Más y más curiosidades cinéfilas

Cómo te quedas si te cuento que Margo Channing, la inolvidable diva del teatro de Eva al desnudo, iba a tener el rostro de Claudette Colbert.

Y qué me dices si te digo que Bonnie era el sueño de Leslie Caron, que se quedó sin papel y sin novio…, Warren Beatty no veía a su amor con metralleta.

Gritaré y gritaré que de las muchas posibles Escarlatas O’Haras, yo me enamoré de las pruebas que dejó para la eternidad Paulette Godard.

¿Sabíais que era Julie Andrews la que imaginaba que iba a ser Liza en el musical My fair lady puesto era ella la que triunfaba en los escenarios?

¿Os imagináis la cara que se le quedó a Jessica Tandy cuando vio que todos sus compañeros de teatro conseguían su papel para la película de Un tranvía llamado deseo y que ella, Blanche, era la única que no conseguía el rol?

A Truman Capote le hubiese fascinado que su Holly, de Desayuno con diamantes, tuviera la cara de Marilyn Monroe…

Caleidoscopio de curiosidades cinéfilas

No puedo evitarlo y es que siempre que programan en televisión La estanquera de Vallecas de Eloy de la Iglesia me quedo pegada a la pantalla porque me envuelve una infinita ternura hacia Leandro, Tocho, la estanquera –esa impagable jefa— y su inocente sobrina (con cara de Maribel Verdú). Y siempre me conmueve esa historia que transcurre en el madrileño barrio de Vallecas de dos delincuentes por necesidad pero lindos y sus dos víctimas que descubren a dos hombres sin suerte y entre los cuatro se entienden y hay un espíritu colectivo de gentes que se unen en periodos de necesidad. Deseas tanto que nadie sea duro con Tocho o que Leandro tenga un golpe de suerte. Quieres tanto que la estanquera y su sobrina les vaya bonito…

Y para mí aquí Eloy sabe llegar con cuatro intérpretes que se identifican plenamente con sus personajes: esa pedazo mujer que es Emma Penella (a cuántas abuelas y madres vemos reflejadas en su cuerpo enorme), Maribel Verdú (adolescente que se transforma), José Luis Gómez (con esas manos de trabajador, buena gente con mala suerte) o José Luis Manzano (el rubio de los rizos como esos jóvenes sin futuro, duros pero faltos de cariño con mala suerte por su perra vida…).

Y va ahí mi pequeño recuerdo para Tocho o José Luis Manzano, actor fetiche de Eloy de la Iglesia y modelo de aquellos jóvenes no profesionales que intervinieron en películas de los ochenta sobre delincuencia juvenil. Jóvenes que su vida se diferenciaba poco de lo que representaban en la ficción. A Manzano le vimos en Navajeros, en El pico o en Colegas. Y siempre nos partía el corazón. Murió en 1992 por sobredosis a los 27 años.

Moda y cine

Binomio inseparable. Hoy veo en el especial Belleza de El país semanal un reportaje de moda que se inspira en la replicante Rachel de esa maravillosa película que se llama Blade Runner.

Y entonces mi cabeza empieza a hilar. Este fin de semana he visto de nuevo Una cara con ángel, esa película de Donen donde vemos a una Audrey fantástica bailar junto a Fred Astaire. Y allí la actriz se convierte de bibliotecaria a modelo de alta costura en un París romántico. Astaire es una especie de Avedon (que fue asesor de fotografía en esta película) que obra el milagro con unas fotos y una estética maravillosa de una chica con ángel. Y recuerdo la unión de Audrey con Givenchy y cómo todos recordamos a la actriz con los atuendos del modisto que aún hoy no pasan de moda. Y me quedo con la imagen de esa chica con ángel que se mueve en el París bohemio toda vestida de negro, con pantalones pitillo…

También, anoche lei de nuevo un artículo sobre la revolución que supuso en 1967 Bonnie and Clyde en muchos aspectos pero también en el mundo de la moda. De pronto, la ropa de Warren y Faye se convirtieron en lo más. Y subieron en ventas las boinas de Bonnie.

