El turista accidental (The accidental tourist, 1988) de Lawrence Kasdan

Kasdan toma una novela intimista de Ann Tyler y atrapa en metros de celuloide la historia de una soledad elegida, del derrumbamiento de un hombre, que se rompe en pedazos ante una ausencia inesperada. La del hijo pequeño e inocente que fue a comprarse una hamburguesa y recibió un disparo en la cabeza.

El hombre solitario, triste y que decide no expresar sentimientos, encerrarse en sí mismo en una coraza de hierro, con ayuda de sus tres hermanos desorientados y solteros, vive cada día como uno más de muerto en vida…, mientras escribe sus guías de viajes para hombres de negocios que odian viajar y quieren sentirse en todo momento como en casa, sin dejarse llevar por el espíritu o vida de una ciudad o país nuevo. Todo bajo control. Todo controlado. Lo malo es que cuando algo inesperado ocurre, todo se desarma alrededor, y sólo queda un hombre solo y perdido ante el mundo que no sabe cómo va a levantarse cada día de la cama.

Este hombre tiene una esposa a la que ama que también se le ha roto el alma con la ausencia pero que necesita a un esposo que se encierra en sí mismo. Y ella se ahoga en un matrimonio que permanecía unido, entre otras cosas, porque tenían un proyecto común: un hijo al que amaban. Ahora ella sólo ve el vacío y un esposo que es incapaz de comunicarse con el otro, que rechaza de plano el mundo exterior. Y ella sabe ahora que en el mundo hay gente mala, y duda de poder levantarse de la cama, pero decide que tiene que rehacer su vida y si lo hace tiene que ser lejos del esposo que ama… porque ambos viven la ausencia de distinto modo y esto les separa de manera inevitable. La esposa abandona el hogar. Y deja todavía más indefenso al hombre que trata de tenerlo todo bajo control, solo y con un perro asustado, que siente la ausencia del niño, e intratable que ladra y pega mordiscos cuando menos te lo esperas. Pero Edward, ese perro adorable, es lo único que une a nuestro personaje a su hijo Ethan, y no quiere de ninguna manera desprenderse de él…

Malcon, así se llama nuestro hombre, ve como Sarah, su esposa, le deja y el trata de no romperse más. Ni inmutarse y sigue con sus viajes y escribiendo sus grises guías. En uno de sus viajes deja a Edward con una estrambótica cuidadora de perros. Ella es Muriel. Y es todo lo opuesto al mundo perfecto e idílico de Malcon y Sarah. Muriel posee una inteligencia emocional que la permite vivir en un mundo real con problemas de todo tipo siempre con vida, energía, optimismo y una sonrisa. Y es ella Muriel la que siente que Malcon sólo necesita una mano tendida para salir de una cárcel en la que se ha encerrado. Y con su verborrea y forma de ser abierta, sin miedo alguno a relacionarse trata de sacar a Malcon de su mutismo…, pero él es duro de pelar. El dolor que siente es casi infinito. A Malcon también le saca de su mutismo el hijo siempre alérgico, enfermo y pequeño de Muriel, Alexander…, siente de alguna manera que su corazón puede de nuevo enternecerse, reír o sentir. Y de manera inesperada, cuando Muriel escucha el dolor de Malcon y no se retira sino que le ofrece un abrazo, empiezan una relación.

Así Lawrence Kasdan ofrece una historia intimista sobre soledades, ausencias y dolores que provoca alguna que otra sonrisa. Habla de segundas oportunidades, de que es posible reconstruirse, de cómo a veces necesitamos al otro para que nos saque de un pozo profundo, y ese otro es quien menos te esperas. El director con un tierno lirismo y con un intérprete que expresa con su rostro y cuerpo un abanico insuperable de sentimientos hasta su sonrisa relajada final, un William Hurt de quitarse el sombrero, deja una buena película, de personajes que sufren o ríen, de sentimientos a flor de pie. Ayuda una melodía acertada de John Williams y un reparto de actores que encuentran su papel (Geena Davis, Kathalene Turner, Bill Pullman…).

El turista accidental es una película de escenas y situaciones que van ahondando en el alma de un espectador que asiste a una historia cotidiana de soledad y dolor con sus puntos extravagantes —esos hermanos solteros, ese editor enamorado cansado de la vida moderna, ese teléfono que suena y nadie coge— (¿quién no vive rodeado de extrañas y maravillosas extravagancias?… yo también soy una persona a la que sueltas en una esquina y su brujula automáticamente deja de funcionar). Y cuenta con escenas que te dejan la sonrisa helada o esperanzada. Ambas.

Aquella de un Malcon que duerme y sueña la llamada de un hijo que le dice que no ha ido a recogerle y él le contesta: creí que habías muerto. Los ojos del perro Edward y su ternura a pesar de los ladridos y mordiscos. Ese pequeño y enfermizo Alex que de pronto siente que puede dar la mano a Malcon, tranquilo, porque éste le acepta totalmente. Esa Muriel que escucha en silencio la explosión de dolor de Malcon y le coge dulcemente, y le abraza, y le lleva a la cama y le desviste y le tumba. Esa escena en la Malcon le dice a Sarah que ella ya no le necesita que ha superado la ausencia pero que él si necesita la mano de esa otra mujer que se llama Muriel…

No he tenido la oportunidad de leer la novela y sí de enterarme de que Kasdan recortó mucho de lo rodado —a veces sí te queda la sensación o te apetecería saber más sobre los personajes y su evolución— para dejar una película totalmente limpia con lo estricto y necesario, pero no niego que con El turista accidental logró una radiografía preciosa sobre la soledad y la ausencia…, ah, y sobre las segundas oportunidades. Las sonrisas finales de Hurt y Davis lo dicen todo.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

El fantasma de la ópera (Andrew Lloyd Webber’s The Phantom of the Opera, 2004) de Joel Schumacher

¡¡¡Abstenerse aquellos que odian los musicales!!!¡¡¡Contraindicado a los que les sale urticaria ante producto-espectáculo-barroco-con toques kitsch!!! Una vez hechos estos avisos, El fantasma de la ópera, que traslada el famoso musical de Webber a pantalla cinematográfica, puede ser un espectáculo entretenido para una mañana en la que Hildy se encontraba con una flojera física y psíquica estimable. La verdad es que sirvió de medicina hundirse en un melodrama romántico hasta extremos indecentes. Con damita bella, caballerito efebo —no muy del gusto de la que tenía que ser curada, o sea, yo misma— y un fantasma de la ópera que deja esconder e intuir su belleza tras su deformidad…, todo regado con escenografía a lo teatro barroco o rococó y unas canciones a voz en cuello con letras extremadamente románticas sobre Ángeles de la música, amores eternos y demás.

