contener la avalancha que se avecina. Y una voz que ordena que se abran. Jóvenes que corren por las escaleras y un cartel que explica que nos encontramos en las entrañas de un teatro donde se va representar un ballet. Son jóvenes estudiantes (futuros músicos, futuros bailarines) que van al gallinero del teatro para disfrutar de la representación. Y también hablan y discuten. Desde arriba lo observan todo. Los palcos, las butacas del patio, la orquesta y el escenario… Ahí se sienta el futuro y brillante compositor Julian Craster (Marius Goring) que sufrirá su primer desengaño en el mundo de la música. En un principio los alumnos felices miran con admiración el palco donde se encuentra su maestro de música y el distante y ambicioso Boris Lermontov (Anton Walbrook), director de la compañía de ballet. Y en otro palco se encuentra una rica mecenas con su sobrina que sueña con ser una bailarina de prestigio, Vicky Page (la pelirrojísima Norma Shearer),  que se encuentra ensimismada y emocionada con lo que está viendo en el escenario. Mientras, la mecenas trata de atraer a su terreno al palco de tan ilustres señores, quiere hacer una presentación oficial de su sobrina.

Las zapatillas rojas es el ballet que monta la compañía de Lermontov con dos incorporaciones nuevas (por distintos caminos y avatares): Vicky Page que tiene la oportunidad de convertirse en primera bailarina y Julian Craster que se va convirtiendo en un prestigioso compositor de obra propia. A ambos jóvenes les ha dado su mano y confianza Boris Lermontov. Y ese ballet además es representado durante un cuarto de hora de la película y es un prodigio no sólo de danza clásica sino de cine 100 por 100. Powell y Pressburger plasman este ballet en lenguaje cinematográfico, traspasan el escenario teatral y trasladan al espectador a un mundo onírico y alegre que termina siendo una pesadilla (como es el propio cuento de Andersen).

Si en el cuento de hadas las zapatillas rojas representaban un castigo divino ante la vanidad y la coquetería de Karen, su protagonista, en una sociedad religiosa y oscura (también podemos pensar que Karen trata de dar un poco de color y libertad a una vida oscura… y fracasa en la empresa); en la película de estos peculiares directores británicos las zapatillas rojas suponen la perfección y entrega total a la creación artística (a la música y a la danza) llevándose por delante todas las facetas de la vida (como, por ejemplo, el amor). Ésa es la filosofía del director de la compañía: la entrega completa a la obra artística sin obstáculo alguno. Y por eso se siente traicionado cuando ambos jóvenes se enamoran e inician un romance. Para él la entrega a la obra de arte ya no será la misma. Él quería las zapatillas rojas para su Vicky Page… cuando ésta se enamora, las zapatillas pierden a su única dueña. Aunque en realidad lo que simbolizan esas zapatillas es mucho más duro: la dama que quedará exhausta, dará su último suspiro. Pero las zapatillas encontrarán otra persona que las lleve. Habrá otra bailarina que se sacrificará tal y como quiere Lermontov, una entrega total.

Boris Lermontov dirige una gran familia artística donde se encuentra el compositor, el coreógrafo, el director artístico, los bailarines, los empresarios del teatro… Tiene mano dura y todo lo controla pero a la vez es el único que sabe mantener la calma entre bambalinas antes del estreno de una obra. Es el que confía plenamente en cada una de las personas que con su trabajo sacarán adelante la siguiente temporada. Es el que soluciona conflictos y problemas. Está presente en la selección de bailarines, en los ensayos, en cada una de las partes del proceso creativo… Sin embargo para él sólo hay una premisa: el espectáculo debe continuar a toda costa y para él el acto creativo es una religión, algo sagrado. Y por eso a sus primeras bailarinas (y a todos los que forman parte de ‘su’ familia) les pide que vivan únicamente para la danza y la música para que den todo en el escenario… No concibe combinar el arte con otra alternativa de vida.

Y como no lo concibe no deja que Vicky y Julian puedan alternar su amor con el arte. Los pone en un dilema. Y ésa será la gran tragedia de Vicky: quedarse con las zapatillas rojas y triunfar en los escenarios de todo el mundo o seguir a su enamorado Julian y vivir quizá en el anonimato sin alcanzar la excelencia en el arte que tanto disfruta…

Powell y Pressburger reflejan todo esto en secuencias de gran belleza con la ayuda de una dirección de fotografía que crea unos ambientes inolvidables. Así deslumbra esa pelirroja vestida de fiesta con una capa que sube corriendo unas escaleras de piedra con un hermoso fondo marino (y una banda sonora casi onírica con una voz lírica que parece que sale del cielo) para ir terminar en un aposento donde la anuncian que no va a una cita amorosa sino a convertirse en la primera bailarina de una obra todavía no escrita… O esos dos jóvenes enamorados que van al anochecer en una carroza con un cochero dormido… y van al lado del mar. Mientras, el joven le dice a su amada que desea ser mayor para contar a un joven entrevistador que el momento más feliz de su vida sabe que fue en algún lugar del Mediterráneo al lado de Vicky Page. También filman uno de los suicidios más hermosos y tristes del cine. No hay escena que no sea digna de ser mirada.

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Y durante toda la película quedan presentes esas zapatillas rojas… que pueden tener un montón de significados. La entrega total al arte, el sacrificio del amor, la persecución de la gloria y la fama, la consecución de la libertad creadora… pero también unas zapatillas que si se portan o se llevan supone un camino de dolor, sacrificio y muerte. Unas zapatillas rojas que pueden finalmente llenar ellas solas un escenario…

 Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Primavera tardía (Banshun, 1949)/El sabor del sake (Sanma no aji, 1962) de Yasujiro Ozu

… El hombre siempre se queda solo. Y Yasujiro Ozu nos los explica con dos escenas sencillas dentro de la complejidad que subyace en su fondo. En las dos, un hombre viudo (Chishu Ryu con un rostro que cuenta historias), después de haber casado a su hija, le espera la soledad por compañera. En una lo dice todo con el rostro y ese cuidado que pone en pelar lentamente una manzana mientras su cabeza se agacha. En la otra el tormento es más largo, llega después de haber bebido mucho, canta frente a la mesa ante otro vaso más. Después se pone en pie, ya ha constatado que está solo y lo dice a quien quiera escucharle (en este caso un hijo adolescente adormecido y molesto por la actitud del padre) y se va a oscuras por el pasillo, como pidiendo intimidad al espectador, a la cocina y le vemos al fondo como se sirve otro vaso… en soledad.

Entre Primavera tardía y El sabor del sake (su última película) han pasado algo más de diez años y Ozu ofrece pequeñas variaciones sobre un mismo tema entregando dos películas bellas sobre lo que significa el paso del tiempo, la vejez, la soledad… y otros muchos temas (como las relaciones entre padres e hijas) que van surgiendo de la placidez de sus imágenes y cuidadas composiciones. Y éste ha sido mi estreno en la filmografía prolífica de este director japonés. Y no podía haber sido más hermoso. Así que esto promete un visionado de más obra del director y por tanto una buena porción de descubrimientos.