Y sigo hilando e hilando y recuerdo como las camisetas interiores blancas de hombre se pusieron de moda y se subieron las ventas después de ver más bello que nunca a un Marlon Brando que en Un tranvía llamado deseo se cambia una y otra vez por el calor que hace. O como también, elevaron sus ventas, las camisetas interiores de tirantes, cuando Clark Gable lucía tan bien con ellas en Sucedió una noche.

Y así podría seguir, como siempre, de manera interminable.

La vida privada de Elizabeth y Essex (The Private Lives of Elizabeth and Essex, 1939) de Michael Curtiz

Y en día patético me he sentido identificada con historia de amor dramática de la reina Isabel de Inglaterra y el conde de Essex. Una historia de las de ni contigo ni sin ti. Una reina y un conde que se aman con desesperación pero otros intereses no les dejan entregarse e incluso les llevan a un final trágico.

Ahí, están, grandes, en sus momentos de mayor brillo estelar, la gran Bette Davis y el aventurero vital Errol Flynn (por cierto, guapísimo en esta película) amándose sin alcanzar la felicidad. Ambos estrellas de la Warner y ambos dando mucho dinero en taquilla. Corría ni más ni menos que el glorioso año de Hollywood 1939 (sí, sí el año de Lo que el viento se llevo, de Caballero sin espada, de El mago de Oz…) y Errol ya había sido un flamante Robin Hood y era el joven hermoso por el que suspiraban ellas y ellos. Se encontraba en la cumbre. Al igual que su compañera, la sin par Bette Davis, ya reina del melodrama que ese mismo año triunfaba con Amarga victoria (que pronto comentaremos) y un año antes se había transformado en heroína sureña con nombre de Jezabel. Para esta estrella y actriz no había retos. En el mismo año se transformaba tanto en una joven y bella veinteañera a la que se le va la vida y decide aprovechar hasta el último suspiro (Amarga victoria) como en una reina ajada que ya se va haciendo anciana enamorada de un joven conde con ambición de poder y que se encuentra atada a la corona de Inglaterra y a su orgullo en la película que nos ocupa.

Este melodrama no aburre en absoluto. La película se aleja de puntillas de lo que no le interesa de la Historia y se queda con lo que hará suspirar y atraerá a espectadores. Y vaya si sabe hacerlo. Con la sabia mano del artesano Michael Curtiz y un interesante uso del Technicolo disfrutamos de un romance en pleno siglo XVI. Con un guión adaptando correctamente para el cine la obra en verso de Maxwell Anderson y una música siempre mágica y bien empleada del compositor Erich Wolfgang Korngold… Voilá, a suspirar por ese amor y desencuentro contínuo en la corte de la reina. Donde no faltan las traiciones palaciegas, los soldados, las damas, los aposentos enormes, los rumores, los gritos del pueblo…

Como era habitual en estas películas que se realizaban en el apogeo del sistema de estudios, La vida privada de Elizabeth y Essex es una fuente de anecdotas donde también tienen un hueco los grandísimos actores secundarios. Por una parte llama la atención en un pequeño papel a la gran Olivia de Havilland, de nuevo en su estudio, después del éxito apoteósico que iba a suponer para ella su reencarnación de Melanie en Lo que el viento se llevo. Sin embargo, el estudio en vez de ir buscándola buenos papeles, la dejaba claro que era una actriz bajo contrato y que ahora porque les daba la gana le daban ese papel. A Olivia no la sentó en absoluto bien y, sin embargo, como siempre trabajó correctamente. Además, es otra película para la colección de papeles que interpretaría junto a Errol Flynn y que les convirtió en aquellos años en una de las parejas cinematográficas más populares (el ligón de Errol nunca logró los favores de Olivia fuera de la pantalla pero sí conservaron una amistad). Por ahí nos encontramos a Donald Crisp o a Vicent Price que hacen más atractivas las intrigas palaciegas.

