El bígamo (1953) de Ida Lupino

Benditos regalos y descubrimientos. Llevo tiempo interesada y detrás de conseguir la filmografía como directora de la actriz Ida Lupino. Ahora, por lo menos, alguna de sus películas puede encontrarse en formato dvd. Estas Navidades el descubrimiento ha sido El bígamo. 

En la industria de Hollywood, la gestión económica y creación artística estaba copada por los hombres. En los años 30, 40, 50 y 60 era extraño que una mujer fuera directora (no así guionista). Ida Lupino, sin embargo, consiguió un hueco y realizó una filmografía breve pero interesante. Da que pensar lo que hubiera conseguido si la dirección y producción hubiera sido también un terreno femenino. 

Ida Lupino irrumpe como directora en los años cincuenta con temas sociales y muy modernos en aquellos momentos donde la censura todavía impedía tocar ciertos temas. Para su primer proyecto completo como productora y directora se centra en el mundo de las madres solteras, después se ocupó de un caso de violación (Ultraje). Su película de más éxito fue un thriller con notas de cine negro, El autoestopista. Su última película con gran libertad creativa fue El bígamo de la que ahora nos ocuparemos. Después, Ida Lupino trabajaría, también, como directora, productora, guionista y actriz en distintas series de televisión.

Ida Lupino como intérprete entra en el Olimpo de la sala oscura por su papel de chica del gangster en la maravillosa El último refugio. Todo un clásico de la década de los cuarenta. Una mujer dura pero enamorada que nunca dejará solo a un fuera de serie como Bogart, un fuera de la ley ya cansado. Y, está fantástica como periodista de lengua viperina en Mientras Nueva York duerme. Sus personajes fuertes reflejan a una mujer acostumbrada a lidiar en un mundo de hombres, sobre todo en los conservadores años cincuenta en EEUU. Y, la mujer real, Ida Lupino, supo imponerse en un mundo de hombres con estupendos resultados. 

El bígamo es una película sencilla pero de gran elegancia en su construcción. La historia es atractiva y la riqueza de los personajes y puntos de vista es asombrosa y muy moderna para los tiempos que corrían. La película parte de una idea: un hombre, por una serie de circunstancias, que nos son narradas de forma clara y transparente, termina casado con dos mujeres y llevando dos vidas paralelas. Con un ritmo pausado, que no lento, vamos implicándonos en la historia de un bígamo. 

Lo de modernidad no lo digo como tópico. Trataré de explicarme. Ida Lupino presenta la bigamia de su protagonista como un hecho absolutamente comprensible. El protagonista, un ajustado Edmun O’Brien, vive una serie de circunstancias que justifican que en un momento de su vida se enamore de otra mujer y la historia explica de manera certera que ame a las dos y que se sienta atrapado en las dos relaciones sin decidirse a romper con una de ellas. En El bígamo, Ida Lupino no condena a ninguno de sus personajes. Las dos mujeres y el hombre son personajes cargados de humanidad. En ningún momento toma partido por ninguno y los tres, incluso en el juicio final, son tremendamente humanos. No hay ninguna aptitud de odio o reproche. La película es dominada totalmente por la personalidad y las miradas de las dos mujeres protagonistas (una elegante Joan Fontaine y una fuerte y desencantada Ida Lupino). 

La trama se desata cuando un matrimonio de clase media toma la decisión de adoptar a un niño. En la agencia de adopción les piden firmar un papel en el cual permiten la investigación de la vida de ambos cónyuges. Los descubrimientos los va realizando un anciano Edmund Gwenn. 

Debajo de toda esta trama subyace uno de los temas principales de la película y es la soledad de cada uno de los personajes. Los tres protagonistas de esta historia llegan a la situación que narra la historia por un tema de soledad. Donde da igual el trabajo, el éxito profesional, o la vida en pareja, los personajes se sienten solos en una vida que se les hace dura y gris. 

El bígamo se convierte en una película exquisita y elegante, muy bien contada y bien interpretada, y en el descubrimiento, para mí, de una directora, Ida Lupino. 

 

Marlon Brando

Nunca hubo hombre como Brando. Hermoso hasta decir basta en su juventud y madurez, luego hizo gala del descuido. Marlon Brando fue una persona que demostró ser siempre especial y que nunca le quitó el sueño una de sus armas, la belleza. 

Su personalidad de hombre complejo queda escrita en una autobiografía interesante (Las canciones que mi madre me enseñó, editorial Anagrama. Lectura que recomiendo) donde queda uno de los rasgos de su personalidad que más supo sacar el director Elia Kazan, bajo el rostro de un hombre brutal y vital, casi sin sentimientos, se descubre otro rostro de un hombre dulce y tierno que desea ser amado. 

Lo elevé al Olimpo de los dioses de la sala oscura hace muchos, muchos años, en un ciclo donde devoré la mayoría de sus películas. Después, mi declaración de amor creo que se convertirá en eterna. De hecho una de mis películas favoritas –de esas que me llevaría a una isla desierta– tiene a Brando como protagonista: La ley del silencio (1954) que diría me sé escena por escena. Todavía tiemblo en esa conversación entre hermanos o con esa historia de amor junto a Eve Marie Saint. 

Ya en Hombres (1950) mostró además de una belleza sin límites (sé que me repito pero no puedo evitarlo) que era capaz de construir un personaje hasta las últimas consecuencias. Aquí, Brando aprendió a manejarse en una silla de ruedas para hacer más verídica su representación. En Hombres se mostraba como un joven que la Segunda Guerra Mundial le postraba en una silla de ruedas. 

A Brando ya se le conocía como un fenómeno en los escenarios de Broadway con su representación de Stanley Kowalski del director Elia Kazan, que tiene la oportunidad de pasar el drama de Tennesse Williams al celuloide. La fuerza de Brando desarma y se rodea de un elenco de grandes actores que hacen de esta película una pequeña joya. Vivien Leigh como Blanche o Kim Hunter como su esposa logran sacar el mito sexual de un hombre que se rasga la camiseta al pie de una escalera y grita desesperado el nombre de Stella. Ambas dejan reflejar al Stanley más tierno o al Stanley más bruto, sin sensibilidad alguna. Ahí Marlon ya emplea otra de sus armas que llena su filmografía de momentos grandes, su sonrisa. Un tranvía llamado deseo (1951) sólo tiene un rostro de Stanley. 

