Moscú no cree en las lágrimas (Moskva slezam ne verit, 1980) de Vladimir Menshov

Nada, absolutamente nada conocía de esta película. Me la compré porque me llamó la atención su título. Me gustó. Luego empecé, como hago siempre, a informarme sobre ella en la Red y poco encontré. Se la menciona sobre todo porque se llevó el oscar a la mejor película extranjera en 1980 y por su popularidad en Rusia o en Cuba. La sinopsis me seguía llamando la atención. Me gusta enfrentarme a estas sorpresas, sentarme a ver una película de la que no tengo ni idea ni del director, ni de los intérpretes ni de nada de nada.

Y la sorpresa ha sido bonita e interesante. He podido disfrutar de una película tierna y humana pero también de un documento histórico y sociológico sorpresivo (por desconocimiento, claro está). En la película transcurren 20 años, comienza en 1958 y termina en 1978. El periodo histórico que abarca es la etapa del gobierno de Nikita Jrushchov y posteriormente de Leonid Brézhnev. Abarca una etapa de destalinización del primer dirigente y estancamiento o aversión al cambio del segundo y entre medias el periodo de una cierto desarrollo económico y social.

La película es una tragicomedia que no trata asuntos políticos sino humanos y se detiene en la historia de tres amigas, tres jóvenes que nos las encontramos en una residencia femenina y las acompañamos desde la veintena hasta que casi cumplen  los cuarenta: ellas son Katerina, Liudmila y Antonina. Las tres viven en Moscú y las tres durante veinte años conviven con sus alegrias y penas además de tratar siempre de buscar la felicidad a pesar de las dificultades.

Así la película sorprende por su frescura y porque de alguna manera es capaz de retratar a sus personajes con gran cariño en sus momentos más felices y en los más desgraciados, sin embargo, siempre prevalece la ternura de los buenos momentos y es un bello canto a la amistad.

Sorprende porque termina siendo una película universal y un reflejo de aquellos años que curiosamente puede trasladarse a otros lugares del mundo que en su momento se sintieron identificados con las vicisitudes de las tres heroínas. Así como las cuestiones que trata dejan perpleja a una cuando se plantean temas que se podrían creer superados en un sistema comunista —habiendo diferencias claras— y se plasma claramente que no es así. En ese Moscú de los años cincuenta existen las clases sociales y sus diferencias, en ese Moscú hay mujeres que sienten que su futuro será mejor si consiguen una buena boda, en ese Moscú se combate contra la soledad, en ese Moscú hay problemas y dependencias como el alcoholismo, en ese Moscú las heroínas sueñan con enamorarse y formar una familia, en ese Moscú se sueña con el éxito y la fama, en ese Moscú también se produce la inmigración del campo a la ciudad en busca de oportunidades y prosperidad social y económica, ahí también es dura —aunque con más facilidades y menos estigma social que en otras culturas en aquellos años— la situación de una madre soltera, en ese Moscú las familias quieren comprarse una televisión a plazos, conseguir un hogar cómodo y comprar un buen coche…

La protagonista absoluta, una de las tres amigas, Katarina, madre soltera, sustituye su soledad y su desolada situación personal por la superación profesional. Katarina muestra que la igualdad de género en el trabajo sí fue una realidad en la Unión Soviética y narra como una obrera prospera hasta convertirse en la directora de una fábrica. Pero la sorpresa es mayúscula cuando descubrimos que ahí también los hombres siguen teniendo una mentalidad patriarcal, es decir, el hombre siente que tiene que ganar más dinero que la mujer amada o tener un cargo superior y que si ocurre lo contrario puede haber problemas… Y ésa es una dificultad que encuentra Katarina cuando, por fin, encuentra al hombre de su vida. Sin embargo, como tragicomedia, los personajes superan la barrera.

Por otra parte, también asistimos al desarrollismo, que también se produce en la URRSS, de los años cincuenta, sesenta y setenta, así las heroínas evolucionan en su situación socioeconómica. Por supuesto, me llamó la atención el reflejo del mundo laboral en las fábricas (el otro día escribí un post sobre el tema así se podría también incorporar también Moscú no cree en las lágrimas). Otra visión interesante es el inicio en la URRSS de la televisión y cómo se ve como un instrumento que evolucionará en el futuro hasta tal punto que hará desaparecer el cine, los libros, el teatro…¡¡¡en veinte años!!! Es divertido porque esta reflexión aparece tanto en los años 50 como en los 70 y lo escuchan distintos personajes…, y todavía, ¡¡¡y gracias!!!, continúa el cine, el teatro, los libros…

Moscú no cree en las lágrimas no sólo cuenta con la interesante interpretación de las tres amigas (Vera Alentova, Irina Muravyova y Raisa Ryazanova) sino también con un buen reparto masculino donde sobre todo llama la atención el carisma de Aleksey Batalov. Cada uno de los personajes tiene una personalidad determinada y a cada uno de ellos les tomas un gran cariño. Así disfrutamos del paso de los años de las tres protagonistas entre situaciones cotidianas y de intensa emoción, entre lágrimas y risas. Momentos preciosos de reuniones y comidas en la casa de campo, en los comedores, en la residencia femenina, en bodas, en pequeñas fiestas privadas…, donde sus personajes tratan, como todo el mundo, de encontrar aquello que les hace felices. Al final lo que cuentan son las buenas amistades, las reuniones agradables, las esperanzas e ilusiones, el amor si se encuentra…

Una de las canciones que aparece varias veces en su banda sonora es el universal bolero Bésame mucho en escenas claves de la trama. Escenas que marcarán la existencia de Katerina. Su director Vladimir Menshov, en los extras del dvd, cuenta como era una película de presupuesto mínimo y cómo todos se vieron sorprendidos por el éxito mundial de la película y su carrera hasta los Oscars. Menshov también es actor y últimamente cosechó éxito como intérprete al ser uno de los protagonistas de una saga de cine fantástico ruso —género no muy visitado por estos lares— que fue todo un taquillazo en su país de origen (Guardianes de la noche y Guardianes del día).

