Día Mundial del Teatro

El sábado fue un día especial para el teatro. Un día de celebración. En todo el mundo se celebraba el Día Mundial del Teatro. Y el texto para conmemorarlo fue escrito por la actriz de teatro y cine Judi Dench.

Las relaciones del cine y el teatro presentan caminos infinitos. Caminos ricos y tremendamente interesantes. Dench en cine ha trabajado en dos de las adaptaciones que Kenneth Branagh realizó sobre Shakespeare: Enrique V y Hamlet. También tuvo un pequeño papel de reina que tiene una relación especial con el teatro en Shakesperae in love o intervino como dama que monta un teatro de variedades en tiempos difíciles, Mrs Henderson presenta. O también estuvo presente en una de las adaptaciones cinematográficas de una obra teatral de Wilde, La importancia de llamarse Ernesto.

Su discurso fue breve pero certero y se leyó en muchos lugares y escenarios del mundo:

“El Día Mundial del Teatro es una oportunidad para celebrar el Teatro en una miríada de formas. El Teatro es una fuente de entretenimiento e inspiración, y tiene la habilidad de unificar las diversas culturas y a las gentes de todo el mundo. Pero el teatro es mucho más que eso y también brinda oportunidades para educar e informar.

El teatro se representa en todo el mundo y no siempre en los escenarios tradicionales. Las representaciones pueden suceder en un pequeño pueblo de África, en una montaña en Armenia o en una pequeña isla del Pacífico. Todo lo que necesita es un lugar y un público. El Teatro tiene la habilidad de hacernos sonreír, de hacernos llorar, pero también debería hacernos pensar y reflexionar.

El Teatro surge a partir del trabajo en grupo. Los actores son las personas que se ven, pero hay un gran número de personas a las que no se ve. Son tan importantes como los actores y sus variadas y especializadas habilidades hacen que una producción sea posible.  También deberían compartir los triunfos y los éxitos que puedan ocurrir.

El 27 de marzo es oficialmente el Día Mundial del Teatro. Por muchos motivos todos los días deberían ser considerados días del teatro, porque tenemos la responsabilidad de continuar la tradición de entretener, de educar y de iluminar a nuestras audiencias, sin los cuales no existiríamos”.

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Una noche de lluvia y cine

Llueve,

final de semana

y casi cierro los ojos.

El cansancio, hoy, me puede.

De pronto, sonrío.

Hoy puede ser una noche de lluvia y cine.

Me acomodo en el sillón.

Me pongo una manta.

Y pienso qué me apatecería que apareciera en pantalla.

Un drama, una comedia, una historia de amor o de ciencia ficción.

Qué actor o actriz me apetece ver en este o aquel papel.

Qué director me gustaría que me contara una historia.

Qué imagen quiero disfrutar.

Qué personaje quiero que me robe los sentidos.

Miro las estanterías y los títulos.

¿Me apetece algo nuevo?

¿Me apetece repetir?

¿Podré sonprenderme?

¿Reiré?

¿Lloraré?

¿Pensaré

O quizá me quede dormida y sueñe.

Me levanto de nuevo.

Ya he elegido.

Hoy es noche de lluvia y cine.

Sonrío.

Otra historia ante mis ojos.

Otra imagen en la retina.

Y no importa que la lluvia golpee los cristales

o que mis ojos se cierren.

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Momento inolvidable de Yul Brynner

A veces navegando por la red encuentras momentos mágicos. El de Yul Brynner es extracinematográfico. El Rey de la sensual calva, el tipo duro, se derrite de pasión con una guitarra y una bonita canción de la cultura gitana. Le encantaba su música. En ese momento, se ve a Brynner con su reluciente calva y un atractivo bigote así como un pañuelo rojo al cuello y con una voz preciosa. No viene ni el año de la actuación, ni dónde fue, ni quién le acompaña con otra guitarra y otra voz. Aunque puede ser Aliosha Dimitrievitch con el cuál grabó en 1967 The Gypsy and I: Yul Brynner sings gypsy songs. La canción es maravillosa Two guitars. Tanto Brynner como su compañero se ve que están disfrutando y que han actuado más veces juntos…, están sintiendo lo que cantan. De verdad que es un lujo. Una sorpresa ver a Brynner en su faceta de cantante. Y ese disco —seguro que difícil de encontrar— tiene que ser una gozada…

Por cierto nuestro Brynner de la divina calva también era un gran aficionado y un enamorado de la fotografía y parece ser que también existe un libro con su trabajo como fotógrafo. Otra rareza.

Yo a Brynner le tengo en gran estima. Siempre me llamó la atención que fuera el hombre ideal de mi abuela paterna. Yo de pequeña siempre le preguntaba que qué actor le gustaba y ése era el actor en el que ella se había fijado… nada de ídolos de los años treinta y cuarenta, no, ella encontró a su actor en los cincuenta.

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Charles Boyer

Quizá es sólo una leyenda pero Boyer era el héroe romántico que interpretó en la pantalla. El hombre misterioso e inquietante con una voz seductora y unos rasgos exóticos o distintos se quitó la vida ya anciano cuando quizá decidió que no merecía la pena seguir envejeciendo sin su compañera — que acababa de morir tras una enfermedad— desde 1934, Pat Paterson. Fue a finales de los setenta. Y quizá también era ya, como lo es ahora, un icono olvidado.