Lo que más me ha gustado ha sido que frente la sencillez de sus propuestas y argumentos subyacen muchos temas complejos. En ambas un padre se ‘sacrifica’ por encontrar un buen esposo a su hija en edad de casarse pensando que es una forma de que pueda vivir su propia existencia. Y pensando que el que se quede a cuidarle, a la larga será una condena. Piensa que es mejor no obligarla a la soledad del padre y convertirla en una mujer solitaria, amargada y soltera. En El sabor del sake vemos el futuro de la joven de Primavera tardía si se hubiera quedado para siempre al cuidado de su padre, en la figura del viejo profesor al que llaman Calabaza absolutamente solo y en compañía de una hija amargada e igual de solitaria. Pero no todo es tan sencillo: ¿les espera a ambas hijas una vida mejor en un matrimonio concertado… en el que sale de la casa de un hombre para meterse en la casa de otro, su esposo? El negarse a seguir la tradición y preferir la felicidad ya conocida (que es cuidar al padre en una y en la otra al padre y el hermano adolescente) ¿no es un acto de rebeldía? Tanto el padre como la hija sucumben a las presiones sociales y familiares. Aquellos que les rodean  ‘obligan’ de alguna manera a poner fin a una cotidianeidad que les hace felices a ambos. Por otra parte las dos jóvenes protagonistas renuncian al amor por llegar demasiado tarde (los chicos que les gustan se han comprometido ya) y dan el paso de casarse con cierta incertidumbre y con dos hombres de los que no están enamoradas. En Primavera tardía, no obstante, la mejor amiga de la protagonista le da la posibilidad de otra vida si fracasa el matrimonio. Ella misma se casó y se divorció. Ahora vive sola, con su hijo y trabajando… y vive bien.

Las dos presentan además un Japón que se encuentra en una era de cambio después de la Segunda Guerra Mundial. Donde las tradiciones más ancestrales se unen a la modernidad y a la entrada de la mirada occidental. Y eso se ve en las vestimentas de los personajes o en los detalles de sus hogares o en el mobiliario urbano. Las dos películas son íntimas, de interiores, con diálogos sencillos donde se dice mucho más con una mirada, una sonrisa o un silencio.

Siempre se menciona la guerra como un momento duro, doloroso y se habla de la derrota no con odio sino con una especie de resignación e incluso con bastante sentido del humor (sobre todo en El sabor de sake y el encuentro del protagonista con un hombre con el que combatió que imagina cómo sería el mundo si ellos hubieran ganado… y deciden que mejor está tal cual). También se ven las diferencias generacionales entre los más jóvenes y los más mayores y el choque entre las tradiciones más antiguas y el paso a otras más nuevas. Y las nuevas formas de entender las relaciones que van cambiando así como la entrada de la vida moderna reflejada en los medios de transporte que agilizan la vida como el tren o los electrodomésticos en los hogares (la nevera, la plancha…).

Yasujiro Ozu apenas mueve la cámara y muchas de sus escenas, sobre todo en la intimidad del hogar, las vemos desde una perspectiva diferente, desde el tatami. Esto provoca una disposición diferente en los hogares o restaurantes, una manera distinta de acomodarse, donde las alturas son diferentes. Y por tanto no se mira igual… El director japonés cuida las composiciones de manera extrema y cuida el detalle creando imágenes de gran belleza. No realiza fundidos sino que muestra escenas de transición de plantas que se mueven por el viento, de chimeneas de las fábricas, de luces de neón o de naturalezas muertas. Ozu tiene su forma de mirar y contar, de narrar. Emplea también de manera especial la elipsis, en ninguna de las dos vemos cómo la hija conoce al pretendiente propuesto ni tampoco la boda.

Lo que sí nos regalan ambas es el último momento entre padre e hija. Cuando a éste le avisan de que ella ya está arreglada y preparada como novia, vestida a la manera tradicional. Y son dos escenas de infinita ternura, tristeza y melancolía… donde no sabemos realmente si los personajes serán realmente más felices al haber cedido a las presiones del entorno…

No es mala manera de empezar a conocer a Ozu con el visionado de esas dos películas. Una en blanco y negro con imágenes tan poderosas como dos bicicletas solitarias y la otra en un color cuidado y especial donde las líneas de las vías de un tren o de las puertas de una casa forman composiciones que relajan al espectador que plácido mira cómo la vida pasa, cambia y se transforma… con pequeñas pinceladas, pequeños matices. Y ahí esta siempre el rostro de Chishu Ryu de sonrisa dulce y melancolía innata.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

La calle de atrás (Back Street, 1961) de David Miller

La calle de atrás es uno de esos melodramas hollywoodienses que hacía llegar a sus espectadores a altos niveles de paroxismo. Durante los cincuenta y los sesenta uno de los productores con más olfato para el éxito fue Ross Hunter. Estas décadas tienen vida propia en esas películas de Hunter que han sabido crear una cierta mitología de esos años. Uno de sus protegidos fue Douglas Sirk. Pero fue artífice de otros melodramas y llevó al estrellato a varias damas. Hunter buceaba en películas del pasado que ya habían funcionado, buscaba una estrella femenina potente y creaba una historia truculenta a todo color. La película que hoy nos ocupa cuenta con un montón de posibilidades para analizar.

La premisa de Back Street es mostrar que ‘la otra’ es el personaje positivo, mientras que la esposa es el problema, el obstáculo, el conflicto… la arpía. Un argumento así ya ganaba muchos puntos en una sociedad puritana con ganas de escándalo. Escándalo en la pantalla blanca. Así ‘la otra’ era una de las trágicas más amadas: la pelirroja Susan Hayward. El galán era el guaperas oficial de los melodramas: John Gavin. Y la esposa arpía, una rubia hitchcockniana (y también una musa de John Ford), Vera Miles. Ross Hunter se busca un director-artesano, David Miller (que arrastra algún éxito a sus espaldas como Un grito en la niebla). Unos buenos vestuarios (las damas siempre perfectamente vestidas y peinadas… ‘la otra’ además es diseñadora de moda). Una banda sonora adecuada de Frank Skinner que acompañe los sentimientos acelerados de los protagonistas. Un director de fotografía con estilo, Stanley Cortez… y los pone en una buena historia que ya había funcionado en el pasado.

En realidad Back Street es la adaptación cinematográfica de una novela de Fannie Hurst, dama americana que escribió otras historias melodramáticas que se vieron en pantalla como Imitación a la vida o Humoresque. Pues bien Back Street ya había sido llevada otras dos veces al cine. Una en la etapa pre code, en las manos del rey de los melodramas primigenios, John M. Stahl. Supuso un éxito más de Irene Dunne y se llamó La usurpadora (1932). Pero en los cuarenta también tuvo su remake (más desconocido) con una pareja de lujo: Margaret Sullavan y Charles Boyer que actuaron juntos en Su vida íntima de Robert Stevenson.

Pues bien en los años sesenta sigue funcionando la fórmula porque existe ya una muy buena tradición del género y cuenta además esta versión con un final apoteósico con tres momentos clímax que no dejan respiro al espectador que termina llegando a la catarsis que siempre genera un buen melodrama. Primero un aparatoso accidente de coche en plena discusión matrimonial entre Vera Miles  y John Gavin que tiene ecos de Cara de ángel pero que será precursor de la famosa escena en el coche entre Kirk Douglas y Chyd Charise un año después en Dos semanas en otra ciudad. Segundo una escena en el hospital con persona gravemente enferma, un teléfono y un niño… No digo más. Y tercero una escena final de aceptación de ‘la otra’ y su absoluta redención. Toda la película te prepara para este tremendo final. Y para ello era necesario una gran trágica que contaba en esos momentos cuarenta y cuatro primaveras pero seguía haciendo como nadie de mujer sufridora y enamorada. Además estaba necesitada de un éxito, y Hunter era especialista en dar buenos papeles a grandes divas de la pantalla que sobrepasaban los cuarenta y hacer que jóvenes galanes del momento se enamoraran de ellas profundamente. Así su máxima estrella fue una madura Lana Turner. Sin olvidarnos de Jane Wymann o June Allyson.

Sin embargo, la gran sorpresa y revelación del film es la malvada esposa. Mala madre, peor esposa, hipócrita, infiel y alcohólica… una buenísima recreación de Vera Miles que no sólo está bella, elegante y sofisticada sino genial como mala de la función. Ella es la que no deja que los dos amantes alcancen la felicidad porque no otorga el divorcio al desgraciado de John Gavin. Él como siempre, galán hermoso y correcto.

