Sé adonde voy (I know where I’m going, 1945) de Michael Powell y Emeric Pressburger

A veces se dan uniones profesionales únicas, así ocurrió en el cine británico, en tiempo de guerra dos hombres unieron sus destinos laborales y surgió un mundo al otro lado de la pantalla. Un mundo de lugares escarpados, un mundo extraño, casi onírico, o a veces difícilmente explicable a través de la razón…, un mundo donde las fronteras del tiempo y el espacio son otras, donde la gente funciona de otra manera ya sea a través del drama, la aventura, la comedia o el musical. Un mundo maravilloso de efectos especiales increíbles, de una fotografía y ambientación sorprendente. Un mundo mágico ya se plasme en blanco y negro o se haga un uso atrayente del color. El mundo especial creado por Michael Powell y Emeric Pressburger que no sólo eran productores sino también directores, guionistas…

Adentrarse en sus películas es toda una sorpresa. Y siempre, por lo menos para la que esto escribe, una agradable sorpresa. Sus mundos creados son un descubrimiento. Su sello, a parte de la forma de plasmarlo, es un argumento con un toque distinto y original. Su cine es distinto. Sus historias son distintas. O conectas o no conectas.

Hasta ahora mi viaje con Powell y Pressburger me ha hecho inmiscuirme en esa maravilla, entre mística y sensual, que es Narciso negro. El arte de la danza y los entresijos de un mundo complejo me dejan siempre en el sitio en Las zapatillas rojas. Un viaje entre el amor, la muerte y la vida es posible en A vida o muerte. Un musical absolutamente delirante es posible en Los cuentos de Hoffmann… Sin embargo, por suerte, aún me queda mucho por descubrir de ambos y le ha tocado el turno a Sé adonde voy, comedia romántica siempre con el toque original de Powell y Pressburger tanto en el planteamiento como en su aspecto formal.

Ya desde los créditos nos enganchan. Sé adonde voy es de sus obras cinematográficas en tiempos de guerra… y así dan al espectador una ‘pausa mágica’ a una guerra terrible. De esta manera viajamos junto a la protagonista, Joan Webster, a las Highlands escocesas. Los directores nos han puesto en antecedentes…, nuestra protagonista desde que era una bebé tiene claro adónde va. Es una heroína pragmática, realista e independiente que culmina su camino a los 25 años cuando va a casarse con un gran magnate que vive en una lejana y, suponemos que paradisiaca (no la visitaremos nunca), isla escocesa.

Y ahí que acompañamos a nuestra heroína en su viaje para encontrarse con el hombre elegido. Cuando llega a un territorio, Port Erraig, que le permitirá coger el barco que le deposite en la isla de su destino, Kirolan, sufrirá un contratiempo ajeno a sus ganas de finalizar el camino trazado. La inclemencia del tiempo, las fuerzas de la naturaleza no posibilitan la llegada a la isla. A partir de este momento nuestra protagonista se encuentra con un mundo nuevo que nada tiene que ver con su realismo y pragmatismo… y  se encuentra atrapada en una tierra llena de bellas leyendas, llamativas costumbres, rodeada de naturaleza salvaje, y gentes que encuentran otros motivos para vivir, no sólo el dinero. Nuestra protagonista disfruta con las celebraciones, las leyendas, las costumbres, el extraño gaélico… y con la salvaje naturaleza. Y sobre todo conoce al dueño de la isla Kirolan; su futuro esposo sólo la ha alquilado durante el periodo de guerra. El dueño se llama Torquil MacNeil… viene de la guerra, tiene un breve permiso y quiere disfrutar de la belleza de su isla. MacNeil, un hombre joven y vital, le cuenta a la protagonista que está sujeto a una maldición terrible, él y las distintas generaciones de su familia, no puede acceder a un castillo abandonado…

Así Joan, como los espectadores, se va abandonando a un mundo extraño pero atractivo. Un mundo al que no puede dominar… alejado de lo pragmático y realista… La fría –aunque divertida- Joan ve cómo sus planes se van cayendo uno a uno, el orden de su vida se desmorona, los vientos y las fuertes lluvias impiden su destino y le muestran otra realidad posible… al lado de MacNeil. Su magnate cada vez es más lejano… y eso asusta a Joan que quiere a toda costa huir de lo que está conociendo e ir a los brazos de la seguridad del camino trazado. Aunque arriesgue su vida y la de otros personajes…

Powell y Pressburger logran así plasmar en un hermosísimo blanco y negro el encanto de una naturaleza salvaje y nos empapan de un increíble paisaje de las Highlands. Así el revuelo del paisaje y del clima es similar al que vive la protagonista en su espíritu. Nos dejan vislumbrar la niebla, las montañas, los vientos, el mar embravecido… Y también nos empapan de momentos íntimos: los protagonistas observando desde una escalera una celebración y baile, Joan en su cuarto… o instantes costumbristas (el baile, el viaje en el autobús, la comunicación con la isla con la radio…), todo envuelto con una música popular escocesa donde la melodía de las gaitas se convierte en algo mágico. La protagonista tampoco es ajena a una galería de personajes entrañables… y peculiares.

Los directores también, como acostumbran, nos dejan en esta agradable película momentos insólitos de gran belleza: esa cabina telefónica al borde de una cascada o uno de los momentos culminantes del viaje de la protagonista… cuando decide arriesgar la vida (por el miedo a los cambios que se están produciendo en su interior) y en una pequeña lancha en compañía de un joven y de Torquil tratan de enfrentarse a la tempestad para llegar a la isla… indescriptible.

Sé adonde voy… es un viaje a lo extraño recomendable. Powell y Pressburger son una garantía perfecta para asegurarnos un camino repleto de sorpresas y, sobre todo, de una belleza diferente.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Cara de ángel (Angel face, 1952) de Otto Preminger

A veces una película de encargo se puede convertir en una película de culto. Una obra cinematográfica realizada sin pretensión alguna…, más bien para culminar una venganza, se transforma en una obra con fuerza y a tener en cuenta.

Jamás olvidaré la primera vez que vi Cara de ángel hace bastantes años en un pase televisivo nocturno y mi rostro tras la última escena… Me impactó y se convirtió en película inolvidable. Ahora he vuelto a verla y el efecto, aun sabiendo su final, ha sido el mismo.

Parece ser que Cara de ángel fue fruto de una venganza del productor Howard Hughes con la estrella británica (que ya estaba construyéndose su porvenir en Hollywood) Jean Simmons. Guerra titánica que acabó en tribunales. Una de esas tantas guerras que emprendieron actores y actrices contra los contratos-esclavizadores de las grandes productoras (y por tanto productores al acecho de estrellas-objeto para emplear a su antojo). Así Hughes sólo podía contar con Simmons durante dieciocho días (después de otra de sus fuertes disputas) y él quería que rodara una película y que además ‘sufriera’ en el rodaje con uno de los directores que tenía más fama de temible, Otto Preminger. El problema es que Preminger trabajaba para otra productora… pero Hughes movió sus hilos e influencias. Y Preminger aceptó otro trabajo para realizar su labor como director. Así se vio con una historia que al no gustarle nada transformó junto a otros guionistas en Cara de ángel… y en unos pocos días surgió una obra-impacto.