Hombre que también forjaba una leyenda de hombre intelectual amante de la filosofía y el teatro, su gran pasión antes que la pantalla…, fue el galán que acompañó a bellas mujeres al otro lado del océano desde décadas muy tempranas…, en el cine empezó en el periodo silente en su país de origen. Después su salto a Hollywood se dio por varias circunstancias: primero por la transición que hubo del periodo silente al hablado que hizo que actores europeos trabajaran en las versiones especiales en los correspondientes idiomas de distintas películas americanas lo que supuso que los magnates tuvieran conocimientos de rostros al otro lado del océano. Segundo, por su matrimonio con una actriz escocesa que tenía más fácil hacer carrera en EEUU.

Confieso que desconozco gran parte de su carrera cinematográfica sobre todo el periodo silente pero lo que he logrado ver no me deja indiferente así como ese icono que fue en los años 30 y 40 de perfecto ‘héroe romántico’ con unas gotas de ‘amante europeo’ que le hizo compartir pantalla con las damás más prestigiosas y famosas de las distintas décadas. Sin embargo, cuando logró salir de ese cliché también pudo dejar interpretaciones que no se olvidan.

Curiosamente su papel más recordado no tiene nada que ver con la imagen que proyectó durante décadas. El papel de marido despiadado, de hombre oscuro, que trata de enloquecer poco a poco a su mujer en esa pequeña joya que es Luz que agoniza de un George Cukor emulando una película de terror gótico con toques del maestro del suspense. Esta película se estrenó en 1944 y Boyer ya llevaba mucho tiempo en la pantalla.

En 1934 protagonizó una película francesa del director Fritz Lang antes de que saltara Hollywood. Se trata de Liliom y una historia de vida después de la muerte…, donde Boyer es un joven despreocupado que va cayendo en la mala vida y encuentra una extraña segunda oportunidad para corresponder a la mujer que le ha amado con todos sus defectos y virtudes. Aunque aún no he podido verla supuso un paso importante en la carrera de Boyer como actor. Más miradas sobre él. Aparece ese héroe cuyo éxito con las mujeres es innegable pero que termina enamorándose de veras.

Gregory La Cava, al año siguiente, le da la oportunidad de hacerse un nombre en Hollywood al ser uno de los rostros del reparto estelar de la curiosísima Mundos privados, película que transcurre en un hospital psiquiátrico y que da a Boyer el papel de doctor-psiquiatra extranjero y extraño en el ambiente, hombre atormentado que sufre, que termina enamorado de la doctora estrella Claudette Colbert (volverá a enamorarse de la Colbert en Tovarich dos años después). Coloconda así más cimientos de su héroe romántico y atormentado a la vez.

Protagoniza junto a la Dietrich película etérea y espiritual de héroe atormentado de pasado oculto en esa extraña historia que cuenta El jardín de Alá. Los dos son románticos hasta extremos impensables. El desierto ayuda al clima exótico y añejo que proporciona esta película.

Y siguiendo ese delirio romántico Borzage le hace protagonizar junto a Jean Arthur Cena de medianoche que le sube en un barco donde transcurre la historia. Precedente sin duda de una de las películas que le harían más famoso… pero todavía queda un poco.

Antes Boyer tendría en sus brazos a Greta Garbo, como amante polaca de su Napoleón en María Walewska. Y a la bella Hedy Lamarr convirtiéndose en Pepe Le Moko, ese ladrón y aventurero francés que el dice a la amada al oído: ‘vente conmigo a la kashbah’ (aunque no nos olvidemos de la versión francesa y mi maravilloso Jean Gabin) en Argel.

Llega el último año de la década de los 30 y Boyer se convierte en el play boy de éxito que en gran barco encuentra el amor…, Leo McCarey rueda su primera versión de Tú y yo. Él es Boyer. Ella es Irene Dunne. De nuevo alta comedia y romanticismo exacerbado. Sin embargo, esta versión ha quedado sepultada por la nueva versión que realizó el director años más tarde con Grant y Kerr de protagonistas.

En los cuarenta no podía dejar de trabajar con la reina del melodrama. Así protagoniza una historia desgarrada junto a Bette Davis, El cielo y tú.

De nuevo, se pone en la piel de gigoló europeo, u hombre acostumbrado a vivir la vida con un montón de mujeres, que se enamora poco a poco de una maestra norteamericana. Primero, la seduce para conseguir papeles que le permitan cruzar la frontera, después atormentado descubre que está enamorado. Así Boyer se coloca entre una explosiva Paulett Gogdard y una bella Olivia de Havilland en un maravilloso melodrama de Mitchell Leisen, Si no amaneciera.

Antes de su luz que agoniza todavía seduce a Rita Hayworth en uno de los episiodios de 6 destinos. Ahí es un actor de éxito que trata de revivir una historia con una bella amante casada ahora con un hombre celoso (genial Thomas Mitchell). O protagoniza otro de los episodios de la interesante Al margen de la vida donde protagoniza historia romantiquísima en el mundo del circo junto a Barbara Stanwyck. Ambas películas de Julian Duvivier.

Me gustaría destacar otro de los papeles que Boyer hacía sin pestañear y que alimentaban ese espíritu romántico: el de músico. Lo representó un montón de veces junto a Katherine Hepburn, Joan Fontaine, Lauren Bacall u otras compañeras. Sin embargo, de estos dramas románticos en los que hacía de músico no he logrado ver ninguno.

A partir de Luz que agoniza el abanico de papeles de Boyer crece, a la vez que su popularidad como héroe romántico disminuye. Así entra en el terreno de la comedia haciendo pareja deliciosa, de europeo vividor, con una alocada (por única vez) Jennifer Jones en El pecado de Cluny Brown de Ernst Lubitsch.

