Momentos inolvidables de Sissy Spacek

Hay actrices y actores que tienen un físico peculiar y distinto a lo que se ha visto, y de pronto, despegan en el universo cinematográfico. No se sabe muy bien cómo además tienen una valía innegable en el terreno interpretativo. En los años setenta apareció un joven blanca, muy blanca, rubia, muy rubia con destellos pelirrojos. Cara pecosa, ojos azules, muy delgada, casi de cuerpo asexuado y empezó a trabajar como actriz. Llamó la atención y con una filmografía peculiar sigue todavía ofreciendo trabajos magníficos, con el mismo físico, aunque algo más mayor. Y su misma sonrisa tímida llena de misterio y personalidad. Hablo de Sissy Spacek.

Y, aparece su rostro aniñado en esa extraña y hermosa ópera prima de Terrence Malick. Al lado de Martin Sheen. Y esta mujer-niña de rostro angelical cuenta con su voz en off de manera poética –y en bellas imágenes– las salvajadas del chico que la ama. Sus asesinatos y su huida. Sissy Spacek baila y mira a un asesino. Con cara de ángel. Martin Sheen, joven que se pierde en la violencia, es mirado de otra manera por la joven-niña que toma bajo su cuidado. Malas tierras da la voz de alarma: ha nacido una actriz.

Después es la reina del terror paranormal y reina de la telequinesia en Carrie, película popular donde las haya. La niña rubia marginada del instituto que vive con madre posesiva y loca que recibe las burlas y bromas crueles de sus compañeros. Que vive con terror la menstruación, el sexo y el mundo adulto. La dulce niña que no va a protagonizar un cuento de hadas, ni va a entender a aquellos que tratan de protegerla…, la niña rubia a la que se le desata la ira y protagoniza horrible venganza con unos poderes que deja de controlar.

Los ochenta la devuelven el rostro de mujer luchadora contra un mundo que le pone las cosas difíciles y se convierte en la cantante country que alcanza la gloria y el éxito en Quiero ser libre o que muestra el horror de la dictadura y los intereses de EEUU en Chile en la impactante Missing. Ella es la mujer a la que le desaparece el marido periodista y progresista y que inicia una búsqueda de puertas cerradas junto a un suegro que descubre que su país no es lo que pensaba, poderoso Jack Lemmon. Su dolor y su impotencia junto con su convivencia con un suegro que se va acercando más y más a ella, la hacen grande.

En la siguiente década aparece tímida como mujer consorte que apoya a su marido, aunque a veces la cuesta, en una investigación sobre quién mató a JFK, nos dice que no la olvidemos en Affliction y nos recuerda su siempre buena presencia como hija discapacitada en esa historia que nos hace ver que Lynch también sabe contar sencillamente, a la manera clásica, en Una historia verdadera.

Y en el siglo XXI nos sigue regalando papeles redondos y momentos inolvidables como esa mujer y madre de En la habitación, pacífica y tranquila pero que cuando la arrebatan lo que más quiere, pierde junto al esposo la cabeza, y se hunde en la terrible violencia, en el ojo por ojo. O nos sigue demostrando que es esa rubia sensible y ahora cansada que arrastra sus momentos infelices, difíciles y cotidianos en esa pequeña joya de sentimientos que es Nueve vidas.

Con él llegó el escándalo (Home from the hill, 1960) de Vicente Minnelli

De nuevo un melodrama, y otro director sutil en el uso del lenguaje cinematográfico para contar una tragedia griega y familiar, exagerada hasta el paroxismo –como hacía nuestro buen Douglas Sirk–: Vicente Minnelli. El sensible director en el uso del color, los espacios y decorados no sólo empleaba su varita para la comedia musical o la comedia a secas, también fue un virtuoso en el melodrama. 

Y un claro ejemplo es esta película sobre el mundo rural y conservador norteamericano de los años cincuenta. Con un título castellano inexplicable, Minnelli cuenta en Con él llegó el escándalo la historia de una familia que se resquebraja y se hunde en los secretos, enfrentamientos, venganzas, infidelidades y, sobre todo, en la moral y forma de vida de los vecinos que les rodean –y que ellos mismos llevan, asumen y practican–. 

Minnelli se sirve de la adaptación cinematográfica del best-seller de William Humphrey para ofrecer un melodrama bien contado lleno de significados y simbolismos. 

Lo primero que hace es rodearse de un reparto adecuado. El cabeza de familia, Wade Hunnicutt, que representa lo que significaba el macho en aquellos años –y, a veces, por desgracia, ahora también–. Lo que se entendía y se entiende por virilidad, masculinidad…, tiene el rostro y el enorme cuerpo de Robert Mitchum que a pesar de ser un chulo, un mujeriego, un patrón, un cazador de escuela, un déspota, y de que para él ciertas maneras y costumbres de su hijo legítimo no sean las cualidades que él entiende debe tener un hombre…, se le escapa en miradas, en actitudes y manera de ser cierta ternura de hombre, en el fondo noble y con una moral propia, que, finalmente, le hace convertirse en víctima. Es increíble el matiz de Mitchum, capaz de que con su interpretación y claro está un guión adecuado, el espectador no odie a un machista cabrón (perdonen mi lenguaje pero sólo así se entiende el tipo de persona que encarna). 