Al año siguiente se planta un bigote y unos andares de campesino y crea a un héroe idealista. Se juntó con otro rostro fuerte, Anthony Quinn, y el guión de John Steinbeck y nos dejaron a un Emiliano Zapata para siempre. Así como una escena escalofriante de un Brando que, en escenas memorables, sufre la destrucción del cuerpo, un Zapata solitario acribillado a tiros. De nuevo, Viva Zapata de Elia Kazan le eleva al altar de la sala oscura. 

En 1953 se convierte en motero apático en película pequeña, con un Lee Marvin pasado de rosca –cómo le sentaban esos papeles– y con su cazadora de cuero y su gorra nos deja una escena de sonrisa genial para que sus admiradores rebobinen una y otra vez (sigo conservando vhs que se cae a pedazos). Él es Salvaje capaz de sonrisa tierna. 

También, ni corto ni perezoso, y con pecho descubierto, se atreve a dar su especial versión de un Marco Antonio, perfecto de busto romano incomparable. Su personaje en Julio Cesar le muestra susurrante y héroe honesto hasta el final. Su fuerza física y la riqueza de su personaje le hace brillar en el mundo shakesperiano pese a las dudas de los más puristas. 

En 1954 se convierte en Terry Malone, ese joven ex boxeador desencantado y sin esperar nada de la vida que pasa sus días entre el grupo mafioso que tiene a su hermano como uno de los líderes. Un grupo de mafiosos que se ha apoderado de los muelles y el sindicato y hace vivir a los trabajadores en la ley del silencio. Terry es la historia de un despertar de conciencia y de un hombre que busca la redención. Elia Kazan hizo La ley del silencio en un momento crítico de su carrera cuando ya había repetido los nombres de compañeros, simpatizantes o pertenecientes al partido comunista, en el periodo de La Caza de Brujas (que como he repetido en más de una ocasión dedicaré un post). Terry, pese a las dobles lecturas, es uno de los héroes que más me conmueven. Al final, tras una brutal paliza, tiene que cruzar un largo camino para liderar a sus compañeros hacía, quizá, tiempos mejores. 

A partir de este momento y hasta 1958 su carrera comienza a pasearse por el mundo de las superproducciones que funcionan más mal que bien pero no exenta de piezas cinematográficas curiosas. Trabaja en dos papeles junto a Jean Simmons. En Desirée se convierte en un Napoleón con más pena que gloria. Pero, está absolutamente encantador como jugador empedernido y enamorado de una encantadora mujer (Jean, claro) del Ejército de Salvación. Ambos nos deleitan con sus voces y unas canciones bajo la luz de la luna cubana en Ellos y Ellas. Después juega al transformismo en la aburrida La casa de té de la luna de agosto, Brando se convierte en un japonés que va de gracioso. Y, por último encarna a héroe romántico en plena guerra de Corea que bajo música pegadiza se enamora de una japonesa en Sayonara. 

Termina la década de los cincuenta con dos producciones muy interesantes. En El baile de los malditos se tiñe de rubio y encarna a un oficial alemán en la Segunda Guerra Mundial. El militar, que defiende y cree en el partido nazi, descubre el horror más atroz y se da cuenta de que no es eso en lo que él creía o apoyaba. Otro héroe que se conciencia y redime. Un personaje complejo que un Brando de pelo dorado borda. Al otro lado del océano nos encontramos con las historias de dos soldados norteamericanos (uno de ellos judío) con los rostros sorprendentes de Dean Martin (que en este tipo de papeles demostraba que era más que un cantante o showman) y Monty Clift (como siempre uno de mis atormentados favoritos). 

Y vuelve a brillar en un drama sureño de Williams. Es una película tan oscura y triste. Tan decadente. Que no hizo que el público corriera a las pantallas. Pero me quedo con Brando y su cazadora de piel de serpiente, y su guitarra, y su héroe trágico, sin escapatoria. Al lado de la trágica entre las trágicas, una brillante y triste Ana Magnani en su corta carrera norteamericana. Ambos son grandes en sus escenas juntos. Piel de serpiente es una rareza con la que merece la pena reencontrarse. 

Los años sesenta no son brillantes en la carrera de un Brando de rostro más maduro y todavía muy hermoso. Pierde la cabeza en la dirección de un western extraño en el que se deja pegar brutal paliza, El rostro impenetrable. Es uno de los tantos actores que protagoniza una nueva versión de Rebelión a bordo. Con alguna escena que recordar pero con más pena que  gloria, como su Napoleón. No logra divertir al respetable público en una producción que pretendían ser comedia elegante, Dos seductores. Tiene que llegar Arthur Penn para hacerle protagonista, de nuevo con paliza incluida, en una gran historia, La jauría humana. En una jornada de calor, el sheriff (genial Brando) de una pequeña localidad es el único que no pierde la cabeza y trata de salvar a un Robert Redford fugitivo. 

En 1967, de nuevo toma el papel de militar complejo junto a una incombustible y erótica Liz Taylor, insatisfecha. Brando se descubre seducido y, quizá enamorado, de un joven soldado. Película extraña del gran John Huston. Brando, atormentado, da lo mejor y más triste de su ser. En el guión de Reflejos en un ojo dorado ya sale el nombre de Francis Ford Coppola que resucitará al mejor Brando en los setenta. Este mismo año despide también la carrera como director de Charles Chaplin en una comedia de las de antes, ya pasada y por eso llena de encanto. La condesa de Hong Kong muestra la química y la diversión del equívoco junto a un Marlon Brando afable, romántico y de sonrisa perpetua y una Sophie Loren divertida. 

