El rostro de Julianne Moore

La pelirroja por excelencia es capaz de transformarse en mil y un personajes femeninos con carisma. La Moore pasea su rostro por grandes películas o por superproducciones con personajes insípidos pero que ganan con su sola presencia. Ya iba llamando la atención en personajes secundarios en películas comerciales como La mano que mece la cuna (1992), El fugitivo (1993) o Benny and Joon (1993) hasta que dejó a todos boquiabiertos con la película coral de Robert Altman, Vidas cruzadas (1993). Allí protagonizaba una escena que la convirtió en un nuevo mito a la sensualidad. Julianne Moore habla de problemas sentimentales con su marido, sin falda ni ropa interior, como si tal cosa, con una naturalidad aplastante. Después, deleitó a todos en una película pequeña e independiente, un canto de amor del cine hacia el teatro con Vania en la calle 42 (1994). Su papel de actriz que interpreta a Yelena, un personaje de la obra de Chejov, caló hondo.

Después protagonizó una película insustancial sin pizca de gracia en Nueve meses (1995) para volver con fuerza en Boggie nights (1997) como una dulce, tierna y a veces triste actriz porno en los años setenta. Paul Thomas Anderson no la dejará escapar. Los hermanos Coen la quieren tanto como un sueño loco en El gran Lebowski  y Robert Altman vuelve a contar con ella en Cookie fortune (1999).

La diva pelirroja rueda un olvidable melodrama, Mi mapa del mundo (1999), y vuelve a emocionarnos como joven esposa de un enfermo terminal que no soporta el dolor, el sufrimiento y la muerte en Magnolia (1999). Impresionante la escena en la farmacia. Paul Thomas Anderson sabía que podía contar con ella. Nos regala una historia de amor exacerbado en la mejor tradición del cine clásico y la buena literatura de G. Greene en El fin del romance (1999).

No para. Después de papeles en películas menores como Atando cabos (2001), Hannibal (2001) o Hasta que la ley nos separe (2004). Nos sigue dejando hipnotizados con su transformación en dos mujeres de los años 50. Primero, en la película que revisita el melodrama de los años cincuenta en toda su plenitud, sin censuras, mostrando todo lo que en años de doble moral sólo se dejaba intuir, Lejos del cielo (2002). Segundo, en Las horas (2002) en un magnífico papel de madre en crisis.

La última vez que hemos visto su rostro ha sido en una película de ciencia ficción. Julianne Moore encarna a una mujer fuerte y luchadora que cree en un mundo mejor pero que paga muy caro su camino hacia la esperanza en Hijos de los hombres (2006). Toda una heroína en un mundo caótico. Deja su trabajo, su esperanza, en manos de su antiguo amor, un héroe deprimido y desencantado (Clive Owen). ¿Dónde veremos próximamente sus cabellos rojos? 

Charlot sonríe a la violetera

Si me preguntaran con que película de Charlot me quedaría quizá respondería que con Luces de la ciudad (1931) y si tuviera que elegir la escena sería la última. Hace unos tres años volví a revisitar toda la filmografía de Chaplin por una guía que elaboré sobre personas sin hogar en el cine. Disfruté de nuevo muchísimo con Charlot y me enamoré, de nuevo, profundamente de esta obra cinematográfica.  

Me documenté y leí muchísimas anécdotas sobre el rodaje. Por ejemplo, Chaplin era un perfeccionista y en este rodaje puso de los nervios a varios de sus actores, que veían como pasaban los meses e incluso los años y la película no llegaba a su fin. 

El actor que en un principio encarnaba al personaje del millonario (Henry Clive) se hartó de repetir una escena y se rebeló contra el director-creador. Chaplin, sin contemplaciones, le echó y le sustituyó por el actor Harry Myers. 

La actriz principal Virginia Cherrill –para todos aquellos que les gusten las historias extracinematográficas os contaré que se convirtió en la futura esposa de Cary Grant– casi fue expulsada del rodaje. No se llevó bien con el perfeccionista de Charles Chaplin y éste en un momento de ira estuvo a punto de sustituirla por Georgia Hale (la protagonista de La Quimera de oro). En el dvd que tengo, en los extras, vienen las pruebas que realizó a la Hale como violetera. 

Otro de los motivos por los que la película sufrió un gran retraso fue a causa de la muerte de Hannah Chaplin, la madre del creador, que le afectó seriamente en 1928. Con su muerte quedaba atrás su pasado londinense como un niño que vivió en la miseria. 

