Amores tristes. Las divas y el amor. Los divos y el amor (I)

Muchas historias tristes pueblan el Olimpo de los actores y actrices cinematográficos. Historias de amor triste. Como bien decía aquella que alguna vez fue Margarita Cansino, “los hombres se acuestan con Gilda y se levantan conmigo”.

Los actores se convierten en mitos o leyendas. Mejor dicho sus imágenes y sus sombras…, pero luego lidian con el ser humano que llevan dentro. Con sus virtudes y defectos. Con sus fracasos amorosos.

Así cual periodista de cotilleo rosa —sí esta tarde me ha dado la vena más frívola— me dispongo a hablar de amores tristes. Porque sí. Porque de repente me ha venido a la cabeza. O mejor dicho porque hoy me he entretenido viendo Vorágine de Otto Preminger que de nuevo trabajaba con una de sus musas, Gene Tierney, mujer de corazón triste que no tuvo suerte en el amor. Y obteniendo información sobre este olvidado y curioso film me encuentro con que no fue película favorita ni de su creador ni de su musa. Que apenas hablan de él. Preminger, por su parte, sólo recuerda que durante el rodaje la desgraciada actriz andaba pérdidamente enamorada del futuro presidente de los EEUU, John F. Kennedy. Pero no hubo felicidad como tampoco la tuvo al lado del príncipe Ali Khan.

Y siguiendo la estela con el príncipe Ali Khan, príncipe al que le gustó en demasía dejarse acompañar por estrellas del celuloide tampoco aportó estabilidad emocional a una desgraciada Rita Hayworth a la que llevó al altar pero no la dio felicidad.

Rita tampoco alcanzó el deseado amor junto al niño terrible de Hollywood, Orson Welles, que no supo ver el alma frágil de su mujer, y las malas lenguas dicen que incluso quiso contribuir a la destrucción del mito cortándola el pelo y tiñéndola de rubio en plan mujer fatal en esa joya de espejos que es La dama de Shangai.

Si seguimos con damas inestables la palma se la lleva la tentación rubia. Los hombres fueron incapaces de darle algo de felicidad, ni siquiera su Arthur Miller, el dramaturgo que diseccionó su triste historia de amor en Después de la caída, donde Marilyn era una desolada Maggie. Algunos quizá trataron de entenderla pero eran igual de inestables emocionalmente, así Marlon Brando en su maravillosa biografía la recuerda con cariño. La tentación rubia, por cierto, también fue uno de los amores de JFK.

Si seguimos la crónica rosa de Hollywood otros amores desgraciados fueron los de James Dean y una joven promesa italiana, que se quedó en eso, en joven promesa destruida por la maquinaria de la industria cinematográfica, Pier Angeli. Aquí parece ser que la madre de la artista tenía mucho de que hablar y poco le gustó el joven rebelde para su niña.

Si nos vamos a historias de amantes que no tuvieron buen fin, os contaré la triste historia de Patricia Neal que se enamoró apasionadamente de un Gary Cooper que la llevó al lecho pero no al altar dejándole con el corazón roto. Tampoco Spencer Tracy quiso abandonar a la esposa, sus creencias católicas pudieron más que su amor hacia la diva independiente Katherine Hepburn que accedió durante años a ser la otra.

La muerte en pleno apogeo del amor también arrastra tristes historias como la comediante que arrebató el corazón al rey de las pantallas. Carole Lombard perdió la vida en un avión y dejó destrozado a un Clark Gable que dicen que nunca se recuperó. Otra actriz de comedia que murió de leucemia dejó triste a su caballero. Ella era la hermosa Kay Kendall que rompió el corazón del profesor Higgins, Rex Harrison. Tampoco sabemos si Liz Taylor hubiera seguido coleccionando maridos si un accidente de avión no se hubiera llevado por delante la vida del productor Mike Todd. Otra muerte triste fue la del prometedor John Cazale en los momentos en que vivía junto a un Meryl Streep enamorada.

Hollywood está lleno de matrimonios tumultuosos y turbulentos. De esos que hacen cierta la máxima ni contigo ni sin ti. Así recordamos con tristeza los amores de Vivien Leigh, también mujer inestable emocionalmente y Laurence Olivier. O nos viene a la cabeza de nuevo Liz Taylor que se convirtió en amante, en mujer casada, en dama divorciada y de nuevo en mujer casada y luego otra vez divorciada del gran actor Richard Burton (aunque tampoco quiso demostrarlo mucho). Tampoco se nos puede olvidar esa historia rota, también se casaron dos veces, de la hermosa Natalie Wood y el actor Robert Wagner… La segunda vez el motivo de la separación fue la triste muerte de la actriz en extrañas circunstancias.

Las infidelidades también rompieron historias que más tarde demostrarían la tragedia así la triste Romy Schneider vivió las infidelidades de su gran amor, Alain Delon, el actor francés que le quitó la imagen de niña pija y delicada y la convirtió en actriz trágica.

Algunos actores y directores fueron despechados por las mujeres amadas. Así Warren Beatty se quedó colgadísimo por Julie Christie. Pero ésta no quiso dejar de ser un espíritu libre. Nunca se ha casado. O la fría Kim Novak fue la musa del director Richard Quine, enamorado de la rubia, pero ella nunca dio su brazo a torcer.

Pronto continuaré con esta crónica de amores rotos y desatados que muestran que más allá del mito o la leyenda, de sombras, hay seres humanos con corazones rotos.

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Las actrices de Reencuentro (The big chill, 1983) de Lawrence Kasdan

Lo prometido es deuda, tal y como os prometí ayer, hoy les toca a ellas. También son cuatro y también están maravillosas en esta película que reivindico Reencuentro.