Jean Simmons es la cara angelical del título, la niña rica Diane Tremayne, que vive en una mansión en la montaña junto a su adorado padre, un desencantado novelista y buen hombre… y una millonaria madrasta. Ella, Diane, es una extraña en un nuevo país (está desubicada y lo que es también peligroso… aburrida)… y arrastra unas complicadas relaciones familiares. Está a punto de cumplir 20 años y tras su bonito rostro oculta un alma atormentada, manipuladora y una compleja salud mental. Su tiempo lo ocupa en tratar de atar a su padre con sonrisas, juegos y dulzuras y en planear distintos juegos macabros contra el obstáculo que se inventa: su madrastra, que además la dejaría siendo una niña rica que controla un imperio económico.

En esta tela de araña de relaciones familiares entra un nuevo personaje… Frank, el chico duro de la función de espíritu manipulable. Un conductor de ambulancias (veterano de guerra con ambiciones de futuro y una guapa e inteligente novia que cala a Diane desde su primer encuentro y se sabe derrotada) que acude a la llamada de la mansión cuando la madrastra casi muere ahogada en su propia habitación por un ‘escape’ de gas. Frank sólo podía tener el rostro de Robert Mitchum.

Preminger logra plasmar un primer encuentro premonitorio. Cuando Frank va a abandonar ese hogar acude a la música de un piano. Se queda parado y ve de espaldas a una joven que toca. Se acerca. Sigue un impulso… Es el canto de la sirena (ya sabemos lo que pasaba cuando las sirenas atraían a través de su canto a los marineros…). La niña angelical es la mujer fatal. Y lo malo es que el protagonista masculino, el duro de la función es consciente desde el principio. Pero sin razón lógica cae atraído bajo el influjo de la sirena. Y sin explicación posible caerá bajo sus redes. Su encuentro es un choque fuerte. Ella llora desconsolada, histérica, y él la pega un bofetón para que se calme…, y la dulce niña rica… devuelve el tortazo, mucho más fuerte. Ya nos han representado quién será más destructor…

A partir de ahí se iniciará una relación peligrosa donde la niña rica atará, bien atado, al duro conductor de ambulancias y seguirá su cabecita tramando truculentas historias que desgraciadamente se harán reales. Y ahí es cuando nuestra aprendiz de mujer fatal es consciente de su poder mortal pero tampoco se ve capaz de controlar su oscura personalidad. La niña rica se mueve sólo a través de pasiones enfermizas. Se sabe posesiva extrema… y sabe que siempre andará sufriendo si no tiene bajo su tela de araña a aquel que más ama (su amantísimo padre, su hombre duro y amante).

Y Frank, aquel que parece seguro, el duro con las mujeres, el que va de que no se ata al amor… se ve irremediablemente atrapado y aunque varias veces sabe que la chica con cara angelical será su perdición (y no sospecha hasta que punto) no puede evitar ir tras su melodía. Ahí no funciona la razón… Y aunque trata de volver a su antigua e inteligente novia… ya es demasiado tarde. Y aunque se sabe atrapado también se da cuenta, con una especie de fatalismo mudo, de que nunca podrá escapar del influjo de Diane.

Así Preminger, con una película de encargo nos regala producción cinematográfica cuidada y sugerente con escenas que no caerán nunca en olvido… sobre todo ese final-impacto… Ayuda sin duda la banda sonora de Dimitri Tiomki, la química entre los intérpretes principales y el buen hacer de los secundarios (y las historias que se revelan entre el matrimonio Tremayne o entre la novia de Frank y su compañero de ambulancia…) con actores como Mona Freeman o el olvidado Herbert Marshall poseedor de una filmografía muy interesante.

Cara de ángel, una vez vista, es difícil de olvidar. Como el canto de la sirena…

Jean Simmons fue una brillante mujer fatal… a la fuerza. No sé si sufriría mucho durante la dirección del Preminger temible…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Raíces profundas (Shane, 1953) de George Stevens

Una tarde tranquila y reposada volví a encontrarme con Shane, ese pistolero que regresa de nuevo inevitablemente a su pasado… a matar y disparar, para devolver la paz a un grupo de buenas personas trabajadoras. Gran paradoja. Es él el que se mancha las manos y también el que abandona algo parecido a la felicidad. Así, de nuevo se convierte, en un ser solitario.

Por motivos personales siento un gran cariño y respeto por Raíces profundas pero además me parece una obra cinematográfica bien realizada, sutil, elegante, poética y con más de una lectura. Una obra sencilla pero con una profundidad que atrapa. George Stevens deja su buen hacer en obra redonda y detallada llena de matices.

La poesía viene del punto de vista. De la mirada dominante. Vemos todo bajo la mirada de un niño. Por eso todo son pinceladas, emociones, sentimientos… lo que capta la atención de un muchacho observador que está descubriendo lo que es la vida. La película muestra intuiciones que van construyendo una historia. El mundo se va revelando a través de la mirada del niño con cara de Brando de Wilde.

De esta manera el halo que rodea a los personajes principales y el tono de la historia tiene que ver con la forma en la que ese niño protagonista ‘ve y capta’ el mundo que le rodea. Todos imaginamos la apariencia que tendría un pistolero solitario que llega a la casa de la familia Starretts, un sin hogar sin rumbo. Sin embargo, el niño lo ‘siente’ como alguien muy especial y así no los transmite. Así Shane se convierte en el personaje por el que será más recordado el actor Alan Ladd que nos deja un vaquero alejado de la dureza y la rudeza de otros fuera de ley. Más bien parece un hombre elegante y refinado que oculta un pasado… alguien casi inmaculado y sin mancha… como lo ve el niño… al que poco a poco le va dando rasgos humanos: el forajido se despeina, lucha, suda, tiene heridas, se enfrenta a su padre… y así poco a poco le va admirando y después queriendo…

El otro pistolero de esta historia adquiere la fuerza de una sombra amenazante. Todo de negro. Con una sonrisa torva. El silencio es su fuerte. Mientras Shane es un ‘ser’ luminoso y puro, el pistolero con el rostro de mi amado Jack Palance es la oscuridad, la amenaza, lo que hay que temer… Shane es el hombre que ha llegado para echar una mano a una comunidad de campesinos que tratan de establecerse, de formar una comunidad unida, trabajadora, colaboradora y respetuosa con la ley. El pistolero de negro está para destruir esa esperanza de establecimiento en una tierra. Está al lado de los ganaderos que piensan que por haber llegado antes y luchado por establecerse también tienen todo el derecho y el poder. No están dispuestos a compartir la tierra. Y ese derecho y poder lo ejercen a través del miedo y la violencia.

Esa poesía también se encuentra en la forma de vida de los campesinos que viven en familia y tratan de colaborar unos vecinos con otros para así hacer fuerza. Los momentos que viven en ‘comunidad’ son tratados con gran emoción y detalle. Como  momentos excepcionales, así los vive el niño protagonista. La reunión de los granjeros en la casa paterna para decidir qué hacer, la fiesta del cuatro de julio (aniversario también de boda de los padres del niño), el entierro de uno de los campesinos asesinados…

También los otros, los ganaderos, son la amenaza. Rostros desagradables. Cuando llegan a caballo nunca son portadores de buenas noticias. El bar, que está al lado de la tienda de víveres, también es un territorio peligroso. Allí pasan el tiempo los ganaderos, siempre rudos y oscuros. Ahí vive una humillación un Shane acicalado de campesino, que no quiere dejar al descubierto su pasado, pero también se convierte en el espacio donde demuestra que puede enfrentarse a esos ganaderos con el lenguaje que conocen. Así emplea el puño y la fuerza, esa violencia que rechazan los campesinos y durante un largo tiempo le dejan solo ante el peligro con un montón de ganaderos matones. Finalmente sólo Starretts, que ya es amigo, ofrece su colaboración a Shane.