Cuando empezó el rodaje, el cine hablado ya era una realidad. Pero el artista se negó a que Charlot hablara. Uno de los motivos de la desaparición del personaje fue que ya no pudiera actuar en silencio. El creador prefirió eliminarlo. Sólo le dejó cantar en un idioma extraño en Tiempos Modernos. Utilizó el sonido para esta obra de arte pero él como actor siguió empleando el arte de la pantomima. No se equivocó. La película fue un éxito. 

Como última curiosidad, la música que acompaña las apariciones de la joven florista ciega es una composición del maestro español José Padilla, La violetera. En la época, la cantó con mucho éxito la artista Raquel Meller en sus giras por EEUU. 

La secuencia: me gusta tanto que merece la pena describirla entera. Unos niños, vendedores de periódicos, se están metiendo con Charlot, que acaba de salir de prisión, y no se encuentra en su mejor momento. Charlot pasa por la floristería donde ahora trabaja su amada que ya ha recuperado la vista gracias al dinero que él consiguió. 

Una de las encargadas de la tienda está barriendo la acera y tira una violeta. Charlot la ve y se agacha a recogerla pero los niños siguen burlándose del pobre hombre. Desde la floristería, la encargada y la joven violetera ríen las travesuras de los muchachos. Ella está viéndole a través del cristal mientras trabaja. La violetera ve a un hombre desgraciado, un sin hogar del que se están riendo. En ningún momento pasa por su cabeza que ese hombre triste pueda ser su salvador –recordemos que ella siempre creyó que era un hombre millonario y Charlot siempre alimentó esa imagen en la joven ciega–. 

De pronto, a través del cristal, él, Charlot, ve a la violetera. Lleva la flor en la mano. El hombre se queda emocionado y sonríe. Ella no comprende la reacción del desconocido y ríe. Cree que él se ha enamorado a primera vista y comenta a sus compañeras que ha hecho una conquista. 

La joven ve que al hombre desconocido se le está rompiendo su pequeña flor y le ofrece otra. Quiere que entre a la tienda a por ella. El sin hogar no reacciona. Sólo sonríe. Es feliz porque se da cuenta de que ha hecho algo por ella. Ella ve gracias a él. 

La violetera decide salir con una moneda y una flor. Charlot reacciona y huye veloz. Pero ella le llama. Y él se para. Vuelve a sonreírla. Él finalmente toma la flor. Ella le acaricia y le toca la mano para darle confianza y ofrecerle la moneda. La joven violetera le reconoce por el tacto. Reconoce a su príncipe azul. A su salvador. Y se le rompe el corazón a pedazos. Entiende el sacrificio. Su salvador es un sin hogar. Él es la persona que le ha devuelto la vista. 

Ella le pregunta: “¿Eres tú?” y Charlot contesta: “Ahora ya ves”. El maravilloso sin hogar teme ser reconocido. Está muy nervioso pero no huye. Ella llora y le dice: “Si, ahora veo”. La violetera le mira con muchísima ternura. Sin rechazo alguno al príncipe encontrado. Él sonríe. Tímido y aliviado. Aceptado. 

La decisión de Sophie de William Styron

Puedes tener entre tus manos un tomo de unas setecientas páginas para conocer la decisión de Sophie o el horror nazi en el campo de Auschwitz. Primero fue la película, después la novela. 

La película sólo la vi una vez en un pase televisivo hace muchos años. No he vuelto a verla ni a conseguirla. No ha salido nunca –o yo por lo menos no me he enterado– en dvd ni en vhs. Pero fue una película que me marcó profundamente. 

Las decisiones en la vida son fundamentales. Y algunas te pueden destrozar para siempre. En la novela se explica más profundamente el terrible abismo que separa a Sophie del joven escritor con sueños de éxito, Stingo. 

El nazismo fue un sistema experto en destrozar la vida humana. A todos. A los que murieron y a los que sobrevivieron. Y eso da miedo. Sobre todo cuando a una víctima del horror, le hacen decidir algo que jamás imaginaría que alguien le hiciera decidir. Sobre todo cuando por sobrevivir el hombre es capaz de romperse por dentro. De hacer los actos más nobles y los más horribles. Y es humano. Lo peor de estos sistemas es que aunque la víctima sobreviva, se lo han montado de tal manera que hacen que sea un muerto en vida…, y ésa es la historia de Sophie. 

