Diccionario cinematográfico (109)

Cuadros: hay cuadros que traen el pasado, atrapan el presente o tienen connotaciones mágicas. Hay retratos de la persona amada u odiada. Hay pinturas que expresan el mundo interior. Hay imágenes que a golpe de brochazo esconden un secreto o misterio. Algunos llevan a la locura otros a la curación. Cuadros que a través del cine cuentan o narran una historia en imágenes.

Me sumerjo en el retrato de la mujer-sueño, en una Laura etérea que enamora al detective hosco. Exploro la historia de la joven de la perla, esa joven con turbante y pendiente, bella y clara. Sufro con el autorretrato de un pintor que se mutila la oreja que vive atrapado en una habitación de proporciones imposibles.

Bailo en un París encantado por impresionistas o con los cuadros de prostitutas de un triste enano con cara de Toulouse Lautrec. Me dejo llevar por el retrato etéreo y fantasmal de una joven Jennie o estoy atrapada por el misterio que no deja dormir a un detective con vértigo que ve como la mujer amada, rubia con moño y un camafeo, se sienta horas y horas frente al retrato de una mujer de siglo pasado en un antiguo museo.

No quiero hacer un pacto con el diablo y ser inmortalmente joven y atrapada en un retrato como el desgraciado Dorian Gray. Tiro desgarrada una taza de café, miro con odio o lanzo un vaso de alcohol hacia el tirano que ha amargado mi vida o destrozo despechada el cuadro que lo inmortalice en melodramas que encienden mi espíritu.

El misterio me envuelve ante la mujer del cuadro o hacia la pintura naif de un pobre hombre, que oh perversidad, pierde su autoría ante la mujer fatal. Lloro desconsolada por ser mujer normal y vulgar y no alcanzar el misterio y la belleza de una Rebecca cualquiera.

Pero también tiemblo ante los cuadros que inmortalizan historias que después puedo imaginar. Como esa Juana la Loca que vela a un Felipe el Hermoso en macabro cortejo por tierras áridas. O ese rey pasmado que enloquece de pasión y lujuria ante una modelo desnuda que se mira al espejo. Me quedo de piedra cuando en película francesa queda para siempre inmortalizados los trazos del gran Renoir a la orilla de un río o en una comida en el campo. Instantes de felicidad.

O me enternezco ante la mirada de ese amante señor casado que suspira viendo el cuerpo desnudo y pintado de la hermana de la propia esposa a la que desea con locura. Me llena de ternura ese pintor intelectual y desgraciado que aprende de la sencilla y feliz vida de su jardinero y que le sirve de nuevo para inspirarse y realizar una colección de cuadros que alimentan su sentido del arte. Lágrimas melodramáticas salen de mis ojos cuando ese escritor bohemio recuerda ante mural de un café, el rostro de la mujer amada y su historia en París. Me da pena ese anciano que siente como su cuerpo no responde pero sigue excitándose y amando la belleza de un cuerpo femenino desnudo, de una venus en un cuadro que no le hiere y de una venus-lolita real que le echa en cara que es viejo.

Los cuadros guardan secretos históricos como la última cena de Leonardo da Vinci, ya nos dice que es un código. O ese cuadro que inmortaliza una partida de ajedrez y oculta a la vez la solución de un asesinato del pasado.

U otras películas nos emocionan porque hablan de hasta qué punto ciertos cuadros tienen un valor tan incalculable y tan valioso que se defienden en tiempos de guerra con la vida misma. Así nos dejamos arrastrar por ese poderoso Burt Lancaster que defiende junto a un montón de hombres un tren lleno de cuadros que estaban en los fondos y museos de París y que los alemanes quieren para ellos mismos. Lancaster y otros impedirán que esos cuadros lleguen a la Alemania nazi cueste lo que cueste. O ese humilde celador del museo del Prado que en plena Guerra Civil hará lo imposible por salvar un pequeño autorretrato de Goya.

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Via con me, una canción de película

La voz grave de Paolo Conte nos dice al oído:

“It’s wonderful
it’s wonderful
it’s wonderful
good luck my baby
it’s wonderful
it’s wonderful
it’s wonderful
I dream of you…”

Así tal cual, aparece en varias bandas sonoras de películas para que se nos quede en memoria: French Kiss (1995), Un romance en Nueva York (1996), Deliciosa Martha (2000) y su remake americano Sin reservas (2007).

¿No hay canciones que siempre se nos quedan?¿No hay voces que no se olvidan? ¿No hay melodías que no te cansas nunca de escuchar? Para mí una de ellas es esta canción con voz de Paolo.

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La insoportable levedad del ser (The unbearable lightness of being, 1987) de Philip Kaufman

Sí, partamos de varias premisas. Veía esta película con prejucios porque había leído críticas demoledoras. Por otra parte no he enmendado la falta principal, no he leído la novela de Milan Kundera. El largo metraje más de tres horas me hacía enfrentarme con miedo a esta obra cinematográfica que había leído varias veces que era aburrida, pretenciosa…, etcétera, etcétera… Así que me abrumaba ponerme frente a un mamotreto de historia.

Y, magia entre las magias, disfruté de las tres horas. Se me hace urgente leerme la novela porque sobre todo hay tramas y personajes que se me quedan en el aire y hubo algunos momentos y escenas de la película que me cautivaron. No es obra perfecta y redonda pero me volvería poner frente a ella.