Y es que la novela de Gaston Leroux ha sido muchas veces llevada a la pantalla de cine o a los escenarios de teatro. Si nos ponemos a recordar podemos irnos al año 1925 en el que Lon Chaney, el hombre de las mil caras, protagonizaba película de inocente terror. En la década de los 40 le tocó a Claude Rains transformarse en desgraciado fantasma-violinista con rostro deforme y si seguimos viajando llegamos a los 70 donde Brian de Palma se saca de la manga una Ópera rock inspirada en la obra de Leroux, pero esta vez el fantasma es del Paraíso. Así hasta llegar a un Webber que basándose además en otro musical de la obra, crea su propia versión del fantasma a finales de los ochenta. Este espectáculo triunfa allá donde se monta…, y en 2004 una versión de este musical espectacular salta a las pantallas bajo la batuta del  director Joel Schumacher (que sabe de proyectos taquilleros).

Así un espectador, postrado en su butaca o en el salón de su casa, viaja de 1919 a 1870 porque un anciano aristócrata reconstruye la trágica historia de sus amores con una corista a la que conocía desde su más tierna infancia y a la que se vuelve a encontrar en el teatro de la Ópera de París donde se ha convertido en nuevo propietario…, pero entre artistas, productores patosos, tenebrosos técnicos de teatro, bailarinas, coristas, profesoras de ballet, actores, actrices, divas de ópera popular y cantantes de pacotilla, se encuentra también un fantasma dueño del teatro que aterroriza a todos con sus cartas y mandamientos…, es el fantasma de la ópera. La profesora de ballet, Madame Giry (como siempre una inquietante y correcta Miranda Richardson) es la única que parece conoce todos sus secretos.

El fantasma de la ópera tiene además gustos musicales, es un genio de la música, y odia y le exaspera los destrozos que a su parecer hace en cada obra la diva Carlotta (una divertida Minnie Driver) y, sin embargo, queda cautivado por la voz de su alumna predilecta, la bella y joven corista Christine, a la que admira por su arte y ama desesperadamente volviéndose cruel porque se siente odiado por su deformidad por eso siempre se oculta tras su máscara y por ello es también hombre despiadado y violento. Por el dolor que le produce el rechazo, por el odio que siempre ha sentido…

Con Christine hace una excepción, no sólo porque la ama, sino porque siempre la ha hecho creer que es un Ángel de la Música enviado por el padre ausente de la joven. Sin embargo, cuando ésta triunfa en los escenarios tras la “ausencia” de la diva por un infortunado accidente, se descubre, le enseña su hogar bajo los escenarios…

Pero el fantasma de la ópera no cuenta con que la joven se enamorará perdidamente del nuevo propietario, el aristócrata, y amor de la infancia. Y que éste la corresponderá totalmente. La furia se desata en el fantasma y sólo logra que la joven Christine albergue dudas y miedos aunque se siente atraída por la voz del maestro y por su sabiduría musical.

Así toda la película, en escenarios barrocos, y con sonoras canciones de amor, nos envuelve en una versión triste de la bella y la bestia (la primera vez que la lleva a sus aposentos, la película trata de emular la magia de una bella y bestia a lo Cocteau) con toda la estridencia de un espectáculo o cuento rococó sobre amores desgraciados.

La bestia sigue siendo bestia aunque sólo logra calmar su furia una hermosa Christine que le besa con ternura y le dice que no le teme. Una Christine que por amor a su joven amante al borde de la muerte decide entregarse al fantasma por salvarle…, y claro, al fantasma se le enternece por un momento el corazón y decide dejar que su amada sea feliz al lado de otro. No soportaría su odio. Y decide desaparecer de nuevo para todos. Sin embargo, sabemos por esas rosas rojas con lazo negro… que sobrevivirá a su amada y seguirá amándola con la misma intensidad.

En esta versión entendemos el espíritu de un hombre deforme que era espectáculo de feria y que sólo logró la compasión de una niña, que luego se convertirá en Madame Giry y que le ocultará en los sótanos del teatro para que no siga sufriendo el maltrato. Pero la soledad hace dos cosas: que se convierta en un amante de la música y que cultive más su odio hacia la humanidad hasta prácticamente rozar la locura.

El reparto está lleno de caras conocidas aunque no estrellas que, sin embargo, cumplen con sus roles. A Miranda Richardson se une un secundario cómico habitual británico, Simon Callow (recordado por películas de Ivory y sobre todo por su papel de homosexual maduro en Cuatro bodas y un funeral), el cada vez más en alza Gerald Butler (como fantasma de ópera que tras su deformidad ofrece a un fantasma elegante, apuesto y fiero), una Emmy Rossum que cumple su papel de bella, pura, angelical Christine y un apuesto caballero, aristócrata y efebo con cara de Patrick Wilson.

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Emily Dickinson y una carta en La decisión de Sophie de Alan J. Pakula

Ayer me llevé inmensa alegría cuando al precio de un periódico de tirada nacional pude por fin conseguir el dvd y en versión original subtitulada (también doblada, claro) de La decisión de Sophie que como os recordé hace poco, cuando comenté la película en la sección El viejo baúl de películas, no era tarea fácil encontrarlo.

