Gran Torino

Hacia tiempo que no veía vibrar tanto una sala de cine con una película y que el público se identificara o disfrutara con el héroe de la función. Y eso paso el otro día con la última película de Clint Eastwood. Película que dirige y protagoniza. Los espectadores se reían, murmuraban, gritaban, lloraban y vivían fotograma a fotograma las aventuras y desventuras de Walt Kowalski. 

Walt es un hombre mayor, un veterano de la guerra de Corea, que acaba de quedarse viudo —de una mujer que sin duda supo quererle y manejarle—. Walt parece siempre malhumorado, en tensión, y ahora sin su mujer, perdido. Esto hace que sea más malhablado, que cuide menos su salud, que se relacione menos…, además a pesar de que él mismo es un inmigrante de origen polaco y que ha vivido siempre entre italianos o irlandeses, no mira con buenos ojos a sus nuevos vecinos…, venidos también de tierras lejanas. Para rizar el rizo, nuestro Walt también es racista. Él valora todas las actitudes del macho ibérico, del tío con un par de huevos…, y todos y todas os diréis ¡¡¡pues menuda joya!!! Y ahí está la magia del personaje: terminas queriéndole, te metes de lleno en su transformación. Te crees su vinculación con unos vecinos vietnamitas de la etnia Hmong que le ofrecen mucho más cariño, relación y preocupación que sus propios hijos, nueras o nietos (con los que ya hace tiempo perdió la batalla de conseguir algún tipo de comunicación). 

De pronto Walt deja su aislamiento y se conmueve y transforma junto a los dos adolescentes que viven en la casa de al lado. Dos adolescentes que viven en un barrio violento y lleno de peligrosas pandillas y que cada día tratan de sobrevivir. Dos adolescentes que se comportan y relacionan con Walt de una manera natural. Y los tres llegan a quererse y mucho. De pronto, Walt vuelca todo el cariño que tenía oculto y se toma como batalla personal que estos jóvenes consigan salir del entorno violento que les rodea. Se convierte en guardián. 

A punto de cumplir ochenta años y con una presencia que quita la respiración, Clint Eastwood se queda con la platea. No sólo dirige una película a lo clásico sino que crea un personaje que se convierte en héroe y que se lleva toda la simpatía del que le contempla. A pesar de su lenguaje, a pesar de su actitud, a pesar de los errores del pasado, a pesar de ser hombre atormentado… 

Desde el joven cura, que vela por Walt (porque se lo suplicó una y otra vez su mujer) hasta los jóvenes adolescentes así como otros miembros de la familia Hmong y demás vecinos giran alrededor de este anciano cascarrabias que guarda, aunque muy oculto a veces, una buena persona. Un hombre que durante toda su vida ha sabido más de la muerte que de la existencia y que arrastra los horrores de la guerra y la insatisfacción de haber matado a otros hombres y haberse dejado arrastrar por la crueldad de la supervivencia. 

Ahora es un hombre solitario y enfermo que, de pronto, decide salir de su aislamiento y mal humor continuo para ser recibido por una cultura totalmente diferente —y que él en un principio no dejaba de rechazar— y actuar como buen vecino. 

El Gran Torino es su pertenencia más preciada. Un coche antiguo al que cuida con esmero y lo tiene como reliquia en su garaje. Pero al final el Gran Torino cobrará vida porque será compartido y disfrutado. 

Walt en cada fotograma nos enternece sobre todo cuando se convierte en héroe. Porque ya no tiene nada que perder y sí mucho que ofrecer a dos jóvenes que les queda toda la vida por delante. Todo el mundo, incluido el joven cura, cree que Walt va a optar por la violencia…, nadie espera el hermoso sacrificio que realiza. ¡¡¡Y coño te emociona el abuelo!!!¡¡¡Abuelo, por cierto, muy interesante!!! 

Gran Torino no es una obra maestra o peliculón de siglo. Pero sí que es de esas viejas películas que te hacen vibrar, que te entretienen, que te hace creer en héroes y que todo el mundo puede cambiar… a mejor.

Diccionario cinematográfico (93)

Robbie y Cecilia: Cecilia y Robbie. Vuelve a mí. Y en el fondo los ojos de Briony Tallis en busca de expiación. Si me tirara, ¿me salvarías? Gracias por salvarme. Vuelve a mí. Los ojos de Robbie ven dos siluetas en la fuente. Una horquilla que representa una estrella brillante. Y dos amantes crucificados en la biblioteca. La pequeña Tallis lee: «En mis sueños te beso el coño, tu dulce coño húmedo. En mis pensamientos te hago el amor sin parar todo el día». Todos son apuntes para que cree una particular historia alrededor de Robbie y Cecilia. Dos jóvenes, de distintas clases sociales, que una cálida noche deciden tirar barreras sociales, prejucios y decirse que se aman y desean. A Briony se le escapa otra historia real que sus ojos de niña no ven. Y despechada en el amor por un Robbie ideal que se le escapa, comete un error imposible de enmendar. Cecilia y Robbie se separan. Ella con un vaporoso traje verde, le susurra al oído: Te quiero. Vuelve a mí. A él le obligan a bajar la cabeza y llevar sobre sus hombros un crimen que no ha cometido. Las clases altas y las apariencias no mueven un dedo por los jóvenes amantes y por la mentira de una niña. La vida sigue. 