Cuenta el novelista que el narrador, el joven Stingo, tiene algo de autobiográfico. Y que Sophie sólo es la imagen de una mujer que conoció brevemente durante una temporada en una casa de huéspedes a finales de los años cuarenta. La mujer era polaca, católica, joven y hermosa… con salud débil, mirada triste y con una cifra tatuada en la muñeca que confirmaba su paso por un campo de concentración (nunca hablaron de ello). Styrom explica que en 1974 soñó con esa mujer y que así le vino la inspiración. La historia de una superviviente. 

Otro personaje impresionante es el de Nathan, un atractivo judío con fuertes problemas emocionales y de salud mental…, que es al que se aferra Sophie, la superviviente. Y Nathan se aferra a ella. Son dos seres que conviven con el dolor y por eso se entienden. La novela narra el encuentro entre estos tres personajes en un mundo aparentemente frívolo, desenfadado, alegre y creativo pero azotado por el duro pasado. Stingo será el testigo. 

La novela se publicó en el año 1979 y Alan J. Pakula la llevó a la pantalla en 1982. Sophie es una impresionante Meryl Streep –sí, yo me encuentro entre las personas que creen que esta mujer es una gran actriz–, el impulsivo y atractivo Nathan es Kevin Kline (su debú cinematográfico, ¡qué papelazo!) y Stingo tiene el rostro del bueno de Peter MacNicol (que luego se haría popular como uno de los abogados más surrealistas en la serie de Ally McBeal). La verdad es que la vi hace demasiado tiempo pero recuerdo unas imágenes impactantes y una química entre los tres personajes que hacía que siguieras la historia hasta el final. A mí me impactaron las dos. La visión de la película y la lectura del libro porque indagan en la naturaleza de los seres humanos. Y da escalofríos. 

(La decisión de Sophie de William Styron, Círculo de Lectores, 2005) 

Una lista de seis curiosidades cinematográficas

1.- En plan devoradora de libros me encuentro ahora enfrentada a Los libros arden mal de Manuel Rivas. Y, por cierto, me está encantando. En varios pasajes de la novela recupera a la familia de Santiago Casares Quiroga y hace especial hincapié en la hija, la luego famosa actriz María Casares. A María Casares con su rostro especial, la recuerdo en dos películas del cine francés y en su última aparición cinematográfica. Merece la pena esta filmografía: Les enfants du Paradis (1944) de Marcel Carné, Orfeo (1950) de Jean Cocteau y La otra américa (1994) de Goran Paskaljevic. 

2.- El otro día volví a ver La ley del silencio (1954) de Elia Kazan. Una de mis películas favoritas. Y me centré en la atmósfera, en las imágenes entre realistas y poéticas en blanco y negro del director de fotografía, Boris Kaufman.Este hombre cinematográficamente hablando tiene una filmografía impecable de hermosas imágenes entre el realismo, la belleza y la poesía. Su participación en una serie de películas son un lujo y las eleva a categoría de arte. Kaufman nació en Polonia y vivió en Rusia, uno de sus hermanos fue un cineasta y gran teórico del cine ruso, Dziga Vertov. Emigró de Rusia y a finales de los años 20 terminó en Francia. Trabajó en la obra cinematográfica del efímero Jean Vigo: Cero en conducta (1933) y L’Atalante (1934). Cuando viajó hasta EEUU, también se dedicó al mundo del cine y fue el responsable de la fotografía de otras dos películas de Elia Kazan: Baby Doll (1956) y Esplendor en la hierba (1961). Trabajó con otro gran director, Sydney Lumet: Doce hombres sin piedad (1957) y Larga jornada hacia la noche (1962). ¿Merece la pena recorrer y ver su filmografía?

 3.- Se habla mucho de las carreras de Penélope Cruz y Antonio Banderas en Hollywood (que para mí podrían ser mucho mejores y me parece que como actores, no como estrellas, están bastante desaprovechados). Así como ahora se está señalando el despegue de Paz Vega o Elsa Pataky por esas tierras norteamericanas. Pero conviene no olvidar que ya ha habido españoles en la meca del cine. Y no me refiero –y a veces se olvida– a Sara Montiel que logró trabajar con Gary Cooper, Joan Fontaine o Burt Lancaster. Vuelvo a recordar a un grupo enorme de españoles que probaron suerte en Hollywood, antes de descubrirse el doblaje, al principio del cine sonoro cuando los americanos realizaban sus películas en distintos idiomas con actores, guionistas y directores de otras nacionalidades. Algunos dieron un salto y se incorporaron a las producciones norteamericanas. Otros quedaron como protagonistas de estas películas reliquia por curiosas. Recordemos algunos de sus nombres: Antonio Moreno, Pepe Mora, José Crespo, Conchita Montenegro, María Alba, José Nieto, Julio Peña, María Fernanda Ladrón de Guevara, Fortunio Bonanova, Félix de Pomés, Andrés Perelló de Segurota, Ernesto Vilches, Helena D’Algy (Antonia Infante), Rosita Díaz Gimeno, Luana Alcañiz, Manuel Arbó, Miguel Ligero, Juan de Landa, Rafael Calvo, Catalina Bárcena, Ana María Custodio, Luis Llaneza, Pablo Álvarez Rubio… 

