Diccionario cinematográfico (41)

Tango: “Caminito que el tiempo ha borrado/que juntos un día nos viste pasar/ he venido por última vez/ he venido a contarte mi mal./ Caminito que entonces estabas/bordeado de trébol y juncos en flor/ una sombra ya pronto serás/ una sombra lo mismo que yo./ Desde que se fue/ triste vivo yo/ caminito amigo/ yo también me voy./ Desde que se fue/ nunca más volvió/ seguiré sus pasos/ caminito, adios,/ caminito que todas las tardes/ feliz recorría cantando mi amor/ no le digas si vuelve a pasar/ que mi llanto tu suelo regó/ Caminito abierto de cardos/ la mano del tiempo tu huella borró/ y a tu lado quisiera caer/ y que el tiempo nos mate a los dos./ Desde que se fue/ triste vivo yo/ caminito amigo/ yo también me voy./ Desde que se fue/ nunca más volvió/ seguiré sus pasos/ caminito, adiós.” 

Me vino a la mente cuando decían en todos los periódicos y televisiones que a Fernando Fernán Gómez le despidieron con uno de sus tangos favoritos. El tango es un baile hecho de sensualidad, de dos cuerpos que se encuentran y se arrastran, se desgarran y se aman. Y sus letras, lloran. Y cuenta pasiones lejanas y duras. Y hablan de realidades e historias que rompen el alma. Los tangos son realismos de vidas y experiencias que duelen…, pero son tan bellas. 

Al fondo, a veces, se oye el sonido nostálgico y dulce del bandoneón. 

Metros de celuloide tangueros recuerdan y gritan un baile rioplatense que nació en los puertos fruto de la soledad y la nostalgia. De los bajos fondos. 

¿Quién no recuerda un Rodolfo Valentino arrollador bailando un tango en Los cuatro jinetes del apocalipsis? 

¿Quién no rie al acompañar a un Charlot algo borrachín, en esa joya que es Luces de la ciudad, viendo la pasión y el desprecio, el amor y el odio, que transmiten dos bailarines de tangos…, que le hace intervenir? 

Y salto a la actualidad –por eso de unir pensamientos– a la película filandesa Luces al atardecer y se me saltan las lágrimas del héroe perdedor que muere de soledad… con música de fondo. Dos tangos de los de siempre, de los de Gardel, Volver y El día que me quieras. 

Me doy cuenta de que mi adorado Al Pacino me regaló una escena de tango y sueño en Perfume de mujer. Claro, un hombre que no ve pero al que no le falta tacto y sensualidad. Sus dedos y su olfato tienen ojos. Oye música, siente y huele a una mujer bella…, y empieza el baile. 

Sólo recuerdo de la película La lección de tango de la directora Sally Potter a Pablo Verón y su rostro fuerte y su baile…, y el tango. 

De pronto, me entra la risa, y veo a Jack Lemon con rostro de Daphne y con una rosa en la boca bailando un tango con el rostro imposible de un millonario impagable. 

O vuelvo a emocionarme en un gran escenario y con una Roxane arrabalera en esa mezcla de músicas que es Moulin Rouge. O, me viene, esa cárcel de mujeres y de historias desgarradas y tristes en Chicago a ritmo de tango.  

Y, de pronto, pienso que qué atractivos están los hombres bailando tangos, aunque sepan poco y mal, y entonces me encuentro con un Richard Gere en su papel de ejecutivo cansado y estresado que descubre el mundo del tango en ¿Bailamos? 

Y, vuelo al blanco y negro y al intérprete por todos recordado –cuidado, que no el único–, su nombre está pegado al tango. Él es Carlos Gardel que dio su voz, su rostro, su romanticismo y su forma de vivir el tango en películas como Melodía de arrabal, El tango de Broadway, El día que me quieras, Tango bar… hasta que tuvo un fatal accidente en avión. Y, abandonó el mundo, de forma desgarrada, como las letras de sus canciones. Dejó a corazones solitarios. 

Yo mientras espero. En una esquina, bajo un farol, con falda negra y estrecha y raja lateral. Espero una voz grave, que me diga al oído, El día que me quieras…, y una pista enorme, y un cruce de piernas. Una lucha de a dos. Sensual y bella, real y cruda. Pasión con bandoneón de fondo.

Fernando Fernán Gómez entra en el Olimpo del Cine

Fernando Fernán Gómez se fue al Olimpo. Con 86 años y una amplia trayectoria como actor, director y escritor, decidió marcharse del planeta tierra y ocupar su asiento en los mitos del séptimo arte. El abuelo anarquista llega con toda su sabiduría al cielo cinematográfico para recordarnos a todos que el artista y creador siempre tiene algo de anarquista. El creador no cree en los poderes sino en la pasión por su trabajo y, por eso, todo creador hace lo que le viene en gana porque defiende su arte. 