La carrera de Brando está en un punto bajo. Sin embargo, los amantes de la sala oscura quedan deslumbrados por una nueva transformación de este actor que sale absolutamente desconocido y alejado de su imagen física y de su mito erótico para ser el inolvidable Padrino en 1972. Un joven y loco Coppola confía plenamente en el actor, cuando ya nadie apostaba por él. Nadie olvida su voz rota, o quizá, ronca, su bigote, su traje negro y sus caricias a un gato. El Padrino rige la vida de cada miembro de su familia y es el rey de la mafia. 

Al año siguiente regresa, de nuevo maduro y atractivo, pero con arrugas de hombre vivido y decadente, en la sensual y tremendamente triste, El último tango en París. Dejando a parte las connotaciones sexuales y lo que supuso en la época, Marlon refleja como nadie el horror de la soledad y el abandono. 

Un Brando, ya en condición de mito, decide aparecer en papel por dinero en una película mítica de finales de los setenta. Se convierte en el padre de Supermán. 

Coppola vuelve a confiar en él en papel secundario y tremendo. Brando, calvo e inmenso, sumergido en el horror de Vietnam, se mete de lleno en el corazón de las tinieblas como el coronel Kurtz en Apocalypse Now. Su último gran papel. 

Después, el mito erótico por excelencia y el actor por antonomasia de los cincuenta, se convierte en su propio fantasma, cada vez más orondo y trágico. Aparece esporádicamente en producciones con papeles secundarios como un actor de ayer. En los noventa destaco las películas junto a un actor que le adoraba, Johny Depp (otro camaleón): una comedia que le devuelve la sonrisa de ayer, Don Juan de Marco, y un drama que le reserva un papel triste, por malvado y siniestro, en The Brave. 

Marlon Brando nunca abandonará el Olimpo…, yo se que él nunca se fue. Cuenta con demasiadas sonrisas y héroes trágicos que nos lo devuelven una y otra vez a la sala oscura. 

 

La última sesión

Mi regalo de reyes magos es una pieza teatral corta que resume todo el amor que siento por el cine, las historias que cuenta, las salas, los personajes. Sé que no es una buena obra pero está escrita desde el corazón y con todo el cariño que puedan imaginar.

LA ÚLTIMA SESIÓN 

(Oscuridad. Se escucha la banda sonora de los créditos finales de Memorias de África. Se oye el ruido de butacas que se levantan,  jaleo de gente que se marcha y una puerta que se abre y se cierra. Poco a poco se va iluminando el escenario. Nos encontramos en una sala de cine. Es un cine de barrio, de los de toda la vida, se ve la fila de butacas que da al pasillo. La música sigue sonando y sólo queda, en las primeras filas, cerca de la pantalla –que sólo intuimos por la luz del proyector— una mujer morena de unos 55 años, atractiva y con una sonrisa en los labios. No quita ojo de la pantalla. Ha envejecido bien. Lleva unos vaqueros, una camisa blanca, un jersey de colores vivos y unas deportivas. Terminan los títulos de crédito. Se levanta despacio. Su rostro se vuelve triste, recorre la sala con la mirada. Y se dispone a marcharse por el pasillo. Se abre la puerta y entra el acomodador. Un hombre de pelo cano, más o menos de la misma edad que la mujer, uniformado. Se dirige a ella)

Acomodador: Vas a irte sin que ni siquiera sepa tu nombre.

Espectadora: (sorprendida) Perdone, ¿cómo dice?

Acomodador: Que si ni siquiera voy a saber su nombre.

Espectadora: (sonríe) Roberta.

Acomodador: Yo me llamo Alex.

Espectadora: Encantada… (se queda cortada) y hasta luego.

Acomodador: Perdone que la moleste. Hoy se ha celebrado la última sesión de este viejo cine. Ha sido un buen broche final acabar con Memorias de África… Me gustaría pedirla un favor.

Espectadora: (entre extrañada y curiosa) Dígame.

Acomodador: Quédese un rato. Sentémonos en las butacas y charlemos…

Espectadora: (inquieta) Me encantaría quedarme, y siento el cierre de esta sala, pero me esperan.

Acomodador: (Intranquilo) Por favor, quédese. Su familia o quien sea tiene años y años para verla. Quizá, hoy sea el último día que nos veamos. Quédese.

Espectadora: Lo siento (y hace ademán de marcharse)

Acomodador: (la agarra del brazo, suavemente) No se volverá a repetir este día, eh, Roberta. Es mejor así.

Espectadora: (molesta) pero, qué dice…

Acomodador: Roberta ya se que sólo me ve como un simple acomodador de sonrisa amable a quién durante 30 años le ha dado propina por buscarle el asiento correcto… pero (la espectadora se sienta y le escucha sorprendida) yo el 20 de julio de 1977 le juré amor eterno en esta sala de cine. Llevo meses preparando este momento, que por favor, tiene que ser especial.

Espectadora: (incrédula) Oiga, esto no será una broma. Usted sabe que siempre me ha caído simpático pero estoy desconcertada…

Acomodador: Aquella tarde usted iba con un precioso vestido de verano. Como es habitual, llegaba sola. Estaba bellísima. Aquella tarde estrenábamos Robin y Mariam. Nunca olvidaré sus lágrimas ante la declaración de amor de Audrey Hepburn…

Espectadora: (vuelve a levantarse) ¿Cómo ha dicho que se llama? No quiero ser descortés. Siento el cierre de la sala. Siento que se quede sin trabajo pero yo tengo que marcharme…

Acomodador: (de rodillas) Me llamo Alex. Espere… Te amo. Te amo más que a todo; más que a los niños; más que a los campos que planté con mis manos; más que a la plegaria de la mañana o que la paz. Te amo más que al amor, o que a la alegría, o a la vida entera. Te amo más que a Dios.

Espectadora: Por favor, creo que usted no se encuentra bien y está diciendo una sarta de tonterías. Levántese. Mire, yo me marcho. De verdad, siento muchísimo el cierre de esta sala de cine. Pero, pero yo tengo que marcharme… (y se dirige rápidamente a la puerta de salida

Acomodador: (se quita la chaqueta de su uniforme, todavía es un hombre de buen porte, la tira a las butacas. Está transformado. Grita a voces, de rodillas y con los brazos en cruz) ¡¡Rooooooberta, Roberta!!

