Uno de los últimos libros de la serie Signo e Imagen/Cineastas de Cátedra está centrado en la figura del realizador Douglas Sirk. Jesús González Requena aborda la obra del autor no desde un análisis histórico del autor, su breve biografía y un estudio exhaustivo de cada una de las películas de su filmografía (como es habitual en este tipo de libros) sino que se centra en el uso del lenguaje cinematográfico del realizador. Una perspectiva muy interesante y original para conocer la obra de un creador coherente y consciente del empleo del cine como medio de expresión. 

Requena actualiza un trabajo ya publicado en 1987 y consigue que echemos una mirada nueva a la obra de Douglas Sirk. Así nos avisa ya en la introducción al libro que sólo prestará atención a los textos fílmicos y a la escritura que trabaja en el interior. De esta manera, descubrimos que nada en la manera de representar sus historias se encuentra al azar, que son productos muy bien hechos y pensados. Todo quiere decir algo y tiene una función dentro de la película. Mil y un símbolos que quedan a nuestra vista. Un viaje apasionante al mundo sirkiano. Un trabajo de investigación serio y documentado. 

En todo el libro se desprende una gran metáfora, la metáfora del espejo. Y, pronto descubrimos la cantidad de espejos/lecturas que tienen sus películas. Además de descubrir la presencia obsesiva del espejo en cada una de sus películas. 

Así realizamos camino cinematográfico a sus grandes obras y a otras más desconocidas (o más difíciles de acceder a ellas): iniciamos el recorrido con la película La novena sinfonía (1936), seguimos con La golondrina cautiva (1937), nos vamos ya a su etapa estadounidense con dos películas con la presencia de su primer actor fetiche: George Sanders en Tormenta de verano (1944) y Escándalo en París (1945); y finalizamos con la serie de películas por las que ha alcanzado el altar en el Olimpo cinematográfico (ya saben yo siempre tan exagerada) durante la década de los cincuenta con: Su gran deseo (1953), Obsesión (1953), Sólo el cielo lo sabe (1955), Siempre hay un mañana (1955), Escrito sobre el viento (1956), Interludio de amor (1956), Ángeles sin brillo (1957), Tiempo de amar, tiempo de morir (1957) e Imitación a la vida (1958). En esta segunda etapa sus actores fetiche serían Rod Hudson, Robert Stack y John Gavin. Y ellas tendrían los rostros de Jane Wyman, Barbara Stanwyck, Dorothy Malone o Lana Turner. Poco a poco entendemos cómo usa la escritura cinematográfica este gran autor del melodrama, que con sutilidad aborda la melancolía, emplea siempre a su favor la escenografía y las técnicas cinematográficas, y realiza un empleo de la luz…, para hablar, para contar, para que entendamos a sus personajes. Toca temas universales en sus películas como el amor, la muerte y el tiempo siempre desde perspectivas que nos seducen. 

Un libro para volver a tener una disculpa de acercarnos de nuevo, de buscar, indagar, revisitar e investigar la obra de Douglas Sirk. 

Bienvenido sea.