4.- La película argentina de Sur (1987) de Fernando Solanas la vi a mediados de los noventa en un interesante seminario de cine latinoamericano. Al poco tiempo la pasaron a la filmoteca. Y ya no he vuelto a verla. No sé explicarlo pero me dejó en el sitio. Me pareció bellísima y sobre todo me dejé llevar por los hermosos tangos que ocupaban la banda sonora de la película. De esa manera descubrí a Miguel Ángel Solá. Uno de los tangos inolvidables, María, lo pude recuperar después en la voz de Carlos Montero en el café Libertad. Nunca la han pasado por televisión –que yo sepa– ni ha salido editada en vhs o dvd. No he podido volver a verla y tengo ganas…, para saber si me sigue impactando.

5.- Me encanta indagar en la vida de las estrellas de cine mudo. Y triste es la historia de Edna Purviance. Quizá así sólo con el nombre no nos suene mucho. Pero si recordamos que fue la compañera fiel de Charlot en un montón de cortos y algún que otro largometraje, todo cambia. Dicen que siempre fue una mujer triste. Chaplin la descubrió en 1915, ella trabajaba como secretaria y de pronto se vio convertida en actriz. En 1923, Chaplin regaló a su compañera en la pantalla, una película para ella sola como gran protagonista, Una mujer de París (1923). Una película exquisita donde Edna Purviance está magnífica, sin embargo, no tuvo el éxito esperado. La relación laboral con Chaplin se fue enfriando y cayó en el olvido. En algunos libros aparece que se dio a la bebida y en otros se explica que Chaplin siempre la tuvo en nómina hasta el final de sus días. La triste Purviance se paseaba por Monsieur Verdoux o Candilejas. Murió en 1958. 

6.- El cine sensibiliza y puede hacer que algunas cosas cambien. Algunos ejemplos: Cuando Ken Loach rodó Cathy come home, fue tal escándalo social el que se produjo tras su retransmisión que hizo que se revisaran las leyes para una mayor protección a la población más vulnerable en Gran Bretaña. Fue un avance en la lucha contra la exclusión social.  La reciente película Días de Gloria provocó un profundo debate en Francia sobre su historia y desembocó en un cambio de legislación. Parece ser que el presidente Chirac, tras ver la película, decidió que todos los africanos que lucharon contra los nazis en el ejército francés recibieran compensaciones. Ésta había sido una historia que se encontraba en el más profundo olvido.Ya se sabe que una película puede cambiarnos la visión sobre un tema, abrirnos los ojos sobre ciertas situaciones o incluso hacernos conocer asuntos que no teníamos ni idea y a partir de la película acercarnos a indagar. 

El rostro de Leonardo DiCaprio

Todos apostamos por el joven DiCaprio cuando se transformó en el discapacitado intelectual de ¿Quién ama a Gilbert Grape? (1994). Tuvo un merecido salto a la fama. Estaba perfecto. Ahí decidí seguir al actor con cara de niño.

Fue paseando su palmito de niño rebelde y problemático en películas que más o menos le fueron colocando en el imaginario colectivo como un actor grande. Algunas más fallidas que otras pero todas con DiCaprio comiéndose a mordiscos cada fotograma. Niño maltratado en Vida de este chico (1993), cowboy joven y desgraciado en Rápida y Mortal (1995), jugando a niño malo en Diario de un rebelde (1995) y a niño que madura forzado por la muerte y la enfermedad en La habitación de Marvin (1996).

La primera campanada para convertirse en mito la dio con una moderna recreación de Romeo y Julieta (1996). Película odiada y amada por igual. Su Romeo lleno de fuerza y romanticismo exacerbado llegó a muchos y exasperó a otros. Lo cierto es que DiCaprio entraba en la madurez y en el Olimpo de las estrellas.