La calle de atrás forma parte del canto de cisne del género porque ya se acercaban los años 60 y una nueva forma de hacer cine. No sólo nacerá a finales de la década el Nuevo Cine Americano sino que al llegar el final de la censura ya muchos temas no estarían prohibidos ni parecerían escandalosos. El público estaba cambiando (era más desencantado menos inocente) y quiere ver otras realidades reflejadas en pantalla además de ver las nuevas formas de concebir las relaciones personales. Las trágicas del melodrama estaban terminando su reinado…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons 

El tercer hombre (The third man, 1949) de Carol Reed

¿Qué convierte El tercer hombre en una película inolvidable?¿Qué es lo que hace que siga hipnotizando a nuevos espectadores? ¿Es posible escribir algo original sobre ella? A todas estas preguntas trataré de darles unas respuestas a lo largo de este post. De lo que no hay duda es que es un gozo volver a ponerse frente a la pantalla y dejarse llevar por la cítara de Anton Karas (sin miedo a que esto se convierta en un tópico) y ‘mirar’ El tercer hombre.

Así Graham Greene (convertido en guionista) nos seduce con un atractivo triángulo formado por un escritor norteamericano de novelas del Oeste, Holly Martins; por su mejor amigo, Harry Lime, que ‘prospera’ en la Viena de la posguerra y por Anna, una actriz checoslovaca que trata de sobrevivir y que vivió un intenso romance con Harry.

Los tres pululan en un universo especial, en una Viena destruida por la guerra donde los ciudadanos tratan de recuperar su cotidianeidad a pesar de estar dividida en zonas ocupadas por los aliados (franceses, británicos, rusos y norteamericanos). Una Viena que tiene una vida propia que intenta resurgir de las cenizas y donde la ambigüedad moral impera por sus callejuelas, locales, casas y alcantarillas… O en los rostros de sus habitantes.

Carol Reed se deja seducir por el expresionismo alemán y emplea las sombras, los planos y contraplanos, los rostros de sus secundarios, las localizaciones (como las callejuelas vienesas, los locales nocturnos, los apartamentos y las alcantarillas) para distorsionarlos y crear una realidad deformada que representa a la perfección cómo se encontraban los ánimos después del final de una guerra horrible. Pero también toma elementos del mejor cine negro tanto en la psicología de los personajes principales (el perdedor desde el primer fotograma, ese inolvidable Holly Martins) como en la importancia de una atmósfera de ambigüedad moral y desencanto así como en el reflejo de un romanticismo trágico.

Por otra parte Graham Greene empapa toda esta historia oscura con unos evidentes ramalazos de comedia negra que se dejan caer a lo largo del metraje dando un toque especial. El vendedor de globos intentando vender su mercancía a unos policías ocultos en las sombras, la fallida conferencia de Holly Martins sobre ‘alta’ literatura, algunos personajes secundarios que rozan el esperpento, el ‘dulce’ niño que denuncia a un inocente como presunto asesino…

La trama comienza de manera fuerte: Holly Martins (inolvidable Joseph Cotten) acude a Viena tras una llamada de su amigo Harry Lime (enigmático Orson Welles) que le ofrece un trabajo. Cuando llega se entera de que su mejor amigo acaba de ser atropellado accidentalmente y ha muerto. Acude al cementerio para despedirse del amigo y ahí ve por primera vez a Anna (ambigua Alida Valli) pero también a un policía británico, Calloway (eficaz Trevor Howard), que investiga a Lime al que acusa de estar inmiscuido en asuntos turbios y por otra parte el único que echará una mano a un solitario Holly. El escritor en un primer momento no cree las acusaciones de Calloway y  decide por ello investigar la muerte del amigo y limpiar su nombre… Y empieza un thriller enigmático que lo que nos cuenta finalmente es una triste historia de amistad condenada y un  amor imposible.

Uno de los sambenitos (pero que también la han hecho popular) que ha arrastrado El tercer hombre es que Carol Reed no fue el director total de esta obra sino que ahí estaba la mano larga de Orson Welles y que toda la escena de la persecución en el alcantarillado vienés se debía a su dirección y saber hacer. Sin embargo, a parte de los testimonios que ofrece el propio Welles en los que dice que él no ejerció de director, sí podemos ver en una obra anterior del realizador británico, la estupenda Larga es la noche, que Reed pudo ser perfectamente el único director de El tercer hombre. En Larga es la noche cuenta la persecución nocturna de un terrorista del IRA y nos encontramos en esas persecuciones a través de callejones ‘aires’ que nos recuerdan a escenas que veremos después en El tercer hombre.

Lo que sí hizo suyo Orson Welles fue al personaje de Harry Lime que incluso antes de aparecer ‘se come’ la historia a dentelladas (su presencia es siempre evidente) y cuenta con una de las apariciones más increíbles de un personaje (ese gato que le sigue y se restriega en sus pies, ese callejón oscuro y un portal sin luz, esa luz que se enciende de pronto en medio de la noche, y el rostro iluminado de Harry Lime). Cuando ves la película por primera vez el impacto es igual al que sufrimos con la aparición de Gene Tierney en Laura (puro cine negro), otro personaje siempre presente incluso en su ausencia. Así no le dotó solamente de una presencia hipnotizadora sino que le regaló un gran monólogo mil veces repetido (“en Italia, en treinta años de dominación de los Borgia hubo guerras, terror, sangre y muerte, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza hubo amor y fraternidad, quinientos años de democracia y paz y… ¿qué tenemos? El reloj de cuco”), se dejó perseguir por las alcantarillas, dejó ver unas manos desesperadas que quieren salir al asfalto a través de una rejilla y protagonizó una muerte que suplica con los ojos.

Otro de sus puntos fuertes es la historia de amor imposible entre Anna y Holly Martins. Éste último sabe que nada puede hacer pero siempre lo intenta, protagoniza una triste declaración de amor sumido en el alcohol donde le confiesa a Anna que la ama. Los dos saben que nunca estarán juntos. Desde el principio no dan ninguna oportunidad a su historia, la sombra de Harry es alargada. Uno de los motivos por los que Holly se plantea traicionar al amigo, no es sólo lo que descubre de él, sino el poder salvar a Anna de su compleja situación. Pero ella se deja llevar por una fidelidad absoluta hacia Harry, le comprende ciegamente y está eternamente agradecida porque iluminó sus momentos oscuros y le arregló los papeles… Le quiere con su ambigüedad moral y su complejidad y por eso sólo vive la ‘actitud’ de Holly como una sucia traición.

Él la ve por primera vez en el cementerio. Y ella no repara en el rostro del fracasado escritor de novelas del Oeste. Y su historia termina en ese mismo cementerio cuando ella le ignora en ese plano fijo maravilloso donde pasa de largo con la cítara de fondo… Y Holly no hace nada más que tirar su cigarrillo. Su amor estaba ya muerto desde el principio… Y esta escena se queda para siempre en la retina de cualquier espectador que la vea por primera vez.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons 

Las evocaciones del paciente inglés

A todos los que vemos películas.

Porque tenemos infinitos años nuevos.

Vivimos infinitas historias…

Además de celebrar nuestros años nuevos, además de vivir nuestras vidas…

Hay películas que son evocación pura… Retazos de recuerdos. Imágenes en la retina. Diálogos en la memoria. El paciente inglés (The english patient, 1996) de Anthony Minghella es una de ellas. Y es la película que he elegido para mirar este último día del año. Y otra vez me he ido a ese desierto que posee una montaña con forma de espalda de mujer. Y otra vez he sentido las emociones y sensaciones entre la enfermera Hanna y el sij Kip. Entre Katherine y el conde Almasy. La sensualidad.

