Prisioneros (Prisoners, 2013) de Denis Villeneuve

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… Un padre nuestro es lo primero que escuchamos en un paisaje nevado mientras observamos a un ciervo tranquilo y apacible. Pero ya sentimos la inquietud del momento. Y no nos equivocamos, el ciervo va a ser abatido por un padre e hijo cazadores… Y ése es el sentimiento que persigue toda la película, bajo un aparente clima de frialdad, tranquilidad y equilibrio un mundo oscuro y subterráneo que mina y aprisiona a los protagonistas.

En su primera película norteamericana el canadiense Denis Villeneuve sigue una tradición cinematográfica norteamericana con muy buen tino: una comunidad aparentemente tranquila y serena que se resquebraja y hace surgir lo oscuro de la naturaleza humana. Así Prisioneros parte de un suceso para el que nadie está preparado: el secuestro de dos niñas y a partir de ahí el descenso a los infiernos de sus dos ‘héroes’: el padre de una de las niñas y el detective de la policía que se encarga de la investigación. Y los dos por caminos diferentes, y en el mismo tiempo, llegarán a la resolución del caso con consecuencias muy diferentes sobre sus vidas.

El padre (Hugh Jackman) es como si fuera el Dios del Antiguo Testamento —una sobreprotección a los suyos que rige su vida y le conduce a la autodestrucción, camina por el ojo por ojo diente por diente—  y el detective policía (genial Jake Gyllenhaal, que este mismo año ha protagonizado otra película del director, Enemigo) es el héroe pagano que busca la redención a su soledad autoimpuesta tratando siempre, con una meticulosidad obsesiva, de llegar a la solución de los casos que le encargan.

El padre de familia alberga los mismos miedos (y que le hacen ser y actuar como lo hace) que el padre de familia de la interesante Take Shelter de Jeff Nichols… los dos personajes podrían ser hermanos. Y el detective de la policía es el tipo solitario que ha tenido una vida perra (que sólo intuimos por pinceladas bien dadas) pero que se vuelca en su trabajo para poder creer en algo (en que todo caso puede ser resuelto y solucionado)… Y las peripecias de ambos hombres van en paralelo hasta que confluyen en el mismo punto (pero sus recorridos han sido muy diferentes). Su relación se construye a base de desencuentros… juntos nunca están relajados pese a que su objetivo es el mismo: encontrar a las niñas.

Prisioneros es un thriller desolador que camina entre controversias morales complejas y unas creencias arraigadas que se convierten en enfermizas. Bajo la apariencia de familias felices, surgen los instintos más bajos en momentos extremos. Y en comunidades apacibles, habitan miedos que vomitan monstruos. Monstruos enfermos y aprisionados. Cada uno busca su medicina como puede. Pero a veces la medicina siembra el caos, el dolor y la destrucción. Y vienen a nuestra cabeza otros thrillers que tomaron este camino perturbador con historias que se quedaron en nuestras cabezas así recordamos Mystic River, Seven, Zodiac, Adiós pequeña, adiós o Arlington Road.

Denis Villeneuve se rodea de un buen elenco de secundarios (Paul Dano, Viola Davis, Maria Bello, Terrence Howard, Melissa Leo…) y además se sirve para su hipnotizadora puesta en escena del buen trabajo del director de fotografía Roger Deakins para crear una atmósfera asfixiante y fría que hace que surja una historia tensa e inquietante desde el minuto uno, sin desfallecer un segundo.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

El mayordomo (The butler, 2013) de Lee Daniels

Escribir sobre El mayordomo es todo un reto. Porque es una película que genera debate tanto para mal como para bien. Enfrentarse a ella posibilita dos miradas posibles y a la vez contrarias.

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Mirada políticamente correcta

Una película que reúne todos los ingredientes para hacer carrera en la ceremonia de los Oscar. Una historia dramática a lo largo de varias décadas con unos personajes que envejecen (los miembros de una familia) y que viven distintos acontecimientos históricos. Un reparto de estrellas interminable, los hermanos Weinstein en la producción, Oprah Winfrey no sólo como actriz en papel para nominación sino que también contribuirá a que no pase desapercibida…

Saber dónde poner la música en el momento adecuado para lágrima precisa o el montaje de escenas que pondrá los pelos de punta al espectador. Todo envuelto en una narración cinematográfica correcta, clásica, sin innovar o arriesgarse en exceso pero con alguna puesta en escena llamativa.