No hizo esperar mucho se convirtió en la megaestrella de uno de los mayores taquillazos de los noventa, Titanic (1997). Todos sabíamos el final, el barco se hunde pero todos sufrimos el amor entre dos personas de distintas clases sociales que luchan hasta el final por mantenerse con vida. Él, como joven despierto pero pobre, tenía el rostro de DiCaprio.

Después paseó su palmito por una película de Woody Allen, que ya se sabe que da prestigio, Celebrity  y se pasó por una película más o menos de aventuras, la algo fallida El hombre de la máscara de hierro. Ambas películas en el  año 1998.

Pasan cuatro años y se convierte en un actor fetiche, un actor poderoso. El gran director de los años setenta, el icono del nuevo cine americano le quiere como protagonista en todos sus proyectos. DiCaprio se deja querer. Martin Scorsese lo toma en su grandiosa e inacabada Gangs of New York (2002), lo transforma en el atormentado y genial Howard Hughes en El aviador (2004) y consigue su oscar, por fin, dándole un papel en un remake de una película japonesa, Infiltrados (2006).

Leonardo DiCaprio continúa eligiendo cuidadosamente su filmografía y se convierte en un timador de lujo en la ingeniosa Atrápame si puedes (2002) o en el mercenario más duro de toda África que oculta una historia de redención en Diamante de sangre (2006). Lo tiene claro lo suyo es no parar…, seguir eligiendo con acierto buenos personajes y directores. 

Diccionario cinematográfico (13)

Circo: el espectáculo debe continuar. Los tiempos han cambiado y el circo también. Hombres y mujeres que dedican su vida ambulante a llevar magia, risas, malabarismos, sorpresas, imaginaciones y sueños…Ya nos lo mostró Charlot, artista por sorpresa, artista inconsciente, payaso de ojos tristes que lucha contra la contrariedad…, se enamora de la amazona y ésta del funambulista. Siempre pasa igual. Charlot termina solo.

En el cine mudo, hay una rareza circense, Garras humanas (1927) o cuento cruel. Donde una salvaje Joan Crawford que huye de ser tocada es la obsesión del manco que tira cuchillos con los pies (Lon Chaney). En una España lejana y exótica, ella pierde el miedo a los hombres con el forzudo. No se imagina lo que alguien es capaz de hacer por amor.

En los años treinta Tod Browning nos deleita con un cuento de hombres sin brazos ni piernas, enanos enamorados, mujeres barbudas, hombres extremadamente delgados…, un museo de Freaks en un circo de caravanas, de los de siempre. Y la crueldad de los hombres con los diferentes. Ahí están la bella trapecista y el forzudo, que ríen y gastan bromas crueles. Pero no saben que la venganza está cerca.

En Alemania nos dejan al payaso más desgarrador de la década. El profesor Rath que pasea su decadencia y amor desolado por la cabaretera Lola por diversas partes del mundo. Su espectáculo más espeluznante ocurre a su vuelta a la ciudad donde enseñaba…, en un pasado donde escondía su mediocridad tras su profesión de maestro. La imitación del canto de un gallo, desgarra en El ángel azul.

Los años cincuenta trajeron la triste melodía de Gesolmina, la mujer payaso, no muy inteligente pero enamorada del forzudo maltratador. La Strada cuenta la parte dura de los artistas ambulantes. Tras las risas y el espectáculo, hay historias desgarradoras. También, en esta década nos recuerdan que es el mayor espectáculo del mundo y frente todas las dificultades, el espectáculo debe continuar. Ya lo dice un Charlon Heston, majestuoso, o un triste payaso que oculta su pasado tras su pintura. El trapecista, que sufrió un terrible accidente, y el joven aprendiz vuelan por los aires y se enamoran de la bella Lollobrigida en Trapecio. El circo en su máxima esencia.

Y rescato a Burt Lancaster, gran acróbata y artista circense, que muestra al mundo sus habilidades junto a su compañero mudo en dos fantásticas películas de piratas y edad media. Aventura pura. Circo en esencia. Lancaster, pura vitalidad en El halcón y la flecha y El temible burlón.

