Más poderoso que la vida (Bigger than life, 1956) de Nicholas Ray

Nicholas Ray contaba y miraba la vida a través de fotogramas. A través de las imágenes se comunicaba. Sus películas hay que desvelarlas porque Ray, el hombre poeta de imágenes y colores, narraba sin palabras. Ésas sólo ayudan y complementan. El director de la soledad y el desarraigo intimaba con el lenguaje cinematográfico. Cada película es un libro secreto que como las capas de una cebolla va escupiendo mensajes, secretos e interpetaciones.

Más poderoso que la vida es un mecanismo de muñecas rusas. Dentro de cada una de ellas se esconde otra hasta el infinito. Así podemos obtener varias lecturas y significados.

Esta película no es ni la más conocida ni la más recordada de Ray pero, sin embargo, esconde todas las claves que hicieron que su director fuera un realizador especial y a tener en cuenta. El director atormentado y frágil que se expresaba a través de una cámara y escribía películas.

En un primer visionado podemos descubrir un melodrama de los años cincuenta con familia de clase media americana como protagonista. Con un uso excelente del color, también lleno de significados ocultos pero que ubican la película en una decada determinada. También basta con mirar el vestuario de los protagonistas o la casa familiar.

Una segunda mirada nos hace descubrir que Ray toca un tema siempre tratado como un suspiro en las películas de Hollywood sobre todo por la imposición del código Hays y es la dependencia a las drogas y la existencia de drogodependientes de distintas sustancias. Por aquellos años cada vez eran más los directores que querían reflejar un tema candente y real, un año antes Preminger había reflejado la adicción de la heroína en El hombre del brazo de oro. Aquí es James Mason quien ingiere una droga debido a una enfermedad incurable y los efectos de esa droga convierten su vida en un infierno. Su mente se resquebraja. Su mente se rompe en pedazos.

Pero aún nos quedan más lecturas y quizá las más interesantes. Podríamos quedarnos con una visión sencilla: una idílica y típica familia de clase media con sus problemas y alegrías habituales en un ambiente idílico y natural para su desarrollo ve cómo su vida se transforma en una película de terror y horror ante la presencia de una sustancia extraña que transforma al hombre recto y entrañable que es el señor padre, sustento moral y económico de la familia.

Podríamos también sentir como esa droga transforma a Mason en una especie de Doctor Jekyll y Mister Hyde que asusta a la señora esposa, al pequeño hijo y al amigo cercano y que genera sentimientos contradictorios porque sus comportamientos opuestos los alberga la misma persona, y esa persona es amada por aquellos que también se convierten en víctimas.

Pero vayamos más al fondo, más allá de la metáfora, y Más poderoso que la vida advierte sobre los sentimientos ocultos sepultados pero latentes en la sociedad de la clase media norteamericana de los años cincuenta (o del siglo XXI y de las clases medias de muchos pero muchos países). Una sociedad que puede desembocar en comportamientos enfermizos…, ¿y no se torna todo aún más interesante? Una sociedad capaz de generar intolerancia, crueldad, fanatismo religioso y dureza con aquel que es distinto o que no sigue los mismos cánones, con aquél que supone una amenaza para la seguridad económica y social de esa clase…, ¿y entonces no es evidente que Más poderoso que la vida desvela muchas claves y muchas historias?

No importa el nombre de la droga (cortisona, en aquellos momentos en fase de experimentación) sino lo que subyace bajo la mente de un buen hombre que ve que su mente es perturbada por un elemento extraño. Y James Mason da todos los matices necesarios a un personaje que se transforma en cada secuencia.

Y si seguimos leyendo descubrimos horrorizados que nos vamos sumergiendo más y más en el terror porque la película rompe en pedazos el concepto de familia idílica de principio a fin y convierte el núcleo familiar en un infierno y un mundo angustioso. Y muestra cómo un sistema educativo puede saltar en mil pedazos para transformarse en un mundo represivo. O cómo la religión puede crear mentalidades tan fanáticas que protagonicen una historia de miedo y horror cuando un hombre trastornado grita a los cuatro vientos que Dios se equivocó. Que tendría que haber obligado a Abraham a asesinar a su hijo Isaac.

Y Nicholas Ray parecía que sólo había empleado los mecanismos correctos para crear otro melodrama más de los años cincuenta. Con un James Mason como profesor acuciado por problemas económicos al que pronostican una grave enfermedad. Un hombre que además arrastra problemas en su familia porque ve cómo sus sueños intelectuales se han frustrado y la vida con su mujer (Barbara Rush) y su pequeño hijo se ha convertido en pura rutina…

El director juega además con los espacios y convierte una idílica casa en un ambiente opresivo. Juega también con los colores y sus significados. Un espejo roto quiere decir muchas más cosas. El lanzamiento de una pelota tiene muchos significados y un vaso de leche puede ser el desencadenante del terror o el sonido de un teléfono puede ser una llamada de auxilio. El equipo de doctores y el propio hospital se transforma en un laboratorio de experimentación no de una droga sino del interior de un ser humano.

Más poderoso que la vida es un libro de varias capas que revela infinitos significados. Nicholas Ray demuestra, de nuevo, que sabía contar sus historias a través de puro cine.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

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