Mucha energía positiva y buen cine en el 2008

Queridos, queridos, queridos empieza la cuenta atrás para que el 2007 se quede agazapado y deje paso a un 2008 de ensueño. De nosotros, en gran medida, depende. 

En las pequeñas cosas, en hacer agradables los entornos más cercanos, en los detalles, en llevar el día a día y sobre todo el seguir apasionándonos con nuestras pasiones…, ahí está el secreto de un futuro 2008 que puede estar plagado de sorpresas. 

Nunca se sabe lo que nos depara el destino pero empezar con buen pie y con expectativas puede quizá echar una mano a la buena estrella. 

Y, sobre todo, Hildy Johnson, desea que entre todos mantengamos los ojos abiertos a la realidad, y que aunque no lo creamos y veamos un mundo que parece que se derrumba por la pobreza, las guerras, las injusticias, la mala leche reconcentrada, el cambio climático, las patadas tremendas que los humanos damos una y otra vez a la naturaleza…, siempre podemos aportar y hacer algo. La impotencia, el desánimo, la desesperanza, la queja, la mala hostia son malos consejeros para conseguir un mundo mejor.  

Por eso, tecleo con mis mejores deseos una y otra vez. Y, mando mucha energía positiva y tranquilidad –mezclado con un poco de risa (cada vez pienso que es una de las mejores terapias y me encanta la gente que tiene la capacidad de que otros soltemos carcajadas), ironía, que nunca viene mal y cinismo, del bueno, del que construye y analiza–, a todos los que alguna vez hacen alguna visita a este blog, a los compañeros que escriben otros blogs en cine.com y en el ciberespacio exterior y a todos los miembros de esta comunidad de cine.com que han permitido que aloje este blog (nunca pensé que fuera capaz) y dar rienda suelta a mi pasión sin límites. 

Os deseo todo lo bueno que una persona puede llegar a pensar. ¡¡¡Y mucho, mucho, mucho buen cine…, para divertirnos, para amar, para pensar, para reflexionar, para analizar, para descubrir otras realidades, otros mundos, otros rostros…!!!

Encubridora (1952)/La gardenia azul (1953) de Fritz Lang

Fritz Lang es uno de los creadores que me hace amar una y otra vez el cine. Desde sus películas mudas como esa leyenda con la muerte de protagonista que es Las tres luces, hasta ese mundo futurista que representa Metrópololis hasta sus primeros sonoros, como la fascinante M. Cuando Lang huye como tantos otros realizadores el terror nazi, recae en EEUU y empieza una filmografía llena de poesía, venganza, cine negro, muerte, ensoñación y sobre todo amores desgarrados. Y, entonces, deleita con joyas que te hacen llorar una y otra vez como Sólo se vive una vez y deseas la salvación de un Henry Fonda al que le persigue la mala suerte y una Silvya Sidney que lleva las consecuencias de amar hasta el otro lado de la vida. Porque Lang es el cineasta del desencanto y de los héroes y heroínas abandonadas a su suerte en un mundo falso que no les concede ni un respiro. 

Lang es el rey de la tristeza y del romanticismo que se rompe a pedazos con retazos de realidad. Los seres humanos son malos o buenos, se equivocan o no y sus destinos son sobrios sin posibilidad de alcanzar, jamás, la felicidad. Lang conoce bien las miserias y bondades de la humanidad y su legado deja un mundo triste pero un cine maravilloso. 

Él ha dejado joyas como La mujer del cuadro, Perversidad, Los sobornados, Deseos humanos…, pero hasta en sus películas más desconocidas deja una huella y una inquietud imposible de describir. Y aquí se inscriben ese western con aires de leyenda que se llama Encubridora o ese retrato triste y represor de la sociedad americana en los años cincuenta con la melodía triste de un Nat King Cole en ciernes que con voz dulce canta Gardenia azul. 

Corren los años cincuenta en América y la venganza flota en el aire. América y la caza de brujas. Era de odios, apariencias y tristes vidas que tienen su reflejo en múltiples películas. Fritz Lang no es ajeno a ese aire turbio y su cine sigue con el halo del cine negro o el western legendario con la venganza y el amor como protagonistas. El pesimismo funciona en esa década y, por eso, Lang no tiene dificultades en dejar su huella. 

