El cine que viene…

Aquí me encuentro y entre mis manos la revista de septiembre de Fotogramas (para mí cada mes es un ritual, sentarme tranquila y zambullirme en sus páginas). Uno de sus reportajes nos anticipa el cine para otoño del 2008 y ya tengo mis preferencias.

Me apetece mucho El patio de mi cárcel porque desde hace años conozco el trabajo de Teatro Yeses y admiro la labor de Elena Cánovas, su creadora e impulsora. Y ahí encontró Belén Macías su inspiración y semilla.

También espero que Scott no me disguste con Body of Lies y ofrezca película redonda. La trama parece interesante y cuenta con dos actores de excepción para este tipo de películas: Leonardo DiCaprio (sí, me gusta como actor y cada vez me deja mejor sabor de boca) y Russell Crow (el bestia que más me encanta en pantalla).

Me llama la atención el regreso, dicen que gamberro, de los Coen aunque hace mucho que no veo una película de los hermanos que me llene totalmente. Habrá que esperar a Burn after reading y ver cómo nos divierten Brad Pitt y el ya habitual -en sus comedias gamberras-, George Clooney.

Mike Leigh es un realizador que no me decepciona y ahí espero Happy Go Lucky… sobre una mujer optimista en situaciones difíciles… creo que va a gustarme.

Espero con curiosidad, y ójala no se quede sólo en eso, la nueva película de Agustín Díaz Yanes donde recupera el personaje de Gloria y otra historia fuerte de violencia con mujeres de carácter como protagonistas. Sólo quiero caminar puede hacerme hervir la sangre y emocionarme como Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto.

Clint Eastwood quizá nos depare otra dosis de buen cine clásico y bien contado con Changeling. No voy a mentiros, me apetece y bastante.

Como ya os confesé siento debilidad por Baz Luhrmann, odiado y amado por doquier, su barroquismo a mí me llega, qué se le va a hacer. Así que espero con emoción y espero no desinflarme, Australia, y sufrir y amar todo lo que se pueda junto a Nicole Kidman y Hugh Jackman.

Y, por último, creo que sucumbiré (aunque no me gusta Titanic) a la nueva unión interpretativa de DiCaprio y Winslet en Revolutionary road de Sam Mendes… una pareja de los años cincuenta pasaba por ahí…

Barbara Stanwyck

Barbara Stanwyck o Missy, como la llamaban los más cercanos, lleva 101 años entre nosotros en las sombras de alguna sala de cine o en el salón de casa. No es tan recordada como algunas otras coetáneas de su época pero para muchos es una aparición inolvidable. Actriz entre actrices con un carisma irrepetible. 

Y el motivo es el de siempre es una actriz de carrera prolífica sobre todo en los cuarenta pero mucha de su filmografía no es de fácil acceso aunque unos cuantos papeles la suben fácilmente al Olimpo de los ídolos de la salas oscuras. 

Una de las cosas que llaman la atención de Missy (que siempre fue celosa de su vida privada) es que cuando se leen biografías de otros actores o directores sólo se vierten buenas palabras para la actriz como intérprete profesional y como persona. Y eso ya es difícil. Tuvo dos matrimonios tormentosos con los actores Frank Fay (cuentan que el guión de Ha nacido una estrella se inspiró en este matrimonio) y Robert Taylor. Cuando se separó de este último en los años cincuenta ya no volvió a casarse.  

Stanwyck con su cara entre extraña y atractiva supo convertirse en reina del melodrama, de la comedia, del cine negro o del Oeste. Su versatilidad no tenía límites. Las mujeres que interpretó siempre fueron de carácter fuera de los moldes de la época. Su icono siempre va al lado del adjetivo independiente. Trabajó con grandes directores y estuvo acompañada de los mejores actores que siempre trabajaron bien junto a ella. Es legendaria su larga amistad desde que trabajaron por primera vez junto con el gran William Holden (él estaba empezando a brillar en el firmamento), se conocieron en Sueño dorado en 1939 (comentada en la sección El viejo baúl de películas) y conservaron hasta la muerte del actor una amistad indestructible. Siempre se recuerda que cuando la Stanwyck recogió su oscar honorífico (único que ganó en su carrera a pesar de haber sido cuatro veces nominada) a principios de los años ochenta se lo dedicó a su “golden boy”, es decir, Holden. 

Barbara tuvo una infancia y adolescencia complicadas, nació en familia humilde, su madre murió apenas tenía pocos años de edad y su padre abondonó a la prole. Así que Barbara pasó sus primeros años en un montón de hogares diferentes. Empezó por la puerta de atrás en el mundo del espectáculo y el vodevil y a base de trabajo y más trabajo llegó a lo más alto. 