Hay varias escenas que le redimen. Sobre todo cuando trata de explicar a su hijo que reconoce que tiene errores, que no es el mejor de los hombres, ni el mejor de los padres, pero que él es así y que no quiere ser continuamente juzgado. Como una especie de tómame o déjame, yo soy así, y así sabes que tienes que amarme, con mis virtudes y defectos. “Soy un ser humano”. 

Después tenemos a la bella Hanna, la madre, con el rostro de Eleanor Parker (actriz que cuando la ofrecían el papel adecuado demostraba su valía). Ella es toda una dama del Sur que va reprimiendo su odio y su herida por saber en el fondo que Wade nunca será de su propiedad. Mujer bella, exquisita, que guarda las formas, que sigue las convenciones morales-sociales y el papel que debe tener una mujer en aquel código…, que se vuelve egoísta, obsesiva, amargada y que quiere dominar y crear a su hijo tal y como ella piensa que debe ser un hombre, aquel hombre que le hubiera gustado ver en Wade. Un hombre educado, exquisito, con cultura y sensibilidad y sobre todo amante y devoto de su mujer. A diferencia de Wade, ella no ve sus defectos y siempre se siente víctima. 

Al final, cuando ya es demasiado tarde, hay un momento de acercamiento entre los dos, de limar asperezas, de dejar esa vida de apariencia y crear una verdadera relación…, pero conociéndolos el espectador sabe que hay buenas intenciones –los dos quieren al hijo legítimo y a su manera quieren lo mejor para él– pero que es difícil tratar de construir lo que tantos años han destruido. Pero el destino ni siquiera les deja intentarlo. 

Por último, los personajes, que tienen una relación más atractiva, y que hacen avanzar el drama: dos jóvenes, el hijo legítimo de este matrimonio (George Hamilton, quizá el menos carismático pero que conviene para su papel)  y el hijo bastardo de Wade (un sorprendente George Peppard –apareció en un mal momento para llegar a convertirse en estrella y sólo alcanzó la popularidad en los años 80 por su papel en la serie televisiva El equipo A pero al que tengo especial cariño por su interpretación y personaje en Desayuno con diamantes). 

En este drama rural, ellos son los protagonistas indiscutibles y hay un maravilloso y sutil cambio de papeles durante el transcurso de la historia. El hijo legítimo, que todo lo tiene (el reconocimiento del padre y de la madre, el imperio del padre, el lujo, el amor de la chica a la que ama, la juventud, la educación, la cultura, y que además, se descubre como un buen cazador…), lo pierde todo, se queda sin nada (tal vez recuperará su identidad y personalidad –que trata de adquirir y construir a lo largo de todo el metraje–) ante el hijo bastardo, el que en un principio nada tiene, y consigue absolutamente todo al final (el reconocimiento del padre, el amor de la misma mujer que amaba al legítimo, la aceptación de la madre del legítimo, un hijo al que cuidar, una casa, una familia…). Pero lo más hermoso y original de este melodrama es que este intercambio no es a través del enfrentamiento y el odio entre los dos hermanos sino a través de la lógica y acontecimientos de la historia. Los dos durante toda la película se respetan, se protegen, se cuidan y se quieren… 

En este melodrama de Vicente Minnelli todo tiene lenguaje propio. La vestimenta, la naturaleza, la caza del jabalí, cada habitación de la casa, los cementerios, las miradas, la composición de las escenas, la música que envuelve a los personajes, las lágrimas, las fiestas, la situación en el espacio de los personajes…, todo tiene sentido y hacen apasionante el estudio pormenorizado de esta historia aparentemente sencilla, clásica y bien contada. 

Estación Termini (Indiscretion of an american wife, 1952) de Vittorio de Sica

“Espera. Sé que empezarán pronto. Las imaginaciones. Toda mi… vida me preguntaré dónde está él. ¿Dónde está? En un momento, ahora mismo, ¿qué está mirando?, ¿qué piensa?, ¿se encuentra bien?,¿estaba enamorado?, ¿es bonito? 

Él estaba enamorado y ella es bonita. Te amo.” 

Desde el cine clásico ya se buscaban nuevos retos para contar historias empleando la fuerza del lenguaje cinematográfico que, ahora, a veces cuando se utilizan se denominan como originales. Uno de ellos es contar una historia en tiempo real. Estación Termini es un pequeño ejemplo de este asunto. 

Fue la entrada de Vittorio de Sica al cine norteamericano y para muchos su abandono definitivo de la corriente neorrealista. Estación Termini es una historia mínima y pequeña…, transcurre en la estación Termini de Roma y toda la película es la narración de una despedida. Todos sabemos que en unos sesenta minutos un tren se pondrá en marcha… 

Para mí es de esas películas con encanto. Con algo de poesía. Esa poesía que se encuentra en las estaciones de trenes, en los vagones, en las despedidas, en las cafeterías que van cerrando, en las salas de espera… 

De una estación de tren, De Sica se centra en la historia de una pareja, en su despedida. Y es una historia curiosa porque el realizador mezcla momentos y rostros del más puro neorrealismo italiano con una melodramática historia a la americana con los rostros de Jennifer Jones y Montgomery Clift. 

Y es una historia de los años cincuenta, de una infidelidad, de la renuncia del amor para continuar una vida convencional pero que a ella la tira más (el amor a la hija, el cariño al marido), quizá, porque no soportaría una vida de remordimiento y culpa. Y, su amante italiano aunque no la entiende termina amándola y la deja marchar, no se perdonaría su infelicidad. También renuncia. 