Los tres personajes principales son Tomás (el actor británico Daniel Day-Lewis), cirujano de prestigio; Teresa (la actriz francesa Juliette Binoche), camarera que se convierte en fotógrafa de mirada especial y, por último, una artista bohemia y libre que se llama Sabina (la actriz sueca Lena Olin). Tres amigos con diferentes formas de vivir y sentir la vida, el amor y el sexo, tres personas que también sufren de diferente manera la invasión de la URRSS a Checoslovaquia en el año 1968.

Creo que el principal fallo para que no se convierta en film redondo está en no encontrar el tono adecuado a lo largo de toda la película. Comienza casi como una fábula satírica, como una comedia sexual, y poco a poco se convierte en relato documental, político e histórico de una invasión (a través del reportaje fotográfico de Teresa), contamos con momentos de película filosófica y reflexiva, o pasamos de puntillas por una película pasional con triángulo amoroso para transformarse (de manera maravillosa) en película sobre amor trágico. Quizá, seguro, la novela de Kundera no tenía fácil adaptación y por ello el resultado final me parece más que satisfactorio.

Son muchos los frentes abiertos con ese cirujano de prestigio como personaje central que diferencia totalmente sexo y amor…, y éste, el amor, acude de manera sorprendente a su vida a través de la joven y romántica Teresa. De pronto, se ve inmerso en un compromiso del que no puede salir pero tampoco puede evitar sus continuos encuentros y juegos sexuales donde la mujer que más le comprende, y además ambos se quieren, es la artista Sabina. Además, ella conocerá a Teresa y ambas se convertirán en buenas amigas.

Por su parte, Teresa es totalmente romántica e idealista, dulce que se entrega totalmente a Tomás al que ama con locura, sin embargo, descubre que para ella pesan en exceso los celos y las continuas infidelidades del hombre de su vida.

Todos estos encuentros y desencuentros amorosos se desarrollan durante la primavera de Praga, un momento donde los ciudadanos se sienten libres y que avanzan hacia un comunismo no totalitario ni burocratizado hasta que ese sueño se evapora con la brutal invasión de la URSS que Teresa capta con su cámara fotográfica.

El después continúa con exilios y regresos. Con encuentros y desencuentros. Con abandonos y vueltas. Con amores rotos y otros que se reconstruyen una y otra vez. Con sacrificios laborables como no poder ejercer sus profesiones. Con dudas y decisiones. Y el destino de los tres personajes se funde en la historia política de fondo (quizá la menos desarrollada en la película es la del interesante personaje de Lena Olin).

Así de salto en salto todo está poblado de escenas que me conmovieron. Me encantan dos personajes que son animales pero que sirven para preciosas reflexiones. Me emociona esa perra dulce a la que bautizan Karenin —porque cuando se conocieron Tomás y Teresa, ella leía Anna Karenina— o ese cerdo maravilloso que se llama Mephisto al que su dueño ama con locura porque es inteligente pero no sabe nada y por ello es feliz.

Me gusta la Teresa, fotógrafa, que se mueve en esa Praga antes de la invasión y que también es testigo de la represión. Y cómo después en su exilio a Suiza la recomiendan que se dedique al cuerpo femenino y entonces realiza una sesión fotográfica de desnudos junto a Sabina en la que ambas terminan desnudándose.

Los encuentros sexuales no son eróticos sino que están planteados como juegos. Juegos por parte de Tomás. Un juego que le sigue perfectamente una Sabina con sombrero.

Conmueve cómo finalmente Tomás se enamora de la dulce Teresa, se entrega totalmente, y se convierte en una persona feliz aunque ambos no pueden dominar los reveses y destinos de la vida.

Así que al final me quedo enganchada a la historia y a los personajes. A sus miedos y penas, a sus alegrías y momentos dulces. A los instantes agridulces. A sus sueños y pesadillas.

Realmente La insoportable levedad del ser se ha convertido para mí en agradable sorpresa.

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Decepción

Decepción es lo que he sentido ante uno de los trabajos de Sean Penn como director (no había visto ninguno de sus intentos) aunque la dirección es correcta y tiene varias escenas que merecen la pena. Se trata de El juramento (2001), adaptación de una novela de Friedrich Dürrenmatt que ya había sido llevada a la pantalla por el realizador Ladislao Vajda en 1958 con el título de El cebo.

Y señores y señoras me cautivó y sorprendió bastante más El cebo, quizá por mi desconocimiento de la historia en ese momento, que la película de Penn que me pareció un remake con giro final absurdo. Eso fue lo que me mató, definitivamente, el final.

Quizá destacaría ese triste ambiente que envuelve toda la película y alguna aparición que otra de secundarios memorables en dos minutos de actuación así como un reparto de lujo. Pero no sabría explicar muy bien por qué me dejó bastante fría hasta el triste personaje de Jack Nicholson o Robin Wright Penn con su diente mellado. No logré emocionarme ni un solo instante y eso que los temas que desarrolla la película son muy duros.

Como curiosidad, ojo al globo volador homenaje absoluto a M, el vampiro de Dusseldorf de Lang, que trataba sobre otro asesino en serie de niñas.

Diría que El juramento me ha dejado sin palabras. Será la decepción. Ha sido extraño.