Dunquerque. Segunda Guerra Mundial. Robbie sigue sucumbiendo ante el horror. Se siente enfermo. Llora ante lo que ve. Siente. Y sobrevive por el recuerdo de una casa en la playa con las ventanas azules. Vuelve a mí. Él sueña en volver con la cabeza bien alta y casarse con la amada Cecilia que le espera. Esa Cecilia que ha renunciado a la clase alta, a la familia, a las apariencias…, para que Robbie pueda volver a sus brazos. Briony es una adolescente atormentada que sigue dejando volar a su imaginación para buscar la manera de encontrar una expiación posible de su pecado de niña. Ahora tiene otra mirada. Empieza a recomponer todo el puzzle que vivió en aquel caluroso día de verano. Recuerda otra realidad, la que se le escapó. Y le hace daño. Ahora sigue los pasos de la hermana rebelde, sólo busca el perdón. Se convierte en severa enfermera pero la puede la sensibilidad. El soldado francés al que le huye la vida por la cabeza, que mira con ternura a la enfermera Tallis, que llora porque tiene miedo, y la dice con pena que la recuerda y la ama. Todo producto del desvarío de la muerte, de la vida que acaba, del miedo a cerrar los ojos sin recordar… Mientras Robbie se apaga entre sueños y enfermedades. Entre apariciones de la bella Cecilia y una casa en la playa, símbolo de la felicidad. Robbie llora, desesperado, ante pantalla de cine inmensa donde dos amantes franceses se aman y besan. Robbie encuentra un momento de descanso cuando la imagen de su madre le deja reposar, y le lava los pies. La playa de Dunquerque es pesadilla y quizá punto final de un viaje hacia la desolación. Quizá un viaje sin vuelta. Briony se encuentra con los dos jóvenes amantes a los que les cuesta el perdón, pero los ve juntos. Amándose… 

Una anciana Briony que ve como su vida se acaba. Deja su última novela donde devuelve a Robbie y a Cecilia toda la vida y felicidad que les arrebató. Les devuelve la casa con ventanas azules junto a la playa. Vuelve a mí. ¿Me salvarías? Gracias por salvarme. La anciana Tallis imagina la historia de dos amantes que se encuentran después de la mentira de una niña y siguen amándose. Aunque quizá todos los recuerdos sean mentira. Aunque quizá los dos amantes nunca volvieran a encontrarse. Aunque lo único que quedara quizá, de esa historia enterrada, fueran dos siluetas en la fuente. 

Cecilia y Robbie corren por la playa. 

Briony está sola. ¿Me salvarías? Quizá la creatividad y la imaginación la hayan salvado…, y un Robbie ideal que sólo susurra y desea a Cecilia.

La caja de música (Music Box, 1989) de Constantin Costa Gavras

La visión de El lector hizo que me acordara de una película que me impresionó muchísimo en el momento de su estreno: La caja de música. Su director Costa Gavras suele impactar con las historias que cuenta y las temáticas que toca: Z, Estado de sitio, Missing o El sendero de la traición son sólo un ejemplo.

Aquí nos empieza contando una historia familiar, de amor de padres, hijos y nietos. Un hombre, inmigrante húngaro, que dejó la vieja Europa después de la Segunda Guerra Mundial y se instaló en EEUU con sus dos hijos que se crían como ciudadanos americanos. Su hija (magnífica Jessica Lange) es una buena abogada criminalista.

La historia irá transformándose poco a poco en una historia de horror donde el abuelo y padre querido, el anciano contestario contra el régimen comunista de su antiguo país (y que ha críado solo a sus dos hijos) se convierte en sujeto sospechoso de crímenes de guerra durante la Segunda Guerra Mundial como un sádico oficial nazi capaz de los asesinatos más terribles.

Su hija, obviamente, cree que todo se debe a un error de identidades e incluso llega a pensar que es una maniobra del gobierno húngaro porque su padre es un conocido militante anticomunista.

Y ella actuará con todas sus armas (equivocándose a veces al ser demasiado agresiva) para demostrar la inocencia de su padre. Sin embargo, poco a poco, según va oyendo declaraciones, según va investigando la historia de su padre, ahora ese gran desconocido, y según se va relacionando con el fiscal del caso —una relación siempre tirante— empieza a dudar de la inocencia del padre.

