Los Fonda

Papá Henry Fonda es de los clásicos. Con una filmografía que deja sin respiración llena de grandes momentos cinematográficos y trabajos profesionales con los mejores directores. La hija, Jane Fonda, no sólo le salió rebelde, peleona y sexy sino también gran actriz. El cine americano de los 70 y los 80 no puede ignorar su presencia en un cine combativo. Peter Fonda tiene el mérito de ser uno de los fundadores del Nuevo Cine Americano con una película de culto. Después, se hundió en proyectos tan independientes o en películas tan malas que cayó al olvido. Y, por último, la nieta, aire fresco para los años noventa que lleva tiempo sin dar señales de vida cinematográfica.

Henry Fonda

Papá Fonda era un joven con inquietudes que se hizo grande delante de las cámaras. Henry Fonda se embarcó en proyectos maravillosos con directores de los clásicos (Fritz Lang, John Ford, Preston Sturges, Sydney Lumet, Otto Peminger…). Carrera impecable llena de personajes inolvidables.No puedo evitar lanzarme al suelo una y otra vez con admiración sin límites ante dos papeles tempranos: Sólo se vive una vez, 1937, de Fritz Lang y Las uvas de la ira, 1940, de John Ford. Eddie Taylor y Tom Joad, antihéroes maravillosos con cara de Henry Fonda, perdedores de un mundo en crisis, de años de depresión.

Fonda tiene tantos registros como queramos. Cara de western, cara de cómico, cara de héroe romántico, cara de perdedor, cara de hombre serio…, mago de la contención.

Papá Fonda puede ser un encantador millonario tímido, que se cae una y otra vez, ingenuo enamorado de mala mujer con encanto en una joya como Las tres noches de Eva (1941) o encantador novio eterno en la única comedia de los episodios de esa joya oculta que cuenta Seis destinos (1942).

O se transforma en héroe romántico de historias melodramáticas o históricas. Antes de un torbellino como Lo que el viento se llevó, Bette Davis fue otra fuerte dama sureña con amor imposible en Jezabel. Allí Henry Fonda era el héroe romántico que sufre los caprichos y el amor de una impetuosa Jezabel. También, es el eterno y perdedor enamorado de una ingenua Natascha (encantadora Audrey) en la épica adaptación de Guerra y Paz. Fonda es el intelectual desencantado de la función.

Y el western le convirtió en leyenda. El maestro Ford nunca le abandonó. Posteriormente, fue el malo malísimo del rey del spaghetti Western, Sergio Leone en ese monumento de Oeste decadente Hasta que llegó su hora. Otros grandes del género no dudaron en darle presencia en sus películas. Así fue Frank James, el mejor Wyatt Earp con la pasión de los fuertes o hace parada en Fort Apache.

Tampoco le faltaron papeles en películas comprometidas y serias. Así emociona en Doce hombres sin piedad o único miembro de jurado que trata que los demás se tomen su labor en serio o que sean conscientes que en sus manos está el destino de un joven conflictivo. O nos enseña los caminos del poder y la corrupción en el mundo de la política en esa película monumento que se llama Tempestad sobre Washington. 

En los años ochenta se despidió en obra sentimental grande por él, como abuelo cascarrabias, por encantadora Katherine Hepburn, y exuberante hija rebelde, Jane Fonda. Todo un éxito taquillero que no envejece del todo bien, En el estanque dorado.

Jane Fonda

Pronto se decidió a seguir los pasos de papá Fonda. Chocaron sus personalidades pero los dos fueron grandes. De niña bonita y sexy, a mujer contestataria y rebelde a transformación en actriz seria. La Fonda sigue haciendo historia. 

En los años sesenta se va labrando carrera en películas claramente feministas que iban explotando su lado de mujer liberada en lo sexual (Confidencias de mujer, La gata negra, La ingenua explosiva…). Sin duda su carrera comienza a despegar en 1966 con La jauría humana o al año siguiente con la popular comedia Descalzos en el parque.

Después, hay pequeño parón donde su pareja en aquellos momentos el francés Roger Vadim trata de convertirla en sex symbol de la época y le regala producto extraño Barbarella.

La Fonda vuelve a coger la rienda de su carrera y lleva espíritu del 68 a todas sus interpretaciones. Jane se convierte en actriz. Nos rompe con una Gloria con cara de dura que se rompe en pedazos en esa obra cinematográfica siempre a tener en cuenta, Danzad, danzad, malditos. Consigue papel sexy y serio, prostituta en peligro, en película de declive de los setenta, en Klute. Nos hace llorar y emocionarnos en su encarnación de la Hellman en esa joya olvidada que es Julia, nos recuerda el horror de Vietnam en la sensible El regreso o nos habla de periodismo comprometido en El síndrome de China.

Los ochenta vuelven a ser suyos y sólo suyos en películas tan distintas pero tan suyas como En el estanque dorado, Agnes de Dios, A la mañana siguiente, la sensible Cartas a Iris o la interesante Gringo viejo. Después, desaparece, su vida de millonaria, su aeróbic y sus estados de meditación la retiran de la sala oscura. Ahora, vuelve otra vez en comedias intrascendentes que la devuelven atractiva y divertida.