Un guión varias veces retocado cuenta con la mano neorrealista de Cesari Zavattini y con la intervención en los diálogos de un sensible Truman Capote. No olvidemos que la intrusión del productor sería inmensa –¿sería esta la idea que tenían Zavattini y De Sica?, la respuesta segura es, no–: el todo poderoso David O’Selznick apostó por la entrada a Hollywood del director neorrealista entusiasmado por sus películas…, pero a su manera. Claro está que una de sus exigencias sería la presencia de su esposa y musa Jennifer Jones. Que o milagro, aquí me gusta, porque representa a la mujer americana casada de los años cincuenta a la perfección. 

Montgomery Clift muestra su rostro más bello y una interpretación sensible de hombre que se le escapa una historia de las manos, seguro de felicidad futura, que no entiende el abandono. Y se muestra tan indefenso, confundido, y cabreado, que de pronto, pega una bofetada a la mujer que ama. Y eso choca, desentona. Me gustaría pensar que nunca lo hubiera hecho…, creo que este acto violento e injusto, le hace recapacitar. No es ésa la despedida que quiere. Y entiende su historia imposible y que tiene que dejarla marchar. Tiene que borrar ese tortazo. Ésa no es la despedida para la mujer a la que ama. 

Los dos amantes, en todo momento, viven rodeados de la culpa de un amor condenado. Y en esa despedida, lo sufren. Viven varios momentos que les confirman que la sociedad condenaría su amor, y finalmente no se enfrentan a ella. Sepultan su amor. La culpa puede más.  

La despedida es sinónimo de infelicidad. Ambos lo saben y sufren. En el fondo, el espectador sabe que no ha sido la decisión adecuada… los amantes no se han rebelado. No han podido. Los obstáculos han podido más que un futuro diferente… 

Como anécdota contar que el joven sobrino de la protagonista cuenta con el rostro de Richard Beymer que alcanzaría un lugar en la historia del cine por ser el Tony del musical West Side Story. Y, también, para muchos es una variación americana de la película británica Breve encuentro de David Lean, una pequeña joya del cine romántico.

Diccionario cinematográfico (52)

Erotismo (2º parte): sigamos este recorrido por el erotismo cinematográfico. Esta vez le toca a la década de los cuarenta. De nuevo recordaremos cómo se plasma el deseo sexual en una pantalla sin llegar a la sexualidad. Todo intuición. Todo imaginación. Y el viaje volverá a parar en cinco heroínas y cinco héroes respectivos. Quedan invitados. 

Es tópico y típico pero no queda más remedio que señalar a Rita Hayworth en este apartado de los cuarenta o cómo dejar a caballeros con la boca abierta cuando aparece por primera vez en Gilda, en un enorme primer plano, cuando se echa el pelo hacia atrás y aparece su rostro bello y pelirrojo –aunque la peli era en blanco y negro todos veían su pelo rojo o fuego–. Nadie olvida, tampoco, su voz susurrante, su traje negro y un guante que se quita lentamente. Al año siguiente, en 1947, aparece como mujer pérfida y sensual en La dama de Shangai…, teñida de rubio y suscitando deseo allá por donde pasa. Sólo ella podía multiplicarse en miles de espejos. 

Al animal más bello del mundo, siempre le pesó el mote. Su pelo negro y ojos verdes simbolizaban erotismo y deseo. Ahí estaba Ava Gardner que igual deseó ser menos bella y que se la reconociera más actriz. Su primera aparición fue poderosa en una gran película de cine negro de Siodmak. El erotismo de la pareja, el boxeador vencido, El sueco (hermoso Burt Lancaster), y la mujer fatal morena, una Ava exuberante. En Forajidos, la actriz aparece por la mitad de la película, y su aparición es inolvidable para El sueco y para los espectadores. De espaldas ante un piano con un traje negro, se da la vuelta y es Ava. Después, una canción susurrante y El sueco ya no tiene salida. 

No hay duda el erotismo en los cuarenta es del cine negro. En 1944 surge la música mágica de Laura. ¿Se imaginan a un detective de los duros enamorado de la imagen ideal de un cuadro…, locamente enamorado? Un erotismo y atracción física surge entre una fantasmal pero real y bella Gene Tierney y un poli duro pero enamorado, Dana Andrews. 

Otra reina del erotismo y de la recreación mágica de mujeres fatales que lleva a la locura a todo hombre que se cruza en su camino fue Joan Bennett. Ahí la tenemos como la sensual, pérfida, descarada y vulgar Kitty en Perversidad. Impagable. 

Y, seguimos nuestro paseo por el cine negro y una recién descubierta que deslumbra en 1944 con 19 años en Tener y no tener. Me refiero a Lauren Bacall. Grandes ojos, diálogos chispeantes y una química sensual con su futura pareja, el Bogart más duro. Si me necesitas, silba. Y entró en los anales del erotismo. 

¿Y ellos? Ya he hablado de El sueco, un espectacular Burt Lancaster que tiene una de las miradas más eróticas y salvajes que se recuerdan. O ya vimos el refinamiento de un Bogart que con su dureza y su lengua afilada hace saltar chispas en el cine negro o en el más romántico, ¿quién olvida su recreación de Rick?, ¿quién no se echaría a sus brazos? Y, no olvidemos a otros héroes de cine negro que exhibían su cuerpo y eran objetos del deseo como Alan Ladd o Dana Andrews. Los duros eran eróticos cuando se ponían tiernos. 