Personajes estereotipados pero con rostros identificables por los espectadores que van narrando de manera muy simplificada el paso de varios presidentes norteamericanos frente la Casa Blanca hasta terminar la narración en Obama. El presidente joven y bueno (Kennedy), el presidente espectáculo (Reagan y su esposa), el presidente con problemas de estreñimiento…

Mezclar perfectamente el drama histórico y el íntimo y personal. Centrarse en un tema del que ahora están surgiendo varias películas con distintas visiones (que dan para realizar un interesante ensayo. A la espera de que se estrene 12 años de esclavitud de Steve McQueen): la historia de los afroamericanos (centrándose en EEUU). Los problemas políticos, sociales y raciales…, la lucha por la consecución de derechos políticos, sociales y civiles… Todo reflejado a través de una familia negra donde el padre entra a trabajar como mayordomo en la Casa Blanca. Además de los problemas raciales a los que deben enfrentarse tienen los propios de cualquier familia enfrentamientos padres e hijos o una madre coraje con problemas de alcoholismo.

Todos estos asuntos pintan una película a la cual da pereza enfrentarse, políticamente correcta, sin riesgo alguno, incluso tramposa en el sentido de emplear todas las armas para emocionar y hacer llorar al espectador. También puede enfadar a otro tipo de espectadores por la simplificación de la historia y la representación estereotipada de los presidentes y sus políticas. A otros les puede parecer tópica, típica y por eso anodina y aburrida… pero…

Mirada no tan políticamente correcta

Lee Daniels ofrece pinceladas interesantes y no tan estereotipadas sobre esa otra historia de los EEUU protagonizada por los ciudadanos negros. El mayordomo tiene un punto fuerte: la relación entre padre e hijo y sus dos maneras de enfrentarse a la cuestión racial. Además el espectador entiende a los dos personajes y sus dos posturas. Dos posturas que terminan encontrándose en un momento clave de la película donde padre e hijo se unen, tras el distanciamiento de años y años, en una manifestación. Y Lee Daniels consigue una relación auténtica y creíble que refleja verdad, te la crees (no ocurrió así con Precious, película que me generó tal antipatía hacia el director que no pensé que volvería a atreverme a ver una película suya).

Hay varios matices interesantes:

-En un momento de la película Luther King habla sobre el servicio negro, donde entraría el mayordomo protagonista, y explica que ha representado una subversión invisible.

Así Forrest Whitaker en su representación del mayordomo (de la mano de Lee Daniels y la historia que quiere contar) da la vuelta al estereotipo de los tíos Tom y las Mammy (que representó, entre otras, la actriz Hattie McDaniels)… y se aleja también de los controvertidos personajes (pero a la vez ricos en matices e interesantes para el análisis) que tienen el rostro de Samuel L. Jackson o Danny Glover en Django desencadenado y Manderlay.

El personaje de Forrest Whitaker se convierte en símbolo de esa subversión invisible donde un montón de profesionales del servicio trataban de sobrevivir y de relacionarse con aquellos que les rechazaban haciendo su trabajo con profesionalidad y demostrando día a día su valía y dignidad. De esta manera estaban siempre en sus vidas, en silencio, pero mostrándose al descubierto y demostrando la debilidad y pobreza de los argumentos de aquellos para los que trabajaban para mantener un sistema basado en la injusticia y la desigualdad de oportunidades. Luchando por la igualdad de oportunidades desde dentro, desde esos que les atacaban día a día, intentando lograr derechos laborales y el reconocimiento de sus trabajos.

-El hijo mayor muestra esa juventud que tenía más prisa por el cambio y la transformación y que va evolucionando en sus formas y maneras de lucha contra la injusticia. La primera inspiración es Gandhi. Luchar desde la resistencia pasiva. Un arma de una fuerza increíble pero con unas consecuencias durísimas para el que lucha por sus derechos. Y después cómo el desgaste, el cansancio, la muerte y humillación de otros compañeros de lucha y la suya propia condujo también a posturas más radicales de ruptura total del diálogo y de acercamiento con el otro. El odio genera más odio. Para finalmente llegar a una forma de lucha intermedia entre la resistencia pasiva y las posturas más radicales: la militancia y la consecución de los derechos y deberes asumiendo cargos de responsabilidad que permita la toma de decisiones, la transformación y el cambio. La muestra de todas estas formas de luchas y evoluciones dan como fruto una transformación real (un camino que todavía continúa).

