Manos peligrosas (Pickup on South Street, 1953) de Samuel Fuller

Manos peligrosas hay que situarla en su contexto histórico y social. Corrían años virulentos en Norteamérica no sólo por la caza de brujas (en todos los estamentos laborales, incluido el cine, que les venía muy bien a los instigadores de la guerra fría por la gran publicidad que se producía alrededor del mundo del espectáculo) sino también por los años más marcados de la Guerra Fría. Se vivía una histeria colectiva. Los rojos eran muy malos, muy malos y había que luchar contra ellos y había que ser muy americano y muy patriótico que nada tenía que ver con tener simpatías con rusos, KGB y otros individuos con ideología comunista. 

Hollywood produjo una serie de películas claramente anticomunistas más panfletos ideológicos que buen cine pero, a veces, se escapaban productos inteligentes que eran más bien ambiguos. Y, ahí tenemos a Samuel Fuller, que compañeros le describen como apolítico o más bien anarquista, ni buenos ni malos, todos por el mismo rasero, y se saca de la manga cine negro de los bajos fondos del bueno con Manos peligrosas. 

Los rojos son personajes desaprensivos, bien parecidos a hombres de negocios sin escrúpulos con tipo despiadado e incluso un poco parecido a un asesino con trastornos mentales…, pero la magia surge cuando tampoco son muy simpáticos y éticos los de la policía y el FBI. O cuando los tres protagonistas surgen del submundo: una chica de vida fácil, una anciana sin hogar y un carterista chulesco de los de toda la vida que se mueven más por sus pasiones y una especie de camaradería y solidaridad común que por un sentimiento de patriotismo o de lucha contra el comunismo. A veces, sobre todo las chicas, se dejan llevar por la histeria colectiva, sin más profundidades. Entonces, la ideología queda a un lado bastante superficial, una especie de macguffin, y surge una película llena de violencia y sensualidad. Una película de luces y sombras, con mucho calor y sudor y ambientes opresivos. Sin salida.

 

El trío protagonista se lleva la película de calle: un magnífico Richard Widmark en uno de sus papeles ambiguos que le permite poner ese gesto característico de hijo de su madre pero que a la vez con los suyos le sale algo parecido a un corazón. Una Jean Peters, como chica de la calle, vividora y con sensualidad en cada poro de su piel, que tan pronto se enamora de comunista desaprensivo (¡¡¡pero por Dios sin saber que lo es!!!) como se echa en los brazos de todo un chulo, el carterista, que tampoco le dará una vida fácil pero no se complicará la vida con temas ideológicos. Y, por último, el personaje, esa anciana sin hogar (oh, esos secundarios tipo Thelma Ritter) que vende corbatas por todas partes y que a la vez es confidente de la policía por su conocimiento del submundo. Ella lo hace para sobrevivir, como dice no hace daño a nadie, sólo quita un poco de tiempo de investigación a la policía, y además ahorra para poder pagarse su entierro y su lápida y no acabar en la fosa común. 

Manos peligrosas posee la violencia de las películas de Fuller, una sensualidad poco usual en aquellos años y se convierte en cine negro de escenas inolvidables (si no la habéis visto no sigáis leyendo… aunque es de esas películas que se disfrutan por la forma en que están contadas aunque te sepas la trama). La secuencia del principio, el robo de Richard Widmark al bolso de Jean Peters en un metro atestado de gente. Poderosa, la escena de la película, la muerte a manos del desaprensivo comunista de una cansada anciana, Thelma Ritter. La paliza que recibe Jean Peters a manos del mismo personaje por no querer decirle donde vive el ratero. Las escenas eróticas y violentas entre la Peters y Widmark… ¿Y dirán ustedes pero que pintan los comunistas y la policía y el FBI? Ahhh, amigos míos, ese macguffin genial, la chica lleva en la cartera robada un microfilm con información importante tanto para los comunistas como para el gobierno. Ella era como una especie de correo (pero, de nuevo, Dios, sin que ella supiera exactamente que tipo de trabajo estaba realizando). Widmark lo tiene claro, él quiere el máximo provecho de su robo, si los comunistas le dan dinero, pues dinero. Si el FBI le ofrece algo a cambio dinero o libertad, pues también. Lo único que le puede para inclinar la balanza hacia unos, los “supuestamente buenos de la película” es la muerte de su compañera Moe, la sin hogar, y la paliza que propinan a su futuro amor, Jean Peters.

Cineastas contra magnates/Cineastas en acción (2005) de Carlos Benpar

Dos documentales muy interesantes para la reflexión. Plantean, por explicarlo de manera simple, la lucha de los directores de cine para evitar la alteración de sus obras. De fondo, la gran paradoja de ese mundo fascinante que es el cine, ¿arte o industria? Para Hildy Johnson, es decir, la que esto suscribe, el cine es sin duda arte, el séptimo arte…, pero, oh, la complicada cuestión es que es un arte cuya producción y exhibición mueve grandes sumas de dinero y, además, su templo que es la sala de cine no es el único. Sino que la obra cinematográfica puede fácilmente pasarse a otros soportes para ser vistos en otros medios como televisión, dvd u otros sitios. 

¿Y muchos se preguntarán: cuáles son esas alteraciones de una obra —que para complicar más las cosas es colectiva, es decir, es posible gracias al trabajo de muchísimas personas—? Ajústense los cinturones y pasen y vean. Los documentales sobre todo se centran en la indefensión de los cineastas norteamericanos porque en Europa —aunque también tienen que luchar a diario— los directores están amparados por el Tratado de Berna que protege los derechos morales del autor respecto su obra. Es decir, protege contra cualquier tipo de alteración. 

