Crítica Diario de un escándalo

Si os confieso la verdad y nada más que la verdad, Diario de un escándalo me pareció casi una película de Antena 3 al mediodía. Un telefilm para echar una buena siesta. Pero he puesto el casi. Y ese casi se debe a que la película se salva por las dos intérpretes protagonistas: Judi Dench y Cate Blanchett. 

Y es una pena porque me apetecía verla. No me aburrí y disfruté de los dos personajes femeninos pero se merecían otro tratamiento de la historia. Es una película de momentos, de interpretaciones. Pero el conjunto no funciona. Irá bien en sus pases televisivos después de comer pero no creo que pase a la historia del cine ni de sus dos divas. 

El argumento era jugoso. Un colegio de muchachos díscolos, una comunidad de profesores cansada y desencantada, una mujer mayor solitaria con un peculiar mundo interior que espera mucho de sus amistades femeninas y una nueva y hermosa profesora con una vida familiar difícil –pero no infeliz– que se deja seducir por la belleza y juventud adolescente.  

La mujer mayor elabora día a día un diario ácido, con mucho humor negro y muchas dosis de soledad. Y ve en la nueva profesora una vía de escape. Sólo sabe relacionarse desde la amistad absorbente rozando el lesbianismo. En realidad pide a gritos, un poco de contacto físico, compañía. La profesora nueva se encuentra en un momento crítico de su vida y se deja seducir por la juventud y el sexo por el sexo. Se mete casi sin quererlo en una relación prohibida con un muchacho de quince años. Por el disfrute. Cuando, Barbara, la vieja profesora gruñona descubre el secreto de su amiga…, empiezan los problemas. ¿Quién pide más? Sinceramente, yo. El desarrollo de la historia no me atrapa. Es una película correcta y punto. Con muchos momentos de frialdad y unos pocos personajes secundarios que piden a gritos más desarrollo. Película apta para disfrutar de las interpretaciones de dos divas del cine, Dench y Blanchett. 

Lo lamento porque la anterior obra del director Richard Eyre me encantó. Belleza prohibida me trajo una visión particular del teatro británico en el siglo XVII. La pareja protagonista tenía mucha química: Billy Crudup y Claire Danes. La historia era muy interesante y bien desarrollada. Los secundarios ayudaban a la trama. Buena ambientación y dirección…, pero no funcionó en España porque se hizo una publicidad absurda comparándola con Shakespeare in love. Y no tenía nada que ver (sólo el periodo histórico y el teatro isabelino). Por eso me adentraba con ganas en Diario de un escándalo, que por cierto, no me escandalizó nada. 

El rostro de Jude Law

De nuevo una sonrisa, un hoyuelo en la barbilla, una frente amplia, unos ojos claros…, Jude Law, el actor británico llena con su sola presencia la pantalla. Siempre que puedo, lo sigo a través de las pantallas blancas de los cines de barrio o en una tarde sombría en el televisor.

No recuerdo bien cuando lo vi por primera vez. Sí, cuando decidí que merecía la pena seguir su filmografía. La primera vez creo que fue como fotógrafo asesino y sádico, gran personaje, en Camino a la perdición (2002). Y cuando decidí que seguiría su filmografía fue en su encarnación de héroe soviético y su enfrentamiento con un oficial alemán. Se trata de Enemigo a las puertas (2001). Vassili, un antiguo pastor y ahora valiente soldado, es transformado en héroe para animar a las tropas rusas. Él, casi sin quererlo, asume el papel. Es un joven sencillo al que pretenden convertir en leyenda.

En un desaparecido videoclub localicé su debú en el cine, Shopping (1994), una película nihilista y de ciencia ficción donde se cuenta la afición de un grupo de jóvenes de empotrar sus coches contra los escaparates para después robar. Law es un líder destronado que trata de recuperar su estatus a toda costa.

Después, volvió al género de la ciencia ficción en la curiosa Gattaca, su estreno como actor en Hollywood. El papel secundario de Law se come la película. Él ayuda al personaje protagonista para que se transforme en un “ser válido”, sin imperfecciones. Law, siempre bello, ha perdido su estatus de ser perfecto al quedarse postrado en una silla de ruedas.

Law es el rey de los buenos personajes secundarios. De nuevo, vuelve a sorprender con un papel oscuro pero lleno de misterio en Medianoche en el jardín del bien y el mal (1997). Jude se convierte en un chapero homosexual con muchas complicaciones y con actitudes violentas. Sus apariciones causan inquietud.