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Cosas que perdimos en el fuego (Things we lost in the fire, 2007) de Sussane Bier

Curiosamente en unos años que no dejaba de ir a Donostia querida (para Hildy sin duda una de las ciudades más bellas) durante las fechas del festival internacional de cine fue cuando conocí parte de la obra cinematográfica de la danesa Sussane Bier que se ubica dentro del movimiento Dogma 95. Después, otra de sus películas pude verla en un festival madrileño. Así esta danesa dirige y escribe películas sobre los sentimientos humanos y sobre cómo golpea la muerte, la enfermedad o la ausencia del otro en las personas queridas. Y también sobre el dolor y la felicidad que causa el amor o el querer a una persona. Como ese dolor y esa felicidad es capaz de transformar una vida rota. Sus películas se acercan totalmente al alma de sus personajes, los actores se desnudan, y la cámara nos ofrece hasta la última lágrima o sonrisa del personaje en unos primeros planos inmensos. La cámara se mueve. Los diálogos los justos. Y las películas son secas e intensas a la vez hasta que explotan y llegan. Sussane Bier tiene una forma de contar. Y ese universo propio de sentimientos desnudos y su forma de abordarlos y filmarlos…, puede llegar muy hondo…, o no. Como interpretación personal, para mí Bier reinterpreta y explora los secretos del melodrama como género y trata de llegar hasta la médula del espectador a golpe de sentimiento.

Como digo hasta ahora me había acercado a Te quiero para siempre (2002), Hermanos (2004) y Después de la boda (2006). Sin embargo, no me había sumergido en su debú americano con Cosas que perdimos en el fuego con guión de Allan Loeb. Y curiosamente en ese debú americano, Susanne Bier ofrece una película del universo de Susanne Bier. Y digamos que excepto unos personajes secundarios que claman ser más desarrollados (diréis que soy plasta con este asunto pero me muero de pena cuando se desaprovecha un personaje secundario con posible potencial y ahí está casi de adorno o para dar, simplemente, continuidad a la trama) Cosas que perdimos en el fuego es una explosión de sentimientos espléndidamente interpretada por Halle Berry y Benicio del Toro.

La historia no puede ser más sencilla y su desarrollo es duro y tierno a la vez. Una reciente y acomodada viuda con dos hijos pequeños no encaja la inesperada pérdida de un marido al que ama. No puede creer que haya muerto y que eso le esté pasando. La joven y bella viuda entra en un shock emocional que la hace parecer que domina la situación, no llora, no siente, no recuerda o, de pronto, sin motivo, estalla. De todo su círculo, al que extiende la mano para que la ayude a salir de esa situación, aunque por supuesto sin pedírselo, es al mejor amigo de su marido, un heroinómano al que mientras vivía su amor no le podía ni ver. Lo primero que dice al verle, rota por el dolor, es “yo te odiaba pero…”. Y él sólo la dice que lo siente, que no importa, y sonríe.

Porque de alguna manera ella sabe que sólo él puede entender lo que siente por perder lo que más quería. Y también siente que sólo a él puede decirle cosas duras. Y reconoce que tal vez sólo él conocía realmente al esposo que ella amaba. Y así es. También el amigo está roto por la pérdida y por la dependencia y también está dispuesto a extender su mano a la viuda y a los niños de su amigo a los que conoce perfectamente a través de las charlas que tenía con su colega.

Y, de pronto, dos almas rotas se unen, se ayudan, se hacen daño, se comprenden, caen y se levantan una y otra vez. Y van superando la pérdida de un ser querido, ahuyentan a los miedos y, quizá, recuperan la esperanza.

“Acepta lo bueno”.

Así Susanna Bier se acerca totalmente al dolor de la viuda (intensa Berry) y del amigo (bendito Del Toro)…, se acerca a sus ojos, a sus lágrimas, a las sonrisas…, y deja escenas, que por lo menos a mí, me emocionan. Como su primer encuentro, o aquel otro en que ella no puede dormir y se lleva al amigo para que la abrace y la toque la oreja como hacía su marido para tranquilizarla, o esa otra en que ella le echa en cara que está viviendo momentos que no le corresponden a él sino al desaparecido…, o aquella, en la que finalmente la viuda logra estallar y vomitar todo su dolor.

Antes ha contado como una vez la casa se incendió y perdieron muchas cosas. Y ella se mostraba triste y nerviosa por haberlas perdido y preguntaba al marido que por qué no estaba más desesperado. Y él, un hombre bueno, le decía que estaba tranquilo porque sólo eran cosas. Que carecían de importancia. Que lo importante es que se tenían el uno al otro. Y entonces ella encuentra esa lista de cosas que perdieron en el fuego…

Y Del Toro se come la pantalla a bocados. Mientras enciende el cigarro. Mientras mira. Mientras es lo más dulce que se puede ser con unos niños. Mientras vuelve a caer una y otra vez en la droga. Y otras veces se levanta. Mientras mira a esa mujer rota y la dice que es la más bella…

Otra pequeña sorpresa es ver en lindo papel a David Duchovny (el de Expediente X). Él es el ausente. El marido, padre y amigo. El ausente tan sólo aparece en pinceladas maestras al principio de la película y es ausente idealizado por la imagen que tenían de él una mujer enamorada, un amigo del alma y unos niños que le querían. El marido que un día se fue a por unos helados y no regresó. El héroe trágico que rompe e inestabiliza vidas con su inesperada muerte.

Y pueden pensar, Dios, esto es puro melodrama lacrimógeno. Ahí, amigos, está la magia del cine de Bier que es puro melodrama que nos llega seco y directo al corazón.