Lo de Gregory Peck en Duelo al sol fue erotismo puro. Un joven, chulo, caradura y erótico vaquero que mira, ama y desprecia con igual erotismo a una Perla Chavez que no sabe donde meterse cuando la mira. 

Para terminar no olvidarnos de William Holden empezó su carrera en los cuarenta pero fue convertido en símbolo erótico-sexual en los cincuenta. Todos sus papeles apuntaban a su atractivo como hombre, a su fuerza erótica. El guionista gigoló de El crepúsculo de los dioses, el atractivo periodista que se convierte en pigmalion de una rubia no tan tonta como parece en Nacida ayer o el trotamundos que revoluciona a la mujeres de una localidad Kansas en Pic nic.

Lilliam Hellman y Dashiell Hammett, su herencia en el cine

Los libros de Hammett supusieron dos de las películas que iniciaron el género negro dentro del cine norteamericano. Dos joyas, una más conocida que la otra por asuntos de distribución y carisma posterior de las estrellas.

El magnífico hombre de la gabardina, el más duro Humphrey Bogart se convierte en el detective Sam Spader, que intenta averiguar que interés tienen personajes oscuros en un figurilla en forma de Halcón. Bogart se enamora de una Mary Astor que oculta maldad. Y, el director es un joven John Huston dispuesto a entrar en la historia del cine con El halcón maltés (1941). Ambos, director y escritor fueron los encargados de un guión redondo. Por ahí nos encontramos con los ojos saltones de Peter Lorre en uno de sus carismáticos personajes. Siempre inconfundible.

Por otra parte, nos encontramos con una de las parejas más populares de los años cuarenta, que en la actualidad han caído un poco en el olvido, me refiero a Alan Ladd y Verónica Lake. Ambos protagonizaron La llave de cristal (1942) de Stuart Heisler. Ahí, estuvo presente Hammett en la elaboración del guión. Una historia oscura de gángster, sabueso del gángster, políticos corruptos y mujer fatal con cara rubia y de niña buena. 

Pero Hammett ya había triunfado en Hollywood en los años treinta. Otro triunfo cinematográfico y otra pareja de oro serían la que formarían William Powell y Myrna Loy, ese matrimonio excéntrico, millonario y alcohólicos perdidos que en compañía de su perro Asta juegan a detectives y a solucionar casos. Sus personajes salen de la mente de Hammett y su novela El hombre delgado y la primera película de la saga sería La cena de los acusados (1934) de W.S. van Dyke.

También, estuvo presente el escritor en el guión. También, Rouben Mamoulian había llevado una historia de Hammett al cine en el año 1931, se trata de Las calles de la ciudad con Gary Cooper y Silvia Sydney (interesante actriz a reivindicar). Una película para conocer los años de la ley seca (otra asignatura pendiente: lograr verla).

Junto a Hammett aparece Hellman en algunas bases de datos como los responsables del guión de una película de Bette Davis de 1943, Alarma en el Rhin. En ella se narra las vicisitudes de un matrimonio que lucha contra los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Justamente el año de su muerte, en 1961, en Japón, Akira Kurosawa realiza Yojimbo que se inspira en su novela Cosecha roja. Al otro lado del Océano el mundo violento y desencantado de Hammett conecta con el mundo samurái.

La presencia de Hellman también planea por el cine. Realiza el guión para una cinta social de su amigo William Wyler (gran director). Una película que me encanta, Calle sin salida (1937), donde también está presente Silvia Sydney y un grupo de niños que fueron conocidos como los Dead end kids. Una película maravillosa y de gran valor sociológico sobre la vida de los más pobres en los barrios de las ciudades estadounidenses.

Con su amigo Wyler también colaboraría en el guión de uno de los magníficos melodramas de Bette Davis. En 1941, la Hellman crearía el retrato de La Loba, una mujer despiadada con todo aquel que su cruza en su camino, sea su hija, su marido o sus hermanos y poseída por la ambición.

También, se adaptaría al cine una de sus obras más conocidas. De nuevo de la mano de Wyler. Existen dos versiones la más antigua no he podido verla. La posterior con Audrey Hepburn y una excepcional Shirley McLaine, sí. Hablo de Esos tres (1936) y de La calumnia (1962). La historia cuenta como la mentira de una niña y las mentes adultas mal pensantes y conservadoras destrozan la vida de dos maestras en un colegio. En la segunda, fue una de las primeras películas que hablaba tímidamente de la homosexualidad femenina.

A la Hellman la tenemos presente también en un guión de otra película ambientada en la Segunda Guerra Mundial: La estrella del norte (1943) de Lewis Milestone. Nos cuenta las vicisitudes de uno jóvenes que viven en una población fronteriza a la Rusia comunista, que son los primeros lugares invadidos por los nazis.

Y, para culminar, esta mujer es la responsable de adaptar al cine, en un guión emocionante y tremendo, la novela del guionista Horton Foote, La jauría humana. Un estudio triste sobre la violencia de un pueblo norteamericano en una jornada calurosa. Nada puede hacer un sheriff (magistral Marlon Brando), que trata de tomar las riendas, para salvar a un joven fugitivo sin suerte (Robert Redford) de una violencia sinsentido. Arthur Penn en 1966 realizó con pulso firme esta jauría humana.

Como veis, es indudable la herencia cinematográfica que nos dejan un Hammett y una Hellman que no serán olvidados en las salas oscuras y enormes pantallas blancas.