Uno de sus papeles más reconocidos fue en El talento de Mr Ripley (1999), un remake de la película francesa A pleno sol (y ambas adaptaciones de una de las novelas de Patricia Highsmith), sin embargo, todavía no he tenido oportunidad de verla. Sí pude contemplar su interpretación en otra película de ciencia ficción, Inteligencia Artificial (2001). Él y su personaje de robot demasiado humano, Gigoló Joe, fue la única razón por la que pude aguantar esta película. Su personaje y desarrollo era lo único, que para mí, merecía la pena en esta especie de cuento a lo Pinocho.

Me encantó volver a verle en una película épica, de las de siempre, en un romance sin barreras con Nicole Kidman en Cold Mountain (2003). Una película donde se convierte en un soldado desertor en la guerra de Secesión. Huye de los horrores y de la destrucción. Y lo que le mantiene con vida es el amor que siente hacia su novia. La película es el retorno del héroe al lado de la amada.

No deja de lado la ciencia ficción y entretiene en la curiosa Skype Captain y el mundo del mañana (2004). Esta vez es un héroe de cómic de los años 30 pero con aires futuristas…, y Law sigue como encantador de serpientes engatusando al personal. En el 2004 no paró de trabajar. Se convirtió en un innecesario Alfie, una película sólo recomendable para aquellas fans que quieran tener ración doble de Law. Y, también, fue uno de los protagonista de Closer, película sobre las vicisitudes e intercambios entre dos parejas. Aquí, a pesar de mi amor por Law, le entregué mi corazón al personaje encarnado por Clive Owen. Tuvo tiempo de transformarse en Errol Flynn en un pequeño papel para El aviador donde se empapaba del glamour del Hollywood clásico.

 No he podido disfrutarle en ninguna de sus películas de 2006. Espero ver pronto la comedia romántica Vacaciones en uno de esos días tontos que tiene una donde le gusta ver ¿irreales? aunque maravillosas historias de amor. Aunque espero pronto que Jude Law nos visite con uno de esos personajes secundarios en los que no deja títere con cabeza…, clamo un buen papel para este hombre. Ya ha demostrado varias veces que puede sorprender. 

El rostro de Johnny Depp

Lo de Johnny tiene pinta de devoción, locura y amor inalcanzable. Un día varias mujeres, entre ellas yo, más alegres que de costumbre, nos enteramos de que estaba rodando en Toledo. E hicimos planes de cómo llegar hasta ahí y colarnos en su habitación de hotel. Una de mis compañeras había leído un reportaje chorra donde decía que al actor le encantaban las mujeres que jugaban a las cartas y decían palabrotas ¿? Y como imbéciles cogimos una baraja, empezamos a decir burradas y a jugar. Para ensayar. Como veis sólo fue un juego estúpido en una tarde de esparcimiento. Johnny estuvo allí, entre nosotras.

La primera vez que me fijé en él, aunque ya le había visto en alguna que otra película, fue en ¿A quién ama Gilbert Grape? (1994). En un papel de joven conmovedor encerrado en una pequeña y aburrida localidad con una complicada familia. Su sentido de la responsabilidad le hace vivir para los demás y no para él. Allí, también brilló, por primera vez, un gran Leonardo Di Caprio como su hermano pequeño, un discapacitado intelectual. Película pequeña y hermosa.

Ya habíamos intuido la valía de Depp en dos películas anteriores. El bello cuento de Tim Burton, Eduardo Manostijeras (1990), donde ya el joven Johnny realizaba una de sus transformaciones radicales y se alejaba de su cara de niño mono, y se convertía en un ser diferente en un mundo de iguales y convencionalismos. También, era el rebelde pero a lo Waters, en una comedia gamberra, Cry Baby (1990), con su lágrima tatuada y una chulería que escondía un corazón romántico. Apenas se le intuía como joven sádico y desagradable en un rol secundario en Platoon (1986). Allí el personaje era Elias (William Dafoe).

A partir de Gilbert Grape, seguí su carrera con cuidado. Me costaba poco porque además era el actor fetiche de un director que no suele defraudarme, Tim Burton. Del mismo año que Gilbert, se deja ver en dos producciones diferentes –que vería posteriormente en vhs en el calor del hogar–. Una comedia romántica entre dos personajes diferentes –en la diferencia, Depp se vuelve grande–, ella con un fuerte problema de salud mental, él con una inteligencia pequeña dentro de un alma extremadamente sensible. En Benny and Joon, Depp conquista con su imitación de los actores de cine mudo, su personaje oscila entre Charlot y Cara de Palo (Buster Keaton). Se mete de lleno en los delirios de Kusturica, un director al que admira y que le influye –se ve claramente en su única obra como director The Brave–. Del Sueño de Arizona recuerdo sólo imágenes sueltas.

