Shirley MacLaine

Unos ojos especiales y vivarachos, una melena corta que fue su seña de identidad durante sus primeros años de éxito en los cincuenta y sesenta. Una cara distinta, fresca, tierna, moderna y buen cuerpo…, y algunos personajes inolvidables que la convierten en leyenda y musa cinéfila.

Shirley MacLaine cuenta con una larga filmografía donde toca absolutamente todos los géneros y recrea a todo tipo de mujeres: melodrama, comedia, musical, western, aventura, misterio, drama…, nada se la resiste. Es la mujer camaleónica que igual que se pega batacazos resurge con fuerza, como ave fénix. Será su espíritu voluble.

Alucinada me quedé cuando me enteré de que su hermano (tres años menor que ella) era el siempre bello Warren Beatty que siguió los pasos de su hermana en el mundo del cine. Cuenta una anécdota mil veces repetidas, que cuando Beatty era el soltero de oro (no olvidemos que ahora vive feliz al lado de Anne Begnin), Shirley bromeaba diciendo que debía ser una de las pocas mujeres que no se había acostado con él.

Aún sigue en activo, y no para, ahora parece que ha vuelto a dejar a un lado su espíritu y su dedicación a la escritura sobre temas trascendentales, y ha regresado a la pantalla. La esperamos, todavía, en un drama británico de Richard Attenborough, Cerrando el círculo.

La vimos aparecer en pantalla en una de las comedias negras del orondo director del suspense, Pero…¿quién mató a Harry? Corría el año 1955. Después se embarcó en una de las grandes superproducciones de la época, La vuelta al mundo en 80 días, como exótica princesa hindú (empieza a dar rienda suelta a su transformismo). Al final de la década embelesa a la academia que la nomina al oscar por su interpretación de prostituta con corazón en melodrama de Minelli, Como un torrente. Por cierto, actúa junto a Frank Sinatra, cuenta la leyenda cinematográfica que es una de las pocas elegidas en la banda de amigos del actor (los Rat pack de los sesenta).

En los sesenta empieza con una obra maestra y un tropezón. Todos la recordamos como la ascensorista Frank Kubelik que es la enamorada del oficinista gris con cara de Jack Lemmon. Su enternecedora recreación de una chica moderna con el corazón roto, que bajo su fortaleza y cinismo dulce se esconde una mujer vulnerable capaz de quitarse la vida al no sentirse amada, la subió a los altares de la sala oscura. Me refiero, por supuesto, a El apartamento de Billy Wilder. Pero patina con un aburrido musical sin pies ni cabeza que se llama Can can.

Dos años más tarde vuelve a enternecernos en dos dramas: junto a Audrey Hepburn es una de las profesoras perjudicadas por la calumnia de una niña odiosa. La película es una adaptación de una obra teatral de la Hellman y Wyler nos regala La Calumnia con una MacLaine que vive ocultando su homosexualidad, algo muy mal visto en un ambiente represor y conservador. La otra es una melancólica historia de amor en la que dos seres muy diferentes tratan de hacer frente a su soledad, Cualquier día en cualquier esquina.

Wilder vuelve a darla en 1963 uno de esos papeles que la han vuelto inolvidable en Irma la dulce, otra prostituta de buen corazón. Su carrera empieza a deslizarse por películas que no alcanzan el prestigio de sus obras anteriores. Películas, algunas, que están pidiendo una nueva mirada o revisión. Así Shirley es una de las propietarias del Rolls-Roy amarillo, se convierte en la protagonista absoluta de una comedia negra con reparto masculino de quitar el hipo, Ella y sus maridos; trabaja con el italiano De Sica en Siete veces mujer y se convierte en una Caribia americana en el musical Noches en la ciudad.

Los años setenta los empieza con buen pie al protagonizar un original western con el rey en aquellos momentos del género, Clint Eastwood. Ambos tienen una química especial y MacLaine enamora haciendo de una monja muy, muy especial. La recordamos en Dos mulas y una mujer.  Siete años después la nominan al oscar por su presencia en un drama hoy olvidado sobre ballet y mujeres, Paso decisivo. Y, consigue un pequeño éxito apareciendo en la obra de un buen director americano de los setenta, Hal Ashbi, con Bienvenido Mrs Chance. Pero la película es a mayor gloria de Peter Sellers.

