El luchador

Ésta es la historia de un perdedor, de qué lejos está el sueño americano para la mayoría —no es más que mito o leyenda—, de lo bello en lo feo y cotidiano, de un rostro golpeado por la vida, de la soledad del ser humano, de la caída sin posibilidad de retorno, de lo duro que es envejecer y sentirse vencido y frustrado… 

Ésta es la historia de un trozo carne viejo, cansado y desgastado con un alma buena pero con un cerebro que juega malas pasadas. Un cuerpo que ha consumido de todo y mil veces ha caído al suelo y ha sido golpeado, de un cuerpo que hace de su vida teatro y espectáculo, la lucha debe continuar y también el juego. De un cuerpo que se niega a la soledad y desea amar y ser amado. De un cuerpo con un cerebro bueno que de vez en cuando se le cruzan los cables. De un cuerpo que tiene miedo a la decadencia, a la derrota, al retiro, a la soledad absoluta. 

Ésta es la historia de unos ojos tristes al borde de la lágrima pero siempre con una palabra amable o una posibilidad de sonrisa. Es la historia de un cuerpo lleno de músculos pero con un corazón que se rompe en pedazos, cansado. De vez en cuando sigue creyendo en el latido. Es la historia de un hombre que se sube al cuadrilátero, y se siente grande, se siente héroe…, da espectáculo. Es la historia de un hombre que cuando baja del escenario la vida le golpea una y otra vez y esos golpes le destrozan más, le minan más. Aunque siempre trata de tener una mirada dulce, una palabra amable, una sonrisa preparada. Se sabe un desastre pero trata de llevarlo con cierta filosofía. 

Ésta es la historia de un hombre que trata de reconciliarse con una hija a la que sabe que ha hecho daño. Su vida-espectáculo le ha hecho renunciar a demasiadas cosas, a una vida real en la que se siente indefenso y golpeado. Ésta es la historia de una vieja gloria que acaba con el cuerpo destrozado, el corazón roto, el rostro marcado y adicto a mil pastillas para mantener un cuerpo y una fuerza-espectáculo. Ésta es la historia de un empleado de charcutería que no se siente en su sitio aunque lo intenta. Su vida está en el ring. Ésta es la historia de un hombre que siente ternura por una streeper que ve que también se marchita y se siente insegura y sola. Ambos se necesitan pero la vida les golpea y se dan cuenta demasiado tarde de que quizá hay una pequeña luz… 

El luchador tiene cara de un Mickey Rourke que enternece con su cara deformada, su enorme cuerpo, sus ojos llorosos y su sonrisa a punto de surgir. Con su voz profunda. Con su andar cansado. Con esa melena rubia en coleta, moño o suelto…, y esas manos grandes y a la vez destrozadas y frágiles… esas uñas que muestran la perra vida. Con esas cicatrices… Trata de aferrarse y salir de la soledad y del miedo ante el corazón roto de la mano de una streeper (Marisa Tomei) con cara hermosa pero cansada y triste, quizá asustada ante un futuro incierto y una adolescente desencantada (Evan Rachel Wood) que por un momento vuelve a creer… 

Mickey Rourke logra emocionarme casi tanto como otro perdedor que me hizo temblar (Jeff Bridges en Corazón roto) y muestra a Darren Aronofsky en otro camino-registro que domina con maestría. Capaz de regalarnos secuencias llenas de sordidez y hermosura. Darren Aronofsky está siguiendo el camino de otros directores de su generación que empezaron con un cine experimental o de fórmulas nuevas y modernas y ahora están sorprendiendo con un cine que bebe de los clásicos (véase Pozos de ambición de Paul Thomas Anderson o El curioso caso de Benjamin Button de David Fincher).