Pero el patriarca Starretts tiene claro que ése no es el camino. El patriarca es el líder de los campesinos. Cree en la reunión, en el consenso, en la fuerza de la comunidad, en quedarse ahí porque tienen el mismo derecho que los ganaderos… Lucha porque todos permanezcan unidos ante el enemigo y derrotarlos a través del diálogo y de hacerles entrar en razón… Vemos claramente las dos posturas (la de los campesinos y la de los ganaderos) cuando el ganadero líder, Ryker, le expone los motivos por los que él cree que se merece tener el poder y las tierras. Pero he aquí la paradoja terrible y tremenda, la buena fe de Starretts no es suficiente. Es un hombre valiente y fuerte… pero hay un momento de la película que sabemos que su valentía y pacifismo le va a llevar a una muerte anunciada… (como la del compañero campesino del Sur). En ese instante interviene Shane que impide en una pelea cuerpo a cuerpo con su amigo que éste vaya al encuentro de la muerte. En ese instante sabe que vuelve a ser un pistolero asesino y que con la sangre que derrame logrará que llegue la paz a esa familia que ahora es la suya (aunque tenga que marcharse). El patriarca tiene el rostro de un actor (que últimamente me está dando maravillosas sorpresas), Van Heflin.

Y también a partir de intuiciones y emociones de un niño vamos descubriendo los lazos que se van formando entre los protagonistas principales. Siendo la más sútil y hermosa la que se establece entre el fuera de ley y la esposa del patriarca. La esposa, una mujer vital, que ama al esposo, al hijo… y que se siente una mujer ante el forajido que la trata cual dama de la Edad Media. Así se recrea uno de esos amores platónicos que tanto juego dan. Ella es Jean Arthur en un papel tierno que borda. Y es curioso ver a una de las cómicas por excelencia de las screwball comedy convertida en una mujer fuerte del Oeste. Y ésta fue su última película. Una hermosa despedida. A partir de esta película Arthur se retiró del mundo del cine.

Raíces profundas está llena de pequeños detalles que la hacen especial. Ese perro que quiere tirarse a la tumba del dueño muerto. Esas miradas a través de una ventana con lluvia de fondo. Esa tienda de víveres con todo lo indispensable. Ese pistolero que apenas habla y sólo gasta las palabras suficientes. Y sobre todo cuenta con una de las despedidas más inolvidables… Un Brando de Wilde que grita el nombre de Shane… pidiéndole que regrese (porque él encuentra muchos motivos) y un forajido que se aleja en caballo sin volverse ni una sola vez… hacia un destino incierto y llevándose su pasado a cuestas.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Doce monos (Twelve monkeys, 1995) de Terry Gilliam

Les propongo una sesión doble llena de posibilidades y lecturas: Doce monos de Gilliam y el mítico mediometraje La Jetée (1962) de Chris Marker. Les aseguro un viaje a través del tiempo entre angustioso y locamente romántico rozando las reglas del género de la ciencia ficción con el catastrofista de contagios que amenazan la integridad mundial (a la espera de la película de Soderbergh, Contagio) y espolvoreado con la ruptura de los límites del tiempo donde ya no sabemos cuando es presente, pasado o futuro.

El ex miembro de los Monty Python, Gilliam, poseedor de una filmografía con muchísima personalidad (en la cual te puedes sumergir o puedes salir espantado… yo suelo sumergirme en sus mundos…) no tiene reparo en reconocer en los créditos de Doce monos que la idea original de su fantástica historia es La Jetée de Marker (recuerden que el visionado de este mediotraje no deja de ser algo con un toque mágico y distinto, pues Marker nos cuenta una historia inolvidable a través de una voz en off, banda sonora y una sucesión de fotografías fijas). La Jetée parte de tres supuestos maravillosos, una imagen obsesiva infantil y siempre recurrente donde un hombre siempre le viene a su cerebro cuando en un muelle, siendo niño, presenció la muerte de otro hombre y se quedó con el rostro de una mujer. Un mundo futuro donde ese niño hecho hombre vive en una sociedad subterránea tras una terrible guerra nuclear, sin libertad, y donde como salida a su muerte en vida, se convierte en ‘voluntario’ para un experimento a través del sueño que le hace viajar al pasado para encontrar una solución al presente. Y en ese pasado contacta con la mujer que le obsesiona desde que era niño… prefiriendo finalmente vivir en el mundo de los sueños y recuerdos que en la realidad donde sólo es un muerto en vida…, se atreve a soñar con huir…

Por supuesto todo este material es reciclado por Terry Gilliam creando un mundo de ciencia ficción absolutamente hipnótico. Cambia la guerra nuclear por el contagio, por la plaga…, y plantea cómo su protagonista James Cole lo que persigue es una pista que tiene que ver con un ejército clandestino, los doce monos. Y en esa persecución en ‘su’ pasado, Cole denota para los que le conocen serios problemas de salud mental. Y nuestro protagonista es encerrado en una institución mental donde uno de sus médicos es una atractiva doctora, psiquiatra, muy parecida a la mujer que recuerda desde su infancia y que siempre acude a su recurrente sueño. Así Gilliam crea un mundo onírico entre la locura y la alucinación donde el espectador no sabe si lo que está viendo es producto de la locura o de la ciencia ficción. Y mientras dilucidamos cuánta cuota de realidad tiene lo que estamos observando (mientras averiguamos si realmente estamos viviendo saltos en el tiempo o si nos encontramos dentro de la mente de un hombre con serios problemas mentales), somos testigos de cómo se va construyendo una esperanzadora y hermosa historia de amor con ecos evidentes de Vértigo, del orondo maestro del suspense, con homenaje incluido en el mundo Gilliam. Así en la propia película hay una secuencia en una sala de cine a la que acuden los protagonistas donde se está proyectando una maratón de cine de Alfred Hitchcock.