Los años ochenta la llevan al oscar en un melodrama que hizo historia de la lágrima y de las relaciones entre madre e hija. El pañuelo preparado era la fórmula para dejarse llevar por La fuerza del cariño (en los noventa realizó una olvidable secuela). La MacLaine entra en el terreno de actriz para un roto y un descosido. Con papeles secundarios de prestigio en todo tipo de comedias y dramas y algún papel principal que la mantiene en forma. Así transcurre la década de los noventa y continúa en el siglo XXI. La MacLaine acompaña a todo un elenco de mujeres de distintas generaciones (y actrices también de diferentes épocas, todas grandes) en el melodrama moderno Magnolias de acero. Vuelve a reflejar una complicada relación entre madre e hija en Postales desde el filo (basada en las memorias de Carrie Fisher, alias princesa Leia). Protagoniza una comedia sobre dos personas muy diferentes, pareja imposible, pero que finalmente funciona, al estilo de Miss Daisy, MacLaine hace su papel de viuda insoportable pero con buen fondo en Tess y su guardaespalda. Y se sigue reciclando en sus papeles de madre o abuela para acompañar a las actrices de ahora en comedias como En sus zapatos, Dicen por ahí o Embrujada. Ahora regresa en papel romántico, mujer mayor que recuerda su pasado, en como dije al principio, Cerrando el círculo. Su mirada chispeante sigue enamorando a los espectadores de la sala oscura.

Diccionario cinematográfico (55)

Ginger y Fred: en el cielo o en la tierra, el hombre de frac y sombrero de copa, y un buen bastón, zapatea y zapatea para que su amada suba o baje a bailar con él. Para adormecerla con el claqué. Es delgadillo y feucho pero cuando baila vuela, y su sonrisa es pícara. Se llama Fred.La rubia con recogidos imposibles, enormes ojos, y mucho vestido de plumas o lamé. Se llama Ginger. Bella muy bella, siempre termina bailando con él, porque aunque feucho, la hace volar. La hace soñar. Y, ella le sigue y él la sigue. Ambos zapatean, una y otra vez. No se cansan. Y en cada zapateo se enamoran más y más. Ponen mejilla con mejilla y se susurran al oído en decorados artificiales, que a pesar de los equívocos, siempre bailarán juntos. No les importa se enamorarán una y otra vez. Porque son los años 30 y el mundo alrededor suyo se derrumba, y la gente llora, las familias empobrecen, pasan hambre y hay paro y desempleo y mucha violencia. Y el mundo no marcha. Pero ahí están por siempre Ginger y Fred, inmunes, en decorados de cartón piedra, en escenarios y hoteles art decó, sueñan y hacen soñar. Mejilla con mejilla. Ellos se aman y vuelan con el baile para ser vistos. Para hacer soñar.

Douglas Sirk de Jesús González Requena

Uno de los últimos libros de la serie Signo e Imagen/Cineastas de Cátedra está centrado en la figura del realizador Douglas Sirk. Jesús González Requena aborda la obra del autor no desde un análisis histórico del autor, su breve biografía y un estudio exhaustivo de cada una de las películas de su filmografía (como es habitual en este tipo de libros) sino que se centra en el uso del lenguaje cinematográfico del realizador. Una perspectiva muy interesante y original para conocer la obra de un creador coherente y consciente del empleo del cine como medio de expresión. 

Requena actualiza un trabajo ya publicado en 1987 y consigue que echemos una mirada nueva a la obra de Douglas Sirk. Así nos avisa ya en la introducción al libro que sólo prestará atención a los textos fílmicos y a la escritura que trabaja en el interior. De esta manera, descubrimos que nada en la manera de representar sus historias se encuentra al azar, que son productos muy bien hechos y pensados. Todo quiere decir algo y tiene una función dentro de la película. Mil y un símbolos que quedan a nuestra vista. Un viaje apasionante al mundo sirkiano. Un trabajo de investigación serio y documentado. 

En todo el libro se desprende una gran metáfora, la metáfora del espejo. Y, pronto descubrimos la cantidad de espejos/lecturas que tienen sus películas. Además de descubrir la presencia obsesiva del espejo en cada una de sus películas. 

Así realizamos camino cinematográfico a sus grandes obras y a otras más desconocidas (o más difíciles de acceder a ellas): iniciamos el recorrido con la película La novena sinfonía (1936), seguimos con La golondrina cautiva (1937), nos vamos ya a su etapa estadounidense con dos películas con la presencia de su primer actor fetiche: George Sanders en Tormenta de verano (1944) y Escándalo en París (1945); y finalizamos con la serie de películas por las que ha alcanzado el altar en el Olimpo cinematográfico (ya saben yo siempre tan exagerada) durante la década de los cincuenta con: Su gran deseo (1953), Obsesión (1953), Sólo el cielo lo sabe (1955), Siempre hay un mañana (1955), Escrito sobre el viento (1956), Interludio de amor (1956), Ángeles sin brillo (1957), Tiempo de amar, tiempo de morir (1957) e Imitación a la vida (1958). En esta segunda etapa sus actores fetiche serían Rod Hudson, Robert Stack y John Gavin. Y ellas tendrían los rostros de Jane Wyman, Barbara Stanwyck, Dorothy Malone o Lana Turner. Poco a poco entendemos cómo usa la escritura cinematográfica este gran autor del melodrama, que con sutilidad aborda la melancolía, emplea siempre a su favor la escenografía y las técnicas cinematográficas, y realiza un empleo de la luz…, para hablar, para contar, para que entendamos a sus personajes. Toca temas universales en sus películas como el amor, la muerte y el tiempo siempre desde perspectivas que nos seducen. 