Peter Fonda

Otro hijo de Papá Fonda y hermano de Jane también se cuelga cartel de rebelde e independiente. Y su nombre brilla en las historias del cine por su labor (interpretación, guión, producción y, a pesar de polémicas, quizá también en la dirección) en una de las películas que inauguraron el Nuevo Cine Americano. Con Dennis Hopper y un Jack Nicholson genial nace una película movimiento de los setenta… Easy rider (1969). Y, es tan fuera de los circuitos y tan independiente, que su obra como actor y director si apenas ha sobrepasado fronteras.

Bridget Fonda

Papá Fonda tuvo una nieta, hija de Peter, con rostro rubio que dio aire fresco en los noventa. Ahora desaparecida de la sala oscura. Ella fue Bridget Fonda y perteneció además a una generación del momento. A la generación X. Ése fue el nombre de un movimiento (¿marketing?) que dio caras nuevas. Ya le dedicaremos post.

La Fonda fue despacito en películas más que olvidables (a excepción de su aparición como niña en comuna hippy en Easy Rider o su papel de periodista listilla en El padrino III) hasta que consiguió fama y resultados en taquilla con thriller psicológico y de pesadilla de la mano de Barbet Schroeder. Bridget y su compañera de reparto, Jennifer Jason Leigh se llevaron la gloria en la entretenida Mujer blanca soltera busca…, en 1992.

Sin embargo, a pesar de sus interpretaciones notables nunca se convirtió en estrella. La generación X tiene en Solteros una de sus películas. Entretuvo en La asesina, Nikita a la americana; siguió dando pasos en fallida Pequeño buda o estuvo encantadora en comedia romántica junto a Cage, Te puede pasar a ti.

Su carrera fue cayendo en olvido con fallidos o extraños productos como El balneario de Battle Creek, City Hall o al lado de Kietel en Graceland. Tarantino la recupera en Jackie Brown y sorprende en extraño producto marcial como prostituta protegida de un hierático Jet Li en El beso del dragón…, su rastro desaparece. ¿Volverás, Bridget?

Infiltrados (2006) de Martin Scorsese

¡Por fin Hildy se reconcilia con el cine de mafias y policías! Y no podía ser con otro director que Martin Scorsese. Sí, yo soy de esas que opinan que Scorsese es grande e incluso de sus obras menos logradas siempre saco alguna secuencia, personaje o imagen por la que la obra cinematográfica merece la pena (me encanta, digan lo que digan, Gangs in New York). 

Infiltrados incluso tuvo pequeña o grande (según se quiera mirar) polémica entre algunos cinéfilos porque sintieron que era una mera copia más que remake de una película anterior china (Infernal Affairs). Pero no puedo opinar sobre dicha cuestión pues la obra original china no he podido verla. No obstante, ¡¡¡bendito remake!!! 

De todas las películas de este tipo que he comentado anteriormente es la que más redonda me ha parecido (veanse post American Gangster, Promesas del Este o La noche es nuestra) sin bajadas de ritmo y trepidante hasta el final. Aunque puede haber algún personaje que no llegue a cumplir todas las expectativas posibles o alguna solución de guión, quizá, no muy brillante no hacen daño al conjunto final de esta película emocionante (por ejemplo, el personaje de la psicóloga –aunque tiene alguna escena clave donde cumple muy bien su función– o de pronto la aparición de algún hombre-topo-infiltrado inesperado). 

En esta guerra de Infiltrados (bien en la mafia, bien en los cuerpos de policía) todo acaba en muerte y tragedia. No podía ser de otra manera en este lío de personalidades. Como bien dice Jack Nicholson poca diferencia hay entre estar a un lado u otro de la ley. Ambos llevan pistola y emplean la violencia. 

Los personajes están encarnados con credibilidad y maestría por cada uno de los protagonistas. Leonardo DiCaprio se sale y emociona. Es el único personaje, antihéroe desesperado, que se da cuenta de la locura de ambos bandos y que, al final, lo único que quiere es recuperar su identidad y su tranquilidad. Lo quiere y no le dejan. DiCaprio, el niño duro de vida dura, se siente manipulado por unos y por otros y aún consciente de su soledad sólo quiere ser él. DiCaprio es grande (y me niego a colgarle la etiqueta de actor que no está nunca en su lugar). 

Matt Damon realiza personaje complejo con su habitual –y maravillosa para este papel– cara de niño bueno. Policía infiltrado de la mafia, trepa y trepa puestos de poder. Al final lo quiere todo. No para. Ha aprendido toda su vida a traicionar y a no confiar en nadie. Se lo enseñó su mentor, Nicholson, y le sale alumno brillante. Es un cabrón pero da pena. Mucha pena. 

Jack Nicholson recrea a uno de sus malos con una personalidad excesiva. Con esas sonrisas y esos actos que le hacen brillante. En el exceso no es exagerado, crea personaje. Y siempre brutal. Buscando a la rata que se le escapa. Buscando a la rata que no le quite el cetro de rata mayor. Y esa rata puede estar entre los suyos o al otro lado. Da igual. Él lo sabe. 

Los secundarios brillan y tienen sus funciones en el argumento de manera clara. Cada uno tiene su escena estrella. Todos son veteranos: Mark Wahlberg, Alec Baldwin y Martin Sheen. Por desgracia, el único rol femenino importante, el de la psicóloga (interpretado por Vera Farmiga) es el que me parece peor construido. Me gusta la idea de que su vida se cruce, de manera importante, con los dos infiltrados protagonistas pero no me llega a convencer su desarrollo. Sin embargo, Scorsese le regala una escena al personaje que tiene claras reminiscencias con el increíble y maravilloso final del Tercer hombre.  

