Up (Up, 2009) de Pete Docter, Bob Peterson

… De nuevo una película de animación vuelve a emocionarme… todo empieza en una sala de cine (¡no podía ser de otra manera!) y la mirada de un niño que ve en el noticiario a su héroe, todo un aventurero. En las noticias informan de que ha sido denostado por los científicos al no poder demostrar la existencia de seres vivos fantásticos que encuentra en sus interminables viajes en tierras extrañas… Pero el niño sigue teniendo fe en aquel que vive grandes aventuras.

Y así arranca la vida de Carl Fredicksen… que sale emocionado de la sala y se encuentra con otra niña que será el amor de su vida, Ellie. Y entonces ya es una historia de dos. La aventura de la vida. Ambos tienen el sueño de ir algún día a América del Sur y colocar su casita en las cataratas del Paraíso, uno de los destinos de su héroe aventurero. Y se nos enseña toda una vida en común llena de alegrías, sueños, penas… y mucho, mucho amor… hasta que ambos son ya ancianos y Ellie, su Ellie, se apaga. Entonces se queda un Fredicksen solitario y cascarrabias (pero con un corazón que se le sale) en una casa donde ya se nota que su vida fue pasada y cómo va cambiando la gran ciudad… y cómo los constructores desean deshacerse del abuelo con gafas para tener ese terreno. Nadie echa una mano a Carl… que por otra parte no quiere tender su mano a nadie. Todos menos un niño explorador que quiere conseguir la insignia de ayudar al mayor… Russell, todo inocencia y buen rollo. Carl, que bastante tiene con su vida, le dice al niño que le ayude a buscar un gamusino para quitárselo de encima con disimulo. Russell no para de hablar… y se pone en acción.

Un incidente hará que el futuro de Carl sea una residencia… y entonces es cuando este vendedor de globos se niega a rendirse. Y entonces, señores y señores, después de la emoción de los veinte primeros minutos (casi sin necesidad de diálogos), que casi nos tiene con lágrimas en los ojos, sobrecogidos… empieza la fábula y la aventura, que también tiene belleza… sobre todo cuando Carl, el abuelo que se parece a Spencer Tracy, convierte su casa en un original barco en el cielo… Las cortinas son velas, el molinillo el timón… y miles de globos de colores los que lo mantienen en el aire. Sin embargo ningún barco es un barco de aventuras si no hay un polizón que no es otro que el bueno de Russell. Y entonces empieza otra entretenida historia donde se refuerzan los lazos del abuelo con el niño. Donde Carl se da cuenta de que su aventura en la vida todavía no ha terminado… como bien lo sabía su Ellie. Carl lo descubre en ese álbum que guardaba su mujer para ilustrar sus aventuras… y descubre que está lleno…

Up incita a soñar y habla de no darse por vencido. Cada uno vive su propia aventura como puede y nunca faltarán momentos melancólicos y momentos bellos. Momentos peligrosos y crueles y momentos de alegría y compañerismo. Habla de querer, de las relaciones con el otro. Y que de uno depende rendirse y convertirse en un muerto en vida… o seguir teniendo capacidad para soñar y para creer en el otro… y convertir la existencia en una aventura que merezca la pena… si es que es posible. O por lo menos de seguir soñando.

Y todo con un cine de animación sensible y lleno de matices. Quién no se subiría a la casa de Carl. Quizá por poner un pero lo que menos me aportó fueron los perros maliciosos y parlantes y el villano (todo un recuerdo de la infancia de Carl… aunque entiendo su sentido y que sea el malo malísimo). Pero no importa… volvía con Carl y con Russell (y sus nuevos amigos sobre todo ese pájaro extraño, o pájara, bautizado como Kevin) y se me pasaba el pero…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Dos tristes y melancólicas historias de amor…

One day (One day, 2011) de Lone Scherfig

¿Qué ocurriría sin contáramos nuestra vida teniendo como referencia un único día al año? ¿Qué descubriríamos? ¿Se sabría algo de nosotros? Según la directora danesa Lone Scherfig (en su aventura cinematográfica americana) y el escritor y también guionista David Nicholls (One day es una adaptación de su novela con el mismo título), sí.

Así vemos lo que ocurre todos los 15 de julio en la vida de Emma (Anne Hathaway) y Dexter (Jim Sturgess) desde el año 1988 hasta la actualidad. Y lo que se construye es la historia de dos seres humanos con sus virtudes, sus carencias, sus sueños y fracasos, sus frustraciones… que están ‘condenados’ a entenderse desde la primera noche que pasaron juntos. Así surgen encuentros y desencuentros, acercamientos y alejamientos… pero sin nunca romperse la conexión que les une.

Así Scherfig y Nicholls crean una elegante historia de amor, con ecos a Tú y yo (sólo al final entendemos la elección del día, como sólo al final de Tú y yo entendemos porque la protagonista no acude a su cita en el Empire State Building) o Cuando Harry encontró a Sally (¿amigos o enamorados o ambas cosas?) o Antes de amanecer/Después del atardecer (las conversaciones entre los protagonistas construyen sus caracteres y la historia), con la mezcla de la tragicomedia (que es el género de la vida, risas y lágrimas), para finalmente deleitarnos con una melancólica y triste historia de amor.

