A las salas cerradas

Silencio, esta sala se cierra.

Se acabaron las risas.

Se acabaron los gritos.

Se acabaron los besos robados.

Se terminaron las lágrimas.

Se cierran las puertas.

La pantalla blanca se queda sin historias.

Las butacas vacías.

Se bajó el telón para no volver a levantarse.

Silencio, esta sala se cierra.

Ya no hay acomodador, ya no hay espectador.

Ya no hay bobina que proyectar.

No hay luces que apagar.

Silencio, esta sala se cierra.

Ya no hay más viajes.

Ni más intriga.

Ni fantasías compartidas.

Ni emociones que revolotean.

Sólo silencio.

Y cientos de butacas que ya no chirrían.

El templo se queda sin adoradores.

Ya no hay luces que se apagan.

Silencio, esta sala se cierra.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Julia (Julia, 1977) de Fred Zinnemann

Julia son pinceladas elegantes de recuerdos, sensaciones y sentimientos. La protagonista, Lilliam Hellman nos regala al principio unas palabras que explican la manera en que va a ser contada esta película compleja y bella. Una barca, un atardecer, y una mujer pescando, tranquilidad, esta mujer es Lilliam que recuerda y repasa algunos acontecimientos de su vida. Sobre todo las concernientes a dos personas que significaron mucho para ella como persona: su amiga de la infancia, Julia, y su pareja durante más de treinta años, el escritor de novela negra Dashiell Hammett.

Lilliam explica el significado de pentimento, un término pictórico, cuando se descubre en un cuadro que ha habido una alteración, es decir, cuando se manifiesta el cambio de idea que tuvo un pintor en la propia obra. Eso es pentimento. En algunos cuadros se ha ido descubriendo con el uso de tecnologías y radios x, obras en las cuales se denota que en un principio el artista iba a pintar un detalle determinado o iba a emplear un gesto concreto pero en un momento ‘se arrepiente’ y modifica la obra.

Así, por tanto, queda esta película. Es la biografía subjetiva de una mujer que va mostrando las distintas capas y variaciones de su historia con dos personas que la hicieron ser como es: Julia y Dashiell. Por eso, Julia da esa sensación de desconexión en la trama, esa sensación de que sólo nos muestra unos pocos aspectos, con esa sensación de que es más lo que se intuye que lo que se cuenta, con esa sensación de subjetivismo, donde Lilliam va construyendo su particular cuadro en el que da y quita pinceladas hasta dejarnos su concreta visión de una historia donde ella es protagonista y testigo.

Además, permite adentrarse en la personalidad de una pareja del siglo XX y en acontecimientos históricos que recorren los años treinta y desembocarían en la Segunda Guerra Mundial. La historia de Lilliam y Dashiell es interesante tanto por su compromiso político, ambos pertenecían a una generación progresista y de izquierdas norteamericana que se vio relegada al olvido sobre todo a finales de los cuarenta y durante los cincuenta cuando se desarrolló La Caza de Brujas que afectó a diversos sectores de la cultura, como por su contribución a la literatura y al cine (ya he analizado en algún que otro post más elementos de esta pareja). Hammett fue el creador de Sam Spader o de la pareja peculiar de detectives, el matrimonio Nick y Nora, unos excéntricos millonarios metidos a la investigación de casos (la saga del hombre delgado). Tuvo además una relación amor-odio con Hollywood que adaptó muchas de sus novelas pero donde Hammett no se adaptó en el sistema de estudios como guionista. Hammett estaba en la cumbre de su éxito como escritor y, de pronto, en 1934 dejó de escribir novelas y no volvió a publicar alguna otra obra. Lilliam Hellman fue dramaturga de éxito, guionista de prestigio (realizó varios guiones para su gran amigo William Wyler y algunas eran adaptaciones de sus propias obras —la más recordada quizá sea La calumnia—) y también dejó obras con retazos autobiográficos como Una mujer inacaba o Pentimento.

Por otra parte, Julia abarca la etapa en la que el fascismo toma fuerza y poder (años 30) y también la toma de conciencia de algunos ciudadanos sobre el problema del fascismo y que lucharon anónimamente en sus países de origen para impedir la catástrofe que aún así ocurriría y afectaría a diversos países.

Así la película a base de pinceladas-flash back reconstruye una amistad entre dos mujeres muy diferentes entre sí pero que se complementan (una amistad desde la infancia, adolescencia y madurez) y de una pareja compleja que establece una relación a lo largo de tres décadas. Y dentro de esa subjetividad se ve el enamoramiento que siente una persona, Lilliam, por dos personas que se convierten en imprescindibles en su vida.

Así tanto Julia como Dashiell son dos personajes reflejados de manera idealista, hermosa…, los eleva prácticamente a un altar, son inspiración de la autora. Y ella, Lilliam, es una mujer de carne hueso con sus sentimientos a flor de piel que sufre, ríe y siente. Que se enfada, que padece, que duda, que siente miles de miedos pero trata de superarlos y que sobre todo ama dos cosas: a la gente que es importante para ella (dígase Julia, dígase Hammett) y la creación literaria.