Un libro para volver a tener una disculpa de acercarnos de nuevo, de buscar, indagar, revisitar e investigar la obra de Douglas Sirk. 

Bienvenido sea.

La barrera invisible (Gentleman’s Agreement, 1947) de Elia Kazan

La barrera invisible, en su momento, fue todo un acontecimiento y una película de prestigio que contó con tres de los oscars más importantes: mejor película, mejor director y mejor actriz secundaria (Celeste Holm), sin embargo, no se ha convertido en un clásico, ni es considerada entre las mejores de su director Elia Kazan. 

Más me llamó la atención cuando en la larga entrevista que realiza Jeff Young a Elia Kazan (Mis películas, Colección La memoria del cine, editorial Paidós, 2000), el entrevistador deja ver al director que le parece una mala película, simple y muchos calificativos negativos más. Y, que Elia Kazan no deja de darle la razón pero siempre advirtiendo al entrevistador que hay que situar la película en su contexto histórico para poder entender por qué funcionó en su momento. 

Yo la he visto hace apenas una semana por primera vez. Y rescato bastantes cosas de la película, que no me parece ni mucho menos mediocre y sí bastante olvidada. Sí que apunto que no es de las películas que más me han gustado de su director (me quedo entre toda su filmografía con La ley del silencio pero también rescato Un tranvía llamado deseo, Al este del edén o Esplendor en la hierba). Además, pienso que alguno de sus planteamientos se pueden seguir encontrando en el siglo XXI luego no creo que sea una película que haya envejecido mal. 

El planteamiento es muy sencillo (el guión es obra del dramaturgo Moss Hart que adapta al cine una novela de éxito de Laura Hobson): un periodista tiene que escribir una serie sobre antisemitismo en EEUU, trata de buscar un enfoque adecuado y lo encuentra cuando piensa que lo mejor es hacerse pasar por judío durante seis meses. En ese momento vive en sus carnes, de una manera que no espera, incluso en la mujer que ama, los resortes ocultos y profundos del antisemitismo. Imagínense el momento en que se rodó esta historia: poco después de la Segunda Guerra Mundial, después de que el mundo haya descubierto el horror del Holocausto, y que además EEUU ha luchado como aliado contra el fascismo nazi. Y, ahí, una película que escarba y pone el dedo en la llaga: ¡¡¡ehhh, americanos míos, clases medias y acomodadas, que también rechazamos, de manera sutil y directa, a los judíos!!!¡¡¡Ehhh, esos que vais de progresistas y liberales hurgar un poquito y veréis cómo sólo lo sois de boquita, aunque sabéis lo que ocurre vuestra ley es el silencio, el disimulo, el que no haya conflicto…, otra forma más sutil todavía de antisemitismo porque veis ser judío como problema y conflicto. Mejor ocultarlo!!! 

Durante ese periodo, otro director Dmytryk ya había tratado el tema en otra película, Encrucijada de odios, y décadas más tarde, en El baile de los malditos. Curiosamente, los dos directores serían perseguidos durante la Caza de Brujas, y los dos terminarían renegando de su pasado progresista y dando nombres de sus compañeros. 

En su momento, este tipo de películas fueron consideradas testimonios valientes. A La barrera invisible le pongo tres peros: el happy end –precipitado y que no pega en absoluto con el tono de la película– y quizá el recurso fácil que emplea el periodista y que desencadena la trama. El tercer pero es el propio personaje de Gregory Peck, el periodista, (y eso que adoro a este actor) demasiado rígido, moral, juzgador y héroe, que lo hace poco creíble. Pero el planteamiento del problema es válido y creo que todavía vigente (no hace falta poner la palabra judío o antisemitismo). 

De nuevo, el personaje más complejo es el más realista y el que veo más vigente, la enamorada de Peck, interpretada por Dorothy McGuire. La mujer de clase media con un discurso de mujer progresista y liberal (me valen igualmente los hombres), pero tan sólo aparentemente (a través de su discurso pero no de la acción), que oculta a una mujer vulnerable y asustada incapaz de enfrentarse al racismo latente en su familia, amigos e incluso en ella misma. Que se muestra asustada y que vive con el silencio y evitando el enfrentamiento y el conflicto para no perder su pertenencia a una comunidad. McGuire hace creíble un personaje real que no es difícil de encontrar hoy. Ella es un personaje absolutamente humano. 

El otro personaje que se lleva la película es John Garfield (también sufrió las consecuencias de la Caza de Brujas y sus presiones hasta tal punto que perdió la salud y la vida) como el mejor amigo judío y militar del periodista. Él es el que sufre a diario el rechazo y el racismo junto a su familia –por eso se queda de piedra ante la ingenuidad de su amigo aunque lo apoya, sabe que lo que él va a vivir por unos días, él lo tendrá que soportar siempre–. Y, por eso, solamente ellos dos, Garfield y McGuire, podían protagonizar la escena en que el personaje de McGuire queda al descubierto pero por otra parte reacciona. 

