Diccionario cinematográfico (125)

Reinas y princesas: ¡qué le corten la cabeza!, grita despiadada la reina de corazones a una Alicia-niña que no es cobarde. Mientras una reina de Inglaterra que recibe fría la noticia del accidente de la princesa Diana, a la que nombraron sus subditos princesa del pueblo no logra entender en su mundo retiraro lo que se le viene encima. A veces observa la belleza fugaz de un ciervo que corre por el bosque. Es una mujer ajena a todo. Ése es su drama. Más allá hay una reina con cara de mujer enigmática subida a un barco donde mira al infinito. Ella es Cristina de Suecia. Viste y se comporta como un hombre en un mundo patriarcal. Ama a un hombre en la intimidad de un cuarto. Pero antepone su poder a la vida tranquila con el amante perfecto.

Estas tres reinas son sólo un aperitivo de cómo han sido reflejadas en la gran pantalla.

Guerras de religiones, guerras de poder, guerras políticas y mujeres atrapadas por esos ambientes. Que luchan feroces o son movidas como piezas de ajedrez. Que se revelan o se quedan en su papel. Que tienen tentaciones pero finalmente se quedan en el trono. Que son verdaderas maestras del juego del poder y manipulan como nadie. Son retratos fuertes e inolvidables. María, Reina de Escocia, la Reina Margot, Juana La Loca,  alguna de las Isabeles de Inglaterra (recuerdan el rostro de Cate Blanchett o esa tremenda Bette Davis con frente afeitada)… Inolvidable como maestra y jugadora experta que mueve las fichas y manipula una Leonor de Aquitania con rostro de una Hepburn fantástica.

Muchas son las reinas trágicas, esas que pasaron por sus reinados y por circunstancias históricas, políticas y manipulaciones varias…, acabaron sin cabeza. Las más fámosas: la frívola y trágica a la vez encerrada en palacio de cristal Maria Antonieta (¿recuerdan la última versión de Sofia Coppola?). Otra decapitada inolvidable es sin duda Ana Bolena y esas tremendas vidas privadas de un polémico Enrique VIII.

Otras reinas y princesas reales pero protagonistas de biopic de cuentos de hadas. Alguna luego fue de nuevo rescatada en un retrato más real. El ejemplo que primero se nos viene a la cabeza, sin duda, alguna es ese edulcorado y cursi retrato de la emperatriz Elizabeth conocida popularmente como Sissi. Esa fue la leyenda que cimentó la carrera de una primeriza y bella Romy Schneider que luego sería una de las mujeres más trágicas como la propia emperatriz. Romy se quitó la espinita de esa Sissi de cuento para volverla más real y humana en el retrato que ofreció años más tarde Visconti en Ludwig. Claro, la España franquista también quiso crear a su particular Sissi. Así también en los 50 se recrea en forma de biopic romántico la triste historia de amor entre Alfonso XII y María de las Mercedes.

Luego están las reinas y princesas de mundos fantásticos o imaginarios que lucen palmito en distintas comedias, historias fantásticas, de aventuras o películas de ciencia ficción. Alguna de estas princesas es absolutamente mítica por su ternura, elegancia y protagonista de historia linda del mejor cine romántico. En primer lugar recuerdo y nunca olvido a una Audrey Hepburn recién descubierta como princesa que huye de su condición durante un día mágico acompañada del periodista con cara de Gregory Peck. Vacaciones en Roma, uno de los más bonitos cuentos de princesa desgraciada. Todavía nadie olvida, y ya se encarga la televisión para emitirla una y otra vez, a la princesa prometida. Otra princesa mítica, reina de la ciencia ficción, con sus ensaimadas como dama de Elche, es la inolvidable Leia de la saga La guerra de las Galaxias o su más moderna madre la reina Amidala. Imposible no nombrar a Camelot y los amores desgraciados y aventureros de la reina Ginebra en sus infinitas versiones.

Y por último un recuerdo a las reinas y princesas animadas con la recreación mítica de una malvada reina pero sensual entre las sensuales: ¿alguien olvida a la terrible madrasta de Blancanieves? O quién no se enternece ante la princesa Aurora o esa bella durmiente que sólo resucitará por un beso de hombre enamorado. Y como no el cuento de hadas más mágico esa cenicienta desgraciada que llegará a convertirse en princesa gracias a un zapatito de cristal…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Corazón rebelde (Crazy heart)

Bienvenidos a la triste historia de Bad Blake, un cantante de música country y compositor-poeta de tristes baladas de oportunidades perdidas. Bienvenidos a la reencarnación del eterno perdedor aferrado a la botella, a los litros de alcohol, a los miles de kilómetros por carreteras y locales de pequeñas localidades, aficionado a mujeres solitarias que sólo quieren sexo con el tipo duro de sombrero tejano que las enternece el corazón y, a veces, las hace protagonistas de sus canciones, para salir de la rutina.