Diccionario cinematográfico (91)

Bud White: White es un agente de policía de Los Ángeles, de los años de Lana Turner y Stompanato, él es todo músculos y todos piensan que posee poco cerebro. Él también lo siente así. Es una mole y sus resortes se alteran y su violencia se dispara ante todo hombre que ose maltratar a una mujer. No puede. Se crispa en cuanto ve que un hombre levanta la mano a una mujer y la hace sufrir. Y se convierte en el ser más dulce que pueda existir con la víctima. Son cosas del pasado, de una infancia dura, de la impotencia de ser niño y no poder defender a la madre ante padre bestia y bestial que la remata a golpes.

Bud White arrastra su mole de músculos… y su rostro tierno. Es buen compañero y agente honrado. Tras la bestia, el hombre. Y su corazón y su coraza salta en mil pedazos y surge el hombre bueno cuando conoce a una puta más guapa que Verónica Lake que se llama Lynn. Y White es dulce. Y ya lo dice Lynn está con White porque ella quiere, porque ve a un hombre tierno y bueno, porque es el único que la hace sentir como Lynn, como ella misma, y no como una puta que es una doble de Verónica Lake y se acuesta por dinero. Bud White se une al que parece en principio su peor enemigo, y que le hiere en lo más hondo al acostarse con su musa, para solucionar un caso de corrupción. Y White se comporta como siempre, todo músculos, buen compañero que protege y quiere. Sale malherido. Uno se lleva la gloria y él, Bud White, queda enfermo pero se lleva a una ex puta a la que ama y un viaje a Arizona. Lynn sonríe.

La duda

Una buena obra de teatro. Buen guión. Un director correcto. Y unos actores brillantes. La duda tiene todos los ingredientes de película con estructura clásica. Y funciona. 

La dirección de la película y el guión corren de la mano del dramaturgo de la obra, John Patrick Shanley, el que mejor conoce la historia y los personajes. No ajeno al cine (ya se puso en la pantalla para unir a la pareja de moda a principios de los 90, Tom Hanks y Meg Ryan en la curiosa Joe contra el volcán —que os confieso que apenas la recuerdo—. Tan sólo eso que me resultó curiosa.), John Patrick crea una obra correcta y clásica que se sustenta en la fuerza de sus personajes y diálogos. En los enfrentamientos y en los temas morales que se plantean. 

La historia se sitúa en el año 1964, un año después del asesinato de Kennedy. Un año de dudas de hacia donde se dirige la sociedad. Un momento de cambios, de incertidumbres… Duda o certeza. Y volamos a un estricto colegio católico regentado por una estricta madre superiora que no ve con buenos ojos los aires nuevos y progresistas que trata de introducir en la educación el padre Flynn. También es el año en que han admitido por primera vez a un alumno negro.  

El mecanismo se pone en marcha, desde la primera homilía del padre Flynn (estas homilías no tienen desperdicio, y como obra clásica, no podía ser de otra manera, son tres…, estructuran la película. Las homilías desarrollan tres temas: la duda frente la certeza, el daño que puede causar un chisme y, por último, una despedida). Ahí se nos presenta a los personajes claves de la obra: el padre, la madre superiora, la joven monja que pivota entre la duda y la certeza y por último el desencadenante del drama: el alumno negro, monaguillo. 

Curiosamente quien pone el azúcar a la madre superiora es la joven monja. Por algo está entre medias de ambos. Y ella, la madre superiora, se aferra con certeza a una sospecha sin prueba alguna. Y recorrerá todos los caminos posibles para salirse con la suya: para acusar al Padre Flynn de que ha abusado sexualmente del monaguillo. 

Y la duda recorre toda la película, intensa por momentos, en cada uno de los enfrentamientos. Siendo uno de los más emocionantes el que sostiene la madre superiora con la madre del niño. Porque la película va más allá de la duda y cada espectador saca sus propias conclusiones. Y los personajes van ganando caras y matices. Virtudes y defectos de los tres protagonistas hacen más compleja la trama…, y por supuesto más interesante. Es de esas películas, que se merecen una tertulia después de verla. Para analizar cada parte humana de los personajes (son muchísimos los temas que se plantean. Hay uno secundario en la trama que me interesa. Y es el enfrentamiento de poderes entre el padre y la hermana superiora. ¿Por qué en la iglesia católica, como institución, la mujer sigue relegada a un segundo plano en cuanto puestos de poder?). 