Moscú no cree en las lágrimas ha sido una agradable sorpresa con happy end incluido.

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La cinta blanca

Aviso: Si aún no has visto la película, te aconsejo que no leas este post, desarrollo partes de la trama. 

Hacía tiempo que una película de estreno no me dejaba tan embelesada. Así me sentí ayer ante la pantalla enorme con la sucesión de imágenes que encadena el director y guionista austriaco Michael Haneke. Porque La cinta blanca no es sólo lo que cuenta, el fondo, sino cómo el cineasta lo plasma a través de una narración cinematográfica portentosa.

Y sí así voy empleando adjetivos enormes que me ayuden a describir lo que sentí ante la nueva obra del realizador. Mi relación con Haneke es curiosa o me encanta o me desagrada profundamente pero nunca me deja indiferente y sobre todo me deja días y días reflexionando sobre lo que he visto. Hasta ahora la película que más veces había visto del realizador y que más mella me había producido…, y que me encanta, era Código desconocido. Ahora añado La cinta blanca. Tanto Caché, como la versión alemana de Funny Games y La pianista (aunque juré no volver a verla de nuevo) siempre me dejan preguntándome cosas o mi cabeza da vueltas a mil y una interpretaciones, análisis y respuestas.

Además del análisis que permite La cinta blanca, Michael Haneke nos lega una historia visual de gran belleza. Sólo por sus imágenes, que alcanzan unos niveles de hermosura que casi dañan el corazón y la vista, merece la pena. Tras esa belleza, y ése es quizá el impacto más impresionante, se esconde la podredumbre de una sociedad enferma.

Haneke nos traslada a una pequeña localidad protestante del norte de Alemania poco antes de que se desencadene la I Guerra Mundial. El director opta por un blanco y negro impecable porque como explica en una entrevista, es en blanco y negro —tanto las fotografías existentes como las imágenes en movimiento— tal y como nos han llegado todos los acontecimientos relacionados con esta época. Y además el blanco tiene gran importancia en toda la narración como deja claro en una de las escenas el inflexible pastor a sus hijos mayores: “De pequeños, vuestra madre a veces os ataba una cinta al brazo o en el pelo. El color blanco debía recordaros después de cometer una falta, la inocencia y la pureza. Yo creía que a vuestra edad, la virtud y la rectitud habrían llenado vuestros corazones, lo suficiente para dispensaros de estos recordatorios. Pero estaba equivocado. Mañana, después de que os purifiquéis mediante el castigo, vuestra madre os atará una cinta blanca que llevaréis hasta que vuestro comportamiento nos permita volver a confiar en vosotros”. La blancura impregna la película pero Haneke nos va descubriendo, como si fuera una película de terror clásica que sugiere más que muestra, que esa pureza y esa inocencia están podridas.

Así Haneke descubre cómo detrás de cada uno de los personajes de esta película coral se esconde la represión, la humillación, la violencia física, psíquica y verbal, la sumisión, el castigo, la venganza, el complejo de culpa, la desolación, la tristeza, la muerte, la difamación, la vigilancia extrema, el miedo, las apariencias, la no aceptación del diferente…, y este espíritu enfermo envuelve cada rincón de la localidad y va cubriendo el corazón y los cerebros de adultos y niños, los hombres y mujeres del futuro. Ante esta radiografía escalofriante de una sociedad enferma y ante el anuncio inminente de una I Guerra Mundial no cuesta pensar el futuro de la historia y cómo se comportará un pueblo sumido en la enfermedad de la violencia, la culpabilidad y el castigo. No cuesta pensar de dónde surgirá el odio…

El director austriaco además emplea la voz en off y nos cuenta la serie de extraños acontecimientos que ocurren en la localidad poco antes de la guerra a través de la voz de un hombre anciano, el maestro foráneo, casi en forma de fábula. El maestro recuerda. El maestro sí que es un hombre de mirada limpia e inocente por eso nos narra esta historia desde el distanciamiento, desde la extrañeza de un hombre que todavía se pregunta qué pudo ocurrir y por qué. Que todavía se pregunta por qué los seres humanos que habitaban aquel lugar se pueden comportar de determinada manera. Y lo cuenta con pureza y exactitud. En blanco. Como cuenta su historia de amor con Martha, la tímida, bella y reprimida niñera del barón y la baronesa, de los terratenientes del lugar.

Haneke se centra en dos mundos: el de los adultos sin nombre pero sí con cargos y papeles determinados en su comunidad y red de relaciones (El médico, la comadrona, el maestro, el granjero, el pastor, el tutor, el administrador, el barón, la baronesa…) y los niños, los pequeños, el futuro, cada uno de ellos con un nombre propio (Anna, Klara, Martin, Rudolf, Karli, Sigmund…). Unos niños capaces de protagonizar las escenas más bellas y tiernas y también de estar presentes de manera amenazadora y terrible ocultando un trasfondo negro de una cultura y una moral que absorben con dureza cada día. Tras sus rostros y cabellos rubios, y caras angelicales, se ocultan ya los primeros síntomas del monstruo del mañana, el germen y la semilla de la violencia y el odio. Todo se sugiere, nada se cuenta explícitamente.