Su viaje a Hungria para entrevistar a un testigo moribundo, su visita a los lugares que han descrito las víctimas y su conversación con la hermana de un amigo ya muerto de su padre (éste le daba cada mes una cantidad de dinero) hará que una hija con todo el dolor de su corazón empiece a abrir los ojos y a descubrir la cara oculta del padre.

En esa visita realiza un descubrimiento fatal y además regresa a su país con una tarjeta de una casa de préstamos para recoger algo que dejó el fallecido amigo. El juicio ya ha terminado y ha conseguido que el padre sea declarado inocente por falta de pruebas contundentes que demuestren su culpabilidad en los hechos tremendos del pasado. Sin embargo, ella acaba el juicio con la duda de la actuación en el pasado de ese padre que cada vez reconoce menos.

Cuando va a la casa de préstamos, lo que le dan a cambio es una caja de música. Una caja, inocente, antigua, hermosa…, ella respira tranquila y escucha la música y se maravilla del mecanismo cuando de repente…, aparecen, en escena tremenda, las pruebas irrefutables del pasado horrible del padre.

Y aquí esa hija, que descubre que su afable padre fue capaz de las cosas más horribles, tiene que tomar una decisión dolorosa. Más si cabe cuando trata de hablar con el padre al que ama pero del que ha descubierto el peor de los pasados (un padre monstruo e insensible) y éste no la escucha, no quiere escucharla, ni quiere reconocer un pasado que ha borrado.

Con escenas de un intimismo trágico y con interpretaciones que hacen temblar de una intensa Jessica Lange y un impresionante Armin Mueller-Stahl es una película que merece la pena volver a revisitar. Aunque nos lleve a un viaje pesadilla y a reflexiones dolorosas.

Curiosidades de cine y literatura

Antonio Machado no era amante de la gran pantalla, ya lo dijo “el cine, ese invento del demonio”. ¿Qué películas vería el poeta?¿Por qué no se sentiría embrujado por la proyección de sombras con alma? 

A Ramón Gómez de la Serna le iba tanto que escribió original novela, Cinelandia. 

Azorín ya lo descubrió mayor y con prestigio… y cayó en la cinefilia absoluta. Con Rebeca o La heredera gozaba el hombre anciano que vivía vidas que nunca protagonizó. 

De pronto Vicente Blasco Ibáñez se convirtió en famoso escritor de best seller. En Hollywood no fueron ajenos. Y compraban los derechos de sus novelas para que fueran protagonizadas por estrellas del momento: Greta Garbo, Rodolfo Valentino… 

Federico García Lorca nunca fue ajeno a este arte y tan sólo una de las pruebas es cómo se sintió atrapado por los grandes maestros cómicos del cine mudo. Dos pequeñas obras nos dicen al oído esa influencia mágica que también se vería en alguna de sus grandes obras dramáticas. Si podéis echar un vistazo a El paseo de Buster Keaton y Muerte de la madre de Charlot.

El lector

Aviso al lector: si no has ido a verla. Si no sabes de qué va esta historia: primero, vete a un cine, envuélvete en esta historia, y si quieres cuando pasen uno o dos días, lee este post.  

Primero, leí la novela que cayó hace unos años en mis manos. Y me atrapó. El lector de Bernhard Schlink es una novela breve pero intensa. Dos son los personajes principales: Michael y Hanna. Y los dos te hacen recorrer una senda llena de sensualidad, amor, horror, dilema moral y perdón. 

Stephen Daldry (Billy Elliot y Las horas) se mete de lleno en la adaptación de esta historia y en las heridas de la humanidad. Tanto el libro como la película hacen pensar e incomodan. Van más allá del horror. 

La película parte de un hecho: un joven adolescente inicia una relación sexual con una compleja y atormentada mujer. El joven queda conmovido y transformado por una mujer que le guía por los recovecos del sexo y la sensualidad. Ella sólo le pide algo a cambio: que le lea historias y novelas. Y entre cama y cama, leen la odisea, la dama del perrito, el amante de Lady Chatterley, guerra y paz, las aventuras de tintín… 

Un día misteriosamente… Hanna desaparece para siempre de la vida del adolescente que queda profundamente marcado. 

La historia parece una narración más de iniciación sexual. Del paso de la adolescencia a la madurez. Esta primera parte, bellamente contada y filmada, te atrapa. 

Después pasan unos años. Y ese adolescente es un prometedor estudiante de Derecho. Y en unas prácticas acude a un juicio. Ese juicio es el de un grupo de mujeres que fueron guardianas de las SS y que en un momento dado permitieron que trescientas mujeres murieran abrasadas en un edificio. Y para horror del joven, una de las guardianas es su Hanna, su primer amor. El conflicto está servido. 