Con la Bergman volvería a intentar ser ese héroe romántico en tiempos de guerra pero el público en taquilla no responde: Arco del triunfo, un interesante melodrama. Sin embargo, sí triunfa en su vuelta a Francia con Max Ophül en 1953 y su Madame de… Y de nuevo de la mano de Minnelli vuelve a una clínica psiquiatrica en la fallida La tela de araña.

Boyer empieza a convertirse en secundario imprescindible que roba escenas en películas de los 50 y 60 como La vuelta al mundo en 80 días, Fanny o Los cuatro jinetes del Apocalipsis (de nuevo con Minnelli). Sigue su carrera imparable de secundario en películas tan populares como ¿Arde París?, Cómo robar un millón y… o la disparatada Casino Royale. De estos años me gustaría destacar la comedia romántica Descalzos en el parque donde Boyer está espléndido como vecino encantador de una fogosa pareja. Y poco a poco fue retirándose de la pantalla… y convirtiéndose en mito sereno.

Todavía podemos escuchar su voz cálida… es un rostro en la oscuridad de la sala que susurra.

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Cóctel de cine

El concierto de Radu Mihaileanu

Es curioso cuando ves una película y vas sintiendo que no es una película redonda, que tiene ciertas lagunas que no la hacen grande, pero sí goza de los suficientes ingredientes para disfrutar viéndola…, y además sales con cierta emoción de la sala de cine y una lágrima en la mejilla con una pequeña sonrisa.

Y esto es lo que me ocurrió con El concierto. Alguno de sus personajes secundarios me cautivaron, la sencilla historia me atrapó, el fondo histórico me interesó, algunas escenas me hicieron sonreír, disfruté con la visión de Moscú y París, me resultó ingeniosa esa mezcla del viejo comunismo con el nuevo capitalismo y sus nuevos ricos en Rusia y los doce minutos finales —donde se desarrolla el concierto que hace alusión el título— hizo que alguna que otra lágrima cayera por mi mejilla.

Sobre todo me encantó esa preciosa metáfora: la armonía perfecta que se puede lograr a través de una orquesta, en este caso de música clásica, a pesar de la anarquía de sus distintos miembros. Cuando un colectivo se une para llevar a cabo un proyecto artístico común…, cuando parece que todo puede salir mal, de pronto se conjugan todas las pasiones de cada uno de los miembros y surge el arte…

Y no olvidemos la música de Tchaikovski.

El sirviente (1963) de Joseph Losey

Interesante propuesta del director exiliado Joseph Losey (uno de los profesionales que engrosaron la lista negra de la Caza de Brujas) junto al dramaturgo Harold Pinter.

En una casa, que es una protagonista más, conviven un señorito aristocrático con mucho tiempo libre y muchos pajaros en la cabeza de proyectos futuros nunca cumplidos (James Fox) y su sirviente (Dick Bogarde, inquietante) y ambos construyen una compleja relación de poderes, humillaciones y degradación. En un ambiente claustrofóbico y con unos personajes a cada cual más antipático asistimos a la radiografía de una relación enfermiza con momentos angustiosos e instantes de degradación espiritual y moral. Otro aspecto interesante en esta relación de poderes es el aspecto sexual y cómo se refleja a lo largo de la película, escenas de una sensualidad muy explícita que ofrece muchas escenas con fuerza visual…

A todo ayuda no sólo la distancia que sufre el espectador ante cada uno de los personajes (a mí me resultaron todos muy antipáticos y eso me creó la distancia) sino el empleo del espacio, esa casa con habitaciones, espejos, camas, escaleras y benditas puertas.

Momentos Clave. 100 años de cine (Editorial Blume)

Una de las lecturas que más he disfrutado durante un tiempo ha sido este libro con una presentación muy atractiva y amena. El crítico Chris Fujiwara coordina y reúne a toda una pléyade de expertos y críticos cinematográficos para que cada uno seleccione un momento clave de la historia del cine (puede ser un evento cinematográfico, la publicación de un libro, un personaje de una película, una escena concreta, un adelanto tecnológico, un diálogo, una frase).

Así crea una peculiar historia y mirada del cine que no se centrá tan sólo en los momentos que a veces todos los amantes del séptimo arte tenemos en mente sino que rebusca en el cine experimental y de vanguardia o en otras cinematografías del mundo (por ejemplo, muestra un especial interés por el cine de La India) abriendo nuevas áreas de conocimiento y descubriendo películas ocultas (por lo menos para Hildy) o de poca distribución y añadiendo nuevos nombres a tener en cuenta. Los momentos están distribuidos por décadas y llega hasta el año 2007

Un placer cinéfilo.

Shutter  Island de Dennis Lehane

La última película de Martin Scorsese me interesó en muchos aspectos y me enganchó ese viaje que hace a la parte más profunda de una persona: al interior de su mente. Ese viaje a los miedos más ocultos, a los sentimientos de culpa más escondidos, ese particular infierno del agente federal Teddy…, y también como Shutter Island, esa isla donde se encuentra un centro psiquiatrico se convierte también en metáfora de una sociedad enfermiza sepultada entre miedos externos y ansias de seguridad.

Así que me compré la novela. Quería leer cómo se había realizado esa adaptación cinematográfica de la novela de Dennis Lehane. Creo que en pantalla se han trasladado todas las claves para entender esta historia. Todavía no la he terminado pero estoy sorprendida porque hasta ahora me parece que se ha llevado a la perfección  el espíritu del libro a la pantalla blanca.