La amiga periodista (Celeste Holm que se llevó un oscar por su interpretación), verdadera progre y consecuente con sus palabras y sus acciones, deja una pregunta abierta en la trama y muchos piensan que mal solucionada (¡¡¡cielos, por qué el periodista Peck no se enamora de esta mujer de bandera!!!) pero es que entre ambos personajes no hay posibilidades de conflicto. Tampoco hay que dejar de nombrar a esa secundaria Anne Revere (también nominada) como madre recta y de personalidad magnánima que apoya en todo momento las decisiones y pensamientos de su hijo periodista. 

Otro momento clave e interesante para el debate son los protagonizados por la secretaria del periodista, judía y que cambia su nombre para no ser rechazada y conseguir trabajo pero que a su vez no ve con buenos ojos a otros judíos. Ella entra también en el mecanismo del antisemitismo. También, una actitud comprensible y tristemente humana. 

Así que a pesar de los peros, La barrera invisible es una película interesante que revela un sentir del momento, de un periodo postbélico al borde de la Guerra Fría (y en el que se pueden rescatar ciertas cosas que siguen vigentes en este siglo). 

Una película que cómo descubre el director en la entrevista que cito al principio tenía un claro mensaje, directo y si quieren simple, dejo sus palabras: “Yo les estaba diciendo: ‘Vosotros, que estáis ahí sentados viendo el estreno, con vuestras ropas lujosas y vuestra orondas cuentas bancarias, sois antisemitas. Lo haré con tanta delicadeza y suavidad que no habrá modo de que no aceptéis la culpabilidad’”.

Juno

Juno es una buena película de entretenimiento envuelta en un halo de pequeña película independiente (pero que escarbando un poco no es tal porque como pasó el año pasado con la inolvidable Pequeña Miss Sunshine consiste, además, en una magnífica campaña de marketing y distribución, siempre apoyada por un estudio grande). 

Son varios los ingredientes que hacen de Juno una película a tener en cuenta. Un producto cinematográfico fresco y bien hecho. Lo primero toda la información que se ha vertido sobre su guionista (todo un personaje que finalmente se ha erigido con el oscar a mejor guión original), Diablo Cody, todos los que habitualmente leemos como posesos información cinematográfica sabemos que es su primer guión, conocemos sus múltiples oficios –por supuesto siempre haciendo hincapié en que en un momento de su vida ejerció de stripper y que trabajó en una línea de telefonía erótica– y, que además, es una exitosa blogger. Efectivamente, hay aciertos en la historia construida por Cody: unos personajes con encanto y bien construidos (desde la protagonista Juno hasta todos los secundarios que siguen su andadura). Diablo construye una historia sencilla, de personajes y sentimientos, y sobre todo conecta con la manera de hablar y sentir de una generación de adolescentes americanos del siglo XXI. 

Por otra parte, la dirección cae en manos de Jason Reitman que ya sorprendió a muchos (a mí incluida) con su primer largometraje, la ácida e interesante Gracias por fumar (2005). La película cuenta con ritmo y recursos cinematográficos que dan un aire fresco y dinámico a la historia de una joven adolescente embarazada. 

Una buena elección de actores que encarnan a la perfección a sus personajes, una joven Ellen Page o Juno que ofrece un personaje protagonista chispeante y lleno de luz. Sus comprensivos padre y madrasta –con un sentido del humor que hace que ofrezcan alguno de los mejores momentos de la película–. El mejor amigo de Juno –y desencadenante de la situación de la adolescente– y su mejor amiga (interpretados por un carismático y tierno Michael Cera y una simpática Olivia Thirlby). Y, por último, la pareja de padres adoptivos (y los roles más complicados, quizá, por eso, para mí los menos conseguidos) con los rostros bellos y perfectos de Jason Bateman y Jennifer Garner. Los dos son treintañeros de clase acomodada, él con sueños de Peter Pan y siempre encadenado a una vida que parece no quiere vivir; ella como mujer perfecta y que tiene todo bajo control –aunque mujer vulnerable– con un objetivo claro, ser madre. 

El envoltorio estético de la película con recursos como unos títulos de crédito originales, unas canciones y una música adecuadas y una vitalidad que empapa toda la producción. 

Por último, la película además de entretener hace pensar. A mí parecer Cody (no sé si consciente o inconscientemente) crea un mundo ideal donde un problema adolescente es solucionado de la mejor manera posible. Un mundo ideal donde una adolescente que se queda embarazada puede elegir qué hacer (y tiene la libertad de decisión para optar por distintas opciones, valga la redundancia). Juno encuentra el apoyo de sus padres y de sus amigos más cercanos, además, puede acceder fácilmente a cada una de las opciones que se plantea. Todo discurre con una naturalidad maravillosa. Algo, que en otras películas e historias, se vería desde el punto de vista del drama, aquí se plantea desde una perspectiva ideal (por eso no estoy de acuerdo con algunos comentarios de espectadores que veían en la película un alegato antiabortista, creo que el personaje de Juno tiene intacta su capacidad de decisión y nadie hubiera juzgado el camino a seguir. Está claro que en todas sus decisiones hubiera sido apoyada…, y que todas podía llevarlas a cabo, ¿no sería lo ideal? La libertad y madurez en la toma de decisiones y tomando la decisión poder acceder, fácilmente, al camino elegido).