Y otra vez he evocado…

Tu escotadura suprasternal me pertenece.

El bósforo de Almasy.

…Y Katherine cuando apenas le quedan ya fuerzas escribe en la Cueva de los Nadadores palabras al amado, al conde Almasy, que ha prometido que irá a buscarla. Que no la dejará morir allí.

“Lo quiero todo marcado en mi cuerpo.

Somos los auténticos países. No las fronteras en los mapas con epónimos de poderosos.

Sé que me sacarás al Palacio de los Vientos.

Eso es todo cuanto he deseado recorrer un lugar así contigo… con amigos.

Una tierra sin mapas”.

Lo quiero todo marcado en mi cuerpo… mientras el conde Almasy susurra en mi oído los distintos vientos… Y me asegura que no debo tener miedo…

Mientras en otro tiempo, cuando el paciente inglés se está muriendo lentamente entre recuerdos, surge otro tipo de amor entre Hanna y Kip (el personaje más complejo y más hermoso en la novela de Michael Ondaatje). En esa casa de la campiña italiana se han reunido personas que se debaten entre la vida y la muerte. Entre Eros y Tanatos… Y ahí intensamente se unen los cuerpos de la enfermera y el sij. Y desnudos en una cama ella le pregunta:

“Si una noche no viniera, ¿qué harías?”.

El sij contesta: “Intentaría no esperarte”.

… Hanna insiste: “Sí pero ¿y si se hiciera tarde y no hubiera venido?».

Kip serio vuelve a hablar: “Pensaría que hay una razón”.

La enfermera, mientras acaricia su pelo, parece que no se queda satisfecha con esas palabras:

“¿No irías a buscarme? Eso hace que no desee volver. Pero me digo: se pasa el día buscando. De noche, quiere ser encontrado”.

Entonces Kip se da la vuelta, la mira, y dice sonriendo:

“Sí, quiero que me encuentres. Quiero ser encontrado”.

Y así nos pasamos los días encontrando personas… que se cruzan en nuestros caminos. Queremos ser encontrados… y a veces retenidos.

Al conde Almasy no le gusta la propiedad… hasta que un día encuentra y recorre el omoplato de Katherine… Y entonces ve ese hueco en el cuello de la amada. Un hueco que puede recorrer, donde puede también beber el sudor de su cuerpo… y entonces lo bautiza como el Bósforo de Almasy.

Mientras Kip y Hanna visitan una antigua iglesia y vuelan entre las viejas pinturas… y quedan para siempre en ese lugar… Saben que es suyo. Allí el tiempo no pasa.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons 

Ya no creo en el amor (La paura, 1954) de Roberto Rossellini

Crónica de una historia de amor terminada. Se acabó el amor. Rossellini regaló a Ingrid Bergman el retrato de cuatro mujeres a cada cual más insatisfecha. No eran las heroínas que imaginábamos para una historia de amor que se gestó entre actriz y director. Así esa historia de amor empezó en la sala de un cine cuando la actriz sueca, que había triunfado en Hollywood y era la actriz mimada y amada, se quedó ensimisma con Roma ciudad abierta… Siguió con una carta de esa misma actriz al director en la que escribía que sólo sabía decir en italiano Ti amo… Continuó con uno de los mayores escándalos que se produjeron en los cimientos de un Hollywood mojigato cuando la superestrella dejó una carrera de éxitos para inmiscuirse en el cine de autor, un cine independiente, cuna de la modernidad cinematográfica… Y fue, sin embargo, siempre reflejado en una especie de radiografía del desamor… en cuatro historias donde las heroínas estaban encerradas en jaulas emocionales, eternamente insatisfechas.

Esa actriz que llegó del frío se sumergió en el cine más independiente y se convirtió en la musa triste de Rossellini… Es curioso que una vez que terminó su historia con el director italiano (y que dejó de rodar con él) y antes de entrar de nuevo a Hollywood, se pasó por Francia para protagonizar una película a todo color, vital y alegre donde sonrió a sus anchas, Elena y los hombres. Es como si la actriz se liberara de la tristeza y las insatisfacciones que arrastraron sus heroínas en Italia. Primero fue Stromboli, después Europa 51, para más tarde desembocar en Te querré siempre y Ya no creo en el amor (La paura), la película que nos ocupa.

Nunca había visto Ya no creo en el amor y lo que más me ha llamado la atención es que parece una película inacabada. Termina de manera abrupta, seca. Inesperada. Pero sin embargo logra trasladar al espectador el desasosiego de su heroína principal, de esa Irene desesperada y devorada por la culpa y la mentira. Ese miedo que siente a ser descubierta y que la hace caer en el chantaje y el estrés. Rossellini llega a jugar muy bien con el suspense. Es de esas películas de las que se realizaron más de una versión (no sé si por problemas de distribución en determinados países o por cuestiones del director-autor)… por lo que sí deja una sensación de historia no concluida.

Como base de su historia Rossellini parte de unas raíces literarias, un relato corto de Stefan Zweig que se titula Miedo… y también sigue ‘reconstruyendo’ esa Alemania de después de la guerra. Una Alemania que le hizo vomitar la impresionante Alemania, año cero y que continúa con Ya no creo en el amor. Dos retratos pesimistas donde pululan personajes rotos emocionalmente.

La Irene de Ingrid Bergman es una mujer que se confiesa ante el espectador (una voz que funciona al iniciar este ‘relato cinematográfico’ pero que después va perdiendo fuerza). Confiesa su miedo. Irene es una directiva de una gran empresa farmacéutica, una mujer de éxito, su marido trabaja en los laboratorios… Nos esboza un pasado cercano complicado —se entiende que por la guerra— donde se ha sentido muy sola. Tiene dos hijos que viven retirados en el campo. Su miedo es porque aparentemente ha recuperado su estabilidad familiar (que no emocional) y quiere dejar una relación que había empezado con otro hombre, Enrico… su amante. Todo se va complicando en exceso cuando aparece en escena una ex de Enrico que chantajea a Irene continuamente exigiéndola dinero porque si no lo hace se lo dirá a su esposo.

Lo más conseguido de Ya no creo en el amor es precisamente ese estado de inquietud que vive la protagonista hasta que la historia da un giro inesperado (e interesante pero muy poco desarrollado ya que Rossellini decide cortar la película de manera abrupta… y con una decisión firme de la protagonista de no creer en el amor de pareja para centrarse en otro tipo de amor… Deja también la ciudad y se aisla junto a sus hijos en el campo). Así, con este giro final, queda absolutamente desdibujado un personaje que se va volviendo más y más inquietante según avanza la historia… el esposo de Irene (Matias Wieman). Un hombre que va desvelando una parte oscura muy fuerte y que influye como luz de gas en su esposa Irene.

El estado mental del personaje principal no es sólo por la interpretación de Bergman que es muy buena sino también por decisiones de puesta en escena de Rossellini que sabe cómo rodar la angustia. Así contrastan las imágenes de una ciudad oscura (callejones, casa del amante, local donde queda con la chantajista, pasillos largos, impersonales e inquietantes en la fábrica, su casa en la ciudad con una escalera y puertas que encierran secretos…) con la luminosidad del campo, único lugar donde nos encontramos con una Irene algo más relajada. También son excelentes las escenas en la fábrica farmacéutica y en los laboratorios donde se produce la mejor escena de Bergman en un momento de desesperación en el que piensa terminar con su vida. A lo largo de toda la película la protagonista se siente como una cobaya a la que inoculan venenos (sentimientos y emociones) que la van matando poco a poco… y siente que tiene que encontrar un antídoto contra su angustia e insatisfacción (… el antídoto lo encuentra de una manera tan abrupta que corta todo el tono de esta película oscura).

