La luna de José Luis López Vázquez

Ahí, en su luna de avellaneda me despedí de José Luis. En la cama de un hospital donde Darín con un biombo y una lámpara regalaba a un abuelo que cerraba los ojos la luna que le pedía…

Desde los años 50 su rostro pisó el celuloide y ya hasta el siglo XXI no lo abandonó.

Versátil.

Para comedia o drama.

Vázquez trabajó con Berlanga, con Ferrari, con Saura, con Fernán Gómez, con Gutiérrez Aragón, con Armiñán, con Camús…

Su rostro acompaña a películas ya míticas.

Fue mi querida señorita o vivió enclaustrado en una cabina.

Una vista atrás: El pisito, Atraco a las tres, El verdugo, La colmena,  Plácido, El cochecito…

Y fíjense curiosidades de su prolífica carrera. El gran Vázquez, el hombre inseparable a su bigote —excepto cuando el guión exigía que saliera sin él—, también fue dirigido por George Cukor en Viajes con mi tía o trabajó en película junto a un mito erótico francés y otro italiano (Brigitte Bardot y Claudia Cardinale) en Las petroleras.

A sus 87 años ha emprendido su viaje particular a su luna…, que proyectará en pantalla gigante para los siglos y siglos aquellas películas en las que mostró el oficio de actor…

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Diccionario cinematográfico (114)

María y Tony: una de los Sharks, otro de los Jets. Pero ambos fuera ya del código de las bandas. Sólo quieren llevar una vida normal. Ser felices, sentirse bien con ellos mismo, sentirse jóvenes y bellos, enamorarse y quizá, a la vuelta de la esquina, poder llevar a cabo una vida en común.

Se conocieron en el gimnasio. De pronto, los problemas, las diferencias, el tiempo se esfumó. Bastó con mirarse.

Ellos viven en barrio marginal. Les queda ilusionarse. Soñar. Con un lugar, un espacio donde puedan estar juntos. Donde no haya problemas. Donde, tal vez, poder amarse.

Pero aunque lo que une a los Sharks y a los Jets es mucho más de lo que los separa, no son conscientes. Sí de las peleas, los códigos, los puños, las navajas, piedras y pistolas. Entre ambos hay rebeldía y odio. Dominio de un barrio en el que no les dejan supervivir, vivir. Ante la falta de recursos, en vez de compartir pelean por ellos. No están para historias de amor.

No sólo cuentan con todos los obstáculos sociales sino que ellos mismos crean barreras. No hay sitios para las historias de amor. No hay sitio para María y Tony. El odio y las rencillas prevalecen. Y ese amor ya nace roto aunque los protagonistas de esta historia no quieran verlo o escribirlo en graffiti en los muros del barrio del que, quizá, nunca puedan salir.

Ellos son jóvenes y rebeldes y ya no se creen la tierra de las oportunidades. Sí creen en la lucha y el puño duro. O nosotros o ellos. Son los Montescos y Capuletos del West Side. No hay sitio para María y Tony.

Todo se complica. Todo se tuerce. Tan sólo un malentendido, una venganza por odio y un disparo.

Tony se desploma… a punto de cumplir su sueño con María. Porque ambos estaban dispuestos a irse sin nada, a encontrar un lugar donde cumplir sus sueños. Pero sólo una bala es suficiente para romper esperanzas.

Y entonces Tony cierra los ojos. Y María se desploma. Mira. Y grita con dolor que ella también puede matar porque ha aprendido a odiar.

Ese grito que desgarra, une. Los Sharks y los Jets se dan cuenta de la trampa, ven que hay mucho más que les une y se dan cuenta de que los obstáculos son otros, no ellos mismos. Y toman el cuerpo pesado de Tony y cubren la cabeza desnuda de María rota de dolor. Ya no hay sueños, ya no hay otro lugar. Quizá un acercamiento para soportar una vida perra.

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Comentando un artículo de cine

Tengo ya en mis manos el nuevo número de Fotogramas del mes de noviembre. Y me he detenido en un artículo que firma la redacción sobre alguna de las películas que se estrenaron en 1984 y me ha sorprendido comprobar que en aquellos años íbamos mucho al cine.