Terry Gilliam y el cine

Otro fabulador de cuentos oscuros o claros (yo me quedo con El rey pescador y Doce monos) es el ex-miembro de los Monty Python, Terry Gilliam. En un libro, de edición cuidada, de los críticos Jordi Costa y Sergi Sánchez (que publicaron en el año 1998 gracias a la colección de libros con los que deleita siempre  el Festival Internacional de cine de Donostia-San Sebastián), Terry Gilliam, el soñador rebelde, contiene una completa entrevista con el director y una de sus preguntas es cómo se despertó su pasión por el cine.

La contestación de Gilliam es linda, muy linda, habla que sus primeros recuerdos le llevan a Blancanieves o Pinocho pero que le dejó marcado El ladrón de Bagdad (1939) de Michael Powell, Ludwig Berger y Tim Whelan. Echa de menos la magia en el cine…, habla de esa magia de la sala oscura, de la sensación de ponerte frente a una especie de contador de historias.

Comenta cómo siempre le han encantado las películas de aventuras, los cómicos como Jerry Lewis o las películas épicas al estilo Ben Hur…, el poder del celuloide de trasladarte a otras civilizaciones, a otros tiempos, a otras épocas…, salir, a través del cine de las monotonías de tu vida…, pero, de pronto vive una transformación, y lo cuenta de manera preciosa:“Creo que la primera película en la que fui consciente de un verdadero trasfondo social –la primera película en que me di cuenta de que el cine podí hacer algo más que entretener– fue Senderos de Gloria (Stanley Kubrick, 1957). Tenía unos catorce años. Era sábado, pero yo me quedé en casa viendo la película, atónito. Luego fui corriendo a contárselo a todos mis amigos. Nadie la había visto. Pero, Dios mío, aquella película era algo distinto. Me hizo darme cuenta de dos cosas: de que podías tratar un tema social y de que podías mover la cámara de una forma en la que nadie lo había hecho antes. De repente fui consciente de eso que llaman técnica cinematográfica: aquellos travellings eran maravillosos”.

Me parece preciosa esa forma de descubrir por una parte las mil y una posibilidades del cine. No sólo el entretenimiento. Y la alucinación al empezar a comprender el lenguaje cinematográfico, otro modo de expresión.

A mí Gilliam me ha soñar…, y cuando quiere, se convierte en ese contador de cuentos que nos deja con los sentidos suspendidos en el aire u otra dimensión.

Hasta el fin del tiempo (Till the End of Time,1946) de Edward Dmytryk

El mismo año que William Wyler estrenó Los mejores años de nuestra vida, el directo Edward Dmytryk realiza también Hasta el fin del tiempo. Mientras que la primera sigue siendo un referente de cómo el cine estadounidense presenta el regreso de soldados norteamericanos y su difícil integración en la sociedad después de la II Guerra Mundial, la segunda ha caído en el olvido. 

Las razones pueden ser varias: la primera está producida por un estudio fuerte como la Metro y en su reparto hay más estrellas que en el cielo como decía el eslogan de dicho estudio (en su reparto están Dana Andrews, Fredric March, Myrna Loy, Teresa Wright o Virginia Mayo). La segunda está rodada en uno de los estudios menores –que no menos importante–, la RKO y en su reparto no hay estrellas (un Robert Mitchum que todavía no es lo suficientemente conocido y reconocido y una actriz que pide ser revalorizada a gritos Dorothy McGuire son sus bazas). 

Además, Los mejores años de nuestra vida está dirigida por un director de oro en aquel momento (y, ahora, un poco olvidado y es una pena porque su filmografía merece la pena), William Wyler, que ya tenía en su haber joyas como Jezabel, La carta o La loba, y por otra parte, había demostrado su patriotismo en una de las películas más populares y propagandísticas durante la II Guerra Mundial, La señora Miniver. Un director de carrera imparable que seguiría dando clásicos como La heredera, Vacaciones en Roma o Ben Hur. 

Sin embargo, Hasta el fin del tiempo fue dirigida por Edward Dmytryk, uno de los directores afectados por la caza de brujas. Ésta fue una de las películas señaladas por el Comité de Actividades Antiamericanas para emitir sus juicios sobre la filmografía del director. Su popularidad, entre el público, era menor. Fue uno de los primeros en las listas negras, uno de los conocidos como Los diez de Hollywood que se negaron a declarar y se protegieron en la quinta enmienda (cuyo texto legal dice que “ni se obligará a declarar contra sí misma en ningún juicio criminal”). Uno de los que sufrió privación de libertad. Sin embargo, Dmytryk no pudo con la presión, como sus demás compañeros de lista, y sí llegó a declarar, a pedir perdón por su pasado y a dar nombres de sus compañeros. Esta actitud ha hecho que, en parte, no haya sido reconocida su obra como director (que aunque interesante nunca obtuvo los índices de popularidad y calidad de su compañero) que tiene películas como Historia de un detective, Encrucijada de odios, Vivir un gran amor (que luego se haría un remake reciente El fin del romance) o la magnífica El baile de los malditos. 