Salgo de rodillas de la proyección de Ed Wood (1994). Me emociona tanto esta película que voy al cine hasta tres veces para verla una y otra vez. Y por supuesto la tengo tanto en vhs como en dvd. Ese blanco y negro, esos personajes llenos de pasión y mediocridad, esa amistad tierna entre Bela Lugosi y el peor director de Hollywood no tiene desperdicio. Johnny crea un personaje inolvidable incluso sin los dientes delanteros.

Al año siguiente continúa con sus personajes que se salen de la norma y realiza su primera incursión en el cine convencional y comercial. Primero, nos deleita con la figura de un personaje con una locura muy especial –donde Johnny no oculta su belleza–. Él es Don Juan De Marco que vive en un mundo de ensueño. Ahí, el actor comienza su idilio con Marlon Brando. Se convierten en grandes amigos. Después sigue con el cine independiente y el blanco y negro con un western extraño Dead man y un Johnny con sombrero. Depp se convierte en un padre desesperado, comercial pero entretenido en A la hora señalada.

En 1997 regresa con fuerza. Se convierte en Donnie Brasco como un agente del FBI que debe hacerse pasar por un gángster. En su camino se cruza un mafioso cansado, Al Pacino, en grado superlativo. También, decide ponerse detrás de la cámara y con su adorado Brando, con imágenes a lo Kusturica, y una historia dura y tierna con el mundo de las snuff movies de fondo, dirige The Brave. Él hubiera querido a otro actor en su papel para dar veracidad…, pero cosas de la producción, sólo él como indio bello podía tener ese papel.Al año siguiente, vuelve a transformarse junto a Benicio del Toro, en una película psicodélica de Terry William. Este director, cuando quiere, me lleva a mundos fantásticos pero en Miedo y asco en las Vegas me llevó al aburrimiento. Depp sigue con su saga de personajes extravagantes.

Menos mal que siempre está Burton cerca y le hace protagonizar una leyenda hermosa y terrorífica, Sleepy Hollow. En su papel de detective inventor vuelve a encandilarnos. Después, aburre como personaje de ficción en La novena puerta. El club Dumas de Reverte se convierte en una película menor…, aunque esta película fue la que le trajo a Toledo.

Johnny sigue trabajando sin parar y en el 2000 interpreta  junto a nuestro Bardem  un doble papel secundario en Antes que anochezca. Por supuesto vuelve a jugar a la transformación. Un año después, ¿fruto de la casualidad?, aparece con Penélope Cruz en la fallida Blow. Sin embargo, de esta época me quedo con Chocolat y Desde el infierno. En Chocolat se disfraza de gitano tío bueno, es su única función en esta fábula dulce. Después, se convierte en un atormentado detective drogodependiente de cómic que se ve superado en su persecución a Jack El destripador.

En el 2003 se transforma en el personaje más carismático, popular y comercial. Protagoniza la primera parte de la trilogía Piratas del Caribe. Encandila al respetable con su papel de pirata ambiguo con dosis de locura, Jack Sparrow. Y todavía continúa atrapado por este gran personaje (en la segunda parte, lo único que vale).

Nos hace llorar en su papel de niño grande, de creador atormentado y sensible, nos invita al mundo interior del creador de Peter Pan en Descubriendo nunca jamás (2004). Johnny Depp sigue haciéndonos soñar junto a Tim Burton en el 2005, se convierte en el extravagante Willy Wonka en el remake de Charlie y la fábrica de chocolate y se transforma en muñeco encantador de La novia cadáver.

Depp continúa en el mundo de los personajes fantásticos, diferentes…, no se cansa de transformarse una y otra vez. Esperamos a su Jack Sparrow, Tim Burton ya cuenta con él para visitar otro mundo fantástico y, probablemente, se convierta en la gran estrella de los ochenta, Freddie Mercury…, para hacernos soñar, para seguir siendo el actor inalcanzable que oculta, siempre que puede, su rostro bello. 

El rostro de Ewan McGregor

¿Qué tiene este chico de pelo rojo, sonrisa traviesa y mirada pícara? Creo que le vi por primera vez en un papel duro pero lleno de carisma. Se trataba de Trainspotting (1996). McGregor realizaba un camino pesadilla por el mundo de las drogas. Se deslizaba por un tobogán agobiante. Una carrera de traiciones y desesperación. Con su pelo al cero, sus pantalones pitillo, sus “monos” y malos viajes se metía muy adentro.

Después no sé si llegó antes Tocando el viento (1996) o el visionado en dvd de Tumba abierta (1994). En ambas McGregor sobrecogía. En una se metía de lleno en una comedia social británica con el protagonismo de una banda de música de unos mineros cuya mina corre peligro de ser cerrada. Él es el joven con cara de esperanza y lucha. En la otra, cuya oscura historia era un triste tratado de amistades, dinero y traiciones, McGregor presentaba su rostro más canalla.