Empezamos con las alteraciones:¿Recuerdan esa aberración que fue promovida por Ted Turner –y que si no funcionó fue por una mala técnica de coloración– que fue colorear los grandes clásicos del cine en blanco y negro? Qué me dicen cuando los telespectadores sufrimos una y otra vez cortes publicitarios en determinadas películas que rompen y alteran el ritmo de la producción e incluso se cargan escenas clímax por los anuncios. 

O, cómo puede ser que algunas películas estén continuamente con el logo de la cadena o pasando por debajo mensajes de la cadena sobre lo que se podrá ver a continuación. Esto lo añado yo y que me dicen cuando casi siempre en los pases televisivos se sacrifican los créditos finales. 

También, otro hecho interesante es el tema del doblaje muy extendido en países como España e Italia. La obra que vemos queda alterada y nos perdemos algo clave: la interpretación vocal de los actores, su ritmo, su acento, su forma de hablar… Aquí la única solución es el tema de los subtítulos (que no deja de ser otra alteración pero necesaria para que la obra sea entendida en múltiples países… también, es un arte el saber colocar bien los subtítulos). Otras alteraciones que producen más dolor de corazón son el corte arbitrario de la película para disminuir su duración. Las técnicas que se emplean, a veces, para alterar la velocidad de la película.También, sobre todo en sus pases televisivos o en dvd –pero no se salvan algunas proyecciones en las de cine–, los destrozos que se pueden generar en la obra cinematográfica por no pasarla en el formato adecuado en el cual fue concebida. Es decir, cuando una película se creo en Cinemascope o Vistavisión u otros formatos panorámicos y sin cuidado alguno se cambia de formato para adaptarlo a las formas de la televisión u otros medios… Imágenes cortadas, personajes que desaparecen o aparecen por arte de magia…, etcétera. 

El colmo de los colmos es ya cuando en ciertas obras cinematográficas ha habido alteraciones hasta de la propia banda sonora. Y, así la lista es más que interminable. Yo reconozco que tengo obsesión por el contenido de las historias que me cuentan y a veces no soy consciente de aspectos técnicos que también construyen la historia pero cada vez voy dándome más cuenta y me gusta gozar de las producciones cinematográficas tal y como se han concebido. Por eso, veo fundamental —algo que también aparece en los documentales— una buena labor de preservación, recuperación, restauración y cuidado de las obras cinematográficas tal y como fueron concebidas para que el espectador pueda disfrutar de la obra total. 

Es obvio que Carlos Benpar hace pensar. ¿Se imaginan un concierto de música clásica interrumpido una y otra vez por la publicidad? ¿O, en las exposiciones de fotografía o arte pictórico que todas las obras llevaran el logo de la sala o museo que las exhibe?¿O que de repente se decidiera cambiar los colores originales de un cuadro?¿O que de pronto el editor de una obra literaria decidiera por el ahorro de papel o para que al lector le fuera más apetecible un escrito clásico decidiera quitar alegremente uno, dos o tres capítulos?

Breve paréntesis (PHE08)

Ya lo he hecho alguna vez. Hoy voy a hablar, aunque siempre saldrá el cine, de fotógrafos. Madrid se viste de fotografía con PHE08. Y durante, sobre todo, los meses de junio y julio puede disfrutarse de varias exposiciones que merecen la pena.

De momento, seleccionando entre la variedad de exposiciones, he disfrutado en el Centro de Arte del Teatro Fernán Gómez de W. Eugene Smith. Más real que la realidad. La vida y obsesión de este fotógrafo era su arte y su historia así como sus trabajos dan para película apasionante.

La exposición presenta sus trabajos más carismáticos, los ensayos fotográficos que fueron publicados por Life, un proyecto utópico y un proyecto social durísimo.En sus ensayos fotográficos somos testigos del día a día de un médico rural (Ernest Ceriani), una comadrona (Maude) y del doctor y teólogo Albert Schweitzer. Personajes convertidos en héroes contemporáneos por sus acciones diarias y la cercanía de un objetivo.También, rescatamos el espíritu de una ciudad en todas sus facetas en proyecto utópico de Smith, 1918-1978, que era de tal envergadura que no vio la luz. Sin embargo, fue un trabajo en el que el fotógrafo captó y dedicó mucha vida y muestra el alma de Pittsburgh.

Por último, nos dejamos llevar por un proyecto social y de denuncia sobre las consecuencias para la población japonesa de Minamata del vertido de residuos tóxicos que provocaron una enfermedad tremenda a sus habitantes.

Después me he dejado caer por la sala de exposiciones del BBVA donde se encuentra la retrospectiva del fotógrafo Bill Brandt (1904-1983), The home. Con este trabajo viajamos a la Inglaterra industrial y obrera de los años treinta y cuarenta. Fotoperiodismo puro y duro donde atrapa los rostros de los obreros, de los niños, de los más pobres, la crudeza de la diferencia de clases…, un cazador de ambientes en el mundo del boxeo, de los locales de ocio como bares y pubs, de las casas familiares obreras, de las calles pobladas de niños que juegan…

Las imágenes se convierten en documentos sociológicos y captan un ambiente, una época, un período… valiosísimo entre otras cosas para crear ambientaciones reales y creíbles en producciones cinematográficas.

