Rivales (Come and get it, 1936) de Howard Hawks, William Wyler

Rivales es interesante por varios aspectos. Es una de esas grandes películas que se realizaban en el sistema de estudios y por lo tanto contaba con los mejores técnicos, actores principales y secundarios, compositores, guionistas…, y todo bajo la mirada férrea del productor Samuel Goldwyn. Y también cuenta con la peculiaridad de estar firmada por dos grandes directores del momento Howard Hawks y William Wyler y contaré el porqué. En su momento no funcionó mal en taquilla y hoy es de esas tantas caídas en olvido.

No es perfecta pero en su contenido cuenta con varios aspectos de interés. La historia surge de la novela de Edna Ferber (una escritora que vería varios de sus títulos en pantalla y varias versiones como Magnolia, Cimarrón o Gigante). Y es curioso que aunque no se sabe exactamente qué parte fue dirigida por cada uno de los directores que trabajó en ella se pueden ver características de ambos directores.

En el campo interpretativo llama la atención, sobre todo, por dos aspectos: la oportunidad de ver al actor secundario Edward Arnold (famoso y recordado sobre todo por sus papeles de frío y despiadado empresario o empresario tierno en distintas producciones de Frank Capra) en un papel protagonista y también disfrutar de la interpretación y belleza de otra protagonista de lujo, la malograda Frances Farmer (cuyo carácter independiente la hizo no compartir ni adaptarse al sistema de estudios y esto impidió que se convirtiera en estrella además de sus continuos problemas con el alcohol y problemas de salud mental). También está presente Joel McCrea, futuro actor que tan sólo se dedicaría a películas del Oeste pero que durante la década de los 30 y 40 fue galán indispensable y cómico fetiche de Preston Sturges. Tampoco faltan, entre otros, dos secundarios de lujo como Walter Brennan (le recordaréis como ese anciano cascarrabias de Río Bravo) y Mary Nash (uno de sus papeles más recordados es el de madre sufrida y surrealista en Historias de Philadelphia).

Así contamos con una novela que habla sobre cómo un hombre metido de lleno en la industria madereda se convierte en gran magnate y empresario. Su ambición le lleva a renunciar al amor de su vida. En la película, se muestra así un ejemplo de la libre empresa en EEUU que permite que hombres hagan sus negocios sin tener en cuenta aspectos tan importantes como la repoblación de las zonas de árboles talados (así en esta película de 1936 se ve ya una crítica a esa forma de explotación y se plasman preocupaciones ecológicas).

De Hawks, sobre todo en la primera parte, vemos varios temas importantes en su filmografía como la camadería entre hombres y trabajadores así como la descripción perfecta del funcionamiento de la industria madereda (en unas interesantes  imágenes casi documentales). Un aire de aventura con peleas incluidas, la presencia del juego y el alcohol y sobre todo una fuerte presencia femenina de igual a igual con el personaje protagonista masculino. Un canto a exteriores y a la naturaleza… amenazada. Edward Arnold es el enérgico hombre trabajador que quiere prosperar en los negocios y para ello prefiere elegir entre un matrimonio de conveniencia que le hará avanzar en estatus económico y social que casarse con el amor de su vida, una bella e independiente cantante de cabaret (Frances Farmer) que terminará rota y casada con un buen hombre, el mejor amigo de Arnold (un encantador Walter Brennan).

En la segunda parte es donde quizá, y sin saberlo a ciencia cierta, veo más características de Wyler. Más interiores y escenas intimistas, más melodrama y ritmo pausado. Los años han pasado, Arnold es un hombre rico con dos hijos y una mujer educada a la antigua usanza que le ama y respeta. Lleva su negocio pero le pesa la renuncia del amor. Por una carta, visita de nuevo a su antiguo amigo, el amor de su vida ya no está, sí, sin embargo, la joven hija con ganas de comerse el mundo (también interpretada por Farmer). Arnold vuelve a revivir su gran amor y la colma de detalles, regalos, la acoge en su seno pensando en recuperar lo no vivido con su madre. La hija, accede gustosa en un principio. Ingenua porque lo que ella quiere es estudiar, prosperar, conocer mundo, obtener posición social… Con lo que no cuenta el padre es que tiene un apuesto y joven hijo, con ideas diferentes a las suyas respecto como llevar la empresa, y que se convertirá además en un rival de su amor secreto hacia la joven. Aquí, en interiores y reuniones de los personajes, se ve la nostalgia, la esperanza, el nacimiento de un amor, la complicidad entre padre e hija y distintos matices interesantes como una triste reflexión sobre la vejez, algo que no había tenido en cuenta el protagonista…

El cambio de dirección fue debido a un tremendo enfado de Goldwyn que no vio con buenos ojos que Hawks metiera mano en el guión y en la forma de interpretar y llevar a cabo esta historia. El cabreo fue tal que le despidió del rodaje y exigió a Wyler que se pusiera manos a la obra. Bajo las amenazas del productor Wyler, el joven y prometedor director no pudo negarse y tomó la dirección —aunque nunca sintió esta película como suya—. A lo que Wyler se negó en redondo fue a aparecer en solitario en los títulos de crédito, exigiendo que apareciera también Hawks y en primer lugar.