La película no es sólo retrato intimista también en esas pinceladas introduce un inquietante viaje en tren de Francia a Moscú pasando por Alemania lleno de tensión y con ingredientes del mejor cine de espionaje político. Ahí la vulnerabilidad de Lilliam queda al descubierto. Y ahí también se produce el maravilloso, tenso y melancólico último encuentro entre las dos amigas.

Fred Zinnemann crea —dirigió y produjo— una elegante y compleja película mostrando pinceladas maestras. Trabajó durante mucho tiempo el proyecto y estuvo muy pendiente de la elaboración del guión junto a Alvin Sargent y ambos contaron con la colaboración de la propia Lilliam Hellman.

El reparto muestra a una Jane Fonda a flor de piel junto a una maravillosa Vanessa Redgrave como Julia y un fantástico Jason Robards como Hammett (personaje que con tres pinceladas nos habla de un hombre complejo). Llama la atención en un pequeño papel de chica pija y frívola una primeriza Meryl Streep a punto de dar el sato con El cazador.

En esta película queda un hermoso retrato de mujer, Julia, la amiga de la infancia. La amiga a la que Lilliam admira y quiere. Desde su adolescencia se ofrece el retrato de una mujer vital e inteligente que a pesar de vivir en una ambiente de lujo, elegancias y demás es sensible a las injusticias sociales. Así rechaza a su poderosa y rica familia y va creándose una conciencia social, que la sale del alma. Decide formarse, estudiar medicina y acudir a Viena. Allí es testigo de la subida del fascismo y lucha activamente contra él. Cree en un mundo mejor y lucha sin miedo. A pesar del dolor, del daño y del desencanto, Julia nunca pierde el horizonte ni la sonrisa (así le dice a Lilliam que no deje que nadie le arrebate nunca su personalidad, su capacidad de expresar los sentimientos como un torrente…, sus famosos arrebatos) y vive según sus ideales… Un retrato subjetivo de su mejor amiga, Lilliam, que se ve marcada por la personalidad de Julia y que admira su forma de ser y vivir, siempre con coraje.

Julia es película para ver en más de una ocasión y descubrir en cada visionado una nueva pincelada oculta.

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Tres propuestas cinematográficas

Últimamente he visto tres películas que no son redondas pero, sin embargo, las tres tienen varios puntos que las hacen interesantes. Son tres propuestas cinematográficas llenas de elementos de análisis.

La ventana (The Window, 1949) de Ted Tetzlaff

El director de fotografía Ted Tetzlaff se hace director y ofrece un thriller emocionante con niño testigo de un asesinato. Como el cuento de Pedro y el lobo, el protagonista es un niño con imaginación desbordante que trae por la calle de la amargura a sus padres. Su última historia es que ha sido testigo de un asesinato perpretado por los vecinos del piso de arriba. El niño en una noche calurosa sale a dormir a la azotea y a través de una ventana ve el crimen. Nadie le cree. Él se sabe en peligro. El director muestra unas escenas excelentes sobre todo el asesinato y la persecución final. Oportunidad además de ver a uno de los niños más valorados del momento, Bobby Driscoll que acabó su vida de manera trágica en una pendiente de drogodependencias.

Corredor sin retorno (Shock corridor, 1963) de Sam Fuller

El director de la violencia crea una película-choque sobre un periodista que ingresa en un centro de salud mental para averiguar quién es el culpable de un asesinato. Una vez en el centro psiquiatrico y mientras va buscando pruebas, se ve inmerso en la locura, una locura de la que no podrá salir. Una espiral en la que va cayendo en un mundo pesadilla, su investigación llegará lejos pero a costa de su salud mental. Fuller deja escenas interesantes e impactantes y emplea la locura para hablar de los defectos de una sociedad enferma. El manicomio como metáfora de un mundo enfermo. Cada uno de los testigos representa un mal de la sociedad norteamericana y el tiempo de la guerra fría.

Un hombre de suerte (Oh Lucky man!, 1973) de Lindsay Anderson

Película de los años setenta, película de inconformismo, crítica hacia todos los estamentos sociales y en especial al sistema capitalista. Y todo bajo la mirada inocente y la sonrisa amplia de un Andy McDowell que quiere ser rico y triunfar. Avanza en situaciones cada vez más surrealistas que le llevarán a los márgenes sociales. Nada se salva de la crítica (empresas, justicia, caridad, Iglesia, ejército, relaciones internacionales…) porque todo queda corrompido por un capitalismo deshumanizado. Los personajes (hay actores que triplican interpretación) son títeres, son esperpénticos, y todo bajo las canciones de Alan Price. Por ahí podemos ver a una jovencísima Helen Mirren.