La película te envuelve desde el principio en un mundo onírico especial, que si realmente te seduce, ya no sales de él. Un mundo apocalíptico bajo tierra… y un mundo a punto de la catástrofe en ese lejano 1996… año de la propagación del virus, y donde Cole realiza sus investigaciones en sus viajes a través del tiempo. Yo todavía me recuerdo en la hoy cerradísima sala Bogart (por cierto un cine maravilloso que antes había sido teatro y que recordaba a la sala 1 del cine Doré, hoy Filmoteca Española), sola, con casi nadie en la sala, y yo totalmente abstraída en esta historia de amor, sueños, locuras y futuro… y cómo me envolvía la excelente e hipnótica banda sonora con el añadido de piezas musicales ya existentes como una especie de tango premonitorio de Astor Piazzolla (que su melodía te persigue a lo largo de los años… o por lo menos a mí me ha pasado) o ese maravilloso momento donde Cole se emociona al escuchar a Louis Amstrong y su versión de What a wonderful world…

También puedo decir que es la película donde Bruce Willis más me ha conmovido, donde su triste antihéroe se me quedó en las entrañas. Ese James Cole que se mueve entre lo onírico, la locura, el desencanto, y el amor sin esperanzas hacia una imagen de mujer soñada que materializa en el rostro de su psiquiatra… Así le acompañan una hermosa Madeleine Stowe totalmente convincente como científica de la mente humana, escéptica frente a su paciente, pero que poco a poco va viendo evidencias que derrumban su ‘ciencia’ y le hacen entrar en otra lectura y enamorarse perdidamente del antihéroe… También nos encontramos con un Brad Pitt, fuera de sus roles de galán de los noventa, que se esconde tras los tics nerviosos de un mesianico enfermo mental que no sólo tiene una relación importante con Cole sino también con la pista que persigue, los Doce monos. Pitt, un joven apocalíptico y totalmente loco con una relación amor-odio con su padre, un científico de prestigio. En un papel secundario nos encontramos con Christopher Plummer (mítico actor clásico que sigue al pie del cañón… hace poco estaba espectacular tanto en La última estación como en Beginners), como científico prestigioso o a un irreconocible y amenazante David Morse…

Doce monos, dentro de este mundo onírico y de ciencia ficción, tiene imágenes de una fuerza visual que se quedan en la retina… como le ocurre a Cole con su sueño de la infancia. Un mundo apocalíptico donde hay sitio para el romanticismo más exacerbado donde una mujer bella, con el cabello rubio, y totalmente desolada por la pérdida de la esperanza y el amor, es capaz de sonreír dulcemente a un niño que la observa…

Lo que siento es que la única copia que se puede conseguir en DVD (además de no contar con subtítulos en castellanos) no hace justicia a una obra para mí absolutamente reivindicable. Espero una futura edición hecha con cariño… Y lo dicho, no se pierdan si tienen oportunidad la sesión doble que les propongo porque La Jetée también puede ser una sorpresa para quien nunca la ha visto… o la posibilidad de recuperar un agradable recuerdo.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

E.T., el extraterrestre (E. T., the extra-terrestial, 1982) de Steven Spielberg

Reconozco que desde que vi este verano Super 8 me apeteció visitar películas de la infancia que me recordaban a ella y que de alguna manera pienso que me hicieron sentir algo más (aunque como dije en su momento me divirtió y entretuvo este homenaje a aquel cine de los ochenta…). Así que hace poco tuve la oportunidad de poder ver de nuevo en televisión Cuenta conmigo (donde los lazos de amistad entre un grupo de niños está muy trabajado… no ocurre así para mi gusto con Super 8) y hace menos todavía contemplé el dvd por el 20 aniversario de E.T., el extraterrestre. Y ahora, a mis treinta y muchos, he de decir que volví a caer en las redes de esta fábula-cuento.

Y es que Spielberg se deja embaucar por el espíritu Méliés y nos deja una obra del cine como espectáculo y magia. Donde cualquier fantasía es posible y creíble. Así los espectadores nos dejamos llevar por esa historia de un solitario y abandonado ser de otros cielos que encuentra la amistad de otro sensible y solitario niño de 10 años, Elliot.

La estructura de la historia es sencilla pero contada con lenguaje cinematográfico y homenajeando Spielberg su amor por el séptimo arte. El más evidente es cuando ‘nuestro’ extraterrestre se queda frente al televisor viendo una escena maravillosa de El hombre tranquilo de Ford y mientras Elliot realiza una réplica de esta escena en el colegio…

También es evidente su inspiración en el mundo de los cuentos de toda la vida. Y así como en Inteligencia Artificial nos enredaba en el mundo de Pinocho. Aquí en E.T. deja en evidencia que quiere que la platea de butacas se traslade al mundo de Nunca Jamás y que los espectadores seamos peter panes y wendies en busca de la aventura continúa tengamos la edad que tengamos.

El director no sólo sabe contar sino que también apela directamente a la emoción y a los sentimientos del espectador de tal modo que siempre nos encontramos al borde de la risa o de la lágrima. Por supuesto, como la historia es sencilla, el extraterrestre llega a la familia de Elliot en un momento de desestructuración, cuando la figura del padre está ausente  es algo que sienten tanto la madre como los tres hermanos de esta historia. En un momento que todos los protagonistas están más sensibles y receptivos. En ese instante llega un ser de otra galaxia que conecta con los humanos a través de los sentimientos y sensaciones… y no por su mente privilegiada. Así Spielberg sortea el peligroso mundo de las emociones y bordea los límites de lo meloso… un tono al que nunca llega.

Spielberg sabe que como toca siempre lo sentimental (que no lo sentimentaloide) no hay nada más importante que una banda sonora que acompañe. Y así lo consigue la partitura de John Williams. Y también que como nos llega un ser de otra galaxia puede contar con unos efectos especiales mágicos que nos creemos en cada secuencia. Así queda en el imaginario colectivo aquella famosa escena de un grupo de niños en bicicleta, con un ser de las estrellas en un cesto, elevándose a los cielos y cruzando la luna… Un milagro que como espectadores creemos y nos traslada a otra época lejana en que vimos a todos los sin hogar de Milán volar por los aires con sus escobas (Milagro en Milán de Vittorio de Sica).

Pero gran parte de mérito de esta historia es la empatía que sentimos al ver al extraterrestre pacífico y desválido que se comunica a través de los sentimientos… y ya muy ecologista. E. T. es una criatura de ojos enormes y movimientos de puro mimo que enseguida conecta no sólo con la familia protagonista sino con todo aquel que lo ve… que desea con toda su alma ser su amigo y echarle una mano para que regrese a casa o para que no se ponga enfermo. Su manera de moverse llega a la total ternura como cuando para poder sacarle de casa en el día de Halloween le disfrazan de fantasma. Así el diseño de este muñeco de corazón brillante, cuello largo, pequeño cuerpo, enormes manos, y una expresión con mil matices… hace un gran favor a una sencilla historia de amistad.

Por otro lado funciona el casting infantil que interacciona con el extraterrestre haciéndonos creíbles esos niños de clase media americana todavía en edad para no tener prejuicios marcados y dejarse sorprender por otros mundos. Que todavía poseen una cierta inocencia y muchas sensaciones y sentimientos que experimentar. Así nos acompañan los rostros de los tres hermanos que se unen para ‘salvar’ al extraterrestre e impedir que el ‘frío progreso’ le convierta en un ser con miedo que no pueda regresar jamás a su hogar… Contamos con Henry Thomas (que ha seguido haciendo cine de manera discreta) como Elliot y con Robert MacNaughton, como hermano adolescente, y Drew Barrymore (siguiendo la estela de su mítica familia de actores) como la pequeña hermana (que es la que ha tenido más larga trayectoria cinematográfica).

Así Spielberg sabe contarnos a través de la cámara la aventura del pequeño alienígena y su regreso al hogar y que todos los espectadores nos la creamos paso por paso… Hasta ese científico bueno y sensible con cara de Peter Coyote.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Sólo Dios lo sabe (Heaven knows, Mr. Allison, 1957) de John Huston

Hay pequeñas películas bendecidas por una varita mágica. De tal manera que aunque caigan en olvido, cuando de pronto un día te las encuentras en un perdido canal de televisión, en una sala de cine perdida o en el fondo de una caja de dvd de oferta, desprenden su halo especial. Son películas, que a veces, no cuentan mucho en la biografía del director o no tienen importancia en una historia de crítica cinematográfica o en un anecdotario de cine. Pero el encuentro con ellas es siempre agradecido por mil motivos.