Rivales es de esas historias entretenidas e intensas que cuentan la saga e historia de un hombre y familia a lo largo de los años. Y que saca los defectos y virtudes de todos sus miembros, que narra los fracasos y triunfos, los errores y aciertos, los amores y odios…, disfrutamos así de los matices que un Edward Arnold es capaz de ofrecer a su personaje que a través de un gesto, sonrisa o mirada expresa mil sentimientos. O de cómo surge el amor entre dos jóvenes que primero discuten y se pegan y luego se ayudan ante una catástrofe casera. O nos enternecemos ante un hombre bueno con cara de Walter Brennan. O disfrutamos de la pelea en un saloon donde las bandejas de los camareros sirven de efectiva arma arrojadiza…

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Momentos inolvidables de Los puentes de Madison (The Bridges of Madison County, 1995) de Clint Eastwood

Clint Eastwood ofrece gran historia de amor y la defiende con momentos cinematográficos inolvidables. Con imágenes visuales de gran fuerza. Con silencios, gestos y miradas. Con frases de guión maestras (Richard LaGravenese). Y con dos intérpretes contenidos e intensos, él mismo y Meryl Streep. Y entonces ocurre el milagro: vemos lo que es un enamoramiento y sentimos en cada escena lo que significa el erotismo… ser deseado, desear.

Francesca, ama de casa de Iowa, de localidad pequeña y asfixiante donde los rumores pueden protegerte o destruirte, vive entregada a su familia, su marido y dos hijos adolescentes, aunque sus sueños han quedado lejanos. Aquellos sueños que cuidaba y cultivaba en su pequeño pueblo italiano, Bari.

Robert, fotógrafo de National Geographic, ama su profesión aunque, a veces, no se siente artista sino reportero del momento. Ciudadano del mundo, inquieto recorre cientos miles de lugares para no pertenecer a ninguno, para no echar raíces. Le importa todo el mundo pero permanece solo y libre, tenga el precio que tenga que pagar. Sólo así siente que no sufrirá la angustia a unas ataduras que teme.

Ambos se encuentran. Él tiene que encontrar un puente de Madison. Ella, sola cuatro días porque su familia se ha ido a un concurso local, le indica solícita dónde está ese puente que tiene que fotografiar. Contenta por salir un momento de la rutina. Por un momento de cambio, aunque siempre le asuste.

Y dos almas conectan y nos regalan miles de escenas inolvidables.

¿Te ayudo hacer la comida? Deja que coja esto. Y un roce, tiemblan.

Ella mira su cuerpo. Y el de él.

Se pone unos pendientes de aro. Se compra un vestido nuevo. Le mira cuando se lava.Fuman unos cigarrillos. Hablan y conversan entre tés helados, cervezas y brandys.

Historias y sueños. Se confiesan. Al fin y al cabo son dos desconocidos, no se lo van a contar a nadie.

Él la fotografía. Y ella por primera vez posa feliz porque se siente bella.

Ella se baña y contempla que está dónde él antes se ha duchado. Y las gotas de agua caen sobre su piel. Y todo lo que sea Robert lo siente erótico.

Él mete los carretes en el frigorífico. Hace tanto calor.

Y juntos bailan, en mitad de la cocina.

Ella coge el teléfono. Una vecina llama para cotillear, para hablarle de ese fotógrafo que parece un hippy. Y ella lo tiene ahí, sentado en la mesa de su cocina. Y pone su mano en su hombro.

Bailan. Y él dice que le diga que pare o va a ser demasiado tarde. Y ella le dice que nadie le está diciendo que pare.

Francesca se suelta el pelo.Y se descubren. Y antes de empezar ya sufren la separación.

Dos velas encendidas les separan. Y si se atrevieran. Y si continuaran esta historia. Pero los dos saben que no es tan fácil.

Y Robert sabe que esa certeza sólo ocurre una vez en la vida.Y ella le regala una cruz con su nombre, Francesca.

Y él publicará un libro de fotografías. A F. Cuatro días. Recuerdos.

La despedida duele.

Otra vez renunciar a un sueño. Conservar ese amor de cuatro días para toda la vida.

Llévame contigo a un lugar lejano. Si quieres te llevo a Bari, a Italia.

Él bajo la lluvia. Esperándola. Ella en la camioneta con su marido que nada sabe. Francesca toma el manillar del coche. Lo aprieta. Quiere bajar pero no baja. Y él que pone en el espejo retrovisor, la cruz, gira para no regresar.

Al final de la vida, el ciudadano del mundo regresa en forma de cenizas a Francesca para que las haga volar en el puente donde se conocieron.

Ella no lo duda. Se entregó a los sueños de los demás, a su marido, un hombre bueno y a sus hijos. Ahora sólo pide que sus cenizas también vuelen junto a Robert.

Sólo eso. 

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Diccionario cinematográfico (109)

Cuadros: hay cuadros que traen el pasado, atrapan el presente o tienen connotaciones mágicas. Hay retratos de la persona amada u odiada. Hay pinturas que expresan el mundo interior. Hay imágenes que a golpe de brochazo esconden un secreto o misterio. Algunos llevan a la locura otros a la curación. Cuadros que a través del cine cuentan o narran una historia en imágenes.

