La conspiración (The conspirator, 2010) de Robert Redford

¿Será posible que funcione mucho mejor un Abraham Lincoln ultraviolento, presidente de día, cazador de vampiros de noche? ¿Es factible que un drama histórico que presenta una versión de los hechos posteriores al asesinato de Lincoln menos estudiada o conocida que el propio asesinato pasara sin pena ni gloria? Sí, esto es posible en la fábrica de los sueños. El Lincoln cazavampiros despertará más interés o por lo menos una mayor y mejor promoción y apuesta que una película, de corte clásico, pero de inteligente propuesta.

Y esta película que pasó sin pena ni gloria por los cines fue obra del actor y director Robert Redford. Repasando algunas de las palabras que se vertieron sobre ella en el momento de su estreno, me sorprende que se le echa en cara a Redford que no innova en el lenguaje cinematográfico sino que opta por contar bien narrativamente y visualmente su historia (cómo si esto último fuera fácil). Es decir, se le echa en cara su clasicismo narrativo (cuando un montón de éxitos cinematográficos no innovan en el lenguaje cinematográfico sino que lo emplean bien). Me sorprende esa pega para justificar su fracaso. Porque sí, no innova en el lenguaje cinematográfico pero cuenta, en su estilo clásico, estupendamente una historia. Y que queréis que os diga disfruté mucho viéndola y tras su visionado. Redford plantea temas muy interesantes y nos narra una historia del pasado para hablarnos del presente. El director convierte a su público en espectadores de la historia y deja muchas vías para la reflexión. Como en Leones por corderos, Redford expone sus tesis en películas. Nos plantea disertaciones visuales…

Un personaje de la película lanza en un momento dado la tesis: “Abandonar la constitución no es la respuesta”. Explica que en un momento en que un país está en una situación de fragilidad y de cambio, que en un momento que un país está asustado (y se fomenta ese miedo de mil y una maneras… la teoría de la doctrina del shock), lo que hay que tratar es de no perder el norte. De no saltarse a la torera la constitución y los derechos humanos. Otro personaje lanza otra frase lapidaria: “En la guerra, la ley calla”. Ya con sólo estas dos frases de diálogo podemos iniciar un debate apasionante y además enfrentarnos a la situación política y social presente…

Pero es que Redford además de realizar su disertación visual nos cuenta una historia apasionante e interesante. Y nos la cuenta muy bien. Otras palabras leídas dejaban la sensación de que Redford presentaba una historia bien cerrada pero fría, sin emoción. Yo debí traspasar esa frialdad porque sí que me emocioné…

Pero ¿qué cuenta La Conspiración? El irregular juicio militar por conspiración de los sospechosos (confederados, del Sur) que pretendían sembrar el caos y desestabilizar —a punto de llegar a su fin la cruenta guerra civil— tras asesinar al presidente y cometer a la vez otros dos asesinatos que fueron fallidos (al vicepresidente y al secretario de Estado). El juicio reunió a ocho sospechosos y uno de ellos era una mujer. En esa mujer, Mary Surratt, se centra Robert Redford. En esa mujer y en la defensa que lleva a cabo su joven abogado, un héroe de la Unión (del Norte).

Así vemos el proceso de transformación de la mirada del joven y ambicioso abogado que de pronto ve que el juicio no está siendo justo (sino que la sentencia ya se sabe de antemano), que el juicio no es más que un espectáculo rápido para mantener a raya a los ciudadanos y contentarles con una ‘justicia’ efectiva, rápida, vengativa y cruel. Todos los esfuerzos del joven abogado para que su defendida tenga un juicio justo son bloqueados. De ser un héroe de guerra (que siente que este caso le ha caído como una ‘losa’ porque él también está indignado con el asesinato del presidente) pasa a ser un enemigo de las autoridades, a alguien a quien quieren callar y quitar de en medio… por querer defender los derechos humanos de su defendida y luchar por que se celebre un juicio constitucional.