Incomoda. ¿Por qué? Porque de alguna manera, no justificas a Hanna pero llegas a entender algo sus acciones e incluso terminas sintiendo compasión. La novela se centra en un caso concreto de una mujer analfabeta que tiene un sentido del deber a prueba de bomba sea el trabajo que tenga que llevar a cabo. Incluso si es una carcelera de las SS. Con una sinceridad, que hiere al espectador, ella confiesa que si su deber es hacer una selección de mujeres que irán a muerte segura, la hace. Si hay que impedir el caos y evitar que 300 mujeres escapen aunque terminen ardiendo, ella cumple mandatos.  

Hanna tiene una vergüenza oculta, algo que su orgullo no permite que salga a la luz, algo que la corroe y que termina convirtiéndola en una máquina, algo que mina su humanidad… Hanna no sabe ni escribir ni leer. Durante el juicio, su sinceridad horroriza, no entiende las preguntas que la plantean. Ella está convencida de haber realizado correctamente su trabajo. Está bloqueada y no se plantea si su acción está bien o mal. Puede más su vergüenza a reconocer que es una ignorante, a cargar con la culpa de un crimen horrible e inimaginable. Increíble pero cierto. Así impresiona su mirada y su voz cuando pregunta al fiscal: ¿Y usted qué hubiera hecho? 

Y esta pregunta tiene un fondo que muchas veces se plantea cuando se analizan las acciones que se realizaron bajo el régimen nazi durante la segunda guerra mundial: muchos fueron las cabezas pensantes, muchos fueron los que dieron las órdenes pero también fueron muchas personas quienes ejecutaron esas órdenes y muchísimas las que prefirieron vivir en la ignorancia o ignorar lo que estaba ocurriendo (por favor, no olvidemos otras joyas cinematográficas que han tenido un planteamiento similar, de analizar los motivos concretos de una persona que se ponía al lado del régimen nazi: Vencedores y vencidos —y el personaje de Burt Lancaster, un reputado científico o el de Marlene Dietrich, una mujer que prefiere obviar u olvidar la realidad—, El baile de los malditos —y el personaje de Marlon Brando, un oficial nazi—). La cuestión es analizar cómo pudieron llevarse a cabo actos tan horribles, cuáles fueron las razones que implicaron a la mayoría de una población a permitir el horror, la muerte, el silencio y el caos… 

Incomoda. Porque como dice uno de los jóvenes estudiantes de derecho, al asistir a ese juicio, lo que deseas es lo peor para esas mujeres que además muestran mínimo arrepentimiento por no decir ninguno. Y también porque ellas, como sigue diciendo este muchacho, fueron marionetas que ejecutaban órdenes horribles. Con ellas y su juicio y castigo, no se repara el horror, no se juzga a los principales ejecutores, a los ideólogos, a los que firmaban órdenes… Como en un futuro dice una Hanna en cadena perpetua, los muertos siguen muertos. 

Incomoda. Porque tal como está narrada la historia, entiendes el dilema moral y el dolor de ese joven que se enfrenta a que su primer amor fue un ser humano capaz de las más horribles cosas. Entiendes que le marque de por vida. Entiendes el dolor y la mala conciencia que se le queda para siempre después de ocultar la prueba que hubiera supuesto una pena menor a la acusada. Entiendes que no se puede desprender jamás de Hanna y que sea algo que le persiga para siempre. Entiendes que trate de comprenderla, aunque sea algo que le supere. 

Emociona. Emociona esa mujer condenada de por vida. Encerrada entre muros. Y ese joven que se hace hombre atormentado y para tratar de reparar su mala conciencia, a lo largo de los años, envía cintas grabadas a Hanna con la lectura de diversas novelas. Emociona como Hanna, a lo largo de sus años de cautiverio se refugia en las cintas y cómo decide acabar con aquello que la ha convertido en máquina: se pone a aprender a leer y escribir. Emociona como Hanna, dentro de su sentido del deber, su orgullo y rectitud, puede que intuya lo horrible de sus actos. Y nunca deje de ser mujer atormentada. Emociona ver los esfuerzos de un hombre que no puede desprenderse de ese primer amor que aunque parezca máquina que no distingue bien del mal, él conoce que escondía humanidad… 

Incomoda y emociona. Por eso merece la pena verla. 

Mención aparte merece la correcta dirección. El guión bien construido. Las interpretaciones, que consiguen la empatía con el público, de Kate Winslet, Ralh Fiennes (Michael maduro) y David Kross (Michael adolescente). Y un último recuerdo a dos hombres que amaban el cine y aquí ejercieron su último trabajo como productores: Sydney Pollack y Anthony Minghella.