-Con la historia del padre, el mayordomo, el espectador entiende totalmente la evolución del personaje. Refleja un episodio traumático de su infancia y cómo empieza a ser un ‘negro doméstico’ (término obviamente que sale de la boca de la propietaria de una plantación). El mayordomo viene de una familia esclava que trabaja el algodón en una plantación sureña. Él, un niño despierto y rebelde, ve cómo su padre recibe un tiro en la cabeza cuando se enfrenta al hijo blanco de la dueña de la plantación que acaba de violar a su madre (porque le apetecía). Así el niño intuye cómo si quiere sobrevivir tiene que presentar dos rostros (otra teoría de lucha muy bien reflejada en la película), una cara para el trabajo que desempeña (que le facilita poder vivir mejor que sus padres y poder dar una mejor vida a los suyos) entre aquellos que le oprimen y otra en su interior y en su intimidad, que mejor oculta incluso ante los que más quiere (familiares y amigos). Cuando se da cuenta de que en realidad está más cerca de lo que su hijo plantea y piensa… es cuando estos dos rostros se enfrentan (chocan) cuando es invitado por el presidente Reagan a una cena y se siente que forma parte de un espectáculo en el que no quiere participar sobre todo cuando ve las políticas en cuestiones raciales del presidente (y su postura frente el apartheid)… Así el protagonista quiere que salga su otro rostro, su identidad, su yo. Ya ha luchado demasiado en silencio. Quiere mostrar libremente la vena que hizo que su padre muriera de un tiro en la cabeza…

-En una de las cenas familiares más tensas donde chocan las maneras de enfrentarse al tema racial de manera más radical entre padre e hijo (arrastrando a la madre y al hijo pequeño, bonito personaje), todo estalla por el actor del momento y una discusión sobre la representación del hombre negro en el cine: Sidney Poitier. Mientras que para el padre, la madre y el hermano pequeño es un orgullo el tipo de personajes que está llevando a cabo el actor (cómo están siendo representados en pantalla) y les gusta las películas en las que sale (en concreto hablan de En el calor de la noche y Adivina quién viene esta noche) para el hermano mayor y la novia, Sidney Poitier y sus personajes refleja al negro que los blancos quieren que sean (es la representación del hombre negro según la mentalidad de los blancos)… No es más que un sometimiento más, que una realidad irreal que les priva de libertad y de identidad.

-Y por último Lee Daniels muestra esa herida abierta que dejó la esclavitud y la vida en las plantaciones. Y hace que el personaje de Forrest Whitaker vaya a visitar junto a su esposa a la plantación de su infancia y recuerde que se habla de los campos de concentración y cómo se vivía ahí (cómo quitaban a las personas no sólo la vida sino también la dignidad. Y cómo cada día era una humillación continua)… para él el paso por la esclavitud y las plantaciones es similar en daños al que se vivía en los campos de concentración. Y eso deja secuelas y heridas…

Es por esta segunda mirada llena de matices y que permite el debate y el análisis por la que El mayordomo me atrapó como espectadora.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

La gran familia española (2013) de Daniel Sánchez Arévalo

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Sentí una enorme conexión con La gran familia española sin necesidad de que esa familia que se refleja en la pantalla se identifique con la mía…, sentí una conexión emocional. Cuando era pequeña, muchos domingos por las mañanas, mis padres nos despertaban (a mis hermanos y a mí, somos cuatro) con un disco de vinilo a todo volumen: Siete novias para siete hermanos (Seven brides for seven brothers, 1954) de Stanley Donen. Además de levantarnos con un buen rollo increíble, olía a desayuno rico, tortilla francesa con bonito… Mis padres, mis hermanos y yo vimos en un montón de ocasiones este musical. Y a mí me gustaba muchísimo. Secretamente me gustaban uno o dos hermanos a los que veía guapísimos… Me daba una alegría increíble… Cuando ya fui algo más mayor me siguió fascinando pero me sorprendió que me creyera los escenarios de cartón piedra, que no me diera cuenta de lo artificial. Recuerdo que en varias ocasiones, cuando no me quería ir de un sitio o que unas vacaciones terminasen (o cuando quería huir y que no me encontrasen) siempre pensaba: ojalá caiga una avalancha o que nieva mucho y nos quedemos incomunicados… recordando esos hermanos que secuestraban a las novias y se quedaban allí en la montaña, incomunicados del mundo… buscando su propia felicidad.