En La Conspiración además hay un reparto muy interesante que llevan magníficamente a cabo sus roles. Destacan los dos protagonistas, Mary Surrat con el rostro de una estupenda Robin Wright que confiere al personaje de fuerza, fragilidad y ambigüedad. La mujer vestida de negro con su rosario en la mano. Y por otro lado el joven abogado Frederick Aiken interpretado por el actor escocés James McAvoy. McAvoy se muestra sutil como ese héroe de guerra que quiere ser un ambicioso abogado y casarse con una bella joven a ese hombre que se va comprometiendo cada vez más con su defendida, que va viendo que no es más que una marioneta y que le va venciendo la desilusión pero no las ganas de luchar hasta el último instante… A los dos protagonistas les sigue toda una galería de secundarios necesarios: Tom Wilkinson, Kevin Kline, Danny Huston, Evan Rachel Wood… Y dentro de esa ‘dirección clásica’, Redford juega con las luces y las sombras que tienen un significado dentro de la historia (y cómo ilumina a cada uno de los personajes en los distintos momentos de la narración) y rueda con corrección, ritmo y tensión el juicio. Impresionante y muy bien rodada la escena de los ahorcamientos…

Sigo sin entender cómo pasó sin pena ni gloria (en algunos países no llegó ni a estrenarse en pantalla grande) este último trabajo como director de Robert Redford. Parece ser que llama más la atención un Lincoln cazavampiros que un análisis histórico del asesinato de este presidente… 

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Vals con Bashir (Waltz with Bashir, 2008) de Ari Folman

Vals con Bashir salta por los géneros y atrapa desde el primer instante con esa carrera de perros salvajes a través de una calle. Vals con Bashir es una película de animación con ingredientes de denuncia, de antibelicismo, de documental, de ficción y cruda realidad. Vals con Bashir aporta varias reflexiones y un punto de vista, el del documentalista israelí Ari Folman ante un acontecimiento: la masacre en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila durante la guerra del Líbano en 1982. Esta masacre fue una respuesta vengativa y violenta de la Falange Libanesa tras el asesinato de su líder Bashir Gemayel, las Fuerzas de Defensa de Israel fueron testigos de la matanza y no actuaron para impedirla sino que se mostraron pasivos y permitieron durante dos días una violencia feroz contra la población civil de los campos.

Vals con Bashir habla sobre la recuperación de la memoria, reflexiona sobre las responsabilidades, los recuerdos borrados, el sentimiento de culpa, la pasividad, la violencia, la crueldad, la masacre, el horror… El protagonista es el propio documentalista Ari que ha borrado de su memoria su actuación durante la guerra del Líbano cuando fue un soldado israelí de apenas 19 años. Así el propio Ari a partir de un sueño relatado por un compañero (el sueño de unos perros salvajes corriendo, 26 perros en concreto) y su posible interpretación desencadena en el protagonista un deseo de recuperar la memoria que ha borrado de su cerebro.

Así se va entrevistando con antiguos compañeros que estuvieron en la guerra con él y con expertos en el campo de la psicología que le puedan dar pistas e instrumentos para reconstruir lo que verdaderamente ocurrió. Él parte también de una única imagen. Tres jóvenes en el mar, completamente desnudos con sus armas… van saliendo a la orilla con sus metralletas. Después se visten. Y van a un espacio urbano… cuando giran una calle un montón de mujeres y niños les pasan con caras de dolor y gritos.

Durante las entrevistas con sus compañeros éstos también han creado mecanismos de olvido. Pero cada uno tiene sus propias imágenes oníricas en la cabeza. Y escuchando a los expertos, Ari Folman va reconstruyendo todo lo que ocurrió y cuál fue su implicación en los hechos históricos… con sus propias imágenes soñadas y la de sus compañeros.