Me sumerjo en el retrato de la mujer-sueño, en una Laura etérea que enamora al detective hosco. Exploro la historia de la joven de la perla, esa joven con turbante y pendiente, bella y clara. Sufro con el autorretrato de un pintor que se mutila la oreja que vive atrapado en una habitación de proporciones imposibles.

Bailo en un París encantado por impresionistas o con los cuadros de prostitutas de un triste enano con cara de Toulouse Lautrec. Me dejo llevar por el retrato etéreo y fantasmal de una joven Jennie o estoy atrapada por el misterio que no deja dormir a un detective con vértigo que ve como la mujer amada, rubia con moño y un camafeo, se sienta horas y horas frente al retrato de una mujer de siglo pasado en un antiguo museo.

No quiero hacer un pacto con el diablo y ser inmortalmente joven y atrapada en un retrato como el desgraciado Dorian Gray. Tiro desgarrada una taza de café, miro con odio o lanzo un vaso de alcohol hacia el tirano que ha amargado mi vida o destrozo despechada el cuadro que lo inmortalice en melodramas que encienden mi espíritu.

El misterio me envuelve ante la mujer del cuadro o hacia la pintura naif de un pobre hombre, que oh perversidad, pierde su autoría ante la mujer fatal. Lloro desconsolada por ser mujer normal y vulgar y no alcanzar el misterio y la belleza de una Rebecca cualquiera.

Pero también tiemblo ante los cuadros que inmortalizan historias que después puedo imaginar. Como esa Juana la Loca que vela a un Felipe el Hermoso en macabro cortejo por tierras áridas. O ese rey pasmado que enloquece de pasión y lujuria ante una modelo desnuda que se mira al espejo. Me quedo de piedra cuando en película francesa queda para siempre inmortalizados los trazos del gran Renoir a la orilla de un río o en una comida en el campo. Instantes de felicidad.

O me enternezco ante la mirada de ese amante señor casado que suspira viendo el cuerpo desnudo y pintado de la hermana de la propia esposa a la que desea con locura. Me llena de ternura ese pintor intelectual y desgraciado que aprende de la sencilla y feliz vida de su jardinero y que le sirve de nuevo para inspirarse y realizar una colección de cuadros que alimentan su sentido del arte. Lágrimas melodramáticas salen de mis ojos cuando ese escritor bohemio recuerda ante mural de un café, el rostro de la mujer amada y su historia en París. Me da pena ese anciano que siente como su cuerpo no responde pero sigue excitándose y amando la belleza de un cuerpo femenino desnudo, de una venus en un cuadro que no le hiere y de una venus-lolita real que le echa en cara que es viejo.

Los cuadros guardan secretos históricos como la última cena de Leonardo da Vinci, ya nos dice que es un código. O ese cuadro que inmortaliza una partida de ajedrez y oculta a la vez la solución de un asesinato del pasado.

U otras películas nos emocionan porque hablan de hasta qué punto ciertos cuadros tienen un valor tan incalculable y tan valioso que se defienden en tiempos de guerra con la vida misma. Así nos dejamos arrastrar por ese poderoso Burt Lancaster que defiende junto a un montón de hombres un tren lleno de cuadros que estaban en los fondos y museos de París y que los alemanes quieren para ellos mismos. Lancaster y otros impedirán que esos cuadros lleguen a la Alemania nazi cueste lo que cueste. O ese humilde celador del museo del Prado que en plena Guerra Civil hará lo imposible por salvar un pequeño autorretrato de Goya.

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Via con me, una canción de película

La voz grave de Paolo Conte nos dice al oído:

“It’s wonderful
it’s wonderful
it’s wonderful
good luck my baby
it’s wonderful
it’s wonderful
it’s wonderful
I dream of you…”

Así tal cual, aparece en varias bandas sonoras de películas para que se nos quede en memoria: French Kiss (1995), Un romance en Nueva York (1996), Deliciosa Martha (2000) y su remake americano Sin reservas (2007).

¿No hay canciones que siempre se nos quedan?¿No hay voces que no se olvidan? ¿No hay melodías que no te cansas nunca de escuchar? Para mí una de ellas es esta canción con voz de Paolo.

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La insoportable levedad del ser (The unbearable lightness of being, 1987) de Philip Kaufman

Sí, partamos de varias premisas. Veía esta película con prejucios porque había leído críticas demoledoras. Por otra parte no he enmendado la falta principal, no he leído la novela de Milan Kundera. El largo metraje más de tres horas me hacía enfrentarme con miedo a esta obra cinematográfica que había leído varias veces que era aburrida, pretenciosa…, etcétera, etcétera… Así que me abrumaba ponerme frente a un mamotreto de historia.

Y, magia entre las magias, disfruté de las tres horas. Se me hace urgente leerme la novela porque sobre todo hay tramas y personajes que se me quedan en el aire y hubo algunos momentos y escenas de la película que me cautivaron. No es obra perfecta y redonda pero me volvería poner frente a ella.

Los tres personajes principales son Tomás (el actor británico Daniel Day-Lewis), cirujano de prestigio; Teresa (la actriz francesa Juliette Binoche), camarera que se convierte en fotógrafa de mirada especial y, por último, una artista bohemia y libre que se llama Sabina (la actriz sueca Lena Olin). Tres amigos con diferentes formas de vivir y sentir la vida, el amor y el sexo, tres personas que también sufren de diferente manera la invasión de la URRSS a Checoslovaquia en el año 1968.