Además de la manera despótica que tenía Curtiz de manejar el cotarro, contamos también con el choque de egos entre las dos estrellas, que nadie lo diría viendo las miradas de cariño y la química que desprenden en la película, no se llevaban en absoluto bien. Siempre es un placer para que os entereis de todas estas historias de enemistad y conozcais los rodajes complicados de películas clásicas que consulteis los tomos de Juan Tejero Este rodaje es la guerra.

Como siempre Flynn tira en su intepretación del instinto, la vitalidad y su simpatía natural y logra un conde absolutamente enamorable y la Davis se prepara concienzudamente su papel: desde la apariencia física (quería parecerse lo más posible a lo que pudo ser en la realidad esta reina) hasta cada uno de los vestidos y objetos que rodean su vida. Pasando por la manera de hablar y por cada uno de los gestos de esta reina compleja. Y que quereis que os diga a mí los dos me convencen. Y los prefiero cuando entre discusión y discusión, se gastan bromas y se tratan de tú a tú. Ahí son un hombre y una mujer que tratan de unirse a pesar de sus defectos…, y sus virtudes.

Un gozo para la vista, una diversión y entrenimiento para día patético como el que tengo hoy.

¿Y qué es el cine?

Un tunel infinito de historias.

Una colección de rostros.

Inmortalidad.

Viajes a rincones nunca explorados.

Sueños.

Un estudio de almas.

Sentimientos a la deriva…

Imágenes en movimiento, música en el aire…

La vida en blanco y negro o en color.

Luces y sombras.

Risas en cascadas.

Lágrimas. 

Palabras con poder.

Sueños cumplidos.

Imaginación en vuelo.

Suave como visón (That Touch of Mink, 1962) de Delbert Mann

Comedia ligera y bastante anodina, me interesó su visión sobre todo por dos asuntos: como documento sociológico de vida americana en aquellos años y, también, por el personaje al que se vio encadenada su protagonista principal, Doris Day.

Suave como visón es de esas películas flojas pero que se ven con una sonrisa en la boca. No aburren y no carecen de curiosidades. Es de esas películas que se dejan ver porque además son correctas en realización, guión, fotografía…, y cuenta además con un reparto atractivo (Cary Grant, Doris Day y uno de los secundarios eternos Gig Young).

Suave como visón es una de tantas que trataba de repetir la fórmula que convirtió a Day en un estereotipo femenino de los años 50, sobre todo en sus famosas comedias junto a Rock Hudson. Se resume fácilmente: mujer independiente, trabajadora, moderna y sexy pero que tiene claro que el sexo sólo es lícito dentro de la institución del matrimonio se encuenta con playboy guaperas que huye del compromiso y de la institución del matrimonio y cree en los encuentros sexuales sin amor. De este choque surge una historia romántica y de lucha de sexos que siempre termina con una Doris Day que atrapa al playboy y le hace pasar felizmente por la vicaría. Tanto es así que esta rubia, siempre con el último modelo y último cardado en su pelo, se la denominó la virgen de  América. La formula funcionó bien durante los cincuenta y principios de los sesenta pero el estereotipo quedó pronto pasado de moda en una década de cambios en costumbres sociales y en narración cinematográfica.

Doris Day, además cantante de éxito, se quedó con su imagen entre sexy, inocente y virginal y éste es su rol más recordado. Sin embargo, detrás de estas películas escapistas y detrás de este estereotipo femenino hay una mujer real que tuvo una vida sentimental complicada y una vida marcada por la depresión, el engaño y el maltrato. Detrás de la sonrisa, aguardaba la lágrima. Day se retiró del cine y de la vida social. No quiere saber nada de una imagen de la que sin duda se siente alejada.

Sus películas con Rock Hudson e incluso esta que analizamos poseen además una estética interesante y pueden realizarse además varias lecturas durante su visionado. No son tan planas y fáciles como parecen. Tanto la estética como el planteamiento no pasó desapercibido para el realizador Peyton Reed que en el año 2003 realizó una interesante comedia que revisitaba de manera muy especial este tipo de películas: Abajo el amor con Renée Zellweger y Ewan McGregor.