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Diccionario cinematográfico (117)

León: es un gran mamífero carnívoro, un felino temerario, un bello animal que obsesiona…, y siempre muy presente en el séptimo arte.

No sólo es el logo mítico del estudio que tenía más estrellas que el cielo mismo, Metro Goldwyn Mayer.

No es sólo el Rey León de Walt Disney con remake espectacular en Rebobine, por favor.

No, el león ha estado presente en historias infinitas. Y estos felinos están presentes en la memoria cinéfila.

Primero en las películas en tierras africanas. En películas de aventuras, de cazadores, de amores eternos…

¿Alguien olvida la escenas que protagonizaban los leones en la serie de Tarzán con un John Weismuller, siempre vencedor?¿No eran los leones los que muchas veces acababan con los malos de la función?

Para mí es imposible olvidar las escenas de tensión y amor vividas en películas míticas donde los pobres leones son siempre peligrosos y casi siempre cazados. La presencia de leones está presente en escenas inolvidables de Memorias de África, Mogambo, Las nieves del Kilimanjaro, Hatari…

También contamos con el león tierno, el león cobarde, sin coraje, algo afeminado, que teme y llora…, y que nos enamora. El león del clásico Mago de Oz (1939) siempre estará en nuestra memoria como uno de los compañeros inseparables de Dorothy-Garland.

Y nos vamos al Imperio Romano y a sus circos. ¿Quiénes eran los que mejor se comían a los cristianos?¿Los que proporcionaban espectáculo sangriento a las masas ávidas de diversión? Los temidos y hermosos leones…, así recordamos hace poco las escenas geniales de leones en Quo Vadis, viajamos también a Gladiator e incluso nos acordamos de pequeña película con Mature y Simmons de protagonistas con un león con memoria, Androcles y el león.

¿Y cuál es el otro espacio reservado para el león? Sin duda alguna el circo. Películas espectáculo donde no falta el domador o domadora de leones. Desde Chaplin con su El circo hasta Bronston con sus películas imperio, El fabuloso mundo del circo, pasando por De Mille y su El mayor espectáculo del mundo.

Los leones también se convierten en fantasía o símbolos del terror y del miedo. Ahí nos chocamos con Los demonios de la noche, dos leones asesino, o con un elemento mítico parlante en Las crónicas de Narnia.

Suena un rugido. Quizá sea un león hambriento…

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Siempre hay un mañana (There’s always tomorrow, 1956) de Douglas Sirk

Siempre hay un mañana es de esas películas que permiten un comentario amplio. Múltiples aspectos, visiones, miradas y detalles llaman la atención de esta obra que es por otra parte uno de los melodramas más desconocidos de Sirk en una época en la cual parecía que su éxito con este género no tenía techo. Siempre hay un mañana es una pieza de lujo, todos los cabos están sujetos y todos tienen un porqué. Douglas Sirk de nuevo da en la diana de obra maravillosa para el espectador y para el análisis exhaustivo. El director presenta un mundo que siempre parece simple pero está lleno de mensajes y complejidades que hacen que su filmografía sea rica y que cada nuevo visionado de una de sus películas te descubra nuevos secretos.

No cuenta con el color brillante de sus melodramas más famosos, aquí tuvo que emplear el blanco y negro pero tratado con sumo cuidado por uno de sus directores de fotografía habitual, Russell Metty. Y se trata también de otro de los famosos remakes que Sirk realizó de grandes melodramas de los años treinta sobre todo de John M. Stahl pero pasados por el espíritu de los cincuenta. Esta película no toma al adorado y exitoso Stahl sino que se decanta por un desconocido Edward Sloman y un olvidado melodrama del año 1934.

Son infinitos los detalles a tener en cuenta. En un primer lugar, los actores elegidos para interpretar el supuesto triángulo que se desarrolla en la trama. Barbara Stanwyck, Fred MacMurray y Joan Bennett son todo un acierto y los tres están magníficos en sus papeles. Sirk cuenta con la química que ya existía entre unos maduros Barbara y Fred que ya habían sido pareja cinematográfica con buenos resultados en dos películas de los años cuarenta: una comedia del siempre interesante Mitchell Leisen, Recuerdo de una noche (1940) y de una obra cumbre del cine negro y de Billy Wilder, Perdición (1944). En Siempre hay un mañana no decepcionan. Él está perfecto como Clifford Groves, un hombre dormido en la monotonía y en la rutina de su trabajo y vida familiar que descubre que no es feliz, que no es lo que quiere para el resto de su vida, para el mañana. Y ella es Norma Miller, su nombre de soltera, o Norma Vail, su nombre de divorciada, que hace una elección en su vida, acoge la vida profesional de éxito y sacrifica su vida personal, y también se pregunta si es eso lo que quiere para el mañana. En este momento crítico de ambos se vuelven a encontrar. La tercera pieza del triángulo es una maravillosa y eficaz Joan Bennett que clava su papel de esposa convencional de los años cincuenta totalmente inmersa en la rutina y en el papel que la sociedad le ha destinado y orgullosa de ello, se niega a ver más allá, no lo ve necesario. Y la Bennett (aquella musa del cine negro y de las femme fatales de Lang) se convierte en esposa norteamericana férrea representante de una moral que no permite fricción alguna.