Espectadora: (alucinada, se para y se da media vuelta) Mire no sé si reír o llorar. ¿Me quiere explicar qué está haciendo?

Acomodador: ¿No le parezco tan desesperado y tan salvajemente atractivo como Marlon Brando en Un tranvía llamado deseo? La estoy llamando a gritos, le suplico que se quede. Respecto las palabras que antes le he dicho… creí que iba a recordarlas…¡¡¡cómo lloraba usted mientras Marian se declaraba a Robin!!!

Espectadora: (ríe) No me puedo creer que esto me esté pasando. Alex, ¿qué es lo que quiere? Usted y yo hemos cruzado muy pocas palabras. Yo he venido durante 30 años a la sesión de siete de los miércoles. Nos hemos sonreído, usted ha hecho su trabajo, yo he disfrutado con un montón de películas… pero ¿qué es esto?

Acomodador: ¡¡¡Quédese!!! Permítame que ésta sea nuestra tarde de cine, nuestra última tarde. Mi última tarde. Se lo pido…

Espectadora: (extrañada) ¿Qué quiere decir con su última tarde?

Acomodador: (se sienta en una butaca y hace que monta en una moto. Hace como que no ha escuchado las palabras de Roberta) Recuerdo la primera vez que la vi. Yo acababa de estrenar mi amado trabajo. Tenía 24 años. Corría el mes de octubre de 1954. Habíamos estrenado la película de una joven promesa americana, que más tarde sería Marian. En cuanto usted apareció por la sala de cine… cómo deseé tener la vespa de Gregory Peck y mostrarla todos los encantos de Madrid. Sólo soñé. Como todos estos años… (Roberta se sienta en la butaca de delante y gira su cabeza para seguir escuchando de frente a Alex) ¡¡¡Cómo desee parecerme en algo al protagonista de Vacaciones en Roma!!! ¡¡¡Cómo deseaba que alguna vez me hubiese mirado como usted mira a Gregory Peck, a Marlon Brando, a Paul Newnam o a Robert Redford…!!!

Espectadora: (halagada) Alex, de verdad, que yo nunca imaginé…

Acomodador: No hables. Quiero hacerte un regalo. Un pequeño regalo. El proyeccionista es un gran amigo y me ha ayudado a montar esta tarde de cine… Mira la pantalla… (se levanta y va hacia las luces. Las apaga y hace una señal justo al otro lado de la pantalla –se entiende que a la sala de proyección-. Comienza a funcionar el proyector. Roberta, acomodada, mira la pantalla. Él se acerca y se queda otra vez detrás de ella. Empieza a sonar Somewhere en la película West side story) ¿Ves? Yo sé que hay un lugar y un tiempo para nosotros. Y es esta tarde. Escuchemos en silencio. Me permites que ponga mi mano en tu hombro. Sólo eso. (La cabeza de Roberta asiente. Alex coloca su mano en el hombro. Escuchan)

Espectadora: (gira bruscamente) ¿Qué es esto?

Acomodador: Nuestro lugar, nuestro tiempo. No sabes nada de mí, ni yo de ti. Sólo tenemos como referencia este espacio. Yo te he imaginado en miles de historias. No sé cómo eres en realidad. No me importa porque siempre te he soñado y así te quiero. Ahora quiero que tú también me sueñes, me sientas. Quiero estar en tu película.

Espectadora: Sabes que no me gustan las películas de psicópatas. Ni las de terror. Ni las claustrofóbicas… ¿lo sabes, verdad?

Acomodador: (riéndose) Claro que lo sé. Era lo único que me preguntabas. “La película de hoy no será de miedo, ¿verdad?”.  (La música deja de sonar. Se apaga el proyector y Alex se levanta a encender la luz. Roberta va detrás)

Espectadora: (rápida) Te agradezco mucho todo pero yo ya me marcho.  Yo no hago películas. Las veo y luego me doy cuenta de que vivo en un mundo real… y…

Acomodador: (le pone suavemente un dedo en la boca) ¿Para qué queremos más realidad? Tú siempre has sido la chica con la que hubiese deseado protagonizar mi película. No te vayas… es mi último deseo.

Espectadora: (con cara de preocupación) Vale, Alex. Me quedo.

Acomodador: Gracias y perdone…

Espectadora: (decide entrar a saco en el juego cinematográfico) Yo no le pido que me perdone, yo misma no me comprendo ni me perdonaré nunca, y si una bala me alcanza, Dios no lo quiera, me reiré de mi propia estupidez. Sólo sé y comprendo una cosa, y es que te quiero Alex, pese a ti y a mí y a este mundo que se desmorona a nuestro alrededor, te quiero. Porque somos iguales, dos malas personas, egoístas y astutas, pero sabemos enfrentarnos con las cosas y llamarlas por sus nombres…

Acomodador: (riendo feliz se pone a brincar como un loco delante de Roberta y comienza a subirse encima de las butacas) ¡¡¡Quiero a una mujer!!!¡¡¡Quiero a una mujer!!!

Espectadora: (seria) ¿Te puedo pedir un deseo? (Alex asiente feliz) Siempre quise sentirme Vienna por un día y que un Johnny Guitar me hablase a la distancia.

Acomodador: (se sitúa frente a ella) ¿A cuántos hombres has olvidado?

Espectadora: A tantos como mujeres tú recuerdas.

Acomodador: ¡No te vayas!

Espectadora: No me he movido

Acomodador: Dime algo agradable

Espectadora: Claro, ¿qué quieres que te diga?

Acomodador: Miénteme. Dime que me has esperado todos estos años. Dímelo.

Espectadora: Te he esperado todos estos años.

Acomodador: Dime que habrías muerto si yo no hubiese vuelto.

Espectadora: Habría muerto si tú no hubieses vuelto.

Acomodador: Dime que aún me quieres como yo te quiero.

Espectadora: Aún te quiero como tú me quieres.