Una noche de insomnio y desespere, echaban por la tele Una historia diferente (1997) y me enamoré irremediablemente de ese secuestrador patoso e inútil que se enamora como un tonto de la millonaria pija (Cameron Diaz). La escena musical sobre la barra de un bar ya presagiaba películas futuras. Una película entretenida sin más que se mantiene por la química entre los intérpretes. La película cuenta con un componente celestial. Unos ángeles muy alejados del Clarence de Que bello es vivir.

El éxtasis llega con Moulin Rouge (2001) un loco y futurista musical en un París imaginario de libertad, bohemia y amor. Un cuento de cortesana y escritor bohemio. De amor y muerte. McGregor canta, baila, ríe, llora, se enfurece, se enamora locamente, se desespera de celos…, una gozada de personaje. Le perdono su caracterización de Obi Wan Kenobi. Yo soy así de nostálgica así como adoro la primera trilogía de La guerra de las galaxias, me aburre soberanamente la segunda trilogía, ni un atractivo McGregor la pone en pie.

En 2003 me deslumbra con tres películas. Todas muy diferentes. Ewan McGregor tiene algo de camaleónico. Young Adam le aleja del registro de comedia y lo sitúa en un drama seco y frío en unas enormes barcazas en los años cincuenta en Glasgow. Una historia de pasión, sexo y asesinato. McGregor se deja llevar por su lado oscuro.

Abajo el amor logra parodiar con toda su mala baba las comedias y la mentalidad conservadora de los años cincuenta. Renée Zellweger y McGregor se transforman en Doris Day y Rock Hudson con una ración de mala leche. La lucha de sexos es una comedia loca con el rostro de un reportero estrella de sonrisa pícara.

La apoteosis llega con su caracterización de un tierno cuentacuentos. Un hombre que sale de su mediocre vida contando historias fantásticas, ¿reales o ficticias? Ewan McGregor enriquece Big Fish como joven aventurero al que la pecera se le ha quedado demasiado pequeña y recorre mundos fantásticos.

Llevo cuatro años sin disfrutarle. Se que ha puesto voces a robots y valiants. Que hace poco volvió con Renée transformada en Miss Potter. Y que antes se fue a una isla junto a Scarlett…, pero no me ha apetecido verle. Espero con ansia otra de sus apariciones donde me devuelva su sonrisa o su lágrima. Le espero en un personaje de esos en los que sabe transformarse y hacer volar. Quizá en la próxima de Woody Allen, quién sabe. 

Diccionario cinematográfico (11)

Gatos: felino encantador de andar elegante y mirada dulce. A veces, son pícaros y traviesos. Suben por cortinas y sillones. Saltan en el momento más inesperado. Duermen, tiernos. Maúllan cuando quieren arrumacos o un poco de comida. Yo tengo dos gatillos callejeros, se llaman Marlon y Sally, va por ellos.

Gato siempre acompaña a Holly en Desayuno con diamantes. No tiene nombre ni casa. Como ella. Pero finalmente son inseparables. Los pobres Silvestre y Tom tratan de conservar su dignidad gatuna. Lo tienen difícil con enemigos como Piolín y Jerry. A los dos les queremos y les deseamos siempre un final feliz. Nos alteran y alarman las rarezas del gato de Alicia en el país de las maravillas. Aterra la realeza y tranquilidad que desprende el gato del Padrino. Un gato es capaz de destrozar los nervios de un novio que sólo desea caer bien a los complicados padres de ella. Son cariñosos con quienes quieren. El gato selecciona. ¿Cómo puede salir bien una historia entre una gata de raza y un gato callejero? Lo sabemos a ritmo de jazz con los aristogatos. El gato Félix es el más antiguo pero nunca lo olvidaremos, se ríe de la gordura y pachorra del gran Garfield (cómo me recuerda a mi Marlon). Me encantan los ojitos que pone el gato con botas en Shrek. Es un gato listo y sabe meterse al público en el bolsillo. Los gatos son fieles y supervivientes, ya se dice que tienen siete vidas, que se lo digan al de Alien…, yo, sin embargo, pienso que los gatos tienen un tercer sentido. Oyen y ven más que los humanos. Por eso acompañan a las brujas… a las brujas buenas como a la Novak en Me enamoré de una bruja o a la Lansbury en La bruja novata (¿por cierto tenía gato? Yo creo que sí, seguro. Lo que si recuerdo es al León y un divertido partido de fútbol con animales graciosísimos). Los gatos tienen una mirada que parece protectora o por lo menos misteriosa. 

Escritores de cine. Relaciones de amor y odio entre doce autores y el celuloide de José María Aresté

De pronto surgen libros con ideas muy interesantes. Y uno de ellos es éste que tengo ahora entre mis manos. Las tormentosas y a la vez maravillosas relaciones entre escritores y el séptimo arte. 