De las quince nombradas recuerdo haber ido en el momento de su estreno a Los cazafantasmas (vuelve a ser rememorada en Rebobine, por favor… con cameo de Sigourney Waver) y disfrutar con la música y la tontería. También acudimos en masa a la indispensable segunda aventura de Indiana Jones en el Templo Maldito que me gustó mucho menos que la primera. Gremlins recuerdo que en su día no pude verla porque cuando me decidí fue en un cine que la ponían en sesión doble junto a Los Goonies… ¡¡¡y se armó la marimorena!!! A todos los niños y adolescentes del barrio se nos ocurrió la misma idea…, ir a verlas, y fue tal el colapso que ni me pude acercar del jaleo que había ya estaba la policía, ambulancias…, tuve que esperar a otra ocasión… Con Tras el corazón verde me lo pasé pipa y por supuesto sufrí con el muchacho de Karate Kid y me encantó la postura esa de pájaro que aprende para poder ganar el último combate. La mujer de rojo no me dejó mucho recuerdo, la verdad, aunque sí soy consciente de que fui a verla. Y por supuesto volé y soñé con La historia interminable y se me quedó la musiquilla de la banda sonora que tatareaba una y otra vez.

A la que ni me acerqué fue a Pesadilla en Elm Street ni cuando la sacaron más tarde en vhs. Yo cine de grito, terror, pesadilla y casquería ni loca. Hasta tal punto que recuerdo que en un cumpleaños, la amiga que cumplía, orgullosa, propuso el plan de verla en el vídeo y yo por no chafar el plan dije que vale…, pero estuve toda la película de espaldas. Y tampoco tenía mucho amor todavía a las películas futuristas así que Terminador no me apeteció en absoluto. Y por aquellos años tampoco veía ninguna gracia a las comedias de Tom Hanks, no fue hasta Big que le empecé a dar alguna oportunidad.También ya en la época del vhs, me saqué Footloose… ¡¡¡y cómo me gustó!!! Por supuesto me encandiló ese chico delgadillo y bailón con cara de Kevin Bacon.

Top secret la vi años más tarde y sufrí un ataque de risa ante la estupidez del baile de ballet y las mallas marcasuperpaquetes de los bailarines… Y, sí, confieso también me reía con Loca academia de policía y me encantaba Steven Guttenberg o el poli que hacía ruidos absurdos.

Fíjense ustedes que recuerdo que fuimos toda la familia a ver Amadeus y quedé subyugada con la historia y la risa de Mozart.

¡¡Vaya mezcla de películas, calidades y géneros!! Pero reconozco que nos lo pasábamos muy bien y disfrutábamos de ir al cine, de esos locales inmensos, los cines de barrio (en extinción absoluta) donde un montón de gente nos juntábamos para disfrutar…sesión doble o continúa, de historias y aventuras. Donde a veces llevábamos la lata de coca-cola y el bocata de chorizo o paté…

Dios, cómo es la nostalgia.

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Momento inolvidable de Único testigo (1985) de Peter Weir

John Book (Harrison Ford, hermoso), un policía oculto en una comunidad amish por un caso de asesinato, trata de arreglar un coche en un granero con la tenue luz de una lámpara de gas mientras Rachel (Kelly McGillis) una bella amish —su pequeño hijo ha sido el testigo del asesinato— le acompaña.

De pronto, pone en marcha la radio del coche y empieza a sonar What a wonderful world this would be… Y entonces ocurre la magia.

La atracción.

La sensualidad.

El erotismo.

La camisa azul abierta de Book.

La sonrisa de Rachel.

Y Book empieza a cantar, a susurrar la canción…

La saca a bailar. A una Rachel que ríe la broma. Que se divierte.

Una Rachel que sabe mirar a un Book hermoso, pletórico.

Y las miradas de él…

Broma y seducción.

No hay beso.

No hay desnudo.

Pero esas miradas…

Pero esas risas…

Pero esos pasos de baile…

Rachel y Book se atraen.

Todo queda envuelto en una emoción palpitante, erótica.

Y de fondo la voz de Sam Cooke.

Eso es un momento mágico e inolvidable…

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Diccionario cinematográfico (113)

Teléfonos: ¡No me digan que no hay un idilio del cine con el teléfono! ¡Cuántas escenas nos vienen a la cabeza… de cine romántico, de terror…!¡Escenas de lágrimas o de buenas noticias! La espera de la llamada, la llamada en sí. ¡Cuántas veces hemos atendido al mensaje que ha recogido el contestador!

Quién olvida el beso más hermoso del maestro del suspense en que los protagonistas, Bergman y Grant, están encadenados a un teléfono.