Y éste es el terreno en el que la directora danesa se mueve desde su Italiano para principiantes. Historias humanas, entre la risa y la tragedia, que cuentan las dificultades de las relaciones personales y el amor. Y es la huella de cada una de sus creaciones: Wilbur se quiere suicidar, An education… y One day.

Nunca me abandones (Never let me go, 2010) de Mark Romanek

… un relato cinematográfico de ciencia ficción que no abandona nunca una sensación de alejamiento y extrañamiento que conduce a la tristeza y la melancolía ante la vida ‘determinada’ (¿acaso no lo estamos todos?) de los jóvenes protagonistas. Nunca me abandones adapta la novela del mismo título de Kazuo Ishiguro… y te deja en un estado de reflexión y tristeza profundo. El para mí desconocido Mark Romanek (su trabajo más conocido era Retratos de una obsesión) presenta una película de colores fríos y ambiente elegante con una banda sonora que se instala en la memoria.

La narradora es una de las protagonistas y todo es desde su visión melancólica y creativa. Es la historia de un triángulo que empieza en un colegio de elite entre tres niños que luego serán adultos con un destino ‘diseñado’. No hay lugar para la rebelión o la huida ante la revelación temprana de su función en la tierra (una profesora decide hablarles francamente). No cuentan con las herramientas para hacerlo. No las han aprendido. Y en ese ‘mundo artificial y aislado’ que les han creado, y conociendo su destino, sólo les queda ser humanos. Con defectos y virtudes. Y sobre todo amarse… sobre todas las cosas. Aunque su destino fatal sea grito y desgarro.

Así Carey Mulligan, Andrew Garfield y Keira Knightley te rompen con su desvalimiento y sufrimiento pero también con su capacidad de amar. De atrapar la vida que desconocen. La que no les dejan experimentar. Y su capacidad para la esperanza…

Como resultado queda una película para la reflexión (y el debate científico que no puedo desvelar para aquellos que no hayan visto la película y no hayan leído el libro como era mi caso) con una melancólica historia de amor a tres bandas. Un historia de destinos tristes y solitarios donde ni el amor puede conducir a la salvación…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

El escritor (The ghost writer, 2010) de Roman Polanski

Lo reconozco más que la historia me atrajo la atmósfera, la inquietud que me despertaba, los ambientes, las sensaciones… todo envuelto en la música hipnotizante de Alexandre Desplant. Polanski me hipnotiza con su manera de contar y su potencial visual. Polanski da vida a los espacios y a los objetos. Espacios y objetos poblados y tocados por seres humanos que aparecen y desaparecen, seres humanos distantes, casi fantasmas. Seres extraños. Eso es lo que convierte a El escritor en una película estimulante.

El escritor es más que un thriller, es una especie de estado de extrañeza. Un estado de extrañeza que acompaña durante toda la película al protagonista, ese escritor contratado para terminar de dar forma a la biografía de un ex ministro británico, que además no está en su momento de popularidad más álgido sino que le rodea la polémica y el escándalo político. Ese escritor contratado porque su antecesor murió en circunstancias extrañas y no pudo terminar su obra…

Así el escritor llega a un espacio, a un ambiente que no es el suyo, plagado de apariciones extrañas, de personajes extraños, plagado de incertidumbres y misterios que trata de descifrar. Y cada vez se va metiendo en un laberinto más complejo que parece no tener salida.

Y ese manuscrito inconcluso. Esa obra no terminada cobra vida. Esas hojas mecanografiadas que acompañan todo el periplo del escritor que investiga a su pesar… Esas hojas mil veces leídas, subrayadas y tachadas… Ese manuscrito se convierte en otro personaje apasionante. Como la casa del ex ministro y su equipo. Como el ferri misterioso. Como la playa desolada…, todo cobra vida. Más vida que los personajes fantasmales y extraños que pululan por la historia.

De pronto nos damos cuenta de que a pesar del estado de hipnosis en el que vivimos, ese estado que también vive el propio escritor, vamos despertando y construyendo ese puzzle extraño que nos permite dar un sentido a lo que estamos viendo… con una última escena demoledora y poética con miles y cientos de páginas volando…

… Dentro de esa atmósfera donde pululan esos seres humanos distantes, extraños, que aparecen y desaparecen como fantasmas pero que van construyendo un thriller inquietante (aunque no nos demos cuenta y nos quedemos perplejos ante la llegada del final del camino… digo de la historia), vemos los rostros e interpretaciones de una interesante galería de actores que dejan su firma. Desde Ewan McGregor, el escritor, hasta un ex ministro con rostro de Pierce Brosnan que nunca llegamos a saber cuál es su cara o su máscara, pasando por una inquietante y misteriosa esposa con los rasgos de Olivia Williams o una eficiente y distante secretaria que cuenta con la presencia de Kim Canttrall. Y luego un retahíla de rostros que van dejando su huella como el veteranísimo Eli Wallach o Tom Wilkinson…