Sirk era un director inteligente y crítico a través de un género no muy dado precisamente a la crítica social. Sirk es incisivo. Siempre hay un mañana presenta con fuerza una doble mirada. Para espectadores, con vidas similares a los de los protagonistas, en esos años cincuenta, la película cumple todos los requisitos del sueño de la vida americana. Un hombre hecho a sí mismo con un negocio de juguetes próspero que ha fundado además un hogar y cuenta con una familia intachable de una esposa entregada y tres hijos con expectativas de futuro y todos los caprichos y problemas de la vida resueltos. El padre de familia tiene una crisis cuando vuelve a encontrarse con una antigua compañera de trabajo por la cual, sin duda, en su día se sintió atraído. La antigua compañera, una mujer triunfadora en el ámbito laboral y divorciada vuelve a revivir con ese padre de familia una historia de amor que nunca terminó. Ve una oportunidad de llenar un espacio que no ha tenido tiempo de llenar.

Dos de los hijos, sobre todo el mayor, ven la amenaza de la destrucción de su familia por la llegada de esa antigua compañera y harán todo lo posible porque esto no ocurra. Al final, los hijos consiguen su objetivo, recuperar al padre de familia entregado a su negocio, a su esposa, mujer e hijos…, y la otra, subida en un avión de vuelta a Nueva York. La familia y su modo de vida han sido salvados.

Pero otra mirada descubre un auténtico drama y una visión muy distinta a la que en párrafos anteriores he esbozado. Y ese “happy end” aparente en el fondo es una total tragedia para absolutamente todos los personajes. La película pone el dedo en la llaga: cuenta lo que supone una elección en la vida. Con sus ventajas e inconvenientes y cómo depende el mañana de estas decisiones. Habla de cómo, en esos años —y ahora también— el individuo es marcado por el entorno, las circunstancias y el modo de vida impuesto…, y que si se sale de esas premisas está perdido por el que dirán y otras convenciones sociales.

Como es habitual en las películas de Sirk presenta a una generación de jóvenes absolutamente egoísta e insoportable, preocupados más por la apariencia, los logros sociales y la consecución de una vida cómoda. Son mucho más esquemáticos y conservadores que sus mayores y mucho menos comprensivos. En esta película sólo se salva de esta visión la novia del hijo mayor. Los hijos de Cliff son absolutamente odiosos y los desencadenantes del drama. No les preocupa tanto el que su padre esté cansado de la rutina y la vida que lleva (que también él ha contribuido con lo que ha ido construyendo a lo largo de su existencia) como la posibilidad de que su familia se rompa y pierdan una estabilidad que les resulta cómoda, que les protege. La esposa es otro personaje muy interesante desde otra óptica, ella asume totalmente su papel de esposa y madre entregada y no escucha ni duda un momento que no esté haciendo lo correcto, recibe lo que la vida le da sin un atisbo de esfuerzo o pensamiento, no quiere dudar, no duda, no escucha, no mira, no analiza…, todo es normal y convencional y así debe seguir. A su marido no le pasa nada, sólo está cansado o tiene problemas en la oficina. Todo correcto.

Los dos amantes están atados por una elección en sus vidas. Y en un momento se plantean que hubiera sido el mañana si hubieran decidido otras existencias. Qué hubiera pasado. Ellos niegan la derrota, la rutina, la monotonía hacía la muerte. Ellos, aunque daña, se atreven a sentir, a equivocarse, a sufrir, a amar, a intentar que la vida todavía tenga dosis de aventura. No quieren ser muertos en vida. Todo correcto. Pero cuando quieren dar el salto y sopesan las consecuencias (sobre todo ella, mucho más cerebral y centrada) no se atreven a darlo. Deciden, para dolor total de ambos, continuar con el mundo que conocen, con el mañana que sabe les espera, con lo que fueron decidiendo a lo largo de la vida. Ni mejor ni peor. Sólo distinto.

Y entonces ese trueque de Happy End duele. Porque Cliff seguirá siendo ese robot (como uno de sus juguetes) que se levanta por las mañanas, va a la oficina, trabaja, paga las facturas, educa a sus hijos, acompaña a la esposa, come y duerme… Su esposa seguirá, sin dudar un momento, en su papel de compañera y madre perfecta sintiéndose cómoda en su rutina que nunca ha querido ver amenazada. Y la posible amante seguirá triunfando en la vida laboral y en las relaciones sociales a pesar de que siente un hueco vacío en su vida personal, un hueco vacío porque la duele, porque ama y nunca tuvo oportunidad de cerrar una historia de amor que nunca fue.