Además, Suave como visón ofrece una ciudad de Nueva York a principios de los sesenta y varios gags divertidos. Ahí está un millonario playboy de 62 años pero con todo el atractivo de Cary Grant que se siente atrapado por toda una señorita empobrecida y en paro, Doris Day. Ella vive como un cuento de Cenicienta y decide no salir de él arrastrando al príncipe a la vicaría. Así disfrutamos de la moda de aquellos años, de un restaurante moderno y automático, de elegantes hoteles en las Bermudas, de oficinas impresionantes, de partidos de béisbol, de conferencias internacionales…, todo un mundo que pasa ante nuestros ojos.

Mención especial al personaje de Gig Young como ese profesor universitario que pasa a convertirse en hombre para todo y asesor económico del millonario Grant y su relación amor-odio. Los diálogos de este personaje con Grant y sobre todo con su psicólogo no tienen desperdicio. El personaje es infeliz con esa vida llena de comodidades que le ofrece Grant al que se siente irremediablemente atado. La película juega mucho con los malentendidos y el mejor sin duda es el de este personaje con su psicólogo.

No quiero olvidarme de mencionar a su director Delbert Mann que refleja muy bien en sus películas la cotidianidad y que realizó esa pequeña joya de neorrealismo americano, Marty, o el interesante estudio de personajes en Mesas separadas. También, dirigió a Doris Day en una de sus más famosas comedias junto a Hudson, Pijama para dos.

Como ven de una película ligera se puede sacar mucho pero que mucho jugo.

Diccionario cinematográfico (79)

Luke: el viejo Dragline siempre habla, a todos los nuevos que van llegando al centro penitenciario, de la sonrisa simpática de Luke, el indomable. Dragline, el preso más fuerte y veterano, comenta siempre las hazañas del que fue su mejor amigo. Luke murió sonriendo. Le dispararon en el cuello y aún así no se le quitó esa sonrisa que le hacía especial y libre.

Dragline cuenta que Luke siempre fue algo raro pero que jamás se doblegó ante nadie. Era lo único que tenía claro en la vida. Iba sin rumbo pero sin doblegarse ante nadie. Nadie era su amo. Y siempre con la sonrisa en la boca. Estaba algo loco y hacía apuestas imposibles como aquella en la que fue capaz de tragarse cincuenta huevos duros en un tiempo estipulado. Luke terminó en una cárcel por una falta estúpida, y siempre tuvo claro que él se saltaría normas y reglas rígidas que nadie sería su jefe, que nadie le dominaría. Que él nunca se rendiría. El viejo Dragline se queda algo sombrío cuando recuerda la única vez que vio llorar a Luke. Él nunca exteriorizaba sus sentimientos pero cuando murió su madre se volvió un hombre triste por unos días, cantaba con su banjo, mientras lloraba. Solo. Sin compañía.

Luke siempre demostraba que todos eran hombres libres y que se podía uno escapar una y otra vez para que los jefes no estuvieran tranquilos, para que los jefes se dieran cuenta de que no los admiraba, de que no caería bajo su yugo…, nunca. Aunque estuviera reventado, cansado y al límite como tantas veces estuvo siempre se ponía en pie, nunca de rodillas. El héroe de guerra, el condecorado, el que no sabía que hacer con su vida y con tanta libertad, sólo tenía claro eso, que quería ser libre con una sonrisa. Nunca se metió con nadie. Siempre sonreía.

Dragline se pone serio. Y recuerda el último día. La tercera vez que Luke se escapó del centro penitenciario él fue detrás. Luke le dijo que sólo se escapaba para demostrar que era hombre libre. Y dejó solo a Dragline porque él sabía que era una huída sin salida. El viejo Dragline cuenta cómo Luke fue a la iglesia y habló un poco con el Dios en el que no creía y le dijo que se encontraba un poco cansado. Y le sonreía y le hablaba de tú a tú. De pronto fueron rodeados por los jefes, que querían dejar claro su poder y su fuerza…, y con rabia, Dragline narra que no dieron oportunidad alguna a Luke que fue asomarse y el maldito de las gafas oscuras le disparó como quien dispara en una cacería y le dio en el cuello. Entonces Dragline cargó con Luke y salió fuera y cuando vio que los demás policías cogían a Luke herido de muerte y le metían en el coche, él se abalanzó como un poseso contra el de las gafas oscuras porque disparó a un hombre libre.