Algo que me cautiva, y que es precisamente lo que fallaba en casi todas las películas anteriores de este tipo, es que en ningún momento decae el sentido del ritmo y la continuidad de la historia. Muchos cinéfilos vieron un final decepcionante. A mí, sin embargo, me parece que tiene el final que tiene que tener en una historia en que ya no se distingue donde están los límites. Quienes están a un lado o a otro de la línea. Donde las identidades bailan a su gusto, se confunden y vuelven locos a los hombres. Al final, muchos lo que persiguen es el poder, da igual en el lado que estén. El antihéroe DiCaprio lo descubre, asqueado, y al final sólo pide volver a ser él.

Diccionario cinematográfico (60)

Poeta: ¿qué es poesía? Belleza y sentimiento. Corazón. A través de la palabra, verso o prosa, ritmo. ¿Qué es un poeta? Una persona que crea cada día belleza, metáforas y simbolismos… ¿la imagen puede trasladar a un mundo poético? Puede. Cine experimental, cine de vanguardia, cine mudo, años veinte, surrealistas u otros poetas creyeron en la poesía en imágenes. Cuestión de símbolos. Cuestión de ritmo. Cuestión de montaje. 

Pero el cine a menudo ha empleado la poesía de otra manera. Poetas protagonistas, anónimos o no, o directores que se han servido de un poema para articular una película. O a veces hay películas que puedes exclamar: es pura poesía. O, de pronto, una adaptación teatral se hace verso y cine. ¡¡Ah se me olvidaba!! También hay cantantes que son poetas o canciones que son poemas. ¿Hay poesía en el cine? Creo que sí. 

A Whitman le salen mariposas de la barba o Mi capitán, mi capitán, carpe diem o aprovecha tu momento así se puede disfrutar de un club de poetas muertos. Y Cocteau, les guste o no, experimento con poesía y cine, e igual te dejaba un orfeo o la sangre de un poeta. Y, aquel con nariz enorme, feo, noble y bravo…, pero ante todo poeta del amor…, de amor no correspondido, sólo tiene la oportunidad de cantar a la mujer amada a través de los labios hermosos de su compañero, pobre Cyrano. 

Y Kazan también quiere ser poeta y nos recuerda que “aunque ya nada pueda devolver la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores, no hay que afligirse. Porque la belleza siempre perdura en el recuerdo”. Y narra la historia de un amor imposible con la depresión de los treinta de fondo y dos jóvenes que se quedan anclados en el pasado de un amor imposible. 

Y, nos vamos a lo contemporáneo, y a veces, rescatas obras cinematográficas, que te sorprenden como la historia de un joven poeta y una joven pintora que se aman y se separan por la heroían. Dos yonkis en Australia arrastrados por la poesía y la heroína. Mezcla brutal pero sensible con un desaparecido Heath Ledger que llora lágrimas de poesía cuando descubre la fragilidad de su historia. Ya se lo pintó la amada en forma de verso. Ahí está esa pequeña obra cinematográfica poema que se llamó Candy.  

¿Y por qué no irnos a tierras lejanas? Quizá nos encontremos con el cineasta poeta del desencanto. Kaurasmaki en color o blanco y negro nos regala bellos poemas cinematográficos en La vida de Bohemia o en Luces al atardecer. Escuchen las letras elegidas para sus bandas sonoras o empapesen de sus protagonistas, a veces, poetas meláncolicos, sencillos y silenciosos. 

O en latinoamerica un Subiela se empapa de Benedetti, Girondo o Gemán y construye una historia de amor en el lado oscuro del corazón. O, de pronto, descubrimos a un Pablo Neruda que explica, de manera sencilla, como mejor se entienden las cosas, a un cartero que aspira a ser también poeta del amor, cómo se construye una metáfora. Y en el meditarráneo, un cómico se vuelve poeta y explica el horror de una guerra a través de un poema de amor, el tigre y la nieve, malograda historia pero con su punto de poesía. 

Y, el teatro en verso, depara sorpresas y grandes clásicos, dan grandes películas en verso. Adaptaciones de Shakespeare, respetando la poesia del bardo. Ricardo, Enrique, Romeo o Julieta, Hamlet u otras obras menos conocidas llenan las salas de poesía. Nuestros clásicos también, en verso, dejan obras notables como un perro del hortelano o una dama boba. 

También, quedan los cineastas poetas, y entonces surge un Renoir, un Vigo,  un Ray, un Ford, un Passolini, un Dreyer…, y el cine se hizo poema.

El color púrpura en cinco momentos

Corre el año 1985 y el niño bonito y comercial de la industria, el mago del espectáculo, se decanta por el melodrama. Adapta una novela de la ganadora del Premio Pulitzer de 1983, Alice Walker, escritora afroamericana. Steven Spielberg deja a un lado –o mejor dicho deja tan sólo entrever, de algunos sólo deja un trazo– los planteamientos ideológicos y feministas de la autora (sobre el papel de la mujer, la sexualidad, la violencia, la lucha afroamericana, el papel de la familia dominada por el patriarcado…) y crea una película de sentimientos, directa al corazón. Las lecturas y reflexiones vienen después.

El color púrpura es de esas películas que tienen muchas lecturas e interpretaciones. Lo que es innegable es que Spielberg se muestra maestro en el manejo del melodrama. Inolvidables melodías y canciones, sentimientos extremos, personajes sufridores, buenos, malos, familia desestructurada, intensas relaciones…, y mucha lágrima, a veces, incluso una sonrisa.