¿No es portentoso todo lo que nos cuenta Sirk en una película de apariencia sencilla y poco compleja?

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La banda nos visita (Bikur Ha-Tizmoret, 2007) de Eran Kolirin

Agradable y sencilla película de sorpresa continua, La banda nos visita del director israelí Eran Kolirin muestra con contención, humor y mucha melancolía la historia de una banda de música egipcia (Banda de Música de la policía de Alejandría) perdida por error de destino en una localidad remota y desértica de Israel. Árabes y judíos unidos en una noche tranquila donde se encuentran y comparten soledades, frustraciones, sueños rotos y mucha soledad.

Tan exóticos y distintos con sus uniformes azules y su dignidad a cuestas (tan distintos y exóticos como unos Leningrand Cowboys filandeses en América) arrastran su desconcierto en un pueblo desértico que no tiene ni parques ni moteles. Sin embargo, son acogidos con naturalidad por unos habitantes aburridos de tanta soledad: la sensual dueña de un pequeño restaurante y dos de sus clientes.

Así La banda nos visita es una película de momentos sencillos y personajes. Personajes unidos en circunstancias extrañas y así transcurre una noche de transformaciones donde juntos los personajes se destapan y desnudan…, con contención y corrección. Tras el humor, la soledad y el drama como una trágica canción árabe. Y como nexo de unión de todos los personajes su respeto reverencial a la música. Una música que rompe fronteras, que une.

La banda nos visita llena de momentos tranquilos y pequeñas historias realiza el milagro de conmover al espectador con breves anécdotas. Y nos descubre tres rostros y tres voces —que se comen la pantalla a dentelladas— y nos regalan personajes tiernos que sienten, que sufren, que ríen, que padecen…, que se transforman.

Así sobre todo recorremos las vivencias del joven y atractivo —no, mejor dicho, bellísimo— Saleh Bakri como ese egipcio abierto a las experiencias y al mundo, sensual y enamorado de la música de Chet Baker, los sufrimientos de un hombre árabe que traspasa con su mirada, que se transforma de rígido policía a hombre que sufre y sensible que encuentra en la música y en la pesca la tranquilidad de sus tormentos. Que se convierte en hombre atractivo e interesante a lo Omar Shariff, el actor Sasson Gabai cautiva. Y, por último, una bella y sensual mujer de voz cascada, que vive la vida y se niega a dormirse en un mundo desértico que niega las emociones, con el rostro y la mirada de la actriz Ronit Elkabetz.

Así La banda nos visita abunda en escenas que despiertan emociones. Como la del joven enamorado de Chet Baker explicando en árabe a un israelí inexperto lo que se siente al hacer el amor. No hace falta saber lo que dice es tal la sensualidad que arrastran sus palabras y lo bellas que parecen…

Despiertas y comprendes al viejo policía que se destapa de su rigidez y cuenta a la dueña del bar, a la persona que le acoge, sus fracasos en las relaciones con su mujer e hijo muertos.

Te conmueve el policía que no logra terminar la obertura de un concierto por circunstancias de la vida y como un hombre solitario y frustrado de cara dulce de ese pueblo alejado le regala un final.Emociona cómo alrededor de una mesa, en una cena, con diversas tensiones y surrealismos, músicos y anfitriones se unen al cantar juntos una canción bella, Summertime.

Bailas y sonríes cuando el seductor árabe enseña de manera sencilla al joven inexperto como dar su primer beso a una chica triste…

¿En fin qué más se puede pedir a una película sencilla y pequeña sino que te emocione en cada momento…?

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Joseph Cotten

No me digan por qué pero le veo aparecer en la sala oscura, en pantalla brillante, y me es imposible no mirarle o quedarme incluso un poco hipnotizada. Cotten es uno de los olvidados. Ni siquiera en su momento tuvo estatus de estrella (ni creo que le importara) ni nunca le hicieron mención en la gala de los Oscar (tampoco creo que lo echara de menos) y sin embargo tiene en su filmografía películas inolvidables y maravillosas…, personajes inmortales. Él era actor y ahí dejó películas para demostrarlo. No dejó de trabajar nunca hasta que le muerte se lo llevó…

Caballero elegante de pelo ondulado y mirada franca (tan franca que podía volverse turbia…, él era perfecto para personajes desengañados, para enamorados de imposibles y para malvados bajo un rostro de caballero honrado). Versátil, podía ser encantador o complejo…, pero sin duda Cotten fuera protagonista o secundario dejaba huella en la pantalla.

No fue estrella pero sí bien considerado. Trabajó con buenos directores y fue el compañero de las damas más prestigiosas desde Jennifer Jones a Ingrid Bergman pasando por Marilyn Monroe rodeando a Bette Davis o a la bella Loretta Young y desembocando en Olivia de Havilland. Él siempre impecable consiguiera o no el amor.