No se cae la cara de ternura al ver a Keaton fotógrafo llamar al teléfono a la mujer amada y ésta lo coge y le explica cómo llegar y mientras se lo cuenta, nuestro cara de palo corre y corre por las calles hasta alcanzar a la muchacha amada que sigue hablando por el teléfono.

Y qué me dicen de la comedia más recordada de Hudson y Day donde el máximo protagonista y el rey del conflicto es una línea telefónica compartida. ¿Cuándo el uso del teléfono fue tan vital?

Y no recuerdan ese teléfono que no deja de sonar en Érase una vez en América que obsesiona a un De Niro. O esa llamada que recibe una Grace Kelly y que todos sabemos que quizá muera asesinada (de nuevo el maestro del suspense)…

Y que me dicen de ese Brad Pitt en país lejano, en cabina, ocultando su sufrimiento —podemos opinar que egoísta ante todo el horror y dolor que nos describe Babel— a los hijos amados y cambiando la vida de la mujer mexicana que se ocupa de la casa… que sólo quiere tener tiempo para ir a la boda del hijo adorado. El teléfono y la incomunicación.

O esa Magnani abandonada por su amor en llamada telefónica que ella no quiere cortar. O la Stanwyck oyendo un cruce de llamadas, aterrorizada, mientras escucha su propio asesinato…

Esa cabina a lo mercero que deja a un José Luis López Vázquez en una cárcel-pesadilla. La misma cárcel que vive La Rosa en esa cabina clamando ayuda, ayuda, que no llega.

Hasta el telefonillo tiene escenas para recordar como ésa en que el hijo de la novia se declara bajo la lluvia a la mujer de sus sueños, amada.

¿Y no recuerdan esa escena de amor contenido, ante noticia telefónica, de una Reed y un Stewart para comérselos en ¡Qué bello es vivir!?

Estas escenas sólo son un aperitivo sin final.

No puedo dejar de escuchar llamadas que nadie atiende, conversaciones de amor y odio, llamadas que salvan vidas, mensajes de voces que quizá nunca vuelvan a escucharse, sms que anuncian una nueva vida, móviles que dejan escuchar su melodía y quizá un voz que se espera oír…

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Sidney Poitier

Poitier cambió el papel de los afroamericanos en el cine. Él se convirtió en una especie de azotador de conciencia social sobre el conflicto racial en una época de cambios y transformaciones. Se convirtió en un símbolo y quizá este motivo fue el que a la larga perjudicó su carrera. Brilló con luz propia en los años 50 y 60 pero cuando el símbolo quedó superado, no pudo acceder a buenos papeles y su carrera se llenó de títulos que no pasarán a la historia del cine. Ni siquiera en las películas que empezó a dirigir en los años setenta. ¿Por qué si es un actor de mostrada solvencia no ha vuelto a resurgir de las cenizas? Son los misterios que deparan ciertas carreras.

Sin embargo, Poitier siempre ha mantenido en alza su nombre y aún en el siglo XXI no ha sido del todo olvidado. Protagonizó películas muy populares en los años 60 que aún sirven para rellenar la parrilla televisiva del mediodía o la noche y dotarla de cierta calidad. También es cierto que algunos de sus mejores trabajos apenas ven la luz.

Poitier no lo tuvo fácil. Su infancia la vivió en un ambiente de pobreza y delincuencia. En su adolescencia sintió lo que significaba el racismo. Y, tan sólo, cuando se fue a vivir a Nueva York empezó a subir escaleras, después de duro trabajo, en el mundo de la interpretación. Empezó en el mundo del teatro y se trabajó mucho el ser admitido en el American Negro Theatre, con constancia lo logró y pronto adquirió cierto renombre en los escenarios.

Pero curiosamente fue el cine quien le hizo saltar del anonimato y quien le convirtió en símbolo. En otra manera de presentar a un afroamericano en la pantalla que hasta ahora había estado, salvo muy raras excepciones, hasta arriba de estereotipos mal tratados.

Su debú fue en una muy buena y olvidada película de Joseph L. Mankiewicz, Un rayo de luz en 1950 donde Poitier es un doctor negro que se topa con unos delincuentes que le amargan la vida a través de su racismo exacerbado. Después destacaría también en una película de profesor (esta vez es Glenn Ford) que lleva a unos alumnos marginales por el buen camino —años más tarde él también se convertiría en este tipo de maestro— en una obra menor de Richard Brooks, Semilla de maldad. Con este director trabajaría también en otro melodrama de conflictos raciales que se titulaba Sangre sobre la tierra (1957) y en ese año tendría otro papel secundario relevante en otro melodrama histórico, La esclava libre.