Sin embargo, Hasta el fin del tiempo es una película muy bien contada y, además, presenta este regreso nada heroico con un método más realista y cotidiano que Los mejores años de nuestra vida. Ayuda el planteamiento y la forma en que está contada y, curiosamente, es más creíble por la poca presencia de estrellas y glamour. El único pero es su final precipitado y además totalmente happy end que no corresponde en nada al tono que ha tenido la película. Un tono siempre al borde de la melancolía y la crispación. Los tres combatientes y sobre todo el protagonista, Cliff (interpretado por un guapo y desconocido actor, Guy Madison) viven perplejos su soledad, su inadaptación, las secuelas de la guerra y el sentimiento de los años que les ha hecho perder la guerra. Unos años que no podrán recuperar más. 

Cliff sólo se encuentra a gusto entre los camaradas de guerra, entre los que saben lo que vivieron. Toda la película roza el desencanto…, sobre todo en la exquisita composición de McGuire como la viuda de guerra que trata de superar la pérdida del amado, arrebatado por la guerra.  Cliff y la viuda intentarán recomponer sus vidas, volver a creer y encontrarse el uno al otro. Aunque a ambos les vence, muchas veces, la melancolía y el pasado. 

La película está repleta de escenas muy interesantes como la relación complicada que se establece entre Cliff y los padres. Cliff no conecta con ellos y fracasa las veces que les quiere hacer comprender que ahora no es el adolescente que se marchó hace unos años a la guerra. Los padres son incapaces de reconocer al Cliff que tienen delante, que no encuentra trabajo, que no se adapta, que no aparece por casa, y por otra parte, se niegan a escuchar lo que ha vivido su hijo. Quieren borrar el sufrimiento y que todo vuelva a ser igual. Como antes de la guerra. 

Impresionante la escena en que Cliff y su enamorada, una desencantada viuda, se acercan a tranquilizar y ayudar a un soldado que no soporta la idea del regreso, que se encuentra mal física y psíquicamente, y que no puede controlar sus temblores. 

También, es interesante como ahonda en las secuelas físicas y psíquicas que la guerra ha dejado a los combatientes que han regresado. Sobre todo en los papeles de Robert Mitchum que no logra situarse ni cumplir sus sueños y que va dejando deudas por donde pasa –además de tener una grave lesión en el cerebro que le produce secuelas– o el personaje de Perry (Bill Williams), un soldado sin piernas que se niega a volver a luchar, se encierra en su cuarto, y no quiere oír de ponerse unas piernas ortopédicas. 

Y, realista porque en una de las escenas pone en alerta de una sociedad que se está volviendo excesivamente conservadora y excluyente que está alentando el odio y que aprovecha para reclutar a estos individuos perdidos. 

Hasta el fin del tiempo deja un regusto amargo, y a pesar de su rápido Happy End, sabemos que los protagonistas no han solucionado sus problemas y que no lo van a tener nada fácil. Impacta la primera escena, la del regreso, unos soldados a los que preparan para ir al hogar sin nada de heroísmos ni puertas grandes o desfiles gloriosos sino informándoles fríamente sobre las instituciones que podrán prestarles ayuda, sobre las pagas que tienen derecho a recibir y subiéndoles a un autobús con petate al hombro.

Diccionario cinematográfico (54)

Prostitutas (1ª parte): o trabajadoras del sexo…, mujeres que han tenido un largo idilio con el cine que ha sido poblado por grandes personajes femeninos con la profesión, dice el tópico, más antigüa del mundo. Prostitutas desgracias, prostitutas encantadoras, confidentes, mujeres fatales, voces de la conciencia, la amiga que todo hombre quiere tener, la que no tiene más remedio, la que es porque sí, a la que obligan… 

Y nos acercamos al cine de Fernando León o Uribe. Y tenemos el rostro de Candela Peña en dos composiciones inolvidables. Su voz canalla, su mirada que desarma, el corazón que se la sale, sus sueños y nostalgias la hacen grande en Días Contados y en Princesas. Tampoco se queda lejos una Victoria Abril, prostituta alcohólica, en ese thriller con fuerza que responde al nombre de Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto. 

Y si nos vamos un poco más en el tiempo vemos a Concha Velasco como corista que ofrece más servicios que enseñar las piernas. La prostituta con conciencia y corazón que protege al maquis en Pim, pam, pum… ¡fuego! 

Seguimos la senda mediterránea y nos acongoja el corazón esa prostituta linda que todavía, por siempre, confía en los demás y cree en el amor. Con la cara ilusionada e inocente de Giulietta Massina nos enternece con su Cabiria. Sólo se espera de Fellini tal ternura y melancolía. 