Creo que el principal fallo para que no se convierta en film redondo está en no encontrar el tono adecuado a lo largo de toda la película. Comienza casi como una fábula satírica, como una comedia sexual, y poco a poco se convierte en relato documental, político e histórico de una invasión (a través del reportaje fotográfico de Teresa), contamos con momentos de película filosófica y reflexiva, o pasamos de puntillas por una película pasional con triángulo amoroso para transformarse (de manera maravillosa) en película sobre amor trágico. Quizá, seguro, la novela de Kundera no tenía fácil adaptación y por ello el resultado final me parece más que satisfactorio.

Son muchos los frentes abiertos con ese cirujano de prestigio como personaje central que diferencia totalmente sexo y amor…, y éste, el amor, acude de manera sorprendente a su vida a través de la joven y romántica Teresa. De pronto, se ve inmerso en un compromiso del que no puede salir pero tampoco puede evitar sus continuos encuentros y juegos sexuales donde la mujer que más le comprende, y además ambos se quieren, es la artista Sabina. Además, ella conocerá a Teresa y ambas se convertirán en buenas amigas.

Por su parte, Teresa es totalmente romántica e idealista, dulce que se entrega totalmente a Tomás al que ama con locura, sin embargo, descubre que para ella pesan en exceso los celos y las continuas infidelidades del hombre de su vida.

Todos estos encuentros y desencuentros amorosos se desarrollan durante la primavera de Praga, un momento donde los ciudadanos se sienten libres y que avanzan hacia un comunismo no totalitario ni burocratizado hasta que ese sueño se evapora con la brutal invasión de la URSS que Teresa capta con su cámara fotográfica.

El después continúa con exilios y regresos. Con encuentros y desencuentros. Con abandonos y vueltas. Con amores rotos y otros que se reconstruyen una y otra vez. Con sacrificios laborables como no poder ejercer sus profesiones. Con dudas y decisiones. Y el destino de los tres personajes se funde en la historia política de fondo (quizá la menos desarrollada en la película es la del interesante personaje de Lena Olin).

Así de salto en salto todo está poblado de escenas que me conmovieron. Me encantan dos personajes que son animales pero que sirven para preciosas reflexiones. Me emociona esa perra dulce a la que bautizan Karenin —porque cuando se conocieron Tomás y Teresa, ella leía Anna Karenina— o ese cerdo maravilloso que se llama Mephisto al que su dueño ama con locura porque es inteligente pero no sabe nada y por ello es feliz.

Me gusta la Teresa, fotógrafa, que se mueve en esa Praga antes de la invasión y que también es testigo de la represión. Y cómo después en su exilio a Suiza la recomiendan que se dedique al cuerpo femenino y entonces realiza una sesión fotográfica de desnudos junto a Sabina en la que ambas terminan desnudándose.

Los encuentros sexuales no son eróticos sino que están planteados como juegos. Juegos por parte de Tomás. Un juego que le sigue perfectamente una Sabina con sombrero.

Conmueve cómo finalmente Tomás se enamora de la dulce Teresa, se entrega totalmente, y se convierte en una persona feliz aunque ambos no pueden dominar los reveses y destinos de la vida.

Así que al final me quedo enganchada a la historia y a los personajes. A sus miedos y penas, a sus alegrías y momentos dulces. A los instantes agridulces. A sus sueños y pesadillas.

Realmente La insoportable levedad del ser se ha convertido para mí en agradable sorpresa.

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Decepción

Decepción es lo que he sentido ante uno de los trabajos de Sean Penn como director (no había visto ninguno de sus intentos) aunque la dirección es correcta y tiene varias escenas que merecen la pena. Se trata de El juramento (2001), adaptación de una novela de Friedrich Dürrenmatt que ya había sido llevada a la pantalla por el realizador Ladislao Vajda en 1958 con el título de El cebo.

Y señores y señoras me cautivó y sorprendió bastante más El cebo, quizá por mi desconocimiento de la historia en ese momento, que la película de Penn que me pareció un remake con giro final absurdo. Eso fue lo que me mató, definitivamente, el final.

Quizá destacaría ese triste ambiente que envuelve toda la película y alguna aparición que otra de secundarios memorables en dos minutos de actuación así como un reparto de lujo. Pero no sabría explicar muy bien por qué me dejó bastante fría hasta el triste personaje de Jack Nicholson o Robin Wright Penn con su diente mellado. No logré emocionarme ni un solo instante y eso que los temas que desarrolla la película son muy duros.

Como curiosidad, ojo al globo volador homenaje absoluto a M, el vampiro de Dusseldorf de Lang, que trataba sobre otro asesino en serie de niñas.

Diría que El juramento me ha dejado sin palabras. Será la decepción. Ha sido extraño.