¡Cómo me gusta, vuelvo a deciros, película y novela! Y yo sólo veo como posibles protagonistas a la inmensa Meryl Streep, un debú brillante de Kevin Kline, atractivo y hermoso tremendamente complejo, y al delicioso joven sureño con sonrisa inocente de un Peter MacNicol. Ellos son Sophie, Nathan y Stingo. Sus interpretaciones dan sentido y nos transmiten la electricidad de cordialidad, amistad y amor entre los tres personajes que también corre por las páginas de la novela de William Styron. Sophie desarma con la tristeza de sus ojos y sonrisa, y esa voz triste, esa culpa por ser una superviviente, por ser polaca, por haber sido católica, por su padre, por haber tomado una decisión que la mató definitivamente aunque trate todavía aferrarse a la vida a través del deseo…; Nathan destroza como ese chico judío e intelectual que le puede y le rompe su maltrecha salud mental obsesionado por las matanzas y el horror o Stingo ese joven inocente, aprendiz de escritor, que viaja solo a Brooklyn para encontrarse a sus dos mejores amigos pero también para empezar a vivir con intensidad, a amar y sufrir, a sentir la pérdida, a tomar responsabilidades… y que se convertirá finalmente en un escritor de éxito que sabe alcanzar cotas altas de emoción, nostalgia y sensibilidad.

Os regalo dos momentos de la película. Si todavía no la habéis visto, esperad, vedla y luego leed estos regalos. Uno es la lectura de un poema de Emily Dickinson  que conecta totalmente con la situación emocional de Sophie y Nathan. Este poema sale dos veces en la película. Primero, cuando se están conociendo una Sophie enferma y un Nathan encantador que la ayuda y la cuida con cariño y sensibilidad. Están los dos juntos en la cama. Él toma un libro de Dickinson, y lee:

Haz amplia esta cama,
haz esta cama con prudencia;
espera en ella el postrer juicio,
sereno y excelente.

Que sea recto su colchón
y redonda sea su almohada,
que ningún rayo dorado de sol
llegue jamás, a perturbarla.

Otra vez será leído al final de la película por Stingo en una situación muy distinta, y con lágrimas, Nathan y Sophie están de nuevo juntos en la cama… en silencio.

En alguna otra ocasión os he dicho que me encantan las cartas y las escenas de cartas en las películas y sus contenidos. Traten de recordar, verán cómo hay escenas emocionantes. La decisión de Sophie tiene su particular carta. También hacia el final, cuando Stingo ha logrado estar con la mujer de sus sueños, con la triste Sophie, de la que está profundamente enamorado. A la mañana siguiente, ella ya no está. Pero sí deja una carta. En la película se suaviza el texto pero es bastante literal al original. Yo os dejo la carta de la novela. Como ya has acompañado a los personajes, te conmueve, te duele, la entiendes…

«Querídisimo Stingo:

Tan hermoso amante lamento abandonar y perdóname por no decirte adiós, pero he de volver con Nathan. Créeme encontrarás alguna maravillosa Demoiselle que te hará feliz en la Granja. Te aprecio tanto… No creas que con esto soy cruel. Pero cuando desperté me sentí tan mal y tan desesperada por Nathan… Quiero decir tan llena de Culpa y pensamientos de Muerte que era como Hielo en mi sangre. Así que tengo que estar con Nathan de nuevo signifique esto lo que sea. Puede que no vuelva a verte pero créeme lo mucho que conocerte ha significado para mí. Eres un gran Amante, Stingo. Estoy tan angustiada… Pero tengo que irme ahora mismo. Perdona mi pobre inglés. Amo a Nathan pero odio la Vida y a Dios. Me importan un pepino Dios y su Universo. Y también la vida. E incluso el Amor que pueda quedar en el Mundo.

Sophie» 

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Diccionario cinematográfico (112)

Calle: vamos a centrarnos en un único significado. Imaginemos una gran ciudad o pequeña localidad y busquemos “una vía entre edificios o solares”. La vía entre edificios y solares es su fría definición… pero todos sabemos que no sólo eso define una calle. La vida que puebla en ella es calle, el cine innumerables veces nos ha mostrado esas calles que son movimiento, que son vida, que son historias, que son edificios, que son terrazas…, cientos de seres humanos que se cruzan, que se encuentran, que se chocan, que se pierden, que se despiden, que lloran y arrastran historias. Calles míseras, calles de espectáculo, calles de estudio, calles reales, calles que describen una ciudad…

En la calle 42 podemos disfrutar de un espectáculo musical de Broadway o adentrarnos en uno de sus edificios antiguos para disfrutar de un ensayo de Tío Vania.

New York y sus calles se convierten en escenarios de películas de Woody Allen donde sus personajes se enamoran y desenamoran, hacen colas para entrar al cine y ver exposiciones, o entran en sus restaurantes y bares para mientras comen desentrañar misterios o decirse palabras de amor o engaño. Pero sus calles también son escenarios de historias tristes, de luchas entre bandas, de Romeos y Julietas cuyas bandas no se ponen de acuerdo en el West Side. O son las calles que conducen al desaliento a un vaquero de medianoche que se quiere convertir en gigoló pero los reveses le llevan a ser chapero. El vaquero sobrevive porque siempre va acompañado de su inseparable Risto, que conoce la vida de las calles, que cojea y se arrastra, como cojea y se arrasta su vida.

En las calles ocurren sucesos entrañables en pequeñas o grandes localidades. Ahí nos encontramos con la vida de George Bayle, en la calle con sus vecinos, y podemos ver la transformación de su localidad, cuando tiene la oportunidad de ver que hubiera sido la vida, ahí, en sus calles, sin su presencia. Y así descubre que, quizá, aunque no lo parezca, aunque se rinda, a veces, la vida es bella.

La calle y cada una de sus esquinas es el hogar de Charlot. De la gente que pasa ignorando al sin hogar o de aquellos que le miran a los ojos…, y le reconocen. Allí va acompañado de un niño, de un perro callejero o de otros en situación similar. En la calle, es un superviviente.

En la calle también se encuentra una pequeña tienda, que es el bazar de las sorpresas. Una tienda con sus clientes habituales, con sus dependientes, con sus enredos y vivencias…

Por estos lares, Neville contaba historias de las calles. La historia de unos vecinos que ven las transformaciones físicas e históricas en un sólo trozo de pavimento, Mi calle. O cuenta esas películas de fantasías y asesinatos, ya saben en la calle Bordadores. Y en estos lares también reconocemos un Madrid de Barrio por el que paseamos de la mano de Almodóvar y también de Fernando León. Aquí también estaba esa calle mayor de provincias donde ocurren dramas, donde gastan bromas a señoritas solitarias o esa calle donde Fernando Fernán Gómez, el inquilino, es incapaz de mantener su casa para los suyos…, y sólo encuentra una salida, construir a la vista de todos, una casa sin techos ni paredes, sólo con muebles.