Lo último que vio Dragline fue cómo se lo llevaban en un coche y cómo Luke sonreía…, no pudieron arrebatarle la sonrisa. No pudieron.Por eso, él, Dragline, siempre lo cuenta. Siempre habla de la leyenda del indomable. De su mejor amigo, Luke.

Parentesis cinéfilo de fin de semana

Mis queridos compañeros en unas horas me voy de fin de semana así que no podré escribir durante dos días en mi adorado blog.

Me voy, de nuevo, a aislarme en las montañas. A desconectar y a respirar aire puro.

Veré si tengo tiempo de terminar una de las novelas que estoy leyendo a la vez. Se trata de El paciente inglés que me está sorprendiendo gratamente y os lo contaré pronto en un post.

Me voy a un sitio que no viene marcado en los mapas con Almásy, Hana, Caravaggio (maravilloso) y el personaje revelación de la novela (no así de la película), el joven sij, Kip.

Catherine Deneuve

Una de las damas del cine francés, con rostro frío y bello como una máscara, distante como una diva, casi inimaginable como una musa, así vaga Catherine Deneuve por la sala oscura, por la pantalla blanca. De cutis de porcelana y melena rubia. Sólo con los años, quizá, ha concedido papeles más humanos. 

Una de las actrices europeas más prometedoras de los años sesenta fue construyendo una carrera larga llena de rarezas e irregularidades. Sin embargo, la Deneuve fue y es musa de grandes directores. Y alguna de sus intervenciones le ha dejado un hueco en el Olimpo del cine. Su rostro ya más ajado sigue siendo hermoso como una máscara que nunca se rompe en pedazos. Uno de sus últimos trabajos no necesitó de su rostro y sí de su voz. Fue la madre de Marjané en Persépolis (2007) y cosas del destino la niña iraní tenía la voz de su hija Chiara Mastroianni. 

La Deneuve distante fue reina de corazones, siempre el cine, siempre el cine presente. Desde un Roger Vadim que trabajó con ella cuando intentaba hacerse hueco en el panorama francés y siempre iba de descubrimiento en descubrimiento, de belleza en belleza (recordemos que también estuvo con Bardot y Jane Fonda) hasta el amante de las mujeres, enamorado del amor, François Truffaut, paseando de la mano con el actor italiano por excelencia, el encantador Marcelo Mastroianni…, sólo se casó una vez con el fotógrafo David Bailey. Y alrededor suyo un montón de historias y amores. 

Dicen que quizá a la Deneuve se le quedó el rostro más estático, triste y máscara cuando perdió a su hermana, prometedora actriz, François Dorleac. A Catherine nunca se la vio tan pícara, alegre y hermosa como cuando actuó junto a su hermana en la que sería su última película, ese musical encantador y loco que se llama Las señoritas de Rochefort (1967) de Jacques Demy. 

Este peculiar director ya había trabajado con la Deneuve regalándola su primer éxito universal, otro musical triste y romántico, Los paraguas de Cherburgo (1964). Los directores más innovadores del momento empiezan a ver algo especial bajo la frialdad de su rostro, bajo tanta perfección se oculta un volcán de sensaciones y sentimientos. Un mundo oscuro y oculto bajo un rostro joven y terso. Ahí está el joven Polanski que con ella realiza un retrato de la locura en Repulsión (1965) o el ya veterano Luis Buñuel que la convierte en protagonista de dos de sus películas-mundo Bella de día (1967) y Tristana (1970). En una se convierte en señora y en puta, en la otra es la obsesión de Don Lope, niña inocente que evolucionará hasta el rencor. También, Truffaut la toma como musa en una historia de cine negro, de las de siempre, de mujer fatal y loco amor en La sirena del Mississippi (1969). 