Bien, una de esas joyas escondidas y olvidadas… y poco valoradas pero que provocan una emoción intensa en cada visionado es sin duda Sólo Dios lo sabe de John Huston. La historia del marine desarraigado Mr Allison y de la hermana Ángela a punto de afirmar sus votos para siempre. La historia del marine rudo de vida compleja pero lleno de ternura y de la monja devota y creyente firme pero a la vez intrépida, divertida y emocional. Una historia de amor imposible, una historia donde no falta una sensualidad que traspasa la frontera de la pantalla de cine. La historia de dos seres, de personalidades imposibles (cómo le gustaban estas relaciones a Huston), en una isla perdida en los mapas, allá en el Pacífico, en plena Segunda Guerra Mundial. En una situación límite. Porque la soledad… la compartirán con todo un destacamento japonés.

Cuando escuchas a un Mr Allison borracho de sake quejándose de por qué ha tenido que parar a una isla desierta con una monja rubia, de enormes ojos azules, divertida y hermosa…, sabes que la hermana Ángela no huye despavorida por miedo a que el marine le haga daño (él jamás la haría daño) sino porque está pensando lo mismo: por qué está en una isla desierta con un hombre con hoyuelo, tierno, atento, delicado y divertido. Sólo un Dios con características muy humanas —vamos muy del Antiguo Testamento, muy dios tipo de la mitología griega o romana— pone esas pruebas…

No era uno de los grandes proyectos cinematográficos de Huston, fue más bien un recreo. Un paréntesis. Un viaje para rodar con todo un equipo y vivir siempre vivir y, si podía, desvariar un poquillo. En un principio quería a un Marlon Brando como marine pero creo que fue maravilloso que Brando no accediera y el estudio impusiera a Mitchum. Porque la película se sustenta entre otras muchas cosas (la parte mágica radica ahí) por la química que se desprende entre Robert Mitchum y Deborah Kerr (que ya había sido monja en Narcisos negros… otra obra de gran sensualidad).

Estas pequeñas películas mágicas están bien hechas. En concreto en Sólo Dios lo sabe, nos vamos a escenarios naturales con dos actores que construyen personajes con vida y una relación de camaradería que llena cada uno de los fotogramas. Basta quedarse enganchado, como espectador, a cualquiera de las miradas que lanza Mitchum a Kerr o viceversa o deleitarse con algunas de sus bromas o sufrir con ellos en cada uno de los peligros en los que se ven envueltos, para sentir la magia del metraje. Irremediablemente te ves atrapado en la silla o sillón y tu imaginación vuela al Pacífico lejano.

Y luego está Huston, el vividor que sabía hacer cine, y de vez en cuando nos deleitaba con su arte de saber mirar, de saber contar con imágenes. Así nos regala unos ocho minutos —el comienzo de la película— sin palabras pero que nos atan irremediablemente a la historia. Un naúfrago que llega a una isla desierta en una balsa de caucho, con la inquietud en el cuerpo, buscando agua, comida, mirando si se avista algún enemigo o amigo. El hombre va indagando, hasta llegar a algo parecido a una pequeña zona habitada, donde hay una tumba reciente, y a una especie de hogar… y de la puerta sale la imagen más insólita para un hombre agotado: una joven monja con toca, vestida totalmente de riguroso blanco, barriendo el porche… A partir de ahí el guerrero, bajo techo, puede por fin descansar un rato… y parar en su búsqueda.

A Huston siempre le llamaron la atención las parejas antagónicas que construyen una relación (que no siempre pueden tener un final feliz). Parejas imposibles. Como el detective y la mujer fatal. Como el pintor discapacitado y la mujer de mala vida. Como la solterona creyente y el marino borrachín (en esa otra maravilla, también en un sitio retirado y en otra guerra, esta vez la Primera, que es La reina de África). Como el viejo cowboy y la rubia desarraigada… y en un lugar muy especial Mr Allison y la hermana Ángela… con ese final abierto para que cada uno imaginemos qué será de ellos…

Yo hoy, por ejemplo, imagino que no vuelven a verse. Él sigue como marine. Y ella afirma sus votos y sigue de misiones. Pero por la noche, todos los días de su vida (no sabemos si serán muy largas o muy cortas), ambos se sueñan. Y se ven en esa barca juntos para pescar a una gran tortuga…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Testigo de cargo (Witness for prosecution, 1957) de Billy Wilder

Testigo de cargo es de esas películas-divertimento. Lo tiene todo para pasarlo bien. Creo que Wilder tuvo que disfrutar mucho haciéndola. En ella reconocemos todo su universo pero además gozamos durante el metraje porque nos divierte y entretiene en muchos sentidos. Tiene humor, intriga, drama, juicio, romanticismo, calidad… y grandes personajes interpretados por actores míticos. ¿Qué más quieren?

Charles Laughton encandila con la recreación magnífica del abogado criminalista londinense sir Wilfrid Roberts… personaje para la eternidad. Un abogado con una salud precaria pero que se niega a rendirse ni ante la enfermedad, ni ante los placeres de la vida (un buen cigarro, una copilla de vez en cuando…) ni quiere dejar nunca de ejercer con pasión su profesión. No quiere rendirse… y sin duda le gustaría morir trabajando o defendiendo. Es un perro viejo a mucha honra. Y un hombre divertido, muy divertido. Ahora sigue igual pero enfermo y además detrás tiene una especie de ángel de la guardia molesta a la vez que encantadora enfermera (sólo podía ser Elsa Lanchester) que siempre estará a su lado construyendo ambos una relación más allá del lazo profesional, de admiración-odio-fidelidad mutuos.

A sir Wilfrid Roberts se le presenta un nuevo caso criminal al que se aferra con pasión… y con el que juguetea. Como jugueteamos todos los espectadores. Un hombre atractivo y encantador, una especie de buscavidas, es acusado del asesinato de una viuda rica. No tiene coartada de ningún tipo, se sabe que estuvo con ella el día de la muerte y además para sorpresa de todos es el heredero de una cantidad vertiginosa de dinero. El hombre encantador tiene el rostro de Tyrone Power (en el que sería su último papel) que confía a Roberts que quien le salvará el pellejo, porque sabe toda la verdad y la hora exacta a la que llegó a casa, es su amantísima esposa (Marlene Dietrich, toda una leyenda) a la que conoció en Alemania durante la guerra.

Billy Wilder se mete de lleno, además de en su propio universo, en el de la escritora Agatha Christie (¿quién no ha leido de adolescente alguna de sus novelas?)…y adapta con agrado una exitosa obra teatral de la autora (que a su vez había convertido en teatro un relato corto propio). Así juega con el espectador y llena la película de sorpresas, giros y laberintos hasta llegar a final digno de trama de suspense. Y hace que todos lo pasemos fenomenal en el camino. Porque todos los personajes juegan con nosotros en un mundo de apariencias que nos atrapan…

Así no sólo nos encanta asistir a los interrogatorios de la sala de juicios y a la investigación de nuestro abogado favorito que siempre tiene la mosca detrás de la oreja sino que queremos un nuevo giro cada vez que nos haga regodearnos y acomodarnos en el sillón mientras continúa la trama.Testigo de cargo es además una buena película de juicios y no podía faltar tampoco un romanticismo fatal y cautivador.