Acomodador: Gracias

Espectadora: Gracias

Acomodador: (se sienta en una de las butacas. De pronto, parece cansado) Está siendo una tarde de cine. Tal y como la había planeado. No me has decepcionado. Me voy a ir feliz. Hoy cerraré los ojos y recordaré esto. No me importa no despertar. Has protagonizado mi película… después de 30 años… en la última sesión. ¿Me leerás un poema como Karen Blixen a su cazador amado?

Espectadora: (muy seria) Suenas como un Al Pacino que se dirige a un peligro, puede que a la muerte, y se despide de los seres queridos.

Acomodador: (sonriendo) Ya, si ya se nota que tu debilidad es Al Pacino. Me alegra que me compares con él.

Espectadora: (se sienta a su lado) No voy a bromear. Y voy a ser directa porque como sabemos cuando salgamos de esta sala, nos enfrentaremos a la realidad de todos los días… ¿usted va a suicidarse?

Acomodador: Roberta, Roberta, chirría tanta realidad. Recuerde que éste es nuestro espacio, nuestro tiempo. ¿Qué más da lo que pase fuera? Ahora, ahora, mismo soy feliz… usted es la protagonista que quiero a mi lado.

Espectadora: Me voy a volver un poco Tracy Lords de Historias de Philadelphia… Alex, soy una mujer real, de carne y hueso, con sentimientos. No soy una estatua o una imagen. Me puedes tocar. Tengo una historia…

Acomodador: (vuelve a ponerla el dedo en la boca) Estás rompiendo la magia…

Espectadora: (le quita la mano bruscamente y se levanta) ¡No, vas a escucharme con magia o sin ella! Tengo una historia, unos sentimientos, durante estos 30 años, he llorado, he reído, he tenido problemas, alegrías y penas… todos tenemos una vida real, Alex. Esta tarde de los miércoles para mí era sagrada porque era mía y voy a confesarte una cosa: me encantaba que me sentaras, me encantaba tu sonrisa, me sentía protegida… El cine me permitía vivir otras historias, viajar a otros mundos, y ver a un acomodador que me trataba con ternura… ¿te enteras?… Y, ahora, me vienes con ésas…

Acomodador: (Llora tierno) No me lo puedo creer… Yo, Roberta, por muchas cosas, que no entran en esta película, estoy acabado. Sólo quería irme con un final feliz en esta apestosa vida que he llevado…

Espectadora: (vuelve a sentarse y le toma el rostro) Alex, Alex, tú sabes mejor que nadie que la vida está llena de cosas apestosas pero hay otras que, por pequeñas que sean, merecen la pena. Los miércoles tú y yo estábamos viviendo nuestra película particular… real y podemos seguir viviéndola. No sé dónde ni cómo… pero desde luego si sigues aquí en este mundo real. Esa sonrisa tuya no puede desaparecer. Tú das protección y seguridad. De verdad, Alex.

Acomodador:(sonríe) Tengo 56 años, ahora en paro, me he divorciado dos veces, vivo en un pequeño apartamento… no veo muchas salidas laborables… amo el cine y llevo 30 años pensando cómo hubiera sido mi vida contigo de co-protagonista. Eso me hacía levantarme muchas mañanas de la cama…

Espectadora:(sonríe) Tengo 55 años, jubilada anticipada, llevo cinco años viuda, vivo en un piso con mis dos hijos… amo el cine y llevo 30 años intentando dejar mi timidez a un lado y entablar una conversación de más de 10 minutos con un acomodador que me cautiva por su sonrisa.

Acomodador: (se levanta) Me permites unos segundos. No sabía si iba ser posible que te quedaras pero tengo más cosas preparadas. Espera. (Se va corriendo y cierra la puerta tras de sí. Vuelve abrirla) Roberta, no te vayas… Ahora, viene la culminación de nuestra escena. (Desaparece)

Espectadora: (ríe) No te preocupes… te aseguro que ahora no me voy a marchar…

Acomodador: (regresa con una bolsa de pic nic y un magnetofón) En homenaje a Memorias de África, he preparado un pic nic especial para que tomemos algo aquí (va sacando unos cojines, un mantel a cuadros, lo coloca en el pasillo, saca dos copas de champaña, dos servilletas y una botella. Saca dos platitos llenos de uvas. Lo coloca todo. Mira a Roberta que observa cada uno de los movimientos de Alex. La coge de la mano hace que se levante de la butaca y la invita a uno de los cojines. Ella sigue sus indicaciones. Alex abre la botella y entre risas y mucha espuma llena las copas. Ofrece una copa a Roberta y se queda otra él. Los dos sentados. Brindan)

Espectadora: Por un buen final

Acomodador: Por un buen final. (Beben ambos) Roberta, ¿me permite? (Pone el magnetofón y suena el concierto para clarinete de Mozart que suena en Memorias de África. Ofrece su mano a Roberta y la pone en pie… Ambos comienzan a bailar, lentamente)

Espectadora: Mañana será otro día (se abrazan y continúan bailando mientras poco a poco la sala de cine va quedando en penumbra) 

¿Sabías que…? De Oscars y muertes

Hattie McDaniel por su interpretación de Mami en Lo que el viento se llevó fue la primera actriz afroamericana que ganó un Oscar.

Sydney Portier fue el primer actor negro que ganó un Oscar en la categoría de Mejor actor principal por Los lirios del valle (1962).

Leslie Howard y Carole Lombard murieron en accidente de avión distintos pero en la misma época. Corría la II Guerra Mundial. Ella volaba en un avión para vender bonos y su avión sufrió un accidente en 1942. La muerte de Leslie Howard todavía es un misterio, su avión fue alcanzado por los nazis en 1943. Unas versiones apuntan a que la aviación nazi pensaba que en ese avión volaba el mismísimo Churchill, otros hablan de que Howard era un espía y, por lo tanto, un objetivo de guerra.