Mención aparte los actores que se transforman en sus personajes: Philip Seymour Hoffman que sigue su carrera camaleónica deja otro complejo personaje y riquísimo en matices. Meryl Streep se mete de lleno en madre superiora estricta, casi da miedo, pero con gotas de humanidad que vamos descubriendo a lo largo de esta historia. La joven monja con cara de Amy Adams como esa persona que se sitúa entre los dos personajes que se enfrentan, y ya se sabe que ese papel siempre es complicado: porque entiende a ambos pero también critica a ambos. Y por último, minutos estelares para una Viola Davis, como la madre del niño, que da un giro a la historia para que veamos otro punto de vista, otra duda o quizá certeza.

Hotel del Norte (Hotel du Nord, 1938) de Marcel Carné

A veces hay películas con fuertes dosis de poesía. Carné, no obstante, siempre se le menciona al lado de las palabras realismo poético. Y ¿qué se puede entender por este concepto? Lo que siento y veo al digerir las imágenes que expulsa una película sencilla y hermosa como Hotel del Norte.

Hay a amantes que sólo les quedará París, y a otros, tan sólo la habitación 16 del modesto hotel du Nord. Una habitación que habitan una noche una pareja de jóvenes enamorados con poca suerte y estrella que creen que encontrarán libertad, menos responsabilidades y ataduras y quizá buena estrella fuera de este mundo. Y prometen matarse. Para yacer siempre juntos. Pero la realidad les trastoca los planes…El pequeño Hotel du Nord tiene unos dueños encantadores, buena gente, que han adoptado a un niño huerfano que ha vivido los horrores de la Guerra Civil en Barcelona y unos clientes fijos y otros que van y vienen que llenan de vida, anecdotas y demás las instalaciones del inmueble. En el hotel se cruza la puta de toda la vida (impagable y maravillosa Arletty) con su chulo —de personalidad arrolladora que se irá descubriendo en cada fotograma— que se transformará y se quitará máscaras escena tras escena a punto de volver a creer que tiene otra oportunidad en la vida para ser el que fue (con el rostro atrayente y misterioso de Louis Jouvet). La joven suicida que recupera las ganas de felicidad junto a su joven amor desencantado (Annabella y Jean Pierre-Aumont, jóvenes y delicados), ambos decidirán seguir adelante, pero quizá intentándolo en este mundo. El buen hombre y vecino, obsesionado con sus continuas donaciones de sangre y con el amor de su esposa pizpireta —que de vez en cuando se pega un garbeo con el más gamberro y mejor amigo de su marido—, el confitero homosexual que no se oculta, la asistenta para todo desgarbada que va y viene de habitación en habitación haciendo lo que puede…

Hotel del Norte está plagada de escenas y diálogos para no olvidar. El cariño del chulo por la joven suicida, la habitación 16, el baile del 14 de julio lleno de momentos felices y de la caída definitiva de otros, las apariciones de esa puta de oro con cara de Arletty, la comida entre los dueños del hotel y sus clientes para celebrar una comunión al principio de la película, el restaurante del hotel lleno de vida…

Y este ambiente sencillo y popular, esta historia de amor loco, de lágrimas y alguna sonrisa destila poesía en cada secuencia.

