Diccionario cinematográfico (156)

Ojos verdes: Aquellos ojos verdes de mirada serena dejaron en mi alma eterna sed de amar…, así suena en In the mood for love. O podemos irnos a Las cosas del querer y escuchar: Ojos verdes, verdes como la albahaca. Verdes como el trigo verde y el verde, verde limón.

Nos vamos al mundo fantástico de Bécquer, a una mujer-tentación con ojos verdes que arrastra al amor maldito. Así el autor antes de dar paso a su leyenda cuenta que “de seguro no los podré describir tal cuales ellos eran: luminosos, transparentes como las gotas de la lluvia que se resbalan sobre las hojas de los árboles después de una tempestad de verano”. ¿Cuántos ojos así hemos visto sentados en la butaca frente a una pantalla blanca?

Y en el cine con aires de romanticismo o también de amor maldito aparecen mujeres que arrastran su mirada de ojos verdes. También en películas de misterio y terror donde hay maldiciones y tentaciones. Son difíciles de encontrar pero cuando te cruzas con ellos no puedes retirarte. ¿Por qué si hablamos de ojos verdes pensamos en damas? También hay caballeros… pero en el cine pertenecen a las estrellas.

Gene Tierney y Vivien Leigh tuvieron los ojos verdes… que cruzaban la pantalla. En unos vimos reflejados el amor fou capaz de matar sin inmutarse sólo porque el hombre al que ama la tenga únicamente a ella. La adore.  Porque sólo el cielo podía juzgarla. O también fueron aquellos ojos los que enamoraron a un detective que ama a una muerta a la que ve retratada en un cuadro, se llamaba Laura. A la otra la vimos con su mirada ante un incendio feroz que devora Atlanta…, todo se lo lleva el viento o perdiendo la cordura en un tranvía llamado deseo.

Ava Gadner y Deborah Kerr tuvieron los ojos verdes… que cruzaban la pantalla. En unos vimos a la condesa descalza que devoraba la vida a tragos en la noche de la iguana. En los otros la dama tranquila y elegante que podía caer en el suspense y perder la cordura porque sus ojos verdes veían fantasmas o absolutamente desbocada, con sus ojos bien abiertos, rodando por el mar en beso apasionado.

Podemos continuar la búsqueda de esos ojos verdes…, siempre únicos o quizá tan sólo misteriosos.

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Farley Granger, la despedida de un extraño

La desaparición de Liz Taylor ha hecho que pocos recuerden o pocos se hayan despedido de Farley Granger que murió el pasado 27 de marzo a los 85 años. A Granger pocos le recuerdan…, y siempre sobre su trabajo como actor se han vertido los siguientes calificativos: soso, aburrido o mediocre…, reconociéndole que era tan sólo un bonito rostro que tuvo su momento de gloria durante los años cuarenta y cincuenta. Quizá su valoración como actor también se deba al propio Granger el cual nunca se lanzó piropos y él mismo se desprestigiaba en distintas declaraciones. Yo no opino como él. Farley Granger tenía una personalidad que le hizo no encajar en el mundo de Hollywood de los años cuarenta y cincuenta. Además durante esos años ya se sabe que la ciudad del celuloide se dejó llevar por una ‘doble moral’ de cara al público y Granger nunca entró en el juego. El bello de Farley nunca ocultó su bisexualidad, amaba a hombres y mujeres por igual y no hizo nada por esconderlo ni permitió que la maquinaria publicitaria se inventara historias, amores y rumores que no sentía. Por otra parte tampoco le ofrecieron muchos papeles en los que pudiera mostrarse versátil… pero sí pudo entrar en el Olimpo por cuatro películas que hacen que nunca se le olvide. Y en ninguna de las cuatro valoro que Granger sea soso, aburrido o mediocre.

Desde la primera vez que vi el rostro de Granger me enamoré de él. Siempre me llamó la atención. Farley protagonizó dos películas del maestro del suspense y en el momento y edad mi mirada no fue consciente de los matices de sus personajes en La soga o en Extraños en un tren. Sólo observé a un hombre bello, delicado, arrepentido y débil que pedía a gritos una pizca de compresión y cariño. Según iba creciendo me iba dando cuenta de otras complejidades ocultas tras estos personajes aparte claro está de una homosexualidad latente (pero sin ser nombrada) de ambos personajes.

Después me quedé absolutamente noqueada con Los amantes de la noche de Nicholas Ray. Ahí era el joven Bowie abocado a un destino trágico, a la mala suerte, un joven delincuente al que se le tuerce la vida sin quererlo y que no puede tener una tranquila y bonita relación con la chica que ama, Keechie. Así el poeta Ray ofrece una historia de amor fou y dramático desenlace donde Granger se muestra sensible y perdedor junto a su compañera Cathy O’Donnell. Ambos volverían a encontrarse en otra historia de cine melancólico y negro de la mano de Anthony Mann, Side Street (que todavía no he podido ver).