Raquel, raquel (Rachel, rachel, 1968) de Paul Newman

Con la muerte del actor de ojos azules, se están editando varias de sus películas en dvd. Ya hablé en su momento de la labor de Paul Newman como director y de cómo su obra en este terreno no era fácil de encontrar ni era demasiado difundida. Ahora tenemos la oportunidad de disfrutar de su debú como director en una cinta intimista (tipo de cine muy en boga a finales de los años sesenta que preludiaba ya cambios en la cinematografía norteamericana y el advenimiento de una nueva etapa dorada).

No hay nada más que recordar películas como la que nos ocupa, las del director John Cassavettes (de aquel mismo año, Faces), Reflejos de un ojo dorado (1967) de John Huston o El nadador (1969) de Frank Perry. Por sólo nombrar algunos ejemplos.

Como ya escribí en un post en 2007 en la serie de Actores detrás de las cámaras: “Paul Newman empezó a dirigir en el año 1968 donde dio el papel protagonista a su esposa Joanne Woodward en Raquel, Raquel. Se puede entender que uno de los principales motivos por los que se puso tras la cámara fue por impulsar y dar buenos papeles a Joanne. Una buena actriz que ha sido muy desaprovechada por la industria. 

Raquel, Raquel tuvo en su momento un buen recibimiento y buenas críticas. Supuso un éxito profesional para la pareja que consiguieron el premio de la crítica de Nueva York a la mejor dirección y mejor actriz por esta película. Joanne consiguió una nominación a los oscar como mejor actriz. La película cuenta la historia de una maestra soltera que vive con su madre y que decide tomar las riendas de su vida. Es una película que está alejada de los circuitos de distribución. De momento, que yo sepa,  no se ha editado en dvd ni ha sido emitida desde hace tiempo en televisión”. 

Ahora, la tengo reciente en mi memoria, la película es la adaptación de una novela, Una burla de Dios de la escritora Margaret Laurence; el guión está escrito por el guionista Stewart Stern (que fue también autor de Rebelde sin causa), la dirección corre a cargo del actor de ojos azules y la actriz principal es su mujer, la olvidada y poco reivindicada Joan Woodward.

Raquel, raquel es la radiografía de una mujer. La protagonista queda desnuda ante los ojos del espectador. Sabemos todo lo que piensa y siente, lo que recuerda. Lo que imagina. Asistimos a su personalidad, a sus miedos, a su mirada y acciones. Una película donde se encierran todas las emociones de una mujer concreta, llena de matices, con una interpretación completa de una Joan Woodward que genera todo tipo de sentimientos.

Raquel es una maestra de escuela que esconde todos sus miedos. Su vida transcurre lenta en una pequeña localidad. Raquel nunca ha sido valiente en sus sentimientos, se ha encerrado en sí misma, siempre marcada desde pequeña por la muerte y el rechazo (su padre trabajaba en la funeraria de la localidad) y una madre dominante, siempre dependiente; Raquel es incapaz de disfrutar de la vida. De la alegría. De las pequeñas cosas hermosas que ofrece la vida. Es una mujer con un fuerte mundo interior pero incapaz de exteriorizarlo, incapaz de tirarse a la piscina de los sentimientos, de experimentar, de huir, de equivocarse, de amar…, por eso a sus treinta y cinco años jamás ha sido capaz de atreverse a iniciar una relación. Siente incapacidad de creer en la magia de los actos cotidianos. Se encierra en su mundo de maestra y en su relación enfermiza con su madre. Tan sólo tiene una amiga, otra maestra (otro personaje digno de análisis, una mujer más valiente pero también atrapada por sus miedos y por las presiones sociales. Sin palabras deja la escena de esa reunión de las dos amigas con una especie de falso y desagradable predicador que acentúa más la soledad en la que viven un montón de personajes y la incapacidad de relación y de amor).

Sin embargo, Raquel es consciente de que se está perdiendo cosas en su vida por su cobardía frente a sus sentimientos. Y quiere volar. Huir. Avanzar, dar un paso, ser capaz de equivocarse…Y la película nos cuenta de manera sencilla, melancólica y triste, el momento en que Raquel decide dar un paso en su vida, de abrirse ante sus miedos, de experimentar e incluso de tratar de dar un cambio a su vida. Y ese paso no es fácil, y es vacilante y lleno de miedos. Pero lo da. Se libera tan sólo un poco. Pero la protagonista lo logra.