 

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Diccionario cinematográfico (108)

Policía: hay un cuerpo encargado de velar por el mantenimiento del orden público y la seguridad de los ciudadanos, a las órdenes de las autoridades políticas. Y ese cuerpo es la policía. Hombres y mujeres de diversos perfiles que pueblan el universo cinematográfico. Ese cuerpo, a veces, está tan podrido como el sistema político que lo sustenta. Otras veces no vela por la seguridad del orden público y la seguridad de los ciudadanos, sino que funciona como instrumento de represión y brutalidad. Otras veces hay una manzana no podrida que trata de realizar bien su trabajo entre la corrupción de sus compañeros. Y otras sí que se muestra un cuerpo con la función que debería tener.

Así hay un montón de policías para recordar y no sólo los de las películas de acción a lo jungla de cristal o las buddy movies con temática policial (a lo Tango y Cash o a lo Arma Letal) ni tampoco esos policías silentes que sólo traían caos y risas, los Keystone cops. Ni esos iconos de héroes violentos me tomo la justicia como sale de los huevos tipo Harry el sucio. O esos otros que sólo traían comedia soez a lo loca academia de policía.

Por ejemplo, Jules Dassin nos introduce en la vida diaria de una comisaría y en el trabajo minucioso de sus empleados en La ciudad desnuda. Otra de carácter documental es Relato criminal de Joseph H. Lewis donde también se puede ver los esfuerzos de la policía y otros cuerpos, agentes del Tesoro, para detener a mafiosos. Y tampoco podemos dejar al margen M, el asesino de Dusseldorf y las pesquisas de un grupo de policías para detener a un asesino de niños.

Hay polis buenos y malos, sheriffs para recordar y otros para olvidar por su maldad. Y después hay polis ambiguos, hombres con un montón de defectos que no obstante cuando tienen que hacer bien su trabajo lo hacen. Voy a ilustrar dos casos: uno es la recreación que realiza Rod Steiger en la película En el calor de la noche. Un policía sureño, de los duros, con bastantes dosis de racismo como toda su comunidad que decide, sin embargo, colaborar con un policía negro experto en homicidios para la resolución de un caso. Y otro es el que interpreta un Matt Dillon también como policía desagradable, maleducado y como no racista que no obstante cuando tiene que comportarse y realizar su trabajo deja a un lado sus sentimientos más oscuros en Crash.

Otro policía que no me quito del recuerdo es a un maravilloso Russell Crowe en L.A. Confidencial dentro de un departamento de policía hasta arriba de manzanas podridas. Él es un bestia con corazón delicado y con más cabeza de lo que sus superiores se piensan. No sólo es una masa de carne dispuesto a obedecer todo tipo de órdenes y a realizar todos los trabajos sucios. Es el policía perdedor.

Otro inolvidable policía perdedor no puede ser otro más que un Al Pacino agobiado que tan sólo quiere hacer bien su trabajo como agente de la ley pero que tiene que vérselas no sólo con el peligro de las calles sino con unos compañeros que llevan la corrupción en la sangre. Estoy hablando de Serpico.

Ahí va otro inolvidable en la retina del espectador y es ese agente mexicano con cara de Benicio del Toro en Traffic, que se las sabe todas respecto al narcotráfico y que tiene claro su lucha por la supervivencia aunque se salte miles de normas, aunque no se sepa muy bien de qué lado está. Quiere seguir con vida y no cree en políticos o gobiernos y sus planes para acabar con el narcotráfico.

Hay otro tipo de agentes, los que trabajan en las cárceles, que también protagonizan películas que se mantienen en el recuerdo. Varios de ellos por su brutalidad extrema, otros por su humanidad. Así vemos a un Billy Bob Thornton redimido por amor en la brutal Monster´s Ball. Aprende de la humanidad de un hijo que no soporta la frialdad, crueldad y dureza del trabajo encomendado (son agentes que ejecutan las penas de muerte) y por la mujer negra rota totalmente, esposa del último reo que mata. O a un Tom Hanks, en papel humano, que se sorprende de la personalidad de un reo y su capacidad para el milagro en ese cuento que se llama La milla verde. Tampoco olvidamos la brutalidad presente de policías sin sentimientos en La leyenda del indomable o Brute force también de Dassin. O aquellos casi sin rostro que con toda su fuerza de represión causan estragos en los motines carcelarios de Carandirú o Íntimo y personal.

También hay quienes realizan su trabajo solos ante el peligro. Sin duda nadie olvida el papel de Marlon Brando en La jauría humana que trata durante toda la película de defender a un joven delincuente del linchamiento de un pueblo que clama violencia.

Otros policías que dejan huella son los que están a cargo de algún caso de asesinato difícil de resolver o que tienen que ir tras un hombre o mujer difícil de capturar y que cambia sus vidas. Así hay películas con retratos de policías distintos como Seven, Zodiac, Melodía de Seducción, Mystic River, Heat…

Por último, me queda describir algún papel de mujer policía, cada vez más comunes aunque no abundan, en un papel cinematográfico conquistado por los hombres. Se me ocurre Fargo y el personaje de Frances McDormand. O recuerdo también el papel de Hilary Swank de policía novata en Insomnio. También, Holly Hunter se pone en la piel de una mujer policía en el thriller Copycat. Sí funciona la fórmula de mujer policía o de acción en televisión desde que una mítica Angie Dickinson se convirtiera en una de ellas hasta una Holly Hunter en plan mujer policía atormentada.