En el año 1957 y 1961 el director Martin Ritt trabajó con Poitier en dos buenos papeles en dos películas olvidadas pero que merece la pena ser descubiertas. Ambas tienen una mirada y óptica moderna tanto de temática como de planteamiento de conflictos. La primera fue Donde la ciudad termina, interesante película de estibadores donde Poitier despliega todo su encanto como personaje. El es un obrero trabajador que entabla amistad con un joven conflictivo y acomplejado con cara de John Cassavettes. Ambos no sólo alimentan su amistad sino que comparten el duro trabajo más duro si cabe por los trapicheos de un de los jefes que además es racista. El drama está servido.

La segunda fue París Blues una buena película de jazz para lucimiento de Newman pero muy bien respaldado por un bello Poitier. La película transcurre en París donde dos músicos norteamericanos se encuentran en su salsa y entregados a su pasión… pero dos mujeres se cruzan por sus vidas y todo cambia. Quizá la historia que peor ha envejecido sea la de Poitier pero se deja ver muy bien y se entiende perfectamente en el contexto histórica de la película.

Poco a poco Poitier no dejaba indiferente y sus películas conseguían atraer a los espectadores que compraban religiosamente su entrada para ver una película donde actuara él. Así protagoniza Fugitivos en 1958 donde forma pareja con Tony Curtis, ambos tienen que huir unidos pese a sus diferencias. Éste fue su primer trabajo con Kramer. Un año más tarde actúa en uno de los ambiciosos proyectos de Preminger que ya había llevado el musical Carmen Jones sólo con intérpretes negros y repite jugada con otro musical clásico Porgy y Bess, el actor masculino ya no es Belafonte sino Poitier.

La academia es consciente de que Poitier se está convirtiendo en fenómeno sociológico y le premia con un oscar a mejor interpretación masculina en una simpática y sencilla película  —tengo recuerdos lejanísimos de ella, tendría que revisitarla—, Los lirios del valle (1963) donde Poitier ayuda con su trabajo a una comunidad de monjas. Este oscar es mil veces recordado porque fue el primero que recibió un actor negro.

Su gran y último año de gloria, donde alcanzó las cotas máximas de popularidad y donde protagonizó tres películas que son revisitadas una y otra vez en televisión, fue 1967. Con otra popular película de Kramer, Adivina quién viene esta noche, con un drama policial y racial, En el calor de la noche y con una pequeña película pero muy popular en la que se transforma en ese profesor que lleva por buen camino a jóvenes rebeldes, Rebelión en las aulas. A partir de este momento empezó el declive en secuelas o películas que no volvieron a situarlo a tan alto nivel. Lo que había representado no daba más de sí para nuevos argumentos…, y curiosamente, pese a su capacidad no se recicló o no le dejaron reciclarse en otro tipo de papeles que sin duda hubieran ganado con su presencia.

A partir de los setenta apareció en películas poco reseñables y sí es curioso destacar que se convirtió en director y protagonista de varias películas que mezclaban la aventura y la comedia en los mundos del western, el cine criminal o el boxeo…, que no funcionaron bien ni en taquilla, crítica y público.

Pero ahí sigue, Sidney Poitier, como leyenda, a sus 82 años, con una carrera donde interpretó muy buenos papeles, un actor además con el peso de ser también símbolo.

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La tierra de la gran promesa (Ziemia obiecana, 1975) de Andrzej Wajda

Parto de un total desconocimiento de la obra cinematográfica del director polaco Andrzej Wajda y también de que La tierra de la gran promesa es la primera película que veo de este realizador. Parto también de poca sabiduría sobre los profesionales que salieron de la Escuela Polaca de Cine (siendo el más internacionalmente conocido Roman Polanski). Sólo decir que La tierra de la gran promesa me ha impactado de manera brutal.