Me quedo, y no me pregunten por qué, con el rostro desencantado de un chulo que decide no seguir siempre huyendo o cambiando de identidad…

Darling me lleva a repasar filmografía de John Schlesinger y…

El otro día vi Darling cuando una joven Julie Christie se convirtió en musa de los años 60. Cuando se llevó Oscar por película sobre rubia de cuento que se convierte en princesa pero va dejando al descubierto a una mujer con una incapacidad absoluta de ser feliz y comunicarse que se mueve en un mundo frívolo, mediocre, feo e hipócrita que jamás la llena. Ella es la primera que no se gusta en absoluto. Película sobre vacío existencial. Se deja ver aunque no es obra maestra pero tiene momentos interesantes sobre todo en la manera de contar la historia (la voz de la protagonista que cuenta su historia para una revista, una historia de cuento, y la realidad que muestran las imágenes. La película juega a los contrastes ya desde los títulos de crédito). Los sesenta fueron una época en que varios directores de cine hablaron del vacío existencial, de la incomunicación y la frivolidad de las clases sociales medias y altas que no saben qué hacer con todo lo que tienen y que sobre todo se aburren soberanamente. Uno de los mejores retratos de estos seres lo hizo, para servidora, Fellini y su envolvente La dolce vita. Ahh, Marcello, qué grande eres.

John Schlesinger, siguiendo el camino del free cinema, consigue retrato triste aunque sin vida en Darling de una heroína con rostro bello… y alma vacía. La rodea de un Bogarde intelectual coñazo, un Harvey que va de perverso con sus caras de malote y de que tiene gustos raros —vaya reuniones— y extravagantes pero na, de na, un rollo y un Vilallonga con su apostura de aristócrata aburrido, aburrido, aburrido… Ah, entre medias hay un fotógrafo homosexual que va de loca por la vida pero es bastante buenecilla, algo traviesa, y que comete el asesinato de los pececillos de la protagonista en una escena cruel…, uff. Creo que por el tono que va adquiriendo la crítica no me gustó demasiado. Aunque no me arrepiento ni de la compra del dvd ni de haberla visto… porque jugo, desde luego, se la puede sacar.

Pero sí que hay películas de Schlesinger que me conmueven o por lo menos me interesan. Una de ellas es Cowboy a medianoche y la otra Marathon Man. Aunque muchas hay del principio de su carrera que me quedan por ver (las últimas de su producción poco me atraen). Y cual es mi sorpresa, y por lo que escribo este post, cuando veo que Schlesinger adaptó para el cine con guión de Waldo Salt (uno de los profesionales que se vieron afectados por la Caza de Brujas), la novela que me encantó y lei recientemente de Nathanael West (El día de la langosta y que escribí post reciente en la sección Escribir de cine). Y como me suele ocurrir me muero de ganas por conseguir el dvd (Como plaga de langosta, 1975) y verla. Sobre todo para empaparme y ver cómo queda reflejado ese personaje triste de Homer Simpson (nada que ver con la serie animada) con cara de Donald Shuterland. O esa otra cara de Hollywood donde se quedan los que no llegan a estrellas o grandes profesionales… los que se quedan en el camino.

Así que como ven Darling me ha regalado también un nuevo descubrimiento y una nueva película que suspiro por ver…, ya saben que a veces me gusta ser exagerada.

Wall-E (Wall-E, 2008) de Andrew Stanton

De nuevo una película de animación me conmueve y me devuelve buen cine. Wall-E o la historia de un robot muy humano, sensible, tierno y romántico. Wall-E es obra de la productora Pixar que eleva al cine de animación a la categoría de sueños inolvidables. Wall-E se alimenta del buen lenguaje cinematográfico, aquella narración que dominaron como nadie artistas de la época de oro del cine mudo. Sin apenas diálogo, sobre todo en la primera parte de la película, cuenta una historia que va calando hondo. Mucha poesía, riqueza en las imágenes y una ambientación envolvente con una banda sonora que acompaña las aventuras y desventuras de un pequeño robot, enamorado. 