Cada una a su manera ha continuado presente en la sala oscura de los cines. Una fue un suspiro, pisó fuerte y desapareció. Otra sigue su carrera de gran diva pero en roles secundarios. La de más allá nunca dejó de ser una destacada secundaria. Y la última apareció en algún que otro taquillaza terrorífico y ahí se encuentra en olvido.

Meg Tilly

Con un rostro dulce a la vez que inquietante. Jovencita extraña, así aparecía en Reencuentro, Meg fue aire fresco en los ochenta. Ahí estuvo presente y a mediados de los noventa, en plena carrera prometedora desapareció de la pantalla.

Formó parte del elenco de jóvenes promesas que supuso el musical de los ochenta por excelencia, Fama. Fue otro de los rostros que demostró que Psicosis no debería haber tenido continuación en una especie de engendro que se hizo en 1983. Anthony Perkins atrapado en su papel de Norman Bates. Después llegó Reencuentro y fue el empuje definitivo. La extraña joven conquista el corazón de uno de los protagonistas y el de muchos espectadores. Así protagoniza junto a grandes actrices del momento uno de los éxitos de los ochenta, Agnes de Dios (1985), de nuevo en papel inquietante. No podía ser de otra manera.

En 1989 protagoniza con gran sensibilidad la hermosa película Valmont de Milos Forman, adaptación magnífica de la novela Las amistades peligrosas, y versión poco valorada en su momento por el enorme éxito de Las amistades peligrosas de Stephan Frears. Ella es una delicada y tierna Madame Tourvel que cae rendida a Valmont (en la ficción y en la realidad, Tilly se enamoró pérdidamente de Colin Firth, no me extraña).

Meg Tilly cada vez tenía más claro que quería dejar su carrera cinematográfica y dedicarse a otros asuntos, como asumir el rol de madre plenamente, y también posteriormente empezar una carrera literaria que le ha dado varios éxitos. Su rostro tan sólo apareció en la segunda parte de Chinatown, dirigida por el actor principal, Jack Nicholson, Los dos Jakes (1990). En una desconocida road movie con argumento similar a Thelma&Louise, Dos chicas en la carretera y en una comedia romántica que pasó sin pena ni gloria, Duerme conmigo (1994).

Glenn Close

Gran actriz y rostro maravilloso y etéreo de los ochenta. Aún su carrera es imparable y seguro que nos depara más sorpresa. Su belleza rubia, a la vez que de expresión dura y piel sensible, le ha hecho protagonizar papeles inolvidables. Fue gran diva y ahora es más exigente con sus apariciones, normalmente, en personajes secundarios.

Su carrera empezó fuerte y se convirtió en fenómeno de los ochenta por dos de sus papeles. Como Alex Forrest, desequilibrada y sexy mujer que hace la vida imposible a Michael Douglas en Atracción fatal (1987) y su increíble retrato de la marquesa de Merteuil en Las amistades peligrosas, 1988. Sin embargo, su prestigio se había ido cimentando con sus apariciones en El mundo según Garp (1982), El mejor (1985), Al filo de la sospecha (1985) y como no en Reencuentro, como doctora atormentada entre sus dos grandes amores, su marido y su amante, uno de ellos se quita la vida sin que ella pueda evitarlo.

Los noventa fueron buenos para la actriz que siguió cimentando su carrera de diva de la pantalla con grandes éxitos como El misterio Von Bülow (1990), Cita con Venus (1991) o Detrás de la noticia (1994). Se pegó algún que otro batacazo con Hamlet, el honor de la venganza o La casa de los espíritus. Y explotó su vena más cómica y delirante en dos papeles que hicieron bastante por su carrera y por la taquilla: Mars Attacks y 101 dálmatas y secuelas —fue una Cruela de Vil inolvidable—. Dentro de esta vena de cómica esperpéntica siguió con este rol en el curioso remake de Las mujeres perfectas (2004). También participó en rol secundario en uno de los taquillazos de los noventa, Air force one.

Actualmente espacia sus apariciones como secundaria de lujo y está maravillosa como actriz fetiche de Rodrigo García en dos interesantes películas corales: Cosas que diría con sólo mirarla o Nueve vidas.

Mary Kay Place

Siempre ha sido secundaria de lujo y a todos nos suena su cara. De filmografía larga, ya en los años setenta llamó la atención. Combina aparición en títulos de culto con títulos comerciales o apenas distribuidos. En los setenta su rostro aparece en New York, New York o La recluta Benjamín. Llamó a atención a todos con su alegre papel de ejecutiva soltera que siente la llamada de ser madre en Reencuentro.

Después en los noventa y siglo XXI es secundaria de lujo en películas tan conocidas como Legítima defensa, Pecker, Cómo ser John Malkovich, Sweet home Alabama o La vida sin Grace.

JoBeth Williams

Otra secundaria con carrera mínima que llamó la atención por su papel de aburrida ama de casa rica enamorada por los siglos de los siglos de su amigo de la Universidad en Reencuentro.

JoBeth hacía su aparición en uno de los grandes melodramas de finales de los setenta, Kramer contra Kramer. Su papel más popular fue el de sufrida madre en una de las películas de terror (y secuela) más exitosas de los ochenta: Poltergeist.

Kasdan padre e hijo han seguido dándole papeles en películas como Wyatt Earp o Entre mujeres.