Sus primeros éxitos fueron de la mano del director Frank Capra, quizá las dos obras más asequibles con el exitoso director de la Columbia fueron La amargura del General Yen (1933) que contribuyó más a la escalada hacia el éxito de la joven estrella en una historia de amores prohibidos y esa obra cumbre del director que es Juan Nadie (1941) cuando ella ya era toda una estrella. 

Sin duda 1941 fue el año donde la Stanwyck brilló como ninguna en el terreno de la comedia. No sólo trabajó en la película ya citada del gran Capra sino en dos obras de arte del screwball comedy: Bola de fuego de Howard Hawks donde ella es la corista más apta para engatusar con su lenguaje a unos académicos muy serios e inocentes (sobre todo el más joven, Gary Cooper) y Las tres noches de Eva de Preston Sturges donde es la más encantadora de las estafadoras y que hace la vida imposible al millonario con cara de Henry Fonda. Sólo por esta trilogía de comedia merece estar en el Olimpo. Aunque éste no sería el género en el que más se la identificaría. 

En los años treinta alcanzó el mayor éxito dorado con un melodrama de madre sufrida y sacrificada: Stella Dallas (1937) de King Vidor y ya se la veía como mujer fuerte del Oeste en Annie Oakley (1935). Ninguna de estas dos interpretaciones ha llegado todavía a mis manos. 

En 1944 llega su papel bombón y por el que, quizá, sea más recordada, ella es la mujer fatal, la que arrastra al amado a su destrucción, ella es la rubia sensual y distinta con pulsera en el tobillo. Ella es Phyllis Dietrichson, una de las heroínas inolvidables del cine negro en Perdición de Billy Wilder. Lo de mujer fatal la sigue en su filmografía realizando retratos inolvidables en la angustiosa El extraño amor de Martha Ivers (1946) o en la inquietante –con tintes de melodrama— Encuentro en la noche (1952). 

A la actriz no se la resiste género alguno: desde el terror, uno de sus mayores éxitos fue Voces de muerte (1948), el melodrama puro y duro en manos de Sirk (no podía ser de otra manera) Siempre hay un mañana (1956) o el western con un Fuller desatado, 40 pistolas (1957). 

Se fue retirando poco a poco del cine pero no dejó de ejercer su profesión en la televisión cosechando éxitos en sus apariciones en series míticas de los años ochenta como El pájaro espino o Los Colby. Nos dejó en la tierra en 1990… pero yo todavía río a carcajadas con ella o me estremezco con sus personajes de mujeres duras pero que tratan de sobrevivir en un mundo oscuro y gris.

…mujeres fatales

Estoy a punto de volver a ver en Telemadrid Que el cielo la juzgue de John M. Sthal con una Gene Tierney aquejada de problema de salud mental que la convierte en una mujer posesiva y excesivamente peligrosa y a la vez estos días estoy leyendo un interesante libro sobre las mujeres en el cine americano de Fritz Lang (para poder comentarolos en la sección escribir de cine) donde muchas de las heroínas reflejadas son mujeres fatales del cine negro… mujeres fatales.

Esto sólo es un adelanto de uno de los personajes más fascinantes de la cinematografía y del género negro. Son mujeres de armas tomar fuera de la convecciones sociales de la época…, y por eso las representaban peligrosas (claro, no olvidemos, que los artífices de estas historias y los dictores solían ser hombres). Me encantan. Hay toda una colección de mujeres fatales que nunca caerán en el olvido y que siempre serán poderosas en la pantalla… aunque tengan finales terribles. Ellas sobreviven.

Parejas y química en la pantalla de cine

Ahora que esperamos el estreno de la película que vuelve a reunir a Kate Winslet y Leonardo DiCaprio (una pareja cinematográfica que causó furor aunque a mí no mucho), de pronto, me vienen a la cabeza parejas con química en la pantalla. Esa química que no se puede explicar ni expresar pero que hace que nos creamos plenamente la historia de amor que viven los protagonistas en pantalla. Una química maravillosa que produce momentos de magia. ¿Han visto ustedes cuando no hay química que todo el conjunto se desinfla?

Por ir a los clásicos más tópicos y menos discutidos de todos los tiempos… ¿alguien se cree a otros dos actores que no sean Vivian Leigh y Clark Gable en Lo que el viento se llevo? ¿A quién queremos en París sino a Ingrid Bergman y Humprey Bogart en Casablanca?

Siempre nos quedará Katherine Hepburn química pura con Cary Grant y Spencer Tracy. De anciana nos demostró que hubiera sido maravilloso ver juntos en juventud a la Hepburn con el Fonda.