Desde los años ochenta –cuando se estrenó– no la había vuelto a ver pero no se me habían olvidado dos escenas. El otro día la volvieron a echar por la televisión y volví a quedarme atrapada en la vida melodramática de Celie (un debut inolvidable de Whoopi Goldberg que nunca ha vuelto a brillar con tal intensidad), junto a ella vivimos los años veinte y treinta del siglo pasado. El color púrpura la pienso en puro melodrama y siempre caigo en sus redes.

Las secuencias: Las dos escenas de las que me acordaba volvieron a entusiasmarme. Una es cuando Shug (interpretada por la cantante Margaret Avery), una cantante de cabaret, le dedica una hermosa canción a Celie, Sister, agradeciéndole sus cuidados y que es una confesión de esta mujer de un amor y una entrega hacia el personaje de Celie. Una relación que les sirve a ambas para enfrentarse a sus vidas llenas de dolor. El libro, no lo he leído, pero muestra más claramente la relación sexual que salva a ambas. En la película, Spielberg la apunta brevemente en otra hermosa escena entre ambas, en la que Shug consigue que Celie sonría sin ponerse la mano, sin taparse su sonrisa, y ambas se besan con una dulzura que arrastra.

La otra escena que se me quedó grabada tiene que ver con el personaje de Sofía (donde Oprah Winfrey deja su papel de showgirl televisiva y se transforma en actriz con buen personaje), una mujer fuerte, muy fuerte, con carácter que se niega a perder su dignidad de mujer, que se niega a que la peguen en su familia, fuera de ella, blancos o negros, que se niega a que la menosprecien tanto por ser mujer como por ser negra. Que se niega a doblegarse. Y por esa negación y por la situación histórica de opresión racial, Sofía, cuando muestra su fuerte carácter ante unos blancos (por supuesto, estúpidos) es doblegada a golpes. Su vuelta no puede ser más triste, de la mujer vital queda una sombra con pelo blanco. Brutal.

Otra escena que me encantó y que también por supuesto es puro melodrama (no tienen más que recordar otro post que realicé sobre el melodrama Imitación a la vida de Douglas Sirk donde el Gospell también es momento álgido) es la reconciliación entre Shug, la cantante de cabaret de vida disipada, con su padre un pastor de iglesia. Y la reconciliación es a través de la música Gospell, no podía ser de otra manera. Y se te saltan las lágrimas cuando Shug con todos los visitantes de una casa de mala vida van hasta la iglesia acompañando con sus voces al coro Gospell de la Iglesia. Inmensa.

Tampoco, son difíciles de olvidar dos escenas: una la separación brutal entre Celie y su hermana Nettie por parte de un brutal Albert (esposo a la fuerza de Celie con cara de un Danny Glover que da todos los matices necesarios al difícil papel de un odioso maltratador). Nettie grita desesperada “¿por qué?” y el corazón automáticamente se encoge. Y a gritos promete a Celie que no dejará de escribirla, sólo lo hará si se muere.

La otra escena es a una Celie golpeada y maltratada dos veces por marido brutal –al final, pero ya es tarde, hay en el personaje un cambio, algo que se parece al arrepentimiento– y cómo acomete la función de afeitarle. En la primera, es una mujer asustada, anulada y sumisa. En el segundo afeitado, Celie ha vivido su cambio, ya no tiene miedo sino que quiere rebelarse ante la brutal violencia doméstica que ha vivido durante años.

Como ven puro y duro melodrama…, y además película ideal para mil y un debates.

Otra pequeña reflexión cinéfila

Me llama la atención que cuando surge una película con algún tema social (drogodependencias, alcoholismo, sin hogar, inmigración, infancias robadas…) o sobre alguna guerra (sobre todo la Segunda Guerra Mundial o sobre conflictos bélicos en Irán, Afganistán, África…); un comentario que cada vez oigo más es que ‘ya, más de lo mismo’. ‘Otra peli de la segunda guerra mundial’, ‘es la misma historia de jóvenes conflictivos’…, y etcétera, etcétera.

¿Y yo me pregunto? Es que Ken Loach no puede hacer películas, bajo su punto de vista (que puede ser el nuestro o no) sobre conflictos sociales de actualidad. ¿Por qué se etiqueta películas como Totsi o Carandirú con la única frase de ‘otra Ciudad de Dios’?¿Cómo se puede decir que ya está ‘otra de inmigración’?

Creo que son temas que siguen siendo candentes tanto los del presente como los que tocan estos temas en el pasado. Son causas y acontecimientos humanos que creo necesario nos los cuenten desde distintas perspectivas y puntos de vista para estar ahí, despiertos, y ahondar en las causas.

No, no creo que la frase sea ‘otra película sobre…’ sino criticar su calidad como obra cinematográfica y luego reflexionar sobre lo que nos está contando, cómo nos lo está contando y por qué nos lo está contando. Creo que es interesante analizar si el punto de vista es simplista o complejo y ver qué puertas nos abre sobre un determinado problema, si profundiza en la situación histórica o si ahonda o se queda en la superficie del conflicto social.