Un bandolero elegante, tierno y triste, por enamorado y por ser leal a su código de honor trasnochado. Siempre ha amado de manera tierna a una mujer fuerte que se deshace en la duda y en las ganas de llevar la vida feliz de una señora amada. Mel Ferrer y Marlene Dietrich o lo que es lo mismo Frenchy y Altar Keane. Un granjero o vaquero que busca venganza y lo hará a cualquier precio, un Arthur Kennedy oscuro que intenta ser encantador pero no engaña al espectador. Su personaje, Vern, no pierde nunca de vista su objetivo. Y, en el fondo, aunque nos duela todos lo entendemos. Todos hemos visto a su futura mujer muerta y su mano crispada intentando defenderse ante el asesino vil. 

Encubridora es un western de espacios cerrados y sentimiento en una olla exprés. A punto de estallar. La mujer madura que siente que podría volver a los dieciséis pero ya es demasiado tarde –Marlene Dietrich como siempre con esos pantalones bien puestos, un maquillaje que la hace especial y ese pelo que no despeina ni con un disparo o montando a galope en un caballo salvaje–. El pistolero romántico que ama sobre todas las cosas a la misma mujer, elegante, sobrio y bello (¿alguna vez habíamos visto a Mel Ferrer tan metido y tan hermoso en su papel), al que se le entristece la mirada porque ve que la mujer amada mira a otro con posibilidades de alcanzar una vida feliz fuera de su regazo. O el granjero –que por mucho que se repita a lo largo del metraje que es joven y bello, perdóname Kennedy pero no me lo creo, no retiraría nunca la mirada de Mel– que sólo vive para la venganza pero se asusta al sentirse fascinado por una mujer con pantalón de hombre y de vida apasionante, algo que él nunca hubiera soñado tener a su alcance. Ya nos avisa una y otra vez la triste canción que narra la leyenda. No es una historia de final feliz. 

O esa pobre telefonista rubia, asustada, con cara de Anne Baxter que con el corazón roto acude a una cita con un playboy en el local La Gardenia azul. ¿Quién sino un maestro como Lang hubiera narrado en unas pocas secuencias la historia de una ruptura? ¿Quién no entiende a una rubia de corazón solitario que se dispone a celebrar su cumpleaños bella y sola, con una cena romántica, al lado de una fotografía, del amado que lucha en Corea?¿Quién no entiende a alguien que quiere emborracharse y olvidar cuando recibe una carta que la dice que el amado ama a otra y que en pocos días va a casarse?Lang, el rey de las pesadillas, logra engatusarnos con la historia de una rubia, la Gardenia azul, la asesina con amnesia que no recuerda haber matado a un hombre que la emborracha en una noche de lluvia, quizá para besarla, para desnudarla, indefensa, y tener una cita más que olvidar. 

Una Baxter, obsesiva, perdida y asustada, que vive con otras dos rubias encantadoras, dos amigas de verdad, tres mujeres que tratan de sobrevivir el día a día de las vidas grises. ¿Cómo saber si puede confiar en el periodista guaperas que sigue la exclusiva que le dará más prestigio del que tiene?Los hombres no salen muy bien parados. Pero ahí están. Y, estas rubias tienen que lidiar con lo que tienen. Esta vez, no sé si por cuestiones de guión o estudio, la historia sale bien. Y, la pobre telefonista, quizá, tenga un final feliz. Quizá salga de esa pesadilla que la depara su vida y destino. 

Fritz Lang, maestro del desencanto, nunca suele defraudar al espectador que busca ávido historias bien contadas…, aunque las pesadillas terminen mal o aunque todo sea sólo un mal sueño.

Diccionario cinematográfico (44)

Barbarella: hay una mujer intergaláctica de piernas largas, cabello rubio y modelos psicodélicos, para ella el sexo es algo natural y no tiene límites ni emoción. Es un instrumento más para su trabajo en otros mundos siderales. Pero encuentra un ángel con alas, ciego, y la ternura la puede. Lucha por la paz de la galaxia pero siempre se lo ponen muy difícil. O bien niños diabólicos o rivales hermosas o seres voladores y malignos. Los hombres son peleles y primitivos en sus manos. Ella es Barbarella y vive con toda las comodidades en una nave circular y a veces la gravedad del espacio la hace volar, desnuda y ajena a todo.