En otro papel que no puedo olvidarle donde el bello Granger es además perverso (y depravado) y te lo crees es en una producción italiana de Luchino Visconti, la maravillosa (para la que esto escribe) Senso. Visconti crea la historia de Livia, una aristócrata italiana que se enamora perdidamente de un oficial del ejército austriaco con rostro de Granger. Que la embauca, la enamora, la abandona, se burla de ella…, pero él no espera las trágicas consecuencias ni cómo reaccionará la Livia despechada que ha sido capaz de dejar todo y de traicionar a muchos por amor.

El debú de Granger fue como un joven adolescente ruso en la interesante, no por su calidad artística sino por su valor histórico, (ya hablé ayer de ella) La estrella del norte, película no bien recibida por la cadena de periódicos de Hearst que ya era acérrimo anticomunista y no concebía que se presentara a los rusos como pueblo amable y sufridor con una banda sonora con La internacional de fondo… aunque los rusos fueran aliados en la Segunda Guerra Mundial en la lucha contra el nazismo.

Su carrera cinematográfica no fue mucho más larga ni prolífica en el mundo del cine. Él mismo veía que no protagonizaba grandes películas así pasea correcto por Vida de mi vida o por las películas con varias historias como Cuatro páginas de la vida y Tres amores o por curiosidades como El fabuloso Andersen o La muchacha del trapecio rojo.

Fue un hombre que amó y fue amado. Sus distintas relaciones con hombres y mujeres fueron bastantes, siempre fue fiel a sus amigos y conservó la amistad con aquellos con los que vivió una historia de amor. Quizá su historia más conocida fue con una actriz que a mí me parece magnífica y siempre a reivindicar Shelley Winters.

El que fue una estrella extraña que nunca se creyó actor se marchó hace unos días pero ahí sigue en la gran pantalla con ese rostro bello que oculta una personalidad compleja y unas interpretaciones que estaré encantada de volver a ver…

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La calle (Street Scene, 1931) de King Vidor/ De ratones y hombres (Of mice and men, 1939) de Lewis Milestone

Si uno estas dos películas en un mismo post es para dejar constancia de que en el Hollywood de los años 30 existió un cine conectado con la realidad que se estaba viviendo. Lejos del escapismo, el espectáculo y el glamour (que también convivía y que también dejaba grandes joyas). Un cine social y de denuncia que recreaba una situación determinada. Un cine que antes de la censura y poco después de que ésta se instalara de lleno (el código Hays) hablaba al desnudo y presentaba un abanico de ideologías.

Un cine que planteaba problemas sociales y situaciones que podía reconocer el espectador que entraba en la sala. El crack del 29 tuvo su reflejo cinematográfico de muy distintas maneras así como sus consecuencias. Podemos saber de la crisis en una screwball comedy como la maravillosa Al servicio de las damas, en un musical como Vampiresas 1933 o en los dos dramas sociales que nos ocupan (que ambas son además adaptaciones de una obra de teatro y de una novela).

Ambas películas son dirigidas por dos directores de prestigio en el momento en que fueron creadas pero que a la vez actualmente han caído en olvido. Por una parte King Vidor, cineasta sensible capaz de crear obras del calibre de Y el mundo marcha, que rodó un musical sólo con actores negros Aleluya en 1929, que hizo llorar a todo el mundo con El campeón, que reflejó un duro drama rural en El pan nuestro de cada día o que dirigió uno de los melodramas más desatados, Stella Dallas. Sin embargo si alguien recuerda a Vidor es por un buen western melodramático como Duelo al sol a todo color que muestra su buen hacer y que ha contado con una mejor distribución que sus obras anteriores. También llama la atención su particular y compleja adaptación de la novela de Ayn Rand, El manantial, que es una autora que reflejaba su pensamiento de un liberalismo radical. King Vidor es un creador a tener en cuenta y que espera una recuperación de su figura. De momento yo quiero tratar de conseguir su autobiografía Un árbol es un árbol que aseguran es una pequeña joya.

Por otra Lewis Milestone más caído en olvido que su compañero cuenta también con una trayectoria cinematográfica de interés. Por una parte creo un contundente testimonio pacifista dejando al descubierto el horror de la guerra en una película plagada de momentos intensos y con una lírica especial, Sin novedad en el frente. También es el creador de la primera versión The front page (que ya sabeis cómo me toca a mi de cerca). Me atrae su adaptación de novela de Somerset Maugham, Lluvia. Dirigió la ahora documento histórico La estrella del norte, mucho antes de los tiempos de la guerra fría (que demonizarían al pueblo ruso en las películas estadounidenses), que era película bélica propagandística e ideológica donde se presentaba una historia de sufrimiento de los rusos bajo el dominio nazi con La Internacional a tope en una historia sobre los aliados de EEUU para terminar con el dominio nazi. Milestone también dirigiría una joya del cine negro, la oscura El extraño amor de Martha Ivers… Y quizá su película que ha logrado mayor distribución es un rodaje de los años sesenta, rodaje infierno, como es Rebelión a bordo (que no carece de interés) con la cara de un Marlon Brando que iba sumando un fracaso tras otro en este periodo de su carrera cinematográfica.