Bienvenidos a la historia de un hombre cansado de cincuenta y siete años con más pena que gloria, que tras una vida alcoholizado y entregado a su guitarra y a todo tipo de escenarios, se da cuenta de que es un hombre cada vez más mayor, más enfermo de la mala vida, y más consciente de su soledad de tejano. Sus canciones cobran más auténtica realidad. El tejano, el cantante de country, reflexiona sobre el costo de su vida, sobre su soledad arrastrada y elegida… Tras el dolor que arrastra y los daños que sabe que ha hecho, sólo tiene algo claro…, su amor a la voz cascada, a sus letras que surgen tras la inspiración y la puta dura vida, a esos escenarios cutres o no donde arrastra sus canciones, a esos músicos que le acompañan, a ese público cada vez más anciano que aún siente ante sus baladas…

Corazón rebelde no es una película ambiciosa, ni innovadora, ni complicada…, puede que sin la increíble interpretación y carisma de Jeff Bridges no pasara de película de sobremesa. La película es Bad Blake, es Jeff Bridges. Desde este post le nombro mejor perdedor entre los perdedores, mejor tirado entre los tirados, porque siempre logra ser creíble, convencer y conmover. Y después está que la película refleja ese mundo de la música country (que casi es otro género cinematográfico musical genuinamente americano, claro) que nos queda lejano pero envuelven esos temas del tipo duro que se le rompe el alma en pedazos después de siempre llevar una vida agitada. Y Jeff convence con su guitarra, con su forma de cantar, con sus movimientos en todo tipo de escenarios… caer es igual que volar, dice una de sus letras.

Jeff es la encarnación del perdedor cansado al límite de sus fuerzas pero que siempre resurge por su pasión, por su espíritu de superviviente. A lo largo de su carrera ha sido ese tirado en busca de segunda oportunidad con litros de alcohol en sus venas. A veces, esa segunda oportunidad se le ha concedido, otras veces no la ha alcanzado y en Corazón rebelde se queda a medias. No podía ser de otra manera para un Bad cansado de serlo. Jeff es ese perdedor que nos rompe el corazón bien sea en Corazón roto (interpretación de Bridges que reivindico), El rey pescador, Los fabulosos Baker Boys…, o ese personaje que es El Nota, tirado por vocación.

Y es que los retratos de perdedores que quieren enmendar errores cuando ya es demasiado tarde dejan historias conmovedoras (yo no olvido cómo el año pasado me deje llevar por El Luchador con cara de Mike Rourke) sobre sus intentos de recuperar lazos del pasado o tratar de construir sólidas historias presentes a pesar de los obstáculos.

Corazón rebelde nos deja además una galería de secundarios con personajes humanos, muy humanos, que tratan de dar una segunda oportunidad o no abandonarle nunca a ese cantante country que aguanta y aguanta con sus tragos de whisky y su cigarro tras otro. La mujer periodista con niño de cuatro años que hace soñar al solitario Bad con una posibilidad de relación de futuro (Maggie Gyllenhaal), aquel joven cantante (especial Colin Farrell) que le tuvo de maestro y ahora llena estadios ahogado por la nostalgia y los recuerdos de etapas pasadas junto a un Bad en tiempos de gloria y abrumado por la caída del que fue su mentor (él sabe que es poeta, algo que a él le falta) o ese anciano fiel que no le deja ni a sol y sombra que le quiere tal y como es (Robert Duvall).

Sólo pongo peros a una cuestión: no hay química entre el niño de cuatro años y Jeff. El niño (pobrecito mío no tiene la culpa) no me enternece o conmueve. No puedo evitar recordar a Edward Furlog —cuando era un niño, ¿dónde te has metido?— (que trabajó con Bridges en Corazón roto como adolescente y me emocionó la relación en cada segundo de proyección) u otros niños (como ese gran niño vestido de Casper junto Kevin Costner en Un mundo perfecto) que consiguen establecer una química especial con los personajes maduros.

Me quito el sombrero ante ese perdedor con cara de Bridges que me hace reír y sufrir por partes iguales. Que me hace que quiera escuchar otra triste canción en un solitario escenario… Caer es igual que volar…, un corazón rebelde que se pide una segunda oportunidad a sí mismo.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Homenaje a Jeff Bridges

Jeff Bridges con su pelo largo y barba, con sus canas y sonrisa especial, lleno de energía. Sincero y sin protocolos, recoge su Oscar. Y, sinceramente a mí es el único premio de la gala que me ha alegrado y emocionado al enterarme esta mañana. Porque a Bridges le tengo un cariño especial. Muchos de sus personajes me han llenado.

Desde la primera vez que le vi aparecer en pantalla he sido espectadora fiel. Ya le he dedicado un post en la sección Un rostro en la oscuridad pero da igual. Le quiero escribir unas líneas.

Porque recuerdo que siendo niña le vi en Starman (1984) y me enamoré del personaje y el actor que lo encarnaba. Ya subió a mis altares. Desde ese momento no he dejado de visitarle cuando he tenido oportunidad en la sala oscura y en la gran pantalla blanca.