Y qué me dicen de Cary Grant, se demostró que una belleza fría como Grace Kelly le sentaba de maravilla.

La olvidada Verónica Lake la queríamos al lado de Alan Ladd pero a mí me enamora con Joel McCrea.

O tampoco puedo olvidar esa química que sobrepasa la pantalla de un joven Cooper con una sofisticada Dietrich.

Y la británica Kerr, actriz maravillosa, y con química indestructible con Burt Lancaster en tiempos de guerra, con Robert Mitchum con toca de monja e isla desierta o con maravilloso Yul Brynner en un amor nunca consumado.

Los ojos violetas de Liz Taylor con la mirada desengañada y la voz grave de Richard Burton. Y química a raudales entre Marlon Brando y Eva Marie Saint allá lejos en puertos deprimidos por la pobreza. O qué me dicen de Warren Beatty y Diane Keaton en Rusia.

Ahora me voy al cine más moderno y recuerdo a Julia Roberts y Richard Gere, sonrisas por doquier. O a un maravilloso escritor bohemio con cara de escocés McGregor y la australiana de oro-Satine Kidman.

Siempre nos quedará el romanticismo tierno de Gerard Depardieu y la McDowell. A, por supuesto, jamás olvidarse de Meryl Streep con Robert Redford o junto fotógrafo de puentes Eastwood. Y qué me dicen la sensualidad que se desprendía de cada fotograma de Colin Firth junto a una jovencísima Scarlett Johansson. También suspiro versos de Shakespeare y mucha química entre la Paltrow y uno de los hermanos Fiennes.

A Winona la brillaban los ojos al lado de Manostijeras Depp. Ya lo escribí hace poco, química es lo que aparece en las miradas de Boham Carter y Aaaron Eckhart…

Éste podría ser un post interminable…

Diccionario cinematográfico (73)

Periodistas (1ª parte): Yo, Hildy Johnson en mi luna nueva colgada de mi ex esposo que además es mi jefe y me sienta en máquina de escribir y hace que un día y otro sí me sienta cansada y apasionada, apasionada o cansada… 

O Ann Mitchell (Barbara Stanwyck) que buscando a un Juan Nadie que se ha inventado para recuperar un trabajo encuentra un Gary Cooper con cara de inocente que vaga por la Depresión que le deja sin futuro y que se enamora de sus ojos y se cree el discurso de opinión de su reina que se inspira en el padre ausente.

O Nick Condon pegando brincos con cara de James Cagney, editor de periódico y periodista en Japón que revela un plan de conquista de los japoneses que son muy malos porque estamos en la segunda guerra mundial y nos entretiene con sus brincos y aventuras y sus besos a la angelical Sylvia Sydney. 

O, quizá, una Jean Arthur cínica y divertida que ridiculiza a un nuevo rico con cara otra vez  de Gary Cooper en cada uno de sus artículos pero termina rendida a sus pies cuando descubre que hay detrás un hombre bueno (El secreto de vivir).

O, esos periodistas del corazón, del de antes, que persiguen a hijas rebeldes de millonarios pero terminan enamorándose de ellas y derrumbando el muro de jericó (Sucedió una noche, atractivo Clark Gable); o aquel que enseña a un princesa Roma en moto y terminan viviendo un amor imposible porque ella debe cumplir un protocolo que la encanta saltarse sobre todo con un periodista con cara de Gregory Peck (Vacaciones en Roma); o aquel escritor fracasado que trata de ganar dinero en el corazón y tiene que hacer una entrevista a familia de millonarios excéntricos que desprecia y se encuentra deslumbrado por hija con complejo de estatua de piedra y terminan los dos bajo la luna borrachos como cubas (Historias de Filadelfia).

O, aquel cronista del corazón, italiano, con problemas existenciales que tiene que seguir a una exuberante rubia por la Fontana de Trevi. Que está más perdido que los corazones a los que sigue. Pero que vive la Dolce Vita cada segundo de una existencia vacía.

O, tal vez, aquel periodista que quiere ser grande y va tras la gran noticia y como no le llega, la crea. Una noticia para grandes titulares. Y no lo importa nada de lo que tiene que hacer para conseguir la gloria de la prensa escrita. Llega hasta poner en peligro la vida de un ser humano. Y cuando se da cuenta ya es demasiado tarde. Y Kirk Douglas te hace temblar (El gran carnaval).