La calle ha supuesto toda una agradable sorpresa para mí que la disfruté desde el minuto uno hasta el final. King Vidor emplea el lenguaje cinematográfico para llevar a la pantalla una obra de teatro de Elmer Rice. Una obra coral que transcurre en el portal de una casa de un barrio humilde de New York donde los vecinos de los distintos pisos son protagonistas despuntado el drama de una de las familias que rompe con la cotidianeidad del día. Los vecinos son jóvenes, mayores, niños, de distintas procedencias y con ideologías políticas muy diferentes que sin embargo conviven a diario y comparten penurias, rumores, algunos momentos agradables, sueños, frustraciones… La calle no se mueve del portal pero King Vidor aporta unas soluciones cinematográficas maravillosas, la cámara baila (pero ojo baila muy bien) y ofrece unos puntos de vista inesperados, y el espectador nunca siente el estatismo. Además de contar con una buena historia y de su tratamiento (muchas frases empleadas hoy no han perdido vigencia) cuenta con una buena galeria de actores de las que sobresale Sylvia Sidney, actriz con una carrera interesantísima y protagonista cumbre del cine realista norteamericano en la década de los 30, una genial cotilla con el rostro avinagrado de Beulah Bondi y un increíble David Landau que genera el climax dramático y tiene una escena maravillosa de hombre rudo y duro a un hombre roto consciente de su locura e irracionalidad.

De ratones y hombres, esta primera versión de Milestone, recibió en España el nombre de La fuerza bruta y adapta la maravillosa novela de Steinbeck De ratones y hombres. Yo además de adorar esta novela, me encanta la versión cinematográfica de Gary Senise. Sin embargo he descubierto aciertos en la obra de Milestone que se me quedarán grabadas en la cabeza. Primero el maravilloso arranque y títulos de crédito. Segundo el que nos recuerda la existencia de la actriz Betty Field. Tercero encontrarnos con otros roles muy diferentes a los que desarrollarían en sus respectivas carreras: los protagonistas de esta historia de sueños frustrados en tiempos de crisis, Lennie (Lon Chaney Jr), la fuerza bruta con poco cerebro y memoria, y George (Burgess Meredith), el cerebro desencantado que se aferra a la amistad y al cumplimiento de un sueño. Cuarto un descubrimiento: el actor Roman Bohnen como el abuelo Candy que te rompe el corazón en cada escena que sale. Y quinto una escena brutal con Candy como protagonista: cuando le obligan a desprenderse de su viejo perro.

La calle y De ratones y hombres dejan indagar así en esa otra cara del Hollywood de los años treinta. Un cine realista, cercano a los tiempos que corrían y que trataba de mostrar y abrir los ojos.

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Sospechosos de David Thomson (Random House Mondadori, Colección Roja&Negra, 2010)

A veces un regalo te abre un mundo. Y así ha ocurrido. En un momento especial me regalaron este libro: Sospechosos del crítico cinematográfico David Thomson. Y ha sido uno de los libros que últimamente más he disfrutado. Thomson recibió un encargo: un diccionario de personajes de cine negro (género que como sabéis a Hildy le encanta). El crítico elaboró su lista de personajes pero pronto se dio cuenta de que podía caer en el aburrimiento así que decidió arriesgarse y crear una obra muy especial.

Una apuesta con una estructura que engancha donde el ensayo cinematográfico se transforma en novela de ficción y viceversa. Donde los personajes de ficción del cine negro (sorprende la elección de ciertas películas para enmarcarlas en este género aunque queda plenamente justificado en el epílogo del crítico donde explica maravillosamente el nacimiento del libro y las razones de algunas de sus elecciones) cobran vida de tal manera que se convierten en personajes reales con una existencia propia. Thomson elige un narrador único (que se descubrirá su identidad al final —que seguro sorprenderá a más de uno— de esta insospechada novela) para que vaya desplegando la historia de cada uno de los personajes y con varios de ellos va creando una red de conexiones que conforman una historia única, una novela puramente negra.

Así Sospechosos brinda un mapa clave donde pululan personajes de cine negro de los cuales sabemos lo que nos contaron las películas que protagonizaron pero Thomson nos aporta el más allá. El pasado, lo que conocemos de ellos a través de sus historias filmadas y el futuro (si hay ocasión, si sobrevivieron a su historia)… y a algunos los conecta a unos con otros. De este modo somos testigos de un universo propio de cine negro donde se crea otra historia, una novela, de giros sorprendentes.