Ah, sí, estoy enganchadísima a la lectura de esta novela…, quizá cuando termine su lectura vea otra vez la película.

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Senso (Senso, 1954) de Luchino Visconti

Il Trovatore de Giuseppe Verdi suena en el Teatro de La Fenice en la bella Venecia. Finales del siglo XIX (1966), los austriacos ocupan Italia y la rebeldía de los italianos se está organizando…

En los palcos, mientras se sucede el drama de una ópera, se sucede la vida social, las intrigas políticas, la diferencia de clases sociales, los chismes, las historias de amor.

De pronto, acaba uno de los actos y desde los palcos más altos empiezan a gritar que Viva Italia y se empiezan a lanzar una lluvia de papeles con los colores de la bandera italiana y ramilletes de flores.

Un joven oficial austriaco se ríe de la ofensa. Un noble que le escucha se enfrenta a él y le reta a duelo.

De todo esto es testigo la bella y madura condesa Livia Serpieri quien se preocupa por el noble, su primo. Así que decide llevar al palco al oficial Franz Mahler, un joven altivo que tiene fama de conquistar corazones, para evitar que luchen. Éste le dice que no se preocupe, que todo lo puede frenar un arrestro.

A la dama le da un fuerte dolor de cabeza y le pide a su esposo, un hombre mayor que simpatiza y trabaja con los austriacos, que salgan de la ópera. Que no se encuentra bien.

Éste es el arranque de Senso que ya muestra el amor de Visconti hacia la ópera y su gusto por la reconstrucción exquisita de una época, la importancia de las escenografías y ambientaciones y las artes que empleará para ir contando la decadencia de una clase social y el resurgimiento de otra época histórica. Así emplea el melodrama histórico con notas de Ópera trágica para contar el obsesivo y humillante amor que sufre la condesa Serpiere —que abraza la causa italiana por admiración hacia su primo y por lleva la contraria al esposo anciano (listo personaje que se coloca al lado de aquel que detentará el poder y le permitirá seguir con su acomodada vida)— hacia el joven oficial Franz Mahler.

Visconti no emplea sólo su vasta cultura en la recreación de un periodo a ritmo de melodrama y ópera sino que también en sus encuadres y composiciones se inspira en los grandes pintores del siglo XIX que también le sirven como fuente para la recreación de vestuarios.

Así vamos viajando a través de la condesa Sarpiere por su torbellino de sentimientos y por la transformación del joven oficial (sin duda lo más interesante de la película). Porque Senso se cuenta a través de las emociones y sentimientos de la condesa. Así vamos desde una condesa con afán de ser heroína que queda cautivada por la belleza y gallardía del oficial enemigo. Un joven que le parece héroe romántico. Al principio le rechaza como enemigo, después en un paseo nocturno por la bella Venecia queda cautivada por el joven galán, entonces se entrega y en la intimidad de un cuarto le ama, le mira, le toca…, y le entrega un mechón de sus cabellos. Después viene el abandono y la condesa no entiende y trata de buscarle obsesivamente. Más tarde llega el reencuentro, y ya vemos algo más allá que la condesa sobre la verdadera alma del joven oficial. De nuevo la separación y algo más tarde ella corre a sus brazos a pesar de una carta de advertencia. La humillación más dolorosa donde la condesa se quita la venda de los ojos y ve al verdadero hombre del que se ha enamorado (él nunca se ha ocultado y así lo dice con una sinceridad que desarma…, con una crueldad que rompe) y, por último, la venganza más cruel.

Franz Mahler no es un héroe romántico, Mahler es un vividor que quiere sobrevivir, que utiliza a las personas, que disfruta de la vagancia, el poder y el placer, que no le interesa la guerra ni se traga el morir por la patria (es todo lo contrario al primo de la condesa)…, que sabe que está viviendo el fin de su clase, de la aristocracia, y trata de alargarlo…, trata de sobrevivir. Y para él la condesa Sarpieri sólo es una pieza más a la que manipular porque sabe que ella se va a dejar…, en el fondo, ya se lo dice en el último encuentro, son más iguales de lo que piensa ella.

La condesa Sarpieri se obsesiona de amor. Primero se obsesiona con la causa de su primo, al que admira y le hace huir de su insatisfecha vida junto al marido mayor. Después, se obsesiona con Mahler de tal manera que no tiene reparo en darle el dinero para la causa rebelde que le ha dejado su primo para que la resguarde. Porque ella ahora es una mujer que ama ciegamente. Y cuando se ve en el espejo, en esa escena humillante donde Mahler, sucio y alcoholizado, le hace compartir mesa con una joven prostituta (que muestra más compasión por la situación que ninguno de los dos), se deja arrastrar por las calles, ajena a la guerra y a la situación que vive en esos momentos Italia o el ejército austríaco, y se venga extirpando su obsesión, eliminando al objeto de su deseo…

Así Visconti, que abandona su etapa más contemporánea y neorrealista, reconstruye un tema que le obsesiona hasta el final de su carrera como director cinematográfico, la decadencia del ser humano. Y lo reviste de melodrama romántico entre dos seres decadentes. Una hermosa y sensual Alida Valli con aires de soprano trágica de ópera clásica y un apuesto y decadente Farley Granger que con su apostura esconde su verdadero espíritu.