Vivir las andanzas de tres amigos amorales (uno polaco, otro judío y el de más allá alemán) que realizan todas sus pesquisas para construir una industria en la ciudad de Lodz ha sido escalofriante. Nos situamos a finales del siglo XIX y en esta localidad polaca se encuentra el centro de la industria textil, así, la película narra de manera impactante los pasos de un capitalismo feroz, sin ningún tipo de ética, que sólo mira por la producción y la acumulación de riqueza. Los trabajadores no son seres humanos, ya lo dicen varias veces distintos personajes de la película, los empresarios no los miran como personas con alma sino como piezas del engranaje para producir y poder enriquecerse. Pero es que a los empresarios, usureros, jefes…, tampoco se les puede tildar de humanos.

La tierra de la gran promesa (que es una adaptación de una novela del escritor polaco W. S. Reymont) está llena de escenas duras, tan duras que en más de una ocasión aparté la vista. Pinta de una manera que hace temblar los distintos ambientes y las distintas situaciones que se producen en esta película coral o tapiz de época. No es de extrañar que al final, entre los trabajadores, en otra escena extrema, salga a relucir una bandera roja.

Dentro de una película coral, destacan los intérpretes que ponen cara a los tres amigos (que son los que digamos dan un sentido narrativo a esta obra). Así he podido conocer a tres intérpretes, con los que ha trabajado Wadja en varias ocasiones, Daniel Olbrychski (él es el joven polaco, frío como el hielo, pero que serán sus devaneos amorosos los que en un principio no le dejarán prosperar), Wojciech Pszoniak (es el joven judío con dotes para las relaciones sociales y los tratos) y, por último, Andrzej Seweryn (como el alemán luterano que se va dejando llevar y se mete de lleno en el negocio con sus dos amigos).

Los cimientos de un capitalismo cruel van desarrollándose a lo largo de esta historia, la caída y ya poco peso de la clase aristocrática, la subida al poder de hombres sin escrúpulos que se van enriqueciendo a costa de la explotación y la pobreza de sus trabajadores…

Para que os hagáis una idea. En una de las primeras escenas se ve uno de los protagonistas repasando y revisando el trabajo de las máquinas textiles y los obreros. De pronto, ve cómo una de las telas que sale de una máquina va empapada de sangre, metros y metros, se da la vuelta y se ve cómo a uno de los obreros la máquina le ha arrancado el brazo. A él tan sólo le preocupa la cantidad de producción pérdida, pide que quiten de ahí al obrero sin mostrar compasión ni dar solución alguna, y exige que se siga trabajando y se recupere la producción que se ha perdido. Sin pestañear siquiera. Y escenas con esta crudeza aún hay más.

Otra escena que merece un pequeño análisis y que llama la atención es toda la que transcurre en el teatro. Entre el esperpento y el análisis de esa nueva clase que se está formando de hombres de negocios. Las relaciones entre ellos. La vida en los palcos y en el patio de butacas. Lo que menos interesa es un ballet de jovencitas a lo Degás o un número cómico que roza el esperpento. Así como, también queda reflejado cómo los protagonistas miran a las damas tan sólo por las joyas que ostentan y las posibilidades de subir escala social.

Dentro de este tapiz de personalidades brutales donde se hacen y deshacen tratos, se desprende algún personaje secundario positivo que da por lo menos una visión de que hay gente con ápices de dignidad y de humanidad. Entre estos personajes destacarían un empleado que no aguanta el sistema de trabajo y el trato que reciben los obreros y que abandona su puesto expresando todo lo que piensa a sus jefes o la dama aristocrática que en un principio es el objetivo amoroso de dos de los protagonistas que termina retirándose y no entrando en el juego de las apariencias. En un momento dado también muestra interés por la suerte de los trabajadores de la fábrica de su prometido.

La tierra de la gran promesa es una película de análisis no sólo por lo que cuenta sino por el año en que está realizada, por cómo lo cuenta, por la novela que adapta, por la presentación y exposición de un capitalismo sin concesiones, por el periodo en que la rodó Wadja y el lugar que ocupa en su obra.

Ahora, confieso que sin tener muchos conocimientos del director o del cine polaco, La tierra de la gran promesa impacta y es imposible que deje indiferente.

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Frost contra Nixon (Frost/Nixon, 2008) de Ron Howard

Hago confesión: Frost contra Nixon ha sido toda una sorpresa.

Sigo con la confesión: la sorpresa ha sido gracias sobre todo a la construcción de un personaje y a la increíble interpretación del actor que lo representa: Frank Langella.

Frank Langella se transforma en un Nixon humano muy humano y con un carisma superior al hombre real en el que se metamorfosea.