Los tiempos siguen y el circo no termina. Los magos protagonizan películas. Funambulistas, trapecistas, payasos, domadores de serpientes…, llenan las pantallas. Y allá a lo lejos vemos a La chica del puente. De ojos enormes, que se enfrenta día a día a los cuchillos de su enamorado. Desafía a la muerte, al miedo. Todo en el circo. De país en país. De espectáculo a espectáculo. Y un gigante, de los verdaderos, se convierte en el mejor reclamo de un pequeño circo, que tiene un maestro de ceremonias que en las noches de luna llena se transforma en un lobo con miedo a no ser querido. Las hermanas siamesas y cantantes son reinas del espectáculo…, todo nos lo narra un gran cuentacuentos en Big fish…, el circo no acaba, la magia, tampoco.

El rostro de Keanu Reeves

Algunos piensan que es el segundo cara de palo –el primero recordad que era un genio, Buster Keaton– que ha dado el mundo del cine. Dicen que Keanu Reeves tiene un rostro inexpresivo. Pero cosas de la vida, a mí su rostro me susurra mucho. Ideal para personajes atormentados y ambiguos.

Keanu tiene un hueco en mi particular Olimpo de rostros de los noventa (adelanto que estará  brevemente formado por seis actores y por seis actrices que trabajan muchas veces en Hollywood. Ya vendrán, también, los rostros de los actores y actrices que pueblan las cinematografías de otros continentes).

Los cinéfilos empezaron a tenerle en cuenta como profesor de música, ingenuo e inocente, al que finalmente le toca mucho las narices el vizconde de Valmont y le reta a duelo en la maravillosa Las amistades peligrosas de Stephen Frears a finales de la década de los ochenta. Pero mi mente y corazón dijeron que merecía la pena seguir la carrera de este chico de ojos rasgados, sonrisa misteriosa y pelo negro cuando protagonizó la fantástica Mi idaho privado (1991) junto al desaparecido River Phoenix. Campanadas a medianoche, Shakespeare, drama y tragedia con una capa de modernidad. Reeves era perfecto como un niño rico que juega a ser rebelde y chapero que se hace amigo de los marginales de la ciudad pero que decide en un momento, con una frialdad que duele, despojarse de todo su pasado rebelde y recuperar sus privilegios de niño rico. El niño rico destroza pasivamente a todo el que pasa por su lado. Que se lo pregunten al tierno y homosexual, al frágil y narcoléptico Mike (River Phoenix).

Keau Reeves sabe –como muchos de los compañeros de su generación– que debe oscilar para ir cimentando su carrera como actor entre producciones pequeñas e independientes y grandes superproducciones comerciales que le hagan vivir bien. Así que se embarca en una interesante y original historia de surferos, que tienen una filosofía de vida muy particular, en Le llaman Bodhi (1991) y sufre lo suyo en ese gran monumento de cine gótico o tal vez barroco, Drácula de Bram Stoker (1992).

Después nos deja un secundario malvado y atormentado con barba de unos cuantos días en la peculiar visión de Branagh sobre la obra shakesperiana Mucho ruido y pocas nueces (1993). Reeves da una campanada a todas las taquillas en su papel de héroe de acción y rey de la velocidad en Speed: Máxima potencia (1994) junto a Sandra Bullock. El autobús es el tercer protagonista. Sigue en sus papeles comerciales unos menos fallidos que otros, da un paseo por las nubes con Aitana Sánchez Gijón y se quedan bastante solos y pacta con el diablo junto a una aterrorizada Charlize Theron.

De nuevo le llega un papel de oro en una película de ciencia ficción. Todos queremos volar por las paredes y esquivar las balas como Neo, Trinity y Morfeo. Reeves se transforma en héroe-mesias futurista. Con enormes gafas de sol y gabardina y pantalones negros se convierte en un icono del siglo XXI. Matrix (1999) le convierte en mito. Y seguimos, a veces hechos un lío no vamos a mentir, a Neo por Matrix en dos películas más (en 2003).

Ahora Keau Reeves sigue paseando su rostro por películas de terror (Premonición), de mucho amor (Noviembre dulce y La casa del lago) o se cuela en grandes comedias como personaje secundario (Cuando menos te lo esperas). El rostro misterioso de este moreno de ojos rasgados funciona en la ciencia ficción (Scanner Darkly, Constantine) o en el cine independiente (Thumbsucker)…, pero necesita volver de nuevo con fuerza en otro taquillazo que nos haga recordar su rostro…, para que nos siga susurrando como nadie cosas al oído.