Llegó de la mano del niño genial de la industria. Ambos se conocieron en el mundo del teatro en los años 30, ambos trabajaban duro para los montajes del Mercury Theatre. Orson Welles estaba preparando una obra maestra, su debut cinematográfico como director y se hizo acompañar de sus amigos y trabajadores actores del Mercury…, entre ellos Cotten. Welles realizó Ciudadano Kane en 1941 y ahí estaba Cotten con buen papel, no como magnate pero sí como el hombre tímido y amigo fiel de Kane, que nos ofrece uno de los puntos de vista para entender a un personaje complejo…

Siempre fue amigo de Welles y trabajaron más veces juntos. En El cuarto mandamiento (1942), historia de familia decadente y amores imposibles, Cotten como caballero de finales del XIX y protagonista de pasiones que se desatan…, con contención. Ese mismo año ambos actuaron y escribieron el guión de una película de cine negro que no he podido ver Estambul de Norman Foster. También aparece como senador en Otelo (1952) según Welles. Todavía con el genio en plena ebullición creativa realizó una aparición secundaria, secundaria, secundaria en Sed de mal en 1958.

Pero quizás el trabajo donde ambos son más recordados sea en El tercer hombre (1949) de Carol Reed. Película a la que tengo cariño inmenso. Historia de una amistad nada fácil. Historia de un amor imposible. Historia que protagoniza un Cotten de quitarse el sombrero y un Welles enigmático. Siempre le veo ahí solitario, al lado de un automóvil, viendo como pasa y se aleja el amor de su vida con melodía de fondo.

En Cotten creyó sin duda alguna el productor más popular del momento, David O. Selznick, que le dio la oportunidad de trabajar con el maestro del suspense y le puso en el reparto de las mejores películas de la que sería su amante y su amada esposa Jennifer Jones.

Con la Jones trabajó en una típica película bélica a lo señora Miniver de ánimos a la población civil que se tituló  Desde que te fuiste (1944). Pero destacó junto a esta actriz (que protagonizó películas memorables pero cuya cara de mermelada me estropea a veces la credibilidad de maravillosas historias) en Duelo al sol (1943) donde ejercía del buen hijo enamorado de la mestiza Perla Chavez que ofrece su corazón al péfido hermano con cara de chuleta encantador Gregory Peck. Historia de amores desatados donde Cotten cumplía de hombre despechado. Y también protagonizaron otra película poética y misteriosa de amor más allá de la muerte o de la vida, Jennie (1948).

Con el maestro del suspense trabajó en una de sus interpretaciones más recordadas. Él es el hombre encantador, el tío deseado por toda sobrina, guapo, elegante, inteligente…, y psicópata. Cotten cumplió, de manera maravillosa, en personalidad compleja y creó personaje destacable en La sombra de una duda (1943). Y con Hitchcock de nuevo se convirtió en caballero de siglo XIX en una de las obras más desconocidas del maestro, Atormentada (que yo no he logrado ver todavía) en 1949 junto a una asustada Ingrid Bergman. Con la Bergman ya había trabajado en un clásico maravilloso de Cukor, muy a lo Hitchcock (todo hay que decirlo), Luz que agoniza (1944) donde Cotten es el bien, el hombre enamorado que rescata a la dama, de las garras del mal un impagable y siempre correcto Charles Boyer.

En los años 50 Cotten continúa fuerte y sigue con esos papeles que explotan su lado de caballero con alma compleja, reverso de maldad o simplemente de hombre despechado. Ahí nos lo encontramos como ese hombre obsesivamente enamorado de mujer explosiva e infiel, la bomba sexual de los 50, Marilyn Monroe, en ese divertimento que se llama Niágara (1953).

Joseph durante los años 50, 60, 70 y hasta los 80 siguió trabajando sin parar en películas de serie B, en ciencia ficción, en western crepusculares, en cine de terror y también de catástrofes…, y su presencia siempre podía merecer la pena. Así lo vemos más tenebroso y caballeresco junto a una Olivia de Havilland en papel de malvada en la notable Canción de cuna para un cadáver (1964) y es una gozada verlos a ambos.

En los setenta los ávidos cinéfilos no olvidan sus apariciones en películas de culto como Cuando el destino nos alcance con un Charlton Heston en epopeya futurista o El abominable doctor Phibes junto a Vicent Price en una historia de doctores locos y venganzas. Como no, fue de las viejas glorias invitadas en cine de catástrofes tipo Aeropuerto 77 (1977) o intérprete de prestigio en superproducción bélica en Tora, Tora, Tora (1970).

Un Cotten anciano estuvo también presente en un western crepuscular que fue todo un fracaso en la época (los ochenta) de Michael Cimino, La puerta del cielo (que a pesar de todo lo que dicen de él me muero de ganas de verlo) porque él era un actor que nunca dejó de trabajar…

Joseph Cotten para siempre un rostro en la oscuridad… viendo pasar de largo al amor de su vida con música de fondo.