José María Aresté se centra en doce autores. Y, además, con un punto en común muy claro. Que los doce tienen o tuvieron algún tipo de relación directa con los estudios cinematográficos, con Hollywood. Su relación de amor-odio enriquece este estudio que además proporciona no sólo ganas de ver buenas películas sino de iniciar lecturas de libros maravillosos. Dos en uno. 

Los protagonistas son Paul Auster, Ray Bradbury, James M. Cain, Truman Capote, Michael Crichton, William Faulkner, Francis Scott Fitzgerald, Graham Greene, Enrique Jardiel Poncela, David Mamet, Arthur Miller y John Steinbeck. José María Aresté narra de manera completa, sencilla y amena las trayectorias literarias y cinematográficas de estos autores y deja un ensayo que da ganas de más. Te despierta el ansia de mucho más. Las relaciones de la literatura y el cine son largas e interminables…, y adentrarse en ese mundo es un regalo que no hay que perderse. 

Gracias a las reflexiones de José María Aresté, me he puesto a recordar cómo entré en contacto con los escritores de los que habla. 

Paul Auster, un escritor que me encanta, lo descubrí antes en sus relaciones con el cine que como escritor. Me dejé atrapar por las imágenes de Smoke y Lulu on the Bridge. Después, me enganché a su literatura con El mundo de las ilusiones y la misteriosa vida de ese actor cómico de cine mudo perdido, Hector Mann. Todavía sigo descubriendo una y otra novela. 

Mis relaciones con Ray Bradbury y Michael Crichton son mínimas. Nunca los he leído –aunque siempre hay tiempo–. Respecto a Bradbury, no es la película que más me gusta de François Truffaut pero me llamó mucho la atención –primero lo que leí sobre ella y después su visionado en dvd– Fahrenheit 451. La historia de ese bombero que se dedica a quemar libros prohibidos pero que se va transformando al conocer a una rebelde y se va empapando del amor hacia los libros. Luego, Aresté me ha descubierto que seguía en contacto con él con el Moby Dick de John Huston o con Rey de reyes de Nicholas Ray.De Crichton tengo que decir que me puede esa cosa tan fea que es el prejuicio. No me atrae en absoluto. No he leído ninguna de sus novelas ni me he dejado llevar por parques jurásicos, congos, comas, esferas, twister, acosos…, siempre tendré tiempo de dejar a un lado estúpidos prejuicios y descubrir tanto su literatura como su trabajo en el cine como guionista, director y productor. 

El cine negro y James M. Cain llamó a mi puerta con la versión de Jessica Lange y Jack Nicholson de El cartero siempre llama dos veces. He de decir que tampoco lo he leído pero su trabajo me fascina como guionista en Perdición de Billy Wilder. Es una película que nunca me decepciona y siempre queda en mi memoria el personaje magistral y ambiguo de Barbara Stanwyck. Me encanta como Fred MacMurray –con un personaje gris y normal– y Edward G. Robinson –con ese personaje que trata de poner orden en el rompecabezas a través de su profesionalidad– son simples marionetas para una historia de perdición. A partir, de la escena de Barbara bajando por las escaleras y mostrando su pulsera en el tobillo…, me encanta esta prenda.Hace poco también tuve oportunidad de dejarme enredar por una historia de pasiones y asesinatos, con unas protagonistas de lujo: una madre y su hija díscola en Mildred Pierce (Alma en suplicio) de Michael Curtiz. Esta película fue una adaptación más de una de sus novelas. Queda en mi cabeza la fuerza de Joan Crawford y la maldad disfrazada de inocencia en Ann Blyth. 

Con Truman Capote, el idilio viene de lejos. Leí antes que nada, por aquellas lecturas universitarias, A sangre fría, que me impactó como la película de Richard Brooks. Pero ya era una admiradora de la película Desayuno con diamantes que habré visto tropecientas mil veces. Cuando me compré la novela de Desayuno en Tiffany por anagrama, me encantó. Esta novela corta la releo una y otra vez. Me fascina el personaje de Holly. Y aunque película y novela son distintas, disfruto con ambas. Me llama la atención leer que uno de sus primeros trabajos en el cine como coguionista fue trasladar a la gran pantalla una historia de Cesare Zavattini. El intento de llevar al neorrealismo a Hollywood con Estación Termini (cómo habría cambiado la historia de esta película si la protagonista hubiera sido otra y no Jennifer Jones). La personalidad de Capote llama la atención por distinta. Me río de su papel extravagante y fuera de lugar en Un cadáver a los postres, me enfado con la mediocre Capote –que hizo ganar un oscar a Philip Seymour Hoffman– y me dejo atrapar por sus relatos breves. 