En los setenta se suicidaron dos actores de carácter. Charles Boyer, 1978, y George Sanders,1972. El primero no aguantó la muerte de su esposa de toda la vida y el segundo dejó una nota en Castelldefels (Cataluña) en la que confesaba que se iba porque estaba aburrido. Ambos hicieron gala de sus papeles cinematográficos, Boyer llevó al cine romántico a altas cumbres y Sanders siempre brilló por su cinismo.

El director más nominado en la categoría de Mejor Dirección en los Oscars fue William Wyler cada vez más olvidado. Durante su carrera fue nominado doce veces y ganó la estatuilla en tres ocasiones (La Señora Miniver, Los mejores años de nuestra vida y Ben Hur).

La primera vez que se dio un Oscar a una película en la categoría Mejor película de habla no inglesa fue en 1947 y fue a parar a las manos de Vittorio de Sica y El limpiabotas. 

Otro regalo cinéfilo para una buena bienvenida al 2008

Y un ángel maltrecho, que sólo quiere conseguir sus alas, en una pequeña carta nos dice que: “Querido George: recuerda que ningún hombre que tiene amigos es un fracaso. ¡Gracias por las alas! Cariño. Clarence”. 

¿No es cierto? Desde luego, ¡Qué bello es vivir! es una película sabia. Nos seguiremos cuidando y ampliando lazos en el 2008.

Tierra, la película de nuestro planeta

No podía ser de otra manera, decidí terminar el año con una película. Me dirigí a la sala de cine con personas muy cercanas a mí y allí estábamos la tarde del 31 de diciembre disfrutando todos como locos de Tierra, la película de nuestro planeta. 

Las imágenes nos hicieron reír, llorar; nos provocaron temor, riesgo, aventura; también, nos hicieron pensar y concienciarnos…, ¿si tenemos un espacio natural tan hermoso, si la vida bulle por cada poro del planeta, por qué no tratamos de conocerlo más, de mimarlo, de cuidarlo, de amarlo, de protestar por las burradas que se cometen a nivel humano en la naturaleza, por qué no nos duele el impacto negativo que los humanos estamos provocando un día y otro día en el espacio que nos sustenta? 

Después, de un párrafo anterior, por cierto, muy épico, pero dicho absolutamente desde el corazón y la cabeza, invito a ver este documental de Alastair Fothergill y Mark Linfield. ¿Por qué invito? Invito en sala de pantalla enorme porque ambos documentalistas, tras cinco años de trabajo, han conseguido filmar la vida natural de manera espectacular. Es un documental que toca la cabeza pero va directo al corazón. Y, ese sentir, a veces, no está nada mal y es necesario.  

Así que yo en la sala viajé con los osos polares, lloré como una condenada por su destino, me emocioné con la elefanta que protege a una cría exhausta de sed, me quedé con boca abierta al sentir la inteligencia de la ballena jorobada con bebé, temí por animales acechados por lobo o felino (¡¡¡Ay con lo que yo los amo y lo peligrosos y depredadores que son!!! Cuando llegué a casa besé como una loca a mi Marlon y a mi Sally, mis gatillos, a veces, me olvido de que tienen fauces, uñas y que son cazadores); volé con las aves y sus migraciones; lloré de la risa con los patillos mandarines, los monos u orangutanes, los andares de los pingüinos. Me entusiasmé con los paisajes. 

Tierra me pareció tierna, dura, salvaje, hermosa…, y, sobre todo, avisa de un fenómeno que deberíamos tener en cuenta. No sólo por que esté de moda sino entender de verdad qué es lo que está pasando, leer, escuchar, informarnos…, la vida que bulle encuentra obstáculos que antes no tenía. ¿Qué está pasando? 

Sólo pongo dos peros y los dejo en el aire, ¿sería tan poderosa sin ese uso abusivo de la voz en off y esa música espectáculo?, ¿no eran suficientemente potente las imágenes para darnos cuenta de la belleza con la que todavía contamos? 

Ironías a parte, Tierra es una película que recomiendo…, nos hace descubrir un mundo vital que olvidamos a menudo que existe. Y ahí está. Dejémonos de tonterías, modas y demás y creemos realmente una conciencia ciudadana y ecológica para nuestra generación y generaciones futuras. Quizá no sea original pero recuerda que estamos acompañados por otros seres vivos y que deberíamos hacer un esfuerzo de respeto y conservación de la naturaleza. ¿No pensáis que dice mucho de nosotros, los hombres, nuestra mayor capacidad para cuidar menos del planeta tierra que increíblemente es el lugar donde vivimos?

Diccionario cinematográfico (45)

Erotismo (1º parte): despidamos el año de forma picante. Nos iremos al cine clásico (a la década de los treinta) y las ciento una y mil posibilidades de erotismo insinuado…, bastante más conseguido que el explícito uso de la sexualidad. El erotismo consigue que la mente del hombre y la mujer imagine y sueñe, se eleve. Vamos, que la cabeza nos funcione un poco más. El secreto de plasmar el deseo sexual pertenecía a los clásicos. Casi al inicio del sonoro, cinco heroínas con sus galanes respectivos fueron las reinas del erotismo –bueno, hubo muchas y muchos más, esto sólo es un ejemplo de posibilidades–. 

Y empieza la fiesta de erotismo cinematográfico: Joan Crawford, toda ella lujuria y deseo, que vence al puritanismo, en Lluvia (1932) de Lewis Milestone. ¿Imaginan la lluvia incesante en una selva, una mujer seductora, hermosa y pecadora haciendo que caiga a sus pies a un puritano y radical pastor? Marlene Dietrich da la llave de su apartamento a un joven legionario Gary Cooper. Y el deseo llena la estancia. Nunca una aparición de una dama había causado tanto desvarío. La Dietrich baila y canta en un cafetucho marroquí, toda hermosa, vestida de frac y con sombrero de copa. Seduce por igual a hombres y mujeres en Marruecos (1930) Josef von Sternberg. 