Dashiell Hammett. Novela negra y caza de brujas en Hollywood de Higinio Polo

Ya os he contado en otros post, mis visitas a librerías y mi rastreo de libros. El otro día el que llamó mi atención fue un pequeño libro sobre Dashiell Hammett de Higinio Polo (doctor en Historia Contemporánea por la Universidad de Barcelona, novelista, ensayista y viajero…). El libro pertenece a la colección Retratos del Viejo Topo (Ediciones Intervención Cultural/El Viejo Topo, 2007). Así que Hildy, ni corta ni perezosa, se lo llevó a casa y lo disfrutó en una tarde de domingo. 

¿Por qué me llamó la atención? Uno, me interesa conocer más de Dashiell Hammett. De su mínima producción de nóvelas sólo he leído El halcón maltés y a punto estoy de entregarme a Cosecha roja. Dos, también me atrae la figura de su pareja durante años, Lilliam Hellman. Conozco más su obra dramática a través del cine, ninguna obra suya ha caído en mis manos en forma de libro (una laguna que trataré de solucionar). 

De los dos guardo un bonito recuerdo, una recreación de parte de su historia (el guión era una adaptación de un texto autobiográfico de la autora, Pentimento), en una película que no he logrado volver a ver (me dejó una sensación maravillosa hace muchos, muchos años en televisión. Mi búsqueda de la película en dvd y en vhs doblada o con subtítulos en castellano no ha tenido fruto): se trata de Julia. La historia se centra en la amistad entre Lillian y Julia…, pero ahí está un magnífico Hammett con cara de Jason Robards. 

Tres, si habéis visitado más de una vez este blog sabréis de mi interés por este periodo de la historia del cine en Hollywood que se llama Caza de Brujas. Todo lo que pueda recopilar en castellano sobre este asunto trato de que caiga en mis manos. 

Cuatro, la novela negra ha alimentado al cine negro y ha dado como resultado películas que permanecen en la memoria cinéfila. 

Cinco, tanto Hammett como Hellman tuvieron vinculación con Hollywood no sólo por la adaptación de sus obras sino por sus trabajos como guionistas. 

Sexto, ambos vieron sus vidas afectadas por el periodo de la Caza de Brujas y, por eso, creo han sido un poco olvidados. 

El pequeño libro de Higinio Polo es un viaje a la América de los años 20 hasta la década de los 60. Un repaso por la historia y la creación de la guerra fría. Una de sus muchas consecuencias fue la famosa Caza de Brujas en Hollywood, las listas negras, los diez de Hollywood, las tristes delaciones, los comportamientos heroicos de otros intelectuales y los duros resultados que tuvo este periodo para los intelectuales progresistas de EEUU. El clima de terror y miedo cambió la vida de muchos hombres y mujeres, entre ellos, las de Hellman y Hammett. 

En el libro nombra muchos nombres y cuenta muchos casos. De nuevo, me fijo en la historia de un cantante y actor negro y uno de los perjudicados que en todo lo que he leído muestra una personalidad que merece la pena descubrir y reivindicar: Paul Robenson. Leyendo este pequeño e interesante libro, te quedan ganas de descubrir más, de seguir indagando. 

Mañana, la segunda parte de este post: Lilliam Hellman y Dashiel Hammett, su herencia en el cine.  

 

Daniel Day-Lewis

Tarea para esta semana: ver Pozos de ambición de Paul Thomas Anderson. Tanto Boogie nights como Magnolia son dos películas que en su momento me entusiasmaron pero otro motivo más para verla es su actor principal Daniel Day-Lewis. Un actor que nunca me ha dejado indiferente y que además se prodiga poco en los santuarios de la sala oscura. Así que este post va por él. 

El actor siempre recrea personajes que dejan un poso en la mente cinéfila. A partir de buenos guiones (normalmente ha tenido buen ojo a la hora de elegir los proyectos cinematográficos), construye unos personajes inolvidables. A su labor interpretativa, su voz grave y una mirada que traspasa cámaras y pantallas, se une un rostro duro –con muchos lenguajes ocultos– y una capacidad camaleónica que muchos actores del séptimo arte quisieran para ellos mismos. 

No he visto toda su filmografía y, alguno de los papeles que me impactaron, sólo los disfruté en el momento del estreno –alarma en mi interior, tengo que refrescarle en mi memoria, pero sus imágenes perviven en mi memoria cinéfila–. 

Le recuerdo como el más macarra de los macarras londinenses en Mi hermosa lavandería. De aspecto brutal y bestia como él solo, de pronto, el duro de barrio se transforma en un hombre amante del amigo de su infancia. Un hombre feliz cuando ama y es amado. Y, de pronto, el macarra salta las barreras de clases, de ideología y de racismo para salvar y ser feliz con su historia de amor. Lewis, el duro y atormentado joven que acaba transformándose en un héroe capaz de todo por amor. 

Su poder camaleónico le lleva a la cima de la sala oscura cuando se transforma en Christy Brown, escritor y pintor irlandés con parálisis cerebral de familia obrera. Mi pie izquierdo es Daniel Day-Lewis. Su poder camaleónico es tal, que en aquellos años en que aún no era muy conocido, hizo que muchos espectadores pensaran que el actor realmente tenía parálisis cerebral. Una historia que despertaba y despierta fuertes sentimientos y que muestra la importancia de superar obstáculos a través de las pasiones. Que siempre te mantienen vivo. Ahí está su primera colaboración con Jim Sheridan, director con el colabora otras dos veces. Es una de esas relaciones actor-director que dejan una huella en la historia del cine. 