Y, cuando las películas viajan y reconocemos las calles de Roma en las vacaciones de una princesa o la belleza de un París que esconde rostros a lo Belmondo o Serbeg al final de la escapada… O es en un París de extrarradio donde tres jóvenes conocen, en su día a día, lo que es el odio.

O esas calles por donde el tiempo pasa pero los vecinos permanecen. Calles que se transforman ante nuestros ojos porque pasan los años, los meses o las horas de un mismo día. Y entonces vemos el espíritu y vida en las calles en películas como En construcción, Suite Habana o Caro Diario.

Y es en las calles de París donde se narran historias de amor o desamor. Donde se pasea Irma la Dulce o el niño de los 400 golpes o la Liz Taylor llorosa en busca de su escritor americano. O es en Londres donde transcurre una guerra, donde dos amantes se buscan y se separan por un milagro… O es en calles italianas donde Sofia se encuentra con Marcelo y se aman o se gritan. O, de nuevo, una calle de Manhattan es recorrida al amanecer por una chica de traje negro y gafas oscuras que se para frente al escaparate de Tiffany para ver si supera un día rojo. O es un poco más allá donde la vecinita de al lado, la rubia tentación, pasa por la calle con vestido blanco que alza el vuelo cuando bajo sus piernas pasa un metro veloz y sube el aire… O si volvemos a la Roma ciudad abierta donde Pina corre tras su amado y es tiroteada, allí, en la calle, delante de todos los vecinos horrorizados.

Es en la calle donde se ve que… y el mundo marcha o donde los muchachos del Bronx viven sus dramas.

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Desengaño (Dodsworth, 1936) de William Wyler

Cómo he disfrutado de nuevo con Wyler. Sabía que, de alguna manera no me pregunten por qué, Desengaño no iba a desengañarme sino a entusiasmarme.

Galería de actores secundarios maravillosos, que cuando fueron protagonistas robaron películas y otros no salieron nunca del rol pero no los olvidamos.

Walter Huston, de personaje entrañable. Deja atrás personajes oscuros, complejos y serios y retrata uno humano con capacidad de enfado, sonrisa y enamoramiento.

Una vieja gloria tan sólo a la edad de cuarenta y… que borda un papel complejo de un personaje que no sale bien parado. Pero si se analiza, en las profundidades del alma del complejo personaje, lo entiendes bien. La olvidada artista que lo representó, y que no entendia nada del personaje ni de lo que estaba pasando con el paso de los años en su vida real, era Ruth Chatterton. ¡¡¡Y qué bien reflejó la confusión y la pérdida de brujula!!! La desesperación de sentirme más joven que nadie y la tristeza de continuamente recordarle que su sitio es otro que ella no quiere.

Ella cree volver a una segunda juventud de gigoló en gigoló o de amante de pacotilla a amante de pacotilla con caritas del David Niven más playboy o de la mano del aristócrata decadente y joven dominado por madre arrugada, Paul Lukas.

Él se da cuenta de que quizá ha vivido décadas de hastío y farsa cuando conoce a una amable viuda con cara de Mary Astor, la actriz que en su vida real iba de brazos a otros brazos y más brazos, y entre escándalo y escándalo, trataba de pasarlo bien y nunca dejó mala interpretación pero tampoco llegó a estrella. Y los dos juntos, sus dos personajes, descubren que pueden ilusionarse y para ello no hay edad ni barrera suficiente.

A Wyler que ya empieza a ser director con nombre y apellido le encasquetan un guión, que es una adaptación de una novela de Sinclair Lewis, que compró un guionista ávido de una buena historia y la convirtió en un éxito teatral y después fue el autor del guión de la película. Estoy hablando de Sydney Howard. Y al director también le encasquetan un reparto. Y él lo convierte en cine.

Wyler no ganó en taquilla, pero sí en prestigio. Demostró que sabía contar una historia con imágenes. Que sabía narrar cinematográficamente. Que rodaba cine 100 por 100. De hecho no es de sus películas más recordadas pero sí está repleta de aciertos. Y sentarse una tarde de otoño y verla puede abrirnos los ojos a película bien hecha.

Tan sólo quizá un pero después de la intensidad de la historia y de la maravillosa descripción de la desintegración en pedazos de un matrimonio desde una óptica moderna, el final se precipita no quedando bien resuelto, a mi parecer. 

Cuando me refiero a óptica moderna es que no tiene tufillo del pasado, para entendernos, sino que viéndola hoy en día sigue funcionando. Se notan los años 30, tan cercanos, tan abiertos y reales, tan capaces de diseccionar el matrimonio como institución que no perdura por los siglos de los siglos, tan capaces de plantearse esa línea cruel en la uno no es demasiado joven pero tampoco demasiado anciano, tan capaces de mostrar el contraste entre el modo de vida americano y el europeo y quedarse con lo bueno de ambos y también capaz de diseccionar y criticar a ambos lugares lejanos en el espacio con un mar por medio, tan capaz de presentar al paleto americano orgulloso de serlo y de criticarse a sí mismo pero a la vez capaz de emprender e ilusionarse, tan capaz de mostrar un mundo de apariencias y placeres que llenan un momento pero no justifican toda una vida… Dios cómo se me va la cabeza y los pensamientos, cerremos pues este largo párrafo con un punto final.

Cuando hablo de final mal resuelto quiero decir, a modo de ráfaga de metralleta: rápido el enamoramiento —aunque absolutamente entendible entre Huston y Astor que sueñan a cualquier edad en una casa maravillosa al lado del Mediterráneo…, ninguno de los personajes protagonistas tiene problemas económicos—, rápido la decisión de dejar plantada a la esposa en el barco, que como un vaivén regresa y se va, regresa y se va, y él sabe que así va a ser siempre. Rápido su apuesta por otra mujer de su vida, que le ofrece otro rumbo.