La película sin música de fondo sólo cuando se escucha realmente en el propio pueblo (el coro de la iglesia, en las fiestas, el piano y la flauta en casa de los terratenientes…) plasma un mundo bello y tranquilo donde el tiempo transcurre despacio, sin prisa: los campos, el viento, la nieve, las casas —las humildes y las menos humildes—, la iglesia, la escuela, los niños…, un mundo que se va llenando de extraños acontecimientos. Un accidente provocado del médico mientras monta a caballo, un campo de coles absolutamente destrozado, el incendio de un granero o el horrible maltrato que sufren dos niños… diferentes por distintas circunstancias (el niño aislado y rico, el niño inocente con síndrome de down)…

Así Haneke va demostrando que todos los habitantes ocultan una historia dura, triste y gris y que todos pueden ser culpables del estallido de esta violencia hasta el momento contenida. El director austriaco va desarrollando como en el pueblo además se genera un ambiente de sospecha, miedo, perplejidad y venganza. No extraña el anuncio del estallido de la guerra.

El realizador se convierte en mago de las imágenes a la hora de ir narrando cinematográficamente su historia. De esta manera cobra importancia todo lo que ocurre detrás de las puertas cerradas, de aquello que no encuadra, los sonidos que escuchamos nos cuentan mucho, lo que no vemos a través de las ventanas…, devolviéndonos escenas de una gran fuerza. Como el castigo de los niños tras la puerta cerrada, las piernas de una mujer muerta y el dolor de un marido en la cabecera de su cama, el sexo oculto y oscuro por el hombre que cubre a la mujer sumisa, las conversaciones que no escuchamos, las puertas que esconden la muerte, la culpa y la ausencia…

Lo terrible es que esa localidad la sitúa en un momento de la historia en un país determinado. Pero lo que ocurre en esa localidad puede trasladarse a otro país y a otro tiempo. El horror sugerido no cambia. Nos cuenta el odio generado por las diferencias y el reparto injusto, lo horrible de una sociedad sometida y aquellos poderes que someten (el terrateniente y su mando casi medieval, la sumisión que provoca el pastor a través de una religión que predica el miedo al pecado y genera el sentimiento de culpa, el sometimiento brutal de la mujer en un sistema patriarcal cimentado en la violencia…). Todos son víctimas y todos son verdugos, y ésa es la gran hecatombe.

Haneke y su equipo han realizado una labor de casting envidiable donde los rostros de los personajes tienen una fuerza que se come la pantalla a dentelladas. Desde esos niños rubios y silenciosos a ratos a esos adultos que ocultan mucho más que sufrimiento y dolor. Susanne Lothar —que ya trabajó con el director en la impresionante Funny games— como la comadrona nos hace sufrir con su rostro ajado y lleno de sufrimiento sobre todo cuando tiene que lidiar toda la violencia verbal que echa sobre ella un médico cruel roto por el dolor y el hastío que le vuelve un hombre absolutamente cruel capaz de despreciar a su amante y de hacer el mayor de los daños a su hija mayor) o ese granjero (Branko Samarovski) que no aguanta la injusticia, roto por la perdida de la esposa en un accidente laboral evitable y que ve cómo su mundo se derrumba en cuestión de días ante la justificada rebelión del hijo mayor y el castigo de un terrateniente condescendiente.

El realizador austriaco deja escenas impresionantes como la conversación de Anna con su hermano pequeño sobre la muerte, como ese niño pequeño que quiere cuidar y salvar a un pajarillo y cómo posteriormente se lo regala al padre pastor al que ve triste o las lágrimas de ese niño que oculta al severo padre que se masturba en las noches solitarias o esa niña golpeada una y otra vez por la culpa que clama venganza en un ser indefenso como un pajarillo o esa niñera a la que despiden y se queda aterrorizada ante el posible castigo. Escalofriante esa baronesa abandonando al esposo harta de la violencia y que confiesa estar enamorada de otro hombre o ese barón que en la iglesia incita a toda la comunidad a que sospechen los unos de los otros hasta dar con los culpables o el descubrimiento del hijo adolescente del suicidio del padre, o ese niño que vela a la madre muerta y quiere quitarle un pañuelo blanco del rostro…

Haneke muestra belleza para contarnos una triste y dura historia del origen del horror y la violencia.

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Diccionario cinematográfico (121)

Fábricas: revolución industrial, nacen las fábricas, edificios enormes donde se produce o transforma un material. Sitio donde se produce. Capitalismo. Obreros, alienación, luchas a lo largo de los años por mejores condiciones de trabajo, seguridad, accidentes laborales, grandes espacios, relaciones entre obreros y patrones, trabajadores sin papeles, sin derechos laborales… Sitios de producción. La mano de obra olvidada o recordada.

El cine no ha sido ajeno al mundo de la fábrica.

De hecho una de las primeras imágenes proyectadas en pantalla blanca fue Salida de los obreros de la fábrica de los hermanos Lumière.

Fábrica, metáfora del hombre olvidado, hombre anónimo, hombre en cadena de producción, alienado. Una de las obras cumbres del cine mudo de Lang, un cine futurista y de futuro negro para la humanidad, es Metrópolis donde la escenografía muestra una gran fábrica donde los seres humanos son esclavos.

Uno de los genios de la comedia muda despide a su personaje universal, Charlot, en el corazón de una fábrica que le vuelve loco y deshumaniza a los obreros. Inolvidable Charles Chaplin en Tiempos modernos donde los obreros trabajan en cadenas de producción, donde se ven azotados por la crisis de los años 30…, delirante la escena en la que prueban con el obrero Charlot una máquina para que el obrero siga produciendo mientras come…

Así nombrando a la anterior no puedo olvidar a una pequeña joya del cine francés de 1931 del realizador René Clair, ¡Viva la libertad!, donde gran parte de la trama transcurre en una fábrica donde vuelven a reunirse dos amigos que vivieron en un pasado encarcelados. Uno es el famoso empresario que dirige la empresa, el otro es un trabajador que se sitúa entre los dos mundos: trabajadores y patrones. Y me he acordado porque una de las acusaciones que le cayó a Chaplin con sus Tiempos modernos es que había plagiado esta película, ante esta ridícula acusación para desprestigar el trabajo del director, fue el propio Clair quien la zanjó diciendo que se sentía halagado si de alguna manera había inspirado al maestro.