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Los actores de Reencuentro (The big chill, 1983) de Lawrence Kasdan

Hoy les toca a ellos. Mañana a ellas. Son los protagonistas de maravillosa y nostálgica película de principios de los ochenta. Su fórmula es fácil: reencuentro de un grupo de amigos y amigas a raíz del suicidio de uno de ellos, sueños rotos, en qué se han convertido, cuál ha sido el rumbo de sus vidas, amores y desamores, besos y discusiones, risas y llantos, recuerdos…, sin embargo, todavía se quieren y quieren seguir queriéndose. Y, de fondo, una banda sonora estupenda y un guión que funciona. Kasdan nos regala una película donde reúne a un elenco masculino y femenino que serían los rostros de los ochenta. Un gran reparto de actores y actrices, algunos ya en el olvido (esperando que resuciten) y otros con sus altos y bajos pero siempre presentes.

Por esta bella película sobre la amistad (¿por qué todo el mundo recuerda Los amigos de Peter —también maravillosa— y ésta cayó más en olvido?) repasaremos y recordaremos los rostros de cuatro actores que merece la pena no olvidar.

Tom Berenger

Desaparecido en la pantalla cinematográfica, su cara recorre subproductos o recorre su robusto cuerpo por las series de televisión. Lástima de rostro que paseó por películas de los ochenta y noventa dignas de recordar. Rostro serio, mirada triste, sonrisa irónica…, y mala selección de títulos que le relegaron al olvido.

Nada parecia predecir su decadencia cuando durante los ochenta y principios de los noventa apareció en títulos interesantes y bajo la dirección de buenos profesionales. Yo todavía espero su resurrección.

Conquistó como ese actor mediocre de televisión, que preveía un gran futuro, que sólo se siente seguro ante sus amigos de toda la vida en la mencionada Reencuentro. Después aterrorizó como el sargento Barnes en Platoon (1986). Su éxito en taquilla fue evidente en el thriller La sombra del testigo (1987). Ofreció otro papel ambiguo con su cara de hombre bello pero de mentalidad racista en El sendero de la traición, 1988, y parecía que iba viento en popa cuando apareció en película íntima como El prado (1990). Aún daba sorpresas en taquilla con la curiosa La noche de los cristales rotos (1991) y formaba parte de la interesante pero fallida Jugando en los campos del señor (1991). A partir de ese momento ha seguido apareciendo sin pena ni gloria en diversos títulos de cine y televisión sin que volvamos a sentir su magnetismo como intérprete.

Kevin Kline

Rey de la comedia más alocada o rey del drama absoluto. Actor fetiche durante años del director Lawrence Kasdan. Todavía le quedan muchas sorpresas por darnos. Si ya nos dejó en el asiento con ese drama entre los dramas que fue su debú: La decisión de Sophie, fue de la mano de Kasdan como consiguió el estrellato.

Primero fue el hombre soñado y perfecto, el progresista que se vuelve, sin embargo, hombre de negocios, en Reencuentro. Ahí Kasdan de la mano y no le soltó dejando que su rostro se fuera afianzando en Silverado (1985), Te amaré hasta que te mate (1990), Grand Canyon (1991) o la romántica French Kiss (1995).

Sin embargo, sorprende al personal y se convierte en uno de los comediantes imprescindibles de los ochenta y noventa. Y reímos con él en taquillazos como Un pez llamado Wanda, 1988, o la divertidísima In&out (1997).

Su rostro, sin embargo, sigue siendo el rey del drama y nos tiene con el corazón encogido en Grita libertad (1987) o en la magnífica La tormenta de hielo (1997). En el siglo XXI sigue presente en películas de distinta índole si bien ninguna ha alcanzado una dosis de emoción similar a sus producciones de los ochenta y noventa. Yo sigo esperando. Mientras me conformo con La casa de mi vida, El club de los emperadores, De-lovely o El último show.

William Hurt

Otro de los actores fetiches de Kasdan y con carrera que merece la pena de veras. A partir de los noventa se ha decantado más por papeles secundarios o películas más arriesgadas. Todavía sigue alumbrando, con destellos brillantes de vez en cuando, las salas oscuras de cine.

Fuego en el cuerpo dio la campanada de salida en 1981 a un nuevo rostro que pisaba con fuerza. De Kasdan, claro. También le ofrece precioso papel de yonqui desencantado en Reencuentro. Le ofrece papel bombón de hombre deprimido que termina viendo la luz en El turista accidental y también le ofrece papel en la irregular Te amaré hasta que te mate.

Sin embargo, Hurt se convierte en icono de los ochenta y actor de prestigio con papeles arriesgados como el de homosexual en la maravillosa El beso de la mujer araña (1985) o convierte en supertaquillazo la historia de amor con una sordomuda en Hijos de un dios menor (1986).

Poco a poco va distanciando sus intervenciones y más bien como secundario dejando atrás su estela de estrella así le vemos en los noventa en Alice de Woody Allen o en productos cinematográficos de cine independiente como Smoke.

En el siglo XXI vuelve a estar presente con los directores del momento en películas como El bosque o en otra interpretación alabada y dura en Una historia de violencia.

Jeff Goldblum

Actor de cara extraña y altísimo. Físico peculiar que no pasa desapercibido. Sigue presente en las pantallas de las salas de cine y en los salones de las casas en series de televisión. De carrera irregular, ha sido protagonista de grandes taquillazos y tiene en su haber extrañas apariciones.

Al principio trabajó con Kasdan tanto en Reencuentro, como periodista cínico y niño grande obsesinado por el sexo, como en Silverado. Su golpe de suerte fue protagonizar película de culto, La mosca (1986). Fernando Trueba le tomó como protagonista en la extraña El sueño del mono loco en 1989.