Todavía no he visto Corazón rebelde pero sí el trailer y he leido el argumento y algunas informaciones más. Y sé que me gustará. Que será de esos personajes que me emocionen. Esos perdedores en busca de segunda oportunidad y encima con guitarra y tristes canciones del mundo country. Trataré de visitarle sin falta esta semana.

Bridges era de esos actores con varias nominaciones en su carrera pero ninguna estatuilla. Le habían nominado por sus apariciones en La última película,  Un botín de 500.000 dólares, Starman y Candidata al poder. Y nunca se había alzado con el premio y le olvidaron en varias ocasiones.

Su carrera discurre entre perdedores, galanes, héroes de acción, malvados…, tiene personajes de culto como El Nota (que todo hay que decirlo, no es de mis favoritos) y Gilliam le ha querido para su Universo particular en dos de sus películas. Esa película-medicina que es El rey pescador (me encanta) y Tideland (que no he visto aún). Su carrera está llena de altibajos como su vida de luces y sombras. Como todos los que pasamos por este mundo. Altibajos, luces y sombras.

Dicen que en su discurso se le ha visto hombre emocionado y agradecido. Agradecido a sus padres, a su esposa, a sus compañeros…., agradecido por amar el cine y su profesión.

Y entonces pasan metros de celuloide por mi mente y le veo como el muchacho de la última película que luego es hombre desencantado en Texasville. Al profesor tímido que quiere estar con una mujer pero sin sexo de por medio en ese intento de regresar a la comedia romántica pura y dura de la mano de Barbra Streisand.  A sus tres míticos Jack a los que amo: el pianista solitario y desencantado que luce su cara gris junto a su hermano (también en la vida real, Beau), un hombre lleno de energía; el locutor de radio que de lo más alto cae y cae por el tobogán de la culpabilidad y desesperación o ese Jack con ukalele que siempre, siempre anda corriendo por la vida intentando alcanzar su sueño, una Alaska helada, y evitando que le rompan el corazón.

Recuerdo a ese malo malísimo que se pasea por Iron Man, calvo y con barba. A El Nota, ese hippy trasnochado, rey del porro y la vagancia, con chaqueta de lana y cara de alucinado… pero que nos enamora. O a ese hombre aterrorizado por unos vecinos peores de lo que él piensa en la temible Arlington Road. O ese otro que trata de vivir sin miedo a la vida después de haber sobrevivido a un terrible accidente. O a ese hombre marcado por una tragedia familiar, roto de dolor y enamorado que ve cómo su mujer se rompe en pedazos sin que él pueda o quiera hacer nada…

Y todos los papeles que me quedan aún por ver y recordar.

Felicito a Bridges. El único premio que me ha alegrado realmente.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Diccionario cinematográfico (124)

Mike y Scott: Qué tengais un buen día.

Mike, con sus ataques de sueños cuando el mundo le pesa.

Scott, el niño rico con vocación de rebeldía.

Chaperos de Portland.

Oyen las campanadas de medianoche con su maestro sin techo, Bob.

Uno vende su cuerpo por necesidad.

El otro porque le toca ser rebelde y libre antes de encorsetarse en las normas sociales y convertirse en rico heredero.

Juntos, siempre, recorriendo carretera con cara jodida en una moto.

Scott avisa desde el principio que olvidará su pasado. Cerrará los ojos.

Mike, siempre desnudo, desnuda hasta su alma.

Mike sueña con una madre vestida de blanco que le acaricia la cabeza y le dice al oído que todo irá bien.

Mike y Scott viajan.

Amigos con fecha de caducidad. Scott ya lo ha avisado. Mike camina en presente.

Una pequeña hoguera.

Mike se confiesa y desnuda. Ama a Scott. Se moriría por darle un beso. Porque ambos se amaran… Scott no ama. Mike sabe que siempre estará solo en una carretera con cara jodida.

A Bob, el enorme sin techo, se le rompe el corazón cuando su joven amante y amigo Scott le da la espalda. Scott pasa a la otra línea. Con cara fría e inmutable.

Bob se apaga. Mike sigue adelante con sus ataques de sueño cuando el mundo se derrumba a sus pies.

Sigue adelante.

En la carretera con cara jodida.

Esperando, siempre, pasar un buen día.

Mike amaba a Scott.

Y quería una vida normal, con una familia normal, una casa blanca y un perro.

Scott, frío, se vuelve el heredero que no rebasará la otra línea.

Mike se queda solo.

Ya lo sabía.

Una madre que crea en su mente le acaricia la cabeza: todo irá bien, todo irá bien.

Que pasen un buen día.

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Momento inolvidable de Antes del atardecer (2004) de Richard Linklater

Me quedo sin duda con toda la escena final cuando Jesse y Celine se reúnen en la casa de ella y el tiempo se diluye y el espacio desaparece. Vuelve la química. Sólo hay que fijarse en las miradas. ¿Es posible que un solo día con una persona deje marca toda la vida?

Celine coge su guitarra y canta a Jesse. Él sólo escucha y mira. Quizá en la letra de la canción esté la clave.