He disfrutado de lo lindo con el montaje y el trabajo de la fotógrafa Cristina García Rodero en la sala Alcalá 31 de la Consejería de Cultura y Turismo. García Rodero te mete de lleno en los ritos de una religión no oficial afincada en Venezuela, María Lienza. La diosa de los ojos de agua. El trabajo es el resultado de diez años de investigación y sus grandes imágenes tienen una fuerza brutal.

Una que no me quiero perder es Recuerdos enterrados: las fotografías de Henryk Ross sobre la vida diaria en el gueto polaco de Lodz. Fotos testimoniales de un periodo histórico durísimo. Está en el Museo de Arte Contemporáneo de Conde Duque.

Por último, hoy me he dado una vuelta por una librería especial que ha montado PHE08 al lado del teatro Fernán Gómez. Ahí hemos podido contemplar una publicación escalofriante: Inferno del fotógrafo de conflictos bélicos James Nachtwey, que en 2001 fue protagonista de un documental impresionante donde se ve cómo trabaja este profesional. O también, he podido disfrutar de otra historia del cine  en un libro con las imágenes captadas por los más prestigiosos fotógrafos de la agencia Magnum donde hay documentos gráficos increíbles de Katherine y Audrey Hepburn, de John Huston, de Liz Taylor, de Ingrid Bergman, de Marlon Brando, Luchino Visconti, Truffaut, Marilyn Monroe, Elia Kazan, Alain Delon, Bardot, Isabella Rosellini… fotografías que los captan en descansos de rodajes, en viajes, en actos, en la intimidad…, una joya de fotografías y de gran interés para cinéfilos cazadores de imágenes.

Bésame, tonto (Kiss me, stupid, 1964) de Billy Wilder

Seguimos con las películas impopulares del bueno de Wilder. Esta vez la crítica le vapuleó con una de sus comedias, Bésame, tonto. Fue considerada como obscena y de mal gusto. En España, la censura cortó una de las escenas en las que era más que evidente la infidelidad de la amada esposa del protagonista. 

Corren los años sesenta y Wilder se adelanta, en una ácida comedia, a la revolución que está a punto de eclosionar y cambiar mentalidades. Cuestiona temas fundamentales que pronto se verán en el cine sin tantos problemas. La doble moral, la institución del matrimonio, las relaciones sexuales, la prostitución…, y también es un sentido homenaje hacia un tipo de música que ya iba desapareciendo para dar paso a otros estilos musicales, a otra generación de cantantes. 

Como siempre Wilder no era políticamente correcto y dejaba otra galería de personajes inolvidables y sentidamente humanos. La prostituta Polly, La Bomba (explosiva Kim Novak), la amada esposa o “costillita” (bella y sensual Felicia Farr), el marido patológicamente celoso (uno de los grandes secundarios de los 50 y 60, Ray Walston, que sustituyo de manera brillante al inicialmente protagonista Peter Sellers que por sus problemas de salud no pudo actuar), el amigo gasolinero con ansia de fama (Cliff Osmond), el cantante, juerguista y ya decadente y pasado de moda, Dino (en una autoparodia de sí mismo, Dean Martin)… son los protagonistas de otra ingeniosa comedia de la vida del genio cínico. 

Y, sí, volviéndola a ver, afirmo que Bésame, tonto es una buena comedia, llena de momentos brillantes. La obscenidad y mal gusto que se vio en el momento está totalmente superado de tal modo que hoy la película resulta tierna. Otro de los motivos de su fracaso puede ser que en el reparto no había ni una cara de los actores de comedia con los que solía trabajar el maestro (Lemmon, Matthau, McLaine, la Monroe…). 

El enredo planteado es absolutamente genial. Orville, el marido celoso y fracasado maestro de piano, y su amigo, que trabaja en la gasolinera de la localidad, idean un plan para retener a un cantante de fama que pasa por casualidad por su retirado pueblo porque creen que pueden venderle una de sus canciones –la verdadera pasión de ambos– y que les lleve a la fama. El cantante famoso es un mujeriego y juerguista, un hombre egocéntrico y egoísta que entrará inconscientemente en el juego que planean los dos amigos con tal de acostarse con la sensual esposa de Orville, a la que intuye todo un monumento. Orville, sin embargo, es un celoso patológico que siempre imagina infidelidades imaginarias con cada uno de los hombres con los que se relaciona su mujercita (su alumno de 14 años, el dentista de su esposa, el lechero…) y por nada del mundo quiere que Dino, el cantante, conozca y seduzca a su mujer. Por eso, su amigo sugiere que se enfade con su esposa por una noche para que ésta se vaya del hogar y por una noche sea sustituida por la prostituta más popular de la localidad, Polly. Orville acepta el plan. La comedia y las risas están servidas. 

El intercambio de papeles es uno de los mejores gags y el que sustenta todo el significado de la película. La encantadora Polly, con ansias de ser mujer respetada y querida con esposo fiel, y “costillita”, la esposa modelo que por una noche se salta las normas de matrimonio fiel, que se convierte en Polly sin comerlo ni beberlo para un Dino que no se entera de nada y esto sin dejar de amar ni un solo momento a su celoso esposo. Una canita al aire, vamos. 