Así que ya desde el principio La gran familia española me tenía ganada… porque Siete novias para siete hermanos juega un gran protagonismo. Es de esas películas que generan buen rollo… es como si Daniel Sánchez Arévalo dijera que a pesar de que estemos hechos una mierda y vivamos en un mundo que se derrumba, no perdamos la oportunidad de vivir momentos felices y alegres…, de reírnos y de querer a la gente cercana que nos hace sufrir (porque los amamos con locura) pero también nos ofrecen buenos momentos. La familia de la película siempre está a punto de derrumbarse pero a la vez se reinventa sus lazos. Así La gran familia española es una tragicomedia con unas gotas de screwball comedy con su locura correspondiente.

Y ésa es su única función… que sigamos las alegrías y desgracias de cinco hermanos (que se llaman como los personajes de la película favorita del padre, el musical de Donen… por orden alfabético y nombres bíblicos) y salgamos con una sonrisa entre tierna y melancólica pero con unas ganas increíbles de seguir en el día a día con nuestras alegrías y penas.

Es de esas películas vitalistas que sirven de medicina para pensar que merece la pena seguir intentándolo. Como cuando el personaje de Woody Allen entra en la sala de cine desesperado y termina disfrutando de una película de los hermanos Marx en Hannah y sus hermanos desapareciendo su angustia vital. O como ese O’Sullivan que después de su viaje más duro es consciente de lo importante que es hacer películas que tan sólo hagan reír… O esa pequeña mujer desgraciada en la depresión de los 30 que solo encuentra consuelo y un poco de felicidad refugiándose en la sala de cine (de nuevo Allen).

Daniel Sánchez Arévalo contagia buen rollo con las vicisitudes de esa familia disfuncional que a la vez está unida por lazos fuertes… y que se enfrentan al amor, la depresión, la huida, la vida, la muerte, las discusiones, las envidias, las alegrias, desgracias y la desesperación con un punto de locura, una boda que nunca se termina y una reunión muy especial con una película de las de siempre…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Programa doble de verano: Un invierno en la playa (Writers, 2013) de John Boone / Guerra mundial Z (World War Z, 2013) de Marc Forster

Una película de un debutante (dirección y guion) y otra de un cineasta con una interesante carrera cinematográfica a sus espaldas. Dos propuestas para el verano. Ninguna de las dos cambiará la historia del cine pero sí son capaces de proporcionar una buena tarde veraniega (y eso no es fácil). Una apela a las relaciones familiares, a los distintos tipos de amor y a la creación literaria. La otra a un mundo apocalíptico con zombis de por medio. Ninguna presenta innovación alguna sino temas y estructuras ya vistas y ‘vividas’ en las pantallas de cine pero ambas muestran que se pueden contar bien historias ya sabidas.

Un invierno en la playa (Writers, 2013) de John Boone

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Un invierno en la playa transcurre en un año, entre dos comidas de Acción de Gracias, y nos cuenta la crónica sentimental de la familia Borgens. Así la película forma parte de la tradición de tragicomedias sobre familias casi disfuncionales que superan obstáculos. Ni contigo ni sin ti. Me vienen a la cabeza títulos como A casa por vacaciones de Jodie Foster, Pequeña Miss Sunshine o Los descendientes. La mayoría de los Borgens son escritores (éste es el título original de la película, creo que más adecuado) y la creación literaria les sirve para expresar sus miedos y vivencias… y seguir en el día a día.

Cuando empieza el año el padre lleva tres años separado de su mujer pero todavía con la esperanza de que va a regresar. Ella se fue con otro. Pero él espera… y no escribe. Se dedica a ‘vigilar’ la vida de su ex por una de las ventanas de su nuevo hogar y de vez en cuando se acuesta con su vecina, una activa y joven mujer casada. También está pendiente de sus dos hijos: un adolescente que vive con él y una joven hija que ya es universitaria… los dos tienen maneras distintas de vivir el amor en un año que será crucial. Él está enamorado de una chica de su clase que arrastra problemas con las drogas. Es tímido y romántico… y un amante de las novelas de Stephen King. Ella prefiere el sexo al amor, no comprometerse nunca. Dice que es realista. Está muy enfadada y resentida con su madre. Y además va a publicar su primera novela… y va a conocer a un chico que no quiere sólo sexo con ella…