Sólo basta echar un vistazo a su trabajo y a sus metros y metros de celuloide para hacerse una idea de la historia del cine español en los años 40, 50, 60, 70, 80, 90… 

No he tenido oportunidad de verlo –pero ya va siendo hora– como un abuelo que cuenta historias interesantes en el documental La silla de Fernando (2006) de David Trueba y Luis Alegre. Y 86 años sin parar de trabajar y crear dan para mucho. No es fácil adentrarse en toda su filmografía pero ahí va un pequeño homenaje a la aportación de Fernán Gómez a las memorias cinéfilas. 

Y retrocedemos a la otra generación del 27 y a un aristócrata extraño, y como no distinto de filmografía interesante, Edgar Neville, y ahí está Fernando presente en Domingo de carnaval (1945) y El último caballo (1950). El actor no se adormece ante una nueva manera de entender el cine, un cine dormido y con ansias de despertar y contar. No olvidemos la historia de un cine amordazado que trató de sobrevivir a censuras y formas de pensamiento en una dictadura de cuarenta años. Así se hace protagonista de Esa pareja feliz (1951) de Luis García Berlanga y Juan Antonio Bardem. Los años cincuenta fue la década del despertar, los cineastas sabían que con las películas se contaba todo tipo de historias. Querían abrir el abanico, hartos del cine propagandístico, de folclore y pandereta.

Fernando Fernán Gómez se va haciendo imprescindible. Y, es protagonista de joyas desconocidas como El inquilino (1957) de J. A. Nieves Conde. Otro cineasta con una trayectoria a tener en cuenta. Nieves Conde era un falangista con fondo social. Así, el régimen estaba orgulloso del éxito del cineasta con Balarrasa pero más tarde le consideraron un director difícil y no deseado porque al director se le ocurrió denunciar en buenas películas el sistema social del régimen y mostrar las fisuras y las cosas mal hechas. Y, claro, la censura se le echó encima y ya no contó con la venia. Fue un hombre que si tuvo que criticar o no estar de acuerdo con la dirección prevalecía su criterio aunque perjudicara su carrera. De hecho, quedó en el olvido. Aún así se le recuerda por Surcos (1951), un ejemplo de cine neorrealista español. También, fue un destacado director de películas policíacas como Angustia o Los peces rojos.

El inquilino fue la gota que colmó el vaso. Tuvo numerosos problemas y después su carrera no pudo avanzar. La censura se cebó con esta historia que reflejaba los problemas de vivienda. Y allí estaba Fernando Fernán Gómez como Don Evaristo, un hombre que necesita encontrar un hogar para toda su familia porque se ve en unos días en la calle. Y se encuentra con todos los impedimentos posibles y protagonista de un periplo kafkiano. Al final, Don Evaristo se encuentra sin hogar, con todos los muebles en la calle, y sin nada que ofrecer a su familia. ¡¡¡A qué final hubiera sido ése!!! Un Fernán Gómez grande gritando a todos los mirones “Pasen señores, pasen. Es gratis. Diviértanse viendo al ciudadano sin hogar. ¿Lo ven? Yo ya resolví mi problema. Ésta es la vivienda moderna sin una sola gotera. Y para ser feliz del todo sin familia que estorbe”. Sin embargo, la censura obligó a filmar un final feliz, la llegada de su familia con un gran camión de mudanzas que les lleva a una casa al nuevo barrio La Esperanza.

Fernando Fernán Gómez, abuelo grande, rodó con los cineastas que iban surgiendo en cada momento. Y se volvía inmenso. Carlos Saura, Víctor Erice, Pedro Olea, Manuel Gutiérrez Aragón, Josefina Molina, Fernando Trueba, José Luis Garci, José Luis Cuerda…, y un largo etcétera.

Y, emociona o estremece, en Ana y los lobos, en esa joya que es El espíritu de la colmena, en Pim, pam, pum… ¡¡¡fuego!!!, en Maravillas, en La noche más hermosa, en Feroz, en Luces de Bohemia, en La mitad del cielo o en Esquilache.

Siempre grande, en los años noventa, realizó tres personajes protagonista que le elevaron aún más en los altares de la sala oscura. Primero, en esa joya de vitalidad y vida bella, que representa de una manera excepcional los años de la República, el periodo anterior a los tiempos oscuros de la Guerra Civil, Belle Epoque donde Fernán Gómez es ese padre, Manolo, de espíritu libre y por supuesto con aires de anarquía. Después, José Luis Garci le dio por las adaptaciones literarias y coge a Don Benito Pérez Galdós y a un personaje fuerte con el rostro de Fernán Gómez, El abuelo. Yo de esta obra cinematográfica sólo me quedo con la interpretación de un abuelo con una dignidad y un orgullo que no le cabe en sitio alguno, y eso le trae problemas (porque su código de honor y manera de ver la vida se derrumba y es reacio a los nuevos tiempos), y sus conversaciones con el amigo que sabe aplacar su ira, el actor Rafael Alonso. Y, por último, ese viejo profesor republicano lleno de sabiduría y gran transmisor de conocimientos para los niños de una aldea que vive bajo el imperativo del miedo, todo rociado con la poesía de Manuel Rivas y la gran dirección de José Luis Cuerda. Difícil de olvidar esa mirada serena ante los malos tiempos y la brutalidad que se avecina en un rostro como el de Fernán Gómez.