Tampoco se puede olvidar la representación de la lucha de clases y el nacimiento de la lucha obrera en el cine silente soviético. No hay más que repasar la filmografía de Eisenstein o de Pudovkin para visitar todo un abanico de fábricas, injusticias, luchas y huelgas. Recordemos títulos como Huelga (1924) del primero o La madre (1926) del segundo.

Dentro de un cine contestario de respuesta política o social, es decir, el cine como reflejo de problemáticas y como expresión de planteamientos intelectuales e ideológicos y de denuncia ha dado como resultado toda una serie de películas que se desarrollaban en los microcosmos que suponen las fábricas.  También las fábricas sirven para describir la vida de los obreros, algunos de ellos solitarios y tristes arrastrando toda una vida de problemas. También nos encontramos con la dureza de trabajadores de fábricas que cierran y deben afrontar el paro.

Así podemos ver títulos de índole distinta donde la fábrica y sus trabajadores están presentes:

La descripción más dura y bestial de un capitalismo salvaje y sin concesiones para los trabajadores aparece de la manera más cruda en La tierra de la gran promesa del polaco Wajda.

La realidad de cierre de las fábricas en épocas de crisis y las condiciones en las que se quedan los trabajadores parados se refleja de distinta manera en la divertida y tierna Full Monty (1997) de Peter Cattaneo o de manera trágica y realista con toques de humor en la española Los lunes al sol (2002) de Fernando León.

Durante los años 70 y 80 hubo un determinado cine americano que narraba la lucha para la obtención de los derechos laborables de los trabajadores en las fábricas. Así se popularizaron películas como Norma Rae (1979) de Martin Ritt, Silkwood (1983) de Mike Nichols o El síndrome de China de James Bridges en 1978 (estas dos últimas películas ambientadas en centrales nucleares y cómo estos edificios no velan por la seguridad de los trabajadores y la comunidad donde se han construido)…

Películas que narran tristes vidas de obreros atrapados entre cadenas de montaje que no pueden volar hacia otros límites o ver cumplidos sus sueños. Desde Finlandia llegó la melancolía de La chica de la fábrica de cerillas (1990) de Kaurismaki. La española Isabel Coixet cuenta la historia de una trabajadora de una fábrica que prefiere una rutina perfecta en una cadena de montaje que enfrentarse a un pasado duro en La vida secreta de las palabras (2005).

También hay fábricas de otra índole. Escenografías enormes o más pequeñas, de empresas familiares, que han dejado escenas para el recuerdo. Todavía queda en la memoria cinéfila la super escena romántica y machista de un chulesco Richard Gere que va a rescatar a una Debra Winger de su vida en una fábrica y se la lleva de ahí en brazos en Oficial y caballero. O es imposible olvidar, en sus dos versiones tanto la de 1971 como la de Burton en 2005, esa especial visita que hace un niño Charlie a una fábrica de chocolate absolutamente delirante, mágica…, y cruel. El padre de Benjamin Button en la última película estrenada de David Fincher es el dueño de una próspera y pequeña fábrica de botones que nos regala momentos mágicos. Las distintas versiones de Carmen nos deja también visiones en fábricas de cigarrillos o fábricas de paracaídas (en la versión de Otto Preminger, el musical de Carmen Jones para mayor gloria de una espectacular Dorothy Dandridge). También, hay escenas escalofriantes en la fábrica de Schindler, hombre que logra salvar a varios judios de una muerte segura en los campos de concentración llevándoselos como mano de obra barata para una fábrica que abre en Cracovia…

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Demonios en el jardín (1982) de Manuel Gutiérrez Aragón

Dice el proyeccionista del pueblo que las buenas películas son en blanco y negro. A Juanito le encanta la cabina de proyecciones.

Años 50. Entre el NO DO y la vida de posguerra, Silvana Mangano baila el bayon, por supuesto, en blanco y negro. Y el cine del pueblo se llena.

Todo empieza en una boda.

Una familia que se enriquece con el estraperlo y tiene la tienda de la localidad El jardín.

Dos hijos mimados. Falangistas.

Dos mujeres de armas tomar y ambas caen en las redes de un mismo hombre, el señorito inútil que se va de la casa tras discutir con el hermano mayor y parece que se convierte en el hombre de confianza de Franco y no hace más que pedir dinero.

Su hermano siempre quiere matarle y siempre le pide perdón. Son cosas de familia. Las envidias de siempre. Ahí está la madre para manejar los hilos cuando puede.

Pero quien maneja y maneja es el nieto, el ilegítimo, el niño enfermo pero que apunta maneras de hombre listo. Logra crear todo un mundo a su alrededor. Un mundo debajo de su cama. Y a su madre… que ni la toquen.

El niño consigue que su madre, su tía y su abuela se desvivan, se desvelen y cumplan sus deseos.

Él quiere conocer al padre al que cree poderoso.

Y su búsqueda se desinfla cuando descubre que su padre, el señorito, el que va dando tumbos y dejando noticias de que es un hombre grande, es el camarero del generalísimo.

Pasiones, secretos, rumores, amores…

Y una Ángela Molina de melena larga y ojos inyectados en sangre. Y por supuesto la voz rasgada. Siempre rebelde, siempre bella. Nunca sumisa.

Ana Belén cual figura de cine negro, no sólo sabe contar historias-películas, fumar cigarrillos, sino que con vestido negro empuña una pistola mejor que nadie.

Las enemigas se vuelven amigas. Al fin y al cabo el hombre de sus desvelos, es un galán de capa caída. Un inútil. Un Imanol Arias que empieza a despuntar.

De fondo, siempre un toro fiero.