Pacto tenebroso (1948) / El asesino poeta (1947) de Douglas Sirk

Douglas Sirk alcanzó la cima de su éxito en los años cincuenta como rey del melodrama. La firma del autor se puede notar en las historias de amores desatados, en la vida de hombres y mujeres atados a las apariencias y al mundo conservador y falso de esos años. Douglas Sirk narra como nadie la lucha de esos personajes por encontrarse así mismos y cómo tratan de buscar –aunque no siempre con buenos resultados– la libertad individual. Reconocemos su buen hacer en largometrajes elegantes, con diseños cuidados, y colores brillantes. ¿Cómo olvidar Sólo el cielo lo sabe, Obsesión, Escrito sobre el viento, Imitación a la vida, Tiempo de amar, tiempo de morir, Ángeles sin brillo…? 

Hombre de vida, como sus melodramas, pero más cruel y real, decía cosas tan bellas como «el cine es sangre, lágrimas, violencia, odio, muerte y amor». Y, así se mostraban sus películas. Fue otro director europeo exiliado a Estados Unidos, esta vez, por su disconformidad con la Alemania nazi. 

Hombre de sensibilidad especial dominaba los espacios y la dirección de actores. De los espacios aprendió mucho en el mundo del teatro, que fue a lo primero que se dedicó. Los espacios, los lugares, las casas…, son señas de identidad de Sirk. 

Cuando llegó a EEUU se fue labrando un nombre como director que alcanzaría su máximo éxito en los años cincuenta y con el mundo del color. Douglas Sirk era el rey del melodrama. Sin embargo, me complace haber descubierto dos pequeñas joyas en blanco y negro de los años cuarenta que tienen ya parte de su firma y personalidad pero con unas características propias que las hacen especiales y muy apetecibles para una tarde en compañía de Sirk. 

Lo primero que destacaría es el género. Llama la atención que Sirk muestre su dominio del cine y de contar historias con películas como Pacto tenebroso y El asesino poeta. Son dos películas en blanco y negro que reflejan el mundo de las luces y las sombras de cine negro y que caminan por la senda del suspense y el miedo. 

Por supuesto, el dominio del decorado, de los interiores, la pericia del director en el tema de los espacios. En Pacto tenebroso nos deleita con una casa de grandes habitaciones y unas escaleras donde transcurren importantes momentos de la trama. Es la casa de un matrimonio con una economía pudiente –sobre todo ella–. En El asesino poeta paseamos por varios interiores interesantes donde la mujer detective (una redescubierta Lucille Ball) realiza su trabajo. 

Otro punto a su favor es su acierto en la elección y dirección de actores. A Sirk le recordamos por dar sus mejores papeles a Rock Hudson, Jane Wyman, Robert Stacks, Lauren Bacall, Dorothy Malone, Lana Turner, John Gavin…, pero en estas desconocidas películas nos encontramos con que siempre dio importancia a rodearse de buenos intérpretes y dotarlos para personajes sorprendentes. Así deleita, positivamente, en Pacto tenebroso una alucinada Claudette Colbert, un malvado Don Ameche y un atractivo Robert Cummings. Además, redescubre a la típica mujer fatal con rostro de Hazel Brooks, una modelo sudafricana que tuvo algunas apariciones en el mundo del cine. En El asesino poeta nos lleva de la mano a una atípica historia de mujer detective con glamour de la mano de una bella  Lucille Ball, alejada absolutamente de su prototipo de mujer divertida y televisiva con el que se haría famosa; un rompecorazones con el rostro cínico de George Sanders (ahhh, viva el cinismo), un amable Charles Coburn y un delirante Boris Karloff. 

Douglas Sirk deja un sello, a mi gusto genial, en estas dos películas, y son situaciones y momentos inesperados que rozan el surrealismo o el efecto sorpresa. En Pacto tenebroso, Roberts Cummings tiene un amigo al que trata como un hermano que es chino. De pronto, cambia los planes de una Colbert, emocionada por ir a una cena de sociedad, y la lleva a una boda china, donde la Colbert se siente feliz en otro ambiente. Libre. O, Don Ameche, que tiene escondida a su amante con una especie de matrimonio que lleva una tienda de fotografía de 24 horas, ¿por Dios, de dónde ha sacado a esa mujer mayor que vive en otra galaxia? En El asesino poeta estos momentos surrealistas llegan a un estado irrepetible en el encuentro de la protagonista con un Boris Karloff absolutamente chalado. Un diseñador de ropa que vive anclado en el pasado y que hace formar parte a una alucinada Lucille Ball a una especie de performance solitaria, que llega a extremos delirantes. 