Como toda comedia de Wilder (guionista también junto al segundo colaborador de su carrera L.A. Diamond) contiene momentos inolvidables y divertidos: el único camarero que no ríe ante las gracias de Dino, los jerseys del profesor de música con las caras de todos los grandes compositores de la historia, la cena surrealista entre Orville, Dino y Polly; las agresiones irracionales del marido celoso a todos los imaginarios pretendientes de su casta esposa, las otras prostitutas del local donde trabaja Polly, el loro de la prostituta que se entretiene frente al televisor, los intentos de Orville por enfadarse con su esposa –genial el intento del pomelo emulando una de las escenas más famosas de Enemigo público–, los guiños a la música de Dino, Sinatra, Streisand, Crosby y los grandes compositores como Cole Porte y compañía que ilustran una etapa de la canción americana que ya en aquellos momentos iba a ser sustituida por otras músicas y ritmos… 

Bésame, tonto permanece oculta ante tanta comedia brillante de Wilder. Merece ser revisitada y descubrir todos sus encantos, cinismos, picardías y destapar la caja de risas con mucho sentido.

El otro Mel Ferrer…

¿Quién era Mel Ferrer? Unos le recuerdan como uno de los maridos de Audrey Hepburn, otros por alguna que otra intervención cinematográfica, los de más allá le vieron en alguna serie de televisión tipo Falcon Crest, Hotel o Se ha escrito un crimen, series ya míticas.

Esta semana se le recuerda porque ha muerto. Pero ¿quién era Mel Ferrer?¿Cómo puede ser que empezara una carrera absolutamente prometedora y con directores muy buenos…, y sin embargo, luego cayera en el olvido?¿Cómo se explica que empezara con protagonistas y terminara, muy pronto, en producciones menores? ¿Por qué durante los 60 y 70 rodó casi todos sus papeles en distintos países europeos como algunos otros has been?¿Por qué nunca alcanzó el estatus de estrella como una de sus esposas, Audrey?

No me vale la cita de que no fue buen actor (y no estoy del todo de acuerdo, cuando tenía su papel, tenía una elegancia innata y un rostro con mucha vida), muchos tampoco lo han sido y han llegado a estrellas con carreras largas, muy largas.

Quizá no le interesaba mucho su carrera como actor o los papeles que le ofrecían. Quizá disfrutaba mucho más tras las cámaras como director o como productor… pero tampoco llegó a brillar lo suficiente (dirigió a su esposa en uno de los pocos fracasos de la actriz, Mansiones verdes). Dicen que empezó en Broadway y que iba para bailarín pero una enfermedad le impidió seguir ese camino.

¿Quién era Mel Ferrer? Sólo me quedan sus películas…, y a algunas de ellas, por ahora, nunca he logrado acceder.

Me sorprendo cuando localizo que dos de sus primeras películas son bastante difíciles de encontrar. Y es que Mel, como actor, empezó en el cine independiente con de Last Boundaries (1949). Una película que afronta el tema del racismo y los afroamericanos. Una película interesante de temática social pero difícil de encontrar a no ser que la programe alguna filmoteca y sobre todo que yo me entere.

Después trabaja con Robert Rossen en 1951… pero no es buena época para el realizador ni para la película. Rossen está de lleno como sospechoso en el Comité de Actividades Antiamericanas y en la lista negra. The brave bulls (1951) parece ser que cuenta la historia de un matador de toros mexicano (sí de toros) y el torero no es otro que Mel Ferrer. Aunque extraña en la filmografía del director cuenta con todos los ingredientes y temáticas de sus películas anteriores (Cuerpo y alma) o, posteriores (la magnífica El buscavidas).

Su siguiente trabajo –que tampoco he visto– le sitúa como un pintor bohemio que descubre una de las múltiples caras de una Joan Fontaine múltiple y Mel trabaja ni más ni menos que con Nicholas Ray en Nacida para el mal.

Y en 1952 protagoniza extraño western de un genio, Fritz Lang, y yo me enamoro locamente de ese bandolero y ladrón todo elegancia, buen amigo y hombre enamorado y fiel al que todos llaman Frenchy. Mel Ferrer clava el papel junto a una enigmática y ya madura Marlene Dietrich como Altar Keane y a un antipático héroe con cara de Arthur Kennedy. Esta pequeña perla se llama Encubridora.

De pronto, Mel Ferrer que está ascendiendo como estrella cambia el rumbo de su carrera al cine de aventuras. Una es todo un clásico de este cine de capa y espada, Scaramouche. Ferrer es el malo malísimo, un marqués malvado. En la otra, hace papel secundario como rey Arturo que ve como su Ginebra y Lancelot, su mejor amigo, están en otra historia…, una vuelta por Los caballeros del rey Arturo. Aquí soy consciente que tengo que volver a revisitar ambas pues deambulan no muy claramente por mis recuerdos lejanos.

Y, de nuevo, vuelvo a enamorarme locamente de él. La película que en 1953 le convierte en un titiritero que arrastra su cojera, su amargura y tristeza, en un circo. Y, de pronto, aparece la inocente Lilí con cara de Leslie Caron. Y él que grita y gruñe se siente seducido por una mujercilla que cuenta sus penas a las marionetas. Ella le transforma. Le hace imaginar. Le hace querer y cuidar. ¿Alguien sabe por qué nadie la saca en dvd?

Y coprotagoniza con, en aquellos momentos, famosísima esposa y Henry Fonda gran superproducción a cargo de King Vidor, Guerra y paz, en 1956. ¿Y alguien olvida esa escena de amor maravillosa entre una Nastacha, que espera el amor, y un Príncipe Andrei (sólo podía ser Mel) que aparece por sorpresa?¿No está mal, verdad?