Senso es la adaptación de una novela corta de Camillo Boito donde en el guión trabajaron la guionista Suso Cecchi D’Amico, que ya había colaborado con Visconti en Bellisima o Rocco y sus hermanos y que le acompañaría hasta el final en El inocente; el propio director y los escritoresTennessee Williams y Paul Bowles (geniales en historias opresivas, amores obsesivos, decadencias y tragedias varias).

Como siempre Visconti regala escenas de una fuerza visual que envuelve. No sólo la escena del teatro. Sino la de los encuentros entre los amantes: el paseo nocturno, en la intimidad del cuarto, en la casa de campo donde se ha retirado la condesa junto al esposo durante la guerra, la escena maravillosa del granero vacío, la dura escena final clímax de una ópera trágica…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Diccionario cinematográfico (126)

Comedia negra: Dos abuelillas encantadoras preparan arsénico para administraserlo a algún solitario al que nadie espera. El sobrino está desesperado por los horrores que encuentra en el sotano…, pronto va a casarse pero sus ancianas tías le tienen preparado un regalo de bodas que no se espera. Ellas preparan una fiesta especial donde invitan al bueno de Monsieur Verdoux antes de que liquide alguna socia-viuda-solitaria-millonaria que le haga heredar unos milloncejos, el paro obligado le ha dejado en una situación muy mala. En una esquina de la habitación festiva esconden su amor Harold y Maude. El bueno de Harold es un jovencillo millonario excéntrico que ante el vacío de su vida trata de suicidarse una y otra vez o asiste continuamente a funerales. Ahí conoce a la superabuela Maude que le muestra lo que verdaderamente es la energía de la vida. Harold y Maude están acompañados por el verdugo jubilado, el funcionario que hace correctamente su trabajo, que les está diciendo lo que le cuesta a su yerno ejercer el puesto que hereda. No falta una dulce ancianita, la vecina de arriba, que cuenta consternada que no sabe qué ha sido de su quinteto de vecinos de la puerta de al lado. A ella le parecían unos jóvenes muy simpáticos y atentos. Llaman a la puerta. Las abuelillas corren y se encuentran con Wendell Ambruster y su dulce pareja…, ambos conocieron el amor cuando acudieron al funeral de sus padres-amantes. De pronto se apagan las luces, comienza el juego, el multimillonario Lionel Twain anuncia que habrá un cadáver en los postres y claro ha invitado a los mejores detectives del momento como investigadores privados. Todos aplauden de alegría y placer. La noche es larga y promete diversión. Al fondo hay un ataud y una familia que lo rodea, una familia inglesa que esconde miles de secretos para celebrar un funeral de muerte al patriarca. Ya se van acercando los familiares…, y un hombre muy bajito…, muy sospechoso. Al fondo un teléfono rojo suena a la espera de órdenes disparatadas, el mundo está en guerra, quizá se oigan instrucciones para la trampa 22 o soluciones surrealistas para que el mundo salte en mil pedazos. Pero mientras las abuelillas piden tranquilidad y van dando sus copitas de arsénico a los invitados a la fiesta…

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Más poderoso que la vida (Bigger than life, 1956) de Nicholas Ray

Nicholas Ray contaba y miraba la vida a través de fotogramas. A través de las imágenes se comunicaba. Sus películas hay que desvelarlas porque Ray, el hombre poeta de imágenes y colores, narraba sin palabras. Ésas sólo ayudan y complementan. El director de la soledad y el desarraigo intimaba con el lenguaje cinematográfico. Cada película es un libro secreto que como las capas de una cebolla va escupiendo mensajes, secretos e interpetaciones.

Más poderoso que la vida es un mecanismo de muñecas rusas. Dentro de cada una de ellas se esconde otra hasta el infinito. Así podemos obtener varias lecturas y significados.

Esta película no es ni la más conocida ni la más recordada de Ray pero, sin embargo, esconde todas las claves que hicieron que su director fuera un realizador especial y a tener en cuenta. El director atormentado y frágil que se expresaba a través de una cámara y escribía películas.

En un primer visionado podemos descubrir un melodrama de los años cincuenta con familia de clase media americana como protagonista. Con un uso excelente del color, también lleno de significados ocultos pero que ubican la película en una decada determinada. También basta con mirar el vestuario de los protagonistas o la casa familiar.

Una segunda mirada nos hace descubrir que Ray toca un tema siempre tratado como un suspiro en las películas de Hollywood sobre todo por la imposición del código Hays y es la dependencia a las drogas y la existencia de drogodependientes de distintas sustancias. Por aquellos años cada vez eran más los directores que querían reflejar un tema candente y real, un año antes Preminger había reflejado la adicción de la heroína en El hombre del brazo de oro. Aquí es James Mason quien ingiere una droga debido a una enfermedad incurable y los efectos de esa droga convierten su vida en un infierno. Su mente se resquebraja. Su mente se rompe en pedazos.

Pero aún nos quedan más lecturas y quizá las más interesantes. Podríamos quedarnos con una visión sencilla: una idílica y típica familia de clase media con sus problemas y alegrías habituales en un ambiente idílico y natural para su desarrollo ve cómo su vida se transforma en una película de terror y horror ante la presencia de una sustancia extraña que transforma al hombre recto y entrañable que es el señor padre, sustento moral y económico de la familia.

Podríamos también sentir como esa droga transforma a Mason en una especie de Doctor Jekyll y Mister Hyde que asusta a la señora esposa, al pequeño hijo y al amigo cercano y que genera sentimientos contradictorios porque sus comportamientos opuestos los alberga la misma persona, y esa persona es amada por aquellos que también se convierten en víctimas.