Y, este post, sigue un camino inmenso. Y no he hablado todavía del Fernán Gómez, director y escritor. Su amor al teatro –escribió novelas y obras de teatro pero todos recordamos su contribución a la dramaturgia con la potente Las bicicletas son para el verano–, le hizo adaptar para el cine varias obras de nuestro teatro: La venganza de don Mendo o Ninette y un señor de Murcia. Y Fernando no olvida la vida del cómico, de aquellos hombres y mujeres que se dedicaban a llevar el teatro a todas partes, a pesar de la dura vida…, pero que amaban lo que hacían: El viaje a ninguna parte. O, estremece con una historia potente, Mi hija Hildegart, o el viaje a la mente de Aurora Rodríguez. Ha dejado obras a tener en cuenta como El malvado Carabel, La vida por delante, La vida alrededor, La vida sigue, El extraño viaje…, ¿no sería un momento maravilloso para que la televisión pública volviera a programar buenos ciclos de cine?

Ahora el abuelo anarquista sube al Olimpo del Cine. Le espera su silla y un montón de oídos ansiosos por escuchar su voz grave y sus historias con sentido del humor e inteligencia.

Diccionario cinematográfico (40)

Ángel: hoy extrañamente he pensado en ángeles. En esas presencias divinas y extrañas. ¿Hay ángeles de la guardia?¿Existen los ángeles caídos? ¿Cómo es un ángel? Y, doy un salto a la pantalla. Recuerdo al bueno de Clarence que se quiere ganar unas alas en Qué bello es vivir. Un ancianillo alocado que se pone al lado de un James Stewart desesperado y al borde del suicidio…, en el último momento le concede un deseo: ojalá, no hubiera nacido. Y el bueno de James ve cómo hubiera sido su entorno sin su presencia. ¿No lo han pensado nunca? O recuerdo a un atractivo Cary Grant con cara de ángel seductor que se enamora locamente de la mujer del obispo. O vuelo y veo a otro ángel atractivo que se fue demasiado pronto al cielo con cara de un Warren Beatty setentero. Aquí también hubo una extraña película que rodó Antonio Mercero e hizo más famoso a Lolo García. Un angelical niño rubio que le empezaban a salir alas, ¿surrealista, no? Prefiero irme con Cameron y Ewan en Una historia diferente y ver a dos ángeles vestidos de blanco metiendo la pata una y otra vez…, pero enamorando a sus protagonistas. Por ahí se escapan unos ángeles alemanes en tan lejos, tan cerca y alguno ansía ser humano y poder sentir y tocar. La versión americana fue una empalagosa historia de amor con una Meg Ryan y un Nicolas Cage perdidos en pantalla. Como los ángeles. Definitivamente, me quedo con los clásicos, con Clarence.

Yul Brynner, divino calvo

A este actor le tengo especial cariño, al divino calvo, y todo porque curiosamente y nunca supe muy bien por qué era el mito erótico de mi querida abuela paterna. ¿Curioso verdad? No sé cuando se enamoraría de él. A ella le gustaba mucho ir al cine. ¿Lo vería en Taras Bulba, en Anastasia, en Los sietes magníficos, en El rey y yo o en Los hermanos Karamazov? Lo de mito erótico lo digo yo, mi abuela nunca me habló así de él pero cuando le preguntaba que qué actor le gustaba, ella sonreía abiertamente y decía: el calvo. 

Y, me ha venido esta anécdota a la cabeza porque a veces busco imágenes extrañas o curiosidades de los actores que me interesan y en esa biblioteca de imágenes que es youtube pude ver un vídeo que me llenó de ternura y me descubrió una faceta de Brynner: el músico. El vídeo en cuestión presenta al divino calvo con una guitarra, su preciosa y erótica calva, un bigote muy masculino y una voz atrayente: Brynner, emociona, entonando una canción del folklore ruso, Two guitars. Y se nota que él está disfrutando con su compañero de canción. Y mucho. 

Otra faceta de este actor especial y distinto: ¿se fijaron en la fuerza de su mirada? Es que le encantaba la fotografía. Brynner en todas las películas que protagonizaba llevaba cámara a mano y tomaba instantáneas. Era otra de sus pasiones (como la de Jeff Bridges). Creo que este año en PhotoEspaña 2007 hubo la oportunidad de ver alguna de sus fotografías en la exposición Fotógrafos insospechados. 

Y, una última curiosidad, uno de sus amigos fue el creador Jean Cocteau (novelista, poeta, pintor, dramaturgo y cineasta). Fue uno de los actores que protagonizaron El testamento de Orfeo (1959). 