Pero ¡¡¡protesto!!! A pesar de presentarnos a la esposa como personaje frívolo, ingenuo, paleto y a veces egoísta pero con unas ganas enormes de experimentar y vivir y revivir, negándose a convertirse en la abuela respetable que la sociedad espera que sea… yo en el fondo de mi corazón la entiendo y comparto su forma de comportarse así que no comparto (y van tres veces que empleo el mismo verbo) el final que la deparan. Porque ese matrimonio ha sido una trampa para ambos, y a la vejez tienen miedo ambos (o mejor dicho a convertirse en muertos en vida), y por qué es él, hombre encantador todo hay que decirlo, el que consigue rehacerse y reconstruirse…, y a ella la dejan con la vida hecha un lío y una farsa… ¡¡¡No es justo!!! Ella también podría despertarse y dejar de perderse y darse cuenta de que en sus frívolos amigos no está la felicidad ansiada o la juventud rescatada sino en su ilusión y pasión por conocer cosas, que su valor está en querer salir de las cuatro paredes a las que la quieren destinar o encadenar, que es valiente por su rebelión a voz en grito o en cuello, que es lo mismo…

Y es que Desengaño muestra personajes tan humanos. Sentimientos tan entendibles. Situaciones tan cercanas…, y lo mejor de todo es que viajamos, y viajamos por América y Europa, y luego leyendo en viejos libros de historia del cine te enteras de que es básicamente una buena película de estudio y te crees que sus personajes se pasan la película viajando de un lado a otro tratando de encontrar un nuevo rumbo o brújula…

En vez de Desengaño esto es un Delirio. Pero es que Wyler consigue estos vómitos verborreicos que escupo.

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Europa, Europa (Europa, Europa, 1990) de Agnieszka Holland

Hoy toca hablar de esta película de la directora polaca Agnieszka Holland que lleva al cine la historia real de Solomon Perel. Y aquí no es tópica la frase: la realidad supera a la ficción. Holland narra las vicisitudes, contradicciones y experiencias de un adolescente judío que trata de ser un superviviente en el horror de una guerra. Solomon Perel, adolescente judio, no sufrió el horror del holocausto, el exterminio sistématico de todo aquel odiado irracionalmente por la idelogía nazi y su sistema  o todo aquel que no colmulgara con el ideario nazi. ¿Por qué? Una serie de casualidades en las que instintivamente ocultó sus orígenes permitió que sobreviviera al horror.

Primero, estas casualidades o el destino, le llevó a un Orfanato ruso en la parte ocupada por éstos en Polonia. Y, posteriormente, tras convertirse en mascota y héroe de guerra junto a un grupo de soldados nazis, ingresó en las juventudes hitlerianas y en una de sus escuelas. Al final de la guerra, Solomon Perel fue capturado por una unidad militar estadounidense y pudo reencontrarse con su hermano mayor que sí sobrevivió a un campo de concentración. Los demás miembros de su familia habían muerto. Su hermano al escuchar su historia, como sale reflejado en la película, le aconseja que no cuente sus experiencias porque nadie podrá creerle. Sin embargo, Perel escribió una autobiografía narrando su historia y la directora Agnieszka la plasma, de manera inteligente y sentida, en pantalla de cine.

Uno de los aciertos de esta película es mostrarnos otra perspectiva de la persecución nazi. Nos habla de un superviviente judio adolescente y con fina ironía la directora va dejando ver las incoherencias y el odio irracional que genera el sistema nazi entre sus soldados y jóvenes hacia los judios. Especialmente, ilustrativa es la escena que muestra como Perel, bajo identidad falsa, ingresa en un colegio de elite de las juventudes hitlerianas y en una clase, un maestro les explica “científicamente” las diferencias entre la raza judía y la aria, la más pura. Ante todos pone como ejemplo a Perel, le mide, le mira los ojos y demás partes del cuerpo y concluye que es un “ejemplar ario” del que estar orgulloso. O también su historia de amor adolescente con Leni, una joven absolutamente entregada a las juventudes y absorbida por la ideología del Führer, que al no consumar su amor con Perel (éste no quiere tener relaciones sexuales por miedo a que Leni descubra que está circuncidado y le denuncie), se acuesta con otro compañero para dar un hijo al nazismo.

Pero la directora deja también ver las incoherencias ideológicas y cómo también “comen” el cerebro a los más jóvenes y a los demás ciudadanos el totalitarismo ruso representado por Stanli. Así Perel también en su estancia en el Orfanato ruso en zona polaca absorbe las enseñanzas stalinistas. La sutil ironía se deja ver para ambos totalitarismos. El adolescente Perel sufre ambas contradicciones además de continuamente sentirse como un traidor a su propio pueblo por ocultar siempre su identidad para sobrevivir. Él mismo vive la ceguera del pueblo alemán, justifica su comportamiento porque se aferra a las palabras que le dice un alto mando nazi, que lo que piensan hacer con los judíos es expulsarlos del territorio y llevarlos lejos como, por ejemplo, a Siberia. Y a pesar de ser testigo de escenas de muerte y fusilamientos (por eso él actúa instintivamente para salvar su vida) no quiere ver o saber de la existencia de los campos de exterminio nazi.

La directora cuenta en el reparto con un actor protagonista, joven y hermoso, que hace absolutamente creíble las peripecias de Perel. El actor Marco Hofschneider monopoliza y se adueña de la película. Con su bello rostro, una sonrisa que atrapa y una cara desnuda que muestra en todo momento sus miedos, contradicciones, el Perel adolescente logra siempre a lo largo de sus vivencias personas que le protegen y hacen que no se vuelva loco (un soldado culto y con tendencias homosexuales y la madre de Leni sabrán su secreto y ninguno de los dos le denuncia. En el orfanato ruso, una instructora stalinista le toma bajo protección. En el ejército alemán, los soldados le toman como mascota y además les es útil por sus conocimientos perfectos de alemán y ruso. En el colegio nazi es acogido como héroe de guerra y pronto se convierte en líder de sus jóvenes compañeros…). En el papel de Leni está una joven y fresca Julie Delpy porque la película era una coproducción alemana-austriaca y polaca.

