Todos apostamos por el joven DiCaprio cuando se transformó en el discapacitado intelectual de ¿Quién ama a Gilbert Grape? (1994). Tuvo un merecido salto a la fama. Estaba perfecto. Ahí decidí seguir al actor con cara de niño.

Fue paseando su palmito de niño rebelde y problemático en películas que más o menos le fueron colocando en el imaginario colectivo como un actor grande. Algunas más fallidas que otras pero todas con DiCaprio comiéndose a mordiscos cada fotograma. Niño maltratado en Vida de este chico (1993), cowboy joven y desgraciado en Rápida y Mortal (1995), jugando a niño malo en Diario de un rebelde (1995) y a niño que madura forzado por la muerte y la enfermedad en La habitación de Marvin (1996).

La primera campanada para convertirse en mito la dio con una moderna recreación de Romeo y Julieta (1996). Película odiada y amada por igual. Su Romeo lleno de fuerza y romanticismo exacerbado llegó a muchos y exasperó a otros. Lo cierto es que DiCaprio entraba en la madurez y en el Olimpo de las estrellas.

No hizo esperar mucho se convirtió en la megaestrella de uno de los mayores taquillazos de los noventa, Titanic (1997). Todos sabíamos el final, el barco se hunde pero todos sufrimos el amor entre dos personas de distintas clases sociales que luchan hasta el final por mantenerse con vida. Él, como joven despierto pero pobre, tenía el rostro de DiCaprio.

Después paseó su palmito por una película de Woody Allen, que ya se sabe que da prestigio, Celebrity  y se pasó por una película más o menos de aventuras, la algo fallida El hombre de la máscara de hierro. Ambas películas en el  año 1998.

Pasan cuatro años y se convierte en un actor fetiche, un actor poderoso. El gran director de los años setenta, el icono del nuevo cine americano le quiere como protagonista en todos sus proyectos. DiCaprio se deja querer. Martin Scorsese lo toma en su grandiosa e inacabada Gangs of New York (2002), lo transforma en el atormentado y genial Howard Hughes en El aviador (2004) y consigue su oscar, por fin, dándole un papel en un remake de una película japonesa, Infiltrados (2006).

Leonardo DiCaprio continúa eligiendo cuidadosamente su filmografía y se convierte en un timador de lujo en la ingeniosa Atrápame si puedes (2002) o en el mercenario más duro de toda África que oculta una historia de redención en Diamante de sangre (2006). Lo tiene claro lo suyo es no parar…, seguir eligiendo con acierto buenos personajes y directores.