Y así entre el amor y el desamor transcurre Un invierno en la playa con buena banda sonora de fondo y una galería de actores absolutamente creíbles. El matrimonio Borgens está formado por Greg Kinnear y Jennifer Connelly (a mi parecer saca adelante el papel más complejo. Ella es la ‘musa’ de la familia pues a parte de ser la única que no crea, es la que desestabiliza el ‘orden’ familiar… y la que hace que todos sufran su personal transformación… incluida la propia). Los hijos tienen los rostros de Lily Collins y Nat Wolf y te los crees absolutamente como jóvenes adolescentes en fase de descubrir la vida. Y pese que las sorpresas de argumento son más bien pocas, sin embargo, el espectador se siente enganchado a cada uno de los personajes y a sus avatares amorosos… mientras pululan en una playa que se convierte en testigo de sus vicisitudes (y tópicos, sí no os voy a engañar). Así en un año cada uno de los miembros de la familia Borgens tiene un recorrido y una transformación. Un cuento familiar con final feliz donde no hay sitio para la desgracia o la mala baba y el cinismo… Y que queréis que os diga, a veces, apetece uno de estos finales. Aunque lo sepas desde el principio… pero te alegra enormemente que suene el teléfono y que llamen a la puerta.

Guerra mundial Z (World War Z, 2013) de Marc Forster

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Siento debilidad por Marc Forster. Es uno de esos directores a los que a partir de una película les guardo fidelidad cada vez que estrenan en la sala oscura. Forster lo que toca sabe darle un toque especial, sabe rodarlo y dirigir bien aunque los últimos derroteros de su carrera me han desconcertado (de un cine intimista a cine de acción pura). Así Guerra mundial Z es más que el blockbuster del verano y más que todos los rumores que han rodeado su rodaje (digno de formar parte de los míticos rodajes infernales. Además los fans de la novela que adapta se han mostrado más que desencantados)… queda una película apocalíptica y de catástrofes con zombis (la metáfora estrella del siglo XXI sobre el futuro comportamiento de la humanidad) de fondo y la lucha de una familia (de nuevo otra familia) por sobrevivir en el caos. Dentro de esos argumentos que no varían demasiado nos encontramos con otro héroe a su pesar (con el rostro del actor y productor Brad Pitt) y con una ‘aventura apocalíptica’ que no deja un respiro al espectador. Desde la primera escena toma un ritmo vertiginoso y ya no te suelta hasta un final que es sólo un principio.

Así Marc Fosters hace que el espectador no pueda respirar tranquilo ni un solo segundo. Primero es un embotellamiento de tráfico misterioso, después nos vamos a una Corea fantasmal, desembocamos en Israel, volamos en un avión infectado y acabamos en un hospital donde quizá haya una mínima esperanza… Los humanos se transforman en zombis y se comportan como un ejército de hormigas que no dejan a nadie en el camino… Es una plaga que se extiende sin piedad, la naturaleza no perdona. Y el héroe tiene que encontrar el antídoto antes de que todos se conviertan en zombis…

Así Guerra Mundial Z forma parte de un subgénero —donde los protagonistas son los zombis (o seres más que extraños pero que les gusta comer carne humana)— que está resucitando con fuerza en este siglo con películas (con referentes literarios) como La carretera, Soy leyenda, Zombieland… donde las metáforas que pueden crearse son potentes. Así vemos ese Israel militarizado que se ha convertido en un estado-muralla donde la obsesiva seguridad no vale de nada y donde se advierte que se han equivocado siempre de ‘enemigos’.

Yo estuve durante toda la proyección en tensión… no pude estar tranquila ni un sólo segundo. Desde ese embotellamiento de tráfico hasta ese paseo por los pasillos de un hospital lleno de amenazas… pasando por ese avión donde algo ocurre tras las cortinas.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Odio entre hermanos (House of strangers, 1949) de Joseph L. Mankiewicz

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A veces basta una sola secuencia para sentirte atrapada ante la visión de una película. En Odio entre hermanos ocurre. Y sólo por esa secuencia ya sabes que Mankiewicz además de escribir buenos guiones sabe emplear de manera prodigiosa el lenguaje cinematográfico y sobre todo un recurso que emplea muy bien (y no es fácil) en alguna de sus películas más inolvidables: el flashback.