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El beso de la mujer araña

Molina, Molinita y Valentín.

William Hurt y Raul Juliá. Qué fuerte. Qué inmensos están ambos.

Una celda mugrienta. Un entorno horrible y cruel. Una cárcel dura.

Uno encerrado por corrupción a un menor y el otro por sus actividades políticas.

Ambos enclaustrados por no ser aceptados por el sistema social impuesto. Un sistema represor con abuso de poder y que somete a las personas a través de la violencia máxima.

Prométeme, Molina, que no vas a dejar someterte nunca. Que nadie tiene derecho a explotar a nadie.

El homosexual, la loca como se llama ella, y el preso político lleno de dudas empiezan a relacionarse en esa celda pequeña pese a ser tan distintos.

La comunicación surge a través de la narración de Molina, Molinita de viejas películas de cine de barrio. Historias de amor desgarradas desde la mujer pantera, a una película panfletaria nazi con amor trágico entre nazi salvador y francesa convertida, a la historia de unos zombis o de la mujer araña, a un melodrama de amor y muerte mexicano con boleros de fondo…Y así se van comunicando ambos. Y van surgiendo sus miedos y sus fobias. Sus sueños.

La madre enferma que quiere al hijo sobre todas las cosas.

El camarero con triste cara y triste historia de pobreza y frustración, amor ideal de Molina.

La amante Marta, con estudios, inteligente y rica. Nada la falta. La mujer que quiere que Valentín deje el movimiento y se amen para siempre. Valentín renuncia pero se siente avergonzado porque la echa tremendamente de menos. Quiere estar a su lado y tocarla. Es a ella y no a su actual compañera de lucha a quien anhela. Y Valentín se siente hipócrita.

La mujer ideal que logra hacer soñar a ambos…

Sonia Braga y su larga melena…, su sonrisa, como intérprete de melodrama o drama, como mujer de los sueños. Etérea, ideal.

Sus miedos.

No quiero ser mártir. No quiero morir en esta celda.

La tristeza sale de sus ojos, de sus palabras, de sus dedos, de sus sufrimientos…

Y cada uno aprende del otro. Y cada uno ama cosas del otro. Y cada uno descubre cosas del otro y de sí mismos.Y ambos crearán un mundo menos duro y cruel. Sin reglas ni represiones en la pequeña celda. Sin sometimientos. Sin que nadie juzgue nada. Tratarán de alcanzar una pequeña felicidad. Se amarán por generosidad, por solidaridad… en la mugrienta cama de la celda.

Soy tan feliz que tengo la sensación de que nunca seré desgraciado.

Sentí que yo era vos.

Me dejas que te toque.

Me dejas que te toque tu cicatriz.

Me gustaría que hicieras algo que nunca has hecho, que me des un beso.

Un beso.

Y Valentín enferma y Molina le cuida con muchísimo cariño. Y Valentín lo agradece pero le confunde que alguien sea tan amable con él sin pedir nada a cambio.

Y la mamá lleva bolsas a Molina de comida deliciosa y tabaco.

Para que Valentín pueda curarse.

A veces, ninguno de los dos logra salir del horror.

A veces, discuten porque tienen maneras muy diferentes de ver el mundo pero se comprenden.

Molinita se ha enamorado locamente de un hombre que se llama Valentín. Ésa fue una de sus discusiones qué era realmente ser un hombre.

A Molinita le ofrecen libertad condicional si se chiva de todo lo que el preso político le cuente. La máquina destructora con mil caras desagradables quiere nombres. Para hacerlos callar, para torturar, para someter y matar. Pero Molinita no traiciona. A él no le gusta la política. No quiere saber nombres. No quiere saber nada de luchas revolucionarias. Pero decide que ama a Valentín. Y le promete que no le dejará morir en una celda por torturas o comida envenenada que le destroza el estómago.Y Molinita, Molina acaba siendo como una de sus heroínas cinematográficas. Esas heroínas que mueren por amor, porque aman. Es como si fuese una muerte anunciada. Molina trágica, muere, como dama de cine. Aunque la tiren a un vertedero.

Valentín lucha por seguir imaginando. Él quiere cambiar el mundo pero le están haciendo morir en una celda. Y si regañaba a Molina por crearse esos mundos ideales y no analizar la realidad, ahora él cuenta con otra medicina más fuerte que la morfina. Paliza tras paliza. Valentín se atreve a soñar con su Marta que le lleva a otros mares. Y recuerda al amigo, Molina, al que quiere. Y se evade del dolor y la impotencia en una barca con la mujer que ama. 

El beso de la mujer araña (1976) es una novela del argentino Manuel Puig que fue adaptada en pantalla enorme por el director brasileño Hector Babenco en el año 1985 con Raul Juliá y William Hurt de protagonistas. Tanto leer como ver esta película es una bonita experiencia. Delicada. Dura. Triste, triste, triste.

Puig amaba el cine, los melodramas, los boleros…, y creó una novela absolutamente cinematográfica y literaria. Él no participó ni en el guión ni en la película pero en una entrevista aunque pone algunos peros reconoce el buen trabajo de Babenco y que logra transmitir mucho de lo que quería decir.

Hector Babenco realizó una película de sensibilidad donde los intérpretes William Hurt (Molina) y el desaparecido Raul Juliá (Valentín) dejan unas interpretaciones inolvidables y Sonia Braga cumple absolutamente como mujer-sueño.