Ese primer paso supone su primer acercamiento más allá de dos palabras a un hombre. Que no es el mejor de los hombres. Que no es el príncipe que rescata a la maestra y la abre los ojos a un mundo enorme. Que no es el hombre que la ama y la libera, que la arrastra. No, sólo es un hombre que en un momento se encuentra aburrido y solo y decide que va a compartir esa soledad de unos días con la tímida Raquel…, sin embargo, a ella esta anécdota la supone un montón de cambios. Supone que sus sentimientos sean un volcán en erupción. La permite dar un primer paso. Quizá no sea mucho, quizá siga con su hermética vida. Pero por primera vez ha sido capaz de sentir, con algo menos de miedo. Por primera vez ha sido capaz de hablar cara a cara con su madre y enfrentarse a su relación. Por primera vez ha sido capaz de ahondar más en su única amistad. Por primera vez empieza a tener claro que es lo que quiere, que no quiere perderse la experiencia de crear vida. Por primera vez ha sido capaz de que su vecino (el nuevo dueño de la funeraria) se convierta en persona cercana…, ha abierto una puerta.

Película intimista para disfrutar en soledad. Deja un halo de tristeza pero también de esperanza y de buenos deseos hacia una Raquel que quizá, no lo sabemos muy bien, consiga abrirse y darse una oportunidad de ser feliz.

Diccionario cinematográfico (92)

Instrumentos musicales: y hoy va de instrumentos musicales que han sido grandes protagonistas de grandes escenas cinematográficas. 

Desde una corneta que no para y protagonista de la primera y divertidísima escena de El guateque. 

A una guitarra, una trompeta, un bajo o el saxo que derraman toda la sensualidad y el ritmo del jazz en película olvidada, Paris blues. 

Y si seguimos con la trompeta que vemos que es el instrumento inseparable de un atormentado Kirk Douglas en esa joya que se llama El trompetista. 

Otro drama con trompeta es la de un soldado que recuerda al amigo muerto de manera injusta, y hace un solo de trompeta que estremece (De aquí a la eternidad) 

Ahora nos movemos entre pianos…, piano protagonista de una historia de amor llena de sensualidad entre sordomuda y atractivo mestizo (El piano). 

O ese piano en mitad del Holocausto que sirve para mantener a un músico con vida. 

O esos pianos que sirven para contarnos un amor que se va rompiendo (Esplendor en la hierba) o que inspira los sueños eróticos de un rodríguez (La Tentación vive arriba). 

Un piano también nos cuenta la relación entre una vieja y antipática maestra de música y una joven presa que es un genio con este instrumento… y el piano y la música las redime a ambas (Cuatro minutos). 

Y seguimos con las guitarras, compañeras de perdedores que recuerdan tristes canciones o cantan y protestan. Que vagan sin rumbo con ellas. Desde el vagamundos que se encuentra en prisión en compañía de su guitarra (Un rostro en la multitud), pasando por el cantante de la Depresión (Ésta es mi tierra) hasta el héroe que cae en desgracia a lo Williams (Piel de serpiente)… Por ahí está el joven combatiente de Vietnam que termina en un psiquiátrico y toca triste la guitarra (El regreso). 

Que sí, que sí, ahora nos centramos en un violín. En el genio del violín pero que es persona antipática y despreciable (El príncipe de las mareas). O nos vamos de nuevo al saxo, el contrabajo y un pequeño ukelele para partirnos de risa (Con faldas y a lo loco). O vemos a los virtuosos hermanos Marx, uno con piano y otro con arpa que regalan momentos musicales, a veces, por qué no con cierto encanto… fuera de su humor absurdo. 

Que no pare la música… 

Robert Mitchum

Robert Mitchum juega con su cara al desengaño. Es uno de los actores de hoyuelo que cautiva. Mirada cansada con ojos claros. Pelo rebelde y cuerpo enorme y masculino.

Empezó en el mundo del cine en los años cuarenta y ya no dejó carrera larga que llevó con profesionalidad hasta el final. Nunca ejerció de estrella ni falta que le hizo. Trabajó con los mejores directores y tuvo en sus brazos a las mujeres más bellas.

Dominó todos los géneros (el que más se le rebeló fue el mundo de la comedia), sin embargo, es recordado en el mejor cine negro. También estuvo magnífico en el mundo del western, como hombre de melodrama o vestido de uniforme en película de guerra.

Mitchum tiene un magnetismo animal que le hizo hombre deseado. También, como digo al principio, es el desengaño en persona. Personaje que está de vuelta de todo. Y, sin embargo, capaz de ser el hombre más tierno o de provocar el mayor de los terrores.

Ya se le intuía grande como uno de los tres veteranos de guerra que regresan tras la batalla y se encuentran con un mundo en el que no pueden defenderse. Un mundo lleno de problemas de salud y trabajo además de los traumas que arrastran de la guerra. Un mundo que avanza hacia el desencanto… La película era de Edward Dmytryk y se titulaba Hasta el fin del tiempo (1946).

