Jessica Lange

Una rubia sensual y bella se comía las pantallas de la sala oscura a finales de los años setenta. También, demostró que además de belleza era actriz. Y que además era una mujer de sensibilidad especial y comprometida con su tiempo. Todavía recuerdo una rueda de prensa en San Sebastián cuando recibió el premio Donosti en 2002 que con una dulzura inusual dejó claro que sentía vergüenza de ser americana ante las últimas decisiones del gobierno de su país respecto a la guerra de Irak. Unida sentimentalmente al dramaturgo y actor Sam Shepard desde los años ochenta, siempre han permanecido juntos y han sido una buena pareja cinematográfica. 

Hasta 1981 fue el deseo, primero en su debú como la rubia que enamora a la bestia en la versión más mediocre de King Kong en 1976. Después, para el coreógrafo y director Bob Foss se convirtió en la muerte vestida de blanco más sensual y con una risa fresca en All that Jazz (1979). Elevó la temperatura erótica como la nueva Cora en el remake más recordado de El cartero siempre llama dos veces, logrando desplazar de su reinado a la gran Lana Turner en el año 1981.

El año de su consagración y su elevación a los altares de la sala oscura fue 1982 cuando logró ser nominada en dos películas como actriz principal y secundaria en la ceremonia de los Oscar. En una era una rubia angelical, actriz de televisión de un culebrón, que tomaba las riendas de su vida junto a Tootsie. La película de Sydney Pollack la descubrió para el gran público. Después, dejó sin respiración en una especie de telefilm, pero las cosas como son, la película engancha, donde encarna la desgraciada vida de una actriz contestataria en el Hollywood dorado de los años treinta. Jessica Lange se transformó en la real, bella y desgraciada Frances Farmer. Las escenas junto a su futura pareja, el dramaturgo Sam Shepard dejaban intuir una historia de amor sin fin.

La rubia dorada siguió regalando su rostro por biografías e historias múltiples Country, Dulces sueños o Crímenes del corazón que aumentaban su prestigio de actriz. Después, nos regaló un melodrama de los de antes junto a Dennis Quaid en Cuando me enamoro en 1988 y llegó Constantin Costa-Gavras para ofrecerle un papel de abogada en una película que marcó a los espectadores que la vieron en su momento, La caja de música (1989) o el horror y las consecuencias de la II Guerra Mundial. Jessica Lange se convierte en una de las actrices dramáticas por excelencia. Reina de la lágrima y el melodrama. 

Así la vemos como esposa sufrida en El cabo del miedo de Scorsese, en plan mujer fatal y heroína en Las cosas que nunca mueren, en la amada de todo un aventurero escocés en Rob Roy, en hermana mezclada en conflictos familiares tipo saga en Heredarás la tierra Tim Burton la vuelve a convertir en musa rubia, angelical, sensual y bella. En mujer enamorada y madura en ese precioso cuento que es Big Fish (2003). Y ella nos regala papel de amantísima esposa junto a un Albert Finney al que se le va la vida. Ahora se prodiga menos en la sala oscura en productos de directores independientes como Llamada a las puertas del cielo de Win Wenders o Flores rotas de Jim Jarmusch. Pero los espectadores de la sala oscura sabemos que Jessica Lange da para mucho más y la esperamos en papel protagonista inundando la pantalla en un papel que nos haga llorar o temblar o que nos remueva los sentimientos. A flor de piel. 

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