El beso de la mujer araña también se convirtió en musical de Broadway y en ópera. Manuel Puig además escribió una adaptación para el teatro. 

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Marathon man (Marathon man, 1976) de John Schlesinger

El maestro del suspense, Alfred Hitchcock, no es el único que empleó en sus películas un macguffin aunque fue él quien acuñó y definió el término. El macguffin es ese elemento de la historia que hace que los personajes avancen en la trama urdida pero que a la hora de la verdad no tiene mayor relevancia, sólo es una excusa para realizar historias emocionantes y que mantienen en tensión al espectador.

Un ejemplo magnífico de cómo un macguffin crea una historia de tensión es sin duda Marathon man, un thriller americano de los setenta dirigido por el director británico John Schlesinger con un guión de William Goldman (adaptando su propia novela).

El macguffin son unos diamantes, a partir, de ahí surgen unos personajes y toda una serie de peripecias que mantienen al espectador pegado a su butaca. Marathon man contiene escenas inolvidables de tensión y suspense y unos buenos personajes que hacen de esta cinta una película a tener en cuenta. Si llevas varios años sin verla, tendrás en la retina determinadas escenas pero seguro que no recordarás que son unos diamantes el mótivo que genera toda la trama.

¿Qué es lo que se recuerda? A sus personajes y algunas secuencias impactantes. Para mí el gran personaje es uno de los secundarios (gustándome bastante los principales) con rostro de Roy Scheider (inolvidable como el coreógrafo al borde de la muerte en ese maravilloso musical de Bob Fosse, Empieza el espectáculo). Ese hombre fibroso y elegante siempre al que su hermano universitario cree un hombre de negocios cuando en realidad es un agente secreto estadounidense especializado, en el momento que comienza la película, en la persecución de líderes nazis que viven con sus riquezas y sus ideas ocultos entre la gente.

Los dos protagonistas no pueden ser más distintos por eso su enfrentamiento es interesante. Por una parte, un estudiante universitario que está preparando una tesis sobre los abusos de poder, y obsesionado sobre todo por la era McCarthy por las consecuencias funestas que tuvo sobre su padre, profesor universitario, y también corredor de marathon (y admirador de la hazaña de Abebe Bikila). Ahí nos encontramos con un Dustin Hoffman perfecto en su papel de inocente metido de repente en asuntos ajenos a su vida diaria. Y, por otra parte, el ángel blanco, un líder nazi, Szell, que en su momento protagonizó terribles torturas en los campos de exterminio llevando a extremos inhumanos su preparación como dentista. Aquí nos encontramos con un gran actor británico con el rostro de un anciano y enfermo Laurence Olivier que compone un malvado inolvidable.

Por otra parte, nos encontramos con otros secundarios que enriquecen la trama, desde el punto de vista del suspense, la chica ambigua —mezcla de mujer fatal y mujer ideal— con el rostro de Marthe Keller y otro malo malísimo un agente doble —que juega continuamente a dos bandas— con la inquietante cara de un secudanrio de aquellos años, William Devane.

¿Cuáles son esas escenas que permanecen en la retina del espectador? Pues sobre todo la tortura a la que somete Szell al estudiante universitario con instrumental dental a la vez que le formula continuamente la pregunta: “¿Es seguro?”. O esa otra de un Scheider en ropa interior haciendo gala de un cuerpo admirable en una habitación de hotel parisino y atacado por un hombre con un alambre metálico para quitarle la vida. Imposible olvidar esas carreras contrarreloj de Hoffman primero en Central Park como parte de su entrenamiento y después para salvar su vida. Y tampoco se te quita de la mente esa arma mortal que lleva Szell para su defensa, una muñequera con un puñal que arrasa muertes.

Marathon man contiene una y otra vez distintas trampas de guión que hacen su visión emocionante. Esos guiones que si reflexionas despacio la película deja ver sus incoherencias pero que mientras estás al borde de un ataque de nervios viendo la trama no incomodan. Y eso amigos es bastante complicado. Sin embargo, cuando William Goldman recuerda esta película en su apasionante libro Aventuras de un guionista en Hollywood sólo tiene recuerdos para un anciano y enfermo Olivier que conquistó al escritor por su profesionalidad, fuerza y educación. Así que no se dedica a hablar sobre el guión y sobre cómo lo construyó sino que cuenta un montón de anecdotas emocionantes sobre los momentos que regaló el gran actor británico.

También, Marathon man entraría dentro de un ciclo de películas recordadas como parte de la segunda época dorada de Hollywood en los años setenta donde uno de los productores estrellas fue Robert Evans. Otro de los aspectos que se suelen señalar al hablar de esta película y que la hace ganar enteros porque efectivamente logra una ambientación acorde con el suspense de la película es la labor del director de fotografía, Conrad L. Hall, que tiene en su haber producciones magníficas como Dos hombres y un destino o dos de sus trabajos más recientes (los últimos de su carrera, tristemente murió en 2003) American Beauty y Camino de perdición.

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El mapa de los sonidos de Tokio

Nota importante o spoiler: Si aún no has visto la película y lo deseas no leas este texto. Desvelo partes importantes de la trama.