Llevaba mucho tiempo detrás de esta obra cinematográfica de animación y la espera ha merecido la pena. No sólo me ha hecho conocer los hechos referidos sino que también me ha enganchado la forma en que me ha contado esta historia el israelí Ari Folman (nunca hay que olvidar que es desde su punto de vista, su interpretación y reflexiones).

Así Vals en Bashir tiene escenas muy potentes, con una banda sonora increíble, y recuerda a aquellas películas de los años setenta que recreaban la guerra de Vietnam (Apocalipsis Now o El Cazador). Y a su vez también plantea una reflexión reveladora y dolorosa que es comparar la matanza y el descubrimiento de esa matanza a lo que ocurrió en los campos de exterminio durante la Segunda Guerra Mundial (y también hablar de ese silencio y olvido… un montón de testigos mudos y pasivos-activos que nada hicieron —o nada pudieron hacer, el matiz es estremecedor— por evitar la barbarie). Es decir Aron en esa comparación con Vietnam (en lo visual) y con la barbarie de la Segunda Guerra Mundial en los campos de exterminio aporta su visión de ese casi niño con metralleta que fue en la guerra del Líbano y su lucha continua a lo largo de los años respecto su verdadera responsabilidad en los actos cometidos (un tema espinoso y complejo). Y también denuncia cómo los responsables políticos pensantes y los altos mandos militares, aquellos que sí podían tomar decisiones tuvieron dos vías de actuación: permitieron el asedio y luego frenaron la masacre cuando ya era demasiado tarde. Y lo horrible es, que como casi siempre, sabían lo que estaba ocurriendo.

Vals en Bashir contiene imágenes imposibles de olvidar, entre ellas, la que da título a la película. Un soldado con una metralleta, en pleno fuego, sale a una calle empapelada con carteles de Bashir, y realiza una danza macabra disparando su metralleta a diestro y siniestro…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Los fantasmas en el cine

… el cine tiene algo de fantasmagórico. Podemos ver plasmadas imágenes en movimiento de personas que ya no existen. Actores que representan personajes que no son y sin embargo les dan vida…El cine hace que no se deje de creer en fantasmas y en espíritus que regresan a la vida. El cine, resucita. Me viene a la cabeza un delicioso cuento de Vicente Blasco Ibáñez, La vieja del cinema, que de vez en cuando vuelvo a leer porque me fascina. Trata sobre una anciana vendedora ambulante que ha perdido a su nieto en la Primera Guerra Mundial. Un día acude a una sala de cine y reacciona de manera irracional… La mujer se ha emocionado porque en una escena de una película ha creído ver a su nieto resucitado…

Y todo este extraño pensamiento me viene a la cabeza porque ayer disfruté con una película actual pero con una factura clásica, un cuento de fantasmas de los de toda la vida. Con una casa encantada espectacular, unos juguetes infantiles para morirse de miedo, niños en peligro, ruidos extraños, puertas que se cierran y se abren, mecedoras que se mueven, perros que ladran… y un protagonista melancólico y triste que es más sensible a lo sobrenatural. La película en sí no es ninguna obra maestra pero no es lo que persigue. Sólo es una buena historia de fantasmas con una puesta en escena inteligente y elegante. Me refiero a La mujer de negro de James Watkins con el nostálgico sello de la Hammer.

Como mientras la veía, la disfrutaba, recordé lo que me gustan las historias con fantasmas. Y por tanto lo que me gustan las películas protagonizadas por fantasmas. Y la cantidad de argumentos maravillosos y el juego que dan estas apariciones. Así echo una vista al cine reciente y los veo por todas partes. Los fantasmas no tienen nacionalidad. Los fantasmas pueblan buenas y malas películas. En el 2010 el realizador tailandés Apichatpong Weerasethakul nos trajo Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas donde los vivos conviven con los fantasmas de una manera cotidiana. Como algo natural y normal.