El escritor no me llamó la atención por su historia me atrajo su ambiente, su atmósfera… la inquietud que se instaló en mi mirada durante todo el metraje.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Destellos de cine

Liliom (Liliom, 1934) de Fritz Lang

Antes de su exilio a EEUU, cuando Lang dejó Alemania pasó por Francia. Y creo una película. Pocas veces nombrada o estudiada se convierte en sorpresa. Y como no puede dejar de hacer Lang hay destellos de puro cine. Así toma a un jovencísimo y vital Charles Boyer y lo hace pasear en una historia que respira realismo poético francés y que termina decantándose por lo fantástico con un tono de broma. El pesimismo y también la sensualidad de Lang envuelve la cinta pero con un punto de humor negro. Así nos deja imágenes imborrables de las que sólo nombraré unas pocas: la presentación de la trama en el espacio de una feria con protagonismo especial de un tiovivo. Donde con precisos y vitales movimientos de cámara conocemos a Liliom, el golfo seductor, y a la que será la amada, la ‘chica extraña’.

Su escena de amor en el banco bajo la luz de una farola dará paso a una transición preciosa: los nuevos amantes escriben sus nombres en la madera… y entonces van superponiéndose otros nombres encima… el tiempo pasa.

El fallecimiento de Liliom nos deja escenas claves como la liturgia de la feria que guarda unos minutos de silencio por la muerte del ex trabajador (y el amor perdido de la ‘patrona’ que le dio trabajo en el tiovivo) así se produce un buen efecto de sonido. Lo que demuestra que el cine también cuenta con lo que deja oír. O con el silencio. El cuerpo yacente de Liliom entre velas, y la despedida de la ‘chica extraña’, que a pesar de la vida perra que la ha hecho sufrir, es dulce con él (a pesar de ser tristemente consciente del maltrato recibido). Y la transición sencilla al mundo fantástico y onírico cuando el ‘alma’ de Liliom es elevada a los cielos por dos inspectores vestidos de negro.

Y una de las mejores sorpresas: Dios es un cineasta. Y a todos nos tiene controlados a través de las películas de nuestras vidas… además en la banda de sonido capta también los pensamientos. Tiene un ojo similar al de Lang así que nos deja vislumbrar que no es mal director. Y viene la duda: ¿fue antes Dios o el ojo de Lang?

… Y los destellos de cine siguen interminables… danzando por esta obra desconocida con muchas sorpresas.

Fish Tank (Fish Tank, 2009) de Andrea Arnold

A la espera de su Cumbres borrascosas me adentré en su película anterior y de nuevo vislumbré destellos de cine. Andrea Arnold tiene una personal manera de mirar. Y aunque la historia de la adolescente cabreada con el mundo no me sedujo en exceso, sí lo hizo la manera de contármelo.

Así vislumbré la importancia de los espacios y las arquitecturas para la personalidad y el espíritu de una ciudad. Y cómo los espacios determinan también las formas de vida de los ciudadanos. Las diferencias entre las casas de la periferia y una buena urbanización. La falta de espacios de encuentro, creación y de ocio para los jóvenes. Los elementos extraños pero bellos como esa vieja yegua atada que obsesiona a la protagonista en medio de un descampado urbano.

La directora nos deja ver también su comunión con la naturaleza. Y nos deja imágenes poéticas y sensuales como la pesca del pez o la secuencia final de la protagonista con una niña que huye.

Nos narra también el lenguaje de los cuerpos. Sobre todo a través del baile. Para eso toma un papel fundamental la música y el movimiento. Llegando al máximo nivel al mostrar como la familia de la protagonista (formada por la madre y una hermana pequeña) la única forma que tienen finalmente de comunicarse y expresarse es a través de sus cuerpos, la música y el baile.

Y por último la evolución de un personaje con el rostro de Michael Fassbender que muestra de nuevo su versatilidad y matices. Fassbender nos hace creer en una aparición casi de cuento (no olvidemos que lo vemos bajo la mirada de una adolescente que lo idealiza —y nos regala imágenes bellísimas de esta idealización—… cree que puede llegar a comunicarse con él y que él traerá la felicidad a su familia) hasta mostrarnos las partes más oscuras y mezquinas (que desgraciadamente le vuelven humano) del personaje que representa.

Poesía (Shi, 2010) de Lee Shang Dong

Ya era la segunda vez que la veía. Y la emoción vuelve a embargarme. Más destellos de cine. Esta vez Shang Dong hace hincapié en la mirada a través de un personaje luminoso: una dulce y sonriente abuela (que muestra que es especial y peculiar desde la primera vez que aparece)… su sonrisa y dulzura esconden una tristeza y amargura honda. La protagonista se siente perdida pero trata de encontrar un rumbo. Sin embargo no pierde su capacidad de observar, de aprender, de sorprenderse. Ni tampoco de buscar o atrapar la belleza en un mundo gris que la rodea. Un mundo de un capitalismo salvaje que apenas la deja sobrevivir. Y dentro de este mundo salvaje que habita (que permite el suicidio de una colegiala y una frialdad en la manera de ‘vivir’ este suceso)… encuentra imprescindible apuntarse a un curso de poesía con el objetivo de lograr escribir un poema.