“Déjame cantarte un vals fuera de ningún sitio, fuera de mis pensamientos.

Déjame cantarte un vals acerca de esa única noche.

Tú fuiste para mí esa noche todo lo que siempre soñé en mi vida.

Pero ahora te has ido, te has ido lejos hasta tu isla de lluvias.

Para ti fue sólo cosa de una noche pero para mí fuiste mucho más.

Si tan sólo supieras… No me importa lo que digan, sé lo que significaste para mí.

Ese día yo sólo quería otra oportunidad, yo sólo quería otra noche.

Aún si no parece ser lo más correcto, tú fuiste para mí mucho más que cualquier otro que conocí antes.

Tan sólo una noche contigo, Jesse, vale más la pena que mil con cualquier otro.

No tengo amargura, mi amor.

Nunca olvidaré lo de esa única noche.

Aún mañana en otros brazos, mi corazón seguirá siendo tuyo hasta el día que muera.

Déjame cantarte un vals fuera de ningún sitio, fuera de la nada.

Déjame cantarte un vals acerca de esa adorable y única noche”.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

El inocente (L’innocente, 1976) de Luchino Visconti

Sí, confieso que me quedé hipnotizada por El inocente, la obra póstuma de Visconti. Bella y decadente. Mi mirada no podía alejarse de la pantalla. Estaba absolutamente anodada por el ser más repugnante, decadente y desagradable con el que me he topado últimamente en pantalla grande. Un retrato formidable de un personaje, vuelvo a repetir, muy desagradable con nombre de viejo linaje aristocrático, Tullio Germil (Giancarlo Giannini). Tullio, seductor y amoral y finalmente hombre atormentado y nunca satisfecho, va por una vida de ociosidad, riqueza, comodidades, placeres y conocimientos pero con un vacío existencial que ante el aburrimiento le hace convertirse en hombre cruel y dominado por el lado oscuro.

Visconti, un hombre al final de su vida, que adoraba el cine como arte, eligió como obra póstuma la adaptación de una novela del polémico D’Annunzio, El inocente. El realizador Luchino Visconti mezcla la elegancia, el reflejo de una clase social decadente, el espíritu de una época, su pasión por la música clásica y la literatura y crea una obra bella, una triste despedida.

Como una ópera trágica o un melodrama de época de barroquismo elegante, el realizador italiano se despide de todos con dosis elevadas dosis de belleza y con un retrato extremo de una clase social en decadencia. Un mundo de apariencias y elegancias que se hunde en sentimientos, acciones y pensamientos oscuros.

Junto a Tullio Germil nos encontramos con su ocioso —pero quizá de mirada más limpia o con un sentido más real de su propia inutilidad— hermano Federico, el escritor romántico Filippo D’Arborio, la madre de ambos —una mujer que vive retirada y que representa las antiguas maneras de una clase—, la atormentada esposa de Tullio arrastrada a la desgracia por un marido absorbente y atrapada en un mundo de apariencias y una amante libre que sabe observar, escuchar y jugar las reglas de la apariencia pero con un espíritu observador e inteligente, la condesa Teresa Raffo. En el centro de todo el relato, de toda esta cadena de decadencias, apariencias y desaparición de una clase, el inocente, un bebé.

Visconti nos lleva de la mano a los salones de música también lugares de encuentros y chismes. A los salones donde los hombres practica el deporte elegante de esgrima. A los dormitorios y habitaciones de esta clase ociosa en pleno siglo XIX. A sus hermosas villas y jardines. A sus celebraciones, cenas o misas. Nos deleitamos con la decoración cuidada de las habitaciones, a las hermosas casas, al vestuario exquisito y los peinados femeninos elaborados, a la cuidadosa elección de los colores y tonos en cada tramo de la historia…, para imbuirnos en el espíritu enfermo de Tullio y cómo arrastra, sobre todo, a su esposa Giuliana donde ambos más que darse otra oportunidad de empezar de nuevo se unen en una relación más oscura y enfermiza si es posible. Tan enfermiza y oscura que duele.

La elección del triángulo principal llamó la atención en el momento del estreno. Giancarlo Gianni, actor de coproducciones con Alemania, Francia y España (actor todavía en activo), protagonista de populares comedias en esos momentos, ofrece un trabajo perfecto como artistócrata decadente. Para el papel de la esposa, personaje complejo, Visconti elige a una sex symbol de los setenta producto del periodo del destape, una hermosa Laura Antonelli que borda personaje torturado (actriz de vida trágica y complicada). Y, por último, para la amante reconocemos el rostro moreno y atrayente de la actriz norteamericana Jennifer O’Neill que acababa de enamora a toda una generación en Verano del 42. Y el extraño triángulo, funciona.