Otro golpe de suerte fue cruzarse en el camino de Spielberg que le ha hecho protagonista de la saga interminable (parece que va a haber otra más) Parque jurásico y también estuvo en el taquillazo de Independence Day. En el año 2000 protagonizó Punto de mira sobre el rodaje de la película La Sal de la tierra por Biberman, un director en la lista negra de la caza de brujas.

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Relato criminal (The undercover man, 1949) de Joseph H. Lewis

Voy a intentar explicar mejor mis reparos sobre Enemigos públicos mirando un clásico de los años cuarenta. Un clásico más o menos desconocido y tampoco redondo, es decir, no es obra maestra pero sí es una obra cinematográfica bien hecha y a tener en cuenta.

Ninguno de los actores sobra, eran los tiempos en que los personajes secundarios eran cuidados y esenciales para la trama. También, es cierto que no todos están aprovechados pero hay un abánico util de personajes secundarios bien resueltos… ¿cuál estaba bien desarrollado en Enemigos públicos?

También entendemos las motivaciones de los protagonistas a un lado y a otro de la ley. En esta película, Relato criminal el punto de vista es radicalmente distinto al de Enemigos públicos, el punto de vista está situado al lado de los que con la ley en la mano —y algún que otro truco que les permita ciertas actuaciones— tratan de encarcelar a los grandes capos de la mafia. Son hombres que no se dejan corromper y trabajan jornadas interminables para conseguir pistas que les permitan juzgar a los delincuentes de la Depresión. No son considerados héroes, ni populares entre los ciudadanos, son anónimos que se tiran horas de su vida tratando de encarcelar a aquellos que se enriquecen dejando corrupción y muerte por el camino. El gran jefe de la mafia no aparece ni una sola vez en toda la película pero se siente su presencia y tan sólo tenemos contacto con sus esbirros y víctimas. Ese abogado corrupto (Barry Kelley) es genial en su papel y cometido (eso sí que es un personaje secundario mimado y desarrollado).

Hay otros personajes secundarios geniales, ese triste sargento de policía que facilita la primera buena pista al agente federal del tesoro (el incorruptible Glenn Ford, un actor que no es santo de mi devoción pero he de reconocer que tiene filmografía interesante y papeles adecuados. Éste es uno de ellos). El sargento tiene la cara de John F. Hamilton al que yo siempre guardaré en mi memoria por su papel maravilloso en La ley de silencio como padre de Eva Marie Saint. Es el hombre de la cara triste de destino trágico por un fallo del pasado que mancha su carrera.

Las muertes, tanto fuera de cámara como a cámara, se sienten. Emocionan. ¿Les da pena alguna de las muertes de Enemigos públicos espectacularidad aparte? Esa muerte de uno de los esbirros corriendo por una tumultuosa calle popular perseguido a gritos por su hija que ve cómo le cosen a balazos…

En algo fallan las dos. En la compañera femenina. En la función del personaje que enamora al protagonista. En ambas, estas mujeres están interpretadas por buenas actrices con sobrado talento (en esta Nina Foch) y sin embargo son desaprovechadas en el papel de mujer florero. Devotas amantes y mujeres a la espera del héroe. Alguna vez en peligros y rodeadas de un halo de mujer soñada.

En Relato criminal la estructura es clásica y la película se va poniendo más y más emocionante según avanza el metraje y tiene su escena clímax. Sin embargo, Enemigos públicos (que como repetí ayer me entretuvo y me volvió a enamorar mi Johnny pero claro hay que se objetiva) tiene todo el rato altos y bajos en su estructura y está poblada de escenas clímax que no ayudan en absoluto a contar mejor la historia o a emocionar por las actitudes de sus personajes. Nos deja igual. Sus personajes no tienen alma, algo que sí tienen cada uno de los personajes de Relato criminal (hasta los papeles más mínimos e incluso los peor desarrollados están mejor que cualquier secundario de la película de Mann).

Así que os digo, no está mal pasar una tarde con la acción y las imágenes impactantes (algunas bellas) de Enemigos públicos pero combinarla con otra tarde en la que se vea un clásico tipo Relato criminal para poder ver cómo se cuenta bien una historia (la cantidad de recursos tanto visuales como de guión con los que se puede relatar bien una película), sin ser obra maestra pero sí de factura intachable, incluido el guión. No tenemos más que mirar al pasado para no confundirnos con el presente.

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Enemigos públicos

Les confieso que siento un amor apasionado por Johnny Depp, no les voy a mentir. Desde hace tiempo cada vez que mi divo sale en pantalla cinematográfica hago visita obligada a sala de cine. Les confieso que me hacía ilusión que esta vez no se distorsionara el rostro o se disfrazara de arriba abajo y me dejara disfrutar de su cara, al natural. Les confieso que me hacía ilusión verle en película de viejos tiempos, película de gánsters, tipo años 30. Les confieso que tenía toda la intención de disfrutar de Enemigos públicos y por último les digo que me entretuvo dicha producción. Pero también les vuelvo a confesar que la película de Michael Mann se quedó en el intento de crear un clásico. Y es una pena porque tenía todos los ingredientes para ello.