La gran Bette Davis recibe castigo por ser seductora y erótica en un triste relato sobre la decadencia en Cautivo del deseo (1934) de John Cromwell. Su camarera Mildred obsesiona a un estudiante con cara de Leslie Howard. Y, nos vamos a una gran venus rubia, que elevó las salas a un erotismo de altas temperaturas. La malograda Jean Harlow que nos regaló sus juegos seductores en varias producciones. La rescatamos en Mares de china (1935) de Tay Garnett junto a otro rey de la sensualidad masculina, Clark Gable. Como ven el mar, tierras lejanas, el hombre de mar y la mujer de mundo son los reyes del erotismo. No olvidemos que esta pareja erótica ya había subido temperaturas en la primera versión de Mogambo que en 1932 rodó Victor Fleming con el nombre de Red Dust. 

No podíamos dejar esta flamante lista del erotismo clásico sin la gran Greta Garbo que ya en el cine mudo mostraba sus armas para seducir a los hombres. Podemos recogerla en el sonoro en Mata Hari (1931) de Robert Fitzmauricie o en alguna de las escenas de La Reina Cristina de Suecia (1933) de Robert Mamoulian. Como espia sensual o como reina ambigua, da igual, la Garbo da rienda suelta a una sensualidad que se escapaba de cada uno de sus poros y movimientos. Ellos son Ramón Novarro y John Gilbert, reyes de lo erótico en el cine mudo, junto a su compañero Rodolfo Valentino. ¿Y qué me dicen de ellos? ¿Alguien ha olvidado al periodista más sensual de los treinta con cara de Clark Gable, que se mostraba sin camiseta de tirantes, en la maravillosa Sucedió una noche (1934) de Frank Capra? Alguien olvida su erotismo a flor de piel seduciendo a la millonaria Claudette Colbert. 

¿Y el primer Cary Grant? Recordemos que le llevó a la fama de la mano, todo un mito sexual, la gran Mae West. El pícaro y sensual Grant joven luego se transformó en el elegante Grant del futuro. Pero, recuérdenlo en La venus rubia (1932), No soy un ángel (1933) o La gran aventura de Silvia (1935).  Tampoco se queda atrás el joven Gary Cooper, que hizo suspirar, por su belleza, su sonrisa erótica y canallesca. Ahhh, luego sería el prototipo del honesto e incorruptible héroe americano –que confesémoslo, no lo hacia nada mal–, pero damas y caballeros, sus principios marcaban otros rumbos. No le olvidemos en Marruecos (1930), en la primera versión de Adiós a las armas (1932) o en Una mujer para dos (1933). También, se podía suspirar allá en los treinta por el intrépido Errol Flynn, el juguetón de sonrisa impertinente y cuerpo atlético que hacía suspirar si alguna vez caíamos en sus brazos en Capitán Blood (1935), Robin de los Bosques, 1938 o La vida privada de Elizabeth y Essex (1939).

American Gangster

Gran decepción. Ridley Scott ofrece una producción entretenida pero no aporta gran cosa al género y, además, finalmente te deja fría. Unas horas y American Gangster pasa al olvido. Lo has pasado bien, no está mal hecha pero su guión, sus personajes y hechos pasan pronto al olvido. El ritmo es uno de los grandes fallos de la película. Curiosamente, son casi tres horas de película y, sin embargo a mi parecer, el desarrollo es equivocado. Uno de los aspectos que podrían haber sido muy interesantes que es la relación que se establece entre los dos protagonista: el policía incorrupto (Russell Crowe, más macarra de lo habitual…, ¡¡¡y qué bien le sientan estos papeles!!!…, aunque me quedo con el poli bruto y dulce a la vez de L.A. Confidencial) y el mafioso con su propio código (siempre elegante y sonrisa perfecta de Denzel Washington), el director lo desarrolla rápido y a mi parecer sin jugo en los minutos finales de la película.

American Gangster prometía. Contaba con todos los ingredientes para haber sido una buena película pero el conjunto, y es una pena, te deja con la miel en los labios. Los personajes secundarios se quedan como secundarios, sin ser relevantes, y eso que Scott se rodea de actores que darán mucho que hablar como Chiwetel Ejiofor (¡¡¡con lo que me gusta y lo poco aprovechado que está!!!).

De los personajes principales me quedo con el príncipe de la mafia negro, con el retrato de Denzel (que a pesar de todo no llega a ser brillante…, ¿o es que no nos acordamos del gran Carlito Brigante?). Al poli honesto de Russell Crowe le falta algo –que ahora mismo no sé explicar–, ¿quizá algún rasgo original? Ahora sí Crowe sigue demostrando que se come la pantalla a bocados.

No obstante, Scott, con una buena ambientación de la época, consigue escenas que hacen intuir lo que podría haber sido una buena película de mafia. Escenas que reconcilian con el buen cine de género y que no quiero contar porque todavía le queda bastante vida en las salas de cine. Sin embargo, me sigo quedando con Atrapado por su pasado (Carlito Brigante forever).

Regalo cinéfilo y literario

Guardo como oro en paño un ejemplar de una revista que vio la luz el 10 de enero de 1985. Se trata del número 22 de la revista Poesía (revista ilustrada de información poética) que fue editada por el Ministerio de Cultura. Este número era un monográfico que se titulaba El cine. Y está lleno de pequeñas joyas que tienen que ver con el cine y la literatura. Su índice es de lo más atractivo: Manolete, una película desconocida de Abel Gance. El cine a través de La Gaceta literaria y del cineclub de Ernesto Giménez Caballero con textos de Ramón Gómez de la Serna, Luis Buñuel, Salvador Dalí, Pío Baroja, Abel Gance, Rafael Alberti y Vicente Huidobro. Laszlo Moholy-Nagy: Dinámica de la gran ciudad. Un excelente e interesante artículo de Álvaro Armero con la colaboración de Juan Antonio Molina Foix, Escritores españoles en Hollywood. 

Y, por último, el regalo que quiero ofrecer: parece ser que existe una selección de secuencias filmadas por Juan Guerrero Ruiz de los integrantes de la Generación del 27. Son unas películas que filmó con una Pathé Baby de 9,5 mm. En este pequeño tesoro podemos ver a Pedro Salinas y Chacon y Calvo en Torrevieja (Alicante), a Jorge Guillén, Pedro Salinas y Melchor Fernández Almagro en el Paseo de Recoletos de Madrid; a Luis Cernuda en el Alcázar de Sevilla; a Fernando Villalón, Manuel Altolaguirre y Rafael Alberti en la Plaza de Cibeles de Madrid; a Dámaso Alonso y a Jorge Guillén en una azotea madrileña y, por último a Juan Guerrero Ruiz con su familia en Madrid.