Son dos películas curiosas que descubren a un Douglas Sirk alejado del melodrama que le haría famoso pero que le descubre original y sorprendente en el arte de narrar y contar historias. 

Por cierto, Pacto tenebroso sigue la moda de esposas aterrorizadas que creen caer en la locura como la famosísima Luz que agoniza (1944). Y, sorprende el parecido de uno de los personajes de El asesino poeta con otro de los personajes de esa joya de Preminger que es Laura (1944).

Diccionario cinematográfico (43)

Asesinato: o acto de quitar la vida a otro, o como dice, la RAE, matar a alguien con premeditación, alevosía…, vamos como Chris Wilton a la pobre Nola en ese monumento al arte de matar y a la suerte que depara el destino al asesino en Match Point. 

Y, es que en el cine, hay asesinos y asesinatos de todos los gustos y colores. Desde el cine silente hasta los primeros pasos del sonoro, los asesinos aterrorizaban las plateas. ¿Alguien olvida el silbido de ese asesino de niños que no es más que una persona con tremendos problemas mentales reflejo de una sociedad enferma? Eterno Peter Lorre de ojos saltones que mata a la infancia. Un globo, de una niña que tal vez se llame Elsie, sube por los cielos. La sombra del asesino pasea por Dulsseldorf. Lang era creador de asesinos inolvidables, como el asesino del pintalabios en Mientras Nueva York duerme. 

Está el asesino exquisito, ¿alguien olvida ese caballero fino y cínico artista de la palabra que se llama Waldo Lydecker? Una y otra vez llega a mis oídos la envolvente música de Laura. O el asesino en serie, odioso e inteligente, vale de ejemplo el rostro de Kevin Spacey como John Doe en Seven. 

A veces, da miedo, porque parece que entiendes los horribles motivos de un asesino despiadado. Yo no olvidaré a Butch Haynes que nos muestra una y otra vez que el mundo no es perfecto. 

Otros, sin embargo, siembran el asesinato como rebeldes sin causa. Y, dan miedo, porque son reales y están ahí. A veces, basta con encender el televisor y ver noticias horribles. Entonces recuerdo a ese asesino con cara de niño, que mata irracionalmente, bajo la mirada y ayuda de una joven Sissy Spaceck, en Malas tierras. 

Hay asesinatos que te ponen los pelos de punta. ¿Alguien olvida el asesinato a sangre fría de Fredo? Por mandato de su hermano, Michael, el Padrino. 

Once

¡¡¡Qué peligroso es hacerse uno su propia película!!! Y eso es lo que le ha ocurrido a Hildy al acercarse a Once de John Carney. Al escuchar la canción que los protagonistas improvisan en una tienda de música (única razón que justifica mi obsesión por ir al cine a ver esta historia), mi cabeza se puso a imaginar…, y claro no era lo mismo que lo que vi luego en pantalla. 

Así que mi impresión y crítica sobre Once viene, sin duda, influenciada por lo que no vi. Trataré de quitar los nubarrones que no me hicieron disfrutar al 100 por 100 de una pequeña película en la que quise imponer mi visión. 

Al final queda un pequeño poema musical realista y cotidiano –a mí me gusta el cine musical de todo tipo…, y me atrevo a decir que hay momentos en la película que se abusa del uso de canciones y que resiente el ritmo de la historia y sus imágenes–. 