Me quedo con escenas y momentos. ¡¡¡Pero lástima de guión!!! Fracasa estrepitosamente en la estructura de la película y en la creación de personajes secundarios (y mira que contaban con los intérpretes idóneos). Es película de usar y tirar. Disfrutamos lo que dura la película, y después…, el olvido. De mejor factura que los habituales blockbusters veraniegos, me dejó con la miel en los labios. Lástima de galería de personajes mal aprovechados que no llegan a emocionarnos, ni siquiera la muerte anunciada del hermoso Depp nos deja sin respiración (no desvelo nada pues Dillinger es personaje histórico y ya se sabe cómo terminó). Se queda su rostro en leyenda a medio camino…

Lástima porque no sentimos la complicidad entre los miembros de esta cuadrilla de ladrones de bancos. Ni tampoco vemos claro los motivos del cerebral equipo policial encabezado por un todopoderoso de rostro frío, agente Purvis (oh, qué pena Christian Bale que se encuentra solitario en su cometido). No hay tensión en la persecución y lucha entre ambos. La historia de amor no llega a punto elevado y eso que hay diálogos y escenas hermosas y una Cotillard con química con un Depp hermoso. Pero el romanticismo no llega, ni los suspiros, ni los sueños…

Y mira que Michael Mann homenajea por activa y por pasiva aquel buen cine clásico que contaba buenas historias y buenos personajes. Aquel cine que narraba peripecias y que creaba héroes con los que el público se identificaba y estremecía. Así la película de Enemigos públicos cuenta con bellas escenas en sala de cine. Y gracias a ese amor al cine clásico y a las leyendas cinematográficas vivimos los hermosos últimos momentos de un Dillinger que disfruta viendo una buena película y Mann recupera bellas escenas de El enemigo público número 1 (Melodrama Manhattan, 1934) con William Powell, Myrna Loy y Clark Gable de chico malo. O esa escena, donde los hombres de Dillinger y él mismo planean una de sus fechorías mientras en noticiario ponen la foto del hombre perseguido, del ladrón de bancos, y pide a los espectadores que miren a derecha o a izquierda porque Dillinger puede estar sentado a su lado. Qué lástima porque Depp no logra convertirse en la leyenda que todos esperamos, ni Bale en su antagonista esperado. Disfrutar sí, disfrutamos. Pero es película olvido, me la paso bien, y no la guardo en memoria.

Ahhhh, por cierto, me ocurrió algo curioso. Enemigos públicos era digna película de estrellas. De estrellas del pasado y con un mejor guión, no digo yo que no se hubiera convertido en clásico recordable, y de pronto viendo a la Cotillard, su personaje, su look, su peinado, su manera de moverse en pantalla, me recordó a una diva y me hizo pensar en qué bien hubiera estado con este personaje bien desarrollado, me hizo pensar en una Natalie Wood como chica del gánster. Curioso, ¿no?

Lástima de Enemigos públicos porque había actores, de los buenos, para haber acometido una buena película de gánsters en su fórmula clásica y habernos recordado viejos tiempos no sólo por una ambientación perfecta sino por unos personajes que nos llegaran al fondo del corazón porque tenían alma y no sólo una metralleta que disparar o unos cuantos bancos que robar. Las fugas carcelarias, que si amas a los personajes, son emocionantes y llenas de tensión, aquí simplemente no están mal rodadas al igual que los tiroteos.

Lástima porque me hubiera gustado enamorarme de una leyenda, de un bandido a lo Dillinger-Depp, héroe romántico y malvado a la vez de la época de la Depresión, y tal vez haber echado una lagrimilla con su desaparición y su trágica historia de amor. Me quedé inmutable, diciéndome, qué entretenida, sin más. Qué lástima.

Y tantos actores como Crudrup, Bale, Dorff, Russo, Graham…, como si no estuvieran, como un suspiro mal acabado.

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La decisión de Sophie (Sophie’s choice, 1982) de Alan J. Pakula

A esta película la guardo con gran cariño en mi mente. Recuerdo que la vi una noche de madrugada en la televisión, una noche en la que no podía dormir, hace muchos años cuando todavía era estudiante. La vi empezada pero me atrapó y me impactó de tal manera que se me quedó totalmente grabada. No la olvido. Y me apena que nadie todavía se haya atrevido con una buena reproducción en dvd (si existe, ignoro su existencia), los secretos y misterios de la distribución son incomprensibles para alguien que ama al cine y sólo exige su difusión con calidad.

La decisión de Sophie es película delicada, película de personajes, una historia de amor, amistad y horror, una buena adaptación literaria de la novela del mismo nombre de William Styron (recomiendo también su lectura), una película con unos intérpretes de quitarse el sombrero, una película que emociona en cada visionado…

Tiene todos los ingrendientes necesarios para contar una buena historia en imágenes y las aplica. Su resultado es evidente. Desde una banda sonora, para mí, envolvente y nostálgica (la melodía de Marvin Hamlisch) a una fotografía delicada y perfecta (sólo podía ser del maestro Nestor Almendros). Y Alan J. Pakula ofrece uno de sus trabajos, en mi opinión, más perfectos.

Pero ésta es una historia que avanza por la increíble personalidad de sus personajes y unos intérpretes que se transforman en ellos. Así Meryl Streep es una Sophie insustituible en su retrato de una mujer con el dolor en el rostro y un alma rota; Kevin Kline nos desgarra y enamora el alma cada vez que su atrayente y maravilloso Nathan pierde la cabeza y de su boca salen las palabras más hirientes…, cuando minutos antes le hemos oído las más hermosas; y un jovencísimo Peter MacNicol (que se perdió para siempre para el cine y resucitó brevemente con su papel de abogado especial en la serie televisiva Ally McBeal) enternece en cada una de sus apariciones con esa mirada entre inocente y reflexiva…, y esa sonrisa. Él es Stingo, el joven sureño, narrador de esta historia envuelta en nostalgia y cariño hacia Sophie y Nathan, dos almas rotas que crean un mundo maravilloso a su alrededor para no caer muertos…, pero cuando ese mundo se desbarata o se resquebraja los dos se convierten en seres indefensos que temen más a la vida que a la muerte. Tanto dolor reunen ambos.