Ya no creo en el amor cuenta con buenos momentos como esas conversaciones de pareja en las que vemos la presencia del desamor. No faltan escenas en un coche (como ocurre en Te querré siempre) donde el matrimonio habla… Quizá de todas las películas que rodaron juntos Bergman y Rossellini, esta película sea la que menos me ha llegado pero esconde múltiples asuntos para el análisis y se reconoce en cada fotograma el estilo de Rossellini y su innovación a la hora de rodar cine. Es un cronista del desamor cotidiano entre parejas. Cronista de la insatisfacción.

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Navidades en julio (Christmas in july, 1940) de Preston Sturges

… Antes de escribir unas palabras de esta maravillosa película de Preston Sturges, Hildy Johnson da un pequeño aviso: voy a estar ausente de este amado blog durante unos quince días… pero sólo por causas buenas. Un pequeño paréntesis para estar al lado de gente que quiero mucho pero que están lejos, muy lejos y me ha surgido la oportunidad de pasar horas y horas y horas junto a ellos… Volveré con fuerzas renovadas con muchas ganas de escribir, compartir, reflexionar y comentar… en este lugar que no viene en los mapas, pero es un lugar de encuentro.

Enfrentarse a una película de Preston Sturges siempre es una situación placentera. Como director y como guionista nos dejó un valioso y breve legado. Y descubrirle en cada película se convierte en un pequeño lujo. Ahora le llegó el turno a su segunda película como director (y guionista), Navidades en julio y muy recomendable para verla en estas fechas y en estos momentos. El poder disfrutarla me ha hecho plantearme una tarde de lujo con el visionado de tres películas que hablan de lo mismo: … Y el mundo marcha (The Crowd) de King Vidor, la que ahora nos ocupa y El apartamento de Billy Wilder. Aseguro una tarde plagada de emociones pero también de reflexiones profundas sobre el mundo que habitamos. Las tres nos harán vivir momentos amargos, pero también dibujarán una sonrisa en el rostro… porque son como la vida misma… con tragedia y comedia a la vez. Y quizá la que ‘parece’ más ligera de todas sea Navidades en julio pero escarbando un poco descubrimos que no es así…

Además esta película ya nos descubre a un Sturges que no sólo es un buen guionista sino que sabe contar a través de la cámara, con un buen uso del lenguaje cinematográfico. Que escribe con la imagen y nos deja fotogramas para el recuerdo, que filma y hace volar al espectador. Y, otro punto interesantísimo con el que cuentan estas comedias (y las de Lubitchs, La Cava, Leisen, Capra, Cukor, Hawks…): unos personajes secundarios que aunque sólo aparezcan en una escena tienes ya toda su historia…

Preston Sturges sin contar todavía, como director, con la absoluta confianza del estudio (Paramount) en sus dos primeras películas no obtuvo ni un presupuesto desorbitado ni estrellas (pero sí consiguió una rutilante galería de buenos secundarios)… así la pareja protagonista de Navidades en julio da una cierta autenticidad a la historia porque no eran grandes estrellas del firmamento cinematográfico sino actores con rostros de ciudadanos normales y corrientes que tratan de sobrevivir en el día a día. Jimmy y Betty tienen el rostro de Dick Powell (que en los años 30 había conseguido mucha popularidad en los primeros musicales como Calle 42) y Ellen Drew (que nunca consiguió el estatus de estrella). Jimmy y Betty son unos jóvenes novios que viven en un barrio humilde con lo justo, que sus padres son trabajadores humildes como ellos, y que sueñan con prosperar un poco en la vida, con destacar por encima de la multitud… están enamorados y tienen sueños, muchos sueños de una vida mejor. Ahora esperan ilusionados el resultado de un concurso al que se ha presentado Jimmy: encontrar un slogan para una importante marca de café… Y mientras tanto su día a día transcurre en una oficina de la compañía cafetera de la competencia, entre un montón de compañeros… en una interminable fila de mesas. Una broma de tres compañeros que mandan un telegrama falso… les hará creer durante unas horas que sus sueños se han hecho realidad… y llevarán a su humilde barrio unas Navidades en pleno julio…

Aparentemente Sturges realiza una comedia ligera pero sin embargo ofrece una reflexión seria sobre cómo las oportunidades del ‘sueño americano’ sólo les llega a unos pocos (no están al alcance de todos) y realiza una crítica mordaz al sistema capitalista que lo sustenta (advirtiendo sobre su cara oscura y que alimenta las desigualdades). Como otros directores de la época Sturges sí que apuesta por la vida en comunidad y por la solidaridad entre vecinos y compañeros para que el día a día sea menos duro…, por eso, al final de Navidades en julio queda una sonrisa. El jefe de la sala donde trabaja Jimmy también le dice una cosa al protagonista: está bien soñar y aspirar a lo más alto pero también hay que saber vivir con el fracaso y pensar que aunque la oportunidad soñada no llegue la vida tal y como viene también puede ser un éxito si se admite esa posibilidad de fracaso… (y yo me pregunto ¿es triste o alegre esta afirmación? ¿Veis cómo Sturges no es tan ligero?).

Preston Sturges empieza Navidades en julio de una manera portentosa… sus protagonistas están en el ático de un edificio con una radio esperando el resultado del concurso. Ahí en una noche estrellada y esperando ilusionados el resultado, sueñan, dicen en alto sus aspiraciones, discuten y finalmente se aman… El arranque no podría ser mejor. Soñar en las alturas. Por supuesto entre medias sentimos que se encuentran en un barrio vivo con muchos vecinos y también lo que va a hacer posible la broma de mal gusto de los compañeros de trabajo: el resultado no se emite por la radio esa noche porque el jurado no ha llegado a un veredicto…

Navidades en julio tiene un momento genial que es cuando los jóvenes novios llegan a su barrio humilde repletos de regalos para todos los vecinos y la calle se convierte en una fiesta… En ese momento llega la interrupción del sueño, los empresarios quieren arrebatar esa ilusión conseguida (por un malentendido y una broma pesada de unos arrepentidos compañeros de trabajo)… y todo el barrio se rebela (hay una pequeña victoria contra aquellos que ponen difícil el que todo el mundo tenga una oportunidad de prosperidad) porque se unen para que continúen esas Navidades en pleno mes de julio.

… Preston Sturges como siempre dando buenas sorpresas…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

La sombra del diablo (The Devil’s Own, 1997) de Alan J. Pakula

Alan J. Pakula no sabía que La sombra del diablo iba a ser su última película. Tenía 70 años y seguía activo en el mundo del cine pero un fatal accidente de tráfico convirtió  esta obra en su testamento cinematográfico. Recuerdo que en el momento de su estreno fue un fracaso de público y crítica y, por otra parte, se valoró u ocupó más páginas el ‘enfrentamiento creativo y de egos’ entre sus dos protagonistas que parece ser no se llevaron nada bien durante el rodaje: Harrison Ford y Brad Pitt. Sin embargo yo fui a verla a la sala de cine en el momento de su estreno y no sólo me gustó mucho sino que me pareció muy acorde con la trayectoria de Pakula como director. De hecho las veces que la he pillado por la televisión la he visto, cuando salió en vhs la coloqué en mi colección de películas y en estos momentos también tengo mi correspondiente dvd. Así que ahora que la acabo de ver de nuevo recientemente voy a tratar de explicarme y sugerir aquellos puntos clave por los que me parece una buena película que permite un interesante análisis.