Todo lo que la rodea es sórdido, triste y conflictivo pero ella, que va olvidando ya los sustantivos (la diagnostican un principio de Alzheimer), trata de mirar el mundo y extraer la belleza.

Así Lee Shang Dong acompaña a su heroína y nos hace vislumbrar lo bello en el horror. Y su filme se convierte en un poema.

Incendies (Incendies, 2010) de Denis Villeneuve

Incendies es la adaptación de una obra teatral de impacto. De contenido político. Nos cuenta la historia de la mujer que canta, la presa número 72. Nos narra el sinsentido y la violencia de las batallas, como la guerra del Líbano (la de 1975 a 1990), que provoca tragedias y víctimas. Y como una tragedia griega (a lo Edipo y a lo Medea) con escena catártica Incendies remueve al espectador. La tragedia se centra en una familia: una mujer libanesa que vive en Canadá con sus dos hijos gemelos. Cuando muere deja como herencia dos cartas, muchos secretos y acertijos. Dos cartas, una para entregar a un hermano y a un padre desconocidos. Los gemelos inician un viaje interior y exterior donde conocerán a su madre (que guardaba múltiples secretos y nunca se había comunicado con sus gemelos) y su historia, y donde sabrán mucho de sus orígenes y raíces. Un viaje pesadilla y de aprendizaje. Un viaje al ayer para entender su presente. Un viaje de odio y violencia pero también de un amor desatado…

El destello de cine del canadiense Denis Villeneuve se produce en la estructura que da a la historia. En las claves que nos va dosificando y nos va devolviendo para construir un puzzle que lleva al espectador al golpe y la catarsis. En el viaje de la hija (y después su hermano gemelo) a los mismos sitios donde transcurrió la historia de la madre. Una vivió y la otra va descubriendo. Ambos entienden por qué en Canadá su madre era una muerta en vida… Los misterios dispersos que finalmente serán revelados…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Yo soy el amor (Io sono l’amore, 2009) de Luca Guadagnino

Nada conozco de Luca Guadagnino. Yo soy el amor es el primer acercamiento a su obra… y me envolvió en su exceso. Me quedé con ganas de degustarla cuando pasó por las salas de cine, no pudo ser. En la intimidad del hogar Yo soy el amor se saborea pues es una película de sensaciones e impresiones que deja al espectador la libertad de construir a través de la emoción, de una brillante, excesiva y sugerente puesta en escena y de una poderosa fuerza visual. Yo soy el amor es impresionista. Película intimista que a retazos recompone una historia de una familia de la alta burguesía del Milán del siglo XXI centrándose en la figura de la esposa, una Tilda Swinton que es presentada como un elegante y perfecto florero (eficaz como esposa, madre, anfitriona…) pero carente de pasión a su alrededor. El personaje se ha perdido en la alta burguesía milanesa (su origen es ruso, así se convierte en elemento extraño y exótico), como decoración es perfecta pero en sus gestos se denota el cansancio por haber renunciado a las pasiones, los sueños, las emociones y los sentimientos. Por eso en silencio se identifica con sus hijos que pueden huir todavía de las máscaras y dejarse llevar por sus sueños. Los ingredientes de Yo soy el amor tienen que ver con los cinco sentidos del espectador: el gusto, el tacto, la vista, el oído y el olfato…

La película bebe de distintas fuentes. Desde las crónicas decadentes y operísticas de una alta burguesía viscontiana con un empleo maravilloso de los espacios (las distintas habitaciones de esa mansión así como sus jardines), el vacío existencial y el hastío de pareja burguesa con filtro de Antonioni (esos paseos de la protagonista las calles de Milán o San Remo. Esas escenas junto al esposo). Hasta las claves del melodrama exaltado y finalmente me vino a la mente durante todo su metraje el espíritu de las obras de D. H. Lawrence (cómo me apeteció volver a abrir sus páginas)… sobre todo El amante de Lady Chatterley.

Su largo visionado es un placer para los sentidos (o por lo menos lo fue para los míos). Noté la libertad en crear las vidas de los retazos impresionistas de los personajes y las situaciones (los tres hijos, la prometida del mayor, el marido, la suegra, el personal de servicio, el cocinero amante…). De imaginar. Todo está ahí, todo se intuye, todo se sugiere. Tú, como espectador, construyes. Te puedes sentir implicado en el exceso o sentirte totalmente fuera.