De pronto… la cuesta abajo aunque aparece como secundario en películas para recordar o protagoniza alguna pequeña joya de la curiosidad. Ahí danza en la deliciosa y olvidada Elena y los hombres de Jean Renoir. O ya en los sesenta protagoniza película británica que yo recuerdo con angustia sobre un pianista que pierde las manos y le injertan otras que proceden de un asesino, Las manos de Orlac. Y más secundarios en El día más largo, La pícara soltera, La caída del imperio romano o Encuentro en París.

A finales de los sesenta tiene un éxito junto a su mujer Audrey pero en su faceta de productor. Corre el año 1967 y queda muy poco para que se separen. Su última película juntos y que aporta prestigio a ambos es de suspense y refleja toda la angustia que siente una ciega a la que persiguen para matarla… Sola en la oscuridad. Y se acaba la vida en común. Él sigue deambulando por películas extranjeras, además, de empezar a encontrar hueco en la televisión y ella va espaciando cada vez más sus apariciones cinematográficas.

…Y llegamos a los ochenta y podemos verle junto Fassbinder en Lili Marleen…, pero no resucita. Quizá, un poco en la televisión, con las series antes mencionadas.

¿Dónde está el elegante, bello y siniestro pistolero?¿Dónde está el hombre que protagonizaba películas progres en los cincuenta?¿Dónde está el príncipe Andrei que las enamora cuando las saca a bailar?

¿Quién era Mel Ferrer? Le espero, como hombre duro y gruñón, amargado por su cojera, pero capaz de crear un mundo fantástico a la chica que ama. ¿Dónde está ahora?

El gran carnaval (The big carnaval, 1951) de Billy Wilder

Si ustedes quieren adentrarse en un cine fuerte, cínico, crítico, duro sobre la condición humana, sobre cómo funcionan nuestras partes más oscuras, nuestra irracionalidad, nuestra poca humanidad, nuestro sensacionalismo…, tiene su película en una obra de hace más de cincuenta años. Tan actual en aquellos momentos como hoy. 

Billy Wilder no tiene ninguna compasión por su protagonista y algunos personajes secundarios. Los presenta tan cual son. Con todas sus miserias. El gran carnaval es una película realizada desde la inteligencia de un hombre cínico –que ha vivido mucho y sabe de lo que habla– y desde una crítica feroz al ser humano. No es de extrañar que en la época fuera mal recibida por el público, a nadie le agrada encontrarse frente a frente con la mezquindad. Y tampoco extraña que sea una de las películas menos conocidas de Wilder. El director de origen austriaco es recordado en la memoria cinéfila sobre todo por sus maravillosas comedias pero, sin embargo, se encuentran más en la sombra sus películas que podríamos denominar serias. Una cualidad de Wilder es que jamás fue políticamente correcto…pero me refiero a que nunca trató de querer agradar o caer bien al público –ni en sus comedias ni en sus dramas– sino que siempre trató de dar vida a historias y personajes tal y como los veía con luces y sombras, aunque no agradaran. 

Así Chuck Tatum (qué bien está Kirk Douglas), el periodista en busca de historia, se eleva como uno de los personajes más desagradables del celuloide… pero ¡milagro! llegamos a compadecernos de todas sus sombras. Los personajes de Wilder son tan complejos que los hace insufriblemente humanos y, por tanto, los entendemos aunque sabemos que su actuación es inmoral (me da miedo emplear estas palabras: compasión, sufrimiento, moralidad e inmoralidad… cuando se emplean muchas veces tan mal y se manipula su significado o se simplifica, que es peor). 

Aquí nos encontramos no con el Wilder, mago de comedia, sino con el director que contaba historias humanas y dramáticas sobre comportamientos humanos (no se crean en las comedias también los personajes se comportan como seres humanos con sus fortalezas y debilidades, en sus comedias también hay críticas al mundo analizado por Wilder y mucha mala leche): el director de Perdición, Días sin huella, Berlín Occidente, El crepúsculo de los dioses, El gran carnaval o Fédora. 

En El gran carnaval cuenta como un periodista sin escrúpulos, para volver a ser alguien en el mundo del periodismo, explota una historia de “interés humano” para su conveniencia con el apoyo de muchos estratos de la sociedad. El periodista crea un ‘gran carnaval’ alrededor de la tragedia de un ser humano (un hombre de origen indio que se ha quedado atrapado en una cueva). Son muchos los intereses que mueven a distintos personajes para que el rescate de este hombre se haga de la manera más lenta posible. Lo que menos importa en este gran carnaval es el sufrimiento de una persona y de sus seres más allegados (esos padres silenciosos que son testigos mudos e impotentes de la tragedia).En este gran drama humano, Wilder presenta a muchos personajes –y muy pocos de ellos positivos–. El cuarto poder no sale bien parado (y ése era un mundo que no desconocía el autor ya que durante su juventud lo ejerció) tan sólo el director del periódico de provincias –un hombre honesto y que quiere contar la verdad– presenta un mínimo de humanidad. Desde los compañeros de profesión de otros medios de comunicación, antiguos jefes, y un joven fotógrafo que admira –sin pensar mucho aunque se sienten sus dudas– los consejos de cómo debe ser el periodismo de Tatum, aprovechan la estrategia del protagonista. 