Y una abuela que sabe de apariencias, de rumores y cotilleos. Y que maneja los hilos cuando puede. Ella es una Encarna Paso vestida de negro y moño. Mujer tremenda.

Al final fotografía familiar.

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Marlon ha muerto

No el actor.

Marlon, mi gato.

Le puse ese nombre por Marlon Brando porque la primera vez que le vi me pareció tan guapo que me vino a la cabeza enseguida el nombre del actor de Un tranvía llamado deseo o La ley del silencio.

A Marlon Brando, el actor, le encantaban los gatos.

Así que espero que acoja a mi gato Marlon y le cuide. Estoy casi segura de que se caerán bien. Se gustarán.

Con mi gato Marlon he vivido momentos bonitos. Me ha dado mucho y le estoy muy agradecida. Tengo recuerdos de casi nueve años de convivencia. Si tengo que definirlo diría que era un gato bueno. Y tenía una mirada…

Hoy he llorado bastante pero también me he reído cuando me han venido a la memoria miles de recuerdos.

Sé que sólo es un gato pero no lo puedo evitar.

Sentirme un poquito rara en casa porque al abrir la puerta no aparecerá enorme, gigante…, porque ya no se me subirá encima para que le acaricie y le de mimos. Porque ya no me pedirá comida.

Bueno, veíamos muchas películas juntos, con mi otra gata Sally (ya saben de Sally Bowles de Cabaret. Mi gata Sally, que es despierta, inteligente e imaginativa como la Bowles, ha sentido que algo extraño ha pasado y está apagadilla a mi lado) así que creo que habrá ido a mi Olimpo particular y ya está pidiendo comida a Marlon Brando o ya está cuidando de Carole Lombard o estará mirando con mirada fija y tímida a John Garfield.

Un beso a todos y en especial a Marlon.

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Jude Law en la marquesina del autobús…

Nevando y nevando esperaba yo un autobús y de pronto en la marquesina estaba él. En enorme fotografía en blanco y negro. La publicidad acude a menudo a los actores y a las actrices de Hollywood y ellos prestan su imagen. Yo a veces ni me acuerdo de lo que anuncian pero les veo en otra faceta. No crean, me he sentido a gusto mirando la foto de Law, qué guapo.

A veces, me viene a la cabeza la imagen de un Bill Murray, estrella apagada, que acude a Japón para realizar anuncios que es como si fuera el final de su carrera. ¿Lo recuerdan en Lost in traslation?

Sí, a veces, los anuncios aprovechan estrellas del pasado para alimentar la nostalgia. Como ejemplo me viene a la cabeza ese Bud Spencer que va pegando mamporros a diestro y siniestro a todo aquel que ve por la calle porque no puede sacar dinero de un cajero. Como en los viejos tiempos.

Otras veces la publicidad aprovecha incluso aquellos actores que ya son iconos y que, por supuesto, hace tiempo que nos dejaron. Marilyn Monroe, Steve Mcqueen incluso Bruce Lee se volvió de nuevo popular con ese anuncio donde decía frase encriptada que todo el mundo repitió:”Vacía tu mente. Líberate de las formas. Como el agua. Pon agua en una botella y será la botella (…) Sé agua, amigo”.

Los perfumes crean con actrices pequeñas películas, algunas de una calidad exquisita, la primera que me viene a la cabeza es Nicole Kidman en esa breve historia de actriz famosa cansada que huye a casa de un bohemio con cara de bello Rodrigo Santoro. Este año encantada cada vez que aparecía ese encuentro apasionado de Kate Winslet con un desconocido en un puente o viajando junto a Andre Tautou en su viaje hacia al amor.

Algunos directores se sacan de la manga anuncio de Freixenet con reminiscencias hitchckonianas… ¿recuerdan la mini historia de Scorsese? Ese concierto donde en un palco transcurre una misteriosa trama. Por cierto, Freixenet durante años contó con una galería de estrellas que nos felicitaban el año…

George Clooney es el rey tan pronto le vemos en anuncio cinematográfico de bebida alcohólica como anunciando una máquina para hacer café…, e incluso se acompaña de Malkovich en las puertas del cielo. Eso sí nunca pierde el sentido del humor.

Hay otras estrellas que son eternas…, así parece que por Andie McDowell no pasan los años anunciando siempre productos para mantener su belleza. O esa Jane Fonda que nunca envejece o mejor dicho que se conserva estupendamente.

O, de pronto, un actor dramático como Jonathan Rhys Meyers nos sorprende no sólo mostrando que no está nada mal sino que también sabe bailar y mover muy bien el esqueleto. ¿Y qué me dicen de los anuncios de Charlie Theron y Scarlett Johanson explotando totalmente su lado más sexy?

Como ven los actores y actrices de Hollywood no sólo viven de películas…, y aquí servidora…, suspirando por una fotografía en blanco y negro…, sin ver ni lo que anuncia ese Jude Law que te mira fijamente a los ojos.

¡¡Ahhh!!! Se me olvidaba, este matrimonio entre publicidad y estrellas lleva muchos años en funcionamiento.

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La conquista del oeste (How the west was won, 1962) de Henry Hathaway, John Ford, George Marshall

La conquista del Oeste fue un espectáculo especial absolutamente pensado para aprovechar las posibilidades técnicas de un nuevo sistema para hacer películas con una proyección especial en pantalla gigante a través de tres proyectores. Este sistema era el cinerama. Un adelanto técnico pensado para competir con el mayor rival del cine en los años 50 y 60, la televisión. Los estudios pensaban sistemas para atraer a los espectadores y que pasaran una tarde en el cine y no delante de la pantalla pequeña. Ahora se recupera esta película en una edición especial en DVD.