En este universo danzan los protagonistas de películas como Casablanca, El halcón maltés, El último refugio, Laura, Forajidos, Anatomía de un asesinato, Chinatown, Atraco perfecto, American Gigoló o Taxi Driver. Lo maravilloso de Thomson es que con su uso del lenguaje crea pura literatura noir y además construye un ensayo cinematográfico completo y complejo. Así si has podido disfrutar de las películas disfrutarás plenamente de su lectura y además te sorprenderá el destino que depara Thomson a alguno de los personajes (o el pasado que les rodea). Y si no has disfrutado de ellas te enganchará por la fuerza del relato que une todas estas historias o porque cada uno de los personajes, independientes, te arrastran por su descenso a los infiernos con sus momentos tiernos. Así también te deja con las ganas de ampliar y revisitar películas del universo noir que propone Thomson.

Obviamente yo me he quedado con ganas de descubrir y poder ver aquellas películas que todavía no he podido disfrutar y que Thomson me aporta las ganas de acercarme a ellas. Así este libro además de acercarme de nuevo a los personajes que amo de películas que ya he visto más de una vez me deja al descubierto: El jugador de Karen Reisz, El largo adiós de Robert Altman, El rey de Marvin Gardens de Bob Rafelson, Mentira latente de Mitchel Leisen, La burla del diablo de John Huston, Yo vigilo el camino de John Frankenheimer, El reportero de Michelangelo Antonioni, El camino de Cutter de Ivan Passer, Nieve que quema de Karen Reisz, A quemarropa de John Boorman, Fuego en el cuerpo de Lawrence Kasdan (sí, sí no la he visto), Atrapados de Max Ophuls, Melvin y Howard de Jonathan Demme y, por último, La noche se mueve de Arthur Penn.

Suspiro, cuánto me queda aún por ver y descubrir.

Sospechosos es una lectura que recomiendo fervientemente a todo amante de Ilsa, Rick, Victor, Harry Lime, Jake Gittes, Noah Cross, Waldo Lydecker, Laura Hunt, Norma Desmond, Cora Papadakis, Frank Chambers, Pete Lunn, Roy Earle…

Desde aquí también hago un llamamiento… ¡¡¡por favor traduzcan al castellano obras clave de la crítica cinematográfica!!! David Thomson tiene escritos varios libros imprescindibles… que me muero de ganas por leer. Sospechosos ha sido un primer paso maravilloso.

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Retrato en negro (Portrait in black, 1960) de Michael Gordon

Lana Turner fue durante los años 50 y algo de la década de los 60 una reina del melodrama. Mujer experta en sufrimientos varios. Mujer tormenta de emociones siempre vinculadas a la pasión. Pasiones que retuercen su vida hasta exprimirla. Hasta la última gota. Y todo esto siempre con un buen peinado y unos modelos impecables.

La Turner cuenta con un cuarteto de películas de sentimientos extremos. Todo empezó con Vidas borrascosas continuó con una de las obras maestras del rey del melodrama de el estudio Universal, Douglas Sirk, e Imitación a la vida. Llegó al culmen con el melodrama más oscuro y enfermo, el que hoy nos ocupa, Retrato en negro. Y finalizó con el canto de cisne del género, La mujer X.

Todas en un Technicolor de destellos, una música que arrastra y un sinfín de actores secundarios que convierten las películas en galerias de rostros en la oscuridad. Y el más oscuro de todos es Retrato en negro. Oscuro y despiadado con los personajes principales porque están absolutamente enfermos y obsesionados de pasión y poder. Los personajes secundarios son a cada cual más siniestro. Sólo se salva de la quema el niño que pulula entre la ignorancia, la inocencia y la pesadilla.

La Turner retrata a una mujer que responde al nombre de Sheila. Sólo sabemos que es la segunda esposa de un hombre rico y despiadado, un empresario sin escrúpulos, que está postrado en la cama por el dolor de una larga enfermedad. Intuimos que no tiene una buena relación (aunque nunca se nos explica el porqué) con la hija adolescente fruto del primer matrimonio de su esposo, la niña-pimpollo Sandra Dee. Descubrimos que además mantiene una relación con el doctor de su marido. La intuimos frágil pero que no prescinde de sus vestidos fastuosos y sus abrigos de pieles o del servicio o de la casa… Y finalmente bajo su piel de cordero descubriremos una loba manipuladora y enfermiza. Fragilidad y mujer fatal en un único rostro y cuerpo.

Retrato en negro mezcla el melodrama con gotas de cine negro e intriga y tensión. Así cuenta con escenas que atrapan al espectador por la tensión que hay en ellas. Todos los personajes secundarios, desagradables, son sospechosos de chantajear a la pareja protagonista que para conseguir su felicidad han ‘acortado’ la vida del patriarca dominador. Pero este acto lejos de dejarlos tranquilos les enferma y su relación se dirige a otros derroteros muy distintos a los de la pasión. Ambos Sheila y el doctor construyen una relación enfermiza que nunca deja satisfecho a ambos y les va enredando a una maraña de actos cada cual más irracional.