Tampoco salen bien parados aquellos que representan el poder, en la figura de un desagradable sheriff corrupto que aprovecha la historia para salir reelegido. O ese ingeniero, que sabe cuál es el camino más corto para el rescate, pero que se deja coaccionar ante promesas y ante el miedo de perder su estatus y lleva a cabo el rescate de la manera más complicada. Tremendo y complejo también el personaje de la esposa del afectado, una mujer amargada y a disgusto con la vida que lleva que ve en la desgracia de su marido la posibilidad de enriquecerse y en Tatum la posibilidad de escapar de una vida mediocre y monótona. Entra en el juego de pleno. Y, la gran masa humana, los lectores, la gente corriente o todos aquellos que ven una oportunidad de negocio en la tragedia. La gente corriente corre al lugar de los hechos para opinar y ser testigos, se monta una verbena alrededor de una tragedia, porque es una historia que alimenta el morbo, que hace salir a muchos de la monotonía de sus vidas y ser protagonistas de un acontecimiento humano. O aquellos que ven posibilidades de ganar dinero montando negocios alrededor del evento. El rescate se convierte en un triste esperpento. 

Los únicos que sufren son los padres de la víctima y la propia víctima que lucha por la supervivencia, un hombre sencillo y enamorado de su esposa y que cree encontrar en Tatum, un amigo de verdad dentro de su soledad. Un hombre que siempre ha sido un marginado y ha luchado por sobrevivir en un mundo de lobos, con sus sueños y esperanzas, aplastadas bajo una cueva. 

Tatum toma conciencia de su propio circo demasiado tarde. Y es atrapado por la propia historia que él ha creado. Cuando trata de hacer las cosas bien, todo y todos se vuelve en su contra. El carnaval es imparable. 

Billy Wilder no se guarda ni un sólo as en la manga y muestra un circo despiadado. No es una película fácil.

Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal

Mi Indiana siempre será Indiana. Y él es el motivo que me hizo ir a verle en su nueva aventura. Steven Spielberg dirige con fuerza. Y en la primera parte sientes que estás ante el Indiana de siempre. Luego, la cosa se desinfla un poco para dejar un final que no me pega para mi héroe… ni para la heroína, mi Marion, claro está. 

La última aventura de Indiana tenía todos los ingredientes para ser algo más que una película entretenida (no lo voy a negar, me lo pasé pipa). Un Indiana (oh, Harrison, sólo tú puedes hacerlo) ya más que maduro pero igual de aventurero y hermoso; la recuperación de su gran amor y mejor pareja, Marion (Karen Allen); la noticia de un nuevo compañero de aventuras –joven y de su sangre– Mutt (prometedor Shea LaBeouf), el motero; una mala malísima, una enemiga de las que merecen la pena Irina Spalko (qué ojos azules los de la perversa Cate Blanchett)… y una historia a finales de los cincuenta en plena Guerra Fría. Con jaleos de soviéticos malos, FBI y CIA siempre por ahí… y el arqueólogo al que nunca le faltan emociones y tesoros que encontrar. 

Pero la nueva aventura de Indiana, sólo se queda ahí (que no es poco), en película de entretenimiento. Y si tiene escenas de aventura y de acción de los viejos tiempos, de las de siempre (esa persecución en moto…, qué divertida). Al final, oh, los efectos especiales se comen a Indi y a Irina y a todo lo que se ponga por delante. 

Sí, siempre se han contado historias sobre la obra de seres extraterrestres en maravillas de la tierra. La época de la Guerra Fría alimentó muchas de estas leyendas de OVNIS y seres de otros planetas. ¿Pero cómo juntar ufología, arqueología y aventura de la de toda la vida? Indi casi lo consigue pero patina. Aunque lo estemos pasando tan bien que en un principio no nos importe…, pero ese guión tanto tiempo esperado no es redondo. El macguffin ha fallado…  

Las patadas a la geografía y a la historia son memorables. Las prácticas de Indi como arqueólogo hoy hace que muchos de la profesión se lleven las manos a la cabeza. ¿Los mayas son indios salvajes que ahora sólo resucitan feroces? Los conquistadores desaparecidos, las ciudades del oro, los soviéticos malos malísimos de la Guerra Fría, la paranoia comunista… batiburrillo, batiburrillo. Hasta para meter la pata hace falta encanto.

 

Con este Indi te quedas con detalles como ese joven motero que hace buena pareja con, como el lo llama, el abuelo arqueólogo. Ese peine que nunca deja para ante cualquier situación tener bien colocado el tupé. La aparición primera de Indi, ese sombrero en el suelo que nos hace saber que nuestro héroe está cerca, el reencuentro con Marion y muchos ingredientes más.  

Y, por lo último, que patina Indiana Jones es porque nadie nos creemos ese final edulcorado y menos con Marion. No, no, ya me hubiera gustado verles perdidos, de nuevo, en una taberna lejana y compitiendo por los licores que se toman de un trago…, no, ése no es final para dos vividores y aventureros. No.

Indiana te seguiré amando.

Burt Lancaster

Es difícil hablar de Burt Lancaster. Para mí, según van pasando los años y según voy accediendo a más interpretaciones o conociendo más de su biografía, se va convirtiendo en un actor con mayúsculas y en una personalidad arrebatadora.  