Pero vayamos más al fondo, más allá de la metáfora, y Más poderoso que la vida advierte sobre los sentimientos ocultos sepultados pero latentes en la sociedad de la clase media norteamericana de los años cincuenta (o del siglo XXI y de las clases medias de muchos pero muchos países). Una sociedad que puede desembocar en comportamientos enfermizos…, ¿y no se torna todo aún más interesante? Una sociedad capaz de generar intolerancia, crueldad, fanatismo religioso y dureza con aquel que es distinto o que no sigue los mismos cánones, con aquél que supone una amenaza para la seguridad económica y social de esa clase…, ¿y entonces no es evidente que Más poderoso que la vida desvela muchas claves y muchas historias?

No importa el nombre de la droga (cortisona, en aquellos momentos en fase de experimentación) sino lo que subyace bajo la mente de un buen hombre que ve que su mente es perturbada por un elemento extraño. Y James Mason da todos los matices necesarios a un personaje que se transforma en cada secuencia.

Y si seguimos leyendo descubrimos horrorizados que nos vamos sumergiendo más y más en el terror porque la película rompe en pedazos el concepto de familia idílica de principio a fin y convierte el núcleo familiar en un infierno y un mundo angustioso. Y muestra cómo un sistema educativo puede saltar en mil pedazos para transformarse en un mundo represivo. O cómo la religión puede crear mentalidades tan fanáticas que protagonicen una historia de miedo y horror cuando un hombre trastornado grita a los cuatro vientos que Dios se equivocó. Que tendría que haber obligado a Abraham a asesinar a su hijo Isaac.

Y Nicholas Ray parecía que sólo había empleado los mecanismos correctos para crear otro melodrama más de los años cincuenta. Con un James Mason como profesor acuciado por problemas económicos al que pronostican una grave enfermedad. Un hombre que además arrastra problemas en su familia porque ve cómo sus sueños intelectuales se han frustrado y la vida con su mujer (Barbara Rush) y su pequeño hijo se ha convertido en pura rutina…

El director juega además con los espacios y convierte una idílica casa en un ambiente opresivo. Juega también con los colores y sus significados. Un espejo roto quiere decir muchas más cosas. El lanzamiento de una pelota tiene muchos significados y un vaso de leche puede ser el desencadenante del terror o el sonido de un teléfono puede ser una llamada de auxilio. El equipo de doctores y el propio hospital se transforma en un laboratorio de experimentación no de una droga sino del interior de un ser humano.

Más poderoso que la vida es un libro de varias capas que revela infinitos significados. Nicholas Ray demuestra, de nuevo, que sabía contar sus historias a través de puro cine.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

El gran cuchillo (The big knife, 1955) de Robert Aldrich

Tenía muchas ganas de verla pero nunca la había encontrado en dvd ni había tenido posibilidades de verla en la Filmoteca (si es que la han puesto que no lo sé) ni en televisión (si es que alguna vez la han pasado). El sábado la vi en un estante de unos grandes almacenes…, esperándome (un dvd carísimo y sin ningún tipo de extra, y en la carátula ni siquiera aparece el nombre del director…, pero la tentación fue demasiado fuerte) y no me he arrepentido.

Me he quedado absolutamente noqueada ante El gran cuchillo. Sin palabras. Después de verla ha tenido que pasar un tiempo de reposo antes de ponerme a escribir. Sabía de su existencia entre otras cosas por un libro del crítico Marc Cousins, Escena por escena, donde Rod Steiger (uno de los actores) describe una de las escenas más impactantes.

La película es absolutamente despiadada y presenta de una manera dura la otra cara de Hollywood. La cara que no es agradable ver. Ese Hollywood (pero que no hace falta que sea esta industria dorada del cine, se puede trasladar a otros ambientes laborables) corrompido hasta la médula capaz de atrocidades humanas y situaciones inmorales por conservar el poder, conseguir beneficios, conservar la fama o mantener el estatus. Un mundo tan corrupto que destruye a los seres humanos que ya no son personas sino productos sin sentimientos que se pueden encumbrar o destruir, manipular o machacar. Un mundo capaz de romper a pedazos a hombres y mujeres con ideales y con actitudes artísticas e intelectuales que son abocados a un tobogán sin fondo.

Varios son los elementos que hacen de esta película una obra imprescindible. Primero la labor de un Aldrich —con una carrera tan interesante como irregular e independiente— que se sirve de un plantel de actores que se salen en sus papeles, segundo por el material que maneja que es una adaptación de la obra teatral de Clifford Odets, tercero por ese dinamismo y fuerza brutal que imprime a una obra que transcurre prácticamente en una habitación y, por último, un guión plagado de frases que son tiros de gracia.

Si me dijeran escribe sólo un adjetivo para definirla diría: BRUTAL con letras mayúsculas. El texto de Odets es potente y despiadado (y cercano a lo real por eso es una película quizá muy poco mimada por Hollywood porque el retrato que realiza de la ‘fábrica de sueños’ es más tremendo que El crepúsculo de los dioses, Cautivos del mal, Ha nacido una estrella o La condesa descalza), desnudo y sin caretas. Y no es de extrañar, la pluma de Odets —que fue dramaturgo pero también sufrido guionista— es incisiva, daña, tanto como ese otro guión que escribió junto a Lehman para dejar otra película fascinante y dolorosa Chantaje en Broadway (1957) de Alexander MacKendrick.