Por último la galeria de secundarios construye personajes siniestros y sospechosos que oscurecen más si cabe una trama que ahoga, que deja un sabor de boca agrio. Y merece la pena nombrarles y recordarles a todos. En papel principal pero en un registro bastante diferente al habitual Anthony Quinn como el doctor amante (personaje que tiene transformación escalofriante). Secundario inquietante y personaje desagradable el de Richard Basehart (al que podemos recordar en su papel de artista ambulante de triste destino en La Strada… junto a Anthony Quinn). El servicio, chófer y sirviente fiel, corre de la mano de dos rostros: Ray Walston y Anna May Wong. Y por último el magnate enfermo de dolor con rostro de Lloyd Nolan.

Retrato en negro es someterse en technicolor a los sentimientos más oscuros y enfermizos de una relación que en un principio sólo parece una infidelidad justificada y por amor.

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Misterios de Lisboa de Raúl Ruiz

Una de las maravillosas cualidades del cine es que se convierte en una manera visual de contar historias. Un medio de expresión rico en oportunidades. Historias que pasan a través de la pantalla blanca, sombras que cobran vida y narran peripecias de personajes que llevan al espectador a otros mundos. Misterios de Lisboa es un ‘milagro’ cinematográfico que engancha. El director chileno, que vive en Francia, adapta una novela con aires folletinescos escrita con el espíritu del Romanticismo por el escritor portugués Camilo Castelo Branco. Raúl Ruiz se permite el placer de contar proporcionando un folletín y un fresco histórico de un periodo pasado enganchando con una estructura de historias dentro de historias que atrapa al espectador al que le gusta que le narren…

Así Raúl Ruiz se toma su tiempo y su dedicación para contarnos una historia de cuatro horas y media (en su versión para televisión es más extensa) de manera exquisita y empleando recursos y lenguaje cinematográficos que conforman una obra 100 por 100 cine puro. La que esto suscribe sugiere que el espectador logre verla en sala grande con pantalla enorme y a ser posible en versión original… en un portugués bellísimo que canta en los oídos.

Desde la primera imagen atrapa. No sólo por los personajes y sus historias y pasiones sino por la forma de contarla. Y Raúl Ruiz en todo momento nos avisa de que nos va a transmitir una larga historia, de que él, el creador, se convierte en narrador omnisciente. Nos traslada a un periodo histórico y a muchos personajes unidos por el destino y las casualidades para contarnos sus desgarradas historias de amor. Todas las historias confluyen en un niño que vive sus días en un orfanato bajo la sombra alargada del padre Denis. Un niño cuyo origen es un misterio que se nos va desvelando junto a otros muchos que van recobrando fuerza como la del propio padre Denis. Un niño que arrastra su destino por las vidas de sus antecesores, un destino marcado.

De pronto el espectador se ve inmerso en un rompecabezas de historias de hijos bastardos, condesas con el corazón roto, otras ávidas de venganza, caballeros despechados, otros torturados por sentimientos que les rompen, duelos, bailes, guerras, muertes, destinos truncados, hombres con distintas identidades, mercenarios y piratas que se convierten en elegantes hombres de negocios, curas y frailes que tuvieron un pasado, nobles que terminan como mendigos… espolvoreadas con un espíritu tremenda y extremamente romántico. Exquisitez, amor al detalle de la época, cuidado en el lenguaje, cuidado en la ambientación, en los escenarios elegidos (de Lisboa a Venecia, Francia o Brasil)… Como si Raúl Ruiz, con salud delicada, pidiera a gritos que no quiere prisas sino contar bien una historia de sentimientos y emociones, con sentido del espectáculo empleando las técnicas narrativas del siglo XIX, un amor inusitado al teatro barroco y vomitando puro cine.

Así cada plano secuencia es un regalo. Nos deleita con maneras de contar cinematográficamente que atrapan al espectador que se siente totalmente hipnotizado por estas historias de pasiones humanas que piden un comportamiento de “solidaridad con los hombres” como dice el padre Denis. Que no es otra cosa que empatizar con los personajes y entender sus acciones o sus maneras de actuar porque todos tienen un pasado determinado y un motivo para ser como son.

Raúl Ruiz nos lleva a través de un teatrillo de cartón, que acompañará siempre al niño del orfanato, a un mundo de historias complejas pero hermosas. A un puzle de personajes que se encuentran y desencuentran pero que sus acciones terminan conformando el destino del personaje del niño, Pedro da Silva.

Se hace misión imposible describir la cantidad de imágenes de puro cine que pululan por Misterios de Lisboa. Sólo sabes que los recursos embellecen un folletín de sentimientos disparados. Los recursos de las puertas y ventanas, de los planos secuencia, de las habitaciones, las camas y las sillas, de los puntos de vista empleados, de los fuera de plano, la importancia de los matices y de la función de personajes secundarios (el papel de sirvientes, criadas y servicio… son una maravilla que deja imágenes inolvidables de testigos silenciosos), el recurso de los cuadros, del teatrillo de cartón, de los personajes secundarios que aparecen porque cuentan información importante del destino de los personajes que nos interesan… hacen de Misterios de Lisboa una obra de puro cine y deleite.