Ingredientes: una pequeña y bella ciudad: Dublín. Unos paisajes inolvidables. Cámara en mano. Dos personajes lindos, lindos…, un cantante callejero encantador (Glen Hansard, cantante de The Frames) y una chica de la República Checa, de sonrisa mágica (cantante y compositora Marieta Irglova). Una historia de amor imposible, un amor que late pero no eclosiona. Agazapado, sin oportunidades. ¿Quizá no se encuentra el momento oportuno?Dos soledades que se hacen compañía. Una pasión que les une: la música. Un piano que suena, unas canciones que laten, y una realidad que susurra al oído de los protagonista que su amor latente, quizá, se quede hibernando. En un recuerdo, en la letra de una canción o en las teclas de un piano. Todo ello aderezado de momentos, miradas y sonrisas… al borde de la risa, de la emoción contenida o la lágrima. 

Pero, Once no era en ese momento lo que yo esperaba ver. Para desgracia de muchos, que pensarían que mi mente se hubiera cargado la película, me excedo en romanticismo y me quedé con la miel en los labios. Demasiada contención sentimental y una colleja al chico pelirrojo por hacer una llamada a Londres, para mí inexplicable (tendréis que ver la película para quitarme o darme la razón). 

Persépolis

Un viaje autobiográfico a Irán de la mano de la dibujante iraní Marjane Satrapi y del también dibujante Vincent Paronnaud. Persépolis es una adaptación a la pantalla de los cuatro libros de cómic de Marjane donde da su visión particular sobre la historia y acontecimientos de su país desde 1978. 

Persépolis, dibujos animados en blanco y negro, de trazo elegante y con unos personajes que pronto te hacen meterte en una historia que te apunta al cerebro y al corazón. 

La película narra la historia de una joven, Marjane, que crece en el Irán de la Revolución Islámica. El relato empieza con Marjane, como niña vital de nueve años que vive la destrucción de su pueblo cuando los fundamentalistas toman el poder de su ya castigado país. 

A los catorce años, sus padres toman la determinación de enviarla a Austria y alejarla así de un país que se rompe a pedazos y que además sufre una cruel guerra con Irak. Allí, Marlene siente la soledad, el convivir en un país extraño, sufre la nostalgia y la dicha y el dolor adolescente. Hasta las últimas consecuencias.  

Marlene, tras una crisis de tristeza y soledad, regresa a un Irán que sigue oprimido, con el velo, con ansias de vivir en libertad y de crear, con fuerzas recuperadas y capaz de volver a fragmentar un corazón roto, Marjane trata de tomar las riendas de su vida a pesar de vivir en un país que la reduce a golpe de miedo y prohibición. Pero, como siempre le ha dicho su abuela, y como le han mostrado sus padres, su tío asesinado y amigos de su familia, la integridad y la dignidad como persona la mantiene, finalmente, intacta. Y dispuesta a una nueva vida. 

Persépolis narra una bella historia con unos personajes y unas escenas que te envuelven. Es una historia autobiográfica y muy personal que te da una visión y un punto de vista sobre la situación social y política de un país. 

Persépolis conmueve, te hace reír, llorar, reflexionar y sentir. Los personajes femeninos llenan la película, los masculinos enternecen. Un padre que siempre llora y se emociona, un tío comunista lleno de sensibilidad y esperanza –la escena de la visita de Marjane, niña, a la celda donde su tío ha sido detenido, contiene toda la emoción que más quisiera cualquier película de actores de carne y hueso–, esa abuela-conciencia que guarda flores de jazmín en su pecho y que siempre tiene una frase genial a tiempo, o esa madre fuerte que desea que su hija sea libre y que ama a un país que se desintegra a pedazos, siempre íntegra pero que se desmaya de dolor al separarse de lo que más quiere.

Su viaje a Austria, ese mundo de contraste, la ignorancia de Occidente hacia las realidades distintas, la soledad y la marginación…, el regreso a Irán, la apatía de un futuro que se ve negro, el horror de vivir bajo el yugo del miedo, lo que cuesta morderse la lengua, la búsqueda de resquicios de libertad… 

Y, escenas geniales e inolvidables. ¿Alguna vez se ha visto de manera tan hermosa al buen Dios y al pensador Karl Marx en los cielos dando consejos a una niña que se diluye en el dolor? 

La oportunidad de verla en V.O. te da la posibilidad de escuchar tres grandes voces femeninas del mundo del cine. Chiara Mastroianni como Marjane, Catherine Deneuve como la madre y la gran Danielle Darrieux como la abuela. 