Un año después se mete en el mundo pesimista del cine negro y siente en sus carnes el poder de la mujer fatal. Él, como nadie para mostrarse desencantado. Un ambiente de luces y sombras, onírico, un viaje al pasado inolvidable y un gran director, Jacques Tourneur sirvió en bandeja al enorme Mitchum, Retorno al pasado.

Dmytryk antes de ser perseguido y señalado en La Caza de Brujas, le regala otro papel poderoso en drama bélico, con asesinato y antisemitismo. Llega título mítico: Encrucijada de odios (1947).

En los cincuenta Mitchum amplía su carrera y registros, además de estar en los brazos de damas como Jane Russell o Susan Hayward o la mismísima Marilyn Monroe, protagoniza películas grandes. El cine negro le regala otro papel carismático al lado de mujer fatal, cautivador y cautivadora película, Cara de ángel de Otto Preminger. Dos años después con el mismo director hace de vaquero con niño, rostro dulce y una Monroe que le cambia la vida en Río sin retorno (1954).

Al año siguiente recrea uno de sus personajes más terroríficos en la maravillosa ópera prima como director del actor Charles Laughton: La noche del cazador. Su papel como el falso reverendo Powell y esos tatuajes de love y hate en los nudillos de sus manos se han quedado en la memoria cinéfila. La maldad y lo siniestro se mezclan en el rostro de un Mitchum increíble.

Después de drama de hospital y médicos en la irregular pero interesante No serás un extraño de Stanley Kramer, Mitchum regala otro papel maravilloso esta vez vestido de uniforme, soldado de vida dura pero mirada tierna y capaz de infinita ternura que por avatares de la guerra termina en una isla con una bella monja con el rostro de Deborah Kerr. Y es tal la química que se establece entre ambos actores que regalan unas interpretaciones llenas de matices y una relación imposible… Estoy hablando de Sólo Dios lo sabe (1957) de John Huston.

Los sesenta empiezan con melodrama clásico a lo Minnelli y una comedia demasiado British pero que no carece de encanto. Melodrama familiar con un Mitchum más chulo que un ocho y con personalidad arrolladora y odiosa que se lleva a todos de calle en intensa película de uno de los magos del género. Me refiero a Con él llegó el escándalo. La comedia es Página en blanco, correcta y curiosa, de nuevo junto a Kerr y también con Simmons (Cara de ángel), Mitchum se ríe de sí mismo en personaje chulesco, llano y mujeriego millonario americano que se deja encandilar por la vieja Inglaterra y sus mujeres.

Pasan dos años y de nuevo su rostro se convierte en el mal. Y es que Mitchum está impresionante como ese preso que quiere vengarse del abogado que le llevó a la cárcel y que sumerge a toda la familia en el miedo, la angustia y la inseguridad. No se pierdan, si tienen oportunidad, El cabo del terror de J. Lee Thompson. Años más tarde, en los noventa, Scorsese en también su interesante remake le ofrece papel homenaje. Y ese mismo año deleita en papel de hombre normal, solitario, triste y desencantado en la maravillosa Cualquier día en cualquier esquina junto a Shirley McLaine. Ambos protagonizan una triste y hermosa historia de amor de seres que se unen ante la soledad y el futuro incierto.

Ya he dicho que también el western fue un género que visitó Mitchum, cowboy de los duros, y demostró toda su valía en una del Oeste crepuscular, El dorado (1967) del maestro Howard Hawks. Tres años más tarde, un Mitchum ya maduro deja triste papel en melodrama británico de David Lean, sus ojos tristes se hacen dueño de La hija de Ryan.

Los años setenta le devuelven al cine negro y de intriga para con su poderosa presencia dejar interesantes interpretaciones en películas del recuerdo: El confidente (1973), Adiós muñeca (1975) o Yakuza (1975). Incansable Mitchum sigue como leyenda protagonizando películas de directores de la talla de Elia Kazan o Jim Jarmusch. Deja su rostro cansado y carismático en Los amantes de María (1984) o Dead man (1995) antes de desaparecer, en silencio, con elegancia y rostro canalla de este mundo. Y quedarse como uno de los reyes de las salas oscuras para devolvernos una y otra vez la belleza del desencanto.

Oscar 2009, a una gala que no pude ver

Que se lleva el oscar Pe y recuerda Alcobendas. Que sí que es cierto que en esa película de Woody Allen, que es de las que menos me ha gustado aunque como siempre algo rescaté, sí que era cierto que cada vez que salía Pe llegaba una bocanada de aire fresco. Como me dijo un compañero el otro día, no está nada mal que de vez en cuando el premio se lo lleve alguien que haga papel cómico. No nos damos cuenta de que hacer reír es más difícil que hacer llorar.