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Cisne negro de Darren Aronofsky

Metamos en una coctelera relaciones complejas entre madre e hija que se balanceen entre Esplendor en la hierba de Elia Kazan, La pianista de Michael Haneke y Carrie de Brian de Palma. Agitemos. Echemos una pizca del mundo onírico de Michael Powell y Emeric Pressburger en Las zapatillas rojas donde también una bailarina tiene que entregarse con pasión desbordada a la perfección de la danza y elegir entre el arte o el amor…, y el sacrificio que esto supone. Cambiemos el argumento de la pieza maestra por El lago de los cisnes. Volvamos a agitar. Mezclemos todo con una cucharada de grand guignol a lo Baby Jane o sweet Charlotte donde grandes damas de la pantalla comparten sus frustraciones, soledades, fracasos, pizcas de locura, odios y enfrentamientos y se despedazan ante el ojo voyeur del espectador que acude a la sala oscura.

Agitemos y bebamos Cisne negro de Darren Aronofsky que con su efectismo visual (plenamente justificado en esta obra cinematográfica y que te hunde de lleno en el universo frágil e irracional de Nina) arrastra al espectador a un mundo inquietante que incomoda desde la emoción más instintiva y te lleva de la mano a los miedos y terrores irracionales y por ello no controlables.

Darren Aronofsky involucra al espectador en la mente compleja de la joven bailarina Nina que ofrece su realidad distorsionada dejando ver un mundo deformado y terrible a través del espejo fracturado de su mente.

Las marionetas feroces cuentan con los rostros una Natalie Portman que trata de rozar la perfección de su obsesión-pasión (la danza) para alcanzar el extasis en su interpretación de El lago de los cisnes. Con su doble papel de cisne blanco y cisne negro explora los miedos interiores de la bailarina. Blanco y negro. Su lucha bascula entre la perfección de la técnica y la belleza de lo natural, de lo que surge de las entrañas. Entre la pureza virginal y la fuerza de lo sexual. Entre la contención y el huracán de los instintos naturales… Y esa exploración dirige a la frágil Nina a un camino de autodestrucción. A una mujer que se descompone en fragmentos incapaz de reconstruirse.

Barbara Hershey es la reina madre que trata de savalguardar la pureza virginal de una hija frágil. Barbara es la represión de los instintos, de las emociones profundas. Encierra a su niña en palacio de cristal y se convierte en guardiana-bruja que vela por la perfección pura de su dulce niña que lucha por descontrolarse. Sus apariciones causan horror y a veces es tan fantasmagórica como la señorita Danvers.

Winona Ryder es la princesa destronada. La figura en decadencia del cuerpo de ballet. La solista que cae de su pedestal para ceder a la fuerza el puesto. Y que muestra a Nina que a pesar de que logre plasmar al cisne blanco y al cisne negro, aunque logre desatarse el final, haga lo que haga, recorra el camino que recorra no va a ser feliz. Tome un camino u otro… el sacrificio lleva a la autodestrucción.

Por último Mila Kunis es la bailarina desatada y natural. La que trabaja desde las entrañas. La sensualidad bruta, lo tiene por naturaleza. El alter ego de una Nina que busca desesperadamente sus instintos naturales, el placer del arte, el extasis… y ve como la Kunis apenas realiza un esfuerzo para ser pasión bruta que desborda. Mila Kunis es la amenaza y el deseo de Nina.

Y todo este huracán de mujeres-marionetas que danzan en la pantalla blanca se desata por la figura del coreógrafo-creador. El hombre que corteja y desnuda a las damas para que ofrezcan lo más íntimo a su nueva creación de coreógrafo. El que exige que surja el cisne negro-cisne blanco y que no depara en el camino de autodestrucción de las damas sino al que le interesa el resultado final de la obra de arte. Que maneja los hilos aunque no sepa controlarlos para ofrecer al público la obra desnuda y perpleja que cause la catarsis. Vicent Cassel descoloca a sus damas como el creador Aronofsky con su universo visual descoloca al espectador.

Así como a veces el efectismo y barroco universo de Aronofsky hacía mella en el resultado final de su obra (como era visible en Réquiem por un sueño o La fuente de la vida) en Cisne negro compone y conforma la mente fracturada de Nina dejando un viaje inquietante, de miedos y frustraciones, al interior de un espíritu atormentado. Así el espectador siente el terror y la angustia del personaje porque viaja a su mundo más interior y oculto. Entonces sentimos la fragilidad del cuerpo y la carne: esos pies que crujen, ese sarpullido que invade, esa piel que se desgarra. El horror del desdoblamiento, de la fractura, esos juegos terroríficos de espejos. O ese desequilibrio entre la pureza virginal y la frigidez por miedo y el terror por el volcán de sensualidad y sexo que lleva a un terreno desconocido al que no se sabe cómo echar el freno. Y explotando así su viaje interior Nina logra la perfección en la creación de una obra artística en la que sacrifica su estabilidad mental. No hay vuelta atrás.