La sombra del diablo me parece un buen thriller con un sentido del ritmo que dosifica la tensión, la intensidad y el suspense. Además es un thriller con momentos intimistas que van enriqueciendo tanto la trama como las decisiones y acciones que tienen que ir tomando sus protagonistas. Como era habitual en Pakula toma un tema complejo y conflictivo para desarrollar el argumento. Esta vez indaga en el conflicto irlandés y el terrorismo. Su protagonista es Francis Austin McGuire (Brad Pitt), miembro del IRA, que después de salir indemne de un operativo montado para eliminarle, el jefe de su comando decide enviarlo a Nueva York para que adquiera más armamento. Allí sus contactos irlandeses (un respetado miembro de la Justicia) le proporcionan un hogar: el sótano en casa de una familia de origen irlandés cuyo padre de familia, Tom O’Meara (Harrison Ford), es un policía veterano en Nueva York. Entre ambos surgirá una intensa relación y dos formas de entender la vida y la violencia (dos maneras de entender el conflicto). Frankie (que se hace llamar Rory) lo mira desde la perspectiva de un irlandés que está conviviendo continuamente con la violencia en su piel, desde que era un niño. Tom O’Meara tiene la visión de un hombre que ha vivido durante años fuera del corazón del conflicto (y sin embargo cada día se enfrenta también a todo tipo de violencia debido a su profesión) y que cree que la violencia no es el camino para la resolución del conflicto. Sus miradas diferentes las resume a la perfección el joven Rory cuando en dos momentos clave de la película le recuerda al veterano policía que lo que esta ocurriendo no es una historia americana, sino una historia irlandesa…

Los ojos de Pakula creo que son los de Tom O’Meara… aquel que se acerca con respeto a un conflicto que no llega a entender del todo (o que lo ‘observa’ como testigo) pero que cree firmemente que hay otro camino distinto para conseguir la resolución del problema, y que ese camino no es la violencia aunque ésta diariamente se empeñe en resurgir una y otra vez de mil maneras diferentes… Al final La sombra del diablo es un estudio sobre la violencia instalada en el seno de las sociedades y la mella que hace en los ciudadanos (la violencia sólo genera más violencia). Por eso la película crea situaciones que hacen reflexionar al personaje encarnado por Harrison Ford cuando dos de las personas que más le importan en el momento que transcurre la película (su compañero de fatigas —Ruben Blades— y el nuevo inquilino con el que establece pronto fuertes lazos como los de un padre y un hijo) le ponen en una encrucijada moral precisamente por temas relativos a la violencia. Por eso es importante ese momento festivo en el que Tom se quiere fotografiar con los dos amigos donde se muestra su cariño y lealtad hacia ambos personajes antes de que surjan los conflictos… y cómo intenta seguir siendo un hombre bueno, coherente y justo. Y cómo porque quiere a ambos le resulta difícil encontrar la decisión o forma de actuar adecuada.

La dificultad de encontrar una solución y un acercamiento entre las partes en el largo conflicto irlandés queda totalmente reflejada en la conversación que mantiene el joven terrorista con uno de sus contactos irlandeses en Nueva York, una joven, hermana de otro miembro del IRA ya fallecido. Él habla de que  “claro que hay culpabilidad” y añade que “todo el mundo tiene sus fantasmas” para terminar diciendo que en ese conflicto y con el paso de los años “nadie es inocente”. La película refleja cómo pasan los años y como la virulencia y la incapacidad de diálogo (sólo la violencia como salida por ambas partes del conflicto) merman la capacidad de una posible tregua de paz. De hecho la película empieza en 1972 en una ruptura de paz (donde vemos como Frankie convive desde niño, con la brutal muerte de su padre, con una violencia endémica), de tregua, y continúa en 1992 cuando la imposibilidad de unas bases sólidas para trabajar hacia la paz continua con la ola de violencia… Tom O’Meara no está de acuerdo con que Rory esté comprando armamento para llevarlo de vuelta a Irlanda (ni con su historial terrorista) pero también se posiciona respecto a la forma de actuar del Gobierno británico (sus agentes encuentran colaboración en el FBI). Tom no aprueba que directamente ‘eliminen’ a Frankie/Rory, sin ni siquiera detenerle y juzgarle por los cauces democráticos y judiciales.

Pero la visión de La sombra del diablo sigue siendo interesante cuando nos centramos también en el personaje encarnado por Brad Pitt (Frankie/Rory), un chico duro a base de vivir desde siempre con la violencia en sus carnes cuando también es consciente de que en su vida no hay paréntesis posible. Cuando descubre que siempre vive en una espiral de violencia. Cuando descubre que aunque se aleje de su Irlanda natal, la violencia sigue incrustada en todas las partes del mundo y en Nueva York se cruza con una violencia salvaje que rodea también la ciudad. Allí se la encuentra con un hombre de negocios (Treat Williams) que se maneja en el mercado negro y que no tiene ningún miramiento para ser absolutamente exacerbado y violento en sus métodos para conseguir sus fines (el dinero de su negocio). Ahí Rory es consciente de que le es imposible huir de la violencia y fracasa en proteger a esa familia que le ha hecho sentir nostalgia sobre lo que es pertenecer a un núcleo familiar…, fracasa en sentir que es posible ‘sentir normalidad’, querer a las personas cercanas, tener la oportunidad de establecer una relación con una joven o poder disfrutar de veladas tranquilas y sin sobresaltos con sus amigos… Así que determina (después de una cadena de actos violentos en los que trata de deshacer los nudos imposibles de una madeja) regresar a la violencia que conoce pero que sabe que es también un callejón sin salida posible, sin esperanza alguna…

Así que La sombra del diablo teje una interesante trama que permite recovecos y reflexiones. La película me emociona sorprendentemente en los lazos que se establecen entre el policía y el joven terrorista donde ambos protagonizan varios diálogos que denotan la dificultad del conflicto y de su relación y sin embargo reflejan que el acercamiento es posible y que ambos terminan entendiéndose (respetándose y queriéndose) aunque no tienen oportunidad alguna de desarrollar esa relación que podría quizá haber abierto una puerta o haber permitido un mínimo rayo de luz.

Para terminar La sombra del diablo deja dos apuntes interesantes para su desarrollo: la relación e influencia irlandesa en el cine americano y las distintas maneras de reflejar al terrorista y el terrorismo en una pantalla de cine (éste es un estudio complejo y profundamente interesante…). Por ejemplo, el conflicto irlandés puede ‘contarse’ a través de la sala de cine desde distintas miradas y puntos de vista: desde los tiempos de El delator, El hombre tranquilo pasando por Carol Reed y la maravillosa Larga es la noche, aterrizando en En el nombre del padre, En el nombre del hijo, The boxer o El viento que agita la cebada.

Por todos estos aspectos creo que la última película de Pakula (perfectamente articulada y construida), La sombra del diablo, merece la pena ser vista y analizada de nuevo…

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El festín de Babette (Babettes gæstebud, 1987) de Gabriel Axel

No éramos muchos en la sala pero hubo un sentimiento unánime de risas, suspiros y un estado de tranquila felicidad mientras ante nuestros ojos nos contaban una historia que transcurría en una remota aldea danesa a finales del siglo XIX. El festín de Babette es una perfecta adaptación cinematográfica del relato de Isak Dinesen (que todo el mundo relaciona con Karen Blixen y sus Memorias de África, libro de carácter autobiográfico y también con una versión cinematográfica absolutamente alejada de las palabras escritas) y su nuevo visionado (es un bienvenido reestreno) me hace que asocie las sensaciones que siento ante esta película con otras dos memorables incursiones cinematográficas al mundo del relato. Así esa unión sagrada de los placeres de la vida (el arte, la sensualidad, la reunión y los ritos que conlleva, las celebraciones, las relaciones personales…) con lo trascendental y espiritual me viene a la cabeza cuando visiono  otras dos películas: Los muertos (curiosamente también de 1987) de John Huston que lleva a la pantalla a la perfección el cuento del mismo título de James Joyce y, por otra parte, me voy con Max Ophüls que en El placer (1952) adaptó tres cuentos de Guy de Maupassant, el fragmento central lo ocupa una magnífica adaptación cinematográfica del cuento La casa Tellier (1881).  Deparo buenos momentos ante la lectura de estos tres relatos y después disfrutando de sus adaptaciones cinematográficas. Unión entre lo más mundano y placentero con un sentido de la trascendencia que promete una tranquila catarsis en el lector o espectador.