Que sí, que sí, que Kate Winslet que gran actriz es. Que me muero por verla en El lector (¡¡¡cómo me gustó la novela!!!) y que estuvo también grande como April Wheeler en Revolutionary Road. Que es actriz dramática pero también risueña y encantadora.

Claro que se lo merecía Sean Penn, que estaba grande como Harvey Milk en biopic a lo Gus Van Sant pero mi corazón quería que se lo hubiese llevado Mickey Rourke que también estaba inmenso con esos ojos al borde de la lágrima y ¡¡¡esas manos destrozadas!!! que me dejaron hipnotizada. Su luchador era triste y tierno.

Sí, todo el mundo lo sabía que Heath Ledger se lo llevaría a título póstumo. Por su Joker oscuro (que por cierto no he visto) pero fíjate que hubiera preferido que este rubio de rostro dulce siguiera entre nosotros y quizá se lo hubiera dado a otros compañeros, que también estuvieron inmensos. Él tenía carrera que prometía y podía habernos dejado muchas más veces con la boca abierta.

Yo este año he quedado contenta porque aunque no he visto la película que me deje arrollada o entusiasma sí que he disfrutado de buen cine. Slumg Milloinaire me metió de lleno en un cuento o fábula con asuntos tristes (¿no son tristes los cuentos de Andersen o de Grimm?) y terminé con ganas de bailar con los protagonistas y de que Jamal se hiciera millonario y de que se llevara a Latika lejos…Me apené por el destino de Salim. No para todos el cuento termina feliz.

Por supuesto, que el oscar a largometraje de animación tenía que ser para Wall-E. Ese robot que devuelve al cine la magia de la pantomima. La fuerza de la imagen. Qué delicado y tierno. Sentí buen cine mientras me enamoraba de ese robot que se enternece ante dos seres que se cogen la mano o que entusiasmado baila a lo ¡Hello Dolly! Nadie había visto la japonesa que ganó el oscar mejor película extranjera. Esperaremos a verla antes de opinar. No obstante ahí estaba La Clase que para mí era película de las grandes…

La gran perdedora fue, quizá, El curioso caso de Benjamin Button pero que conste que esta fábula con aires de generación perdida contaba con escenas y personajes de buen cine. Ya dije para mí lo que no funcionaba era el conjunto. Pero tenía retazos de buen cine.Y tampoco hicieron mucho caso de El luchador pero yo me la llevo en el recuerdo. O en el apartado de intérpretes ni uno para La duda (todos estaban nominados), película que también recomiendo porque es de esas que sales y tienes charla y debate asegurado.

Lástima me dio no disfrutar del bello Hugh Jackman, de sus bailes, canciones y gracias. Otra vez será. Me dijeron que estuvo fantástico.

Slumdog Millionaire

Mezcla de realismo crudo y fábula. Buen montaje y ritmo. ¡¡¡Bendito casting el de niños y adolescentes!!! Slumdog Millionaire es un cuento con luces. Y la sombra en los ojos de Salim. Realismo y fábula y la mirada de dos hermanos Jamal y Salim…, y una niña que les acompaña, Latika. Era la tercera. De esos mosqueteros que siempre les falta el tercer nombre. 

Jamal protagoniza la fábula. Después de ser niño de la calle, se convierte, ¡¡¡así es el destino!!!, en concursante ganador. Pero él no tiene intereses económicos. Él sólo quiere encontrar a su amada. Marcada, prostituida, mujer del mafioso… pero siempre con su esperanza en los ojos de Jamal. Salim protagoniza la realidad. La dura vida. El niño de ojos grandes que busca a dentelladas la supervivencia aunque para ello emplee la violencia. Salim no tiene una vida de cuento… pero cuando se da cuenta de que quizá su hermano pueda tenerla… le facilita las cosas.   

Danny Boyle da dosis de espectáculo, de energía, de historia mágica, si te metes quedas sumergida en unas vidas que se cuentan a través de las preguntas de un popular concurso televisivo y del interrogatorio que sufre Jamal por parte de un policía que trata de indagar si ha hecho trampas en el concurso… Mucho ritmo, al final un poco de Bollywood, música, amor, tristeza… y el rostro de un Salim que de niño espabilado se convierte, tras los golpes, en adolescente despiadado. No obstante, es uno de los tres mosqueteros y actúa así hasta el final. 

Imágenes que rozan lo poético se quedan grabadas, una chica que espera en la vía del tren, una niña que no puede alcanzar la mano del amigo, una madre que ve el peligro, un niño emocionado hasta arriba de mierda para que le firmen un autógrafo…

Impagable el presentador del concurso, cabrón y vanidoso como él solo. 

Sin duda, tiene magia. Yo me lo pasé bien.