El cine tiene muchas funciones entretiene, es creativo, es original, es espectáculo pero también es un modo de expresión. Y es un modo de libertad. En la variedad está el secreto. Y creo que es bueno reflejar historias que están cada día delante de nuestros ojos. Nosotros como espectadores tenemos la capacidad de elección y de ver ciertos temas –una y otra vez– por distintos ojos. Ojos y miradas que nos harán recordar, pensar, revisitar ciertos asuntos, reflexionar, debatir, descubrir otros pensamientos, otras interpretaciones…

Aquellas que no vi

Hoy inauguro sección. En esta categoría hablaré de aquellas películas que en su momento, por un motivo u otro, no vi. Durante este mes de marzo he podido visionar en dvd varias películas que me quede con ganas de ver en cartelera. No las pude disfrutar en pantalla grande pero, ahora, me alegro de haberlas recuperado.

A continuación ofrezco una lluvia de esas películas y pequeños comentarios. Es lo que tiene el cine, como la literatura, siempre estás a tiempo de ver, de recuperar una obra, de sorprenderte y volverte a sorprender.

Casi todas las obras que me dejé en el tintero, tenía motivos para querer verlas. Y, muchas de ellas, han sido descubrimientos que me han hecho sentir un crisol de ideas, reflexiones y sentimientos.

En esta categoría hablaré del cine del siglo XXI, películas que me he perdido a partir del año 2000 y que poco a poco voy viendo.

Lilya forever (2002) de Lukas Moodysson

Lilya y a Volodya se imaginan el cielo, su única vía de escape, más allá del pegamento. Esta película no es película sino grito. Grito ante las infancias robadas. Grito ante la soledad de unos niños vulnerables que no tienen defensa alguna contra una sociedad que les engulle. En un momento, de la película Volodya le dice a Lilya que no se rinda que si lo hace ellos habrán ganado. A Lilya y a Volodya les parece una mierda la vida que les ha tocado. No la pidieron. No pueden sufrir más de lo que sufren…, y Lilya siempre lleva consigo un cuadro con ángeles y reza ante él porque piensa que algo tiene que existir que sea bello.

Lukas Moodysson es un narrador cinematográfico que, en esta película, grita (en sus dos obras anteriores era duro pero dejaba resquicios para la comedia y felicidad de sus adolescentes –véase Fucking amal o Juntos–). Aunque al final deja un resquicio para la luz o una puerta abierta…, aunque sea imaginaria.

Tsotsi (2005) de Gavin Hood

Tsotsi es hermético, cara de matón, frío, con tres compañeros de barriada marginal de Johannesburgo cada día quita para subsistir. Y si matan, no tiembla. ¿Quién es Tsotsi?

En un relato sencillo, contenido, brutal y poético –nada falta nada sobra– a Tsotsi se le va cayendo su careta protectora de niño de la calle sin sentimiento alguno. El adolescente duro tiene un pasado demasiado duro, le duele tanto que prefiere ir por la vida sin sentimiento alguno. Pero cuando realiza uno de sus robos violentos, sin compasión hacia el otro (nadie tuvo compasión por él), se encuentra a un bebé entre sus brazos. Y Tsotsi se rompe, y Tsotsi cae, cae su careta. Y su futuro es negro, lo sabe haga lo que haga, pero esta vez vuelve a sentir…, quizá hay alguien que pueda sonreírle o que le espere.

Breaking and entering (2006) de Anthony Minghella

Érase una vez un director que nos dejó a todos y se llamaba Anthony y le gustaba contar historias con cámara en mano y buenos actores en sus repartos. Amaba el cine y crear escenas bellas…, en su penúltima obra se volvió intimista y lo logró a través de cuatro rostros: Jude Law, Robin Wright Penn,Juliette Binoche y el joven y desconocido Rafy Gravon.

Minghella envuelve de luz distinta un Londres interracial y una historia de amores que se pierden, que no se encuentran, de solitarios que buscan ser amados, de personas que se equivocan pero se quieren, de otras culturas, de choques emocionales, de relaciones de pareja, de relaciones de madres e hijos, de guerras que destrozan o cambian vidas, de no estar en tu propio país, de la nostalgia de tiempos pasados, de pequeñas traiciones, de dolores y pasiones…, de seres humanos que quieren que otros les miren, cercanos, y que entiendan sus dudas, sus problemas, sus…

Paris, Je T’Aime (2006), varios

Una película llena de cortos que tiene como principal protagonista París. Un París mágico que sale retratado de mil maneras por directores de todo tipo y nacionalidad. Y, en esos cortos, cabe de todo: humor, fantasía, amor, realismo mágico y no mágico, sentimientos, infidelidades, amores extraños, amantes dolidos, padres e hijos, desconocidos o demasiado conocidos, risas, lágrimas… Y el experimento funciona (unos más que otros) pero ninguna estropea el sabor que te queda de un Paris donde ocurren pequeñas historias, algunas bellas, muy bellas.