El festín de Babette te sumerge en una historia delicada e intimista a través de una voz en off femenina que te va guiando hasta desaparecer para que tome un total protagonismo el anunciado festín y las reacciones que provoca en cada uno de los comensales. Los paisajes en esa aldea perdida, el mar, el frío, el cielo lleno de estrellas, el ambiente austero y silencioso de sus habitantes, la luz natural… envuelven todo en un abanico de placenteras sensaciones. Y nos arrastra a la historia de dos hermanas, hijas de un pastor, que son su mano derecha e izquierda y deciden dedicar su vida tranquila a buenos actos con sus vecinos, a un amor trascendente sin vivir un amor pasional y terrenal. Sin embargo hay dos momentos en que dichas hermanas se podían haber entregado a la pasión terrenal. Martine con un oficial Lorens Loewenhielm y Philippa con Achille Papin, un cantante de ópera francés. Los dos encuentros marcan profundamente a estos hombres y suponen un nuevo camino y sentido de la vida. Años más tarde ambos vuelven a aparecer de distintas maneras en la aldea perdida danesa donde viven las hermanas y los cada vez más ancianos seguidores del pastor fallecido, alterando sus austeras y tranquilas existencias…

Achille Papin regresa en forma de carta en manos de una misteriosa mujer, Babette, que pide el auxilio de las hermanas para tener un techo y quedar a su servicio. Tan sólo sabemos por la carta de Papin que huye de París durante el periodo de la Comuna que fue duramente reprimida, que se ha quedado sola sin su esposo e hijo que han fallecido y que sabe cocinar. A partir de ese momento Babette silenciosa se hace imprescindible facilitando la vida de toda la aldea y dando una nota austera pero ‘exótica’ a la vez. Su único punto de unión con París es un billete de lotería que compra todos los años a través de un amigo… y que un día en forma de carta se le informa de que le ha tocado. A partir de ese momento las hermanas están seguras de que Babette se irá de su lado así que no ponen peros cuando su fiel sirvienta les pide realizar y pagar una cena francesa para sus feligreses y ellas mismas en el aniversario del nacimiento de su padre, el pastor… Los preparativos de la cena alterarán a las tranquilas hermanas que ven cómo en su casa entran perdices, vinos, una tortuga gigante… y Martine tras una horrible pesadilla siente que debe avisar a los comensales de que aquello puede ser una “aquelarre de brujas” y todos comprenden y la dicen que se tranquilice, que no harán caso de absolutamente nada de lo que tomen… Inesperadamente el día de la celebración llega otro invitado distinguido, aquel joven oficial que se enamoró de Martine, ahora un hombre de mundo y con una importante carrera profesional, conocedor de sabores y buenos banquetes.

Así llegamos a la parte más maravillosa de la película que es esa preparación de la gran cena por parte de Babette en la cocina, toda una artista capaz de causar sensaciones, emociones y felicidad incluso en gentes que jamás se han preocupado de matices y variedades en los sabores… y la propia cena en ese comedor que en un principio se niega a disfrutar, excepto el inocente oficial que nos revelará el origen de la misteriosa cocinera, y esos feligreses que sucumben a un festival culinario arreglando antiguas rencillas, hablando de cosas trascendentes y emocionándose ante cualquier mirada o palabra. Y el espectador sufre esa transformación con todos ellos y observa cómo la directora y artista de todo es una Babette creadora que se adueña de la cocina y del momento derrochando todo su amor y su saber hacer en esa ‘última cena’.

Gabriel Axel (1918) es un director danés que sólo ha sobrepasado las fronteras de Dinamarca con esta película pero sin embargo ha trabajado durante muchísimos años en el cine y la televisión de su país. Yo no conozco nada más de su obra cinematográfica pero El festín de Babette es una película que me provoca emociones intensas. Y en cada visionado me fijo en nuevos detalles que convierten en una aventura el volver a verla (sobre todo es un festival de rostros que no se olvidan). Una película sobre lo sensual y lo espiritual y su hermosa unión con un excelente banquete de recetas exquisitas acompañadas de las bebidas adecuadas, un buen vino tinto, un suave champán o un delicioso amontillado… y de fondo una hermosa canción. Después quizá nos apetezca dar la mano a los demás comensales, rodear un pozo y cantar felices bajo las estrellas… O quizá nos dé por repetir una frase del oficial: “esta noche he aprendido que en este hermoso mundo nuestro todo es posible”…

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En el ojo del huracán (Storm center, 1956) de Daniel Taradash

He aquí una película interesante como documento cinematográfico en sí que además desarrolla una buena historia para generar debate y que adquiere hoy primordial importancia. En el ojo del huracán contiene además muchos elementos de análisis que hacen que su visionado proporcione muchos frentes. Una película sobre cómo es más fácil manipular a una sociedad con miedo, sin capacidad de elección, sin apenas cultura y secuestrando la libertad. Una película que habla de los ‘peligros’ de tener conocimientos, información y ser cultos para la clase dominante y más en situaciones de crisis económica y social…

Bette Davis… buscando su lugar

Bette Davis la reina de las pantallas durante los años 30 y 40…, podía ser la más mala entre las malas o una mujer fuerte todo carácter, siempre protagonista de los más apasionados dramas y melodramas. Sin embargo en 1956 era una actriz madura que no encontraba su sitio en Hollywood y que su último gran éxito había sido Eva al desnudo en 1950.  Tenía 48 años y seguía siendo grande pero relegada al olvido. Este año, no obstante, pudo dar un giro a su carrera hacia una senda interesante de papeles cotidianos y realistas sobre temas sociales en las manos de una generación de directores y guionistas progresistas que iban dejando atrás la sombra de una Caza de Brujas que llegaba a su fin. Durante este año protagonizó no sólo la película que nos ocupa donde se convertía en Alicia Hull, una bibliotecaria de una idílica localidad norteamericana, que vive la peor de sus pesadillas al negarse retirar de sus estanterías una libro de la sección de Teoría política: El sueño comunista, sino también una pequeña obra de ‘neorrealismo americano’, Banquete de bodas de Richard Brooks (que estoy a punto de disfrutarla) donde Bette Davis es una madre humilde, casada con un hombre con rostro de Ernest Borgnine, que quiere ofrecer la mejor de las celebraciones a su hija (sin que ella se lo pida porque prefiere una ceremonia discreta y sencilla).

Esta que podría haber sido una senda rica en papeles para la actriz no tuvo sin embargo continuidad en años posteriores donde no volvió a brillar hasta que se convirtió (con permiso de Annie Manzanas) en el máximo exponente del grand guignol con su aparición en ¿Qué fue de Baby Jane? (1962). En parte también se debió a que el propio Hollywood y sus sistema de estudios estaba sufriendo su propia transformación…

Así, no obstante, 1956 pone en evidencia que Bette Davis podría todavía haber ofrecido muchos registros e interpretaciones interesantes y que no tenía por qué retirarse al ostracismo… Bette Davis no ponía peros a la hora de demostrar su valía aunque el papel de la bibliotecaria Alicia Hull no fuera pensado para ella en un principio. Este proyecto fue rechazado por varias actrices antes de que ella lo interpretara. Cuando se esbozó esta historia el personaje estaba pensado para que supusiera la vuelta de Mary Pickford a las pantallas cinematográficas… pero no fue así.