Visconti cuenta a través de las imágenes y las miradas. El inocente es una historia de elipsis donde el espectador va desnudando sentimientos e historias ocultas que el mundo de las apariencias sólo deja intuir. Así la historia de amor entre la esposa siempre abandonada y humillada pero nunca libre por Tullio con el escritor romántico sólo es intuida. Sólo les vemos juntos el día en el que se conocen. Y sólo sabemos las consecuencias de su amor cuando descubrimos que Giuliana está embarazada.

Tullio que no tiene reparo en decir a la esposa que desea a Teresa, que no tiene reparo en dejarla una y otra vez pero exigirla que le comprenda y ayude, cuando intuye que su esposa es infiel, es decir, que también es amante, quiere volver a poseerla pero de una manera enfermiza. Tullio rechaza y siente celos enfermos hacia el escritor romántico y hacia el hijo futuro. Piensa que su esposa sólo será de nuevo su posesión si se enfrenta con el padre y si el hijo, se intuye que fruto del amor, desaparece del mapa. Y así nace una nueva relación entre la pareja absolutamente enfermiza. Él desarrolla unos celos extremos y sibilinos y ella entra en el juego de cabeza por miedo a perder lo que ama.

El inocente envuelve por su belleza, su espiritu eligiaco y por el reflejo triste de la decadencia. Emociona ver en los créditos unas manos ancianas, las del propio Visconti, que toman un viejo libro y van pasando las páginas…, que pronto veremos reflejadas en la pantalla.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Recuerdo de una noche (Remember the night, 1940) de Mitchell Leisen

Los reencuentros de Barbara Stanwyck y Fred MacMurray los sitúan como pareja cinematográfica a tener en cuenta. Son tres películas las que nos sirven para enmarcarles como pareja elevada a los altares. Ya habíamos más de una vez la película más recordada de ambos Perdición de Billy Wilder, puro cine negro, y analizado un buenísimo y olvidado melodrama de Douglas Sirk, Siempre hay un mañana. Sus orígenes como pareja hay que buscarlos en esta película de Leisen que mezcla con maestría la comedia romántica y el melodrama con tintes navideños en Recuerdo de una noche, con guión de Preston Sturges. Por ahí hay un western en 3D de los años cincuenta que se llama The Moonlighter y que aprovechó el tirón que tenía la pareja pero parece ser que no con mucho éxito.

La premisa es sencilla: mujer alocada pillada in fraganti en un robo a una joyería, juicio donde el fiscal usa sus artes para poder condenarla, juicio que se aplaza hasta después de las Navidades, mala conciencia del fiscal porque la mujer no puede disfrutar de las fiestas, fiscal que se entera que la mujer es vecina de una aldea cercana a la suya en el estado de Indiana, ofrecimiento del fiscal para llevarla en coche e iniciar un viaje para que pueda pasar las Navidades en su hogar, chica malota que acepta, viaje lleno de aventuras, obstáculos y complicaciones, algunas divertidas otras trágicas, chico y chica se van enamorando profundamente…, y ahí tienen una película.

Con la elegancia habitual de una puesta en escena sencilla pero eficaz por parte de Leisen con momentos brillantes (sobre todo en las escenas de amor y en el uso de los espejos —¡ay, el juego que dan los espejos en el cine—) y con buenos diálogos, Recuerdo de una noche se convierte en algo más que una película simpática y agradable. Es una película de los cuarenta —situense en la época— y de gente normal y corriente. Es una película de relaciones humanas que nunca son sencillas. Con secundarios inolvidables, algunos rozando la caricatura (como el mayordomo del fiscal con rostro de Fred Toones, un actor afroamericano que actuó en más de 200 películas, muchas veces sin acreditar, y muchas veces representando un estereotipo determinado, esta película no es una excepción, es un mayordomo que tiene momentos lúcidos porque se ríe de las rarezas del fiscal condescendiente y la nueva chica que entra en su vida. O el personaje inocente rozando la tontuna del altísimo y peculiar Sterling Holloway, que sería una de las voces más conocidas de los personajes animados de Disney) y con gotas de screwball comedy. La madre y la tía del fiscal que dan todo su calor a la joven ladrona, personajes tiernos, serían personajes llevados a pantalla por dos secundarias de lujo Beulah Bondi  y Elizabeth Patterson.

Como digo la película empieza con tintes de comedia romántica rozando el screwball comedy y película de guerra de sexos en el que se enfrentan la muchacha de mala vida, atractiva, inteligente y pícara con el profesional en un principio cínico y que se las sabe todas pero al final hombre recto e inocente en las lides de la mala vida. Escenas hilarantes como la diatriba que echa al jurado el abogado defensor o el accidentado viaje de los protagonistas con vacas e incendio provocado incluido. Pero según va avanzando el metraje viajamos a una película con tintes trágicos en los que entendemos las motivaciones y la forma de ser de la chica cuando llega a casa de su madre y sólo recibe frialdad, nos metemos de lleno en comedia navideña de que bonito es el amor y la familia (con una madre y una tía que te las comes a besos…, aunque la mamá llega un momento que no ve con muy buenos ojos el amor que nace entre la muchacha y su retoño fiscal pensando que a su hijo le ha costado mucho alcanzar lo que tiene y claro a ver si un mal de amores le va a hacer retroceder todo su recorrido profesional…, pero gracias a esto tenemos una escena preciosa con espejo entre chica y madre de fiscal y un desenlace de órdago) y terminamos en un drama romántico que nos deja escenas de amor y sacrificio dignas del mejor de los melodramas.