Los directores van desde un Alfonso Cuaron, pasando por los Coen, parando en Coixet, prosiguiendo en Payne o Gus Vant Sant, rodeando a un Wes Craven y navegando en próxima parada con Oliver Schmitz, cruzando a Walter Salles…, y muchos más. Y, los intérpretes son un festival de rostros: Natalie Portman, William Dafoe, Juliette Binoche, Fanny Ardant, Bob Hoskins, Nick Nolte, Sergio Castellito, Steve Buscemi, Gerard Depardieu…

Las historias van desde un Oscar Wilde que impide una ruptura de pareja a través de la risa, a una turista que se da cuenta de los momentos felices en su viaje a París, el joven que se enamora de una bella vampiresa, el turista americano que se enfrenta en el metro al amor mediterráneo, matrimonios que llevan años y tratan de reavivar la chispa del amor, los encuentros que pueden llegar a significar algo más, al dolor de una madre que pierde al hijo o al sosiego de madre inmigrante que no puede cuidar a su propio hijo porque tiene que ir a cuidar a otro para sobrevivir ambos. La historia de una joven actriz y su novio ciego, el sentimiento de volverse a enamorar de una mujer a la que se le va la vida, los mimos que se encuentran en la cárcel y con dulzura se aman o la bella historia de un inmigrante de dura vida, que cae herido de muerte en una plaza, y le atiende una enfermera de la que ya se fijó…

Escrito sobre el viento (Writting on the wind, 1956) de Douglas Sirk/Vivir un gran amor (The end of the affair,1954) de Edward Dmytryk

¿Por qué razón pongo estas dos películas clásicas de los años cincuenta tan distintas, juntas? Por el tema: la narración de amores imposibles.

Una, la primera, es un melodrama en letras mayúsculas. La otra, no es tan conocida pero también es un gran melodrama (un asunto curioso es que es más recordada y famosa su remake posterior, que como ya he dicho alguna vez en otros post es la romántica El fin del romance de Neil Jordan).

También, las pongo juntas porque existen poderosos personajes que me encantan y sorprenden (en la primera las ovejas negras de la familia Hadley, unos impresionantes Robert Stack y Dorothy Malone. La segunda, un desconocido –en este tipo de rol– Peter Cushing y, por supuesto, siempre Deborah Kerr que hace como nadie su papel de mujer adúltera).  La primera nos atrapa con la magia de los colores que sabía imprimir, cuando le era necesario el director Douglas Sirk (de origen danés) con la colaboración de su director de fotografía Russell Metty (habitual en sus melodramas más carismáticos). La segunda en impecable blanco y negro por el olvidado director –poseedor de títulos a tener en cuenta y a reivindicar, también lo he dicho a lo largo de este blog– Edward Dmytryk (de origen ucraniano) con la colaboración de su director de fotografía Wilkie Cooper.

Escrito sobre el viento

Douglas Sirk, con su habitual elegancia, cuenta muchos amores imposibles. El de un padre, que se siente fracasado, por sus dos hijos-ovejas negras Kyle y Marylee. El padre sólo ha obtenido éxito en el petróleo pero no en su familia. Sus dos hijos son dos seres heridos y descarriados, ambos anclados en el pasado y con el dolor de sentirse menos, de no llegar a lo que pensaban que su padre quería que llegara. Uno, le da al alcohol, depresiones e inseguridades; la otra, al sexo, la soledad y los hombres.

El de Kyle por Lucy (una bella y perfecta Lauren Bacall), la mujer de sus sueños, con la única que se siente capaz de abrir su corazón, de contar sus miedos. Las inseguridades, los celos, su propia autodestrucción y el alcohol se la arrebatarán de las manos.

El de Kyle por Mitch y viceversa (un correcto y perfecto Rod Hudson), su mejor amigo de infancia. Se quieren, se odian. Cada uno envidia del otro, lo que no tienen. El talento, la posición, la seguridad, el ser un viva la vida, el dinero…, la misma mujer.

El de Lucy por Mitch y viceversa. Ambos se saben el uno para el otro pero las circunstancias y otros amores, otros pensamientos…, les separan. Los dos bellos y perfectos (tanto que duele) son los únicos a los que les depara un futuro abierto.

El de Marylee por Mitch, el amigo de la infancia. No soporta que la quiera como una hermana. No soporta no tenerle a su lado. No sabe cómo hacerle ver que sólo, sólo le quiere a él. Se va de unos brazos a otros porque no encuentra los suyos. Porque quiere espabilarle. Porque quiere gritarle. Porque quiere refugiarse con él en el río del pasado. Porque nunca quiso abandonar el juego de críos. Quizá por él es capaz de ser por una vez honesta y noble. Quizá por la felicidad de él, ella acepte quedarse rica pero sola para siempre.

El de Marylee por su hermano Kyle y viceversa. Ambos son tan desgraciados que se odian. Ambos viven tan aferrados al pasado y tan peleados por los favores de Mitch que se odian y si se pueden destruir poquito a poco, mejor. Ambos han vivido el menosprecio silencioso y aparente del padre, y les ha colmado de inseguridades. Saben que Mitch, sin ser hijo, es el favorito, el hijo deseado…, y por eso dejan que el padre muera en la soledad más absoluta. Uno, está deprimido y alcoholizado perdido, la otra danza con lujuria (por el amor y la libertad) no tiene tiempo de muertes.

Amores, celos, alcohol, sexo (tal y como lo permitía la época), familias rotas, violencia, peleas…, tienen cita en Escrito sobre el viento.

Vivir un gran amor

Si en la anterior película es todo sentimiento y pasión. En esta adaptación de novela de Graham Greene todo es reflexión y tristeza. Y, de esa reflexión, entendemos un amor imposible pero bello.

En una Gran Bretaña que está asediada por la Segunda Guerra Mundial, sólo hay vía de escape para un escritor americano en proceso de creación y una mujer casada con funcionario triste. Ambos tratan de amarse a pesar de los muertos y las bombas, a pesar, de un final que puede ser inevitable.