El cazador (The deer hunter, 1978) de Michael Cimino

Nada que desde que he vuelto estoy con películas que tienen como fondo un conflicto bélico. Y ahora le ha tocado a El cazador. La vi ayer por la noche en dvd y me dejé envolver por Cavatina de Stanley Myers y por los tres amigos Nick, Stevens y Michael, tres jóvenes que viven en una pequeña localidad de los EEUU. Tres jóvenes de origen ruso, trabajadores de la industria metalúrgica, sin mucho futuro, con aficiones como la caza, la diversión y los paisajes del sitio donde viven. Tres jóvenes que van como voluntarios a una guerra lejana, Vietnam. Tres jóvenes que destrozan su vida, aunque no sea la mejor de las vidas. Que quizá lo único que tengan nunca sea el cariño que se profesan, la amistad.

Y es que El cazador es de esas películas complicadas y complejas como la vida misma. Y quizá por eso llega. Donde los seres humanos son mostrados con toda su desnudez, con todas sus virtudes y todos sus defectos, y cómo la guerra destroza. Cimino nos muestra en fuertes imágenes un principio, un nudo y un desenlace. Antes de la guerra, durante la guerra, el regreso a casa.Y te deja hecho polvo.

“Te quiero, Nick”, dice Michael (Robert de Niro) en una de las escenas más dura. Le está diciendo al amigo que ha perdido la cabeza, al muchacho sensible que siempre concilia que ama su localidad aunque no sea lo mejor (qué grande Christopher Walken), que le quiere, que vuelvan a su localidad y a su vida aunque no sea la mejor de las vidas. Pero Nick no regresa…demasiado horror. Y Michael cumple de manera triste la promesa que le hizo al amigo, que le hiciera volver al hogar fuese como fuese. Que no le dejara.

Y Michael, el cazador, el que tiene la cabeza bien amueblada y el objetivo claro, el que protege a los amigos…, el que no los abandona. El que no deja que le consuelen. El protector incansable, bruto como él sólo, pero también tierno, se derrumba en la soledad de un motel. Es el único signo de debilidad que se concede.

A Stevens (pero que bello es John Savage), el joven e inocente, que no esconde su miedo (imposible esconderlo ante el horror que padece). Que vuelve sin piernas. El tierno y sonriente Stevens, le dejan sin piernas y sin sonrisa. Sólo lágrimas.

También, está Linda (joven Meryl Streep, siempre grande), la mujer ideal para Michael y Nick. La fotografía que les acompaña en momentos de horror. Una joven que vive en la pequeña localidad en una comunidad machista, la joven de mirada triste golpeada por una dura realidad familiar y un trabajo monótono, la que ama a los amigos, la que mira con ternura a Michael y a Nick que la tratan como un ideal…, con ellos sueña y sufre. Con ellos sabe, que pase lo que pase, se apaga. La guerra sólo acelera el proceso.

Y, otros amigos que quieren a Nick, a Michael y Stevens. Amigos todos con virtudes y defectos pero que en un día de juerga, antes de la boda de Stevens antes de marchar a la guerra, cantan Can’t take my eyes. Cuando la guerra de Vietnam les destroza a todos, cuando les rompe la vida, la cabeza y el corazón, entonces nos damos cuenta de que las risas del día de la boda de Stevens se han terminado.

Cimino es complejo porque a pesar de que su historia me atrapa y me hace llorar hay cosas que no me gustan. Por eso es cine personal. Con lo bueno y con lo malo. Me gusta su estructura, me gustan sus imágenes, me gusta la amistad, me gusta que muestre lo peor y mejor de la comunidad donde viven los protagonistas…, pero me deja una imagen banal y falsa de Vietnam y los vietnamitas. Y eso no me agradó.Vietnam es el infierno y la película lo muestra así. Violencia, vietnamitas despiadados capaces de todos los horrores inimaginables con los prisioneros de guerra, Saigón una ciudad que se destruye con la corrupción, el sexo y el juego más salvaje…, frente a la localidad de los tres amigos —que a pesar de no ser el mejor de los lugares es idílico y hermoso, con unos paisajes que siempre se desean mirar— donde prima un fuerte espíritu comunitario. No me parece justo.

La escena final, que a muchos disgusta, yo la salvo. La de que nada volverá a ser igual, la reunión de los que lloran al amigo ausente alrededor de una mesa. Todos de negro. Los amigos que cantan en tono apagado God Bless America como triste ironía de un país que les ha destrozado más, si cabe, la vida.

Otra cosa que destacaría de El cazador son las miradas. Es una película de miradas que te rompen por dentro. De Nick a Linda y Michael. De Michael a Linda. De Linda a Michael y a Nick. De Stevens a Michael. De Nick a Michael. De Michael a Nick. De Michael a Stevens…

El cazador también tiene un triste anecdotario extracinematográfico. Uno de los amigos que se queda en la localidad, el amigo bocazas y delgaducho, al que todos aguantan. El amigo que no se contiene, que explota, que es violento con las mujeres cuando siente el rechazo pero también capaz de momentos tiernos. El que se enfrenta a los amigos pero los necesita. El amigo con el rostro amargo de John Cazale. Ese John Cazale espigado y delgado, ese actor estaba siendo devorado por el cáncer y sin embargo actuó hasta el último suspiro dando una última interpretación. John Cazale era el amor de Meryl Streep. Hasta el final. Y cuando se negaron a que interpretara la película por el estado avanzado de su enfermedad; la actriz dijo que si él se marchaba, ella también. Cazale se quedó y regaló interpretación llena de matices.