Así que no es mala película para descubrir. No es obra maestra pero tiene los suficientes ingredientes y análisis como para disfrutar de una buena tarde. Ah, y claro, está esa pareja genial con química desde el primer momento, Barbara y Fred.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

La carretera (The Road)

Parto de una premisa: debo de ser de las pocas personas en el planeta que no ha leído La carretera de Cormac McCarthy.

Con lo cual me quedo tan sólo con mi mirada a la obra cinematográfica de John Hillcoat espolvoreada con la cámara, los colores y la luz de Javier Aguirresarobe.

Apocalipsis.

Viaje hacia el sur, hacia la costa, de un padre y un hijo.

El padre vive atrapado por la nostalgia, la memoria, los recuerdos… que le van minando y destrozando de un mundo anterior al horror y la destrucción.

Su hijo, un niño, no conoce el mundo anterior a la catástrofe. Su mirada todavía es inocente. Todavía intuye el alma de la gente.

Ambos viajan con el miedo en sus rostros y en su piel.

El padre se convierte en el narrador para el hijo. Y le cuenta que en el mundo hay buenos y malos. Los buenos aún no han perdido la cordura. Los buenos no son caníbales. Los malos, desesperados en una lucha por la supervivencia salvaje e instintiva, no tienen reparo en alimentarse comiendo carne humana y dividen el mundo en cazadores y cazados.

El padre siempre continuamente le recuerda al hijo dos cosas: nunca debe caer en las manos de los caníbales. Por eso no se separan de una pistola con dos balas. Y el padre le enseña que debe meterse el cañón en su boca y dispararse.

Y la otra cosa es que nunca deben dejar que el fuego se apague. Siempre deben llevar el fuego a todas partes. Siempre. Y ese fuego está en el interior de ambos.

Luchar y vivir.El padre atormentado sobrevive y protege. Su hijo es su dios o su ángel. Aquello que le aferra a la vida. Aquello que le hace abrir los ojos a una esperanza en el caos. Aquello que le hace no caer en la locura ni dejarse arrastrar por los recuerdos y la nostalgia.

Los recuerdos tienen forma de una esposa a la que amaba que optó por el suicidio ante un mundo en el que no veía salida. Los recuerdos tienen forma de un piano que ha dejado de sonar.

El padre y el niño viajan en un mundo asolado donde apenas queda vestigio de vida. Los colores son grises. Los árboles caen porque están muertos. Las casas están vacías o esconden el terror. Los pájaros sólo aparecen en los libros. En los edificios asolados no quedan ni fantasmas.

El padre y el hijo en la desolación siempre se quieren. Y a veces a pesar del hambre, del frío, del cansancio…, su fuego interior les brinda momentos de esperanza. Y entonces encuentran una lata roja de una bebida del pasado, con burbujas, y el padre se la quiere regalar al hijo y el hijo quiere compartirla con el padre.

Otro día divisan un arcoiris reflejado en una cascada. Y el padre invita al hijo a darse un baño bajo el agua.

Y el padre es un hombre hermoso.

Y el hijo tiene una mirada que desnuda.

A veces se cruzan con seres humanos. Pero la desconfianza les hace viajar solos. Porque esos humanos pueden ser de los malos, de los caníbales, y pueden convertirse en cazados. Mejor no indagar. Aunque un día encuentran a un hombre viejo…

Llegan al sur y el mar no es azul.

El padre llega un momento en que no puede más. Las fuerzas le abandonan. Y se lo dice al pequeño. No puede luchar más. Ha llegado al límite. Y el niño le cuida. El padre cierra los ojos. Muere.

El niño coge la pistola, besa al padre, le tapa y continúa el viaje. Como dice el padre sigue hacia el sur, lejos de la carretera. Sin que su fuego, todavía, se apague. Le promete al padre que no habrá olvido.

(Nota: así hubiera sido para mí el final ideal. Lo que viene después de esta escena yo prefiero olvidarlo. Me rompe el espíritu de esta historia).

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Los inconquistables (Unconquered, 1947) de Cecil B. DeMille

Sigamos con Cecil B. DeMille y nos vamos a una de aventuras. Como muchas películas de época prima el espectáculo y el entretenimiento sobre la veracidad histórica. Los inconquistables transcurre unos años antes de la guerra de la independencia americana, en concreto, allá por el año 1763.

El punto de partida es cuando a nuestra heroína por un juicio en Gran Bretaña durante el reinado de Jorge III la hacen elegir entre la muerte en la horca o vivir como esclava al otro lado del océano, en las nuevas tierras, durante catorce años. Nuestra heroína se llama Abigail “Abby” Martha Halle y tiene el hermoso rostro de una Paulette Goddard en todo su esplendor. Su elección es evidente: esclavitud y posibilidad de una nueva vida al otro lado del océano.