Un pequeño y desgastado robot, solitario, que vive en un planeta tierra deshabitado que ha perecido entre basuras y contaminaciones. Pero él, realizando su trabajo metódicamente —recoge desperdicios y los va apilando en enormes torres como rascacielos—, va adquiriendo pequeños tesoros entre lo desechable. Y se va creando un hogar mágico, lleno de belleza entre todo lo inservible. Y nuestro robot es feliz cuando regresa, con su labor realizada, y disfruta de sus pequeños tesoros. Sobre todo de una vieja cinta vhs que pone una y otra vez donde los humanos, cantan, bailan, se enamoran… y se dan la mano. Y él baila, y canta e imita lo que ve hermoso… pero está solo. Junto a él tan sólo vive un pequeño animal de compañía que sobrevive a la catástrofe, no podía ser otra cosa que una cucaracha. Wall-E, el robot, tiene la soledad y la ternura de un Buster Keaton o un Charlot, su mismo humor poético, sus mismas artimañas para sobrevivir, su recuperación continúa ante la adversidad, su misma imaginación y como no su misma capacidad de enamoramiento. Es patoso y héroe a la vez, aunque a veces sea por accidente. Wall-E quiere amar y ser amado. Cumple sus sueños de, quizá, algún día poder dar la mano a la amada y bailar su música favorita cuando conoce a una robot extranjera y extraña, la fría y científica Eve. Que viene del espacio. La historia ya está en marcha. Y emociona. Ella investiga y busca vida en una tierra que parece muerta, no tiene éxito alguno. Hasta que Wall-E le hace un regalo, entre los muchos tesoros que esconde, una plantita verde en una bota —la que quizá podría llevar cualquier Charlot—. 

Todo tiene su sentido en esta película que bebe los vientos también del mejor cine de ciencia ficción (como en 2001, odisea en el espacio hay una especie de inteligencia artificial malvada y muchos otros guiños al género). Pero Wall-E conoce a Eve y corre tras la amada, aunque tenga que dejar la tierra. Aunque tenga que arriesgar su vida y su pequeño mundo. Y Eve se transforma y humaniza ante las atenciones del pequeño y maltrecho robot. Son ellos más humanos que los propios hombres deshumanizados y gruesos, por el poco esfuerzo, que se limitan a sobrevivir en un crucero espacial, sin sentimientos, sin pensar, sin recordar, son multitud más multitud incomunicada. Y es el capitán de este crucero perdido en el espacio el que tiene una de las pocas frases de la película, más frase conmovedora, “no quiero sobrevivir, quiero vivir”. 

Y, por todos los demonios, no quieres que nada le ocurra al destartalado robot más robot enamorado…, no quieres que sufra, y sientes la necesidad de que Eve le quiera y le de su mano más mano metálica. Wall-E además es película ecológica y porque no social, la incomunicación está detrás de cada puerta. Y todo esto de la mano de un pequeño y maltrecho robot con mucha humanidad dentro…, ¡¡¡y unos ojos!!! que no necesita articular palabra alguna para entender lo que ocurre en su alma de metal…

Cadeneta de declaraciones de amor cinéfilas

El panadero sin brazo que le dice a la italiana que no tuvo nunca suerte en el amor, que la ama. Y le dice que el amor es imperfecto. Que nunca serán tan perfectos como los copos de nieve o como las estrellas. Ellos no lo son, no lo son. La gente rompe corazones, ama y se equivoca, la gente muere…, pero ahora, él quiere que ella suba las escaleras y haga el favor de meterse en su cama. Ay, y mientras tanto la luna es tan grande.

Un joven enamorado de la mujer de su mejor amigo. Y no sabe cómo decírselo, no sabe cómo alejarse. Y una noche de Navidad, cuando ella ha visto ya un vídeo de boda donde sólo sale su rostro… se decide a susurrárselo con carteles. Decirle que la ama para siempre. En silencio. Tan sólo con carteles, miradas y una sonrisa.

El hombre condenado a vivir el día de la marmota para siempre y por ello condenado a amar a la misma mujer. Y su afán cada día de conquistarla, una y otra vez. Y va aprendiendo del amor. Y es capaz de convertirse por fin en el hombre amado y en el hombre que ama.