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Cosas que perdimos en el fuego (Things we lost in the fire, 2007) de Sussane Bier

Curiosamente en unos años que no dejaba de ir a Donostia querida (para Hildy sin duda una de las ciudades más bellas) durante las fechas del festival internacional de cine fue cuando conocí parte de la obra cinematográfica de la danesa Sussane Bier que se ubica dentro del movimiento Dogma 95. Después, otra de sus películas pude verla en un festival madrileño. Así esta danesa dirige y escribe películas sobre los sentimientos humanos y sobre cómo golpea la muerte, la enfermedad o la ausencia del otro en las personas queridas. Y también sobre el dolor y la felicidad que causa el amor o el querer a una persona. Como ese dolor y esa felicidad es capaz de transformar una vida rota. Sus películas se acercan totalmente al alma de sus personajes, los actores se desnudan, y la cámara nos ofrece hasta la última lágrima o sonrisa del personaje en unos primeros planos inmensos. La cámara se mueve. Los diálogos los justos. Y las películas son secas e intensas a la vez hasta que explotan y llegan. Sussane Bier tiene una forma de contar. Y ese universo propio de sentimientos desnudos y su forma de abordarlos y filmarlos…, puede llegar muy hondo…, o no. Como interpretación personal, para mí Bier reinterpreta y explora los secretos del melodrama como género y trata de llegar hasta la médula del espectador a golpe de sentimiento.

Como digo hasta ahora me había acercado a Te quiero para siempre (2002), Hermanos (2004) y Después de la boda (2006). Sin embargo, no me había sumergido en su debú americano con Cosas que perdimos en el fuego con guión de Allan Loeb. Y curiosamente en ese debú americano, Susanne Bier ofrece una película del universo de Susanne Bier. Y digamos que excepto unos personajes secundarios que claman ser más desarrollados (diréis que soy plasta con este asunto pero me muero de pena cuando se desaprovecha un personaje secundario con posible potencial y ahí está casi de adorno o para dar, simplemente, continuidad a la trama) Cosas que perdimos en el fuego es una explosión de sentimientos espléndidamente interpretada por Halle Berry y Benicio del Toro.

La historia no puede ser más sencilla y su desarrollo es duro y tierno a la vez. Una reciente y acomodada viuda con dos hijos pequeños no encaja la inesperada pérdida de un marido al que ama. No puede creer que haya muerto y que eso le esté pasando. La joven y bella viuda entra en un shock emocional que la hace parecer que domina la situación, no llora, no siente, no recuerda o, de pronto, sin motivo, estalla. De todo su círculo, al que extiende la mano para que la ayude a salir de esa situación, aunque por supuesto sin pedírselo, es al mejor amigo de su marido, un heroinómano al que mientras vivía su amor no le podía ni ver. Lo primero que dice al verle, rota por el dolor, es “yo te odiaba pero…”. Y él sólo la dice que lo siente, que no importa, y sonríe.

Porque de alguna manera ella sabe que sólo él puede entender lo que siente por perder lo que más quería. Y también siente que sólo a él puede decirle cosas duras. Y reconoce que tal vez sólo él conocía realmente al esposo que ella amaba. Y así es. También el amigo está roto por la pérdida y por la dependencia y también está dispuesto a extender su mano a la viuda y a los niños de su amigo a los que conoce perfectamente a través de las charlas que tenía con su colega.

Y, de pronto, dos almas rotas se unen, se ayudan, se hacen daño, se comprenden, caen y se levantan una y otra vez. Y van superando la pérdida de un ser querido, ahuyentan a los miedos y, quizá, recuperan la esperanza.

“Acepta lo bueno”.

Así Susanna Bier se acerca totalmente al dolor de la viuda (intensa Berry) y del amigo (bendito Del Toro)…, se acerca a sus ojos, a sus lágrimas, a las sonrisas…, y deja escenas, que por lo menos a mí, me emocionan. Como su primer encuentro, o aquel otro en que ella no puede dormir y se lleva al amigo para que la abrace y la toque la oreja como hacía su marido para tranquilizarla, o esa otra en que ella le echa en cara que está viviendo momentos que no le corresponden a él sino al desaparecido…, o aquella, en la que finalmente la viuda logra estallar y vomitar todo su dolor.

Antes ha contado como una vez la casa se incendió y perdieron muchas cosas. Y ella se mostraba triste y nerviosa por haberlas perdido y preguntaba al marido que por qué no estaba más desesperado. Y él, un hombre bueno, le decía que estaba tranquilo porque sólo eran cosas. Que carecían de importancia. Que lo importante es que se tenían el uno al otro. Y entonces ella encuentra esa lista de cosas que perdieron en el fuego…

Y Del Toro se come la pantalla a bocados. Mientras enciende el cigarro. Mientras mira. Mientras es lo más dulce que se puede ser con unos niños. Mientras vuelve a caer una y otra vez en la droga. Y otras veces se levanta. Mientras mira a esa mujer rota y la dice que es la más bella…

Otra pequeña sorpresa es ver en lindo papel a David Duchovny (el de Expediente X). Él es el ausente. El marido, padre y amigo. El ausente tan sólo aparece en pinceladas maestras al principio de la película y es ausente idealizado por la imagen que tenían de él una mujer enamorada, un amigo del alma y unos niños que le querían. El marido que un día se fue a por unos helados y no regresó. El héroe trágico que rompe e inestabiliza vidas con su inesperada muerte.

Y pueden pensar, Dios, esto es puro melodrama lacrimógeno. Ahí, amigos, está la magia del cine de Bier que es puro melodrama que nos llega seco y directo al corazón.