Desde el principio hasta el final es un… empieza el espectáculo. Una y otra vez. Un deleite. Sólo tenemos que meternos en el juego propuesto y disfrutarlo. Pero a la vez también podemos reconocer como antes he dicho todo el universo de Wilder. Toda su trayectoria como artista y sus temas futuros. Así está su deleite por la intriga (como en Perdición y después en la exquisita La vida secreta de Sherlock Holmes), nos encontramos con esa Europa herida posterior a la guerra y lo que afecta a sus personajes en ese flash back a lo Berlín-Occidente donde conocemos el principio de la relación entre el personaje de Power y el de Dietrich. También nos muestra amores fatales (de nuevo Perdición), la vida como puro teatro y el tema de las apariencias (Irma la Dulce o Bésame, tonto), los profesionales que aman su trabajo sobre todas las cosas (otra vez Perdición y el personaje de Robinson…o Un, dos, tres, o Primera plana), las relaciones amistosas entre un hombre joven encantador con ganas de futuro y una mujer madura (El crepúsculo de los dioses…) y todo lo que puede tejerse alrededor. Así podríamos nombrar más temas que nos muestran Testigo de cargo como parte del universo especial de Wilder.

Se me ocurre que si tienen una tarde de fin de semana libre y les apetece deleitarse y sorprenderse, jugar con el cine, disfruten de nuevo o por primera vez de Testigo de cargo… y llevense a Charles Laughton a tomar una copilla con un cigarrillo o a que juegue un rato en su pequeño ascensor para la escalera…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Agente especial (The big combo, 1955) de Joseph H. Lewis

Una película te lleva a otra y a otra y a otra. Y siempre hay un descubrimiento una sorpresa. Llevaba mucho tiempo que quería ver El demonio de las armas. Así que un día de esos en que me da un ataque de saqueo de películas en tiendas determinadas me encontré con una sesión doble El demonio de las armas y Agente especial, ambas de Lewis. Así que me dije, vale, me las quedo porque a lo mejor la otra también me gusta. Y entonces surge el momento mágico en que me encanta la película que tanto había buscado El demonio de las armas… pero me siento fascinada por la obra desconocida (por mí, claro está), Agente especial… puro cine negro, del bueno. Del fascinante (valga la redundancia).

Porque en Agente especial se unen muchos elementos. Un reparto fascinante (sobre todo en la parte de los malvados). Una manera de rodar que remite al puro lenguaje cinematográfico, lleno de hallazgos geniales que sirven para contar la historia y hacerla avanzar y para crear ese ambiente de cine negro, de destino fatal, de oscuridad y tiniebla y muy poca esperanza, de ambientes agobiantes… (y muchos de los recursos empleados para paliar una razón de producción: escaso presupuesto. Es cierto que a veces —sólo a veces—, la escasez agudiza el ingenio). Un guión (he intentado escribirlo sin acento… pero es que me da una pena quitarlo…) con frases certeras. Y una película que sugiere mil y una historias detrás de cada uno de sus personajes…, ninguno sobra. En resumen una película redonda y a reivindicar o sacar del olvido.

La historia que nos cuenta no es original pero sí la forma de contarla y llevarla a cabo. Nos engancha desde su primera secuencia. Básicamente nos cuenta el enfrentamiento entre el policía honesto, que se deja la piel en cada caso (y que no cuenta con los recursos suficientes para poder llevar a cabo su trabajo…, no sólo les ocurre a los chicos de The Wire), y el gánster sibilino que sabe manejar los hilos. El bien y el mal y en medio la chica del gánster que no sabe por quién decantarse…

Bendito reparto

… bendito reparto y las historias que se esconden detrás de cada uno de los personajes. Fascinante.

Por una parte tenemos al bien. Al policía honesto pero que a veces cansado se deja llevar por el deseo de venganza y violencia (aunque siempre termina controlándose, es un hombre honesto y entregado)… le va el rostro de un Cornel Wilde, atractivo y serio. Un policía que apenas tiene tiempo para sí mismo y que termina enamorándose ‘obsesivamente’ de la chica del gánster… a la que desea llevar por buen camino.

Por la otra al mal. El gánster sibilino con dotes de gran psicólogo pero finalmente también hombre enamorado. Sabe manejar los hilos. Sabe ordenar. Mantiene durante prácticamente todo el metraje la sangre fría. Es un hombre con una historia a desarrollar y se nos van dando pistas en pequeñas dosis y se va conformando una personalidad compleja. Así nos deja una interpretación para el recuerdo llena de matices un olvidado pero certero Richard Conte.

Después nos encontramos con los secuaces del gánster, con aquellos que le hacen el trabajo sucio. Y ahí nos enfrentamos a maravillosos personajes secundarios. Por un lado el segundo de a bordo, acompaña su singularidad con un audífono. No oye bien (… porque para lo que hay que oir) pero sueña con algún día poder ‘mandar a paseo’ a su odiado jefe que le humilla una vez sí y otra vez también. Ya se sabe, esas relaciones amor-odio… hoy te lamo los pies, mañana te vendo y me vengo. Para este papel el rostro de Brian Donlevy, un actor de reparto de filmografía interesante.

Luego falta para rizar el rizo los matones. Los dos jóvenes matones y chicos para todos… fieles hasta la muerte. Honestos con su jefe. Máquinas de matar y torturar pero que ambos desarrollan entre ellos ‘una hermosa y fiel amistad’ que nos cuenta, de manera subyacente, una historia subterránea (me repito con contundencia). Funcionan por su propio código moral… y nos regalan escenas de impacto. Además cuenta con unos rostros muy interesantes: por una parte Lee Van Cleef y por la otra Earl Holliman.

Y luego tenemos al trío de damas. También personajes hechos y derechos. Complejos y fascinantes. Como todo buen cine negro las relaciones entre hombres y mujeres exudan sensualidad. Y las tres con rostros de damas desconocidas. La chica del gánster, rubia angelical con el rostro de Jean Wallace (extracinematográficamente os contaré que en aquellos años era la bella esposa de Cornel Wilde). La chica del poli, chica de cabaré fiel y con gran corazón, ella se sabe enamorada pero también aguanta que su chico ame a la otra…, ella sólo quiere que deje de ser hombre atormentado. Ejerce de amiga y de amante. Y tiene el rostro de Helene Stanton (la más desconocida y con menos filmografía accesible). Y por último, para no desvelar nada del intríngulis nombraremos a la mujer misteriosa, e importante tanto en la trama como en la investigación. No puedo desvelar pero también esconde toda una historia interesante y una personalidad compleja. Cuenta con el rostro de una actriz secundaria interesante, Helen Walker.

Lewis, el mago artesano sin presupuesto

Y Lewis, cual maestro-artesano pero también artista que imprime su espíritu a su obra, rueda de manera inolvidable (junto a técnicos maravillos… y nunca nos olvidemos de los directores de fotografía) esta historia de cine negro. Así nos crea unos ambientes agobiantes. Juega con las sombras. Realiza un uso maravilloso de la niebla y la oscuridad. Emplea de manera magistral el sudor y el horror. El grito y los primeros planos. Las habitaciones de mala muerte. Los hospitales tristes. Los sotanos oscuros. Las calles por las que se huye. La oficina del policía, su apartamento, los vestuarios del cabaré o de un boxeador fracasado, las puertas traseras… Nos muestra las maravillas que se pueden hacer con un audífono (desde una tortura hasta una manera diferente de filmar una muerte…). Y nos mete de lleno en ese ambiente agónico de las películas noir…, ese ambiente estresante, triste, de destino fatal… enfermizamente romántico también.