Así que con La conquista del Oeste no se escatimaron recursos, además de los avances técnicos, se aprovechó para llevar a pantalla una película épica y espectacular sobre el Oeste y su historia a través de generaciones de la familia Prescott. Largo metraje y toda una galería de estrellas al servicio de las imágenes más espectaculares además contaron con dos grandes directores y un buen artesano John Ford, Henry Hathaway y George Marshall  para narrar los diferentes segmentos de esta mega historia. También se escucha a un narrador de lujo que ofrecía su voz y unía los distintos segmentos, Spencer Tracy. Otro asunto que no descuidaron en absoluto fue la banda sonora a cargo de Alfred Newman, uno de los imprescindibles.

Como ven el adjetivo más empleado hasta ahora es espectacular. De eso se trataba. Y el western era el género apropiado para poder crear escenas que hicieran vibrar al público en sus butacas y pudieran sentir ‘el adelanto tecnológico’, la grandiosidad que ofrecía el cinerama en proyección en pantalla gigantesca. Así que La conquista del Oeste introduce todos los ingredientes imprescindibles del género: descenso peligroso por un río con rápidos trepidantes, caravana de colonos hacia California con emocionantes persecuciones de indios, grandiosa construcción del ferrocarril, estampida alucinante de bisontes, escenas de batalla de la guerra civil americana, asalto y persecución en un tren a toda mecha…

La conquista del Oeste también recrea todo tipo de personajes identificables en la mitología del género y también enlaza con presteza momentos emocionantes con momentos íntimos. No es una película original de este género ni aporta nada nuevo sino que bebe más bien de esta mitología creada para que sirva como fin de este adelanto técnico y para que el público disfrute a tope.

En esta recreación de la historia del Oeste, desde el punto de vista de los colonos y de la creación de una nación virgen, los directores se encargan de cinco segmentos diferentes que estructuran la película. Destacaría que cuenta una historia épica pero muestra la dura vida de aquellos que conquistaron, hombres y mujeres, fuertes que sobrevivían a los cambios; la muerte era un compañero de viaje habitual. También señalar que a pesar de que los indios aparecen como colectivo y como meros secundarios, sí se muestra que fueron los colonos, la construcción de trenes, los nuevos asentamientos los que fueron arrebatando tierras e historia a los pueblos indios. Y que aunque hubo intentos de acercamiento y momentos de paz, el hombre blanco arrasó. También destaca cómo habla de la guerra civil, que no fue el momento de gloria que muchos esperaban, sino una triste, cruel y dura guerra entre el Norte y el Sur. Estos segmentos son Los ríos, Las llanuras, La guerra civil, El ferrocarril y Los forajidos. Henry Hathaway se ocupó de dar vitalidad y garra a Los ríos, Las llanuras y Los forajidos. Un John Ford inspirado muestra el horror y la poca heroicidad y gloria que supone una guerra en La guerra civil, y George Marshall dirigió El ferrocarril con la impresionante estampida de bisontes.

Todos estos segmentos siguen las andanzas de la familia Prescott centrándose en los destinos de dos de las hijas del matrimonio formado por Zebulon (Karl Malden) y Rebeca (Agnes Moorehead). Son unos cincuenta años de historia. Las hijas después de quedarse huérfanas toman rumbos distintos: Eve (Carroll Baker) se queda asentada en las tierras donde murieron sus padres y une su destino con un cazador, un fuera de ley, que deja su vida itinerante por ella. Ambos sacan adelante una granja y la vida es dura. Él es Linus (James Stewart), un hombre aventurero que decide asentarse por amor, posteriormente sabemos que el antiguo aventurero tiene que luchar en la Guerra Civil.

La otra hermana, Lilith (Debbie Reynolds) no puede quedarse quieta y se convierte en una exitosa chica de Saloon que va de un espectáculo a otro. Ahí conoce a un jugador de póquer, un hombre atractivo que siempre tiene una apuesta a punto (Gregory Peck). Sus vidas se unen para siempre cuando emprenden un viaje hacia California. Ella para heredar una mina de oro…, y él para ver que puede sacar de provecho… Pero el amor llama a ambas puertas.

Eve y Linus tienen dos hijos, uno de ellos, será como su padre no puede estar quieto en un sitio concreto. Se llama Zeb (George Peppar) y no sólo vive el horror de la guerra civil sino que después como miembro del séptimo de caballería vive la dificultad para mantener la paz entre el hombre blanco que arrasa las tierras con los trenes y las nuevas ciudades y los indios que ven cómo van perdiendo terrenos y cotos de caza. Sus andanzas ante la desilusión que vive por no poder mantener la paz le llevan a convertirse en Sheriff de esas nuevas ciudades que nacen sin ley alguna. Estas poblaciones sufren las luchas entre los ganaderos y los agricultores, y también los fuera de ley que roban y matan para conseguir sus objetivos. Zeb tiene difícil encontrar la tranquilidad para su familia. Finalmente, unirá su destino a una viuda y fuerte tía Lilita que posee un rancho al que hay que sacar adelante. Y ella, por supuesto, cuenta con Zeb…

El reparto combina apariciones de grandes actores habituales en películas del Oeste como James Stewart, Gregory Peck, un John Wayne grande o un Henry Fonda en papel agradecido como un hombre fuera de ley, solitario y cazador, que vive en las montañas y se entiende con los indios, antiuo conocido de Linus y consejero de Zeb. Con secundarios de Oro como Walter Brennan, Lee J. Cobb, Richard Widmark, Robert Preston, Thelma Ritter, Andy Devine o Raymond Massey. Y con jóvenes promesas que en aquellos momentos eran un reclamo para un público ávido todavía de nuevas caras: la rubia que se quedó en promesa Carroll Baker, el joven George Peppard que empezó con fuerza en la gran pantalla y se desinfló al poco tiempo con la caída de los estudios, Debbie Reynolds reina del musical se enfrenta a papel serio de vital chica de Saloon y no decepciona o un secundario Russ Tamblyn en alza desde West Side Story que deja la danza a un lado para enfrentarse a un rol dramático, breve pero intenso.