Frank Langella es un Nixon con personalidad compleja llena de matices que realiza un duelo con un entrevistador. Los dos tienen mucho que ganar y perder. Es una batalla. Y ambos lo saben. Los dos se convierten en rivales de nivel (aunque Frank Langella gana por goleada en interpretación y carisma a un Michael Sheen al que se come con patatas fritas. Aunque su personaje también tiene su profundidad y su aquel pero no está tan increíblemente descrito ni interpretado).

Nixon, en el momento que se realizan las famosas entrevistas, es un ex presidente con un alto índice de impopularidad, ha dimitido por el caso Watergate, tiene problemas de salud, Ford al tomar el cargo de presidente ha quitado toda posibilidad de que se le juzgue por actuaciones ilegales en el ejercicio del poder, ahora Nixon es un hombre retirado pero que no soporta la palabra jubilación, que no asume no estar en activo y con el poder en sus manos y que ve en estas entrevistas una posibilidad de limpiar de nuevo su imagen y volver a resurgir de las cenizas.

Frost es un popular presentador de programas espectáculo con poco prestigio en el periodismo serio o de investigación política pero que sabe mucho de audiencias y del mundo televisivo. No se acerca a Nixon para una entrevista de análisis político sino como una posibilidad de alcanzar cotas de audiencia altísimas y también por un cambio de prestigio en su trabajo, que se el considere como un periodista capaz de abordar una entrevista seria. Al principio, aborda su trabajo como siempre, como espectáculo que mueve audiencias pero poco a poco al intimar con su adversario y con los hombres de su equipo de producción y realización, se mete de lleno en una batalla intelectual entre dos cerebros que tienen mucho que ganar y mucho que perder.

La importancia histórica de estas entrevistas de Frost a Nixon es que ahí el ex-presidente confesó que había realizado durante su mandato actos ilegales y también mostró arrepentimiento por todo lo que había sucedido.

Sin embargo, la película no deja de ser polémica porque el personaje de Nixon, representado por Langella (con un guión que es una adaptación de una obra de teatro de Peter Morgan), presenta un gran atractivo (que no sabemos si poseía el personaje real) como persona con un alto nivel intelectual y con un conocimiento amplio de la persuasión, el debate y la manipulación. Es tal el poder de seducción que irradia que en toda su complejidad el espectador termina compadeciendo y entendiendo a una figura compleja y más gris de lo que es el personaje cinematográfico. Langella consigue plasmar un hombre con todos sus defectos y también virtudes y logra representar a un interesante personaje político…, que sinceramente, no creo que sea cercano al original. Nos regala escenas inmensas como esa explosión de sinceridad en una llamada telefónica a Frost, que luego no recuerda.

Por otra parte, también supone una sorpresa que ante esta película, de carácter político y contenida, el director sea Ron Howard, un realizador que conoce los entresijos del cine comercial y que cuando lo hace bien da en la diana, en sus hombros se sitúan taquillazos como Cocoon, Willow o Una mente maravillosa. También es el que está llevando a pantalla —con más pena que gloria pero con dividendos en taquilla— los best seller de Dan Brown. Así que Frost contra Nixon es una apuesta arriesgada del director que logra una narración cinematográfica ágil apoyado también por un buen guión y un reparto acertado. La película se presenta como un falso documental con declaraciones de los protagonistas y con la recreación de las entrevistas y el ritmo nunca decae.

Vuelvo a repetir Frost contra Nixon me supuso una sorpresa y además me hizo dudar de nuevo de si el oscar del año pasado se lo merecía Sean Penn. Mi apuesta fue por Mike Rourke pero después de haber visto a Langella…

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El secreto de sus ojos

La vi ya hace una semana o más pero aún no me había decidido a comentarla. Juan José Campanella volvió a conquistarme pero por la construcción de sus personajes y por su sentido de la vida absolutamente romántico.

Me conquistó por esa mezcla tan real de la vida donde cabe la comedia y la tragedia. Los momentos tristes y los momentos más alegres.

Me engatusó porque, de nuevo, deja papel principal en manos de un Ricardo Darín que como siempre se come la cámara a mordiscos y encarna como nadie al tipo creíble, esta vez un funcionario de un Juzgado Penal. Y, también, porque como nadie lo hace se enamora, en silencio, y a base de miradas, de Irene con rostro de Soledad Villamil (que ya demostraron su química en El mismo amor, la misma lluvia). Y porque de pronto me descubre un personaje secundario de quitarse el sombrero, el gris funcionario de penales con problemas de alcohol pero con una inteligencia y honestidad que le vuelven dulce, con una capacidad para el humor que seduce continuamente al espectador de la mano de un actor desconocido para mí, Guillermo Francella (reconocido cómico argentino). El es el héroe cotidiano y mejor amigo con todas sus miserias y riquezas.