… y de quién será el guión

Y por último nos regala frases y diálogos de esos que se quedan grabados. Además de una estructura certera. Como digo no hay nada más complejo como que todos los personajes tengan una vida y tú como espectador la sientas. Como anécdota también extracinematográfica decir que está firmado el guión por Philip Yordan… y para los que les apasione este tipo de historias, Yordan fue un guionista prolífico y también polémico. Parece ser que fue una ‘tapadera’ para que muchos guionistas incluidos en la lista negra durante la caza de brujas pudieran trabajar. Esto significa que trabajaba en el guión uno de ellos y luego el nombre que aparecía en créditos era el de él. Así a veces es extremadamente complejo saber cuál es realmente la aportación de Yordan a algunos guiones y sobre todo cuál es la autoría real… En Agente especial queda el misterio y el secreto de quién fue realmente el guionista ¿Yordan? ¿O realmente actuó como tapadera? Como veis otro tema apasionante…

Todo esto y más, hace de Agente especial, película reivindicable. Casi me atrevería a decir de visionado… obligatorio, digo, apasionado.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

El proceso Paradine (The Paradine case, 1947) de Alfred Hitchcock

Defensa a una película que ni el maestro del suspense salva

Alegato enamorado (pero con cerebro y análisis frío… viva la contradicción) de una película que ni el maestro salva. Desde la primera vez que la vi siendo niña en una sesión doble me sentí hipnotizada por esta película. Me gustó. Me enganchó. Me marcó.

Hace poco he vuelto a verla. Dos veces casi seguidas para más inri y el efecto ha sido el mismo. Me ha encantado.

Oi, no hace mucho tiempo, a un gran cinéfilo que toda película tiene su público. Las más inimaginables tienen defensores apasionados. Reconozco que por Hitchcock siento debilidad. Y muchos dirán que eso es asunto fácil. No diré que no. Pero siento también debilidad por algunas de sus películas o bien más desconocidas (como Atormentada) o consideradas resbalones (como esta que nos ocupa).

En breves líneas trataré de argumentar mi pasión por El proceso Paradine y mi tristeza porque el propio maestro del suspense la denostara.

Mítica entrevista Truffaut-Hitchcock

No creo que esta mítica e indispensable entrevista de Truffaut a Hitchcock tenga la total culpa de la falta de entusiasmo hacia El proceso Paradine. Pero sí ayuda.

Quien haya disfrutado la entrevista verá como El proceso Paradine no recibe calidas críticas ni por parte del realizador francés ni por parte del maestro del suspense. Es más todo son peros… y muy poquillos los elogios.

Entre los muchos puntos que se señalan en dicha entrevista son los fallos de casting para Hitchcock… Gregory Peck no valía como abogado británico, él hubiese preferido a Laurence Olivier o Ronald Colman. Para la señora Paradine cuenta que él intentó el regreso de Greta Garbo a la gran pantalla… se tuvo que conformar con Valli. Y lo peor para él fue Louis Jourdan como el ayudante de cámara y amigo desde la guerra del personaje asesinado. Ambos fueron impuestos por el productor David O’Selznick. Para este papel, él hubiese preferido a Robert Newton. Ann Todd que hace de esposa de Gregory Peck era demasiado fría. Sólo tiene buenas frases para dos de sus actores secundarios: Ethel Barrymore y Charles Laughton (aunque chocaba bastante con este actor).

Él mismo argumenta que no entiende cómo se lleva a cabo el asesinato. Que él mismo se lía. Que no lo comprende.Y sólo salva algún aspecto técnico de la película…, alguna manera de rodar una o dos escenas.

Y Truffaut le apoya y le pincha en que incida en esta crítica negativa-destructiva hacia El proceso Paradine.

Con este panorama…quien no ha visto la película y sí ha leido antes la entrevista se va acercar a ella con cierto reparo, ¿o no?

No es una historia de intriga

Así que una de las críticas que se le achaca a dicha película es que la intriga no se sostiene. Que no hay suspense. Que la trama del asesinato está mal construida… Que no parece obra del maestro del suspense. Que…es lenta, que no hay ritmo, que es aburrida, que apenas cuenta con gotas de humor, demasiado oscura… Y yo me asombro. Me asombro porque a mí me atrapa desde la primera escena.

Esa mujer de porte aristocrático preparándose para la cena, vestida de negro pero con una elegancia casi sublime, el pelo negro recogido en un moño, hermosa, educada y altiva. Que mira el retrato del esposo ausente. De pronto llega una pareja de policías y la detienen por el asesinato de su esposo. Ella en ningún momento pierde la calma, pide que llamen a su mayordomo para que le traiga su abrigo y su bolso y antes de irse pide al asombrado mayordomo que pida disculpas a la cocinera porque esa noche no podrá cenar en casa. Genial. La presentación del personaje ‘fascinante’ para casi todo el elenco masculino de la señora Paradine no puede ser mejor.

Y es que siguiendo las teorías de Hitchcock lo de cómo se produjo el asesinato es lo de menos, puro mcguffin, ¡qué más da que no encontremos mucha coherencia!…, porque lo que en realidad nos cuenta El proceso Paradine es el poder destructivo del amor. El amor como perdición. La femme fatale está en el estrado y sigue haciendo estragos así se relacione con el hombre que se relacione. Es su triste destino. Porque la femme fatale ama y no puede evitar la destrucción del ser amado y de paso llevarse por el camino a varios más.

Y otro de los aciertos más maravillosos de El proceso Paradine son aquellas subtramas que se intuyen. Aquello que la película no nos desarrolla. Lo que descubrimos tras cada uno de los personajes.

Reparto acertado

Respecto al reparto salvo hasta la elección de Louis Jourdan, porque Hitchcock es tan buen director que hace que nos creamos al atormentado Jourdan. Al misterioso Jourdan.

Me gusta Gregory Peck como ese buen abogado, aristocrático, ambicioso y honesto, que sabe utilizar sus mejores armas ante el jurado, las emociones (aunque esta vez se le vuelven en contra). Como ese abogado que se siente atrapado por el enamoramiento ideal que siente ante su clienta. Totalmente atraído por ella, atrapado en sus redes de manera irracional, será capaz de todo con tal de probar su inocencia, incluso de manipular un juicio y tratar de inculpar, con crueldad, a un testigo (la parte más debil). Será capaz de traicionar sus principios y no hacer bien la profesión que ama.

Adoro a esa pareja formada por Valli y Jourdan. Los amantes atormentados que se odian y se aman, que traicionan. Y cómo son presentados en todo momento. Lo que sus rostros agradables esconden en todo momento y cómo sus físicos atraen a todos aquellos que los observan. La furia y la tormenta de sus vidas apasionadas… Su elegancia innata, la de ambos, a pesar de que ambos han tenido vidas complejas y han luchado por conseguir un hueco en el escalafón social y salir de los bajos fondos. Tratan de subir escalones aunque finalmente tropiezan… de la manera más trágica.