Y Sophie nos va desgranando en escenas clave su pasado, unos flash back que reflejan el horror y la complejidad de una guerra inhumana, deshumanizada, capaz de eliminar a seres humanos por el hecho de ser judíos, polacos, comunistas, gitanos, homosexuales…, y nos vamos acercando a su decisión, a lo que la obligaron. Sophie es personaje complicado que no puede con la culpa de haber sobrevivido a los campos de exterminio. Sólo el mundo imaginario que construye a su alrededor Nathan la hace huir del horror.

La complicidad entre los tres personajes, su amistad, hacen la película más hermosa y dolorosa. Así como la admiración que siente Stingo por sus dos vecinos que va creciendo a lo largo de toda la historia a pesar de que poco a poco va descubriendo la verdad sobre su dolor, los secretos, y les va quitando sus caretas de defensa.

Y son tan hermosas las escenas de amistad, son tan hermosas las escenas de amor, y es tan delicado el retrato que crea Stingo de sus dos vecinos, que logra transmitirnos a todos los espectadores su relación con ambos personajes. Su mirada.

No quiero desvelar más cosas ni realizar mis propias reflexiones. Prefiero que la descubran y que les impacte como a mí me impactó la primera vez que la vi. O si ya la han visto, que recuerden o saboreen ese champan en el puente de Brooklyn o que las lágrimas caigan de sus ojos oyendo un poema de Emily Dickinson.

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Carmen Jones (Carmen Jones, 1954) de Otto Preminger

Dorothy Dandridge llegó a la cúspide de su carrera como actriz —no así como cantante, que también lo era, pues en la película fue doblada por Marilyn Horne porque la actriz no tenía en su voz registros operísticos— con Carmen Jones siendo la primera actriz afroamericana nominada como mejor actriz principal. El oscar se lo arrebató una rubia Grace Kelly por su interpretación en La angustia de vivir como esposa de un hombre alcohólico.

En 2001 otra actriz afroamericana volvería a estar nominada en esta categoría y además se llevaría la estatuilla, Halle Berry por su duro papel en Monster’s Ball y Halle no se olvidaría de Dorothy que además interpretó en película televisiva en el año 1999.

¿Hubiera sido otro el destino de Dorothy Dandridge si la industria cinematográfica hubiera actuado de otra manera con los intérpretes afroamericanos? Los intérpretes afroamericanos estaban relegados en la industria y tenían difícil encontrar buenos papeles que no tuvieran que ver con ciertos estereotipos raciales. Durante años hubo buenos actores y actrices que no consiguieron más que papeles secundarios (y normalmente estereotipados recibiendo críticas por todas partes) y así se desperdiciaron talentos cinematográficos. Algunos de ellos, aun así, lograron destacar: Hattie McDaniel, Juano Hernandez, Butterfly McQueen, Canada Lee, Woody Strode, Louise Beavers, Juanita Moore, Diahann Carroll, Harry Belafonte… La situación fue cambiando y culminaría con el estrellato de un joven que empezó a conseguir buenos papeles como actor, su nombre era Sidney Poitier y ya mostraba otro camino en Un rayo de luz (1950) junto a Ruby Dee (de la que sería pareja cinematográfica en varias películas). Sin embargo, Poitier no se convirtió en estrella internacional hasta que en 1963 ganó un oscar por Los lirios del valle y en 1967 consiguió un éxito sin precedentes en Adivina quién viene esta noche.

Nunca sabremos cuál hubiera sido su proyección cinematográfica si no hubiera chocado con prejucios raciales, lo que sí podemos intuir es lo que pudo ser esta mujer electrizante que deleita con su interpretación de mujer fatal en este original musical. Y es triste decir que original, porque lo que hizo el austriaco Otto Preminger fue apostar por esta opera —adaptación de un musical de Broadway que a la vez se inspiraba en la ópera de Carmen de Bizet— tan sólo interpretada por actores negros y distribuirla por los circuitos comerciales. Una apuesta que ya realizó King Vidor en 1929 con Aleluya.

Dorothy Dandridge no tuvo vida fácil y se suicidó con tan sólo 41 años en el año 1965. Sólo consiguió otro papel interesante —y eso que llevaba en Hollywood desde los años 30 siendo niña prodigio de la canción y haciendo sus pinitos en el cine— en otra ópera de intérpretes negros, esta vez junto a Sidney Poitier, y repitiendo con Otto Preminger, Porgy and Bess en 1959.

Su acompañante en esta folletinesca y trágica historia, Carmen Jones, fue un hermoso Harry Belafonte (también cantante pero también doblado para esta ópera). Ambos interpretan una pareja creíble de pasión, amor y celos…, y destino trágico. Otto Preminger ofrece musical elegante donde la vendedora de cigarrillos es una obrera que hace paracaídas en plena II Guerra Mundial, el soldadito que cae en su redes no es napoleónico sino un joven inocente destinado a casarse con su novia del pueblo pero al que Carmen retira de su camino —sueña con ser piloto— y el torero es un boxeador famoso.

Carmen Jones es un musical lujoso y llamativo en pantalla enorme, con colores que estallan y buenos decorados que ilustran una historia trágica donde como siempre Carmen brilla con luz propia, condenada por querer ser mujer libre y consciente de su sexualidad. No quitas un ojo de la pantalla en película entretenida de la que ya te sabes toda la historia pero la disfrutas una vez más con hermosa pareja de fondo.