Europa, Europa tuvo un frío recibimiento en Alemana pero no ocurrió así en su periplo en el resto del mundo. Holland emplea una narración cinematográfica clásica y correcta con un buen guión así como un intérprete muy bien elegido. De esta manera, el espectador queda atrapado desde el principio por la historia de Solomon Perel y se deja arrastrar por la fina ironía de la directora que cuenta una dura historia. Buen cine para guardar en los ojos y en la mente. Buen cine para conocer la Historia y para reflexionar…, para poder quedar atrapados en una interesante tertulia tras su visionado.

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Ágora

Ni me parece una joya ni me parece producto aberrante. Ni su director me parece un dios del cine o un maduro niño prodigio que convierte todo lo que toca en oro ni creo que sea un mediocre con una inteligencia privilegiada en marketing y relaciones públicas. Yo me sitúo en medio de dos tendencias, que tampoco es fácil. Y, ayer, en la sala de cine, me entretuve, me divertí y me enganchó su Ágora, cine espectáculo. Por otra parte, me apetecía ver cómo se enfocaba el personaje de Hipatia, que me llama la atención como personaje histórico y del cual apenas sabía ni sé nada. Lo poco que conocía me convertía a esta filósofa en personaje interesante.

Ayer fui a ver Ágora y la disfruté como cine espectáculo (por eso sabía que no iba a encontrar una absoluta veracidad histórica), no me pareció la séptima maravilla pero tampoco el descalabro. Me parece una obra con aciertos y también con errores que no la convierten en grande. Y hoy me quedo sobre todo con los aciertos. Y hubo momentos en los que logré exaltarme o emocionarme.

Algo queda claro a Amenábar le gusta el cine y le gusta también la técnica cinematográfica. A Amenábar le gusta y disfruta del cine clásico americano. Allí están muchas de sus fuentes y de su aprendizaje como director. Amenábar conoce y emplea ciertos mecanismos para que la gente se quede en las butacas mirando su obra. Estos mecanismos, según qué película de su filmografía, los sabe emplear mejor o peor. Personalmente de toda la filmografía que he visto hasta ahora del director la obra que más me ha llegado es curiosamente la más clásica, cinematográficamente hablando: Los otros.

Y ese clasicismo (cuando empleo este término no me refiero a él en tono peyorativo sino al contrario para mí el cine clásico americano de los años 30, 40, 50…, es toda una fuente de conocimiento y en él derramo toda mi pasión como espectadora) también lo emplea en Ágora (pero no llega a la perfección de Los otros). Las demás películas de su filmografía desde Tesis, pasando por Abre los ojos y Mar adentro me llegaron mucho pero mucho menos.

Ágora muestra que Amenábar disfruta junto su equipo técnico y emplea precisamente la técnica cinematográfica para tratar de contar y hacer avanzar la historia. Por eso es evidente que Ágora cuenta con una factura técnica y visual de calidad. A mí no me sacaron de la historia ni me parecen momentos desafortunados las imágenes de la tierra, de los humanos como hormigas, del universo porque creo que tienen que ver con lo que se nos quiere contar y también con el pensamiento científico y filosófico de la protagonista. La factura visual y de ambientación (reconstrucciones, vestuarios, ambientes…) también me satisfizo.

Quizá el mayor reparo que se pueda hacer a la película —estructurada claramente en dos partes— es un guión complejo —por la diversidad de temas que toca y quizá todos los temas que quiere plasmar le hace a veces perderse y no encontrarse, transmitiendo esta sensación a los espectadores— que no salió redondo plagado de buenas ideas y soluciones pero también de ciertas debilidades que no hacen de la obra cinematográfica una pieza genial. Una de esas debilidades (ya vuelve la pesada de Hildy con el tema de la construcción de los personajes secundarios y los actores que dan vida a esos personajes) sea la de alguno de sus personajes secundarios que mejor construidos hubieran dado más fuerza y emoción a la película. De estos personajes secundarios me quedo sin duda con el del esclavo Davos (interpretado por Max Minguela) y me hubiera encantado un mayor desarrollo, porque tenía fuerza pero se va desinflando a lo largo del metraje, del personaje de Ammonius (interpretado por Ashraf Barhom). Me dio pena porque podrían haber sido buenos personajes secundarios —y había semillas suficientes para hacerlos interesantes— el desarrollo de Orestes (futuro prefecto romano y que cuenta con escenas que bordan el ridículo y con otras que no están mal del todo) y el del otro alumno de Hipatia, cristiano, que se convierte posteriormente en figura clave del cristianismo en auge.

La película cuenta con momentos de intimidad y acción que a mi gusto no la hacen perder el ritmo ni la convierten en película sin emoción o distante. Me parece que no sale mal parado de esa mezcla. Los momentos de intimidad, obviamente, son los protagonizados sobre todo por Hipatia (Rachel Weisz vuelve a demostrar que tiene ángel, que el objetivo la quiere) y la acción anda de la mano de los fanatismos religiosos que también hacen avanzar la historia.

Respecto el contenido hay tres puntos que valoro y que me agradaron. Por una parte, ese mapa que construye de las religiones y las luchas por el poder y supremacía de las creencias en un periodo convulso que iba a suponer el fin del Imperio Romano como tal y el auge del cristianismo como religión dominante en Occidente. Así en esta película se presenta otra cara de representar el cristianismo en este tipo de cine espectáculo que casi siempre se quedaba en el reflejo del cristianismo como creencia prohibida y a sus seguidores como víctimas. El Ágora de Amenábar se sitúa en un periodo posterior donde la escisión del Imperio Romano (y por tanto de su poder como imperio) anuncia su caída definitiva y donde narra cómo el cristianismo va adquiriendo un protagonismo que lo convertirá en una de las religiones más influyentes que además cambia filosofías de vida y de conocimiento para su imposición. De esta manera, los cristianos de Ágora, que ya no son una secta prohibida, se van imponiendo a la fuerza, con intransigencia, y no se plantean la convivencia con otras creencias (como el paganismo o el judaísmo). Sólo a través de la violencia, la imposición y el dictado de máximas así como una manipulación en la interpretación de las escrituras les va permitiendo conquistar áreas de poder y aplastar otras creencias o conocimientos que impiden su subida. En la película además trata de reflejar (aunque apenas hay tiempo para ello) las contradicciones y los aspectos positivos-negativos de estas tres creencias religiosas que no se permiten llegar a una convivencia por una lucha de poderes y conquistas políticas y religiosas.