 

A William Faulkner, le temo. Varias veces he intentado acercarme a su obra y me ha costado. Le he leído poco. De nuevo es el cine el que me une a su trabajo. Como coguionista se ve su firma en las dos películas que cimentaron la leyenda de Lauren Bacall y Humprey Bogart: las inolvidables Tener y no tener y El sueño eterno. También, recuerdo lo que disfruto con los grandes melodramas de los años 50 que se sirvieron de sus argumentos. Me refiero a Ángeles sin brillo de Douglas Sirk o a El largo y cálido verano de Martin Ritt con un Paul Newman siempre bello. 

Por el dandy Scott Fitzgerald siento debilidad y por su historia de amor y sufrimiento junto a Zelda. Su novela de El gran Gatsby es de las pocas que he leído más de dos veces. La versión que se filmó con Mia Farrow y Robert Redford la recuerdo con cariño. Y me dejo atrapar de nuevo por el mundo del melodrama poblado de grandes estrellas en las adaptaciones de La última vez que vi París o Suave es la noche. 

El británico Graham Greene se merece un altar particular por su guión de El tercer hombre. Una adaptación perfecta de su propia novela donde conocemos la ambigüedad de Harry Lime (un Orson Welles brillante) –esto sí que es ambigüedad y no lo que presencié el otro día con El buen alemán–. El escritor creó historias donde reflejaba las contradicciones del ser humano como nadie.A Greene se le ha revisitado últimamente con dos muy buenas películas de Neil Jordan y Phillip Noyce, El fin del romance y El americano impasible. 

José María Aresté recuerda con Enrique Jardiel Poncela una historia fascinante –pero poco estudiada o mejor dicho transmitida– sobre aquellos escritores, de la otra generación del 27, que volaron a Hollywood en la época de transición del cine mudo al hablado para escribir los guiones de las versiones españolas que se realizaban de las películas americanas. Este dramaturgo divertido además muestra como también hubo escritores dorados en España que podían crear las mejores screwball comedies. 

De David Mamet persigo nerviosa e interesada su idilio con la pantalla. Y ahí se termina mi relación con él, no he leído nada. Sí he admirado su trabajo en el cine. Recuerdo que cuando se estrenó fue una de las películas que más KO me dejó al salir del cine. Estuve días y días pensando y dejándome llevar por las imágenes de Vania en la calle 42. 

El idilio con Arthur Miller empezó cuando yo era muy adolescente y me encantaba pillar todas las obras de teatro que tenía a mano. Mi madre conservaba una colección de libros muy pequeños que eran obras de teatro de los grandes. Ahí descubrí La muerte de un viajante y Todos eran mis hijos. Además, ya me interesaba por las historias y biografías de los actores y directores y me encantó descubrir que este señor había sido uno de los grandes amores de Marilyn Monroe. Después, todo han sido descubrimientos. Las adaptaciones de sus obras al cine y ese guión melancólico e incomprendido que nos regaló para una película cisne, Vidas rebeldes. 

Y termino mi recorrido nostálgico con John Steinbeck. Del que he leído tres de sus novelas que me fascinan. Creo que vino antes James Dean y al Este del Edén. Esa película me impresionó en mi adolescencia y no paré hasta conseguir la novela que me la trague de un plumazo. Me encantó el universo atormentado de Steinbeck. Después, vino la búsqueda de otra de sus obras que disfruté mucho y que siguió abriendo mi fascinación por los años 30, Las uvas de la ira. La película de John Ford atrapa su espíritu. Y, por último, probablemente mi favorita, De ratones y hombres. Me entusiasmó la adaptación cinematográfica de Gary Sinise y hasta que no conseguí la novela, no paré. No me decepcionó, me adentró más en el universo de los dos perdedores, Lennie y George.

(Escritores de cine. Relaciones de amor y odio entre doce autores y el celuloide de José María Aresté, Espasa Calpe, Madrid, 2006) 

Binta y la gran idea

El otro día tuve la oportunidad de poder ver el corto de Javier Fesser, Binta y la gran idea (que estuvo nominado a los Oscar este año). El cortometraje forma parte de En el mundo a cada rato que contiene otras cuatro historias que abordan las cinco prioridades de UNICEF: la educación de las niñas, el desarrollo integrado en la primera infancia, la inmunización, la lucha contra el VIH y la protección contra la violencia, la explotación y la discriminación. 

Con En el mundo a cada rato se comprueba como el cine puede ser reflejo de la realidad y un instrumento maravilloso para la sensibilización y para abrir los ojos a otros mundos, otras realidades y otros puntos de vista. En este caso, a la protección de los derechos de la infancia en el mundo. 