Ahora Campanella cambia de género y se decanta por el cine negro o de intriga que sólo sirve de telón de fondo para contarnos historias de amor, amistad, historias de injusticias sociales pero con la posibilidad de que haya personas que luchen siempre por cambiar ese mundo y crear otro posible…, aunque fracasen.

Quizá en las claves del cine noir es donde Campanella tiene algún que otro acierto pero también algún patinazo que hizo que la película no fuera absolutamente redonda para mí.

El director, también guionista, toma como argumento la novela de Eduardo Sacheri, y regala imágenes cinematográficas y diálogos para el recuerdo. Nos habla de la nostalgia, del pasado, de la importancia de las fotografías, y nos sugiere aunque nunca se diga explícitamente sino que se intuya por la historia y el ambiente del Juzgado que la historia de ese asesinato brutal a una joven que marca la historia de su marido y del protagonista, Benjamín Espósito, ocurre durante tiempos convulsos de la historia argentina, momentos antes de la terrible dictadura militar.

Los personajes menos creíbles (y para mí peor construidos) en esta, por otra parte, magnífica historia, son dos personajes de suma importancia para la trama noir y son los que estropearon mi deleite ante una obra que intuía grande: el esposo de la víctima y el asesino de la joven. Que son además los que rizan el rizo en un momento de clímax de la trama…

Sin embargo, Campanella como siempre nos filma momentos grandiosos por su sensibilidad extrema. Toda la presentación de la víctima y su terrible muerte así como la primera vez que el protagonista ve el cuerpo. La importancia de los álbumes de fotografías de la víctima. Lo mejor, que incluso raro en mí supera en emoción a las escenas de amor entre la pareja de Darín y Villamil, son todas las escenas de amistad entre Darín y Francella. Ahí Campanella se vuelve grande. Nos regala un discurso maravilloso de Francella sobre la pasión y la obsesión y nos deja una escena emotiva sobre lo que es capaz de hacer un amigo por otro. También nos deja un abanico de miradas y sensaciones entre dos personajes que se enamoran pero nunca lo expresan claramente…

Por otra parte, también doy un aplauso a la estructura narrativa, todo lo que se cuenta es desde la mirada de Espósito y sus recuerdos que reconstruyen una novela, ¿qué es absolutamente real o qué es fruto de la nostalgia y la ficción?

El secreto de sus ojos es de esas películas que necesitan de otro visionado porque es rica en detalles y matices. Les espero en una segunda proyección…

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Actores que boxearon… y algún director también

Qué puede unir a Victor McLaglen con Mike Rourke. O a John Huston con Leo McCarey. Una dedicación en un momento de sus vidas: el boxeo.

Cada uno de ellos tuvo una época, normalmente antes de convertirse en exitosos actores (excepto Mike) o directores, en la que para ganarse la vida tuvieron que subirse a un ring.

Todos amaron este ‘deporte’, siempre dudo de llamarlo así, y todos tuvieron ocasión de actuar o dirigir alguna película sobre esta temática.Lo que es indudable es que hay un hermoso matrimonio entre cine y boxeo que ha dejado obras imposibles de olvidar. Héroes en la cima del poder y la gloria, y también ídolos de barro entre la corrupción, el poder, la mafia, la pobreza y los golpes. Héroes caídos.

Muchos de estos actores sabían de esta profesión, la vivieron en sus carnes. Y muchos de ellos aún siendo famosos seguían con interés todas las informaciones relativas al ring. Por eso cuando les tocó interpretar a un boxeador tocaron la cima, hicieron a sus personajes creíbles, por ejemplo, Kirk Douglas alcanzó fama universal cuando interpretó a un boxeador de tragedia griega en El Ídolo de barro.

Hombres duros, con historia, con mil y un sentimientos en pantalla y en la vida real. La mayoría de ellos cuentan con una infancia de dureza y misera. Eran buscavidas y después se convirtieron de la noche a la mañana en estrellas.