Al divino calvo le guardo en la memoria, rudo y cariñoso, en el papel que le dio el éxito, el rey de Siam. Toma a una Deborah Kerr de la cintura y bailan sin parar.

Harold y Maude (1971) de Hal Ashby

Toca el banjo, deja las apariencias, vive de verdad, haz realmente lo que quieres y sobre todo aprende a ser libre, a no tener miedo… Harold y Maude con paisajes de lápidas de cementerios, hermosos campos de margaritas, o en zonas de escombros nos descubren una atípica y preciosa historia de amor. 

Harold (Bud Cort) es un joven multimillonario con miedo a vivir y por eso se refugia día a día en la muerte sin sorprender ya a una madre que vive en otro planeta, preocupada por la apariencia y por las pequeñas excentricidades de su hijo que no sienta cabeza. Harold se muere cada día, con una soga, una pistola, en una piscina…, y acude a entierros en su coche fúnebre. 

Maude (Ruth Gordon), cerca ya de cumplir ochenta años, vive su vida con intensidad, disfrutando cada segundo, cada pequeño detalle. Mujer excéntrica, encantadora y honesta dentro de su inocencia hay mucho vivido y mucho que olvidar. Ella apuesta por la vida y su disfrute. Ya hace tiempo que perdió el miedo a la muerte y al propio miedo. Vive como quieras. Libre. Sin autoridades. Ella sabe que merece la pena. 

Harold y Maude se encuentran y todo es una explosión de sentimientos. Ambos han encontrado a la persona con la que pasar el tiempo y vivirlo a tope. Y de fondo la música y canciones de Cat Stevens. ¿Quién da más? 

Hal Ashby fue un director del nuevo cine americano que surgió con fuerza en los años setenta con poca filmografía pero llena de aciertos. Un director a reivindicar. Con películas como Harold y Maude, Shampoo, El último deber, Esta tierra es mi tierra, El regreso o Bienvenido Mr Chance. En Harold y Maude hace un canto a la vida, al amor sin prejuicios, en una historia sencilla pero rodada de forma muy bella. Es un placer ver a Ruth Gordon (que fue, junto a su marido, una guionista de prestigio en comedias como La costilla de Adán) en un papel que te hace pensar, demasiado, sobre todo cuando se conoce el secreto de su vitalidad.  

La película contiene escenas memorables y personajes secundarios increíbles como el tío de Harold, ese militar manco, pero que sigue saludando de manera militar a quien sea y que trata de inculcar sus valores a su extraño sobrino. Ese psiquiatra que le importa muy poco lo que le cuenta el paciente que le llena el bolsillo. Esas pretendientes que busca la madre de Harold para casar a su niño…, pero sobre todo quiénes nos dejan escenas inolvidables son ese joven con miedo a la vida pero que encuentra a esa persona con la que estar y esa abuela adorable que todos quisiéramos tener a nuestro lado.

Jack Nicholson

Un rostro joven y poderoso ya hacía sus pinitos de galán del terror en las producciones de Roger Corman en los años sesenta (La tienda de los horrores, El cuervo, El terror, La matanza del día de San Valentín…). Jack Nicholson ya se comía la pantalla a través de mirada profunda y sonrisa pícara. 

Ya en 1969 se metió en una película de culto con uno de los papeles más atractivos. Se trata de Easy Rider o un canto a la libertad. Jack tiene cara de abogado sabio y borrachín con final trágico. Nicholson dice a la juventud de aquellos años que los seres humanos tienen miedo a la libertad y por eso no soportan a la gente que vive libre, sin ataduras y miedos. Por eso, la persiguen y tratan de apalearla. Jack Nicholson entra a formar parte de los dioses de la sala oscura por mérito propio. 

Poquito a poco sigue ascendiendo y rodando con grandes directores de la época, emergentes, o con los ya clásicos. Son los años del nuevo cine americano, los años 70. Curiosamente, sus obras más recordadas son con directores de países europeos. Así rueda junto a un joven e inquieto Roman Polanski puro cine negro, Chinatown o el detective de la nariz rota, enamorado de una rubia que guarda más de un secreto. O se transforma en un gran Randle McMurphy que lucha en un psiquiátrico contra la autoridad por la autoridad. Un hombre con ideas propias que trata de devolver humanidad a sus compañeros. La pérdida de salud mental no quiere decir la pérdida de tomar decisiones, de disfrutar de la vida… Milos Forman le regala un papel de oro que Nicholson borda, Alguien voló sobre el nido del cuco. Impresionante canto a la libertad individual. Corre el año 1975 y Nicholson es uno de los reyes de la sala oscura. No hay producción de prestigio que no cuente con su presencia. 