La película tiene momentos mágicos y delicados que narran una historia de amor que empieza, se interrumpe y termina. Un amor imposible, no por un marido funcionario que lo impida, no por una guerra o por otros asuntos que pueden darse para la imposibilidad del amor. Es un amor imposible por una promesa, una promesa que impide que ella siga viendo al amado. Que impide la continuidad de una historia –que a pesar de los celos, a veces, casi enfermizos del creador– quizá feliz. Una promesa que tiene a Dios de por medio, una promesa de una mujer no creyente pero que ante la posibilidad de perder al amado –no olvidemos que hay bombardeos sobre la ciudad y que cada habitante juega a la vida y a la muerte–, reza, grita por dentro. Porque ella, en un bombardeo, siente a su amante muerto, le ve bajo una puerta, y ve su mano inerte.

Y así como la película de Neil Jordan se iba por los derroteros del amor más allá del amor (era una película de romanticismo exacerbado y por ello maravillosa), Dmytryk nos lleva por los caminos del descubrimiento y la reflexión. El director trata de entender la decisión de Sarah (vuelvo a repetir, delicada y maravillosa Kerr). Y la trata de entender a través de la investigación del escritor (Van Johnson). Sarah no sólo se siente atrapada por una promesa, que de alguna manera, entiende que tiene que cumplir, sino que la atrapa un marido funcionario que dentro de su burocrática, seria y ordenada vida sólo tiene luz junto a ella. Y él lo sabe. Y a pesar de lo que sabe, no quiere que ella marche. Pero Sarah no puede, aunque lo intenta, romper esa promesa que la consume. No puede vivir junto a su amor. El escritor llega a entenderlo aunque se siente perplejo. Porque esa promesa nació del amor, casi irracional, que sentía Sarah por el amante.

Me llaman calle. Historia de una canción

Los making off son una faceta del cine a tener en cuenta. Algunos dvd los incluyen en sus contenidos extras. En unos se ve una única función de marketing y publicidad. Son correctos y fríos. Otros son todo un documento histórico de películas de ayer llenos de imágenes e información maravillosa para aquellos que el cine va más allá del arte. Y, otros, son producto de la ilusión, del trabajo bien hecho, del amor por una labor que significa tanto…, y que convierte la pieza en sí, en puro cine, en puro documental, en puro sentimiento y en pura pasión. Y eso ocurre con el making off que voy a comentar, Me llaman calle. Historia de una canción de Mamen Briz y Lucas Fuica.

Su historia es curiosa. Primero, es un director que quería contar una historia sobre la prostitución. Después, en su tarea de documentación y acercamiento al tema se pone en contacto con el colectivo Hetaira (que lleva años demostrando como a través de la militancia y la pasión por lo que creen salen cosas grandes y se avanza a pesar de los pesares, a pesar de los mil y un obstáculos…, las mujeres de la calle, las trabajadoras del sexo encuentran su propia voz en este colectivo que avanza siempre).

Después, fue la película –con un guión que por sólo el monólogo (que tan bien interpreta Candela Peña) sobre la nostalgia merece un monumento (me encanta la exageración, ya lo sabéis)–. A continuación, fue idea de ese director  que un cantante cuya música disfruta creara una canción para esta historia sobre dos prostitutas, dos princesas. El cantante se empapa y crea una “rumbita honesta”, en el momento. La inspiración le viene de golpe, rápido. El tema le llega a lo más hondo y lo expresa de la forma más bella.

Más tarde, Ceremonia de los Goya, la canción está nominada. Y gana. No sube el cantante ni el director sino una trabajadora del sexo que lo coge en nombre de todas las mujeres que ejercen la prostitución.

La canción sigue con su vida larga. Y no sólo se incluye en el último trabajo discográfico del cantante y se hace un video dirigido por el director sino que se realiza un making off maravilloso sobre la historia de esta canción, sobre el video, sobre las trabajadoras del sexo, sobre Hetaira (un colectivo siempre apasionado) y su lucha, sobre un director enamorado del tema y del cine y sobre un cantante, sonriente pero que dice cosas muy serias con un encanto y una honestidad que desarma.

El director entregado se llama Fernando León de Aranoa. La película fue nombrada Princesas. El cantante encantador es Manu Chao. Y la canción protagonista de esta pequeña historia, Me llaman calle.

El making off tiene momentos que difícilmente caen en el olvido. El casting de trabajadoras del sexo para ser figurantes en el video musical. Cada una debe escribir la frase de la canción con la que más se identifica y explicar por qué. Impagable. Los momentos de rodaje en ese bar mítico que es El Palentino y sus calles madrileñas. Los momentos de la entrevista a un Manu Chao sonriente (¡¡¡bendita sonrisa!!!) expresando y contando su experiencia con la canción, con los problemas de las trabajadoras del sexo, con el cine, con el director, con la grabación del video, con esa entrega del Goya. Los momentos recuperados de las manifestaciones y lucha de las trabajadoras del sexo…

Me llaman calle. Historia de una canción merece la pena porque es mucho más que un making off. Es un trabajo apasionado (me consta que lo es). Pasión en los que están detrás de las cámaras, pasión en los que están delante.

Os dejo un fragmento de una canción, que es poesía, que es una “rumbita honesta”.

“Me llaman siempre
y a cualquier hora,
me llaman guapa
siempre a deshora,
me llaman puta
también princesa
me llaman calle sin nobleza.
Me llaman calle
calle sufrida,
calle perdida de tanto amar.”

Robert Downey Jr.