Y aquí DeMille ya dispara sus armas mejor empleadas: espectacularidad a raudales, montañas de aventura y dinamismo, violencia y sexo. Y así surge una divertidísima y amena película. Dejando, claro, está la historia verídica al margen.

Con esto quiero decir que, por ejemplo, ya se acercaba el periodo en que varias películas de Oeste variarían la imagen histórica de los indios en América del Norte. Que ya no se les representaría como colectivo enemigo anónimo y que cada vez se trataba de reflejar cómo el pueblo indio trató de defender sus territorios y sus tradiciones frente un hombre blanco que arrasaba y conquistaba el oeste, la nuevas tierras. Cada vez se daba más protagonismo a los indios y a sus jefes con una personalidad independiente y se trataba de explicar los motivos de la lucha y la desaparición de un pueblo. Los ejemplos empezarían a ser múltiples: Flecha rota (1950), Hondo (1953) o Apache (1954). DeMille, sin embargo, en Los inconquistables presenta al pueblo indio al borde de la caricatura, pueblo fácilmente manipulable, al borde del primitivismo frente a los colonos, y muy violentos. Es suficiente con ver la representación del gran jefe indio con cara de Boris Karloff. El único personaje indio un poco más trazado es una mujer india absolutamente enamorada de un hombre blanco manipulador y malvado que la trata con desprecio más cuando su objetivo es poseer a la esclava protagonista. Esa mujer india se moverá por el amor, los celos y la venganza (no obstante era un papel de entidad para que lo representara la hija adoptiva del realizador, Katherine DeMille, señora de Anthony Quinn).

El héroe de la función será otro de los héroes fetiches de DeMille (protagonizaría bajo las órdenes del director Buffalo Bill, Policía Montada del Canadá o Por el valle de las sombras). El hombre bello y galán, el héroe libre, valiente y audaz pero tímido y torpe con las mujeres más hombre tremendamente romántico una vez que pierde su timidez inicial: Gary Cooper, siempre bello. Él es el capitán Holden. Y el erotismo y la química está servida. Impagables, Gary y Paulette.

DeMille, por otra parte, construye otros personajes que enriquecen la trama con actores secundarios de valía. Así el oponente de Cooper y su rival en el amor no es otro que un comerciante que juega a un doble juego entre indios y británicos y que juega a acumular poder aunque tenga que provocar guerras y mover fronteras que beneficien sus negocios. Ahí tenemos a un genial malvado con rostro de Howard da Silva.

El mejor amigo de Cooper no podía ser otro que uno de los siempre creíbles personajes aventureros y rudos que representaba como nadie Ward Bond, secundario fetiche de múltiples películas de Ford, Capra o Hawks. Y el cómplice de Goddard no es otro que el hombre de rostro entre bondadoso y pícaro con rasgos de Cecil Kellaway (actor de carácter con interpretaciones presentes en la memoria cinéfila como el marido de El cartero siempre llama dos veces o como el cura católico de Adivina quién viene esta noche).

Así DeMille se mete de lleno en película que cuenta con escenas donde prima el humor, el amor, el sexo o la aventura con altas dosis de adrenalina y sin falta de una explícita violencia. Escenas que no dejan respirar ni un segundo al espectador dejándoles al borde del agotamiento y el entusiasmo. Como escena divertida tenemos al principio la forma que tiene el héroe Cooper de participar en la subasta improvisada en el barco de la esclava protagonista rivalizando contra el malo de la función que cada vez que ofrece una cantidad, él tan sólo ofrece seis peniques más poniendo de los nervios al altivo comerciante. Cooper, por supuesto, tiene claro siempre que la esclavitud no es una opción de vida.

Como escena de violencia explícita con grandes dosis de sexualidad tenemos ni más ni menos que a nuestra heroína atrapada en una tribu india. La desnudan dejándola en sensual combinación blanca con los hombros al aire, la atán entre dos palos mientras ella se retuerce del pánico al ver su posible muerte lenta…, quemada…, claro, los indios no cuentan que pronto llegará el inteligente Cooper que él solito se bastará para salvar a la dama.

Tenemos incluso emocionante descenso en cano por un río de esos salvajes que cuenta con rápidos y cascada incluida. Nuestra pareja protagonista no sólo tienen que sortear a sus seguidores, un montón de indios en canoas, sino también las inclemencias de la naturaleza.

No faltan los enfrentamientos y sufrimientos de los colonos ante la violencia salvaje de los indios. Como esa madre con su hija sangrienta y herida en los brazos que irrumpe en una fiesta elegante para avisar el asedio que ha sufrido su fuerte por parte de los indios. O las batallas finales en toda su virulencia.