La directora, guionista y dibujante de cómic, Marjane Satrapi, en una entrevista cuenta que siempre echará de menos a Irán…, pero que nunca nada le quitará la capacidad de reír ni lo mejor de sí misma, Persépolis lo pone de manifiesto. “Por supuesto. Es mi país y siempre lo será. Si fuera un hombre, diría que Irán es mi madre y Francia mi mujer. Obviamente, no puedo olvidar todos esos años, cuando me despertaba con una vista una montaña de 18.700 pies de altura, cubierta de nieve, que dominaba mi vida y la de Teherán. Es duro pensar que no podré volver a verla. Lo echo de menos. Por otro lado, tengo la vida que quería. Vivo en París, una de las ciudades más bellas del mundo, con el hombre que amo, haciendo el trabajo que me gusta, me pagan por hacer lo que me gusta. Por respeto a los que se han quedado allí, que comparten mis ideas pero no pueden expresarlas, encontraría de mal gusto e inapropiado quejarme. Si me hubiera rendido a la desesperación, todo se habría perdido. Así que hasta el último momento mantendré la cabeza alta, y seguiré riendo porque no me quitarán lo mejor de mí misma. Mientras estés vivo puedes gritar y protestar, pero la risa es el arma más subversiva de todas”. 

Sorpresas cinéfilas

Mucho de mi tiempo libre, o de ocio, o como se quiera llamar lo dedico claro está al cine. Así que a veces me vuelvo una adicta cinéfila de dvd’s y me empacho una y otra vez de imágenes que me acompañan y me abren nuevos caminos. El cine, además, de entretenerme me hace acercarme a temas desde perspectivas diferentes. También, me hace aprender o apasionarme de otros asuntos que quizá no hubiera conocido si no hubiera sido por los fotogramas. 

Mis últimos pequeños descubrimientos y también mi última visita al viejo baúl de películas son los protagonistas de este post. 

El documental Los niños del barrio rojo (2004) de Zana Briski y Ross Kauffman nos narra la historia de un proyecto social. Te deja un poso de melancolía y también otro poso que hace ver que merecen la pena ciertos sueños y esfuerzos. No todo está perdido. El documental te lleva hasta El Barrio Rojo de Calcuta y se centra en los niños que lo habitan. Un viaje a los bajos fondos, a un mundo sin salida. Los niños están atrapados y viven conociendo desde muy pequeños su futuro desolador, pero sin perder su mundo de sueños inalcanzables. Tía Zana, como ellos la llaman, conecta con ellos a través de un curso de fotografía. Y empieza la magia. La fotógrafa les arma cámara en mano para que reflejen su entorno y los niños se entregan de manera apasionada y con su mirada especial y valiente. La profesora se va identificando con los niños y trata de facilitarles una salida a través de la fotografía. Así vamos conociendo a Avijit (un niño de sensibilidad especial y todo un artista, me impresionó profundamente), Suchitra (con el futuro escrito en el rostro) y las sonrisas y palabras sabias de Gour, Manik, Shanti… 

La película culto de Nicolas Roeg, Walkabout (1971), te lleva a un extraño viaje. Por unas circunstancias que te dejan ya pegada al asiento, –un padre al que le da un ataque de locura ante un mundo despiadado– dos hermanos británicos (una adolescente y un niño) de vida acomodada y con sus uniformes de colegio se quedan totalmente solos en un desierto australiano. En su camino por la supervivencia, hipnóticas esas imágenes extrañas que muestran la vida en una naturaleza distinta, caprichosa y salvaje, se encuentran con un adolescente aborigen, un walkabout, que está en su viaje solitario para pasar a la vida adulta. Y, entre los tres crean una convivencia de supervivencia y libertad. Sensual y extraña. Me dejó algo fría –tengo que reconocerlo– pero alucinada ante la fuerza de ciertas imágenes y la música de John Barry. Nicolas Roeg realiza una reflexión curiosa entre el mundo civilizado y la naturaleza libre y salvaje. 