Lancaster fue un absoluto autodidacta en la interpretación pero se enamoró de su profesión y de película en película se convirtió en grande. Aunque ya desde que empezó exhibía las cualidades que le hicieron grande: personajes de carácter y camaleónicos, su arrebatadora sonrisa, el atractivo físico, un rostro con muchas historias, su expresión corporal, su dinamismo y fuerza… 

También, el hombre, no el actor, contribuyó a su leyenda –y a mi reivindicación–. Extremadamente independiente, nunca quiso convertirse en muñeco de las productoras y luchó por construirse la carrera cinematográfica deseada. Desde finales de los años cuarenta se arriesgó con la producción y fue el artífice de que jóvenes directores empezaran sus carreras. En esos años, los finales de los cuarenta, él apostó junto a más compañeros por un cine independiente y un cine que tratara temas relevantes y progresistas (lo que le causó no pocos problemas en una época que azotaba fuerte la caza de brujas). Un ejemplo de producción fue la película Marty, todo un ejemplo de cine realista norteamericano. Él quería buenos papeles y fue a por ellos. Su carrera es camaleónica…, tocó todo tipo de géneros: cine negro, cine bélico, westerns, dramas históricos, cine de aventuras, cine social… 

Lo reconozco, cada vez, Lancaster me enamora más y aunque llevamos catorce años sin él, sus películas lo retienen vivo y vital. Su primera aparición ya hizo historia: Forajidos (1946). El actor es un boxeador fracasado que cae poco a poco y que su vida es más destrozada si es posible por su amor hacia una femme fatale con los rasgos de Ava. Después de buen cine negro aparece en otros trabajos que explotan su faceta oscura como Voces de muerte (1948) donde nos encontramos con una  Barbara Stanwyck indefensa y aterrorizada. 

De pronto su carrera da un giro a principios de los cincuenta y se convierte en el aventurero acróbata más simpático, guapo, divertido y amable de Hollywood. Toda la vitalidad de Lancaster luce en dos entretenidas películas –que son mucho más que entretenidas pero si me pongo a explicar no acabo este perfil–: El halcón y la flecha y El temible burlón. En estas películas aprovecha su preparación física juvenil, Lancaster había trabajado en el circo. 

Y también en esta década comienza a realizar personajes dramáticos que van dejando huella. Además, encuentra también un filón de personajes interesantes en el mundo west. El cine bélico le da papel de militar de alto rango que se enamora de mujer casada y viven tórrido romance con escena en la playa con visos de censura… él, duro, dulce y hermoso, un cóctel explosivo en De aquí a la eternidad. 

Se junta con uno de los grandes Gary Cooper y una jovencísima Sara Montiel en una entretenida cinta del oeste, Veracruz, y con el mismo director Aldrich, se transforma en un indio en Apache y deja un cinta que sigue la estela de algunos western que empiezan a dar otra visión de la historia de los indios y los colonos. 

En 1955 es atrapado por el espíritu del dramaturgo Tennesse Williams y está arrollador como camionero buenazo y locuelo que logra seducir a una viuda destrozada y amargada con rostro de Anna Magnani. La rosa tatuada es una extraña película entre dramática y bufonesca que se deja ver con placer por la interpretación de estos dos grandes… y por sus rarezas, como producción cinematográfica, que la hacen hermosa. Un año después vuelve otra vez al mundo del circo en la entretenida Trapecio, Lancaster protagoniza una historia de amor a tres bandas con Tony Curtis y Gina Lollobrigida. 

El año 1957 le traen dos maravillosos papeles: en una película de corte realista que presenta un Broadway oscuro, donde Lancaster se transforma en un corrupto e influyente periodista y un joven representante que lucha por sobrevivir con las mismas armas con cara de Tony Curtis, Chantaje en Broadway. El otro papel sería en Duelo de Titanes, otra buena versión del duelo OK Corral. 

Para el año siguiente nos depara el papel de un galán alcohólico y autodestructivo que vive en un peculiar hotel donde todos los inquilinos esconden y guardan sus penas y secretos. Una película donde Deborah Kerr, Rita Hayworth y David Niven y otros ilustres secundarios acompañan muy bien al actor en esta triste historia coral de soledades, Mesas separadas. 

Los sesenta llegan muy fuertes. Grandes papeles, el oscar, su colaboración con el director John Frankenheimer y su intervención en prestigiosa y maravillosa película europea-italiana. 

Primero protagoniza un extraño western junto a John Huston con una Audrey Hepburn distinta. Una historia de hermanos, celos, violencia, racismo, pasiones desatadas, mestizaje… y con imágenes dignas de recordar: como una delicada anciana tocando el piano en plena naturaleza o las vacas pastando en el techo de la  peculiar casa de los protagonistas. Se trata de Los que no perdonan. 

Y ese mismo año, en 1960, está impresionante como falso predicador, un hombre pícaro y pecador…, un buscavidas en la increíble por original, fuerte y extraña El fuego y la palabra. Un triste retrato de una América profunda que se deja llevar por predicadores de toda índole que se aprovechan de la ignorancia y del arrepentimiento de almas perdidas. Burt Lancaster ganó oscar. 

Al año siguiente conoce al director John Frakenheimer que le dirige en Los jóvenes salvajes –no la he visto– y empieza una colaboración profesional que genera películas tan interesantes como: El hombre de Alcatraz (1962), uno de los papeles más recordados de Lancaster como un hombre preso que se rehabilita a través del estudio de los pájaros en prisión. Una impresionante película bélica, El tren (1964), sobre los esfuerzos de un grupo de hombres para salvar las obras de arte que van en un tren durante la II Guerra Mundial, con un Lancaster que se sale. Y otras dos películas de las que tengo referencias pero no he podido ver: Siete días de mayo y Los temerarios del aire. 