También, actúa en obras de directores clásicos como Elia Kazan (El último magnate) o Vicente Minelli (Vuelve a mi lado) o directores míticos de los setenta como Hal Ashby (El último deber) o el director promesa Mike Nichols (Conocimiento carnal, Dos pillos y una herencia y años más tarde, en los ochenta, Se acabó el pastel). Y en esta década aún le queda tiempo para dirigir su primera película, Camino del sur, una del oeste. Años después rodaría en los noventa, The Two Jakes, una recuperación se su personaje en Chinatown, el detective Jake Gittes. 

Los ochenta llegan con fuerza. Jack empieza la década con tres películas que hacen historia. El terror psicológico llega a cumbres altas en El resplandor de Stanley Kubrick. Quién no recuerda el rostro patético de un Nicholson al borde de la locura rompiendo una puerta con un hacha y asomando su horrible cara para pánico de Shelley Duvall. Nadie olvida el erotismo de un Nicholson salvaje y Jessica Lange hermosa en la mesa de una cocina de los años treinta en El cartero siempre llama dos veces. Y por supuesto su contenida y cínica interpretación de Eugene O’Neill en Rojos de Warren Beatty.  

Su prestigio continúa elevándose, da igual verle en un melodrama tipo La fuerza del cariño o recuperando las películas de gangster con el gran John Huston (El honor de los Prizzi). Las brujas de Eastwick no sólo le permite trabajar con las actrices más prestigiosas y de moda del momento (Michelle Pfeiffer, Susan Sarandon y Cher) sino que le hace tener éxito en un género que le convertirá en rey en el siglo XXI, la comedia. Y, ese mismo año, 1987, nos hace llorar o emocionarnos con su personaje de un sin hogar en los años de la depresión, Tallo de hierro de Hector Babenco. Dos años después, el histrionismo, que a veces sus detractores le echan en cara, llega hasta el lado extremo con un Tim Burton que juega a los comics en su peculiar visión de Batman. Nicholson es el malvado Joker.  

En los noventa, Jack ya es un clásico de rostro reconocido que se permite un paseo por superproducciones, películas independientes, algún proyecto fallido o como actor fetiche de actores que se ponen ante la cámara. Así le vemos en producciones como Ella nunca se niega, Algunos hombres buenos, Lobo o de nuevo con Tim Burton en un papel secundario en la alocada Mars Attacks. O como actor fetiche de un Sean Penn tras la cámara en Cruzando la oscuridad y más tarde en El juramento.  Sin embargo, le faltaba un papel que le devolviera el trono en pantalla. Y lo consigue con una comedia de finales de los noventa. Jack Nicholson se transforma en Melvin, un escritor maniático y solitario, al borde del trastorno, que ve como su ordenada vida salta por los aires ante un vecino homosexual y una camarera de la que de forma extraña, se enamora. Un Nicholson entre insoportable y tierno (difícil combinación) se convierte en grande en Mejor…imposible. 

Y, en el siglo XXI, se vuelve impagable. Su rostro triste se apodera de una película sencilla y maravillosa, A propósito de Schmidt, un retrato sobre la soledad de un jubilado. Un relato tierno, amargo con unas dosis de humor. Alexander Payne sale a la palestra cinematográfica de la mano de Nicholson que, como casi siempre, borda su papel. En la sala oscura, Jack es ya un viejo amigo que ahora nos hace reír. Y consigue junto a Diane Keaton el triunfo en una comedia romántica en la que lloras de la risa. Los dos protagonistas, actores ya muy maduros, y su historia de amor llenó las salas de carcajadas. Cuando menos te lo esperas de Nancy Meyers se convirtió en un fenómeno. Los dos maduros actores pegan una patada a insulsas historias de jóvenes enamoradizos, sin gracia alguna, y nos regalan escenas de lo más divertido y romántico. Y en el 2006 se deja llevar de la mano de Martin Scorsese en un papel de duro, de los que ya sabemos que da el pego, en Infiltrados es el malvado. Ya sabemos que en esos papeles, Jack, también sabe lo que hace.El viejo amigo no abandona la sala oscura y sabemos que muy pronto ahí lo tendremos para hacernos pasar miedo, reír o llorar…, no abandona. 

Mosaico de momentos inolvidables

Y, me viene a la cabeza una novia con velo blanco sobre una enorme barcaza en La Atalante. Y, las risas de una madre y una hija, que no saben que están viviendo un momento de felicidad en Un Día en el Campo. Y, lloro con la Mamma Roma que se desgarra por el hijo al que se le escapa la vida. Y, se me queda grabado el cuerpo tirado al vertedero en Los Olvidados. Y, suspiro cuando se besan los que se aman y recuerdo esa escena inolvidable de besos censurados en Cinema Paradiso.

Y, retrocedo en mi memoria y me baño con Tarzán y Jane, pero los de blanco y negro, y surco los mares con el terrible burlón y me rio un montón. Y, voy a toda mecha con Dhane, Sugar y Josephine para cantar en la orquesta, con las faldas y a lo loco. Suspiro ante los ojos atormentados de una Mata Hari en plan Garbo. Y, de pronto, me encuentro como una oficial del ejército de salvación a la que la cantan una canción de amor al oído en la bella Cuba, es un jugador con cara de Marlon Brando. Y, me subo a la noria con Ada y Cal, allá, al Este del Edén. A contarnos penas.