Ya lo he dicho en alguna que otra ocasión, siento debilidad por la manera de contar en lenguaje cinematográfico y las tramas que desarrolla Isabel Coixet. Conecto con su universo y su vena irremediablemente romántica. Reconozco que desde La vida secreta de las palabras no he sentido la misma emoción intensa pero sigo con fidelidad sus producciones y siempre hay momentos que me sobrecogen o me envuelven. A la directora le gusta su profesión y le gusta recrear imágenes hermosas, y para mí lo consigue.

Como siempre logra su firma personal en varios elementos, y El mapa de los sonidos de Tokio no es una excepción, buena fotografía,escenografías insólitas, si en La vida secreta de las palabras era una plataforma petrolífera, aquí rueda partes importantes de la historia en un hotel cuyas habitaciones son temáticas y la elegida por los protagonistas es un vagón de tren o también es importante el lugar de trabajo-tapadera de la asesina a sueldo, el mercado de pescado de Tokio. Por supuesto, también vierte en la historia su personal gusto musical y ofrece banda sonora de fondo de calidad. Otro aspecto significativo es mostrar historia de amor en personajes solitarios…, tremendamente romántica. A la directora se le nota no sólo su reverencial amor al cine sino también a la literatura. Esta vez se empapa de referentes cinematográficos y literarios nipones. Por otra parte, y como siempre, su cuidada selección de actores principales esta vez apuesta por Rinko Kikuchi (a la que recordareis en Babel en su papel de adolescente rebelde y sordomuda) y Sergi López, actor de filmografía interesante (y que emocionó a Isabel Coixet, y a mí también, en tierna película Una relación privada).

En El mapa de los sonidos de Tokio, Coixet nos narra un cuento de amor. Sí, un cuento literario y poético a ritmo lento. Un cuento sencillo, sin grandes complicaciones, ni sorpresas. Un cuento descriptivo. Se la nota su pasión por Tokio y nos la muestra. Con imágenes bellas e interpretaciones intensas nos va involucrando en la historia de una joven misteriosa de pelo largo negro y con flequillo llamada Ryu que trabaja, solitaria, en el mercado de pescado. El narrador de esta historia —tan sólo de una parte— es un anciano ingeniero de sonidos que es como un creador onmisciente que no sabemos cómo consigue todos los sonidos de esta historia de amor. El ingeniero de sonido siente una fascinación de hombre enamorado hacia una Ryu que permite su compañía.

Sólo los espectadores tenemos la visión completa de este mapa de sonidos. Y sólo nosotros entendemos toda la historia. Más que David, ese español que lleva tres años en una ciudad que le fascina y que se enamora de una joven que le hace feliz y, sin embargo, ella se quita la vida dejándole sin brújula en una ciudad que no es la suya. Más que el ingeniero de sonido. Más que la desgraciada Ryu. Más que ese padre, hombre de negocios, destrozado por el suicidio de su hija y que busca culpable cercano o que ese secretario de confianza secretamente enamorado de la suicida y que no duda en la venganza.

Y el cuento no puede ser más sencillo y a la vez más esperado —es decir, sabemos, aunque os he avisado por si acaso que no leáis por si os sorprende, desde la aparición de Ryu cuál va a ser su trágico final—. La redención, por amor, de una asesina a sueldo, enamorada e ilusionada de su siguiente víctima, David, que con el corazón roto la guía por los recovecos del sexo por el sexo, del sexo como consuelo y compañía, del sexo como posibilidad de no volverse loco o cometer locuras. Y ella, como joven adolescente, cae absolutamente enamorada de su David que le enseña hasta la sensualidad en los vinos que catan. Y él, la considera sólo como medicina de su soledad y pena por el amor perdido. Aunque ya le reconoce, hacia el final, cuando es tarde, que si la hubiera conocido en otras circunstancias todo hubiera sido distinto, porque realmente a él le gusta Ryu. Ríe con ella, ella con él y disfrutan del sexo. Aunque no se conocen. Aunque nunca se conocen realmente. Sólo quedará en el corazón de David ese vagón ficticio donde hacían el amor.

Y David, el hombre salvado, nunca sabrá que se le salvó de la locura y muerte segura una asesina a sueldo. Ni tampoco el ingeniero de sonido comprenderá la parte misteriosa de su amiga ni su amor roto. Y ese padre o ese amante escondido no comprenderán que le pasó a Ryu para incumplir la parte de un contrato. Ni tampoco serán conscientes —como aclara el compañero de trabajo de la tienda de vinos de David, un joven japonés sabio— del egoísmo de una niña rica con incapacidad absoluta para ser feliz o poder amar a alguien que tan sólo deja corazones rotos a su muerte…

Ya ven sólo es un cuento.

Y es evidente que les puede gustar o no. Coixet lo cuenta a su manera.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons. 

Amores tristes. Las divas y el amor. Los divos y el amor (II)

Seguimos con crónica triste, triste, triste, como decía una Martha alcohólica al describir su historia con George en Quién teme a Virginia Woolf.

Hubo en el universo cinéfilo lo que llamaríamos en lenguaje coloquial cabras locas que iban de flor en flor y nunca encontraron ni felicidad ni estabilidad emocional. Por ejemplo, la rubia pomposa Lana Turner que tuvo relaciones tempestuosas e incluso asesinato. Esta tentación rubia vivió junto a un violento Johnny Stompanato, un gánster, que parece ser la maltrataba hasta tal punto que su hija adolescente Cheryl acabó con la vida del gánster y ambas protagonizaron un juicio mediático que terminó con la libertad para ambas.