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Sus ojos violetas se cerraron…

Últimamente al rostro de ojos violetas la tenía muy presente.

El 4 de febrero escribí su rostro en la oscuridad.

El 7 de enero escribí una reseña sobre el libro El amor y la furia.

El 12 de diciembre de 2010 escribí en El viejo baúl de películas sobre Castillos en la arena.

El 7 de julio de 2010 visitó también El viejo baúl de películas con Un lugar en el sol.

Ayer sus ojos violetas se cerraron…

Y hoy miro el fragmento de una obra de teatro que adoro donde Liz Taylor realizó una interpretación de quitarse el sombrero.

Así lo transcribo. Mi particular homenaje. Ella, Liz, se convierte en Martha en ¿Quién teme a Virginia Woolf? de Edward Albee.

¡Va por tu vida de amor y de furia!

«Martha.- Todos sois unos fracasos. Yo soy la Madre Tierra, y todos sois unos petardos. Me doy asco. Me paso la vida con mezquinas infidelidades sin pies ni cabeza… o casi-infidelidades. ¿Montar a la Anfitriona? Menuda risa. Un atajo de cerebros de mosquito como una cuba… impotentes todos. Martha hace chiribitas con los ojos y todos los cerebros de mosquito hacen un mohín y también lanzan miraditas con sus ojos tan tan hermosos, y otro mohín, y Martha les lame las cachas, y los cerebro-de-mosquito echan un trotecito hasta el bar para armarse de valor, y se arman de valor, y luego, de rebote, a por la vieja Martha, que les baila un poquito, que los calienta a todos… mentalmente… y ellos otra vez de cabeza al bar, se arman de más valor y sus esposas y sus novias ponen las narices en alto… a veces hasta el techo… y de nuevo los cerebro-de-mosquito vuelven al surtidor de soda donde se recargan un poco más, mientras que Martha-chán se queda sentadita, con las faldas levantadas hasta la nariz, casi ahogada -no te imaginas lo asfixiante que es estar con el vestido por encima de la cabeza-, ¡asfixiante!, a esperar a los cerebro-de-mosquito; ahora ya parece que por fin se han armado de valor… ¡pero eso es todo, monada! Cielos, es verdad que de vez en cuando hay un hermoso potencial, pero, ¡cielos! Cielos, cielos, cielos. Pero así son las cosas en la sociedad civilizada. Todos esos guapísimos cerebro-de-mosquito. Pobrecitos. En toda mi vida, sólo un hombre… me ha hecho feliz. ¿Lo sabías? ¡Uno!

(…)… me refería a George, por supuesto. Eh… George; mi marido.

(…)… George, que anda por ahí, en la oscuridad… George, que es bueno conmigo, y a quien trato a patadas; que me comprende y a quien rechazo; que sabe hacerme reír pero me contengo; que me abraza, por la noche, para darme calor, y a quien muerdo hasta hacer sangrar; el que siempre aprende nuestros juegos tan deprisa como yo cambio las reglas; George que quiere hacerme feliz, y yo no quiero ser feliz; y también sí, quiero ser feliz. Pobre George, pobre Martha, triste.

(…)… a quien no perdonaré haber echado el ancla; que después de verme dijera: sí; aquí me quedo, que ha hecho el odioso, lacerante, insultante error de amarme y ha de ser castigado por eso. Pobre George y pobre Martha.

(…)… que soporta, por insoportable que parezca; que es tierno, que es cruel; que comprende, por incomprensible que parezca…

(…)… Un día de éstos… ¡Ja!… una noche, una noche tonta, empadada de alcohol… me pasaré de la raya… y acabaré por descalabrarlo… o lo echaré para siempre.. y eso es lo que me merezco.»

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Diccionario cinematográfico (155)

Bicicletas: las bicicletas son para el verano y la abuela madame Souza y su perro Bruno viajan hasta Belleville para rescatar al nieto secuestrado pegado a una bicicleta, Champion. Sólo ahí el nieto triste es feliz, pedaleando, pedaleando… con esfuerzo. El niño de ET sigue mirando las noches de luna llena y recuerda cuando casi la alcanzó en su bicicleta de verano. Butch Cassidy nos muestra con gotas cayendo sobre su cabeza la cantidad de malabarismos que pueden hacerse sobre una bicicleta. Etta siempre le mira y ríe. Y él lleva a Etta. Los chicos de Cabaret y los del Jardín de los Finzi Contini van por hermosos parques en un transporte inocente que les hace libres, sin saber ni esperar el horror que se esconde tras la esquina. Para un obrero en la Roma de la posguerra una bicicleta es el sustento de cada día, cuando se la roban su vida es más drama de lo que ya era. Y con su hijo de la mano va vagando por las calles buscando al ladrón que convirtió su jornada laboral en pesadilla.