Javier Fesser regala una historia tierna, inocente y muy bella. Una historia que narra una niña de siete años, Binta, que vive en Senegal. El director da una visión de África que me encanta. 

Fesser muestra a través de una historia muy sencilla el corazón y la riqueza de África. A través de Binta, que es una niña feliz que acude al colegio y aprende cada día los secretos de la vida. A través de su padre, un humilde e inteligente pescador que no para hasta poder llevar a cabo una idea que cree ayudará al progreso de la humanidad –y no le falta razón– portando una carta que le ha ayudado a escribir su pequeña hija, Binta. A través de su prima Soda, una niña que trabaja y trabaja y no goza del privilegio de ir al colegio y aprender. A través de la madre de Soda, que sabe que no se puede llegar lejos con su analfabetismo y que no quiere lo mismo para su hija. A través de los profesores que enseñan a través de ejemplos y frases magistrales lo que es la vida, la vida ideal, a sus pequeños alumnos. A través de una pequeña obra de teatro escolar, que muestra como con el arte y la creación se puede transformar y cambiar el mundo…Gracias, Javier. 

Diccionario cinematográfico (10)

Belleza: de nuevo indagamos en el Diccionario de la Real Academia Española y nos regala cuatro definiciones de belleza. “Propiedad de las cosas que hace amarlas, infundiendo en nosotros deleite espiritual. Esta propiedad existe en la naturaleza y en las obras literarias y artísticas”. ¿Será que el cine tiene tanta belleza que me infunde ganas de vivir, aprender, conocer, amar…? ¿Será que hay imágenes tan bellas en innumerables películas que llenan mi memoria y cabeza de sueños e imágenes que me traen calma y seguridad? ¿Será que el cine es tan hermoso que por él sonrío, lloro, pienso, amo, odio, discuto, aprendo, reflexiono, me alegro, me desespero, me levanto, me caigo, me emociono…?

“Mujer notable por su hermosura” y yo añado “Hombre notable por su hermosura”. ¿Pero qué es belleza?¿Qué es lo que hace un rostro hermoso?¿Qué sentimos ante ciertos actores y actrices que asoman por la pantalla blanca?¿Cómo expresamos la sensación de un paisaje inesperado, un traje deseado, una melodía…? ¿Por qué vibramos ante rostros extraños a lo Bette Davis o Gloria Grahame?¿Por qué nos emocionamos ante los susurros de Charles Boyer, Jean Gabin o Jonh Garfield?¿Dónde reside su belleza? ¿Por qué no podemos apartar la mirada de Brad Pitt o Johnny Depp?¿Por qué surge el silencio cuando aparece Nicole Kidman o Michelle Pfeiffer?¿Dónde se encuentra esa notable hermosura?¿Por qué nos iríamos antes con Bogart que con Henried en Casablanca? ¿Por qué nos iríamos sin dudarlo con un Al Pacino? ¿Cuál es el misterio?

El diccionario habla de belleza artística, “la que se produce de modo cabal y conforme a los principios estéticos, por imitación de la naturaleza o por intuición del espíritu”. ¿Los principios estéticos? ¿La imitación de la naturaleza? ¿La intuición del espíritu? ¿La vida imita al cine? ¿El cine imita la vida? ¿La ficción supera la realidad? ¿La realidad supera la ficción? ¿Es bella una película de Pasolini, de Rosellini, de John Waters, de David Lean, de Stephen Frears…? ¿Te deleita una imagen de Magnolia, Memento, 12 monos…?¿No olvidas los rostros de Princesas, In this world, El odio…?¿Suspiras con historias lineales, circulares, espirales…? ¿Te deleitas con el dogma, con el realismo británico, con las nuevas olas, con el neorrealismo, con el realismo poético…, con el fuera de norma?

En la última definición se cuela, la belleza ideal, “principalmente entre los estéticos platónicos, prototipo, modelo o ejemplar de belleza, que sirve de norma al artista en sus creaciones”. ¿Y qué es belleza ideal? ¿Una bolsa que cae lentamente mecida por el viento (American Beauty)? ¿Un padre que toca el pequeño pie de su hija y le habla de futuro (Quemado por el sol) ¿Una mujer desesperada vestida de rojo en un paisaje desértico (Babel)? ¿Dos personas que se aman a la desesperada (La decisión de Sophie)? ¿Una triste carta del amado (Los amantes de la noche)? ¿La risa de Ewan Mcgregor?¿La melancolía de Clive Owen?¿La mirada de Hally Berry?¿La voz de Lauren Bacall?

¿Qué es belleza? 

Crítica La vida de los otros

Ayer fui sola al cine. Es un ritual del que me gusta disfrutar. Me encanta sentarme en mi butaca, a oscuras, y dejarme llevar por la historia que sale de una gran pantalla. Emocionarme sola. Salir totalmente llena por unas imágenes que me han hecho viajar y soñar…, y así pasó con La vida de los otros. 