Mil y una escenas inolvidables en Rojos (1981) de Warren Beatty

Queridos lectores van a permitir que Hildy se extienda para escribir sobre Rojos (1981) de Warren Beatty. Un buen ejemplo de cine histórico y que toca un tema brevemente analizado por la cinematografía estadounidense y es el papel de la izquierda –en este caso la del Partido Comunista– en la política de EEUU.

Recientemente los buscadores de joyas clásicas o no tan clásicas pudimos recuperar en dvd esta obra cinematográfica de más de tres horas (yo ya tenía la versión que lanzaron en vhs en un estuche enorme con dos cintas) en una edición de coleccionista y que salió a raíz del 25 aniversario de la cinta.

Warren Beatty demuestra que hizo la obra que quiso reflejar y dirigió, escribió y produjo una historia sin cortes. El actor demostró que la guerra fría y la caza de brujas había llegado a su fin al poder llevar a la pantalla una interesante película donde a través de las andaduras del periodista y escritor John Reed y su pareja, también escritora, Louise Bryant, narraba la Historia del Partido Comunista en EEUU. Sin dejar detalle. Con su idealismo, errores, discusiones internas, ilusiones y desencantos. Rojos es una obra creativa hecha en libertad. Uno de los pilares y pensamientos ideológicos de la película. La importancia de la libertad. Todo lo que supone una atadura a las libertades de los hombres, se termina transformando en una ruptura de los sueños e ideales.

En una historia sin precedentes, de pronto, Rojos, que mostraba a dos personajes de izquierdas progresistas y humanos, se transforma en una superproducción (contradicción ideológica pero entendible, Beatty logró llegar a muchos sitios) que, además, arrasa en la gala conservadora y reina del espectáculo: los oscar. Unos personajes complejos. Y sobre todo llenos de honestidad.Beatty sigue una estructura que a mi parecer es un acierto: mezcla testimonios reales de personas que vivieron estos acontecimientos con la ficción (ya dije en otro post que entre estos testimonios reales se encuentra un siempre singular Henry Miller).Además, crea una película llena de escenas inolvidables, con una banda sonora nostálgica y una fotografía de Vittorio Storaro que en todo momento es un acierto.

Algunos lectores puede que se pregunten que qué mérito e importancia tiene esta película y no entiendan el planteamiento de los párrafos anteriores o les parezca algo exagerado. De nuevo, hay que introducirse en la Historia del Cine y centrarnos en Hollywood y recordar que es difícil encontrar una película progresista que analice de manera seria, y sin obstáculos, lo que supuso el comunismo a principios del siglo XX. No olvidemos que Hollywood es una industria sujeta a las normas del sistema capitalista, al libre mercado. Y no olvidemos que también se convirtió en un efectivo sistema propagandístico de las formas de pensamiento que debían tener los americanos –y de paso el resto del mundo– sobre la vida, la historia, etcétera. Por lo tanto, es importante enmarcar muchas de las obras de arte –que visionamos una y otra vez– en varios aspectos: el sistema de estudios, el momento histórico, los códigos de censura, la historia de la Caza de Brujas en EEUU, los acontecimientos de la Guerra Fría que dieron un vuelco a muchas de las producciones del momento (en todos estos puntos me estoy refiriendo a la producción cinematográfica americana, sobre todo, de los años 30, 40, 50 y 60). Así, casi siempre, el comunismo en las películas estadounidenses era presentado más como una amenaza o un antagonista. Si nos quedamos sólo con la propaganda, el comunismo era el terror rojo, a lo que había que oponerse y combatir en la guerra fría. Todo lo que olía a comunismo, no podía ser bueno.

Así quizá –en este resumen tan simplista, lo reconozco, y tan mínimo– podamos entender la importancia de Rojos en el panorama cinematográfico. Y, además, Beatty consiguió una buena película con imágenes para recordar siempre. Por otra parte, destacar que no se convierte en una película maniquea. Warren no da la vuelta a la tortilla y se queda en qué buenos y maravillosos son los comunistas americanos, que malos son los rusos y qué malo es el sistema capitalista sino que muestra un retrato complejo y serio. Humano. Con todo lo bueno, con todo lo erróneo, con los aciertos y los equívocos. Y al final es un triste canto al desencanto pero dejando claro que hay ideas que son válidas y siguen estando vivas. Pero, como siempre, los humanos somos eso, demasiado humanos y las bellas ideas pueden quedarse en eso o aplicarlas de tal manera que no den el fruto deseado. Warren Beatty logra transmitir la pasión que le suscita este tema y los espectadores acabamos queriendo y entendiendo a Reed, a Bryant, a O’Neill, a Emma Goldman…