A continuación, Daniel es un héroe de aventuras, su rostro y cuerpo se vuelven bellos y seductores. Hombre musculoso, salvaje, ágil y hermoso como el mejor héroe de acción en película de aventuras clásica. Como los viejos mitos de Hollywood, Daniel Day-Lewis es El último mohicano junto a la hermosa Madelaine Stowe. 

Nos regala la interpretación de época de hombre atormentado y romántico. Lo de la época ya lo había experimentado en la película de Ivory, Una habitación con vistas. Se empapa de Edith Wharton, y se debate entre el amor de la mujer experimentada y la inocencia, entre las convenciones sociales y la verdad, entre una felicidad verdadera y una felicidad construida a base de protocolo…Martin Scorsese recrea el XIX americano de la mano de un Lewis sensible en la poética y literaria La edad de la inocencia. También, supone la primera colaboración del actor con el enfant terrible de los años setenta además de director de primera clase. 

Vuelve con Jim Sheridan y una de las películas –son pocas– que te hacen gritar de impotencia en la sala oscura. Sí, sí gritar de indignación. Lewis regresa a Irlanda en la piel del joven Gerry. Un joven rebelde sin causa para disgusto del honesto padre Giuseppe (Postlethwaite sube a los altares). Ambos protagonizan una pesadilla difícil de superar.  Son protagonistas de un lamentable error legal y son culpados de participación en un atentado terrorista.La lucha de Gerry en prisión le hace un rebelde con causa, le hace comprender más la personalidad de su padre y le vuelve un luchador que trata de demostrar su inocencia y descubrir la verdad. ¿A quién no le impactó En el nombre del padre? 

Después vuelve a una película de época en la adaptación de una de las cumbres del dramaturgo Arthur Miller. Lewis recrea un duro papel en El crisol donde se enfrenta a una sociedad puritana e hipócrita capaz de destrozar su vida. Además, El crisol fue escrita en un momento en que Miller trataba de denunciar –recreando un hecho del pasado– una situación actual: la caza de brujas en EEUU. Daniel nos regala otro papel intenso y atormentado. Lewis, creo estar segura, se empapó de esta obra y contó con buen asesoramiento del dramaturgo (su actual pareja es la hija de Arthur Miller). 

De nuevo, Jim Sheridan le ofrece una historia irlandesa de segundas oportunidades y de la posibilidad de superar el conflicto e intentar la paz a través de un gimnasio de barrio que lucha, curiosamente, contra la violencia. Daniel es Danny Flynn que tras años en prisión por su participación en actividades del IRA sale en libertad. Quiere huir de su pasado político y abre un gimnasio para entrenar a jóvenes e introducirles en el mundo del boxeo. Un gimnasio sin discriminación religiosa o de otro tipo. También, reanuda su relación con su antigua novia. Pero el pasado siempre regresa. The boxer devuelve al Day-Lewis macarra y duro pero deseoso de vida tranquila. 

Desaparece de la pantalla cinematográfica y de los medios de comunicación, parecía que Daniel Day-Lewis se había retirado totalmente cuando regresa de nuevo con fuerza y en un gran papel que le da Martin Scorsese, de nuevo. En una obra grande –más grande quizá si no hubiesen destrozado el montaje del director–, se trata de Gangs of New York. Daniel es grande como el malvado Bill, el carnicero. Un personaje sangriento pero con un fondo psicológico que recrea a la perfección Day-Lewis. Su manejo de cuchillos, sus ropas extravagantes, su mirada iracunda y su voz grave vuelven a llenar la pantalla. 

Ahora, cinco años después, ha regresado con un papel, dicen que espectacular, en Pozos de ambición. Lo dicho, la tarea esta semana es verle en esta nueva historia. El actor camaleónico vuelve a las andadas… 

Sweeney Todd. El diabólico barbero de la calle Fleet

Sweeney Tood es un personaje del siglo XIX que viene del cuento, la leyenda, lo verídico, lo teatral…, el barbero que rebana los pescuezos de los clientes que van a su negocio. El diabólico barbero no cayó en el olvido cuando el letrista y compositor Stephen Sondheim creo un famoso musical en Broadway a finales de los años setenta.  

Ahora, Burton lo rescata y lo lleva a la cumbre del cine musical. Sweeney Todd es una mezcla de géneros impensable, 100 por 100 musical toma tintes del terror más gore, gotas de tenebrismo, aderezadas con romanticismo extremo, altas dosis de crueldad y desesperanza y todo rociado de un destino trágico shakesperiano. 