Y en una película italiana más moderna, se nos ofrece otra historia tierna entre una prostituta de una perdida isla griega, y un soldado pequeño, tímido y encantador que nunca ha estado con hembra. Me refiero a esa delicia que se llama Mediterráneo. 

La hermosa Romy Schneider realiza una interesante reflexión de la profesión en uno de los capítulos (para mí el mejor) de una curiosa película colectiva Boccacio 70. Il lavoro de Luchino Visconti es el corto que protagoniza la actriz alemana. Todo empieza cuando un conde venido a menos se encuentra involucrado en un escándalo, suponemos que sexual. Su esposa toma una decisión. 

La enorme Sophia Loren construyó a dos prostitutas tiernas, muy tiernas. Una en la última obra de Charlie Chaplin, La condesa de Hong Kong que encuentra a su caballero en un Marlon Brando alucinado. La otra, en uno de los episodios de Ayer, hoy y mañana, el tercero, donde en una Roma hermosa la prostituta Mara trata de que el estudiante de cura siga su rumbo mientras atiende a su cliente enamorado, un Marcelo Mastronniani que adora los stripteases de Mara, la prostituta a la que ama. 

Billy Wilder nos deja a Irma La Dulce, una Shirley MacLaine parisina con falda negra, medias verdes, y camisa del mismo color…, y perrito pequeño. Una prostituta de esquina con encanto que también se enamora, ¿de su chulo, del policía…?¿De la misma persona? Para los más curiosos recordar que esta misma actriz realizó la versión americana y musical de Las noches de Cabiria de la mano de Bob Fosse (Noches en la ciudad) y que en los años cincuenta tuvo un papel secundario en uno de los melodramas de Minelli, Como un torrente, donde su papel es el de una prostituta donde consiguió una nominación al oscar. Continuamos con el director berlinés afincado en Hollywood, ofrece otra curiosa película con una Kim Novak de prostituta vulgar donde realiza una reflexión sobre la hipocresía social en una noche de intercambio entre una leal esposa americana y una prostituta con buen corazón. La película es Bésame, tonto. 

Nos vamos alejando más en el tiempo y John Ford nos dejó a dos prostitutas ejemplares: a la maravillosa Claire Trevor que se come a dentelladas con su forma de ser, su naturalidad y delicadeza con los otros a los otros personajes estirados y que se creen con más moral. Estoy hablando de esa joya que se llama La Diligencia (una adaptación libre del maravilloso relato Bola de Sebo). O una magnífica película de 1935, El delator, sobre un grandote irlandés Gypo Nolan al que el hambre y la pobreza le puede más…, delata a un activista a la policía británica. Pero su acción le pesa, sólo es un buen hombre que se equivoca con ganas de llevarse a su novia, que trabaja de prostituta para salir adelante, a las Américas. Su novia, aunque siempre le pone las cosas claras, nunca le abandona y le entiende, al igual que la madre de la víctima. Una joya. 

Colin Firth

Hoy tomo la mano al intérprete británico Colin Firth. Él es de esos actores que cuando encuentra el vehículo adecuado se convierte en un conductor seguro. De rostro agradable, es capaz de transformarse y transmitir. En drama o comedia romántica siempre logra presencia y realizar personajes de los que no se olvidan. Firth es como aquellos actores de reparto del sistema de estudios de Hollywood, él siempre está ahí y, siempre que le dejen va a ofrecer un buen papel.

Empezó en los años ochenta, un joven actor tuvo tal éxito en la representación teatral de Otro país que cuando la llevaron a pantalla, consiguió el mismo papel que en el escenario. Y, en 1984 empieza su andadura con la historia de amistad en los años treinta entre un homosexual y un compañero de ideas políticas marxistas. Poco a poco va llegando a los altares de la sala oscura, sobre todo cuando realiza su peculiar recreación de las Amistades peligrosas en la película de Milos Forman, Valmont. Colin Firth, en el mismo año que triunfa (1989) las amistades de Frears, ofrece un Valmont canalla, travieso y con espíritu de Peter Pan. Una especie de Don Juan que deja el juego para darse cuenta de que puede enamorarse de verdad. Su composición nada tiene que ver con el rostro maquiavélico de John Malkovich. Su Valmont despierta ternura y se convierte en víctima. 

Sigue apareciendo en películas intimistas como Círculo de amigos sobre las vicisitudes de unas estudiantes irlandesas y católicas. Y alcanza el éxito mundial en 1995 por su personaje de época en una serie de televisión que lleva a la caja de soledades la literatura de Austen, Orgullo y prejuicio. Después en cine deja su rostro igual para una comedia como Fuera de juego o un melodrama familiar a la americana, Heredarás la tierra. En 1998 trabaja en un papel secundario en una película bombón, Shakespeare enamorado donde hace de futuro esposo malo malísimo de una Lady Viola que sólo quiere al dramaturgo de Romeo y Julieta. Su interpretación, al borde de la caricatura, de un noble venido a menos que se casa por conveniencia económica para sufragarse un viaje a la Américas donde espera hacer fortuna, nos muestra que Colin Firth tiene mucho que ofrecer. 