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Los premios de Julio Cortázar

Sólo un pequeño apunte. Acabo de terminarme la novela Los premios de Julio Cortázar que me ha encantado y me ha dejado una especie de melancolía perpetua…, ¡¡¡pero cómo manejaba el lenguaje el tío!!!¡¡¡Qué personajes era capaz de crear!!!¡¡¡Qué ambientes!!! Pero si traigo a Cortázar en este fugaz texto y esta novela en concreto es porque está llena de referencias cinéfilas. Los personajes de Cortazar van al cine y confunden argumentos, películas y actores…, pero sucumben a la magia del séptimo arte. Así sale nombrado varias veces James Dean, hasta una película de boxeo de Errol Flynn (Gentleman Jim) a otra película donde Marlene Dietrich iba con velos blancos tras un Charles Boyer que era cura, una peli en color (Los jardines de Alá) pero entonces comentan que se equivocan porque recuerdan a Boyer como un tal Pepe (sí el que le dice a la Hedy Lamarr al oído: vente conmigo a la Kasbah) o unas buenas señoras que se lían con los argumentos de pronto nombran Lo que el viento se llevó… Y esas mismas señoras recuerdan a las actrices del pasado a la Lilian Gish o a Norma Talmadge, que eran unas señoras. O otros personajes recuerdan esas películas que ocurren en barcos en elegantes camarotes, no las nombran, pero nos viene a la cabeza Tú y yo, Desengaño o Las tres noches de Eva. Por ahí sale un Gary Cooper desubicado mezclado en mil argumentos. O un personaje habla de su amor por las películas de cowboys y que quizá por eso siente cierta atracción por los revólveres y entonces nombra al vaquero silente William S. Hart. Vamos una delicia…

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Apariciones inolvidables de hombres fatales

Stanley Kowalski aparece por primera vez en la bolera. Lo ven de lejos una Stella enamorada y una Blanche al borde de un ataque de nervios. Kowalski se muestra macho, arremete contra su grupo de amigos y pelea. Todo músculo, todo brutalidad, todo sexo…

A Devlin que encadena de manera fría a Alicia, condenada por un padre nazi a una vida disoluta para olvidar, le hace aparecer el maestro del suspense de manera magistral. Durante una fiesta donde Alicia bebe litros de alcohol no deja de fijarse en un atractivo y desconocido invitado. Nosotros tan sólo le vemos el cogote y ya estamos seguros de que este hombre va a ser fundamental en la historia y en el corazón de Alicia.

El siniestro predicador de la noche del cazador sólo tiene una manera de aparecer en escena. Un primer plano de sus manos y dos tatuajes en sus dedos hate y love. Después un tipo de negro, de ceño fruncido, y sombrero sobre los ojos que ocultan mirada oscura.

Una de las apariciones más inquietantes y que siempre disfruto es con Harry Lime, ya saben el tercer hombre, su amigo de infancia está inquieto solitario en una Viena oscura, oye un ruido, quizá el maullido de un gato que va hacia una puerta. Hay alguien. Va saliendo de las sombras y se queda bajo el foco de una farola. Es Harry.

Alex, el ultraviolento de la naranja mecánica que ama a Beethoven, aparece con bombín negro, mirada desafiante con ojos de largas pestañas y la cara de un hijo puta que se deleita con la brutalidad…

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Quo Vadis (Quo Vadis, 1951) de Mervyn LeRoy

En los años 50 las grandes productoras estaban listas para crear grandes superproducciones brillantes que compitieran con la televisión. Películas grandiosas que hicieran al público abandonar la sala de televisión en blanco y negro y acercarse a una sala para disfrutar una historia larga a todo color.

Los años 50 también fueron años de guerra fría, de EEUU como poderosa potencia defendiéndose de las ‘malas influencias’ y defendiendo ‘una moral determinada’, y el cine era un instrumento transmisor de ese modo de vida americana y las epopeyas servían muy bien. Y sobre todo Hollywood seguía siendo una maquinaria perfecta que producía productos acabados con estrellas brillantes.

No es de extrañar que la MGM hubiera comprado los derechos de la novela histórica de Henryk Sienkiewicz, un autor polaco que alcanzó la cima de su popularidad con Quo Vadis a finales del siglo XIX, a finales de los años 30. Era una novela con cientos de elementos interesantes que transcurría en un periodo determinado del Imperio Romano y que además contaba la persecución y las dificultades de los seguidores de una religión todavía considerada una pequeña secta (el cristianismo). Esa persecución es llevada a cabo por el emperador romano Nerón que oprime de modo irracional todo lo que está bajo su mandato.