El otro punto lo concedo a la recreación y plasmación de Hipatia, como personaje de ficción, que conduce esta historia de intransigencias. Obviamente, Amenábar, en esta película espectáculo, no es fiel en aspectos históricos a la filósofa Hipatia pero sí, creo, a su esencia. Se permite numerosas licencias cinematográficas que benefician lo que quiere plasmar y contar el cineasta (parece ser que Hipatia murió de una manera hiperviolenta pero además a la edad de 60 años, o sea ya mayor. No existen, como apuntan en créditos finales, obra de Hipatia sobre sus estudios filosóficos y científicos-astronómicos, sí referencias. El esclavo Davos es pura ficción). Hipatia se convierte en heroína de cine espectáculo, en mito de tolerancia y representación de choque brutal entre inteligencia, conocimiento y ciencia contra la imposición de una creencia, la ignorancia y la destrucción del conocimiento. Por eso, su reflejo trágico y su retrato de mujer es casi como el de una mujer ideal y por ello distante e inalcanzable (sabia, inteligente, independiente, pura, distante, admirada, intocable, crítica, justa, fiel a sus creencias y amigos…). Una mujer símbolo. Posteriormente, su influencia fue tal que su nombre no se ha perdido en los siglos de historia…, incluso, el cristianismo se benefició de su historia, imagen, muerte y cualidades. Hay estudios que destacan que Santa Catalina de Alejandría (representada en cuadros con mucha historia como el de Caravaggio) recoge o esconde en su historia y comportamiento a la pagana Hipatia de Alejandría. Y que en realidad Santa Catalina es más mito que personaje histórico real.

También, se apunta en la película cómo la mujer perdió su sitio con la imposición del cristianismo y la interpretación de las lecturas que hicieron los que iban subiendo escalafones hacia el poder. Con la imposición del cristianismo vino el segundo plano de la mujer, que perdía privilegios, con los que contaba en el mundo griego o romano. La mujer entra definitivamente en la esfera privada y en su papel de sumisión y sufrimiento frente al hombre. A la mujer le queda sólo la opción de madre y esposa que perpetúa a la especie y sin hueco en el espacio público y en los círculos de poder y conocimiento. Toda mujer que se salga de este espacio diseñado, es diferente, y por ello castigada.

El tercer punto que destaco, sólo veladamente reflejado, es como el cristianismo, cuestionó algo implantado en la sociedad romana y en su forma de funcionamiento: la existencia de la esclavitud. De los esclavos. Aunque después impuso otro tipo de esclavitudes…, pero se refleja en la película un sistema con valores como la democracia para unos pocos, y sin embargo, cómo todo el sistema se sustentaba porque una cantidad de personas eran esclavos sometidos sin posibilidad alguna de levantar cabeza. Así Hipatia no se cuestiona la esclavitud y ve natural contar con esclavos en su vida diaria. Dentro de este contexto se entiende la transformación y desarrollo del esclavo Davos que admira a su ama, por sus conocimientos, y a la que también ama como mujer, pero sabe que es objetivo inalcanzable así como también ve imposible poder desarrollar en plenitud e igualdad sus ganas de conocimiento. En un principio ve en el cristianismo una salida a su esclavitud, a sentirse sin cadenas, aunque pronto ve que se encuentra atado de pies y manos por otro tipo de cadenas más sutiles que tampoco permiten su desarrollo como persona.

Así Ágora consigue convertirse en película de género histórico-romano, en espectáculo (como aquellas superproducciones a lo Ben Hur o Espartaco —el homenaje la verdad salta un poco los colores, de la sutilidad de Olivier hablando de ostras y caracoles a su esclavo con cara de bello Curtis a lo llano del contenido de frase al vuelo, totalmente prescindible, del papá de Hipatia hablando sobre plátanos e higos—). Y que quieren que les diga, yo pasé dos horas de entretenimiento y disfrutando en la butaca de cine. Sus aciertos me ganaron frente a los defectos.

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Boys don’t cry (Boys don’t cry, 1999) de Kimberly Peirce

Me quedé con ganas cuando se estrenó en el cine y pasaban los años y seguía con ganas de verla…, hasta que hace poco la encontré en una tienda tirada de precio y me dije que ya había terminado la espera.

No estaba muy convencida de que me fuera a gustar. Los motivos eran varios sobre todo se me hacía sospechoso que sólo se hablase de la buena interpretación de la protagonista Hilary Swank y punto pelota. Otro asunto era esa coletilla de basada en hechos reales que siempre guarda cierto tufillo de película de sobremesa.

Sin embargo, la película aunque no pasará a los anales de la historia cinematográfica, sí me interesó y me convenció la manera y el punto de vista empleado para presentar la trágica historia de Teena Brandon o Brandon Teena. Me interesó totalmente el contenido. Es de esas películas en exceso duras y brutales pero creo que es totalmente intencionado y necesario para el enfoque que quiere aportar la directora. Así lo brutal se mezcla con escenas donde sí se habla de ternura y tolerancia. No sólo destaco la interpretación, efectivamente buena de Hilary Swank sino también el de su compañera de reparto Chlöe Sevigny, ambas logran hacer creíbles sus recreaciones y su relación en pantalla cinematográfica.

La historia de Teena Brandon es brutal. Una historia de América profunda que responde hacia ciertos temas con una violencia inusitada e irracional. Al diferente se le rechaza pero además de una manera brutal…, por miedo, por ignorancia, por desconocimiento, por rechazo en un mundo que excluye, por apatía e indiferencia…

La película cuenta la exclusión y crisis de identidad sexual de una joven al margen de la sociedad en una localidad americana, Lincoln, en Nebraska. Ella se siente hombre. Aunque no se ha operado decide transformarse con su forma de vestir y comportarse como un hombre. Esto provoca distintos problemas en su entorno, se siente atrapada y no sabe cómo afrontar sus cada vez más numerosos problemas (no tiene ni apoyo familiar ni institucional ni médico…). Por circunstancias de la vida se va a una localidad cercana donde desde un principio se identifica como hombre y entra en una pandilla que le acepta como tal. Allí encuentra un sitio donde se hace popular, se comporta como un chico y además conoce a un gran amor, Lena, una chica que está hastiada y aburrida de la vida y su entorno conflictivo pero que conecta con Brandon y se enamoran. Ella encuentra en Brandon motivos para ilusionarse por la vida, encuentra una salida, una puerta a nuevos proyectos…

Dentro de la nueva pandilla de Brandon, una pandilla que también que vive al borde de la exclusión social y del hastío, se encuentran dos chicos con un fuerte pasado delictivo y además con desequilibrios emocionales importantes.

