El lector

Aviso al lector: si no has ido a verla. Si no sabes de qué va esta historia: primero, vete a un cine, envuélvete en esta historia, y si quieres cuando pasen uno o dos días, lee este post.  

Primero, leí la novela que cayó hace unos años en mis manos. Y me atrapó. El lector de Bernhard Schlink es una novela breve pero intensa. Dos son los personajes principales: Michael y Hanna. Y los dos te hacen recorrer una senda llena de sensualidad, amor, horror, dilema moral y perdón. 

Stephen Daldry (Billy Elliot y Las horas) se mete de lleno en la adaptación de esta historia y en las heridas de la humanidad. Tanto el libro como la película hacen pensar e incomodan. Van más allá del horror. 

La película parte de un hecho: un joven adolescente inicia una relación sexual con una compleja y atormentada mujer. El joven queda conmovido y transformado por una mujer que le guía por los recovecos del sexo y la sensualidad. Ella sólo le pide algo a cambio: que le lea historias y novelas. Y entre cama y cama, leen la odisea, la dama del perrito, el amante de Lady Chatterley, guerra y paz, las aventuras de tintín… 

Un día misteriosamente… Hanna desaparece para siempre de la vida del adolescente que queda profundamente marcado. 

La historia parece una narración más de iniciación sexual. Del paso de la adolescencia a la madurez. Esta primera parte, bellamente contada y filmada, te atrapa. 

Después pasan unos años. Y ese adolescente es un prometedor estudiante de Derecho. Y en unas prácticas acude a un juicio. Ese juicio es el de un grupo de mujeres que fueron guardianas de las SS y que en un momento dado permitieron que trescientas mujeres murieran abrasadas en un edificio. Y para horror del joven, una de las guardianas es su Hanna, su primer amor. El conflicto está servido. 

Incomoda. ¿Por qué? Porque de alguna manera, no justificas a Hanna pero llegas a entender algo sus acciones e incluso terminas sintiendo compasión. La novela se centra en un caso concreto de una mujer analfabeta que tiene un sentido del deber a prueba de bomba sea el trabajo que tenga que llevar a cabo. Incluso si es una carcelera de las SS. Con una sinceridad, que hiere al espectador, ella confiesa que si su deber es hacer una selección de mujeres que irán a muerte segura, la hace. Si hay que impedir el caos y evitar que 300 mujeres escapen aunque terminen ardiendo, ella cumple mandatos.  

Hanna tiene una vergüenza oculta, algo que su orgullo no permite que salga a la luz, algo que la corroe y que termina convirtiéndola en una máquina, algo que mina su humanidad… Hanna no sabe ni escribir ni leer. Durante el juicio, su sinceridad horroriza, no entiende las preguntas que la plantean. Ella está convencida de haber realizado correctamente su trabajo. Está bloqueada y no se plantea si su acción está bien o mal. Puede más su vergüenza a reconocer que es una ignorante, a cargar con la culpa de un crimen horrible e inimaginable. Increíble pero cierto. Así impresiona su mirada y su voz cuando pregunta al fiscal: ¿Y usted qué hubiera hecho? 

Y esta pregunta tiene un fondo que muchas veces se plantea cuando se analizan las acciones que se realizaron bajo el régimen nazi durante la segunda guerra mundial: muchos fueron las cabezas pensantes, muchos fueron los que dieron las órdenes pero también fueron muchas personas quienes ejecutaron esas órdenes y muchísimas las que prefirieron vivir en la ignorancia o ignorar lo que estaba ocurriendo (por favor, no olvidemos otras joyas cinematográficas que han tenido un planteamiento similar, de analizar los motivos concretos de una persona que se ponía al lado del régimen nazi: Vencedores y vencidos —y el personaje de Burt Lancaster, un reputado científico o el de Marlene Dietrich, una mujer que prefiere obviar u olvidar la realidad—, El baile de los malditos —y el personaje de Marlon Brando, un oficial nazi—). La cuestión es analizar cómo pudieron llevarse a cabo actos tan horribles, cuáles fueron las razones que implicaron a la mayoría de una población a permitir el horror, la muerte, el silencio y el caos… 

Incomoda. Porque como dice uno de los jóvenes estudiantes de derecho, al asistir a ese juicio, lo que deseas es lo peor para esas mujeres que además muestran mínimo arrepentimiento por no decir ninguno. Y también porque ellas, como sigue diciendo este muchacho, fueron marionetas que ejecutaban órdenes horribles. Con ellas y su juicio y castigo, no se repara el horror, no se juzga a los principales ejecutores, a los ideólogos, a los que firmaban órdenes… Como en un futuro dice una Hanna en cadena perpetua, los muertos siguen muertos. 

Incomoda. Porque tal como está narrada la historia, entiendes el dilema moral y el dolor de ese joven que se enfrenta a que su primer amor fue un ser humano capaz de las más horribles cosas. Entiendes que le marque de por vida. Entiendes el dolor y la mala conciencia que se le queda para siempre después de ocultar la prueba que hubiera supuesto una pena menor a la acusada. Entiendes que no se puede desprender jamás de Hanna y que sea algo que le persiga para siempre. Entiendes que trate de comprenderla, aunque sea algo que le supere. 

Emociona. Emociona esa mujer condenada de por vida. Encerrada entre muros. Y ese joven que se hace hombre atormentado y para tratar de reparar su mala conciencia, a lo largo de los años, envía cintas grabadas a Hanna con la lectura de diversas novelas. Emociona como Hanna, a lo largo de sus años de cautiverio se refugia en las cintas y cómo decide acabar con aquello que la ha convertido en máquina: se pone a aprender a leer y escribir. Emociona como Hanna, dentro de su sentido del deber, su orgullo y rectitud, puede que intuya lo horrible de sus actos. Y nunca deje de ser mujer atormentada. Emociona ver los esfuerzos de un hombre que no puede desprenderse de ese primer amor que aunque parezca máquina que no distingue bien del mal, él conoce que escondía humanidad… 

Incomoda y emociona. Por eso merece la pena verla. 

Mención aparte merece la correcta dirección. El guión bien construido. Las interpretaciones, que consiguen la empatía con el público, de Kate Winslet, Ralh Fiennes (Michael maduro) y David Kross (Michael adolescente). Y un último recuerdo a dos hombres que amaban el cine y aquí ejercieron su último trabajo como productores: Sydney Pollack y Anthony Minghella.

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