 

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Diccionario cinematográfico (108)

Policía: hay un cuerpo encargado de velar por el mantenimiento del orden público y la seguridad de los ciudadanos, a las órdenes de las autoridades políticas. Y ese cuerpo es la policía. Hombres y mujeres de diversos perfiles que pueblan el universo cinematográfico. Ese cuerpo, a veces, está tan podrido como el sistema político que lo sustenta. Otras veces no vela por la seguridad del orden público y la seguridad de los ciudadanos, sino que funciona como instrumento de represión y brutalidad. Otras veces hay una manzana no podrida que trata de realizar bien su trabajo entre la corrupción de sus compañeros. Y otras sí que se muestra un cuerpo con la función que debería tener.

Así hay un montón de policías para recordar y no sólo los de las películas de acción a lo jungla de cristal o las buddy movies con temática policial (a lo Tango y Cash o a lo Arma Letal) ni tampoco esos policías silentes que sólo traían caos y risas, los Keystone cops. Ni esos iconos de héroes violentos me tomo la justicia como sale de los huevos tipo Harry el sucio. O esos otros que sólo traían comedia soez a lo loca academia de policía.

Por ejemplo, Jules Dassin nos introduce en la vida diaria de una comisaría y en el trabajo minucioso de sus empleados en La ciudad desnuda. Otra de carácter documental es Relato criminal de Joseph H. Lewis donde también se puede ver los esfuerzos de la policía y otros cuerpos, agentes del Tesoro, para detener a mafiosos. Y tampoco podemos dejar al margen M, el asesino de Dusseldorf y las pesquisas de un grupo de policías para detener a un asesino de niños.

Hay polis buenos y malos, sheriffs para recordar y otros para olvidar por su maldad. Y después hay polis ambiguos, hombres con un montón de defectos que no obstante cuando tienen que hacer bien su trabajo lo hacen. Voy a ilustrar dos casos: uno es la recreación que realiza Rod Steiger en la película En el calor de la noche. Un policía sureño, de los duros, con bastantes dosis de racismo como toda su comunidad que decide, sin embargo, colaborar con un policía negro experto en homicidios para la resolución de un caso. Y otro es el que interpreta un Matt Dillon también como policía desagradable, maleducado y como no racista que no obstante cuando tiene que comportarse y realizar su trabajo deja a un lado sus sentimientos más oscuros en Crash.

Otro policía que no me quito del recuerdo es a un maravilloso Russell Crowe en L.A. Confidencial dentro de un departamento de policía hasta arriba de manzanas podridas. Él es un bestia con corazón delicado y con más cabeza de lo que sus superiores se piensan. No sólo es una masa de carne dispuesto a obedecer todo tipo de órdenes y a realizar todos los trabajos sucios. Es el policía perdedor.

Otro inolvidable policía perdedor no puede ser otro más que un Al Pacino agobiado que tan sólo quiere hacer bien su trabajo como agente de la ley pero que tiene que vérselas no sólo con el peligro de las calles sino con unos compañeros que llevan la corrupción en la sangre. Estoy hablando de Serpico.

Ahí va otro inolvidable en la retina del espectador y es ese agente mexicano con cara de Benicio del Toro en Traffic, que se las sabe todas respecto al narcotráfico y que tiene claro su lucha por la supervivencia aunque se salte miles de normas, aunque no se sepa muy bien de qué lado está. Quiere seguir con vida y no cree en políticos o gobiernos y sus planes para acabar con el narcotráfico.

Hay otro tipo de agentes, los que trabajan en las cárceles, que también protagonizan películas que se mantienen en el recuerdo. Varios de ellos por su brutalidad extrema, otros por su humanidad. Así vemos a un Billy Bob Thornton redimido por amor en la brutal Monster´s Ball. Aprende de la humanidad de un hijo que no soporta la frialdad, crueldad y dureza del trabajo encomendado (son agentes que ejecutan las penas de muerte) y por la mujer negra rota totalmente, esposa del último reo que mata. O a un Tom Hanks, en papel humano, que se sorprende de la personalidad de un reo y su capacidad para el milagro en ese cuento que se llama La milla verde. Tampoco olvidamos la brutalidad presente de policías sin sentimientos en La leyenda del indomable o Brute force también de Dassin. O aquellos casi sin rostro que con toda su fuerza de represión causan estragos en los motines carcelarios de Carandirú o Íntimo y personal.

También hay quienes realizan su trabajo solos ante el peligro. Sin duda nadie olvida el papel de Marlon Brando en La jauría humana que trata durante toda la película de defender a un joven delincuente del linchamiento de un pueblo que clama violencia.

Otros policías que dejan huella son los que están a cargo de algún caso de asesinato difícil de resolver o que tienen que ir tras un hombre o mujer difícil de capturar y que cambia sus vidas. Así hay películas con retratos de policías distintos como Seven, Zodiac, Melodía de Seducción, Mystic River, Heat…

Por último, me queda describir algún papel de mujer policía, cada vez más comunes aunque no abundan, en un papel cinematográfico conquistado por los hombres. Se me ocurre Fargo y el personaje de Frances McDormand. O recuerdo también el papel de Hilary Swank de policía novata en Insomnio. También, Holly Hunter se pone en la piel de una mujer policía en el thriller Copycat. Sí funciona la fórmula de mujer policía o de acción en televisión desde que una mítica Angie Dickinson se convirtiera en una de ellas hasta una Holly Hunter en plan mujer policía atormentada.