Tiempo de amar, tiempo de morir (A time to love and a time to die, 1957) de Douglas Sirk

Continúo redescubriendo una y otra vez al gran Douglas Sirk, director que nació en Alemania (pero de padres daneses). Como Fritz Lang tenía el futuro asegurado en la cinematografía alemana pero como no estaba de acuerdo con la ideología nazi siguió el camino del exilio y acabó siendo el rey del melodrama en Hollywood. A finales de los años cincuenta regresaría a Europa (igual que Lang). Y, también, estos dos directores tienen otro paralelismo más ambos tomaron la vía del exilio pero no así sus ex mujeres, que se afiliaron al partido nazi. Además, Sirk tenía un hijo y su mujer impidió cualquier contacto entre ambos. El hijo de Douglas Sirk parece ser que se convirtió en un niño prodigio en el mundo del cine alemán y después acudió a la guerra y desapareció en el Frente Ruso en 1944.

Aunque Tiempo de amar, tiempo de morir se trata de una adaptación cinematográfica (siempre con ojos de Sirk) de la novela del mismo título del escritor alemán Erich Maria Remarque (también autor de otra novela que sería llevada en 1930 por Milestone al cine, la maravillosa y que en breve comentaré Sin novedad en el frente), también, he leído que de alguna manera era un homenaje del director a su hijo desconocido y ausente, una manera de recrear sus últimos momentos en la Segunda Guerra Mundial. Una recreación de un joven soldado, buen chico (un hermoso John Gavin), que ante el horror, la muerte y la confusión de la guerra encuentra el amor durante un breve permiso con una conocida de la infancia (con rostro agradable de Lilo Pulver, ¡¡¡qué lejana de la sex symbol de Un, dos, tres!!!). Ambos en una ciudad destruida, solos, sin saber qué es de sus padres, con los bombardeos, las ruinas, la destrucción, la desolación y siempre la muerte buscan el refugio en su historia de amor.

Con un uso del color, siempre magnífico en los melodramas de Sirk, y con un lenguaje cinematográfico envidiable lleno de símbolos, espejos, círculos en la historia que cuenta, de tiempos y espacios, del paso de las estaciones, de imágenes llenas de belleza y tristeza…, nos acercamos inexorablemente al destino de los amantes que desde el principio vemos sembrado de separación y muerte.

Un árbol, la llegada de la primavera a pesar de la destrucción, ventanas que se abren y se cierran, reflejos ya sean en una ventana, en un agua cristalina o en un espejo, las ruinas…, y una muerte poética que se acerca a la bella imagen de horror y muerte con la que termina Sin novedad en el frente. Mientras que en la primera el soldado joven trata de aferrar una mariposa, en Tiempo de amar, tiempo de morir el joven soldado trata de atrapar la carta de su esposa que se la lleva, despacio, el agua de un río.

Tiempo de amar, tiempo de morir está plagada de imágenes para recordar. La aparición entre la nieve de la mano de un soldado muerto. Su desentierro por parte de los compañeros, y un joven asustado de estar en una guerra de horror que dice impresionado que parece que el rostro del muerto, llora. El suicidio de un joven soldado que no aguanta la presión de la batalla y haber formado parte del fusilamiento de civiles. La habitación de la joven, el encierro único donde vivir el amor aunque siempre interrumpan los bombardeos, su afán por regar sus plantas (el único signo de vida), como el árbol que florece junto al río en uno de sus paseos. La noche que ambos con sus mejores galas acuden a un sitio de lujo pero todo es ficción y lo saben, las bombas y la destrucción se lo recuerdan…, desalojan el lugar-fantasía y una mujer con vestido de lujo en llamas les acerca al mundo real.

El tren, que supone el paréntesis, del tiempo de amor. De ese tren el soldado baja para encontrarse con que su pasado ha sido destruido, y luego al que vuelve a subir para ir al tiempo de morir…, en la despedida, ella acude al andén sin que él lo sepa para ver al tren partir. Hay una cristalera que les separa… y esa cristalera, en un movimiento de cámara sutil del director, con sus travesaños forma una cruz. El destino marcha.Y en una película no de guerra, sino tremendamente romántica y fatalista, poética, no falta la anécdota. Douglas Sirk reservó un papel de profesor desencantado que sigue en pie por la fe al novelista Erich Maria Remarque y también podemos ver una de las primeras interpretaciones en un breve papel de miembro de la Gestapo a Klaus Kinski.