Los dos personajes principales son John Reed, un escritor y periodista que no ha caído en el olvido por su libro Diez días que estremecieron el mundo donde narró la Revolución Rusa de 1917. Por otra parte, ya había analizado la revolución mexicana en otro valorado libro, México insurgente. Avatares históricos le llevaron a morir en el Kremlin a la edad de 33 años y a convertirse en un héroe en los círculos intelectuales radicales de EEUU. Louise Bryant fue su compañera, y su historia ha sido menos difundida, también vivió junto a él los diez días que estremecieron el mundo. Esta mujer era una feminista convencida –feminista en los años 20–, partidaria del amor libre o de su individualidad como mujer y con ideas socialistas. Su personalidad es interesante y después de la muerte de Reed no tuvo una vida fácil –antes tampoco–. Murió en el año 1936 en París, con problemas de alcohol, y durante su vida realizó distintos trabajos periodísticos.

Como ya he explicado en la gala de los oscar se llevó estatuilla en las categorías de mejor director, mejor fotografía y mejor actriz de reparto (Maureen Stapleton) pero también estuvo nominada a mejor película, mejor actor (Warren Beatty), mejor actor de reparto (Jack Nicholson), mejor actriz (Diane Keaton), mejor guión original, mejor dirección artística, mejor vestuario, mejor montaje y mejor sonido. ¿Imaginan el surrealismo de la ceremonia del glamour que cuando Warren Beatty fue a recoger su premio sonó, fuerte, La Internacional, obviamente uno de los leit movit fundamentales de la película).

Las secuencias: son cientos y miles (yo siempre tan exagerada) las secuencias y escenas que se quedan grabadas en la memoria cinéfila. La película es todo lo que he dicho anteriormente pero también refleja una historia de amor, de principio a fin, con escenas memorables. Quizá, me quede con el encuentro de Reed y Bryant al final de la película en la estación de tren hasta la muerte del héroe romántico (no olvido que la película tiene un montón de cualidades, entre ellas, que Beatty también sabe imprimir a sus personajes principales las características del héroe y heroína romántica y funcionan dentro de la compleja personalidad de cada uno).

Me atan a la pantalla todos los testimonios de los ancianos que fueron protagonistas de los hechos históricos que narra la película. Esos enormes rostros sobre fondo negro, esos ancianos con miles de arrugas, historias y sentimientos…

En la mitología cinematográfica me quedo con la historia de amor e infidelidad entre Louis Bryant y Eugene O’Neill. Todas sus escenas juntos y la brutal y maravillosa personalidad de O’Neill hacen ganar puntos y escenas inolvidables. Milagroso, Jack Nicholson como dramaturgo desencantado y brutal que lanza sus verdades entre el cinismo y la ternura.

Y, por último, todas las escenas que protagoniza John Reed donde se narra su historia y su relación con una ideología que le apasiona y defiende hasta el final a pesar de las contradicciones, equivocaciones y errores. Reed, desde su honestidad lo tiene claro, se puede ser comunista y comulgar con muchas de sus ideas y respetar hasta el final la libertad individual del ser humano. Las escenas en Moscú durante la revolución, las reuniones con sus amigos intelectuales, los mítines del partido, la creación del Partido Comunista Americano, sus viajes a Rusia, sus conversaciones con Emma Goldman, sus planteamientos al líder bolchevique Zinoviev… sin nunca, nunca, olvidar la banda sonora que envuelve la película en pasado y nostalgia. En sueños rotos. 

Jessica Lange

Una rubia sensual y bella se comía las pantallas de la sala oscura a finales de los años setenta. También, demostró que además de belleza era actriz. Y que además era una mujer de sensibilidad especial y comprometida con su tiempo. Todavía recuerdo una rueda de prensa en San Sebastián cuando recibió el premio Donosti en 2002 que con una dulzura inusual dejó claro que sentía vergüenza de ser americana ante las últimas decisiones del gobierno de su país respecto a la guerra de Irak. Unida sentimentalmente al dramaturgo y actor Sam Shepard desde los años ochenta, siempre han permanecido juntos y han sido una buena pareja cinematográfica. 

Hasta 1981 fue el deseo, primero en su debú como la rubia que enamora a la bestia en la versión más mediocre de King Kong en 1976. Después, para el coreógrafo y director Bob Foss se convirtió en la muerte vestida de blanco más sensual y con una risa fresca en All that Jazz (1979). Elevó la temperatura erótica como la nueva Cora en el remake más recordado de El cartero siempre llama dos veces, logrando desplazar de su reinado a la gran Lana Turner en el año 1981.

El año de su consagración y su elevación a los altares de la sala oscura fue 1982 cuando logró ser nominada en dos películas como actriz principal y secundaria en la ceremonia de los Oscar. En una era una rubia angelical, actriz de televisión de un culebrón, que tomaba las riendas de su vida junto a Tootsie. La película de Sydney Pollack la descubrió para el gran público. Después, dejó sin respiración en una especie de telefilm, pero las cosas como son, la película engancha, donde encarna la desgraciada vida de una actriz contestataria en el Hollywood dorado de los años treinta. Jessica Lange se transformó en la real, bella y desgraciada Frances Farmer. Las escenas junto a su futura pareja, el dramaturgo Sam Shepard dejaban intuir una historia de amor sin fin.