Como los sentidos están presentes en todo momento notamos cómo el personaje de Tilda se deja arrastrar por ellos. Recobra así la pasión. “Yo amo a Antonio” y con esta declaración se rebela contra su vida de hermosa figura de decoración y equilibrio. Y en esta ruptura provoca daños, alguno de ellos irreversibles. En la familia hay personajes que se dejan llevar por la razón-frialdad y otros por la emoción y el sentimiento (quizá el más desarrollado sea el idealista hijo mayor y el más perjudicado en todo el proceso de transformación tanto de la familia como de la madre). Y todos se verán perturbados por la toma de posición y de conciencia de la madre… que opta por la pasión, por despertar los sentidos, por tirar las máscaras.

Como los sentidos están presentes me dejé llevar por la sensualidad y naturalidad que destilan las escenas de pasión entre Antonio, el cocinero, y la señora de la casa. No carecen de poesía y pinceladas sutiles.

Me dejé arrastrar por las pinceladas, retazos, detalles, sensaciones y emociones de Yo soy el amor… Me dejé seducir por el exceso de sus imágenes y recursos visuales. Me quedé enganchada a los sabores y los olores. Me metí de lleno en el melodrama exacerbado. En ese frío mundo racional que de pronto estalla… y ya pierde todo su sentido. Tienes que retomar cada retazo, juntar cada fotografía, apostar por cada desenfoque, entender una lágrima, una risa, un gesto…

No es una película para ver una sola vez. Como está hecha con los cinco sentidos seguro que en cada visionado descubres un nuevo matiz (un personaje desdibujado, un objeto significativo, una mirada olvidada, un nuevo sabor, una caricia…).

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

De dioses y hombres (Des hommes et des dieux, 2010) de Xavier Beauvois

El secuestro y el asesinato de siete monjes cistercienses del Tibhirine en un Monasterio de Atlas, Argelia, en 1996 ilustra la violencia provocada por las luchas de poder entre un gobierno corrupto con un ejército brutal con unos grupos de islamistas fanáticos que pretenden derrocarlo. Existe una fotografía real, y la película refleja ese instante, donde se ve en un momento cotidiano y posando a los ocho monjes (en el momento del secuestro les visitaba otro padre. Dos de ellos se salvaron) que tuvieron la determinación de quedarse en el pueblo y con el pueblo con el que siempre habían estado y con el que siempre habían convivido desde la amistad, el respeto, la armonía y la admiración que se profesan ambos.

La película de Xavier Beauvois no sólo me ha conmovido profundamente sino que además cinematográficamente me ha parecido hermosísima. Durante su visionado estuve al borde de la emoción continua esperando el estallido de violencia o la resolución de esa muerte anunciada mientras estos hombres valientes siguen con su día a día, su vida cotidiana, superando las dudas y los miedos y tratando de ser coherentes hasta el final. Así recorremos su cotidianeidad y vida monástica de 1993 hasta 1996 en el momento de su secuestro. Y la película va en un crescendo desde la armonía y la buena convivencia hasta el estallido último de violencia hacia un grupo de hombres religiosos que incomodan a unos y otros. Y las imágenes nos dejan un estudio de rostros humanos increíble que culmina en una última cena que dispara las reflexiones y las emociones con El lago de los cisnes de Tchaikovski de fondo.

La película está regada de detalles y momentos. De imágenes bellísimas. De diálogos ricos para la reflexión que se mezclan con vivencias reales de los monjes y con la lectura del testamento real del padre Christian, que habla con un lenguaje de paz y de rechazo del fanatismo y la violencia. Ese testamento se escucha en off, en unos minutos finales excepcionales, por las habitaciones vacías del monasterio. Y ahí seas o no creyente sientes que esos hombres han sido coherentes y han luchado por una cultura de paz en una situación de violencia y han mediado para la paz en una situación de conflicto. Y han sido coherentes (muchos en proceso de dolor y duda, como el que sufre el más joven de ellos) con su religión, su pensamiento y su forma de vida. Y mientras ves cómo se alejan en la nieve, en ese paseo impresionante, no puedes evitar (por lo menos yo como espectadora) una profunda admiración.

Pero además es que De dioses y hombres es una obra cinematográfica construida con deleite que ofrece momentos de belleza indescriptible, no sólo esa última cena, sino ese momento de oración mientras va pasando un helicóptero por encima del monasterio. Esas conversaciones con los miembros del pueblo musulmán. Los cánticos, las reuniones de los monjes, las comidas, sus trabajos cotidianos en el campo, en el mercado, en sus celdas, las consultas médicas de doctor (precioso personaje)…

Y vives en cada minuto las palabras de ese salmo 82 que aparece al principio de la película “aunque sean dioses y todos sean hijos del Altísimo, morirán como todos los hombres, caerán como cualquier príncipe”.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Píldoras críticas: una de culto, una olvidada, un clásico de los noventa y una película medicina…

El fotógrafo del pánico (1960) de Michael Powell

Quién me iba a decir a mí que me encontraría a Francisco José, aquel galán de las películas de Sissi (donde yo conocí a Romy Schneider), convertido en un asesino en serie con una disfunción mental provocada por los desagradables experimentos del padre científico que en su tierna infancia le grababa absolutamente en todos los estados (miedo, angustia…).