El rostro de Brad Pitt

Todavía recuerdo la primera vez que vi a Brad Pitt. Me dejó en otra dimensión. No me podía creer que pudiera existir un muchacho como ése. Lo recuerdo en vaqueros, sin camiseta y con sonrisa chulesca en Thelma y Louise (1991). Sin palabras. Sólo aparece unos minutos pero yo ya no lo olvidé. Y lo de Pitt es extraño. Ya sabéis –si conocéis al amor de mi vida, Walter Burns– que me gustan morenos. No suelo tener simpatía por los rubios, cachas, con ojos azules. Brad Pitt es la excepción a la regla.

Después le rescató Robert Redford para darle uno de los papeles que hubiera hecho él cuando era más joven. Un héroe romántico, rebelde y atormentado. El rubio de Pitt lo borda en El río de la vida (1992). También, por estos años empieza su gusto por pequeños personajes secundarios a cada cual más estrambótico y su gusto por películas independientes y originales. En Amor a quemarropa (1993) siempre aparece como un “colgao” que no se entera de nada. Pasado de rosca. Brad Pitt siempre sabe que un éxito comercial a tiempo viene bien y se mete de lleno como el vampiro bueno y sufridor en Entrevista con el vampiro para mayor gloria de Tom Cruise.

Su papel de romántico rebelde no lo abandona. Sabe que funciona. Y enamora a todo el personal femenino en una historia épica. Una crónica familiar americana con todo el drama y el dolor que haga falta. Pitt nos ofrece uno de sus personajes más atormentados y aparece salvajemente bello en Leyendas de pasión (1994).

A continuación, nos sorprendió a todos como el policía joven y lleno de fuerza, ira y energía en la magnífica Seven (1995). El asesino en serie, que se sirve de los siete pecados capitales para realizar cada uno de sus asesinatos, nos ofrece uno de los finales más impactantes de los últimos años. Y Brad Pitt lo sufre bien.

De nuevo, el rubio hermoso se deja llevar por un personaje secundario llamativo. Una especie de loco, profeta o inventor en la mágica 12 monos (1995) que antes que una película de ciencia ficción es una preciosa historia de amor. Al año siguiente forma parte del grupo de amigos que quedan traumatizados por un error cometido en la infancia, la entretenida y bien hecha Sleepers.No sé por qué pero me volví a enamorar profundamente de Pitt con una película menor pero muy bien hecha. En ella, Brad se convertía en un terrorista del IRA que tiene que ir a EEUU a proveerse de armas y le acoge –sin saber que es del IRA– un honrado policía. De nuevo, ofrece una interpretación de héroe atormentado que derrite en la olvidada La sombra del diablo (1997). De vez en cuando, se permite un desliz como Siete años en el Tibet (1997) soporífera película que jamás he podido ver entera en sus innumerables pases televisivos.

Regresa con fuerza en dos personajes secundarios y extravagantes en la película de culto El club de la lucha (1999) y en Snatch: cerdos y diamantes (2000). En la primera hace de Tyler, un líder con una filosofía absolutamente nihilista y destructiva de la vida. En la segunda, sorprende en su divertida caracterización de un gitano boxeador al que nadie entiende cuando habla. Después, otra película fallida aunque tiene algún momento brillante en The Mexican (2001). Ese mismo año empieza la saga con sus colegas y amigos, las entretenidas películas de Ocean’s Eleven, donde siempre nos encontramos con una panda de ladrones y timadores que se ríen y se mondan del personal y saben vivir bien.

Después de unos años de vacas flacas aparece más bello que nunca en Troya (2004) como un Aquiles tan bestia como hermoso. Tan atormentado como apasionado en todo lo que emprende. Su vida da un cambio de 360 grados. Deja a su novia friends y se va tras la Jolie con la que protagoniza Señor y Señora Smith. Y se convierten en inseparables. Pitt se mete en todas las movidas de su señora. Viaja con ella y denuncia la situación injusta de diversos países. Adopta niños y además tiene uno biológico. Y en la pantalla nos sorprende a todos con su magnífica interpretación en Babel como turista norteamericano al que una bala le cambia la vida.

Brad Pitt sigue igual de bello y enlaza un proyecto con otro. Cerca queda el estreno de El asesinato de Jesse James, otra de la saga Ocean y bastantes películas más para el 2008. Tenemos Brad para mucho tiempo. Bienvenido sea.