Otra perspectiva interesante de la película es que cuenta la Segunda Guerra Mundial desde los soldados y ciudadanos alemanes desencantados con la brutalidad y el sinsentido del nazismo, SS, Gestapo…, algunos criticaron a Sirk porque exponen que parece que sólo unos pocos alemanes estaban implicados en la maquinaria del horror. Sin embargo, hay otras películas que ofrecen este punto de vista, la del soldado raso, que acude a la guerra en que se ve involucrado su país o de ciudadanos alemanes que no compartían la ideología nazi, y que por ello también fueron perseguidos, vigilados y eliminados. O de ciudadanos que siendo conscientes del horror vivieron en el silencio y el miedo. En la reclusión. O soldados que entraron en guerra creyendo en una Alemania y que pronto vieron la brutalidad y el horror y fueron protagonistas de hechos y acciones que nunca querrían haber vivido. Recordemos El baile de los malditos, Berlín Occidente, Vencedores y vencidos o más actualmente, El libro negro.

Los girasoles ciegos

Estoy sorprendida. Después de mi aislamiento mexicano, al día siguiente de estar en Madrid, sin mirar críticas, ni periódicos, sin haberme leído los relatos de Alberto Méndez, es decir, yendo con la mirada inocente, me fui a ver Los girasoles ciegos. 

Y entonces me cuentan una historia que me emociona, con la que lloro, me dejo llevar por las imágenes y sobre todo por los personajes y las interpretaciones de los actores. Siento una película bien construida. Un guión bien escrito (como se ve por ahí la pluma mágica, el humor y el dolor del desaparecido Azcona). Unas interpretaciones que me emocionan. Buenos personajes. 

Total que salgo encantada con película de José Luis Cuerda sobre posguerra, sentimientos, miedo, dolor…, y sobre las complejidades del ser humano. Salgo encantada con película narrada cinematográficamente de manera clásica, muy bien contada, un drama excelente. Salgo encantada con las interpretaciones de Maribel Verdú (que crece película a película como actriz y que está siendo protagonista de una buena filmografía que se merece pronto un perfil), un Javier Cámara que me hace llorar (hombre muerto en vida pero con gran dignidad), un Raúl Arévalo con su papel de seminarista complejo y que refleja como nadie la facilidad que tiene el ser humano para justificar hechos injustificables (está muy bien, sí señor), un José Ángel Égido (el rector del seminario con unas frases lapidarias), un Roger Princep, de niño encantador alejado totalmente de su papel en El orfanato (ahí no me gustó nada ni la película tampoco… reí bastante y me hizo pasar el tiempo pero de ahí a ser de las más nominadas para los Goya…ufff)… 

¿Qué por qué estoy sorprendida? Porque después empiezo a leer críticas y demás y descubro que Los girasoles ciegos no ha gustado nada. Que si la construcción de la historia, que si una mala adaptación, que si los actores flojillos, que si lenta, que si aburrida, que si previsible, que si ya basta con películas españolas de posguerra. Y mi cara se queda con forma de interrogación… ¿no es una buena película?¿Una película interesante y emocionante? ¿No es una película con una historia y unos buenos personajes? 

No sé. ¿El aislamiento me ha metido en una burbuja que no me permite discernir bien?¿Mis emociones me engañan? 

Sólo tengo buenas palabras para una historia que me hizo llorar, Los girasoles ciegos.

Marilyn Monroe de Donald Spoto (Anagrama Compactos)

Tinta y más tinta cuando estaba viva y también ríos y ríos de tinta cuando dejó a sus treinta y seis años un bello cadáver en un mes de agosto de 1962. Figura, mito, estrella, actriz, modelo, cantante, sex symbol, mujer de carne y hueso diseccionada y analizada una y otra vez. La Monroe seguro que nunca fue consciente que aún hoy sigue siendo un icono y sobre todo que, tristemente, como vio en vida, su imagen sigue siendo explotada y generando ingresos. 

Donald Spoto, de profesión biógrafo, analiza al mito rubio y con una cuidada investigación nos ofrece su vida, tira mitos y reinterpreta su vida. 