Quién me iba a decir a mí que Karlheinz Böhm iba a encajar en la aventura en solitario de Michael Powell. Y que con una cámara (pero de cine no de fotografía)…, de la que jamás se desprende, iba a plasmar el miedo de las víctimas para luego excitarse en solitario con su visión.

Lo que nadie tiene que decirme es que Powell vuelve a enredarme (aunque esta vez sea sin Pressburger) en una trama original y plasmada de manera desconcertante. Tanto los ambientes como los personajes (ay, esa madre ciega).

Si me dicen quédate con una escena: me quedo sin duda alguna con el asesinato de la pobre extra bailarina con la cara de Moira Shearer.

Y no les he desvelado nada. Todo lo que cuento se sabe desde el principio. Desde la primera escena sabemos quién es el asesino… es cómo nos lo cuenta lo que nos atrapa.

Filón de plata (1954) de Allan Dwan

… De esta película sólo conocía lo que hablaba Scorsese en su documental Un viaje personal con Martin Scorsese a través del cine americano. Y enseguida despertó mi atención.

Western en tiempo real, como dos años antes, Sólo ante el peligro. Y con la misma segunda lectura de la caza de brujas.

Un hombre acusado sin pruebas ni juicios de asesinato y robo por un enemigo acérrimo que se presenta con papeles que le certifican como un agente del estado, a través de la manipulación y la sospecha, ve cómo es rechazado por la comunidad que le acogía con los brazos abiertos… hasta que se convierte en un problema.

Dwan sin apenas medios consigue que nos demos cuenta de que sabe rodar y nos regala escenas memorables como la presentación de los malos al principio de la película (con un Duryea carismático que rara vez falla) o toda la secuencia final de un pueblo entero tras el falso culpable (John Payne) que le persiguen hasta el campanario de la iglesia…

Tan sólo creerán en la inocencia del personaje y no se dejarán llevar por el ambiente de rumores, sospechas y mentiras que va cubriendo a cada uno de los habitantes de la localidad, la mujer que le amó y la que le ama. La prostituta del pueblo y la niña rica con la que se va a casar… Ambas se unirán para intentar hacer lo imposible por que el hombre de sus vidas pueda probar su inocencia.

Beautiful Girls (1996) de Ted Demme

Sólo quiero que ocurra algo hermoso. A todos nos gustaría que ocurriera. Sólo le pido a un hombre que me diga por las noches, que duermas bien dulce niña. Pienso en lo que podría haber sido… Aquí todo seguirá igual. Espérame dentro de cinco años. Siempre será un gusto verte porque seguro que lo que hagas será increíble.

Clásico de los noventa absolutamente melancólico… sobre juventudes perdidas, desencantos, sueños rotos, miedos, amores, desamores y asunción de responsabilidades y compromisos. Y de fondo la amistad, la eterna amistad. Con macro reparto de ellos y ellas donde destacó una Natalie Portman que ya demostraba que era más que una promesa (ha sido cisne negro y cisne blanco ni más ni menos) con mucho menos de veinte añitos. Ah… y buena música.

Mis tardes con Margueritte (2010) de Jean Becker

No es película redonda… pero es película-medicina. Sobre el poder de la lectura. De la literatura. De las palabras. Sobre el placer de la lectura. Sobre las conversaciones compartidas. Sobre las relaciones benéficas entre un pobre hombre acomplejado y una elegante y frágil anciana. Terminas con una sonrisa y con muchas ganas de zamparte un bocadillo con un libro entre las manos.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

… De contrabandistas, iconoclastas y otras danzas. Dos documentales

Esta semana he tenido la suerte de visionar dos documentales que merecen la pena por distintos motivos.

Si eres una de esas personas que considera que tiene cine en las venas, puedes recrearte con el documental Un viaje personal con Martin Scorsese a través del cine americano tal y como lo ha hecho Hildy. Martin Scorsese en este macro documental (tres episodios) ofrece su mirada cinéfila y apasionada para contar de manera certera su particular historia del cine americano.

Y es emocionante realizar este viaje con Scorsese. Disfrutar de su original visión. Te cuenta la Historia del cine americano de varias maneras y todas interesantes. A partir de los géneros cinematográficos más relacionados con el cine americano: el western, el cine negro (primero de gánsters y después su evolución al film noir) y después el musical. O también un recorrido apasionante por los adelantos tecnológicos, aquellos que enriquecían y enriquecen el lenguaje cinematográfico, que plantean nuevas posibilidades de contar en imágenes. Y por último un camino mágico y muy interesante por aquellos directores que supusieron un paso más en el arte del cine. Directores que contaban con su mirada peculiar para contar aquello que no se podía o que se saltaron directamente las normas. Scorsese los llama los directores contrabandistas (y la importancia del cine de bajo presupuesto para moverse en márgenes de libertad) o los iconoclastas (aquellos que se saltaron las reglas como Stroheim, Welles, Preminger…). Scorsese, apasionado, se queda en los años setenta, ya que como explica en esa década él y sus colegas empezaron a hacer películas… y ya esa mirada corresponde a otros, que puedan observar desde fuera.