En versión masculina un cabra loca sería sin duda Errol Flynn, el espadachín aventurero que envejeció demasiado pronto por loca vida. Flynn fue de cama en cama, una de sus esposa fue la temperamental Lili Damita, que parece ser fue la causa de que Olivia de Havilland nunca dejara de ser el amor platónico de Flynn.

Si seguimos con las damas otra coleccionista de amantes, libre como un pájaro, fue el animal más bello del mundo como cantaban los departamentos de publicidad a esa belleza morena de ojos claros con nombre de estrella, Ava Gadner que protagonizó tórrida historia que nunca terminó con el celoso Frank Sinatra. Ni contigo ni sin ti. Ambos se amaban pero no podían convivir.

Otro caso recientemente recordado por macabro aniversario fue la truncada historia entre la promesa cinematográfica Sharon Tate y el director de cine Roman Polanski. Ambos eran la pareja de moda que fue rota por el brutal asesinato de Tate por los miembros de una secta de psicópatas.

Y seguimos con escándalos, otra de las amantes eternas fue la famosa y olvidada actriz de cine mudo, Marion Davies (por cierto, una mujer cómica a tener en cuenta). Su vida se cruzó con el multimillonario y conservador magnate de la prensa William Randolph Hearst y hasta la muerte de este hombre, mantuvieron su barroca historia de amor salpicada de dificultades. Tras la muerte de Hearst, Davies ya estaba en olvido. Otra amante con hijo incluido fue la fría rubia con rostro de Catherine Deneuve que estuvo cuatro años con el maravilloso actor italiano Marcello Mastroianni.

Si me dirijo a Europa también hay todo un recetario de tristes historias de amor. Como una Simone Signoret que vivió con dignidad los cuernos de su señor esposo (con el que vivió hasta que ella tan dama, murió), Yves Montand, con una destrozada Marilyn Monroe.

Otra actriz de origen europeo vivió amores desgraciados junto a Warren Beatty. Si ayer contamos como él fue rechazado por la rubia británica, Julie Christie. Beatty rompió el corazón de una francesita con cara de niña buena y buena bailarina. Hablo ni más ni menos que de Leslie Caron.

También hubo historias bárbaras entre directores y actrices. Historias tristes. Bette Davis se dejó arrastrar por la pasión ante un director que le dio maravillosos melodramas, William Wyler, pero ambos tenía temperamentos tan fuertes que no continuaron su romance. El elegante Vicente Minnelli se enamoró de la niña-mujer de corazón roto y dependiente de todo tipo de fármacos, no logró darla la seguridad que requería y vivieron triste historia de amor que terminó en divorcio. Judy Garland continuó su particular autodestrucción. Ahora el atormentado es él, un sensible y complicado Nicholas Ray que no tuvo feliz historia con una de sus musas, Gloria Grahame, que vueltas del destino, ella terminó casándose años después con uno de los hijos de Ray. Otro director que se enamoró perdidamente de su actriz fue el mismísimo John Ford que bebió los vientos por una independiente Katherine Hepburn que no dio continuidad a la historia con Pappy.

También hubo amores entre los actores mientras rodaban películas. También tristes. Así parece que un bello y atormentado William Holden suspiró enamorado de Audrey Hepburn y que ésta le correspondió…, pero la historia no tuvo final feliz, la cortó la actriz, parece ser que por la imposibilidad de Holden de ser padre. La actriz de cuello de cisne tampoco encontró felicidad junto a otro ser hermoso, Mel Ferrer, ambos se casaron y fueron infelices y no comieron jamás perdices. De nuevo, Bette Davis es protagonista cuando en rodaje de una de sus mejores películas, Eva al desnudo, cayó en los brazos de actor joven y amor en ficción, Gary Merrill. Su matrimonio acabó fatal, tirándose trastos a la cabeza.

Hay otras historias más desconocidas pero no por ello menos tristes. Kirk Douglas, el hijo del trapero y cabra loca en juventud, bebió los vientos también por la italiana frágil, una Pier Angeli despreocupada que fue rompiendo corazones y a ella misma se lo fueron destrozando a pedazos. O, por ejemplo, un hombre con fama de serio como Henry Fonda, explican que quizá nunca pudo superar el amor de juventud que sintió por una olvidada y atormentada actriz llamada Margaret O’Sullivan (quizá todos recordemos su rostro en esa joya maravillosa que se titula El bazar de las sorpresas). También estuvo detrás de ella uno de sus mejores amigos, James Stewart.

En esta crónica de amores tristes hay dos hombres que la industria se ocupó de tapar escrupulosamente sus, quizá, tristes o alegres historias de amor. Ambos vivieron vidas atormentadas por tener que ocultar a todas horas su verdadera sexualidad. A uno de ellos esta situación le llevó a un vida llena de desgracias. El otro lo supo llevar bastante mejor y finalmente confesó públicamente su sexualidad al ser uno de los primeros personajes públicos que murió de SIDA. En aquellos años la homosexualidad no podía ser explícita (ahora tampoco os creais que tanto) y menos en dos galanes que enamoraban a millones de mujeres y eran admirados por la misma cantidad de hombres. ¿Quiénes ocuparon su corazón?¿A quiénes amaron? ¿Quiénes les rompieron el corazón? Asuntos difíciles de indagar. Ellos son Montgomery Clift y Rock Hudson.

Hasta aquí llega mi crónica. Seguiremos con futuros capítulo…, porque siempre habrá historias de amor y desengaño. 

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.