El primer largometraje del alemán Florian Henckel von Donnersmarck –que también es el autor del guión– cuenta una serie de acontecimientos muy bien narrados que logran emocionar y enganchar al espectador. 

Con una realización y fotografía muy correctas, una música envolvente y unas interpretaciones brillantes –sobre todo Ulrich Mühe–, La vida de los otros nos transporta a la República Democrática Alemana de los años 80, antes de la caída del muro de Berlín. Nos adentramos en la experiencia vital del capitán Gerd Wiesler, un oficial de la Stasi (policía secreta del régimen comunista de la antigua RDA). Un hombre que durante años ha llevado su trabajo con el rigor de un serio y frío funcionario que tapa su soledad y vacío vital por la eficiencia de su trabajo y uniforme. Un hombre que durante años ha intimidado y vigilado a los que piensan distinto, a los que se salen de la norma, del régimen establecido…, que ha permitido el castigo, la tortura y el dinamitar la libertad individual de las personas. 

De pronto, se le encarga un nuevo trabajo de vigilancia total donde tiene que seguir durante 24 horas la vida de un escritor intelectual, Georg Dreyman (Sebastián Koch) y Christa Maria (Martina Gedeck), una famosa actriz de teatro. Con el personaje triste y gris de Wiesler nos introducimos en la vida de los otros. 

Y somos testigos de la transformación de Wiesler. De cómo la vida de los otros, Georg y Christa Maria, le cambian e influyen. El hombre con cara gris, con una fuerte coraza contra los sentimientos, se rompe poco a poco…, pasa de ser un personaje poderoso que puede jugar con la vida de los vigilados a ser un hombre que se plantea su existencia y que se identifica profundamente con los vigilados.  Logra, por primera vez en la vida, ponerse en el lugar del otro. 

Georg , el escritor, es un hombre idealista, y con terror a la soledad y al vacío creativo. Georg es un hombre profundamente enamorado. Un hombre que lucha por mantener su dignidad y libertad y que cuida a los que tiene cerca, a su amada y a sus amigos. Un hombre que trata de entender el mundo en el que vive. 

Christa Maria, la actriz, es una mujer rota, frágil, vulnerable y apasionada por su profesión de actriz pero destrozada por sus inseguridades y miedos. Ama a Georg pero se siente indefensa si no trabaja en el mundo del arte…, necesita sentirse arropada. 

La fuerza de estos tres personajes y de otros secundarios –los amigos de los artistas y los poderosos de la RDA– conforman el espíritu de esta historia que trata de mostrar que la libertad es un bien muy preciado. Que narra cómo la prohibición a ser distinto, creativo y con ganas de vivir destroza la vida de miles de seres humanos. Que cuenta cómo manteniendo la dignidad…, la vida puede ser dura pero permite sentirse uno bien consigo mismo… 

Los últimos minutos de la película cierran la historia de manera magistral –a muchos les ha parecido un final tramposo, a mí me parece un final magnífico. ¿Por qué cuando un final toca la fibra sensible del espectador, se dice que es tramposo?– y cómo la vida de los otros, puede influirnos, hacernos entender muchas cosas y sobre todo nos puede transformar. 

Diccionario cinematográfico (9)

Sonrisa: elevación de la comisura de los labios que enamora. A veces, lo único que merece la pena de una mala película. Mi vhs de Salvaje fue rebobinado una y otra vez para congelar la sonrisa final del motorista Brando a la camarera de una localidad perdida.

Hay actores que nacieron para sonreír y ahí reside su fuerza. Que se lo pregunten a Audrey Hepburn, Julia Roberts, Jude Law o Ricardo Darín. La sonrisa es la fuerza.

Escenas inolvidables por un movimiento de los labios. Ahí se queda el bueno de Robert de Niro con una sonrisa misteriosa en un salón de opio en Érase una vez en América. Hay a personajes que les dicen que nunca pierdan la sonrisa, aunque los tiempos sean oscuros, aunque se les vaya la vida, como al joven guerrillero de Silencio roto. No olvidaré la sonrisa continua de Ewar McGregor como un Big fish que nunca se cansa de contar fantásticas historias.

Las que menos me gustan son las sonrisas terroríficas de asesinos en serie a lo Hannibal o de sádicos torturadores que con elegancia a lo Olivier en Marathon Man, martirizan a sus víctimas, con sonrisa elegante. Prefiero las sonrisas cómplices, las que surgen porque llega la persona que esperas… ¿Repasamos la lista de sonrisas en Ninotchka o en cualquier vieja comedia de los años treinta y cuarenta?