Sweeney Todd he de confesar que me dejó triste. Muy triste. Porque los personajes dejan de ser ilusos e inocentes, como nos repite el barbero en una de sus canciones. Cada uno tiene un objetivo muy claro, propio. Y se dejan arrastrar por él. Triste, triste, triste…, en otras críticas hablan de un humor negro, muy suave diría yo, porque con el barbero sangriento, Burton pierde la inocencia y dulzura de sus anteriores historias tenebrosas. Aquí prevalece lo amargo. Lo duro del mundo real. La venganza ciega a los personajes, el amor platónico también hace estragos…, una crónica triste del Londres del XIX donde unos hombres se pisan unos a otros. Triste, triste, triste… 

Parece que ningún personaje es salvado de la radical premisa del barbero que fue hombre iluso y ahora se encuentra cegado por la venganza: Todos merecemos morir. Ni una sola concesión a un posible amor futuro, a curarse de un pasado cruel, a ver el lado bonito y platónico de la historia… Un juez y un alguacil injustos, insensatos, desagradables y crueles; un barbero rival que no le importa el chantaje en beneficio propio, que maltrata a un niño…, un niño que vive siempre en el desengaño incluso cuando cree que ha encontrado un hogar…, un niño que la vida le ha enseñado a ser realista y a sobrevivir. Una joven ya para siempre desencantada que sabe lo que es la cautividad y la ausencia de amor. Una sin hogar sin razón con destellos de un pasado que la arrebataron, víctima inocente de un mundo de hombres y mujeres que se pisan unos a otros…, y mención a parte Mrs Lovett, mujer enamorada, mujer soñada, mujer práctica y egoísta, mujer que lucha por crearse un mundo propio a su medida, mujer dulce…, ser humano con defectos y con mucho instinto de supervivencia, que recicla la carne humana que va dejando su enamorado en unas deliciosas empanadillas… 

Como siempre Burton crea una estética especial, un Londres tétrico, una barbería y una taberna de Mrs Lovett de cuento gótico, las calles oscuras, los sótanos misteriosos, el manicomio desolado… la sangre corre irreal pero roja, roja, roja…, los personajes muy bien caracterizados: despeinados, blancos, con ojeras…, y barbas que afeitar. Los instrumentos de la venganza son bellos, las cuchillas de afeitar, y el barbero es un artista de su profesión. Todo aderezado con unas canciones oscuras, muy oscuras, pero muy bellas y de melodía inolvidable.  

Me dejo para el final a los intérpretes –y mi confesión de que me gusta salir del cine de Burton con una sonrisa y no con el desencanto de Sweeney Todd y mi añoranza por personajes más inocentes. No fue mi Burton al 100 por 100, es como si de pronto el niño-grande se hubiera vuelto definitivamente adulto–. Johnny, como siempre, no podía estar mejor: como barbero que pierde la cordura ante la venganza. Hombre que canta a sus amigas las navajas, incapaz de valorar el amor que le puede ofrecer Mrs Lovett, o de abrir un poco más los ojos para darse cuenta de lo que está pasando, o simplemente de volver a ser iluso e inocente, feliz. Se hunde en la tragedia.Helena Bonham Carter brilla como Mrs Lovett, personaje tierno-cómico-tenebroso que nos regala sus sentimientos y sus sueños. Quién le diría a la antigua musa del cine Ivory que iba a terminar realizando los personajes más contemporáneos y extravagantes al lado de su pareja Burton o con seres como David Fincher.Les acompañan perfectamente unos malvados y caricaturescos Alan Rickman y Timothy Spall, sin olvidarnos de ese barbero rival con cara de Sacha Baron Cohen. Otra sorpresa es la interpretación de Edward Sanders, el niño huérfano, que además protagoniza una de las canciones más bellas junto a Mrs Lovett. 

El barbero diabólico me rompió un poco el corazón. Me hizo volver a saber que, a veces, en el mundo que vivimos, los seres humanos nos pisamos unos a otros. Algunos con una pizca de ternura y gracia, como Mrs Lovett. 

 

 

El mundo según Tim Burton

Estoy preparándome para el ritual de esta noche: ir a la sala oscura y dejarme llevar por Sweeney Todd: el barbero diabólico de la calle Fleet o, de nuevo, soñar con el mundo según Tim Burton.

Y es que lo de Tim viene de lejos y siempre me ha cautivado su capacidad de cuentacuentos contemporáneo y, sobre todo, su peculiar puesta en escena que hace de sus películas mundos inconfundibles.

Tim Burton tiene un muso, que también es el mío (no voy a mentir), y es Johnny Depp y su poder de transformación que llega en las películas del director a registros insospechados.

Así los viví tiernos en ese cuento de hadas tenebroso con personaje fantástico asustado y aislado… pero dulce. ¿Cómo olvidar a Eduardo Manostijeras (1990) y ese ser incompleto con manos como cuchillas que las emplea para el arte de la jardinería o la peluquería? ¿Cómo no suspirar hacia la ternura y los suspiros de un ser que ama a su princesa pero a la que no puede tocar por miedo a dañarla?

Inolvidable ese homenaje al cine de bajo presupuesto, de serie B, que visita el terreno fantástico o explora los límites de género y sexualidad. El Ed Wood de Depp es un personaje para la mitología cinéfila. Viajamos a un mundo de ilusión y cutrez de la mano de una triste vieja gloria del Hollywood clásico, un olvidado y drogodependiente Bela Lugosi (inmenso Martin Landau) y un Ed Wood que sueña con ser otro Orson Welles del séptimo arte, que no ve obstáculos. Un mundo de ensueño, en blanco y  negro, con Vampira y otros seres paranormales que se unieron al universo particular del artesano cutre pero enamorado de su arte, Ed Wood.

Saltamos a un cuento fantástico-romántico-gótico de la literatura de Washington Irving y ahí está el bueno de Burton contándonos desde su peculiar visión la leyenda del jinete sin cabeza. Terror, sangre, ternura y amor de la mano de un bello y estrambótico Depp y una dulce y siniestra Ricci. Con Sleepy Hollow volvemos al universo de Burton.