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El beso de la mujer araña

Molina, Molinita y Valentín.

William Hurt y Raul Juliá. Qué fuerte. Qué inmensos están ambos.

Una celda mugrienta. Un entorno horrible y cruel. Una cárcel dura.

Uno encerrado por corrupción a un menor y el otro por sus actividades políticas.

Ambos enclaustrados por no ser aceptados por el sistema social impuesto. Un sistema represor con abuso de poder y que somete a las personas a través de la violencia máxima.

Prométeme, Molina, que no vas a dejar someterte nunca. Que nadie tiene derecho a explotar a nadie.

El homosexual, la loca como se llama ella, y el preso político lleno de dudas empiezan a relacionarse en esa celda pequeña pese a ser tan distintos.

La comunicación surge a través de la narración de Molina, Molinita de viejas películas de cine de barrio. Historias de amor desgarradas desde la mujer pantera, a una película panfletaria nazi con amor trágico entre nazi salvador y francesa convertida, a la historia de unos zombis o de la mujer araña, a un melodrama de amor y muerte mexicano con boleros de fondo…Y así se van comunicando ambos. Y van surgiendo sus miedos y sus fobias. Sus sueños.

La madre enferma que quiere al hijo sobre todas las cosas.

El camarero con triste cara y triste historia de pobreza y frustración, amor ideal de Molina.

La amante Marta, con estudios, inteligente y rica. Nada la falta. La mujer que quiere que Valentín deje el movimiento y se amen para siempre. Valentín renuncia pero se siente avergonzado porque la echa tremendamente de menos. Quiere estar a su lado y tocarla. Es a ella y no a su actual compañera de lucha a quien anhela. Y Valentín se siente hipócrita.

La mujer ideal que logra hacer soñar a ambos…

Sonia Braga y su larga melena…, su sonrisa, como intérprete de melodrama o drama, como mujer de los sueños. Etérea, ideal.

Sus miedos.

No quiero ser mártir. No quiero morir en esta celda.

La tristeza sale de sus ojos, de sus palabras, de sus dedos, de sus sufrimientos…

Y cada uno aprende del otro. Y cada uno ama cosas del otro. Y cada uno descubre cosas del otro y de sí mismos.Y ambos crearán un mundo menos duro y cruel. Sin reglas ni represiones en la pequeña celda. Sin sometimientos. Sin que nadie juzgue nada. Tratarán de alcanzar una pequeña felicidad. Se amarán por generosidad, por solidaridad… en la mugrienta cama de la celda.

Soy tan feliz que tengo la sensación de que nunca seré desgraciado.

Sentí que yo era vos.

Me dejas que te toque.

Me dejas que te toque tu cicatriz.

Me gustaría que hicieras algo que nunca has hecho, que me des un beso.

Un beso.

Y Valentín enferma y Molina le cuida con muchísimo cariño. Y Valentín lo agradece pero le confunde que alguien sea tan amable con él sin pedir nada a cambio.

Y la mamá lleva bolsas a Molina de comida deliciosa y tabaco.

Para que Valentín pueda curarse.

A veces, ninguno de los dos logra salir del horror.

A veces, discuten porque tienen maneras muy diferentes de ver el mundo pero se comprenden.

Molinita se ha enamorado locamente de un hombre que se llama Valentín. Ésa fue una de sus discusiones qué era realmente ser un hombre.

A Molinita le ofrecen libertad condicional si se chiva de todo lo que el preso político le cuente. La máquina destructora con mil caras desagradables quiere nombres. Para hacerlos callar, para torturar, para someter y matar. Pero Molinita no traiciona. A él no le gusta la política. No quiere saber nombres. No quiere saber nada de luchas revolucionarias. Pero decide que ama a Valentín. Y le promete que no le dejará morir en una celda por torturas o comida envenenada que le destroza el estómago.Y Molinita, Molina acaba siendo como una de sus heroínas cinematográficas. Esas heroínas que mueren por amor, porque aman. Es como si fuese una muerte anunciada. Molina trágica, muere, como dama de cine. Aunque la tiren a un vertedero.

Valentín lucha por seguir imaginando. Él quiere cambiar el mundo pero le están haciendo morir en una celda. Y si regañaba a Molina por crearse esos mundos ideales y no analizar la realidad, ahora él cuenta con otra medicina más fuerte que la morfina. Paliza tras paliza. Valentín se atreve a soñar con su Marta que le lleva a otros mares. Y recuerda al amigo, Molina, al que quiere. Y se evade del dolor y la impotencia en una barca con la mujer que ama. 

El beso de la mujer araña (1976) es una novela del argentino Manuel Puig que fue adaptada en pantalla enorme por el director brasileño Hector Babenco en el año 1985 con Raul Juliá y William Hurt de protagonistas. Tanto leer como ver esta película es una bonita experiencia. Delicada. Dura. Triste, triste, triste.

Puig amaba el cine, los melodramas, los boleros…, y creó una novela absolutamente cinematográfica y literaria. Él no participó ni en el guión ni en la película pero en una entrevista aunque pone algunos peros reconoce el buen trabajo de Babenco y que logra transmitir mucho de lo que quería decir.