Pero en el cambio de década, los años setenta, la Deneuve se pierde por películas internacionales y sí trabaja con Dino Rissi, con Marco Ferreri, con Jean Pierre Melville, con Robert Aldrich y otra vez con Demy…, ¿pero quién recuerda o puede ver esas películas? Tiene como compañeros a Jack Lemon, Burt Reynolds, Omar Shariff, Alain Delon, Jean Marais, Marcelo Mastroianni, Vittorio Gassman o Gene Hackman…, ¿alguien los recuerda como pareja? Algo quedó claro, Deneuve siguió intentándolo pero nunca fue entendida por Hollywood o nunca la dieron el papel adecuado. Y ésta es la década en que la diva sigue trabajando y cimentando su prestigio tras la máscara pero sin éxitos visibles. Sin películas cercanas. 

En los ochenta la rescata Truffaut que ama también a los actores y lo demuestra en un homenaje sentido como es El último metro (1980). Ahí está como actriz de teatro en una película sobre el nazismo en Francia.  Y también tres años después protagoniza una película americana que con los años se ha convertido en película de culto, El ansia de Tony Scott, extraña película de vampiros contemporáneos, con una Deneuve hermosa pero sedienta de sangre y amor. La vampiro a lo largo de los siglos y los siglos busca compañeros y compañeras que siempre la amen. David Bowie pierde juventud, algo que no le pasa a la Deneuve-máscara y es hora de buscar un sustituto con rostro de mujer, una científica con una cara más humana, la de Susan Sarandon. 

Los noventa son dulces con la madurez de Catherine que sigue convirtiéndose en musa de directores europeos como Manoel Oliveira, Andre Techiné, Raúl Ruiz o Regis Wargnier. Y ahí empieza en 1992 con un melodrama de los de siempre, de mujer a la que pasa de todo en tiempos de cambio, se trata de Indochina. Pero sigue lejana para el público…, por eso esa fama de distante y fría. 

Y llega el siglo XXI y como siempre ha demostrado la Deneuve no para. En películas que no ven muchos espectadores de la sala oscura pero que la mantienen, mantienen la máscara. Y de vez en cuando, como hace siempre, pega una sorpresa y se pasea ya como nuestra amiga que lleva décadas entre nosotros. Y la Deneuve ya hace lo que la apetece, lo que puede y quiere e incluso a veces la notamos cercana y divertida. Así me ha pasado en dos de sus películas del XXI. Su personaje fue lo único que aguanté del musical de Lars von Trier, Bailar en la oscuridad (2000). La amiga de la protagonista, el único personaje con la cabeza bien amueblada, con dosis de normalidad, de buena matrona de fábrica que trata de convencer a la protagonista (insufrible personaje interpretado por  Björk) para que reaccione. 

Y sí yo fui una de las que disfrutó de lo lindo en esa mezcla de géneros que se reunieron en 8 mujeres de François Ozon y que reí de lo lindo con los ocho personajes y entre ellos la señora esposa pasada de todo, una Deneuve vestida de rojo. 

La Deneuve no se dedica sólo a ser homenajeada y visitar festivales sino que sigue y sigue incansable en películas y sigue siendo musa. Su rostro-máscara sigue cautivando, aunque sea lejana, y yo sigo esperando sorpresa de verla en la pantalla y que me haga sonreír o llorar en película cercana.

El cartero siempre llama dos veces (The Postman Always Rings Twice, 1946) de Tay Garnett

Siempre había leído de esta película y siempre había querido verla. Y aunque no es de difícil acceso nunca había podido conseguir la cinta en vhs, en dvd o verla en alguna filmoteca o pase televisivo (aunque cada vez en las cadenas que vemos todos es más difícil que se programe cine clásico).