“Creo que mejoro cuando se me conoce. Haré todo lo que esté en mi mano para hacerla feliz. Cualquier cosa”, dice un doctor enamorado sin un velo pintado en el rostro.

Hay un lejano pueblo donde en un lago hay un pez gigante que nadie puede cazar y un hombre de imaginación desbordante. Y ese hombre se enamora locamente, tan locamente que el tiempo se para. Y realiza todo tipo de proezas con tal de ser amado y correspondido. Y llena un campo de flores. Y hace lo inimaginable para obtener la dirección de la amada…, y no podía ser de otra manera, al final la alcanza.

Y la clásica, entre las clásica, ¿Qué quieres Mary?¿Quieres la luna? Dime sólo una palabra y entonces la cogeré con un lazo y la bajaré para ti.

Tortas de cine, inolvidables

Hoy he visto una divertida: la que arrea Doris Day a un Rock Hudson durmiente en la ingeniosa No me mandes flores (1964) de Norman Jewison.

¿Recuerdan la torta que pega el padre a una Judit (Natalie Wood) que también es rebelde sin causa?

¿O la más famosa torta: la que propina el personaje de Glenn Ford a una Gilda espectacular que  acaba de quitarse un guante con una sensualidad insuperable frente a mucho, mucho público?

Torta dolorosa la que daba la Hepburn a una Fonda que se desahoga e insulta porque no entiende a su padre Henry…, allá en el estanque dorado. Tortas de familia.

O qué me decís de esa torta que propina el dueño del bar a un Tony, que quiere reunirse con María y no escucha, no siente desgracia, no siente al destino. ¿Es éste el único lenguaje que entendéis?, dice un pobre Doc apenado, sólo tienes que acercarte al West Side…

Pero bueno, hoy prefiero quedarme con las tortas de broma. Con aquel género, el slapstick, que tan buenos momentos me hace pasar: tartas, tortas, resbalones y tortazos y después la cara de Chaplin, de Keaton…, y demás contrincantes.

Antes que el diablo sepa que has muerto (Before the Devil Knows You’re Dead, 2007) de Sydney Lumet

Un veterano del cine con ochenta y muchos años se pone detrás de las cámaras y deja un película de cine negro con ribetes de tragedia griega, melodrama familiar y un buen montaje a lo Tarantino, Anderson o a lo Fincher. 

Lo que demuestra Sydney Lumet es que sabe cómo enganchar a una historia y que maneja el lenguaje cinematográfico como quiere, para eso es un clásico. Lumet tiene buenas películas en su larga carrera y ésta, con título maravilloso, Antes que el diablo sepa que has muerto muestra a un director que sabe lo que hace y que conoce el arte cinematográfico y sus avances. Si además cuenta con unos buenos actores, te aseguro que te quedas en la butaca sin querer levantarte. 

A Lumet se le dan bien las películas corales, el cine negro o el thriller, el policiaco, los dramas familiares…, basta con echar una mirada atrás. Pasamos por su magnífica 12 hombres sin piedad —ya se le ve maestro en dirigir un reparto coral—, recorremos buenas adaptaciones de obras teatrales sobre dramas descarnados y familias problemáticas: Piel de serpiente o Larga jornada hacia la noche. Se lanza al mejor policiaco de la mano de un Al Pacino en su salsa con Serpico y Tarde de perros (donde también se da un atraco cutre) o sigue los senderos del poder, de la corrupción y del papel de los medios en Network. Continua con la corrupción en El príncipe de la ciudad, se mete de nuevo en drama judicial y regala papel bombón a Paul Newman en Veredicto final. Le obsesionan los robos pensados y llevados a cabo por miembros de una misma familia, ahí está comedia fallida Negocios de familia o la familia en sí en situaciones extremas en otro film con buen título Un lugar en ninguna parte…, y así hasta llegar a un thriller duro con familia problemática, coral, dura, que habla de la corrupción del ser humano, con atraco cutre incluido y con un destino negro. La tragedia está servida en Antes que el diablo sepa que has muerto. 