De pronto, se convierte en un galán de comedia romántica, en el hombre bueno, serio –pero cuando se requiere divertido–, triunfador y guapo que se enamora de una Bridget Jones que no da pie con bola. Y quita de un plumazo al otro gran galán de comedia romántica, Hugh Grant, a la mujer amada. El diario de Bridget Jones (2001) pone en órbita a un Firth que sabe que enamora. Y no deja a sus personajes de época, el teatro vuelve a ofrecerle un papel clásico y le vemos en la última adaptación cinematográfica de La importancia de llamarse Ernesto (2002). Sin embargo, el galán ataca de nuevo y ofrece una de las historias más románticas de Love actually (2003). Ese escritor encantador que se retira con el corazón roto a una casa para terminar su novela y, poco a poco, da igual el impedimento del idioma, se enamora de la chica portuguesa que limpia su casa. 

Ese mismo año, vuelve a vestirse de época, esta vez del pintor Vermeer y nos cuenta en historia elegante y fotografía preciosa, la creación del cuadro de La joven de la perla con una Scarlett Johansson alejada de la imagen glamurosa y erótica que ahora exhibe (y que queda tan bien en un producto como Match Point). Vermeer un hombre con defectos pero que se transforma ante el lienzo cuenta con un Firth que logra mostrar la fascinación por la pintura y su desencanto y hastío ante la vida cotidiana. Al año siguiente, lo único que sobrevive en la secuela de Bridget Jones es el encanto de Firth. Ahora, el británico no para y no sólo apareció en la adaptación de Emma Thompson de La niñera mágica (2006) sino que le esperamos en varios proyectos que por lo menos contarán con su presencia: desde la nueva película de Michael Winterbottom hasta el musical más esperado, Mamma Mía! Y además tiene varias películas pendientes de estreno como Then she found, el debú de Helen Hunt como directora o el drama And when did you last see your father. 

Como ya dije al principio, Colin Firth es de los que siempre están ahí. Los amantes de la sala oscura sólo tienen que encontrarle.

El moderno Romeo ve, por primera vez, a Julieta

Lo confieso, lo confieso, lo confieso…apasionadamente…Hildy Johnson es de las que siente que el corazón se la sale ante las exageradas y barrocas recreaciones del australiano Baz Luhrmann. Lloro, río, canto y me emociono continuamente ante Moulin Rouge, disfruto de lo lindo con Romeo y Julieta (… para horror de los puristas…¡¡¡y sí soy una apasionada del teatro de Shakespeare…, y siento que no lo traiciono!!!), y espero con ansia esa película-epopeya que parece ser se llamará Australia con su musa Nicole Kidman acompañada del bello Hugh Jackman.

Me encanta cuando reponen una y otra vez el anuncio de Chanel nº 5, esa mini historia de amor de actriz que escapa de su éxito (bellísima Kidman) y llega a los brazos de un chico espectacular pero anónimo (sí, el brasileño Rodrigo Santoro).

Sí, el australiano me pierde. Me pierde. Me deja sin sentido y sin capacidad de análisis o crítica. Sus imágenes, estruendos, movimientos continuos de cámara, la mezcla de músicas y ritmos, sus decorados exagerados, los actores que elige y que los viste de estrellas, sus historias mil veces repetidas y visitadas y recreadas, su espectáculo rodeado de pirotecnia, de lugares comunes, de tópicos…, me estremecen. Y, cómo no, llena mi cabeza de momentos inolvidables.

La secuencia: empieza la canción Kissing you con la voz de Des’ ree y estamos en esa fiesta de disfraces que organiza la familia de Julieta. Los espectadores hemos visto como se han colado Romeo, Mercurtio y demás amigos. Ahí están los Capuleto y los Montesco. Esas familias poderosas de una Verona Beach cargada de corrupción y violencia. Romeo (Leonardo Di Caprio con cara de niño bueno, de príncipe), disfrazado cual caballero de armadura, pasa por una especie de pecera gigantesca y se recrea en los peces…, y su mirada va a caer a un ojo que le observa. Un ojo que se va elevando para que aparezca el rostro de una Julieta (Claire Danes, ¿dónde estás?) vestida de blanco y con alas de Ángel. Y los dos se observan, y los dos se ríen, y los dos se enamoran…, a través del agua, a través de los peces, a través del cristal transparente de la enorme pecera y en esto el ama llama a Julieta. Y se va. Pero, Romeo ya siente una especie de imán que le conduce a ella. En el jaleo de un gran baile de disfraces, Romeo descubre a su Julieta bailando con un panoli vestido de Astronauta (qué rollo el futuro). Y así en la distancia, los dos siguen mirándose, jugando con la risa, con el gesto, con la mirada…, sin palabras.