Sólo había visto la versión de Bob Rafelson en 1981, película de éxito y que siempre será recordada por la erótica escena en la cocina entre Jessica Lange (que se convertía en el icono sensual de los ochenta) y Jack Nicholson. Que si os digo la verdad, hace bastante que la vi, no me impresionó en exceso y me gustó pero creo que al final llegó a aburrirme.

Tampoco he podido ver nunca la versión anterior a ésta que hoy hablamos, la mítica Ossesione de Visconti que la llevó a la pantalla en 1942 y muchos historiadores reconocen como el principio de la corriente neorrealista en el cine italiano. Pero sé que la veré.

El cartero siempre llama dos veces es la adaptación de una novela corta de J. M. Cain (que publicó en 1934) y una de las películas que se suele nombrar cuando se habla de cine negro y mujeres fatales.

Pero amados lectores, Hildy quiere señalar que Cora no es una mujer fatal al uso. Es una mujer víctima de los tiempos, la Gran Depresión, y con sueños de llegar a ser alguien o de por lo menos lograr ser feliz.

Nos encontramos con una película que refleja la Gran Depresión en los personajes de Frank Chambers, un vagamundo, hombre sin rumbo que de vez en cuando para en algún lugar para trabajar durante algún tiempo; Cora, una esposa infeliz e insatisfecha que ve pasar la vida en una cafetería de carretera sin futuro; y en el tacaño pero tierno Nick, un hombre mayor que regenta el negocio y que se casó con una mujer joven y hermosa. Un triángulo que el destino golpea siempre dos veces.

También, es una película de amor, de ambición, de odio y poderes corruptos. Ni un personaje secundario, con los que se relacionan la pareja protagonista, sale bien parado. Y eso que dos de ellos son directos representantes de la ley (el fiscal del distrito y el abogado defensor). Y, también, una película sobre la confianza que en cada momento salta por los aires. Una pareja que se destruye y se rompe poco a poco por la mentira, los intereses, la traición, los malentendidos…, y sin embargo, Frank y Cora sobre todas las cosas intentan seguir amándose y dándose una y otra vez una oportunidad. Pero el destino nunca les deja tranquilos…, y el cartero siempre llama dos veces.

El irregular Tay Garnett ofrece una película solida en la que cuenta con una pareja protagonista con química y además mítica: una impresionante Lana Turner como Cora y un atractivo y, actualmente olvidado, John Garfield. Además, muy bien acompañados por buenos actores secundarios (nunca se les hace la suficiente justicia) como Cecil Kellaway como Nick (ese hombre al que odias  –lo vemos con los ojos de Cora y Frank al que en un momento dado sólo le vemos defectos– pero también da pena en su papel de pobre hombre tacaño, algo alcohólico, machista, ingenuo y no con muchas luces…, es una víctima a la que nadie importa). O los rostros cínicos y personajes desagradables que llevan a cabo con maestría Hume Cronyn (que hace poco le vi en el papel impresionante de policía malo en Brute force) o Leon Ames.

Tay Garnett cuenta no sólo con buenos actores sino con un buen guión de Harry Ruskin y Niven Busch, una buena fotografía en blanco y negro y una música envolvente. De esta manera nos queda en la retina un montón de momentos cinéfilos: ya había visto varias veces la aparición de Cora de blanco impoluto y sensualidad a flor de piel. Las escenas de la playa. Los dos momentos en que los protagonistas tratan de asesinar a Nick, el que ellos creen, equivocadamente, que les impide cumplir sus sueños. Todas las escenas en que los protagonistas luchan por combatir las dudas que tienen sobre el otro…, en fin, a qué esperan para sentarse y disfrutar de una historia de destino y amor fatal.

Topol baila y nos dice a todos lo que haría si fuese rico…, ¡Tradición!

El rostro de Chaim Topol llena la pantalla de El violinista en el tejado (Fiddler on the roof, 1971) de Norman Jewison.

La película llevaba a las pantallas un musical de Broadway de éxito que en Estados Unidos fue protagonizado por Zero Mostel. Pero Jewison decidió que el papel era para el actor israelí Chaim Topol que también estaba representando la obra en Londres. La historia era una adaptación de varias obras del escritor ruso y judío Sholem Aleijem.