Así la venus rubia y desgraciada recobra de nuevo vida. Monroe dejó un breve legado cinematográfico, legado icónico y dulce. Apariciones breves que retoman importancia por la figura en la que se convirtió. Otros papeles de los que quería alejarse. Interpretaciones donde exalta una rubia de ojos tristes muy divertida. Pivota entre el drama y la comedia. Y en algunos momentos su fuerza en la pantalla es mágica. Donald Spoto deja al descubierto una Monroe que nunca llegó a estar satisfecha con los papeles que le tocó interpretar. La Monroe fue una de las actrices que luchó y peleó contra los fuertes contratos del sistema de estudios. Ella fue la rubia de la Fox que les salió más rentable y rebelde. El icono del Hollywood glamuroso quiso huir del país de los sueños rotos. 

Ahí nos encontramos con sus breves apariciones en Clash by night de Fritz Lang, La jungla de asfalto de John Huston, Eva al desnudo de Joseph L. Mankiewicz, su brevísima y explotada posteriormente intervención en Amor en conserva (con Groucho Marx) o en esa joya tan divertida que es Me siento rejuvenecer de Howard Hawks. Después, vinieron los protagonistas. El primero su papel más alejado del prototipo futuro, la Monroe se convierte en niñera psicópata y no la sale nada mal en Niebla en el alma. Después llegarían los papeles que la elevarían al altar de la rubia sex symbol con voz de terciopelo más si cantaba: Niagara, Los caballeros las prefieren rubias o Cómo casarse con un millonario. 

Uno de los directores que supo lidiar con el potencial de una de las actrices más inseguras y complicadas fue Billy Wilder. Él supo ver que la Monroe no sólo era divertida sino la mujer de los sueños. Y le ofrece dos papeles bombón. La vecina de arriba, el sueño erótico de todo hombre, en La tentación vive arriba. Y la hermosa, triste y divertida a la vez cantante Sugar que busca el amor y que nunca pierde su inocencia en Con faldas y a lo loco. 

También, la rubia llega al máximo esplendor en belleza y magia creativa en su aventura independiente (junto al fotógrafo Milton Greene, dos espíritus atormentados y una aventura que terminó mal para los dos). No sólo fue magníficamente fotografiada por Milton sino que además realizó sus interpretaciones más tiernas en esas pequeñas pero entrañables películas que son Bus Stop y El príncipe y la corista. Su última película completa fue tormentosa, un rodaje duro, que significaba también el fin de su tercer matrimonio…, pero es una película que tiene algo triste de explicar. Una película sobre la decadencia pero con las dosis de ternura que da Marilyn a un triste personaje: Vida rebeldes de John Huston. Y, por último, las imágenes mágicas que dejó con serena y madura hermosura de una rubia entre melancólica y divertida con una sensualidad a flor de piel en Something got to give. 

Uno de los aspectos que señala Spoto en su biografía es el paralelismo de esta rubia con otro mito sexual de los años treinta. Paralelismos en sus vidas, en sus relaciones con los estudios, con los hombres; paralelismos como sex symbols, en sus caracteres, en sus físicos, en sus formas de vivir la vida y el sexo… El mito de los años treinta ha caído en olvido pero en su momento fue toda una estrella y una figura tan influyente como Marilyn en el imaginario cinéfilo. Se trata de Jean Harlow (actriz que voy descubriendo poco a poco y de la que hablaré algún día). 

Marilyn y los hombres. Nunca llegó a establecer una relación estable. Y no tuvo muy buena suerte ni con sus tres maridos ni con otras relaciones. Me sorprende que quizá la más tranquila y la que menos la dolió fue la relación que estableció y vivió junto al director Elia Kazan. Su primer matrimonio con Jim Dougherty se realizó por conveniencia, los dos eran demasiado jóvenes y no construyeron nada. Con su segundo marido, Joe DiMaggio, el deportista, héroe y leyenda del béisbol, tuvo una primera parte tormentosa de celos y dolor…, pero después siempre fueron buenos amigos, Joe la cuidó hasta el final, e incluso quizá se hubieran casado por segunda vez. Y el que peor sale parado, según el biógrafo Spoto, es Arthur Miller del que, a mi gusto, realiza un desagradable retrato. Otra historia que no recordaba es que fue una de las mujeres que enamoró a Frank Sinatra. 

Spoto desmitifica y echa por tierra la relación de Marilyn Monroe con los hermanos Kennedy. Según su investigación, puede que con el presidente John viviera una noche íntima (pero que no significó nada para ninguno de los dos) y asegura que jamás salió o tuvo relaciones con Bobby con lo cual deja claro que todas las teorías que especularon sobre la relación de su muerte y la Casablanca son maliciosos rumores que no se sostienen por ninguna parte y que sólo sirvieron para que ciertas personas ganaran dinero a costa de disparates. 