Este cine, epopeya, contaba con expertos. Si nos remontamos al cine mudo y nos vamos a Italia, ellos crearon grandes superproducciones con el Imperio Romano de fondo tales como una primera versión de Quo Vadis (1912), Cabiria (1914) o Los últimos días de Pompeya (1913). Si pisamos el cine silente estadounidense, las epopeyas históricas corren a cargo de un investigador del lenguaje cinematográfico D.W. Griffith y su Intolerancia (1916). Pero el rey de reyes de este tipo de producciones que además siempre presumía que en La Biblia se podían encontrar historias de violencia, sexo, traición y muerte y además hacer que el público acudiera en masa al cine fue Cecil B DeMille que ya desde el cine mudo ofreció espectáculos bíblicos y romanos (primeras versiones silentes de Los diez mandamientos y El Rey de reyes o las ya sonoras y populares El signo de la cruz, Cleopatra —ambas con Claudette Colbert de mujer sensual y fatal— o la popularísima Sansón y Dalila con sus escenarios de cartón piedra). Después vendrían los grandes tiempos no sólo con Quo Vadis sino con producciones como Ben Hur, Los diez mandamientos o el renacimiento del peplum. A partir de los 60 este tipo de producciones quedan desfasadas, son nuevos tiempos y nuevo cine, no hay sitio para el Imperio Romano, para cristianos como víctimas y para transmitir ciertos ‘valores’ y cierta ‘moral’. Son otros tiempos. Sin embargo, en pleno siglo XXI surge con fuerza de nuevo este tipo de historias no hay más que recordar Gladiator, 300 o Ágora…, sin embargo, alejadas y nada que ver con la perfección de los productos de los años 50 (excepto, quizá, Gladiator que supo muy bien beber de otras fuentes y sobre todo supo construir personajes y una historia donde sustentarlos).

Curiosamente Quo Vadis, que es recordemos puro espectáculo, pero espectáculo bien hecho y construido, sigue en la memoria de los cinéfilos (o por lo menos, vale concreto más, en mi memoria), no por los personajes cristianos y sus vicisitudes como víctimas; no por esa historia de amor entre Marco Vinicio, el guerrero romano, con el rostro de Robert Taylor, y la inocente, pura, cristiana y esclava-rehén Ligia (la siempre maravillosa Deborah Kerr) sino por los magníficos personajes romanos, los antagonistas. Mis reverencias hacia un Nerón egocéntrico, loco e irracional (Peter Ustinov) y por un irónico y cínico personaje que representa la intelectualidad desencantada y acomodada de la cultura clásica, Petronio, consejero de Nerón que trata de suavizar sus locuras con ingenio e inteligencia (con rostro de Leo Genn).

Como decía el perro viejo y muy conservador DeMille la historia antigüa permitían hablar y mostrar muchos temas peliagudos sin toparse con la censura. Había que mostrar el pecado para comprender la filosofía cristiana y el comportamiento de sus gentes. Así que en estas películas estaba asegurada la violencia, la lujuria, el sexo, la venganza, las matanzas, el poder corrupto…, para poder enfrentarlo al talante luchador, pacífico, comprensivo, humilde, inocente de los cristianos. Y Quo Vadis no es una excepción, Mervyn LeRoy —artesano de los buenos capaz de hacer un buen melodrama romántico, un buen musical o una película inolvidable de gánsters— creó espectáculo en una película donde no falta de nada: amor, catástrofe como el incendio de Roma, violencia (sobre todo en los distintos métodos para eliminar a los cristianos), sexo, amor, lujuria, guerra…

Pero sobre todo estas películas perduran por la recreación de personajes inolvidables. Imposible olvidar a un Nerón demente que toca la lira y canta espantosamente a la vez que da unos discursos que ponen los pelos de punta o a un Petronio inteligente en el uso de su lenguaje que al final decide dejar el mundo con elegancia y con una carta de venganza, deja el mundo de manera irónica y cínica pero como hombre enamorado. Imposible olvidar a una Popea con cara y actitudes de mujer fatal que se pasea por la corte con dos leopardos e intriga perversidades. Quién no se enternece ante esa historia entre intelectual romano y desencantado con joven esclava enamorada y sensual. Y, que quieren que les diga, de los personajes cristianos no me quedo ni con Ligia (pero dejando claro que la Kerr es difícil que haga una mala interpretación, aquí brilla como siempre), ni con sus padres adoptivos, ni con Pedro ni con Pablo…, me quedo con ese hombre gigantesco y de fuerza brutal que pase lo que pase protege sin descanso a Ligia.

Quo Vadis no decepciona. También tiene su carrera de cuádrigas y un espeluznante circo romano donde los leones están muy hambrientos. Escenas grandiosas de masas enfervorecidas. Ofrece el amor entre un romano que no entiende de religiones ni de dios único ni de Cristos pero se enamora pérdidamente de la más cristiana entre las cristianas pero que se muere de deseo de estar junto a un romano totalmente alejado de su religión… pero ¿quién se resiste a esas piernas bien torneadas y a lo bien que le sienta la vestimenta romana?

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