La metáfora de la película es un violinista en un tejado, ¡difícil no!, que contó con la interpretación de Isaac Stern, uno de los mejores concertistas en este instrumento del siglo XX.

La historia transcurre en una aldea ucraniana, Anatevka, en el año 1905, una comunidad en la que conviven judíos y ortodoxos de manera más o menos cordial. Es un periodo de cambios. Cambio de tradiciones, de ideologías, de costumbres…, un momento de crisis. Ya los rusos se plantean otra Rusia que no sea bajo los mandatos del Zar. Los tiempos anteriores a la Revolución. Pero hay otros cambios familiares que van transformando las tradiciones en este caso judías y de una familia humilde. El padre de familia, el lechero Tevye, fuerte, poderoso, protector, travieso… tiene cinco hijas que casar, sobre todo a las tres mayores, pero ellas se revelan a las tradiciones. Aman al padre pero le hacen ver que los tiempos cambian y avanzan. Y él que es buen hombre va asumiendo esos cambios. Pero también cambia el país, las creencias y sobre todo viven en su propia piel los problemas del pueblo judío bajo los mandatos del zar que les hace abandonar sus tierras y fijar el rumbo a otros mundos o países distintos. Nuestros protagonistas terminarán dirigiéndose a Nueva York.

El violinista en el tejado es un musical de los de siempre que salió adelante en un momento de pánico en los estudios de Hollywood que estaban en crisis porque el sistema en el que se había sustentado caía en picado. Una superproducción que bajo la batuta de Jewison llegó a buen puerto con mil y una penurias para ajustar presupuestos.

El director cuenta con una filmografía variada y a tener en cuenta de las que yo destacaría En el calor de la noche, El caso de Thomas Crown (la primera versión con Stevie McQueen y Faye Dunawy), Jesucristo Superstar,  Agnes de Dios o Hechizo de Luna.Y como musical, que además es un hermoso documento de un momento de cambio, y también de cómo eran las costumbres de la comunidad judía a principios del siglo XX, está plagado de secuencias inolvidables.

La secuencia: como pasa habitualmente son muchos los momentos a destacar. Pero Topol me entusiasma porque tiene un rostro que dice mucho y un cuerpo que expresa más. Con ese movimiento de brazos, me enloquece con sus firmes canciones de Tradición y Si yo fuera rico…Topol es ideal como buen hombre, fuerte, y amante de lo único que posee, sus cinco hijas y su señora esposa. Es protector pero también divertido. Y él imprime fuerza.

Sus tres hijas hacen que se caigan sus convicciones pero como buen padre sólo quiere la felicidad de sus niñas…, y aunque siempre le cuesta, asume. Porque él sabe, aunque le cueste reconocerlo, que los tiempos cambian.

Así cede a que Tzeitel se case con el amigo de la infancia, el tímido sastre Motel, en vez de con el viejo y rico carnicero del pueblo con el que había sellado el compromiso. La escena de la boda es emocionante y hermosa.

Y cede también separarse y dar su bendición (que no su permiso porque ni siquiera se lo piden) a su adorada Hodel que se enamora del protegido del padre, un chico con ideas comunistas que cree en una Rusia Libre pero por ello es detenido. Y Hodel decide irse a Siberia a estar junto al amado y deja a un padre desolado y preocupado en las vías de un tren. El padre no sabe si volverá a verla. Pero la entiende, a ella también la duele pero está enamorada.

Y, finalmente, aunque le cuesta, acepta la decisión de la dulce Chava. La más joven y valiente. Porque cree que judíos y ortodoxos pueden convivir y mezclarse. Y para demostrarlo se une a un joven ortodoxo que la ama.

También, querría lanzar lo inolvidables que son todos los personajes secundarios que pueblan esta historia: la madre, la casamentera, el rico carnicero, el delicioso rabino, el ortodoxo soldado que cumple órdenes aunque sabe que no son justas…

¿Quieren más momentos inolvidables?