El cine español también últimamente ha jugado a los fantasmas. Entre lo cómico y lo trágico. Por estas tierras somos así o nos vamos al drama o nos vamos a lo cómico. Somos país de extremos. Así hace poco en Promoción fantasma, su director Javier Ruiz Caldera realizaba un homenaje a las películas de instituto y terror de los ochenta con acento fantasmal. O quedó clara la conversión de Belén Rueda en la reina del grito con El orfanato, la película de fantasmas que permitió a Juan Antonio Bayona entrar en el mundo de las superproducciones. Sin embargo fue Amenábar quien en 2001 regaló un buen relato cinematográfico de fantasmas con aires de Henry James. Los Otros he de reconocer que me atrapó totalmente. Desde ese grito que pega Nicole Kidman al principio del relato que ya te envuelve… y no te suelta. Por nuestras tierras las historias de fantasmas existen y por eso en nuestro cine están muy presentes…

Pero sin duda quien volvió de nuevo a hacernos creer en fantasmas fue M. Night Shyamalan. Estábamos a punto de cruzar el siglo XXI y nos regaló una historia que nos hizo ver que todavía nos asustaban las mismas cosas que a nuestros antepasados (que a nuestros abuelos, bisabuelos y tatarabuelos), los fantasmas. El sexto sentido… y ese niño aterrorizado que confiesa a su psicólogo que en ocasiones ve muertos… fue una vuelta de tuerca al mundo de los fantasmas. Nos creíamos libres de su influencia pero Shyamalan nos demostró que esto no era cierto…

Si nos seguimos moviendo en el terreno del miedo. De los fantasmas como algo relacionado con los sobrenatural. Con el más allá. Que provocan el pánico. Siempre regresamos a La otra vuelta de tuerca de Henry James que tiene una de las adaptaciones cinematográficas más fascinantes (son varias las versiones) en Suspense (1961) de Jack Clayton. La novela ha sido fuente de inspiración cinematográfica innumerables veces. O regresamos a otro de los grandes hitos del terror con casa encantada y fantasmas. Nos vamos de la mano de Stanley Kubrick a su terrorífica adaptación de la novela de Stephen King, El resplandor.

Los fantasmas también están unidos al amor más allá de la muerte. Así tenemos románticas historias cinematográficas donde los fantasmas campan a sus anchas. Nos podemos ir a uno de los mayores éxitos de principios de los noventa y una de las películas que peor ha envejecido de los últimos tiempos (y por ello de las más parodiadas), Ghost: más allá del amor… donde Patrick Swayze ayudaba a modelar arcilla a Demi Moore… y luego se transformaba en un fantasma que trataba de vengar su propia muerte y seguir velando por su pobre esposa que se quedaba sin su santa protección. Menos mal que el cine clásico nos deja varias obras maestras: la maravillosa El fantasma y la señora Muir… el fantasma como un ser sobrenatural cotidiano que es capaz de enamorarse locamente de la señora Muir y ella también le corresponde. La mágica Jennie, una especie de niña-mujer que en sus fugaces apariciones va enamorando poco a poco a un abatido pintor que va viendo cómo su ‘amada’ se transforma a una velocidad de vértigo. O sin duda la más gótica y romántica de todas las historias de loco amor más allá de la muerte… con fantasmas incluidos, las distintas versiones de Cumbres borrascosas.

Pero también los fantasmas pasearon por el humor. Así de los años ochenta nos vienen también los míticos Cazafantasmas, que volvieron a revivir en la entrañable Rebobine, por favor. Pero ya había antecedentes: quién no recuerda la mítica emisión en televisión española de la película de Abbott y Costello, ¡Agárrame ese fantasma! (1941), en el programa de Chicho Ibáñez Serrador, Mis terrores favoritos, un 28 de diciembre. Por ahí también pululan fantasmas alborotadores como Bitelchus. O algún espíritu burlón femenino capaz de hacer la vida imposible a la nueva y viva enamorada de su marido novelista…