Idilio extraño con niño malo del cine que igual nos hace protagonistas que se comen la pantalla o secundarios que se llevan de calle todo lo demás o aparece en bodrios o se hace rey de una serie ya asentada. 

A Downey siempre le ha arrastrado la fama de hombre conflictivo y problemático con el alcohol, las drogas y otros asuntos, es como si se hubiera quedado estancado en el primer papel que le dio éxito, allá en los años ochenta, aquel pijo drogodependiente en Golpe al sueño americano. Su sonrisa pícara y rostro atractivo hace todo lo demás. 

Cuando se hace con un buen papel, ya está todo hecho. A pesar de sus problemas de dependencias y con la ley los buenos directores siguen contando con él así ha trabajado con los reyes del cine independiente americano: Robert Altman, David Fincher, Richard Linkater, Julian Schabel, Steven Soderbergh, Mike Figgis…, y un largo etcétera. 

Tiene carrera irregular y cuando todos parece que nos hemos olvidado, surge película que le pone de nuevo en el objetivo. Y, nos recuerda a este joven eterno de ya 43 años. 

No es del actor que más películas he visto pero siempre que me le encuentro es un placer. De hecho le dedico este post porque ayer le vi inmenso en una película que me encantó, Memorias de Queen, él es un Dito Montiel, ya hombre, que se desnuda en la pantalla, desnuda su alma, desnuda su dolor, desnuda sus memorias, y nos trae la historia de un grupo de adolescentes en un barrio marginal, Astoria, en los años ochenta. Y Dito huye porque no soporta, y deja a todos y todo pero cuando regresa descubre que nadie, nadie, le dejó a él. Impresionante. Una sorpresa todo el trabajo interpretativo: desde los jóvenes hasta una impresionante Dianne Wiest o el siempre mágico Downey. 

Cuentan en las críticas que su interpretación era lo que se podía salvar de Chaplin. Resultaba excesivo pero capaz de mil y un matices en esa extraña película histórica que se llamó para el olvido, Restauración. A raro no le gana nadie en ese extraño (y para mí soporífero) musical que se llamó El detective cantante. Como personaje romántico y divertido no le ganó nadie en Sólo tú. 

Sus papeles secundarios quedan para la memoria: el amigo que se va muriendo poco a poco en la romántica Después de una noche, el hermano homosexual en A casa por vacaciones, el empleado casado con otra empleada de la misma empresa que oculta su matrimonio por los problemas laborales que le puede acarrear en Buenas noches y buena suerte, los dos amigos (el otro es el fallecido Chris Penn) en esa joya que es Vidas cruzadas, el reportero de Asesinos natos, el simpático y perdido editor (como todos los demás personajes) en Jóvenes prodigiosos…, y un largo etcétera. 

El último papel que le ha devuelto el nombre entre los grandes a tener en cuenta lo realiza en Zodiac. Downey se mete en la piel de un periodista estrella que investiga a un asesino en serie a lo largo de décadas y asistimos, también, a su decadencia personal. 

Por último, recordar su participación en la serie Ally McBeal (una de las pocas series que lograron engancharme)  después de varias temporadas (la cuarta) que causó impacto y revuelo además de volver a conseguir una buena audiencia. Su papel como el abogado Larry y nuevo amor de Ally le devolvió popularidad. 

Espero de nuevo papel secundario o principal que me dejé sin habla o respiración porque Downey Jr. sea inmenso y se coma la pantalla a base de sonrisa o rostro con historias.

La hija del minero y otras historias

Ayer vi en dvd uno de los papeles cumbre de Sissy Spacek en los años ochenta. En español se tituló Quiero ser libre (Coal miner’s daughter) y contaba los primeros años de la cantante de música country Loretta Lynn. Una película tierna al servicio de la actriz (con interpretación memorable) y junto a un joven Tommy Lee Jones. La película narra el ambiente pobrísimo en el que se crió Loretta en un duro mundo minero. Como se casó apenas adolescente con un joven de 21 años con ganas de comerse el mundo que luego fue devorado por el alcohol. Como enseguida empezó a tener hijos. Y, como, su marido la ánima a dar sus primeros pasos en la música. Su amistad con la diva del country Patsy Cline…Y, hablando de Patsy, tiene también su propia película con el rostro de Jessica Lange (no la he visto) y se llamó Dulces sueños.

Así me vienen a la cabeza otras dos películas de cantantes de los años setenta. Por una parte, la gran Bette Midler se transmutaba en La Rosa (estrella inspirada en Janis Joplin) y nos ofrece una historia sobre la soledad de la estrella de rock entre complejos, tristes amores, negocios, drogas, sexo y alcohol…, y por supuesto canciones y pasión en el escenario.

Y una de las primeras de Scorsese, Alicia ya no vive aquí, sobre una Ellen Burstyn que no consigue su sueño de seguir su carrera musical pero sí descubre muchas otras cosas junto a un hermoso Kris Kristofferson. Aquí está el bueno de Kris, el actor, compositor y cantante de country. Kris cuenta con una interesante carrera cinematográfica poblada de buenas películas y algún que otro tropezón. Yo ya le tengo en consideración y gran cariño porque es el creador de una canción que a mí me parece preciosa: Me and Bobby McGee (que después cantó de manera magistral Janis Joplin). En el mundo del cine hizo de cantante de rock decadente y dominado por las drogas en otro remake a los setenta del clásico Ha nacido una estrella. Su compañera, la también actriz, directora y cantante Barbra Streisand.