Diccionario cinematográfico (12)

Efímeros: En el Olimpo de los Efímeros, el rebelde sin causa James Dean coge de la mano a Natalie Wood y la dice que no tenga miedo, que él siempre la acompañará a nadar, despacio, sin prisa. Les llama a gritos Sal Mineo, se queja de que en los momentos que se siente peor siempre le dejan solo. Ellos esperan al bueno de Mineo y juntos se van al lago. El fuerte de John Garfield, de ideas firmes pero corazón sensible, besa dulcemente a la primera rubia platino por excelencia, la devoradora de hombres de salud frágil, casi sin sangre, Jean Harlow. Sharon Tate, tranquila y bella, en un sitio sin asesinos psicópatas que la destrocen, acompaña por el Olimpo al querido River Phoenix, que ya no tiene narcolepsia y sí muchas ganas de conocer su nuevo hogar. La bella Monroe sin hombres que la desgarren el corazón, sin angustias por ser buena actriz y con la mirada algo más alegre camina con su buen amigo y atormentado Montgomery Clift que ha recuperado su rostro bello y puede decirle al oído, sin tener que simular una doble vida, que siente amor por el gran Rodolfo Valentino, que quiere cuidar su estómago y hacerle buenas comidas. Kay Kendall se ha hecho amiga de la gran Carole Lombard y no hay en el Olimpo de los Efímeros dos damas más divertidas y cálidas, las comediantes crean todos los días interminables cascadas de carcajadas. Las dos siempre se preocupan y animan a Romy Shneider y Pier Angeli, hacen que se olviden de sus penas de amor, de sus hijos ausentes, las devuelven la sonrisa. Kendall y Lombard corren juntas y llaman a Jean Vigo. Ilusionadas le dicen al oído que cuidarán de él pero que por favor vuelva a rodarles a todos en el Olimpo de los Efímeros. Jean Vigo sonríe feliz, está encantado, adora dirigir a todos esos rostros y crear historias en las brumas.  

 

Crítica El velo pintado

De pronto me veo en China, en los años veinte, junto a Walter y Kitty. Un matrimonio británico que viaja como si estuvieran perdidos en un país lejano. No sé muy bien que es lo que pasa. Pero Kitty comparte sus recuerdos. Y voy descubriendo una historia de amor. Walter y Kitty se conocen en Gran Bretaña. Kitty pertenece a una familia de clase alta. Se encuentra en una edad, que por aquella época era considerada peligrosa, Kitty puede quedarse soltera y quedarse siempre como mantenida por su familia. Ella quiere sentirse enamorada, las presiones de su familia no la dejan la opción de la espera. En su camino se cruza Walter, un médico, un científico. Parece un hombre tímido y gris. Que exige desde el primer momento, sin tiempo, a una Kitty enamorada. Ambos se casan. Y se van a China. 

Allí Kitty conoce la pasión de la mano de un cónsul. Un hombre de mundo. Un hombre casado…, Walter descubre la infidelidad. Y se siente herido. Sin dar muchas opciones a la joven esposa, la dice que ha aceptado un trabajo en un pueblo lejano de esa China desconocida. Un pueblo azotado por el cólera. Kitty muy a su pesar se ve obligada a acompañarle. El viaje de la discordia será el viaje del reencuentro. Ahora, tienen ambos tiempo para descubrirse…, y todo puede cambiar. Regreso de nuevo con Walter y Kitty. Y poco a poco siento la transformación de ambos. El gris de Walter se convierte en un hombre más atractivo, en un hombre apasionado por su trabajo…, cada día está más atractivo. Kitty se da cuenta y siente que ella siempre ha deseado ser útil, hacer cosas, entender el mundo que la rodea…, y descubre a otro hombre en Walter. 

Y los dos, en un lugar lejano, azotado por la miseria, la muerte, el miedo, la enfermedad…, aprenden a conocerse, a descubrirse…, con tiempo. De forma natural. Y yo tengo la suerte de dejarme arrastrar por su historia, por los paisajes que ven, por el sonido del piano… El velo pintado es una exquisita adaptación de una novela de Somerset Maugham (el escritor ha sido adaptado muchas veces en el cine, vienen a mi mente buenas historias como Cautivos del deseo, Al filo de la navaja, La carta, Lluvia o más recientemente Conociendo a Julia). Es una historia de época. De las de siempre. Una época anclada en el tiempo –por eso China es ese país desconocido, distinto, incomprensible…, y los británicos, como no, se comportan como colonos distantes que fueron en esos tiempos remotos. Son los extranjeros que miran todo con ojos occidentales pero a la vez se dejan seducir por otros mundos…–. El velo pintado habla de pasiones, amor y sentimientos. Y Somerset regresa al cine junto a Kitty (sensible Naomi Watts) y Walter (camaleónico Edward Norton) devolviéndonos una buena historia.