Daniel Taradash un guionista detrás de las cámaras. La Caza de Brujas

En el ojo del huracán es de esas pequeñas películas que son una singularidad por varios motivos, entre otros, porque fue el único trabajo como director cinematográfico de Daniel Taradash, un buen guionista y un discreto (no arriesgó nada a la hora de cómo contar su historia a través de la cámara) pero eficaz y correcto director en su único trabajo cinematográfico como tal. La fuerza de Taradash tras la cámara es contar con una historia potente (que hoy no ha perdido vigencia) a través de su propio guion en colaboración con Elick Moll y conseguir un buen reparto para llevarla a buen puerto. Y también en su empeño en llevar este proyecto a cabo costase lo que costase. Finalmente lo consiguió.

La intensidad de la Caza de Brujas iba cambiando cuando su máximo instigador, el senador Joseph Mcarthy y sus métodos eran puestos en duda por el propio Senado (la caída de su ‘reinado’ fue a partir más o menos de 1954). No obstante el daño ya estaba hecho: la Caza de Brujas que azotó varios estamentos de la sociedad en Estados Unidos reflejaba los primeros tiempos de la Guerra Fría donde todo lo que oliera a comunismo (o progreso) era antiamericano… De esta manera se forjó un espíritu paranoico donde funcionaba el chisme, la sospecha y el miedo y donde profesionales de distintas áreas sufrieron el acoso y la inclusión en listas negras (y algunos casos dramáticos llegaron a la pérdida de libertad en prisión o al suicidio) por sus ideas políticas. Cuanto más uniformes y temerosos eran los ciudadanos más fácil era la manipulación y la inclusión del miedo en las vidas cotidianas… y cuanto más camparan en la ignorancia más fácil era retener las libertades individuales.

Así En el ojo del huracán se convierte en un testimonio de esos tiempos, un testimonio de denuncia y ahí reside uno de sus importantes elementos de análisis. Porque dudo que 1956 (a pesar de que ya se iban desnudando las artimañas políticas de uno de los artífices de la Caza de Brujas) fuera el momento más fácil para sacar adelante un proyecto de este tipo.

Otro de los ingredientes de análisis de esta película es cómo el guionista refleja perfectamente un lugar idílico (donde los ciudadanos forman parte de ese sueño americano con doble filo) en el cual se esconden también sus partes más oscuras y destructivas. Como las gentes sencillas, los ciudadanos, pueden convertirse en la masa más injusta y acusadora. Y cómo los poderes políticos y fácticos pueden inclinar la balanza hacia el miedo (y ser ellos mismos los inspiradores e instigadores) o restablecer el orden sirviéndose de distintas herramientas para crear una sociedad más justa y equilibrada. Esta manera de contar historias siempre ha tenido un resultado efectivo a la hora de plantear distintas cuestiones. Y es una forma que se relaciona directamente con el melodrama pero también podemos encontrar sus huellas en directores cinematográficos más contemporáneos: David Lynch en Terciopelo azul o Twin Peaks, Sam Mendes en American Beauty o la maravillosa Revolutionary Road o Todd Haynes con Lejos del cielo y Mildred Pierce.

El propio guionista Taradash había obtenido el éxito con guiones que trataban estos temas: gente sencilla que oculta su parte más oscura (Picnic) o el acoso a las libertades y el empleo del miedo (De aquí a la eternidad). También le atraían aquellos argumentos que denunciaban fallas en una sociedad democrática (Llamad a cualquier puerta) y tenía un dominio de los distintos ingredientes del melodrama (Sueño dorado).

Las tramas

La película plantea una trama principal y dos subtramas que la complementan. Y en las tres el máximo protagonista es el miedo como herramienta de manipulación y poder. Así como una defensa magistral (y todavía necesaria) sobre las bibliotecas como centros de conocimientos y templos de la cultura, un respeto reverencial y sagrado por los libros y un llamamiento a lo necesario de fomentar la lectura desde edades tempranas. Por una parte nos encontramos con la trama principal: la bibliotecaria Alicia Hull que lleva más de veinticinco años dirigiendo con eficacia y dedicación la biblioteca de una localidad norteamericana tiene no sólo que abandonar su puesto sino que además es ‘condenada’ por la mayoría de los vecinos por un pasado de afiliación a organizaciones progresistas cercanas ideológicamente al comunismo. Y todo por negarse a retirar (por petición de los políticos que gobiernan el ayuntamiento) de las estanterías un libro titulado El sueño comunista. Los políticos de la localidad no dudan en votar unánimemente su expulsión del cargo. La posición de Alicia Hull además de no dar su brazo a torcer es evitar la lucha y el conflicto con los habitantes del pueblo y dejar que poco a poco minen su personalidad.

Las otras subtramas que fomentan el conflicto son: una familia ‘ideal’ de clase media cuyos integrantes son un niño que siente fascinación por la lectura y los libros (y de paso por la bibliotecaria, Alicia Hull), una madre sensible que trata de entender a su hijo y encauzar esa sensibilidad y un padre que hace gala de su incultura e ignorancia (y que se siente incómodo e inculto ante la sensibilidad cultural de su esposa y su hijo). Esta subtrama es muy interesante sobre todo en la transformación que va sufriendo el niño de un amor entregado a los libros y a Alicia a un odio irracional (influenciado además por un padre inseguro que ve ahí una oportunidad de conexión con su hijo) hacia esos mismo libros y Alicia (le confunde la actitud pasiva de la bibliotecaria y que no haga nada para regresar de nuevo). Y esta transformación genera el clímax dramático, lo que provoca el despertar de una sociedad adormecida. El miedo hace mella en el niño… y se convierte en un monstruo involuntario (recordemos esas tremendas transformaciones de niños ante las actitudes de sus mayores en La lengua de las mariposas o en Pa negre). Y la otra subtrama es la protagonizada por uno de los políticos que fomenta esa situación de censura y miedo que trata de establecer una relación sentimental con la en un principio ayudante de dirección de Alicia Hull, Marta (que cuenta con el rostro de una siempre estupenda Kim Hunter). Y como estos hechos hacen imposible su relación pues cada uno los vive desde una perspectiva muy diferente.

El dilema

El origen del conflicto, la conversación que se establece entre Alicia Hull y los políticos en los que ésta expone por qué no retira el libro es la escena clave de la película y está perfectamente dialogada y argumentada. Ahí expone que los libros de teoría política (porque es la sección a la que pertenece el libro de la disputa) deben estar al alcance de los ciudadanos para que ellos, libremente, a partir del conocimiento razonen  y lleguen a sus propias conclusiones y para que sepan en qué se sustentaban aquellos regímenes políticos que sustentaron y sustentan la historia  de la humanidad. Si desconocen sus bases y planteamientos de manera racional difícilmente podrán no repetirse los errores de la humanidad. Enfrentarse y entender los miedos también genera libertad. Entender los motores que van moviendo la historia nos hace ciudadanos más inteligentes y capaces, menos manipulables y con menos miedo… y por lo tanto con más capacidad de acción y de lucha. Así Alicia Hull dice que en las estanterías de teoría política tiene que estar tanto El sueño comunista como otro libro que le da repelús cada vez que mira sus amadas estanterías, Mi lucha de Adolf Hitler. Además expone otro punto importante: si cede a la retirada de este libro ¿cuál será el siguiente?…

La huella de Saul Bass

Por último comentar que ésta es una de las películas que cuenta con el trabajo tanto en los carteles como en los títulos de crédito de Saul Bass. Desde que empieza la película Bass muestra muy bien al espectador con qué se va a enfrentar y lo sumerge desde el principio en la inquietud. Unos ojos de un niño que mira de un lado a otro superpuestos a las páginas de un libro… de pronto ese libro empieza a arder…

En el ojo del huracán plantea un montón de temas que hoy están más vigentes que nunca. En tiempos de un miedo que paraliza… Entre las páginas de un libro o los fotogramas de una película se encuentran un montón de conocimientos que pueden hacernos más libres, menos temerosos…

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