Su reputación como actor de prestigio sigue creciendo con papeles tan impresionantes como el que realiza en Vencedores y vencidos, como un científico que ha colaborado con el régimen nazi y es uno de los acusados en el juicio de Nuremberg. Lancaster ofrece un personaje lleno de contradicciones y matices. En 1963 actúa en una grandiosa película italiana con Luchino Visconti, El gatopardo. Burt Lancaster, el muchacho de la calle, el actor autodidacta, el aventurero acróbata, el duro del western, el pícaro vital… sorprende a todos, y muy bien, como todo un aristócrata, Don Fabrizio, príncipe de Salina. Lancaster está perfecto. En esta década sigue además trabajando con directores que son promesa como el independiente John Cassavettes (Ángeles sin paraíso) o Sydney Pollack y continúa con el género del Oeste, protagonizando una divertida película y extraña mezcla de temáticas, en La batalla de las colinas del Whisky.  Termina la década con una original película, El nadador, una adaptación de un cuento de John Cheever, donde un atlético y maduro Lancaster va descendiendo al más absoluto desencanto en un viaje de piscina en piscina. 

En las próximas décadas Lancaster sigue de trabajador infatigable aunque va espaciando cada vez más sus apariciones cinematográficas. En los años setenta sigue trabajando fuerte en películas del Oeste y se estrena en el género de moda: el de las catástrofes (Aeropuerto y El puente Cassandra). Vuelve a trabajar con Visconti (Confidencias), también aparece como secundario en una de las grandes obras de Bertolucci (Novecento) y Louis Malle le deja un papel inolvidable en 1980 como jugador anciano que se enamora de su joven vecina en la triste y nostálgica, Atlantic City. 

En los ochenta ya aparece menos pero nos deja una divertida película junto a Kirk Douglas en Otra ciudad, otra ley en 1986. La recuerdo en su estreno –no he vuelto ha verla– pero me dejó el ver a dos grandes abuelos que mostraban cómo seguían siendo los más duros, divertidos y dinámicos. Como muestran que en el pasado los gangsters tenían más clase (por lo menos los del cine) que los delincuentes con los que se encuentran en los ochenta. Su última interpretación fue en el edulcorado éxito del actor de moda, Kevin Costner, Campo de sueños. 

¿Cómo no tener a Burt Lancaster en un puesto elevadísimo del Olimpo de los actores, de los amantes de la sala oscura? Cada vez que le veo, empieza a cortárseme la respiración y si ya sonríe…

Ava Gardner… ¿la belleza fue una ventaja?

Hace unos años Fotogramas editaba unos libros que llamó ColecciónStars y en 1988 sacó uno de Ava Gardner, la periodista Nuria Vidal recopiló, en una de las partes del libro, declaraciones de todo tipo de personas de la profesión sobre la actriz. Y algo queda claro, igual que cuando lees sus biografías, la belleza no le dio ventaja Como otros actores -el otro día hablamos de Henry Fonda- nunca estuvo del todo satisfecha de los papeles que le ofrecía la Industria.

«Había un papel magnífico para Ava Gardner. Podía haber significado para ella lo que Dos mujeres para Sofía Loren. Realmente dejó su corazón en él. Creo que estaba ansiosa por ser más selectiva y hacer mejores papeles. Lo interpretaba sin maquillaje, sin sostén, con ropas viejas…, y de repente llegó la orden de Hollywood. No les gustaba. Querían más glamour. Le pusieron un corsé, la maquillaron. La vida desapareció de Ava a partir de aquel momento».

Dick Bogarde, compañero de reparto en The Angel wore red 

«Como dice John, es una verdadera desventaja, a veces, ser tan bella, y Ava ha pagado larga y pesadamente por su belleza. Ésta la ha hecho aparecer públicamente como lo que no es, y en su trabajo la ha hecho pasar por un género de actriz que no es en lo más mínimo»

Deborah Kerr, compañera de reparto en La noche de la Iguana

Incluso le soltaban los productores y directores perlas como éstas:

«No sabe actuar, no sabe hablar, pero es fantástica»

Louis B. Mayer

«Porque tiene ese aspecto magnífico la gente se cree que Ava es sofisticada, inteligente y madura. De hecho no es ninguna de esas tres cosas. Es simplemente una chica de campo con la inteligencia propia de una chica de campo».

Stanley Kramer (Stanley, Stanley, ¿la inteligencia se mide si eres de campo o de ciudad?)

Diccionario cinematográfico (66)

Gesolmina: cada persona, cada objeto tiene una función en la tierra. Nada no vale nada, valga la redundancia. Hasta una pequeña piedra sirve para algo. Ya lo dice el loco equilibrista, el que sabe que va a morir pronto. El que se ríe de todo hasta de la vida. El que se enternece con Gesolmina, cara de alcachofa. El que le regala una melodía. La mujer payaso, la charlot femenina, enternece con su miradas y gestos. Logra hasta que el gran bruto Zampanó se humanice un poco. Gesolmina va cual principito con su capa, su falda y sus botas… y ese corte de pelo rubio. A Gesolmina le gusta ser artista. Aunque sea ambulante. Ella decide ser enfermizamente fiel al bruto…, quizá, piensa que sirve en el mundo para darle cariño, para quererle. Pero la pobre se hunde cuando Zampanó no sólo es bruto sino cruel y cobarde. Y ella ya no puede. Sólo le queda dar las gracias y tocar su melodía en trompreta desafinada. Gesolmina tiene cara y andares de poema. Y, sólo en el recuerdo, logra humanizar a Zampanó que tarde descubre que está solo… sin Gesolmina a su lado.