También fui a sala de cine para poder disfrutar en 3D el documental Pina. Un documental que fusiona danza y cine (un matrimonio normalmente bastante bien avenido). Es un documental realizado desde las entrañas. Desde el corazón. Desde el corazón de un buen amigo y de un grupo de bailarines que quiere expresar qué supuso la manera de entender la danza de la coreógrafa Pina Bausch en la vida de cada uno de ellos. Un documental que trata de mostrar el corazón de la danza, de la danza según Pina.

Danzad, danzad porque si no estamos perdidos.

Es un grito de pasión.

Y eso es lo que refleja un 3D que te mete en el centro del corazón de la danza de una coreógrafa por la que sus bailarines sienten un montón de cosas… porque les ha dado un lenguaje, una forma de expresión, unas emociones, unos recuerdos, unos sentimientos… Y ahí está el amigo Wim Wenders para dar forma a este canto de amor a la danza. Con rostros, voces, coreografías-homenaje, imágenes del pasado de la amiga ausente…

Puedes no haber visto nunca una coreografía de Pina. No conocerla. No importa. El documental te abre puertas a su forma de entender la danza. Un documental que late, que siente, que te hace latir y sentir…

Hasta ahora nunca había disfrutado tanto con el 3D. No soy muy amante de este avance tecnológico, lo reconozco. Sin embargo en este documental logré meterme en esa tercera dimensión que hizo bailar a mi mirada y a mi corazón.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Cóctel de tres películas desde la emoción

Tres películas he visto últimamente desde el rincón de la emoción. Dos actualmente en cartelera y una de las que debería haber visto en su momento y ahora he encontrado el tiempo. Y la emoción no ha estallado totalmente en ninguna de las tres. Son tres películas bien elaboradas, bien hechas pero con ese punto de cine-emoción, de cine de sentimientos, que a mí me fascina y que cuando se consigue me deja en un estado óptimo.

En esa escala, de la emoción que estalla a la emoción fría, pongo a su disposición pequeños comentarios. Desde la que más me hizo sentir a la que menos. Y todas tienen sus ingredientes interesantes y las tres comparten aquellos elementos que no las convierten en redondas o en obras para la eternidad.

¿Para qué sirve un oso? de Tom Fernández

Si algo ha dejado claro ¿Para qué sirve un oso? y lo digo con lamento es que las comedias de buenas intenciones protagonizadas por buena gente no están de moda. El espíritu de Frank Capra está de capa caída. El idealismo está en paro.

Tom Fernández regala comedia idealista y parece que pocos han querido empaparse de esta historia sencilla de buenos sentimientos (a algunos incluso les molesta) entre dos hermanos que viven su particular viaje interior en un paraíso natural, la bella Asturias.

Tampoco ha calado, que algunos han tildado de superficial, el mensaje ecologista de la película. Pero siento decir que disiento. Porque sí es un mensaje sencillo, muy sencillo y muy superficial… pero es que en materia ecológica estamos muy pero que muy poco concienciados (y somos muy superficiales) y nos puede parecer absurdo y simple que nos recuerden que hay que reciclar (casi como en un curso básico de Barrio Sésamo) pero es que desgraciadamente la gran mayoría no reciclamos correctamente. Y puede parecer muy simple el discurso que tienen esos hermanos, biólogo uno (y desesperanzado por el irremediable curso del cambio climático) o del zoólogo (que aún cree, y tiene fe, que se pueden salvar los paraísos aunque científicamente no esté muy adelantado), pero desgraciadamente el hombre sigue generando desastres ecológicos, sigue abusando de los recursos naturales y sigue destrozando el planeta sin una conciencia de que debemos cuidar lo que tenemos si queremos seguir viviendo en un planeta llamado Tierra…, así que no viene mal una bajada de humos y que nos presenten una película bonita de mensaje sencillo.

¿Para qué sirve un oso? se sustenta por una pareja de cómicos, los hermanos asturianos, que ofrecen su recital interpretativo y nos hacer reír (o a mí me provocaron la risa): Javier Cámara y Gonzalo de Castro. Dos hermanos separados que vuelven a encontrarse y a unirse a pesar de sus distintos enfoques de la vida. A su alrededor pululan una serie de personajes secundarios con encanto (pero éste es el único pero que no hizo que mi emoción se disparara del todo) pero no del todo bien construidos o mejor dicho no del todo bien aprovechados para el curso de una historia bonita. Así como el maestro Frank Capra era capaz de construir un personaje secundario con todos sus matices aunque sólo apareciera en pantalla unos segundos, la película de Tom Fernández nos deja una galería de personajes secundarios a medio construir (aunque todos con su momento tierno). Y contaba con buenos actores para ello, algunos veteranos y otros muy frescos (la institutriz de los hermanos, Geraldine Chaplin; la veterinaría de la localidad, Emma Suárez; la pareja de jóvenes que se enamora, el americano idealista y la lugareña pizpireta —Jesse Johnson y Oona Chaplin— o la niña que sufre la ausencia del padre, Sira García…

Sin embargo ¿Para qué sirve un oso? funciona y emociona para pasar una buena tarde de cine. Con momentos divertidos, otros emotivos y muchos hermosos. Deseas trasladarte a Asturias y disfrutar de una noche a la intemperie y a ser posible con un proyector de viejas películas mudas como la de los hermanos Wilson (precioso homenaje al cine mudo cómico y a la emoción que provocaba…) o estar en el jardín de una casa de piedra rodeada de montañas.