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El fotógrafo (The cameraman, 1928) de Edward Sedgwick

Dicen que la pérdida de libertad creativa que vivió Buster Keaton cuando pasó a trabajar a la MGM fue motivo de su declive y fracaso, sin embargo, aún tuvo tiempo de mostrar su valía y maestría en algún que otro largometraje como el que hoy nos ocupa co-dirigido por Edward Sedgwick (Keaton, como estaba acostumbrado, también dirigió pero sin acreditación por parte del gran estudio).

Otro motivo quizá de que se apagara su estrella fue que su arte estaba indiscutiblemente unido al cine silente…, y el sonoro ya hacía su aparición cuando Cara de Palo formó parte del gran estudio. Por otra parte, el fracaso y el olvido así como su inestabilidad emocional le llevó al alcohol…, muchos pasos relevaron al genio a triste olvido. Sus apariciones fueron cada vez más espaciadas y sólo mostraban la sombra de lo que fue. Así la nostalgia golpea cuando aparece como secundario en producciones como Candilejas, El crepúsculo de los dioses, Golfus de Roma o como protagonista de un corto surreal de Samuel Beckett (Film).

Sin embargo, El fotógrafo es un largometraje maravilloso que todavía deja ver un Keaton brillante en una historia romántica y divertida. Es imposible dejar de sonreír ante las andanzas de un pequeño y fibroso fotógrafo con cara de palo que quiere a toda costa ser contratado para la agencia de noticias de la MGM como filmador de la realidad. Su empeño no tiene fronteras porque le empuja el amor que siente hacia la secretaria (muy bien interpretada por una moderna Marceline Day).

Así nuestros ojos viajan a través de las vicisitudes de un pequeño hombre que no se inmuta ante las desgracias y hacia su empeño por ser un buen realizador con vieja cámara. Y que tampoco se rinde ante la llamada del amor si bien es cierto que “su” secretaría siente desde el principio una indescriptible ternura por el hombrecillo tímido que espera una oportunidad.

La película desarrolla con ternura una sencilla historia de amor e intercala momentos cómicos de altura haciendo su visionado una buena experiencia que no aparta ni un sólo momento la sonrisa o la carcajada del espectador.

Así disfrutamos de lo lindo con la historia de este hombre pegado a viejas cámaras y a sus intentos de filmar una realidad coherente —fracasando una y otra vez— o también a sus pasos para conquistar a la amada a la que promete un bonito paseo…

A mitad de la película —que va creciendo en ritmo y risas según avanza el metraje— aparece otro personaje clave para los acontecimientos futuros. Un personaje increíble, un monillo de feria, que tanto en sus movimientos como expresiones poco le falta para ser totalmente humano y protagonista de escenas hilarantes.

Buster Keaton no sólo hace poesía del amor y la comedia, como nos tiene acostumbrados, no sólo ofrece la ternura del perdedor que gana, sino que admira con su buena forma física que le permitía ejecutar números cómicos de gran ritmo y belleza visual.

Así dota a este largometraje de momentos increíblemente divertidos como el que ocurre en los vestuarios de una piscina pública o su comportamiento de reportero gráfico en una batalla campal en el barrio chino. Uno no puede evitar emocionarse y reír cuando acude veloz a la cita con su chica, corriendo por las calles superando todos los obstáculos, antes de que ésta cuelgue el teléfono.

Sin duda, El fotógrafo es otra película para disfrutar de la vida y de la belleza del cine en tarde de verano y que hará olvidar la ola de calor.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.   

Momentos inolvidables de El club de los poetas muertos (Dead poets society, 1989) de Peter Weir

Me considero defensora y amante absoluta de El club de los poetas muertos de Peter Weir. Una película hermosa, bellamente filmada, con un guión espléndido, un buen reparto y personajes con personalidad propia, intensa banda sonora…, tiene todos los ingredientes del buen cine y lo transmite en cada uno de sus fotogramas.

Cada visionado me produce una sensación vital y desde que oí la frase (la primera vez que la disfruté fue siendo una adolescente en su estreno en las salas de cine y me fascinó además de enamorarme perdidamente del personaje interpretado por Ethan Hawke): Carpe Diem, ésta se convirtió en oración referente. Ese famoso, aprovecha el momento.

Inexplicablemente es una película que actualmente es criticada y parodiada (lo que más se repite es que es tópica, que el personaje de Keating es repetitivo, que si el final es tal…) y, sin embargo, cada vez que la veo me gusta más y me deleito con buen cine e historia magníficamente narrada. Y es que Peter Weir es un realizador que me llega, que sabe plasmar y contar historias. Su firma en este trabajo es evidente.

La película está plagada de momentos inolvidables porque además todos los personajes tienen su escena memorable y porque es una historia con secuencias para la memoria. Todos tienen algo que describirnos y contarnos. Desde el profesor Keating (gran Robin Williams) que ama ser maestro y sobre todo cree en la capacidad de las personas (sus alumnos) para pensar por sí mismos, para disfrutar de la vida y ser siempre creadores hasta un jovencísimo Neil Perry (joven y estupendo Robert Sean Leonard) que se apasiona por los amigos, por los estudios y que ama con locura el teatro…, sin embargo, su espíritu creativo y su alegría se ven siempre coartadas tanto por la manera tradicional de enseñanza de elite de la academia Welton como por la intransigencia de un padre que quiere dirigir los pasos futuros de su hijo con dureza y rigor. El profesor Keating y el club de los poetas muertos es su puerta esperanzada hacia la libertad…

El joven elenco de alumnos es de diez, logrando en todas las escenas que aparecen una sinceridad en sus relaciones y día a día. Cada uno de los protagonistas del club de los poetas muertos tienen una personalidad que engancha, que los hace distintos y no personajes-tipo. Desde el joven millonario que puede permitirse ser el más rebelde con personalidad arrolladora, Dalton (pseudónimo Nuwanda), con escenas geniales como la llamada de Dios hasta el chico tímido y apocado con el dulce rostro de Ethan Hawke que muestra su fortaleza y rebeldía que se encontraba agazapada, personaje que ama a la poesía y su amistad con su compañero Neil Perry cuyo destino trágico le hace madurar.