Hector Babenco realizó una película de sensibilidad donde los intérpretes William Hurt (Molina) y el desaparecido Raul Juliá (Valentín) dejan unas interpretaciones inolvidables y Sonia Braga cumple absolutamente como mujer-sueño.

El beso de la mujer araña también se convirtió en musical de Broadway y en ópera. Manuel Puig además escribió una adaptación para el teatro. 

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. 

Marathon man (Marathon man, 1976) de John Schlesinger

El maestro del suspense, Alfred Hitchcock, no es el único que empleó en sus películas un macguffin aunque fue él quien acuñó y definió el término. El macguffin es ese elemento de la historia que hace que los personajes avancen en la trama urdida pero que a la hora de la verdad no tiene mayor relevancia, sólo es una excusa para realizar historias emocionantes y que mantienen en tensión al espectador.

Un ejemplo magnífico de cómo un macguffin crea una historia de tensión es sin duda Marathon man, un thriller americano de los setenta dirigido por el director británico John Schlesinger con un guión de William Goldman (adaptando su propia novela).

El macguffin son unos diamantes, a partir, de ahí surgen unos personajes y toda una serie de peripecias que mantienen al espectador pegado a su butaca. Marathon man contiene escenas inolvidables de tensión y suspense y unos buenos personajes que hacen de esta cinta una película a tener en cuenta. Si llevas varios años sin verla, tendrás en la retina determinadas escenas pero seguro que no recordarás que son unos diamantes el mótivo que genera toda la trama.

¿Qué es lo que se recuerda? A sus personajes y algunas secuencias impactantes. Para mí el gran personaje es uno de los secundarios (gustándome bastante los principales) con rostro de Roy Scheider (inolvidable como el coreógrafo al borde de la muerte en ese maravilloso musical de Bob Fosse, Empieza el espectáculo). Ese hombre fibroso y elegante siempre al que su hermano universitario cree un hombre de negocios cuando en realidad es un agente secreto estadounidense especializado, en el momento que comienza la película, en la persecución de líderes nazis que viven con sus riquezas y sus ideas ocultos entre la gente.

Los dos protagonistas no pueden ser más distintos por eso su enfrentamiento es interesante. Por una parte, un estudiante universitario que está preparando una tesis sobre los abusos de poder, y obsesionado sobre todo por la era McCarthy por las consecuencias funestas que tuvo sobre su padre, profesor universitario, y también corredor de marathon (y admirador de la hazaña de Abebe Bikila). Ahí nos encontramos con un Dustin Hoffman perfecto en su papel de inocente metido de repente en asuntos ajenos a su vida diaria. Y, por otra parte, el ángel blanco, un líder nazi, Szell, que en su momento protagonizó terribles torturas en los campos de exterminio llevando a extremos inhumanos su preparación como dentista. Aquí nos encontramos con un gran actor británico con el rostro de un anciano y enfermo Laurence Olivier que compone un malvado inolvidable.

Por otra parte, nos encontramos con otros secundarios que enriquecen la trama, desde el punto de vista del suspense, la chica ambigua —mezcla de mujer fatal y mujer ideal— con el rostro de Marthe Keller y otro malo malísimo un agente doble —que juega continuamente a dos bandas— con la inquietante cara de un secudanrio de aquellos años, William Devane.

¿Cuáles son esas escenas que permanecen en la retina del espectador? Pues sobre todo la tortura a la que somete Szell al estudiante universitario con instrumental dental a la vez que le formula continuamente la pregunta: “¿Es seguro?”. O esa otra de un Scheider en ropa interior haciendo gala de un cuerpo admirable en una habitación de hotel parisino y atacado por un hombre con un alambre metálico para quitarle la vida. Imposible olvidar esas carreras contrarreloj de Hoffman primero en Central Park como parte de su entrenamiento y después para salvar su vida. Y tampoco se te quita de la mente esa arma mortal que lleva Szell para su defensa, una muñequera con un puñal que arrasa muertes.

Marathon man contiene una y otra vez distintas trampas de guión que hacen su visión emocionante. Esos guiones que si reflexionas despacio la película deja ver sus incoherencias pero que mientras estás al borde de un ataque de nervios viendo la trama no incomodan. Y eso amigos es bastante complicado. Sin embargo, cuando William Goldman recuerda esta película en su apasionante libro Aventuras de un guionista en Hollywood sólo tiene recuerdos para un anciano y enfermo Olivier que conquistó al escritor por su profesionalidad, fuerza y educación. Así que no se dedica a hablar sobre el guión y sobre cómo lo construyó sino que cuenta un montón de anecdotas emocionantes sobre los momentos que regaló el gran actor británico.

También, Marathon man entraría dentro de un ciclo de películas recordadas como parte de la segunda época dorada de Hollywood en los años setenta donde uno de los productores estrellas fue Robert Evans. Otro de los aspectos que se suelen señalar al hablar de esta película y que la hace ganar enteros porque efectivamente logra una ambientación acorde con el suspense de la película es la labor del director de fotografía, Conrad L. Hall, que tiene en su haber producciones magníficas como Dos hombres y un destino o dos de sus trabajos más recientes (los últimos de su carrera, tristemente murió en 2003) American Beauty y Camino de perdición.

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