Oliver Twist de Roman Polanski

Una de mis pendientes. Polanski construye cinematográficamente la obra de Dickens, ciento un mil veces adaptada en cine y televisión, y recrea una película clásica tan perfectamente llevada a cabo que a mí, aunque me emocionó en varios momentos, me dejó un poso de frialdad y melancolía.

Recreación exquisita, reparto de niños impecable, banda sonora acorde con la historia, reflejo veraz de la miseria en Londres y de las desventuras de Oliver de forma lacerante, relato con aires oscuros y tristes, exclusión y desvalimiento de una infancia cruel, tono de un cuento triste y tenebroso, secundarios bien construido… Todos los elementos bien ejecutados en un ejercicio cinematográfico de visos perfectos. Una adaptación literaria del mundo de Dickens perfecta. Pero, ay la emoción del conjunto.

Eso sí reconozco que me fascinó, me emocionó y me hundió en la más triste melancolía sus minutos finales. La visita de Oliver a la prisión al otro gran personaje de la película, Fagin (caracterizado e increíble Ben Kingsley) pone los pelos de punta.

Chico y Rita de Fernando Trueba y Javier Mariscal

Disfruto mucho con el cine de animación. Y soy capaz de emocionarme muchísimo. Me gustan las distintas técnicas de animación (aunque no soy ninguna experta pero me gusta enterarme) que se emplean para contar una historia y los distintos trazos de los dibujantes. Me emociona Pesadilla antes de Navidad, Ratatouille, Bienvenidos a Belleville, Wall-i, Persépolis… Y esperaba esa misma sensación con Chico y Rita. Y sólo lo consiguió en pequeños momentos a pesar de que tenía todos los ingredientes para que me hundiese en un estallido de sentimientos y emociones. De nuevo, el conjunto no me llevo al éxtasis. Aunque como las anteriores películas me hizo pasar una linda tarde, y eso es para valorarlo mucho.

Chico y Rita tenía La Habana, la bella música y las hermosas canciones, la historia de amor imposible con múltiples referencias y amor al cine clásico y su romanticismo, aires de cine musical clásico a lo New York, New York, ecos de historias de amor míticas a lo Casablanca, influencias incluso de cine negro (esa muerte de ese músico cubano con sus influencias con los bajos fondos)… todo envuelto en un aire de nostalgia (que tan bien queda en las historias de amor), y un trazo original. Tenía esos personajes que triunfan y caen, a los que les duele el exilio aunque sea voluntario, a los que les duele la exclusión en un mundo que en esos momentos desprecia otras culturas o color de piel… Pero Chico y Rita no me hizo temblar tal y como hubiera esperado. Vibrar o echar unas lágrimas al escuchar un bolero o una canción de amor inacabada… ¿Sería mi estado de ánimo?¿Qué le falta a Chico y Rita para el éxtasis de emoción?¿Qué le falta para que el espectador estalle…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.  

Concursante (2006) de Rodrigo Cortés

Me quedo con la transformación de Martín Circo (grande, Leonardo Sbaraglia).

Y con una frase:

«Vivimos en el paraíso de la usura legal».

Película para verla despacio, te entren sudores y unos toques de angustia.

Película-aviso. Estamos mucho más adormecidos de lo que pensamos.

Mucho más esclavizados de lo que pensamos.

Pero esta ínfima parte del planeta tierra donde vivimos unos cuantos, adormecidos pero privilegiados -en comparación con otros ciudadanos del mundo-, ¿será el mejor de los mundos?

¿Es ese conformismo o ese estado de no entender dónde vivimos la mejor opción?

¿Es mejor mostrar cara de incredulidad ante los acontecimientos que estamos viviendo, sí, crisis y demás… y dejar que todo siga funcionando igual? Sin una queja, sin un cambio. Mientras algo se va derrumbando sin saber muy bien cómo ponerlo en pie.

¿No es mejor aunque acabe mal el asunto, despertar, comprender, reaccionar, tratar de cambiar y transformar lo que nos rodea… a algo más justo y humano…? Con sentido común, con conocimientos, con humanidad, con espíritu de cooperación, con mucho esfuerzo y grandes dosis de cariño…

En fin, Rodrigo Cortés en su debú construye una película-ficción, llena de nervio y de hallazgos interesantes, de una reflexión sobre el momento actual que vivimos con el sistema económico, político y social que hemos ido construyendo poco a poco… la humanidad. Sí, la humanidad. Ese grupo humano capaz de las mejores y peores cosas. ¿No podríamos concursar con lo mejor de cada uno en este mundo?

Besos y buenas noches

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.