Y de un salto presenta la película que menos me gusta del dúo pero que a la vez tiene momentos mágicos (esa cama que comparten los cuatro abuelos del niño pobre). Ahora Burton se adueña de la literatura de Roald Dahl y su Charlie y la fábrica de chocolate. Rescato a Depp genial e inquietante como Willy Wonka. Lo que me estropea la película son ciertas intervenciones musicales repetitivas (y eso que adoro el musical).

Ahora nos vamos a un tesoro del cine de animación –pero cómo recuerda el muñeco protagonista a Depp– con La novia cadáver. Un cuento romántico donde los haya sobre un ser humano que vive una pesadilla linda cuando se casa accidentalmente con una novia cadáver llena de encanto y bondad.

Películas sin Johnny Depp

Cuando Tim se separa de su muso sigue con la magia o se pega batacazos. No le fue bien su recreación del cómic Batman (aunque algunos opinan que es lo mejorcillo de la serie) ni su visita al Planeta de los simios. Mark Attacks es un viaje alucinógeno, cómico y loco a un mundo invadido por unos extraterrestres con muy mala baba.

Pero sin su Depp me quedo con esa joya que para mí es Big Fish sobre la importancia de contar historias y cuentos. Con un Ewan McGregor genial. Me vi transportada a una historia que me llegó a lo más hondo con personajes fantásticos. Cómo la capacidad de imaginar otros mundos y de contar las anécdotas de la vida puede transformar a un individuo de vida gris en un genio y con un mundo interior mágico. Sin olvidar tampoco esa maravilla del cine de animación que dirigió Henry Selick adaptando una historia de Burton (y él actuando también como productor): Pesadilla antes de Navidad. De nuevo se mezcla lo siniestro con lo tierno y surge una película especial.

Mañana os contaré mis experiencias cinéfilas con el barbero diabólico…

Propongo un viaje especial este 14 de febrero

Hagamos una concesión al día de los enamorados. Y realicemos un pequeño viaje alrededor de parejas de cine de todos los tiempos. ¿Pisaremos realidad o leyenda? Da igual. Viajen.

A Audrey Hepburn se le ilumina la cara cuando un Mel Ferrer apuesto la saca a bailar. Ninguno piensa en el fracaso.

Marilyn Monroe, por un momento, no se siente mujer objeto y sí amada por el dramaturgo Arthur Miller y durante un tiempo breve tienen la ilusión de una historia verdadera, sin corazones rotos.

La bella y pija Sissi con cara de Romy Schneider cae en brazos del chulo chico de la calle parisino…, tan bello. Y Alain Delon y Romy pasean su belleza y rebeldía con descaro. Por unos años, se encerraron en su historia particular. Después, siempre fueron buenos amigos.

Nicholas Ray se encontró con la dama de cine negro, Gloria Grahame y quizá desayunaron una y otra vez en la intimidad de la cocina, mirándose a los ojos, en un lugar solitario.

Al atormentado Monty Clift no le dejaron vivir tranquilo sus historias de amor. El hermoso galán quizá tuvo que esconderse en la estación Termini para dar besos de enamorado a los hombres que amó.

Giuleta Massina fue la Charlot particular del gigante Fellini. El hombre niño siempre volvía a los brazos de una Massina que actuaba celosa.

Truffaut estaba enamorado del cine y las mujeres. Por eso, le recordamos en sala de cine, quizá, viendo La Quimera de Oro y con una dama a su lado. Él sigue siendo el eterno enamorado.

El buscavidas de Paul Newman, el del rostro griego y ojos azules, sólo le hizo falta encontrarse en su camino a la rubia Joanne Woodward. Aún caminan juntos.

Charles Boyer no soportó levantarse y que ella no estuviera a su lado. Lo tuvo claro. La siguió.

Carole Lombard y Clark Gable ríen ahora juntos todo lo que no pudieron en vida.

Lo de Liz Taylor tiene miga. Sin embargo, con el único que repitió fue con el británico de voz grave, Richard Burton. Pobre George, Pobre Martha…, triste, triste, triste…, fueron los que mejor cantaron ¿Quién teme a Virginia Woolf?

A Meryl Streep se le quedó la cara lánguida, triste y bella cuando perdió a un John Cazale que era grande.

El italiano mediterráneo, dejémonos llevar por los tópicos, Marcelo Mastronianni pudo abrir puertas de hielo en el corazón del rostro siempre frío pero bello de la francesa Deneuve.

Y seguimos con la sangre italiana, quizá, a Pier Angeli nunca se le olvidó el sonido de una moto, la del rebelde Dean. Nunca supieron lo que pudieron vivir juntos.

Al cómico por excelencia, Cary Grant, se le cayeron los anillos y quedó prendado de una exuberante Sofia Loren. Ese momento seguro que no lo recordó divertido.

Una Sara Montiel perdida en Hollywood encontró dicen a un amante fogoso con cara de Gary Cooper y a su primer marido, claro, tenía que ser un director que mostró su mirada en cine negro y western, Anthony Mann.

El Tarzán, de siempre, el de blanco y negro, Johnny Weismuller vivió un romance de los tórridos, de los de ni contigo ni sin ti, con la mexicana Lupe Vélez.

Un joven Warren Beatty, cuando era el soltero de oro, suspiró por el amor no correspondido de la británica Julie Christie, que nunca se sintió estrella. O quizá no quiso. Y dejó a un Beatty, de los setenta, en una montaña, viéndola marchar para siempre…

Y, el viaje es interminable por una cadena de corazones rotos…, o no.