La rubia dorada siguió regalando su rostro por biografías e historias múltiples Country, Dulces sueños o Crímenes del corazón que aumentaban su prestigio de actriz. Después, nos regaló un melodrama de los de antes junto a Dennis Quaid en Cuando me enamoro en 1988 y llegó Constantin Costa-Gavras para ofrecerle un papel de abogada en una película que marcó a los espectadores que la vieron en su momento, La caja de música (1989) o el horror y las consecuencias de la II Guerra Mundial. Jessica Lange se convierte en una de las actrices dramáticas por excelencia. Reina de la lágrima y el melodrama. 

Así la vemos como esposa sufrida en El cabo del miedo de Scorsese, en plan mujer fatal y heroína en Las cosas que nunca mueren, en la amada de todo un aventurero escocés en Rob Roy, en hermana mezclada en conflictos familiares tipo saga en Heredarás la tierra… Tim Burton la vuelve a convertir en musa rubia, angelical, sensual y bella. En mujer enamorada y madura en ese precioso cuento que es Big Fish (2003). Y ella nos regala papel de amantísima esposa junto a un Albert Finney al que se le va la vida. Ahora se prodiga menos en la sala oscura en productos de directores independientes como Llamada a las puertas del cielo de Win Wenders o Flores rotas de Jim Jarmusch. Pero los espectadores de la sala oscura sabemos que Jessica Lange da para mucho más y la esperamos en papel protagonista inundando la pantalla en un papel que nos haga llorar o temblar o que nos remueva los sentimientos. A flor de piel. 

Peter Viertel y Deborah Kerr, pequeño homenaje

Ayer leí en el periódico que había muerto el guionista y escritor Peter Viertel. Tres semanas después que su esposa Deborah Kerr. Por una parte, me inunda la tristeza porque van desapareciendo poco a poco los testigos de una época dorada del cine. Por otra, sonrío. Los dos están de nuevo juntos.En la noticia del periódico dicen que Peter Viertel fue un caballero hasta el último momento. Tuvo la delicadeza de marcharse y dejarnos después de su esposa. Esperó hasta el final para que ella no se quedara sola ni sufriera la pérdida –Deborah Kerr llevaba años ya muy enferma recibiendo todos los cuidados de su esposo–. Esta pareja residió durante años en España, en Marbella. Peter Viertel era un enamorado del país y la cultura. 

Ambos nos dejaron inolvidables imágenes en forma de celuloide. Él, con su contribución en guiones de películas que forman parte de la mitología del séptimo arte, ella con interpretaciones de damas en películas de aquel Hollywood clásico e irrepetible. 

Ahora desde la nostalgia vuelvo a mirar las páginas de la revista número dos de la desaparecida Nickel Odeon. La revista salió en 1996 y contaba con una extensa entrevista a Deborah Kerr, reina del romanticismo y el melodrama. En esa publicación se agradecía, de corazón (como se deben agradecer las cosas), la colaboración del matrimonio. Siempre juntos. También, en el número veintiuno de la misma revista se recoge una amplia y preciosa entrevista con Viertel y sus interesantes opiniones como guionista. 

La huella de Peter Viertel queda patente en su historia y recuerdos así como en su pluma en diversos guiones –muchos de ellos sin acreditar– y novelas (su adorada pasión). Los padres de Viertel eran dos intelectuales que formaron la colonia de europeos exiliados que llegaron a EEUU huyendo de la situación europea. Aquella colonia hizo posible el Hollywood dorado. También, conoció a personalidades del cine y la literatura américana. En los recuerdos de Peter, se mezclan sus padres (Berthold Viertel y Salka Viertel) con Murnau, Christopher Isherwood, Greta Garbo, Robert Capa, Brecht, Chaplin,Thomas Mann, Max Reinhardt, Eisenstein, Lubitsch, Hitchcock, John Huston o Hemingway. 

La huella de Deborah la encontramos en metros y metros de celuloide donde la actriz británica dejó a personajes femeninos inolvidables. Sólo basta citar unos cuantos para darnos cuenta de la gran actriz que era y sobre todo descubrir que se movía en todos los registros y siempre con una nota alta. Narciso negro, De aquí a la eternidad, La noche de la iguana, Té y simpatía, Sólo Dios lo sabe, Tú y yo, El rey yo, Julio Cesar, Buenos días, tristeza… 

Los dos se conocieron durante el rodaje en 1959 de Rojo atardecer de Anatole Litvak. Y se volvieron inseparables. Se han ido uno detrás del otro. Ahora, por lo menos, en el Olimpo del cine se encuentran de nuevo juntos.