Hacía tiempo que iba detrás de este clásico, Canción de cuna para un cadáver (1964) de Robert Aldrich. Una y otra vez he disfrutado de esa película de terror esperpéntico como un gran teatro de guiñol que es ¿Quién fue de Baby Jane?, el director quiso repetir la fórmula y creo la obra que ahora nos ocupa. Y, de nuevo, le salió bien. Ahora, nos devuelve a otro personaje patético que encarna con la misma intensidad la gran Bette Davis, es Charlotte Hollis, una solterona ridícula y al borde de la locura que arrastra una terrible historia en su pasado con asesinato violento por medio. Como en ¿Quien fue de Baby Jane?, el tiempo no ha corrido por la vida de Charlotte. Es ya anciana pero se sigue comportando como una joven dolida y atrapada por su pasado horrible.La película es oscura, como su antecesora, llena de personajes siniestros y con una buenísima fotografía en blanco y negro. Pero sobre todo es la oportunidad de ver en la palestra a grandes actores míticos que dejan unos personajes sobresalientes en una historia siniestra. Inolvidable Olivia de Havilland, actriz a reivindicar porque no sólo tuvo roles de la eterna novia de Errol Flyn o de dulce Melania que el viento se llevó, como la prima Miriam. Irresistible Joseph Cotten como amigo de la familia y exagerada pero genial como criada fiel de la señorita Charlotte, la actriz secundaria de lujo por excelencia, Agnes Moorehead. También es el encuentro con una actriz del pasado, que muchos ya habían olvidado, la gran Mary Astor –en su último papel– como Jewel Mayhew, fundamental para entender la trama de una venganza terrible. Mary es una mujer anciana y desengañada, que se sabe enferma y en los últimos momentos de su vida. Un thriller lleno de terror, pasión, venganzas a través de los años, locura, ambición, decadencia…, con una nana de fondo escalofriante. Dulce, dulce Charlotte. También, vemos en uno de sus primeros papeles a Bruce Dern (yo siempre le guardaré en la memoria en Danzad, danzad malditos). 

Y, por último, me vuelvo a dejar seducir por esa colaboración entre tres grandes como el escritor Graham Greene, el director Carol Reed y el actor Orson Welles. Es bueno ver de vez en cuando El tercer hombre (1949) y esa aparición sublime del héroe ambiguo por excelencia, Harry Lime. Una película que nos hace viajar a una Viena decadente y ambigua después de la Segunda Guerra Mundial. Un descenso a los infiernos de un héroe fracasado y perdido, un mal escritor de novelas del oeste, Holly Martins (de nuevo un genial Joseph Cotten), que viaja a la ciudad al encuentro de su amigo de la infancia, Harry Lime, y se encuentra metido en una trama de corrupción y ante un amor imposible (una misteriosa y bella Alida Valli). Holly descubre la otra cara de Harry que se justifica con la famosa frase del reloj de cuco. “En Italia, en 30 años de dominación de los Borgia hubo guerras, terror, sangre y muerte, pero surgieron Miguel Ángel, Leonardo da Vinci y el Renacimiento. En Suiza hubo amor y fraternidad, 500 años de democracia y paz y ¿qué tenemos? El reloj de cuco”. Sin desperdicio.El tercer hombre, envuelta en una música millonaria y por siempre popular de Antón Karas y la magnífica fotografía en blanco y negro de Robert Krasker, nos devuelve las raíces de una buena historia y buen cine negro donde la ambigüedad de los hombres muestra la compleja realidad del mundo. Imprescindible para románticos sin finales felices. Otra oportunidad de ver al actor británico Trevor Howard en un papel a su medida. 

Buen viaje cinéfilo.

Actores de cine, protagonistas de novelas

Sólo unos apuntes –para que sigamos indagando–. 

Jean Serbeg está presente en Diana o la cazadora solitaria de Carlos Fuentes. 

Marilyn Monroe es un personaje protagonista en Después de la caída de Arthur Miller. 

Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos es un recorrido del poeta Rafael Alberti por todos los grandes del cine mudo: Buster Keaton, Charles Chaplin, Harold Lloyd, Stan Laurel y Oliver Hardy… 

Cinelandia es la crónica especial con brotes de genialidad de Ramón Gómez de la Serna sobre la era dorada de Hollywood, su nacimiento como industria de los sueños, donde priman las grandes estrellas del cine mudo. 

La gran diva subyace en la novela El hijo de Greta Garbo de Francisco Umbral, un retrato de su madre que fue joven cuando la estrella sueca triunfaba y era el icono de un prototipo de mujer (he de decir que no me la he leído). 