La historia es un volcán de sentimientos. Contarla de manera simple es un reto pero lo intentaré. Charles Castle es la máxima estrella de los estudios del productor Stanley Hoff. Está a punto de firmar otro contrato eterno de siete años con el productor-tirano. Este contrato supone renegar de nuevo de sus sueños e ideales, sabe que sólo es una estrella pero no un buen actor con buenos papeles. Sabe que si firma su mujer Marion le abandonará, cansada de ver que su marido ya no es un tigre que sueña y lucha sino un sumiso gato a las órdenes del estudio que sobrevive. Cansada de las mentiras y del ambiente que les rodea. Él sabe que ese contrato supondrá más máscaras, apariencias, hipocresías, más litros de alcohol, más dolores de espalda… para mantener su estatus, su fama y seguir siendo una importante fuente de ingresos para la productora. No puede mostrarse rebelde porque en el momento que empieza la historia corre el peligro de que vuelva otra vez a la palestra una turbia historia de la que fue protagonista (cada vez más alcoholizado, un día atropelló a una persona causando su muerte y el estudio le ‘protegió’ culpando a un amigo-publicista de Castle para que cargara con la condena. Ese día en el coche no iba acompañado de su mujer sino de una prometedora actriz ahora en declive. Y lo peor es que él ‘admitió’ ese encubrimiento). Charles Castle es consciente de que no sólo no es feliz, que es como un payaso trágico, sino que además se hunde cada vez más y con él a las personas que más ama.

Es una película de personajes que se entrecruzan con fuerza y crean una trama que te atrapa.

Sin duda mi mayor sorpresa ha sido los infinitos matices que prodiga para su personaje y la interpretación maravillosa que realiza el protagonista en un papel muy alejado al rol que acostumbraba a mostrar. Me refiero a un Jack Palance magistral que es capaz de plasmar la tragedia de este hombre, de Charles Castle, capaz de plasmar su derrota vital, sus esperanzas de ser amado, sus ganas de rebelarse y vencer, su horror e ingenuidad –a pesar de la experiencia— ante la maldad por poder y beneficios, su furia, su cariño, su dolor y pena, su angustia ante la única salida que se le ocurre para volver a ser un hombre digno y devolver la felicidad a la mujer que ama… Jack Palance sube automáticamente al Olimpo de los grandes por este papel (ya le tenía un pequeño sitio reservado pero ahora crece y se impone).  

Los demás personajes reflejan el mundo que rodea al protagonista. Todos por algún motivo pasan por el salón de su casa. Primero, una columnista de lengua viperina (Ilka Chase) que ya supone la primera amenaza a Castle sobre que se pueden airear cosas no gratas sobre su persona si no le ofrece la exclusiva de su divorcio.

Después, el cobarde, poderoso, paranoico y enfermo productor con sus gafas de sol que trata a sus empleados y actores como si fueran marionetas sin sentimientos que ensalza o hunde carreras sin un atisbo de arrepentimiento que tiene el rostro de Rod Steiger (actor secundario al que reivindico con fervor).

Por otra parte, el cerebro, el hombre sin escrúpulos que sólo mira por el negocio y sigue a todas partes al gran productor, el hombre que arregla los trapos sucios sin importar los medios… con el rostro de Wendell Corey, otro secundario ofreciendo un buen papel.

Más alla el agente que es un hombre desencantado y en el fondo bueno (Everett Sloane, otro secundario de oro), que quiere a su representado, y traga y traga y traga hasta que estalla y llora ante un mundo en el que ya no puede ser conciliador ni diplomático.

El buen amigo escritor (Wesley Addy) que ya abrumado por un mundo que no aguanta y el alcohol decide no renunciar a sus sueños y abandonar la industria que tritura… y muy enamorado de Marion, la esposa de Charles.

La increíble Shelley Winters vuelve a romper el corazón con una interpretación estremecedora de una actriz que se sabe carne de usar y tirar contra la que van los poderosos porque no saben como quitársela de encima cuando se vuelve persona incómoda. Ella será el motivo por el que por fin Charles despierte y estalle, luche y viva, decida salvar su dignidad como ser humano.

Otra secundaria de lujo es Jean Hagen como mujer frívola que sólo persigue la fama empleando todo lo que esté a su alcance para conseguir sus objetivos. Sin importarle el daño que pueda causar en el camino.

Y por último una interpretación buena, muy buena, como mujer amada y que ama, también con infinitos matices, mujer que sufre porque se metió en el mismo tobogan que su esposo-estrella pero que ya hace tiempo que quiere huir porque se da cuenta de cómo está destruyéndolos todo el mundo laboral que les rodea…, quiere huir pero no puede porque ama demasiado. Quiere empezar una nueva vida pero no puede, siempre regresa junto a Charles… No podía ser otra que Ida Lupino. Otra gran actriz y directora de cine que reivindico su recuerdo.

The big knife es un volcán de sentimientos que estalla y se desparrama por el patio de butacas. Con escenas inolvidables por su dureza, con frases que se clavan en los oidos e interpretaciones que te rompen de dolor…, con una escena final BRUTAL.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

El mensajero del miedo (The Manchurian candidate, 1963) de John Frankenheimer

¡Una de las películas más surrealistas con las que me he topado! Se la califica como thriller político y es una película fruto de una época: la Guerra Fría. No es una historia redonda pero tiene elementos tan extraños y escenas tan curiosas que merece la pena su visionado.

