La carretera (The Road)

Parto de una premisa: debo de ser de las pocas personas en el planeta que no ha leído La carretera de Cormac McCarthy.

Con lo cual me quedo tan sólo con mi mirada a la obra cinematográfica de John Hillcoat espolvoreada con la cámara, los colores y la luz de Javier Aguirresarobe.

Apocalipsis.

Viaje hacia el sur, hacia la costa, de un padre y un hijo.

El padre vive atrapado por la nostalgia, la memoria, los recuerdos… que le van minando y destrozando de un mundo anterior al horror y la destrucción.

Su hijo, un niño, no conoce el mundo anterior a la catástrofe. Su mirada todavía es inocente. Todavía intuye el alma de la gente.

Ambos viajan con el miedo en sus rostros y en su piel.

El padre se convierte en el narrador para el hijo. Y le cuenta que en el mundo hay buenos y malos. Los buenos aún no han perdido la cordura. Los buenos no son caníbales. Los malos, desesperados en una lucha por la supervivencia salvaje e instintiva, no tienen reparo en alimentarse comiendo carne humana y dividen el mundo en cazadores y cazados.

El padre siempre continuamente le recuerda al hijo dos cosas: nunca debe caer en las manos de los caníbales. Por eso no se separan de una pistola con dos balas. Y el padre le enseña que debe meterse el cañón en su boca y dispararse.

Y la otra cosa es que nunca deben dejar que el fuego se apague. Siempre deben llevar el fuego a todas partes. Siempre. Y ese fuego está en el interior de ambos.

Luchar y vivir.El padre atormentado sobrevive y protege. Su hijo es su dios o su ángel. Aquello que le aferra a la vida. Aquello que le hace abrir los ojos a una esperanza en el caos. Aquello que le hace no caer en la locura ni dejarse arrastrar por los recuerdos y la nostalgia.

Los recuerdos tienen forma de una esposa a la que amaba que optó por el suicidio ante un mundo en el que no veía salida. Los recuerdos tienen forma de un piano que ha dejado de sonar.

El padre y el niño viajan en un mundo asolado donde apenas queda vestigio de vida. Los colores son grises. Los árboles caen porque están muertos. Las casas están vacías o esconden el terror. Los pájaros sólo aparecen en los libros. En los edificios asolados no quedan ni fantasmas.

El padre y el hijo en la desolación siempre se quieren. Y a veces a pesar del hambre, del frío, del cansancio…, su fuego interior les brinda momentos de esperanza. Y entonces encuentran una lata roja de una bebida del pasado, con burbujas, y el padre se la quiere regalar al hijo y el hijo quiere compartirla con el padre.

Otro día divisan un arcoiris reflejado en una cascada. Y el padre invita al hijo a darse un baño bajo el agua.

Y el padre es un hombre hermoso.

Y el hijo tiene una mirada que desnuda.

A veces se cruzan con seres humanos. Pero la desconfianza les hace viajar solos. Porque esos humanos pueden ser de los malos, de los caníbales, y pueden convertirse en cazados. Mejor no indagar. Aunque un día encuentran a un hombre viejo…

Llegan al sur y el mar no es azul.

El padre llega un momento en que no puede más. Las fuerzas le abandonan. Y se lo dice al pequeño. No puede luchar más. Ha llegado al límite. Y el niño le cuida. El padre cierra los ojos. Muere.

El niño coge la pistola, besa al padre, le tapa y continúa el viaje. Como dice el padre sigue hacia el sur, lejos de la carretera. Sin que su fuego, todavía, se apague. Le promete al padre que no habrá olvido.

(Nota: así hubiera sido para mí el final ideal. Lo que viene después de esta escena yo prefiero olvidarlo. Me rompe el espíritu de esta historia).

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

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