Historias veraniegas (2). Camelot, un musical extremadamente romántico

Lancelot, Arturo y Ginebra, los tres protagonistas de Camelot. Los reyes de la utopía y el germen de la destrucción…

Sí, Camelot es un musical extremadamente romántico y también amado, porque cada vez que lo revisito me envuelve primero una alegría sin igual para hundirme después en una tristeza trágica. Así he vuelto hacerlo en una calurosa tarde de verano. Y su visionado me hizo llorar. Camelot es una celebración que después se convierte en una sinfonía de traición, muerte y desolación. Solo queda una especie de esperanza final, porque sobrevive la leyenda. La idea de la utopía.

Lo dirigió Joshua Logan en 1967, un director que siempre ha dejado huella de un romanticismo extremo en las pocas películas que dirigió. Imposible no dejarse llevar por el trotamundos y la joven pueblerina en Picnic, por la cabaretera de poca monta y el vaquero paleto en Bus Stop, por el militar estadounidense que se enamora hasta las trancas de una bailarina japonesa en plena guerra de Corea en Sayonara, por la joven del puerto y el marinero que la abandona en Fanny o ese trío especial que logran cierta convivencia pacífica en el lejano oeste en La leyenda de la ciudad sin nombre.

Camelot, el musical, fue todo un éxito en los escenarios de Broadway. Un libreto de Alan Jay Lerner y Frederick Loewe, que arrasó con sus tres protagonistas: la voz maravillosa de Richard Burton, una jovencísima Julie Andrews y el bello Robert Goulet. Ahí estaban el rey Arturo, Ginebra y Lancelot consiguiendo que el público se empapara con cada una de sus canciones y se sumergieran en ese mundo de leyenda que suponía Camelot.

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Historias veraniegas (1). Rock Hudson, que me llamas cada día

Rock Hudson, bello y viril, me está intentando transmitir que quiere que le escriba un texto…

Si mayo, como os conté, fue un no parar, lo mismo ha ocurrido en junio y julio. Pero ya tenía ganas de empezar mis historias veraniegas y comienzo con mis vicisitudes, porque durante estos meses me ha perseguido Rock Hudson. Creo que quería un texto. Bien se merece la primera historia veraniega. Para que no digáis que os miento y seáis testigos de que estaba pidiendo a gritos esta historia, os contaré que antes de ayer después de muchos días sin poder ver nada (o no quedarme dormida en el intento), me apeteció descubrir Los pequeños amores de Celia Rico Clavellino.

En esta película, una madre y una hija pasan un verano juntas en una casa de campo, precisamente por un accidente que tiene la progenitora, que la deja postrada en la cama. Y, bueno, estaba disfrutando a tope de esta preciosa y complicada relación materno-filial, cuando, de repente, una escena me dejó alucinada. La hija, después de una fiesta nocturna, pasa por el pueblo y se topa con un cine de verano con una pantalla gigante. ¿Quién está ahí? Rock Hudson bailando como si se le fuese la vida, como si no hubiese un mañana, junto a Gina Lollobrigida en Cuando llegue septiembre (1961) de Robert Mulligan. Es más, de pronto, cae una tormenta… y toda la gente del pueblo sale por patas. Y ahí se queda Rock, bailando, en la soledad de la pantalla, bajo la lluvia.

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