Preparense en su sillón…, no conseguiremos el efecto de proyección en pantalla gigante, pero entenderemos su espectacularidad. Una historia entretenida aunque no redonda y la oportunidad de ver todo un elenco de estrellas. Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.  

Jean Arthur

Rubia, de voz profunda, cara agradable. Jean Arthur, a pesar de sus famosas inseguridades y miedos escénicos, era capaz de convertirse en actriz versátil. Fue reina de las screwball comedies de Frank Capra…, y de muchos otros.

Hay una hermosa coincidencia en su carrera que tiene que ver con el western. La lanzó en el cine mudo John Ford, el futuro director de películas del Oeste, en Sota, caballo y rey (1923). Al no encontrar papeles atractivos en pantalla siguió su carrera en Broadway. Ya en el sonoro de nuevo Ford la hizo destacar en una de sus escasas comedias alejadas del Oeste, se trataba de Pasaporte a la fama (1935) donde la rubia trabaja junto a Edward G. Robinson y ya muestra sus dotes para ser una mujer divertida, irónica y moderna. Su siguiente éxito será en un western espectáculo a lo Cecil B. de Mille que la empareja con el hermoso Gary Cooper en Buffalo Bill…, ella por supuesto, es Calamity Jane. De nuevo visitará este género en los cuarenta junto a William Holden en la olvidada Arizona…, y la actriz de comedia, cierra su carrera  en 1953 con una película del Oeste mítica, dirigida por uno de sus directores fetiche, George Stevens, la famosísima Raices profundas, su papel popularmente más recordado. En 1923 abre su carrera con Ford, treinta años más tarde abandona el cine con una buena película del Oeste.

Sin embargo, entre medias Jean Arthur fue una actriz popular, una estrella de la comedia. Y su año fue sin duda 1936 cuando trabaja por primera vez con Frank Capra que exprime toda la comicidad de Arthur como periodista que engatusa a un inocente y bello Gary Cooper, recien heredero millonario que le sobra mucho pero que mucho corazón. La Arthur, mujer dura y sabia de la vida, después de manipularle un poco, se enamora de su inocencia y admira su filosofía de vida…, le coge de la mano y le guía a sobrevivir en la gran ciudad. La comedia se tituló El secreto de vivir.

La screwball comedy es su género y al año siguiente Mitchell Leisen la convierte en protagonista de Una chica afortunada. De nuevo comedia de enredo tremendamente divertida donde Arthur, una chica trabajadora y humilde y con un punto de locura, entra en contacto, por casualidades de la vida, con un famoso banquero…, y también más tarde con su hijo. La Arthur genial en todas las situaciones absurdas de la trama. Curiosamente, ese mismo año protagoniza película de romanticismo extremo junto a Charles Boyer que se encuentran en un barco en Cena de medianoche de Frank Borzage (película que tengo ganas de ver).

Los dos años siguientes trabaja bajo las órdenes de Capra en dos comedias absolutamente geniales: Vive como quieras donde Arthur es miembro de una familia alocada que vive como quiere, una preciosa filosofía de vida y Caballero sin espada donde se convierte en la secretaria cínica del inocente senador. En ambas su pareja fue James Stewart, que especialmente en la segunda está grande en su interpretación.

El gran realizador Howard Hawks toma a Arthur como una de las protagonistas femeninas del drama Sólo los ángeles tienen alas, película mítica de un grupo de pilotos que arriesgan cada día sus vidas. Y en este mismo año 1939 también fue una de las aspirantes al papel del siglo, el de Scarlett O’Hara para Lo que el viento se llevó.

En el año 1942 comienza su colaboración con el director George Stevens que dirigió a la  actriz en otras dos notables comedias, pero bastante olvidadas, El asunto del día y El amor llamó dos veces. Por la segunda logró su única nominación a los Oscar.

Jean Arthur ya iba espaciando cada vez más sus apariciones cinematográficas y dedicando su vida a otros asuntos (se dedicó, sobre todo, al teatro, a la televisión y se convirtió en profesora de interpretación), sin embargo, tuvo tiempo de aparecer en una genial comedia de Wilder en 1948, y bastante olvidada, Berlín-Occidente en la cual Arthur vuelve a ser una mujer divertida, una americana de ‘principios’ pero con corazón de oro que choca con una electrizante Marlene Dietrich. Una película que se situaba en un Berlín destruido y derrotado.

Y como dije al principio se despidió de la profesión con Raíces profundas. Como mujer granjera que cuida de su familia, de su tierra y de su casa…, un día llega Shane, y la vida cambia para todos.

Siempre quedará la melena rubia (que se tiñió de este color al principio de su carrera cinematográfica) y su voz profunda. Siempre quedará una Jean Arthur capaz de reírse de la vida y vivirla intensamente en sus comedias.

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Margarita Cansino y Norma Jean, metamorfosis de estrellas y tristes casualidades

Me estoy volviendo a leer Si aquello fue felicidad… que recorre la vida, no muy afortunada, de una de las sex symbols de los cuarenta, Rita Hayworth que antes fue Margarita Cansino.

Margarita Cansino se metamorfeó en Rita en un cambio de imagen y modales increíble. Nada tienen que ver esas fotografías de una jovencita que danza bailes españoles de larga y abundante cabellera morena con frente pequeña por la cantidad de pelo que posee.

Y me viene a la cabeza las imágenes de Norma Jean, jovencilla saludable y rellenita que se transformó en la venus rubia más deseada y sexy, Marilyn Monroe.

Ambas actrices no llamaban la atención antes de convertirse en las estrellas que fueron. Eran chicas jóvenes con la belleza de esos años…, sin embargo, ambas tenían una cualidad única: el objetivo de la cámara las adoraba y con unos cuantos cambios estéticos el idilio con la cámara era sorprendente. Se transformaban en todos los sentidos.