Frankenheimer pertenece a esos realizadores que surgieron del mundo de la televisión. Tiene películas interesantes, algunas de ellas protagonizadas por uno de sus actores fetiche, Burt Lancaster (no sólo merece la pena El hombre de Alcatraz también es muy interesante El tren). En 1966 rodó una extraña película junto a Rock Hudson que se tituló en España Plan diabólico que dejaba de nuevo una visión paranoica del mundo como ya hizo con El mensajero del miedo.

Y ésa es la palabra clave PARANOIA. Frankenheimer presenta una historia que refleja la mente paranoica de un país en una época en concreto: la Guerra Fría, donde había un enemigo invisible y colectivo temido: el comunismo. Una época donde se desarrolló con virulencia la caza de brujas en todos los ámbitos profesionales donde todo aquel que no casaba con el american way of life impuesto era inmediatamente sospechoso de comunista. Así se fue desarrollando una sociedad enferma y paranoica donde proliferaban seres humanos extraños con el único objetivo de eliminar a ese enemigo latente.

La película empieza con una patrulla de soldados que combaten en la guerra de Corea los cuales caen en una trampa. Después regresan a EEUU como héroes de guerra sobre todo Raymond Shaw (Laurence Harvey) que es condecorado y muy bien considerado entre sus compañeros desde la inconsciencia. Pero uno de los compañeros empieza a tener pesadillas continuas, Bennet Marco (Frank Sinatra), que de alguna manera dejan intuir que fueron sometidos a un lavado de cerebro durante los días que estuvieron en cautiverio.

La película presenta un ambiente opresivo, onírico y paranoico con unos personajes de rostros atormentados o excesivamente caricaturescos y desagradables. El héroe de guerra, Raymond Shaw, desde el principio es presentado como un ser humano gris, desagradable y lleno de complejos. Marco va atando cabos e intuyendo que sus pesadillas son ciertas: sufrieron un lavado de cerebro y tuvieron buen cuidado de aleccionar a Shaw para convertirlo en un asesino en serie inconsciente (por la tanto sin remordimiento ni sentimiento de culpa) con un único objetivo que es el Marco debe descubrir.

En esas pesadillas los hombres de la patrulla aparecen en una especie de convención de desagradables señoras que hablan de horticultura que de pronto se transforman en rusos y coreanos uniformados (a cada cual más desagradable físicamente) que están poniendo a prueba el efectivo lavado de cerebro que han provocado a los soldados norteamericanos y que practican in situ con dos de ellos la efectividad del asesino que han creado.

Raymond Shaw es hijo de una mujer fanática y dominante que ha tomado como batalla particular la lucha contra los comunistas en EEUU. Una mujer manipuladora que mueve los hilos, sin escrúpulos (otro particular lavado de cerebro) a través de su segundo marido, un senador sin cerebro y de extrema derecha que se deja manejar como un títere por su mujer y que logra llegar a ser candidato a la vicepresidencia. Angela Lansbury borda el papel de madre dominante que en su lucha llega a ser tan retorcida que se alía con el enemigo para desestabilizar al gobierno y que llegue la extrema derecha al poder. Lansbury es tan perversa que sigue haciendo lo que ha hecho toda su vida dominar hasta la última neurona del cerebro de su hijo.

Laurence Harvey es el actor ideal para encarnar a su antipático personaje (de hecho a mí siempre me ha resultado una cara antipática) pero a la vez atormentado. A veces logra que te conmueva por su continuo sufrimiento y tormento porque se sabe persona que produce rechazo y te conduce a la ternura cuando encuentra a una mujer que hace que salga lo mejor de él…, incluso le hace ser capaz de bromear. Harvey es una víctima y un personaje trágico a pesar de la antipatía que genera desde la primera vez que aparece en escena.

Marco se convierte en un investigador. Primero es un hombre que vive con angustia sus pesadillas y que cree que está perdiendo la cordura al igual que sus compañeros de ejército pero que va adquiriendo seguridad según se va dando cuenta de que tiene razón sobre que algo extraño pasó durante su cautiverio. Frank Sinatra cumple con su papel.

Lo más surrealista y divertido de esta paranoica historia con momentos de tensión y con una violencia explícita es que en un momento determinado pasa por ahí, en un tren, una Janet Leigh, que se convertirá en la pareja de Marco. Parece que su personaje va a tener un papel importante con una primera escena surrealista pero luego no es más que una mujer-florero con conversaciones extrañas con su futuro prometido.

Y es que la escena del tren donde se produce el encuentro entre un angustiado Marco y una extraña pasajera tiene uno de los diálogos más surrealistas que he oido jamás. Y está perfectamente resuelta, el espectador no sabe cómo tomarse este encuentro. No entiendes nada pero a la vez sientes la química entre Sinatra y Leigh que hablan en un código desconocido pero que conectan el uno con el otro de manera inmediata.

La película es una adaptación de la novela de Richard Condon y adaptada por el guionista George Axelrod. Cuentan que tuvo dificultades de estreno la película que narraba todo un complot internacional para eliminar a un presidente de EEUU porque coincidió con el asesinato de Kennedy. Sin embargo, otras fuentes cuentan que tuvo más que ver con un problema entre distribuidoras que se rifaban los intereses que provocaría la presencia de Frank Sinatra.

El mensajero del miedo no deja de ser un producto extraño y por ello atractivo que contó con una nueva versión en el año 2004 dirigida por Demme con Denzel Washington, Liv Schreiber y Meryl Streep como protagonistas.

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