Y lanzo una lanza a favor de la rubia de la película, Ann Todd, la esposa de Peck que sufre desde el primer momento el proceso de enamoramiento del marido con su cliente y que trata de competir como mejor puede contra la femme fatale. Su recreación de esposa comprensiva que no tonta, de mujer enamorada y capaz de luchar por retener al hombre que ama y admira me seduce. La comunicación de ambos conyuges es de envidiar porque además de matrimonio, y de personas enamoradas, son amigos. Porque su personaje como ninguno de los de esta película es plano o mediocre.

Me gusta hasta el esposo ausente, el hombre traicionado, el héroe de guerra ciego, que vive con una mujer a la que ama y con el amigo al que quiere. Hitchcock era muy bueno para que sintieramos continuamente la presencia de los ausentes.

Por supuesto son geniales cada uno de los secundarios, no sólo ese complejo y sarcástico juez libidinoso con rostro de Laughton o esa esposa sumisa y compasiva siempre asustada con cara de Ethel Barrymore. También me quedo con los mejores amigos del matrimonio protagonista, aquellos personajes que son los únicos que ven lo que realmente está ocurriendo porque ‘emocionalmente’ están fuera de la trama, el otro abogado (que le pasa el caso al protagonista) con gestos del gran secundario Charles Coburn y su hija, la desconocida pero maravillosa en este papel Joan Tetzel.

Lo bueno de estas películas es que hasta los personajes más secundarios, como esas mujeres que vigilan a la Valli mientras esta en prisión, no tienen desperdicio.

Lo que la verdad esconde

Creo que lo que más dañó esta película, última colaboración entre O’Selnicz y el maestro del suspense, es precisamente la complicada relación entre ambos y la ruptura poco amistosa. Digamos que Hitchcock ‘estaba quemado’ cuando realizó El proceso Paradine y hasta las narices del señor productor con lo cual no la cuenta entre sus mejores recuerdos. Además como director-creador el que le impusieran varias cosas (lo más evidente son los actores) y no fuera dueño de todo el proceso de creación supone que no ve esta obra como una obra propia.

El maestro cuenta en clave de cine

Lo que es evidente que aunque el maestro estuviera a disgusto amaba el cine. Amaba contar con su cámara. Y la premisa de la que partía esta historia, así como muchos de sus temas, le gustaba y atraía. Así que no renunció a contar en clave de cine El proceso Paradine. Y por eso nos regala momentos magníficos que inevitablemente atrapan. No faltan las escaleras, que tan bien sabía emplear (como Sirk o Wyler). La presentación de cada uno de los personajes magistral pero sobre todo la de los complejos amantes Jourdan y Valli. El paseo que realiza Peck por la casa de verano vacía de su clienta hasta llegar a su habitación que mira con detalle nos describe más su proceso de atracción y enamoramiento.

La representación de sus obsesiones. Como ver ‘lo carnal y apetitoso’ de la correcta, bella y aparentemente fría Ann Todd, en esa reunión de amigos donde su hombro desnudo recibe toda la atención del sarcástico juez con cara de Laughton.

Las escenas del juicio, visualmente, son las mejores. La entrada de Jourdan como testigo rodeando a una Valli de espaldas (pero que sentimos, sabemos, que ella está siguiendo a Jourdan) es un alarde. Al igual que su salida, Jourdan mirando fijamente la nuca de la Valli.

Los primeros planos de Valli. En concreto uno final en el que vemos como su rostro es arrasado por las lágrimas nos describe la tragedia continua de esta femme fatale a su pesar. La humillación final de Peck, pero también la manera en la que ante todos canta su derrota y reconoce sus errores, termina de manera magistral con ese plano desde arriba de la sala de juicios donde vemos abandonar la sala al abogado en una absoluta soledad y desolación.

Detrás de El proceso Paradine

Creo, apasionadamente, que El proceso Paradine merece una ‘nueva mirada’ que muestre todas las virtudes de una película sobre el amor, como fuerza destructora. El amor de una femme fatale a su pesar que se lleva por delante al marido ciego que la comprende, al mejor amigo de su marido que la ama con sentimiento de culpa, y al abogado defensor que no pone trabas en el ejercicio de su profesión para declararla inocente.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

El sospechoso (The suspect, 1944) de Robert Siodmak

Robert Siodmak es un realizador que lo tengo en fase de estudio y que cada vez me fascina más. Todavía me falta por descubrir parte de su obra, entre otras la deseada A través del espejo (que espero  conseguir pronto). El director me ha deleitado con distintas películas y con un dúo de cine negro que me fascina: Forajidos y El abrazo de la muerte (ambas protagonizadas por mi adorado Burt Lancaster).

Pero en mi viaje he recalado en La dama desconocida, La escalera de caracol, Pesadilla, Una vida marcada y volando entre aventuras de La reina cobra o El temible burlón. Ahora le ha tocado el turno a El sospechoso, y Siodmak sigue sin desilusionarme.

El director sigue confiando en su actriz fetiche, la bella Ella Raines (ningún director volvería a confiar en ella de igual manera), y sobre todo deja que Charles Laughton deleite con el arte de la interpretación dejando un retrato de un hombre normal, un buen hombre incluso, que a principios del siglo XX en Londres, una serie de circunstancias, el sino (como se dice en el cine negro), le convierten en un asesino.

Pero son varios los logros de esta película de dirección siempre elegante y de momentos cinematográficos clave. La construcción perfecta de una estructura y de unos personajes secundarios que darán la clave para que surja “la conciencia del asesino” como dice el incansable detective (y muy antipático, por cierto…, el público esta vez —y esto está muy feo, lo sé— está deseando que se salve el asesino…).

Entre los personajes que forman este puzle (cuando una película es buena ninguno de los personajes sobra) está la señora esposa del personaje de Laughton, una impagable Rosalind Ivan, que está estupenda como mujer-pesadilla e insoportable (de nuevo volvería a ejercer de esposa castrante en esa joya que es Perversidad de Fritz Lang). El matrimonio vecino, la adorable esposa y el marido maltratador y borracho (Molly Lamont y Henry Daniell), y como no ese inspector Huxley (Stanley Ridges) que nos regala escena cinematográficamente valiosa de recreación genial de un asesinato que no hemos visto.

La película es un delicado ejercicio donde nos presenta una triste recreación de un amor imposible. Y ese amor imposible ocurre entre una bella joven solitaria y sin trabajo y un hombre orondo casado y cansado de la cotidianeidad y miserias de su vida cotidiana. Ambos unen sus soledades y tristezas…Y ese amor es real. Pero los obstáculos sociales, de costumbres y de clase provocan un comportamiento inusual en un hombre bueno que le inducen al doble asesinato… alejando, quizá para siempre, su posible felicidad. Así una historia cotidiana, y aparentemente sencilla, se transforma en pesadilla oscura.

Así Siodmak va construyendo esos héroes cotidianos que se ven asaltados por un destino inevitable que rompe todas sus posibilidades de felicidad. La direferencia es que mientras en su dúo maravilloso de cine negro el héroe enamorado se confunde de mujer al entregarse a la femme fatale que destroza su existencia, aquí el destino del protagonista es más triste aún pues esa mujer que cambia su destino es tan buena persona como él…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.