Hector Mann es un misterioso y desconocido –e inventado– actor cómico de El libro de las ilusiones de Paul Auster.

Los Ángeles, 2019, la ciudad de Deckard. Blade Runner (1982) de Ridley Scott

Y volvió a dejarme sin habla y de nuevo me sumergí en Los Ángeles en 2019. En una pantalla gigante, una ciudad de lluvia permanente con un gran anuncio de una mujer japonesa que sonríe y lanza un mensaje. Y Blade Runner me habla de un mundo exterior donde se puede empezar de cero. Una casa de arquitectura impresionante, abandonada, llena de juguetes inteligentes y siniestros. Y todo envuelto por la música de Vangelis y el rostro cansado del héroe que ha visto demasiado y que ya no entiende cuál es su trabajo. Un Deckard (Harrison Ford, bello) que descubre en cada escena la humanidad de los replicantes, se ha dedicado toda su vida a retirarlos (a exterminarlos)…, son seres fabricados y esclavos (cada uno tiene una función determinada), y sin embargo, desarrollan sentimientos y un instinto de supervivencia. Viven con el miedo de saber que su vida es corta. Son perfectos, pero no tienen pasado, un futuro incierto, y saben que van a morir de una manera programada. Y se rebelan contra eso.

En una ciudad oscura y amenazante, me vuelvo a encontrar con Gaff (Edward James Olmo), ese extraño personaje que va dejando por donde pasa pequeñas figuras de papel y siempre aparece como un fantasma. Y, me choco con esos replicantes asesinos por rebeldía o porque les han creado para ello (un hombre con fuerza bruta, otro como el mejor de los guerreros, una mujer sólo pensada para el placer, otra con cuerpo exuberante y mente asesina…), que viven con miedo, que quieren vivir más, que luchan sin freno: Roy Batty (Rutger Hauer), Pris (Daryl Hanna), Leo (Brion James) y Zhora (Joanna Cassidy). A creadores o científicos solitarios y locos que crean sin tener en cuenta las consecuencias, el daño o el dolor.

Me sumerjo en una triste historia de amor de final incierto entre la bella Rachael, una replicante que descubre su naturaleza y llora. Sus recuerdos no son suyos y sufre. Sus recuerdos son de otra persona. Y se siente perdida pero… ama. Y Deckard no quiere hacerla desaparecer porque, detrás de su dureza, hay un hombre que se fractura de soledad y ella puede rescatarle.

Blade Runner es toda una película de culto y ciencia ficción, una adaptación libre de la novela de Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Una película que no sólo recoge acción, sino mucha filosofía, buen cine negro y una enorme tristeza e incertidumbre. El héroe confundido, un antagonista con fuerza, misterio, investigación, historias de pasión fatal, la fuerza de las fotografías, de los recuerdos, de la música, un mundo de luces y sombras, los ambientes claustrofóbicos, la vida, la muerte…

Las secuencias: Imposible elegir entre las imágenes impactantes que recrea Blade Runner. ¿Quién olvida la impresionante muerte de Zhora, la mujer con la serpiente tatuada en el cuello?

¿Cómo olvidar ese di Te quiero, te deseo, Bésame, Confía en mi? Cada uno de los encuentros entre Deckard y Rachael se queda en la memoria. El piano, la melodía, los besos, las conversaciones, las lágrimas, el humo del cigarrillo…

¿A quién no le tienta esa casa de Sebastián, el hombre que se construye juguetes que le reciben cada día?¿Y esa Pris oculta entre cientos de muñecos?¿Cómo no conmoverse ante la visión de Batty de su Pris amada y muerta?

Pero, ante todo, la mil veces repetida muerte de Batty con ese monólogo hermoso como lágrimas en la lluvia. Recordando todo lo bello que ha visto. Todo lo que se pierde. Por eso salva a Deckard, porque él puede seguir con vida, puede seguir viendo y experimentando…, construyendo memoria y recuerdos. Sintiendo. Tal y como él quería. ¿A que asusta vivir con miedo? Siendo un esclavo. Una paloma blanca retoma el vuelo. Un rostro rubio de ojos azules, con un clavo en la mano (al menos siente dolor) se queda inmóvil bajo la lluvia. Quizá, Deckard entiende.