Otro triste episodio es el daño que hizo a la actriz su relación con el psicoanálisis y la mala suerte que tuvo al topar con ciertos profesionales de psiquiatría que la hicieron más daño que otra cosa tanto por el tipo de terapias así como por los medicamentos a los que se sometió durante años. Para mí ha sido una especie de novela de terror la descripción de dos personajes que estuvieron a su lado al final de su vida: el doctor Ralph Greenson y el ama de llaves, Eunice Murray. Sólo estas personas, si hubiesen hablado claramente, podrían haber aclarado qué fue realmente lo que le ocurrió a la actriz en las últimas horas que estuvo con vida. 

Y seguimos desgranando la figura la Monroe, la niña de infancia triste e inestable, la que tuvo una madre Gladys, que tampoco recibió la atención médica adecuada que la alejó para siempre del mundo real y de Marilyn (que siempre la cuidó pero en la distancia), la de padre desconocido, la que dependía de profesores y profesoras de interpretación por inseguridad y que éstos aprovecharon al máximo la cercanía con la estrella que daba dividendos. Vivieron bien, económicamente, a su lado; establecieron relaciones que se volvieron dañinas con el paso del tiempo.  

La Monroe que sólo se sentía segura y feliz bajo el objetivo de una cámara fotográfica, la que nunca encontró felicidad o algo de estabilidad, la rubia compleja, la insegura que quería ser actriz e hizo todo lo que estaba de su mano, la que no quería que se aprovecharan de su imagen e incluso después de muerta se siguen aprovechando, la que sabía que era un producto y jugaba a ello pero a veces se cansaba, sabía que Marilyn Monroe era una creación propia, y se dirigía a ella en tercera persona, la que nunca se encontró con Norma Jean aunque lo intentó hasta el final… el icono melancólico que tantas veces fue capaz y es capaz de hacernos sonreír…, quizá ahora, se encuentre en el Olimpo representando los papeles que tanto deseó, quizá alguna heroína de algún dramaturgo o novelista ruso que tanto la gustaba…

Regreso cinéfilo

Recién aterrizada de México lindo, y recuperándome de las horas del día o de la noche. Haciendo tiempo para dormir y recuperar el tiempo de desfase. Tratando de poner en orden todos los recuerdos, las risas, los buenos momentos, las aventuras, los contrastes, el encuentro con gente maravillosa, superando, de nuevo, la lejanía y los kilómetros que me separan de mi hermana querida y aún disfrutando sus mimos, sus conversaciones y besos…, compartiendo risas y pensamientos…

La vuelta al lado de mis hermanos y maravillosos varones, de mis papás queridísimos que siempre me miman y me siguen recordando niña, de mi cuñada especial…, y más amores en los madriles. Dejando atrás las lluvias, paisajes verdes maravillosos, sabores y comidas sabrosas, la paz de mi maravilloso cuñado/George Clooney, los ladridos y lametones de los grandes Matías y Simón Fernando… recuperando los maullidos, caritas, y travesuras de mis felinos Marlon y Sally…, en fin, regreso cinéfilo al mundo que me espera con puertas y ventanas abiertas en mi blog.

En México Lindo, reí con Sopa de ganso y los surrealistas Marx… ¡¡¡viva Fredonia!!! Y en enorme cine del mall, con hermana querida, nos emocionamos con el romántico desencanto de Helena Bonham Carter y Aaron Eckhart (sí, Gracias por fumar o versión americana de Deliciosa Martha) en Conversaciones con otras mujeres (película del 2005 pero que se encontraba en cartelera en Xalapa de los contrastes y rincones mágicos). Helena hermosa, verdadera, con su tripita, ojeras y cinismo por raudales. Cómo echa de menos los momentos de infelicidad con su Aaron. Cómo siente que los cuarenta se acercan. Y él cómo tiene claro que a pesar de los pesares, aunque sea anciano, ahí estará, con Helena, su princesa destronada y amada. Helena, la que le abre los ojos y con ternura y malicia, le hace ver que ahora está más gordillo.Y en el vuelo de vuelta me entretengo con ese cómic que es Iron Man que me devuelve a Downey Jr, en personaje complejo y ambiguo, y me regala un maduro malísimo con cara de adorado Bridges… o sonrío e incluso río con tontería romántica que sucede en las Vegas junto a Cameron Díaz y Ashton Kutcher…

Días de desconexión total, total, sin móvil de por medio, sólo contacto con los papis queridos o los hermanos y cuñada. Sin mails y ordenadores. Sin trabajo para mañana o para ya. Pero como ven…del cine no desconecto. No puedo. Mañana les cuento. He devorado libro que me ha dado más caras de la Monroe, la de los ríos de tinta. Biografía de Spoto. De nuevo, la mujer feliz tras el objetivo de una cámara e infeliz fuera de su personaje. Ya les cuento…