Odio entre hermanos nos hace conocer a Max (Richard Conte). Nos enteramos que acaba de salir de la cárcel. Que lleva siete años encerrado… Y que siente un especial resentimiento contra sus tres hermanos. Se nos va dosificando la información. Su padre ausente, omnipresente en varios retratos, era dueño de un banco que ahora regentan los tres hermanos. Max llega exigiendo a sus hermanos el tiempo perdido. Y se percibe desde el principio una tensión insoportable. También descubrimos a Irene (Susan Hayward), una mujer ajena a la familia que ama a Max y le ha esperado. Una mujer que trata de que Max expulse todo el odio que tiene acumulado en su interior y la influencia tan destructiva del padre omnipresente.

Entonces Max, en soledad, va a visitar la casa paterna… y ocurre la secuencia prodigiosa. Sólo por ella merece la pena su visionado. Se dirige a un salón muy barroco que está presidido por un enorme retrato del padre ausente, encima de una chimenea y al lado hay un gramófono. Max levanta la tapa y pone un disco y suena una ópera italiana, éste se sitúa entre el gramófono y el retrato de su padre y se queda pensativo… la cámara se va alejando de Max y va saliendo del salón hasta llegar a la escalera principal, y ésta va subiendo las escaleras hasta llegar a los aposentos de arriba se queda un momento fija en una ventana donde entra una luz tenue y hay un imperceptible fundido que nos devuelve a esa misma ventana y entonces la cámara sigue su recorrido por los aposentos hasta llegar a un dormitorio y entra a un aseo donde un hombre, en una bañera, tararea la misma ópera italiana que estábamos escuchando en el salón… ese hombre es el padre del protagonista (increíble Edward G. Robinson)… el magistral flashback está servido.

Así entramos en un drama familiar con aires de cine negro y gotas de melodrama donde la personalidad arrolladora del padre, un italoamericano que se ha hecho a sí mismo, influye de manera nefasta en sus cuatro hijos. Un inmigrante italiano que ha prosperado en la tierra prometida pero a la vez se ha ido corrompiendo. El padre ha pasado de regentar una humilde barbería a un banco (que lleva sus cuentas de manera irregular) y que aprovecha la crisis económica del crack del 29 para enriquecerse a costa de sus compatriotas más pobres.

… es una tragedia así podemos ver aires shakesperianos del rey Lear o gotas de relato bíblico de odio entre hermanos. El hermano más querido y respetado por el padre (pero al que también le influye la fuerte personalidad paterna) es el pequeño, Max. Un abogado triunfador y mujeriego que se muestra leal y fiel al padre. Los otros tres hermanos son continuamente machacados y humillados por su padre que les suelta todo tipo de lindezas. Así somos testigos en una comida familiar la fuerte tensión que vive esta familia día a día… Lo que más me ha sorprendido es el reflejo de esta familia italoamericana, su historia y su evolución en la tierra prometida. Las relaciones entre ellos y sus comportamientos. Un retrato magnífico que me ha recordado a una trilogía que adoro: El Padrino de Francis Ford Coppola. ¿Conocería el director esta obra cinematográfica antes de realizar la trilogía?

Odio entre hermanos ha supuesto un buen descubrimiento (gracias Alfredo, 39 escalones) que además permite disfrutar de todos los matices interpretativos de un Edward G. Robinson espectacular, muy bien acompañado por la contención de Richard Conte. El personaje de Conte tiene unos diálogos para enmarcar con Irene (una de las reinas del melodrama, Susan Hayward), la mujer que ama. Los secundarios para quitarse el sombrero como la enorme Hope Emerson, una jovencísima Debra Paget o una mamma italiana sufridora con el rostro de Esther Minciotti.

Es una película que cuida los ambientes (algo que también siempre ha sabido hacer muy bien Mankiewicz): la casa paterna, la casa de Irene, los bares que frecuentan los personajes, el propio banco… Y que te atrapa hasta llegar a un clímax donde el odio entre hermanos estalla de la manera más cruda y donde se refleja la influencia (tanto para bien como para mal) que tienen los padres sobre los hijos…

Odio entre hermanos es una obra cinematográfica más olvidada que otras entre la filmografía de Mankiewicz. Y es una buena sorpresa recuperarla. Aunque sólo sea para disfrutar cómo se emplea (y cómo se plasma) de manera magistral un flashback.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.