Ghislain Lambert es un ciclista belga que ama ese deporte. Su fama le llega no por ser un vencedor y sus continuos intentos (alguno con trampa de por medio) sino ser un fracasado feliz montado en su bicicleta, el último de la carrera… pero encima de la bici. Por ahí también anda Tati que en un mundo de inventos extraños y modernos él sigue siendo feliz llevando a su sobrino en bicicleta sin complicaciones. El otro día se acercó el cartero eterno, con su bicicleta, a llevar cartas de amor como le mostró Neruda. Y en el pueblo vecino un niño proyeccionista pidió a otro que en su bicicleta llevara un rollo de película al cine de la aldea vecina… y que se trajera el segundo enorme carrete de la proyección. En aldeas del país en plena posguerra las mujeres van en bicicleta por los campos para que los maquis tengan sus avisos o para que algunos no pierdan la sonrisa, para romper el silencio…

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Lana Turner

Quizá mirando ahora una fotografía de Lana Turner no se entienda el influjo sexual que supuso su figura en los años cuarenta y cómo en los cincuenta y sesenta fue la mujer tipo del melodrama desatado. Sólo leyendo su vida y cómo se mezcla con las películas que protagonizó podamos entender a la Turner como icono. La rubia glamurosa siempre peinada (incluso cuando tiene que estar desaliñada) e impecablemente vestida que va yendo de brazos en brazos de hombres de distinta calaña que o destrozan su vida o vuelven a levantarla. Y ella como mujer hielo ejerce de mujer-fatal-objeto sexual o de mujer que del arroyo salta a las altas esferas pero siempre con componente melodramático va pisando los caminos que depara la vida.

La Turner desnuda sus emociones bajo su apariencia de glamour… y muestra cómo si rascas surge la mujer vulnerable que vencida, muchas veces, por el alcohol sólo busca una estabilidad emocional que no encuentra o llenar una vida vacía que la destroza.

La Turner mujer de carne y hueso, la Turner actriz se entremezcla y surge una personalidad apasionante. Lana, de vida tormentosa supo ofrecer las dosis de sufrimiento suficiente a sus papeles melodramáticos y el glamour necesario a películas insípidas. Sus peinados de señorona, sus vestidos soñados, sus escándalos ficticios y reales… construyen un mito especial. Todavía recuerdo sus últimas imágenes de gran señora con mucha vida a cuestas en esa visita que realizó a Donosti con ese traje rojo…

Son varias películas las que la definen. El nacimiento de un mito erótico en la película donde Lana es más carnal y real, sin el glamour artificioso del futuro, en esa especie de neorrealismo americano que supuso El cartero siempre llama dos veces en 1946. Entre víctima y mujer fatal, entre vulgaridad y glamour, entre mujer mármol y vulnerabilidad latente su Cora supuso el nacimiento de una personalidad con carácter de mito.

Después el artificio y la aventura de una mujer glamurosa y objeto, pérfida que se lleva todos los claveles del público, que seduce a todas horas y ejerce de mala inolvidable en Los tres mosqueteros como una Lady de Winter inolvidable. Ay, ese lunar negro.

Actriz insegura que surge de las cenizas, del alcohol que la corroe, del amor que la destruye… pero que finalmente ahí resurge una y otra vez en un Hollywood que mina pero construye mitos aunque sean dolorosos. Actriz con glamour y con vulnerabilidad a cuestas así es Lana Turner en Cautivos del mal.

… Llegan los melodramas que la convierten en mito inolvidable. Mujeres inestables emocionalmente que hacen sufrir a los espectadores llevándoles a estados de paroxismo con altas dosis de glamour pero con una autenticidad en el fondo de sus ojos. Así nos dejamos arrastrar por la Lana de Vidas borrascosas que presenta toda la violencia emocional y sexual de una pequeña localidad americana en los años cincuenta. Llegamos a las lágrimas extremas en una de las obras cumbres del melodrama desatado en Imitación a la vida. Y nos ‘deleitamos’ con el ascenso y caída de una mujer en el exagerado pero por eso mismo contundente melodrama cisne, La mujer X. Todavía me queda por descubrir pero pronto será desterrado del cajón de pendientes el melodrama más oscuro que construye completamente el mito de Lana, Retrato en negro.

Y la vida de sus heroínas no supera o iguala la vida de la Turner mujer de carne y hueso con amistades y amores peligrosos que la hicieron siempre tambalearse de un lado a otro. Una vida demasiado intensa con traiciones, sexo, tragedia, alcoholismo, asesinato, chulos, también algún hombre bueno, playboys y gánsters que fueron construyendo una máscara glamurosa que a veces se caía a pedazos de vulnerabilidad…, la historia de una mujer con cabello rubio impoluto que huía de una soledad que la aterrorizaba…

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