Un secundario de los clásicos, su rostro de bestia (¿le recuerdan como Gypo Nolan en El delator?) con cierta dulzura nos avisa de que a principios del siglo xx fue un popular boxeador. Después uno de los directores con los que más trabajo, no podía ser otro que Ford, hizo que protagonizara lucha a puños memorable con un ex boxeador con ganas de paz en esa joya que se llama El hombre tranquilo. Me estoy refiriendo a Victor McLaglen.

El hombre de las mil caras, el bailarín de los puertos, el periodista, el mejor gangster de los treinta, el tipo duro pero graciosillo, el tipo de los barrios bajos…, el actor-modelo que ha hecho que muchos duros contemporáneos se dedicaran al cine por admirar sus trabajos…, también se dedicó en su vida real, en sus comienzos de vida dura, a boxear. No puedo hablar de otro más que de James Cagney. En sus películas más de una vez empleó los puños como nadie y como no no faltó rol de boxeador en Ciudad de conquista.

Otro de los héroes de corazón duro –aunque fue lo primero que le falló cuando más lo necesitaba—, cabeza rebelde, espíritu humano y vida muy dura desde los orígenes. Otro héroe caído con rostro del gran y atractivo John Garfield, héroe moderno, que llevaba a la pantalla su vida de superviviente. Antes de convertirse en estrella y hombre deseado tuvo que buscarse la vida en las calles, entre otras cosas boxeó, y si no pudo dedicarse profesionalmente fue debido al corazón delicado. Sin embargo, en pantalla, muchas veces brilló como boxeador, sin ninguna duda uno de los boxeadores más recordados es el que interpreta en la maravillosa y dura Cuerpo y alma.

Su vida fue toda una aventura, era el héroe sano por excelencia, sus acrobacias y destrezas aún son recordadas al igual que su apostura. Vivió tan intensamente y tan en exceso que se consumió de manera temprana. Y pocos creían que un consumido Errol Flynn que aparecía casi arrastrándose en sus últimas películas pudo ser alguna vez el más hermoso Robin Hood. Flynn tuvo vida llena de plenitudes y brilló en la juventud en todo tipo de deportes incluso en boxeo. En las Olimpiadas de 1928 se presentó como especialista en esgrima en el equipo australiano. Fue el mejor espadachín. Pero también pegó con sus puños. Por supuesto, en su carrera como actor también se subió al ring y todos le recuerdan fiero en Gentleman Jim.

Otros que emplearon el boxeo, e incluso la lucha libre, en algún momento de sus vidas antes de convertirse en actores fieros, en estrellas que dejaron estela…, con papeles de duros a sus espaldas, duros con momentos de sensibilidad y humanidad desbordante, papeles que demostraron que conocían lo que era la supervivencia y la vida en las calles fueron: Robert Mitchum, Kirk Douglas, Frank Sinatra y Anthony Quinn.

Otros se dedicaron al boxeo por afición incluso cuenta la leyenda que el rostro más bello de la pantalla (sí, de verdad, tanta belleza no parecía posible), el de Marlon Brando sufrió tras un combate a puños —puede que medio en broma— una rotura de nariz…, que no le hizo menos bello. Y se transformó en el ex boxeador más trágico del cine en esa otra joya que se llama La ley del silencio, él era el luchador que podía haber sido grande pero que un mundo de apuestas y poder le dejó sin gloria.

Ya sabemos todos la historia del niño bonito de los 80, un Mike Rourke estrella, mito erótico de la época, que prefirió dejar la pantalla y subirse al ring para destrozarse la cara a golpes. Un actor que no sólo se fue hundiendo por el boxeo y los golpes sino que se ayudó de alcohol y drogas en una carrera hacia la autodestrucción.Y, ahora, ha vuelto noqueado y tocado pero haciendonos a todos sentir la historia de un superviviente en la lucha libre en un retrato desgarrador, El luchador.

Y para el último apartado quería dejarme a tres directores muy diferentes que en algún momento de sus vidas también jugaron o se enfrentaron al boxeo amateur o profesional…, fueron amantes del boxeo, sabían de este mundo, y eso se deja ver en sus películas. Tres genios, el rey de la comedia Leo McCarey (sabía como nadie del slapstick y de screwball donde hay más de un puñetazo o caída), el rey de los perdedores John Huston y un atormentado Robert Rossen. En sus filmografías tocaron el tema de maneras diferentes. Huston nos dejó Fat City, Rossen rodó Cuerpo y alma y McCarey dejó que Harold Lloyd se enfrentara a esta especialidad en La vía láctea. 

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