La tragedia se va precipitando cuando cada uno de los miembros de la nueva pandilla (la madre de Lena incluida) va descubriendo la verdadera identidad de Brandon, el nuevo amigo. Este descubrimiento genera gran ternura y cariño en dos de los personajes femeninos (la propia Lena que trata a Brandon como hombre y le sigue amando como tal y otra chica del grupo que aunque se sorprende del descubrimiento no deja de acoger en su hogar a Brandon) pero, en parte de los demás personajes genera un odio y rechazo visceral, sobre todo en los dos ex convictos.

Con una crudeza total y absoluta, y un reflejo duro en la pantalla, la directora muestra el ataque que recibe Brandon de estos dos chicos que a través de una brutal violencia de género, la recuerdan lo que es físicamente, una mujer. Brandon sufre una paliza y una doble violación brutal. A partir de ahí la tragedia se desencadena en historia sin sentimentalismos…

Brandon, aunque recibe ternura de ciertos personajes (aparte de las chicas del grupo de la primera mujer que la atiende en un hospital tras la brutal agresión), no es tratada por las autoridades policiales como es debido. Que no juzgan su brutal agresión sino el comportamiento y manera de actuar de Brandon, no lo entienden, y con lo cual no son rápidos en actuar contra los agresores…, que tienen tiempo para precipitar aún más el final trágico a través de una violencia brutal e irracional.

Boys don’t cry denuncia de manera brutal ese rechazo que genera el que es o siente diferente. Esa violencia injustificada. Es una historia cruda y desnuda, de ambiente sórdido desde las primeras imáganes (que no hace fácil la visión de la película). Muestra la soledad del diferente en un mundo que le rechaza continuamente de manera irracional.

La dureza de la película es contrarrestado con la ternura que rezuma la relación entre Brandon y Lena (una chica no rechaza ni juzga a nadie). Con Lena me pasó algo curioso, es un personaje que crece y se transforma a lo largo de la película…, al principio no me cayó bien con ese aire de chica desencantada y aburrida de la vida…, pero ante mis ojos se fue transformando en el personaje más tolerante, delicado y humano de toda la película.

Casi al mismo tiempo que la película, dos directoras estrenaron un documental sobre el caso de Teena Brandon, al que no he podido acceder, relatando el brutal suceso y estudiando sus causas.

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Pequeña advertencia

Queridos lectores, hay un asunto que me ocurre últimamente y que como soy una ignorante informática soy incapaz de encontrar la solución. Hay a veces que al subir el post, los comentarios quedan inactivos (Comments off), y no sé cómo activarlos. Mil disculpas porque no sé encontrar la manera de que se puedan escribir comentarios como en todos los demás posts.

Besos a todos.

Y va de mujeres que se transforman en hombres…

Y va de mujeres que por argumento cinematográfico se convierten en hombres.

O de mujeres que directamente hacen papel de hombre, el personaje en sí es masculino pero lo interpreta una dama.

Barbra Streisand es hija de rabino que quiere estudiar en escuela reservada para hombres. Ni corta ni perezosa se corta el pelo, se pone unas gafas, se viste de hombre y se convierte en estudiante…, ¡ay, lástima de compañeros de estudio hermosos y enamorables, lo que la hacen sufrir! Ella es Yentl. (Yentl, 1983, Barbra Streisand.

Linda Hunt es un fotógrafo que sufre y vive tiempos turbulentos en Indonesia. Linda es él, pequeño, inteligente, enigmático, sarcástico, sensible, realista… (El año que vivimos peligrosamente, 1982 , Peter Weir).

Julie Andrews es una chica artista que pasa hambre. Por casualidades de la vida se convierte en un reputado hombre que actúa como mujer y triunfa como travestí parisino…, entonces se presenta al amor de su vida como hombre porque éste se enamora cuando actúa como mujer pero descubre que es un hombre y aún así se enamora perdidamente de él…, digo ella. Y él que es mujeriego…, y no se explica lo que pasa, cae rendido a los pies de Víctor. (Víctor o Victoria, 1982, Blake Edwards).

Nadie entendió muy bien la razón pero el fray Emilio Bocanegra escondía el rostro de Blanca Portillo. Y no hizo tan mal de malvado y siniestro embajador de la Inquisición. (Alatriste, 2006, Agustín Díaz Yanez).

Katharine Hepburn se tiró la mayoría del metraje de La gran aventura Silvia como atractivo muchacho que se busca la vida junto a su padre y un pícaro con cara de Cary Grant a base de pequeños timos y estafas. (La gran aventura de Silvia, 1935, George Cukor).   

Hilary Swank desea ser un chico. Se corta el pelo. Se viste como uno y además se pone su apellido como nombre Brandon…, dispuesto a todo por ser aceptado. El drama esta servido. (Boys Don’t Cry, 1999, Kimberly Peirce).

En ciertos momentos, de ciertas películas, ellas salen vestidas de ellos.

A hombres y mujeres enamora Marlene Dietrich, con voz sensual y un frac, en un cabaré lejano. (Marruecos, 1930, Josef von Stenberg).

En un juego erótico a Kim Basinger la proponen vestirse de hombre con bigote incluido. (Nueve semanas y media, 1986, Adrian Lyne).

Catherine con cara de Jeanne Moreau se pone jersey, pantalones, gorra y bigote, es la mujer deseo en Jules et Jim. (Jules et Jim, 1962, François Truffaut).

En una historia de cine mudo, de personas sin hogar, la musa de la modernidad, Louise Brooks se pasaba media película vestida de hombre para ocultar su identidad de mujer. (Beggars of life, 1928, William A. Wellman).

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