Es de esas películas con las que me quedaría con casi todos sus momentos. Pero como ya hemos hecho en otras ocasiones y por su importancia en cada uno de los pasajes de la película, quedémonos con dos en los que los personajes leen una poesía. La primera vez que Keating nombra a Walt Whitman y que recita sus versos para explicar lo que significa Carpe Diem ante unos alucinados alumnos por los métodos del nuevo profesor:

“Coged las rosas mientras podáis
veloz el tiempo vuela.
La misma flor que hoy admiráis,
mañana estará muerta…”

O las veces que aparece, son tres creo recordar, el poema de apertura de cada una de las reuniones del club de los poetas muertos que corresponde a Henry David Thoreau. Siendo especialmente la última de especial emotividad…, cuando la lee un profesor Keating desolado en la soledad de un aula vacía en la mesa de un alumno…

“Fui a los bosques porque quería vivir deliberadamente, enfrentarme sólo a los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, y para no descubrir, en el umbral de la muerte, que no había vivido.”

Sin embargo, me viene a la cabeza otro montón de imágenes: la delicadeza que tiene Weir a la hora de filmar un suicidio; la vitalidad y alegría que transmite la película en cada una de las clases dadas por Keating; el momento hermoso de cuando el alumno tímido se vuelve poeta delante de toda la clase, los momentos del primer amor adolescente, las reuniones íntimas y libres en la cueva, el amor al teatro en esa representación de El sueño de una noche de verano…

Otro asunto que me gusta es que la película está ambientada a finales de los 50 en EEUU que ya sabemos que fue época de duro conservadurismo. Pienso, sin embargo, que el maravilloso profesor Keating también hoy en día sería considerado un peligro y también empleado como chivo expiatorio por una sociedad que siempre ha tenido miedo a soñar o a ser libres.

Es una película que logra siempre conmoverme y hacerme pensar. Me habla de muchas cosas y del valor y poder de las palabras, de la fuerza de la poesía, del teatro, de la creatividad, de la no conformidad, de ser capaces de pensar por nosotros mismos…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. 

Diccionario cinematográfico (107)

Jazz: un solo de trompeta de hombre atormentado con rostro de un Kirk Douglas que sólo se siente en calma cuando toca lo que derrama su alma.

En Paris Blues nos encontramos con la capital del amor y el jazz donde Paul Newman y Sidney Poitier tocan en un local con su banda y viven la música. Un día les visita un gran músico, entra en el lugar e improvisan creando un momento mágico e hipnotizador…, el gran músico no puede ser otro que el mítico Louis Armstrong.

Louis Armstrong no sólo aparece también en musical mastodóntico a lo Hello Dolly sino que una de las canciones más hermosas, What a wonderful world, es banda sonora de diversas películas. Así su canción resulta emocionante en escenas de 12 monos o Good Morning, Vietnam. Además, pronto aparecerá en nuestras pantallas un biopic de su vida que se titula como este himno de vida dura pero al fin y al cabo de momentos bellos dirigida e interpretada por Forest Whitaker.

No podía ser de otra manera porque Whitaker también se puso en la piel de Charlie Parker en esa interesante e intensa película llamada Bird sobre un hombre que se autodestruye pero resurge cual ave fénix cada vez que sube a un escenario.

También, el jazz es imprescindible en las bandas sonoras de Woody Allen. No hay película de Allen que no tenga pieza memorable pero sobre todo realiza su particular homenaje al jazz en esa joya que se titula Acordes y desacuerdos donde el guitarrista Emmet Ray es guitarrista magistral y lleva jazz en sus venas…, anda obsesionado con otro músico grande, Django Reinhardt.

Y los grandes también compusieron bandas sonoras en películas ahora inolvidables cómo olvidar la contribución de Cole Porter o Glenn Miller (ambos con sus biopic como Noche y día o Música y lágrimas) al mundo del cine. El gran Duke Ellington creo la atmósfera musical inolvidable de esa gran obra que es Anatomía de un asesinato. Otro clásico que empleó el jazz como música de fondo fue Un tranvía llamado deseo y el compositor fue Alex North que también fue el creador de otra canción que ha recorrido bandas sonoras, Unchained melody.

En melodramas y dramas hay siempre un hueco para el jazz, así Ava Gardner y Gregory Peck se conocen en París en un garito donde tocan buena música y un saxofonista sirve de banda sonora de su amor en Las nieves del Kilimanjaro. O en la dura Chantaje en Broadway, el único personaje honesto e incorrupto es un joven músico de jazz, la banda sonora corre a cargo de Elmer Bernstein que también creo puro jazz para El hombre del brazo de oro donde un músico con cara de Frank Sinatra se encuentra atrapado en el mundo de las drogas.

Cine y Jazz me llenan de emoción y llenan mi cabeza de melodías e imágenes con ritmo y vida.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.