Los inconquistables no decae ni un segundo, así podríamos señalar el ritmo que siempre suele imprimir DeMille en sus producciones de tal manera que el aburrimiento es misión imposible. Así como el cuidado del realizador a la hora de la ambientación de época en vestuarios, localizaciones, armas…

Prepárense, empieza el espectáculo…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Tres películas

Shutter Island de Martin Scorsese

Siempre que Martin Scorsese estrena película, trato de no perdérmelo. Shutter Island combina una historia de cine policiaco con tinte de género negro aromatizado con gotas de terror e inquietud e impactante viaje hacia la locura.

Scorsese deja película inquietante, que adapta la novela del mismo título de Dennis Lehane, escritor del que se han adaptado ya a pantalla gigante otras dos obras literarias dando como resultado Mystic River de Clint Eastwood y Adiós pequeña, adiós de Ben Affleck.

Shutter Island es también Leonardo DiCaprio como Teddy Daniels, agente federal con el que viajamos al infierno. DiCaprio muestra esa faceta que cada vez realiza mejor entre duro, violento y a la vez vulnerable.

Shutter Island es la propia isla y el centro psiquiátrico donde transcurre la historia. El paisaje y el edificio es otro protagonista más. Como la casa de Psicosis o el hotel de El Resplandor.

Shutter Island es una recreación llena de pesadillas angustiosas con una fuerza visual que te envuelve.

Es un viaje al miedo, al terror y la duda constante. Un viaje sin retorno. Los que más pánico dan.

Todo aderezado con una música tronante, como aquellas películas de terror, que forma parte de la atmósfera paranoica de la historia.

Shutter Island es un viaje a un mundo enfermo.

Shutter Island es un largo recorrido, que no tiene fin, hacia los laberintos de la salud mental muchas veces presente en la obra de Scorsese. Desde Taxi Driver, pasando por El cabo del miedo (remake), rodeando El aviador, revoloteando por Casino, corriendo en Gangs of New York y haciendo parada angustiosa en esa isla-personaje.

Precious de Lee Daniels

Precious roza siempre el borde de desembocar en otra de Estrenos TV. En convertirse en película lacrimógena de sobremesa. Lo roza pero no lo alcanza.

Tiene situaciones y personajes de este tipo de películas (que saben hacer algo fenomenal aparte de a lo mejor echar una cabezada despertar y no perderte algunas hasta te enganchan). Menciono: personajes guays que si los quitaras de la obra nada pasaría (dícese ese enfermero con cara de Lenny Kravitz, el muchacho es encantador todo hay que decirlo pero una se pregunta qué hace ahí). Historia de superación, adolescente desgraciada entre las más desgraciadas encuentra una profesora-princesa y un grupo de alumnas rebeldes (los personajes más esteriotipados) que se convierten en amigas y alumna logra una sonrisa. Encadenar serie de desgracias en cascada que te hace tener la caja de pañuelos de papel a mano con peligro de ahogo. Niños desamparados…

Pero ¿qué hace que Precious no se convierta en un mero producto Estrenos TV? Lee Daniels y su guionista (que adaptan la novela Sapphire que dicen los que la han leído que es más dura todavía que la película) crean una relación que te hiela la sangre y sus protagonistas se meten en la piel de sus personajes haciéndolos creíbles. Esa madre y esa hija te cortan la respiración en varias escenas (Gabourey Sidibe y Mo’Nique) que hacen que incluso Mariah Carey sea creíble en su rol de trabajadora social.

El Solista de Joe Wright

Un director que hasta ahora a mí me ha transmitido y mucho en Orgullo y prejuicio y Expiación. Dos buenos actores dramáticos Robert Downey Jr y Jamie Foxx y una actriz interesante como Catherine Keener. Una historia atractiva que refleja otra cara de la sociedad que muchos olvidan. Beethoven. Una realización más que correcta…

El Solista tenía todos los ingredientes para una buena obra cinematográfica pero no estalla en todo su esplendor. Se queda en el camino. Es obra correcta que roza la carencia de emoción cuando la emoción es su esencia.

La relación real entre un periodista y un sin hogar enfermo mental no estalla. Y es de esas historias que lo piden a gritos. Me vienen a la cabeza historias como El espantapájaros, Cowboy a medianoche, De ratones y hombres (la versión de Gary Sinise), Ángeles sin cielo…, películas que te dejan tocado, hundido y emocionalmente temblando (y, ojo, ninguna es perfecta pero logran convertirse, por lo menos a mí, en inolvidables) porque crees en la relación de amistad de dos hombres distintos en situaciones duras…

Lo que no le niego a El Solista es que plantea temas siempre interesantes que la convierten en buena historia para tertulia. A mí particularmente el tema que más me tocó es cómo, a veces, con la mejor buena fe del mundo hombres y mujeres tratan de echar una mano, de poner solución o encaminar la vida de otros hombres y mujeres sin ni siquiera escucharles o tener en cuenta lo que tratan de decirte con palabras o con la mirada. Y lo importante que es al final, aunque parezca poco, establecer una relación absolutamente horizontal y de aceptación de uno y otro, de otro y uno (esto que parece lo más sencillo es de las cosas más complicadas de la vida).

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