Y ambas fueron primero una creación publicitaria…, las lanzaron antes de demostrar que además tenían cualidades como actrices. Ambas fueron consideradas ‘propiedad’ absoluta de grandes estudios (una Columbia, otra la Fox) y vivieron relaciones laborales tormentosas.

Cuando la cámara dejaba de mirarlas, ellas volvían a ser las chicas tímidas y frágiles. En la pantalla eran divas, mujeres inalcanzables, de una hermosura especial. En la vida diaria eran mujeres con el alma partida en pedazos, frágiles.

De Rita se enamoró el niño terrible Orson Welles y de él es la frase Si aquello fue felicidad…, refiriéndose que si los años más felices de la artista fueron los que pasó a su lado… ¡¡¡cómo serían los peores!!! La estrella siempre se quejaba de que los hombres creían que se acostaban con Gilda pero se levantaban con ella. Welles no trajo la estabilidad y la calma. También Welles quizá sólo se enamoró de la diosa de la pantalla y cuando se enfrentó a la mujer frágil, de carne y hueso, no supo relacionarse con ella. Algo similar le ocurrió a la Monroe, que también unió su vida al intelectual Arthur Miller, que también quedó cautivado por la imagen y la divinidad de la estrella pero no tampoco supo enfrentarse a la realidad, una Norma Jean frágil.

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Diccionario cinematográfico (120)

Sensualidad: pero la sensualidad que tiene que ver con las sensaciones de los sentidos y relativo sobre todo al deseo sexual. El séptimo arte durante años tuvo vedada la sexualidad explícita, así que los guionistas, directores, actores y actrices, directores de fotografía se volvieron expertos en el arte de la sensualidad dejándonos momentos de alto nivel erótico. Aún hoy es más fuerte el impacto de una escena sensual que una sexual.

Y toda esta reflexión vino a partir de una escena de La edad de la inocencia donde Archer quita un guante a la condesa Ellen…, que parece totalmente que la está desnudando dentro de un carruaje y es fuerte la sensualidad que despierta en el espectador.

Seguimos con el juego de los guantes y no vamos a irnos a Rita y su guante negro en Gilda que ya todos lo recordamos, sino que vamos a visitar a Marlon Brando y Eva Marie Saint en La ley del silencio…, cuando Brando juguetea con uno de los guantes de ella. Y Eva trata de quitárselo. Toda la escena cuenta con una sensualidad latente de gran atracción entre dos personas que empiezan a conocerse.

Hace un año vi uno de esos melodramas de Bette Davis y me pareció el colmo de la sensualidad cada vez que Paul Henreid (sí, el marido de Ingrid Bergman en Casablanca) encendía dos cigarros uno para él y otro para su pareja en La extraña pasajera.

Vuelvo al cine de época y nunca podré olvidar las escenas entre Holly Hunter y Harvey Keitel con piano de fondo, miradas, caricias y silencios en El piano.

Un rey de la sensualidad latente era un joven Gary Cooper, bellísimo, que nos regala miradas impagables junto a Marlene Dietrich en Marruecos o escenas entre oníricas y poéticas del joven Cooper con Helen Hayes en esa versión de Adios a las armas.

Nadie más alejado de la sensualidad que John Wayne y, sin embargo, lo es junto a Gail Russell en esa pequeña gozada de western intimista que es El ángel y el pistolero.

Si alguien sabía de sensualidad era ni más ni menos que el maestro del suspense que creó alguna de las escenas más sensuales de la historia del cine. Baste recordar Encadenados y ese beso interrumpido una y otra vez o sólo volver a rescatar alguna de las miradas entre Grant y Bergman. Basta pasearse por La ventana indiscreta y recordar ese beso ralentizado y en primer plano de una Grace Kelly elegantísima a un Stewart convaleciente.

Y siguiendo por caminos de romanticismo y sensualidades no puedo dejar de nombrar a la Straisand y Redford en Tal como éramos y en esa escena en la que el joven y bello pijo ata los cordones de un zapato de la joven progresista y revolucionaria. Miren el juego de manos y miradas de ambos…

Ya lo he recordado en uno de los momentos inolvidables: Redford lavando el pelo a una Streep-Blixen en Memorias de África o la misma Streep bañándose en una gran bañera mientras le caen las gotas de la ducha y ella sólo piensa que minutos antes ha estado ahí duchándose el hombre amado con cara de Eastwood en Los puentes de Madison.

El cine negro también ha regalado sensualidad a raudales como la que surge entre Bogart y Bacall, y no es un tópico, sólo hay que verles juntos en Tener y no tener, y esos silbidos y esos cigarros que se encienden, y esas miradas e ironías, que se repiten en El sueño eterno.

O ese homenaje al cine negro rebelde y rupturista que ofrece Jean Luc Godard en Al final de la escapada…, ¿hay más sensualidad posible entre Belmondo y Serbeg en la escena del dormitorio?

¿Y el melodrama puro y duro a lo Kazan en Esplendor en la hierba? No es cada escena de Natalie Wood junto a Beatty un tributo a la sensualidad, al erotismo (nunca mejor dicho) contenido.

Y es que la sensualidad da para muchas entradas como ésta…, porque ahora, son tantas las escenas que se agolpan en mi mente que veo que el texto puede ser interminable e inabarcable. Así que os dejo con un último recuerdo. Una mirada de un adolescente que mira por un agujero en un viejo baño para ver bailar a la adolescente amada Amapola y la ve mientras se cambia de ropa. O esos mismo adolescentes, mirándose, ella leyéndole e interpretando a su modo el Cantar de los Cantares…

Son todas escenas que ya nos han visitado múltiples veces en el blog…, pero es nombrar la palabra sensualidad y vuelven a mi memoria. Recobran vida.

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