En la revista en cuestión podemos ver los fotogramas, la película, e imaginar las imágenes en movimiento. Parece ser que los responsables, que recuperaron estos metros de celuloide (Rafael Zarza), pasaron estas viejas imágenes en vídeo a un ya anciano Jorge Guillén. Y el poeta les mandó un hermoso poema después de verlas: 

Misterioso

Pasa el vídeo misterioso

Vuelve el pasado en movimiento,

Y el instante insignificante

Llega enseguida a conmovernos.

¿Y por qué?

Porque significa.

No cruzan su flujo y su tiempo,

Frente a nuestros ojos atónitos,

Sin arrastrarnos a lo inmenso,

Ese impulso que es esencial.

Contra mareas, contra vientos,

Y jamás contacto con Nada,

Nada irreal que es siempre un sueño,

Y la gran verdad nos oculta:

El vivir del amigo muerto.

¿Cómo?

Salinas.

Me emociono.

Es él y todo el universo. 

¿Verdad que es hermoso? Espero que os guste mi pequeño regalo. Un beso. Hildy Johnson. 

Dustin Hoffman

Nariz enorme, pequeño, de pelo alborotado, sonrisa pícara, cara agradable…, con carácter. Camaleónico y genial. Versátil. El hombre del que toda chica podría enamorarse locamente porque cuando quiere es divertido y atractivo. En los años setenta presente en producciones magníficas. Nunca encasillado. Como muchos actores de su generación. Con sabiduría ha sabido adaptarse a los tiempos y como sus compañeros de generación sigue en activo y dando buen cine. Porque ellos son profesionales, actores. 

No pudo tener un debut más espectacular en película mítica de finales años sesenta. El joven con el que se identificó toda una generación. Apocado y encantador, no sólo se mete en la cama con una madura y atractiva Miss Robinson sino que se lleva a la hija vestida de blanco en autobús al ritmo de Simon and Garfunkel. El graduado nos dejó el rostro peculiar de un Dustin Hoffman camaleónico. 

Tan camaleónico que nos deja con la boca abierta en la maravillosa Cowboy a medianoche, donde Hoffman alcanza la adoración en la sala oscura y la pantalla grande como Rizzo, un estafador, sin hogar, cojo, enfermo…, y absolutamente enamorado de un gigoló inocentón con gorro de cowboy. El sueño americano se rompe a pedazos ante los espectadores. 

En los años setenta se empieza a hacer otra lectura de la historia y se refleja en el cine. Los indios ya no son los malos de la función. Arthur Penn nos lo cuenta con Hoffman en Pequeño gran hombre. Y, Sam Peckinpack sigue con sus tremendos análisis y estudios sobre la violencia y nos regala a un Hoffman impresionante como hombre matemático y pacifista que se enfrenta de manera brutal a la violencia en una casa aislada junto a su novia. Perros de paja es difícil de olvidar. El hombre pacífico tiene que ejercer de manera, horrible, los instintos más ocultos del hombre. Nadie está a salvo. 

Y, Dustin sigue regalando papeles que le elevan a los altares da igual que la película sea de presos de guerra, de periodistas que descubren la corrupción política o de un cómico que se derrumba. El rostro del actor camaleónico siempre está ahí en Papillon, Lenny o Todos los hombres del presidente, películas paradigmáticas de los setenta. 

¿Quién olvida el rostro de terror ante un dentista con cara de sádico –gran Lawrence Olivier, ya anciano, ya maestro– en esas películas policíacas e inolvidables de esa década prodigiosa en el cine americano? Dustin vuelve a brillar en la angustiosa y entretenida Marathon Man 

Termina los setenta y empieza los ochenta con dos películas comerciales y muy populares, la lágrima fácil de Kramer contra Kramer sobre el divorcio a los setenta o la divertidísima Tootsie donde Hoffman se transforma de manera magistral en mujer que se convierte en un fenómeno televiso de culebrón. 

Adoro a Arthur Miller y, además de descubrir a John Malkcovich, en 1985, Dustin se mete en la piel de Willy Loman en Muerte de un viajante. Y como en todos sus papeles, lo logra. Fue una película para la televisión, brillante. 

A finales de los ochenta se lleva el gran batacazo comercial y crítico junto a Warren Beatty en la extraña Ishtar (1987). Yo recuerdo que fui a verla cuando se estrenó y sólo logró ver a dos tíos corriendo en camellos y la cara de una actriz francesa, extraña, Isabelle Adjani. Pero al año siguiente consiguió un papel –que a la larga me puso de los nervios,  lo reconozco, no me gustó– que le volvió a poner en el panorama cinematográfico como un adulto autista en Rain Man. 

Los años noventa y el siglo XXI han dejado a Dustin como un actor secundario de lujo en producciones interesantes y comerciales. Sigue con carrera imparable. Dick Tracy y Hook aprovecharon sus dotes de transformista. Héroe por accidente le da un papel interesante de hombre en riesgo de exclusión. Un antihéroe desagradable que en un momento de su vida se convierte en héroe anónimo y desconocido. Propuesta interesante y desconocida. Se enfrenta al texto de Mamet en película independiente, American Buffalo, y se pasea por producciones comerciales y de calidad como Sleepers o La cortina de humo. 

Su rostro no pierde actualidad y sigue en alza en El jurado, Descubriendo nunca jamás, Los padres de él, la interesante Más extraño que la ficción o El perfume. Ahora, sigue con su transformismo en producción infantil en Mr Magorium y su tienda mágica…, pero los espectadores de la sala oscura le esperan en un papel protagonista como a los que nos tiene acostumbrados. Como aquellos papeles en los años setenta que le elevaron a los altares del Olimpo cinematográfico.