Destaco la forma de contar esta historia —sí, sí ya sé que ese tipo de montaje ahora no tiene nada de original pero no obstante hay que saber hacerlo bien y aquí está muy bien hecho—, un guión que engancha de Kelly Masterson y una serie de actores que funcionan perfectamente en esta historia nihilista. 

Los hermanos protagonistas son Andy (Phillip Seymour Hoffman) y Hank (Ethan Hawke).  Ambos acuciados por problemas económicos. El ejecutivo heroínomano y corrupto y el joven que iba a llegar a ser algo y toda su vida ha ido de hijo pródigo al que todo se le permite y que ahora choca con su imagen de fracasado que apenas le llega para final de mes y poder mantener a su hija —a la que quiere hacer vivir en un mundo de comodidades al que no llega— y a una ex mujer que siempre le exige y que le conoce demasiado. Ambos con relación complicada, de amores, envidias y respaldos. Con una relación a hombros, como cepo o peso. Ambos inmersos en un atraco fallido, y que cambiará sus destinos, a la joyería de sus padres. Seymour Hoffman, pone los pelos de punta con una recreación brillante del ejecutivo que se le descabala por momentos su vida artificial. Su bonito puesto, su bonita adicción, su bonita mujer (una Marisa Tomei intensa como mujer objeto sexual que se sabe objeto a la que sólo se le exige permanecer hermosa e ignorante…, el personaje tiene una bonita, triste y tranquila ¿rebelión?), su bonita familia… Hank, correcto Ethan Hawke (que cariño le tengo, a pesar de los tropezones, desde que apareció para mí por primera vez en El club de los poetas muertos), es el hermano inseguro, al que ya se le ha caído todo, perp que el azar le depara alguna que otra sorpresa, siempre ha sido el oveja negra con suerte. 

Y esta familia bonita no es tal. Se esconden poderosos y fuertes secretos que estallan en el personaje de un padre duro. Ahí esta Albert Finney para calibrar como nadie las dosis de sufrimiento, impotencia, amor y odio. Para erguirse como rey Lear shakesperiano, como Dios vengativo de tragedia griega incapaz de cambiar el destino.  

Antes que el diablo sepa que has muerto es obra de Sydney Lumet que sigue demostrando sus dotes en ese arte que se llama cine. Lumet atrapa… ¿no es eso una lección de la que se olvidan muchas películas? Atrapar con la historia, los personajes, la trama…

Diccionario cinematográfico (90)

Charlot: patadita al aire y sigo por el camino. Con bastón y bombín, con zapatones amplios, que a veces incluso me pueden quitar el hambre, con pantalones y una cuerda alrededor para que no caigan. Sí, puedo llevar una vida de perro callejero pero a veces sueño. Puedo hacer alguna que otra maldad, o mejor dicho travesura, pero al final camino solo por un largo camino que no tiene fin. La ternura me puede. Nunca pierdo una esperanza. Me sé uno y mil trucos para la supervivencia. Tengo ingenio. No hay duda. Puedo ser payaso eventual, boxeador al que vencen, buscador de oro, músico ambulante, padre adoptivo, inmigrante e incluso policía con los conocimientos de la perra vida. A veces, duermo a la intemperie, soy un sin hogar. Mas siempre hombre enamorado de una dama. Capaz de ofrecer una flor o una lágrima. Capaz de conseguir que corra a brazos de su otro amado. Capaz de, seguro, dar mi vida por ella, mi vista, mi olfato… Capaz de mirar, tristemente, a través de un cristal, solo, cómo se divierte. Sin molestarla o inquietarla, jamás.

Patadita al aire y sigo por el camino.

Ah, se me olvidaba, mi bigote siempre en su sitio.