Los fantamas generan también ternura como ese niño que se pasa todo un secuestro disfrazado del fantasma Casper en la maravillosa Un mundo perfecto de Clint Eastwood. También el cine nos quiere hacer creer en fantasmas que no existen como en las maravillosas Vértigo, Rebeca o Las diabólicas. Los fantasmas como ya he dicho antes no tienen nacionalidad, sin embargo, hay culturas que conviven con más naturalidad con ellos. Y ahí está el cine oriental, el chino, el japonés o el coreano para demostrarlo… tienen metros y metros de fotogramas con fantasmas.

No hay duda los fantasmas siempre están presentes en el cine. Incluso el propio cine… los actores y actrices vivos o muertos que son ‘reflejos’ de infinitos personajes en la pantalla blanca tienen una cualidad de espíritus que seguirán siempre vivos a través del movimiento. Que seguirán siempre vivos en la retina de los espectadores…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

El gran desfile (The big parade, 1925) de King Vidor

Lo puedo gritar con boca enorme: El gran desfile ha sido una sorpresa maravillosa. Y me lo esperaba porque a King Vidor cada vez le aprecio más. Vidor realiza una obra cinematográfica en la que ya presenta un tema que es un subgénero muy valioso en el cine bélico y que ha dado grandes obras maestras: las películas antibelicistas. Películas donde la guerra se observa con ojos críticos como sistema destructor de seres humanos y como instrumento de violencia y terror. Donde se muestra con toda crudeza el sinsentido de la guerra. El gran desfile desarrolla con maestría muchos de los antecedentes de este género.

King Vidor presenta su visión de la primera guerra mundial, una guerra extremadamente salvaje y cruel donde los hombres se mataron en los campos de batalla con terribles ‘avances tecnológicos’, un preludio horrible de las cruentas guerras del siglo XX y XXI. Para ello Vidor estructura la película de manera inteligente y expresa con imágenes el horror. Ahora esta estructura puede parecernos previsible, pero aún sigue siendo muy efectiva, pero en aquellos albores del cine silente era una fórmula que se estaba construyendo, pionera.

Así en un principio nos encontramos a un niño bien (un magnífico John Gilbert) de familia acomodada norteamericana que por presiones (de su novia, de sus amigos, de su propia familia) y ante la visión de un desfile que envía hombres al ejército como si fuera lo mejor del mundo para convertirse en héroes, decide enrolarse voluntariamente para luchar en Europa durante la primera guerra mundial. Una vez en el ejército hace migas con dos soldados trabajadores. La guerra no entiende de clases sociales. Y antes de entrar en combate esperan durante un largo periodo en una granja francesa donde los hombres construyen camaradería, gastan bromas, se aburren e incluso se enamoran. Como le ocurre al niño bien que flirtea con una campesina francesa que le corresponde (las escenas del enamoramiento son una delicia… no tiene desperdicio la escena del chicle como elemento de seducción…). Toda esta primera parte transcurre como un periodo festivo, cómico y costumbrista que preludia pronto la desgracia…

Y ésta llega cuando los soldados son realmente llamados para entrar en combate. Y en ese momento el flirteo se convierte en amor. Porque el niño bien recibe una carta de la novia estadounidense y siente remordimiento. Se lo confiesa a la campesina y ésta muestra su tristeza porque realmente le ama. Y sale corriendo. Justo en ese momento en que la historia de amor se transforma en algo serio y trágico son llamados a filas. Y pensamos que John Gilbert junto a sus camaradas va a marcharse a la guerra sin poder despedirse de la amada francesa. Así se desarrolla una escena emocionante y que te tiene en tensión. Los soldados van subiéndose en camiones y marchan hacia el combate y los dos amantes se buscan desesperados entre el gentío hasta que se encuentran en una escena de alto contenido emocional que aún hoy te hace sentir… y toda una lección magistral de empleo de la narración cinematográfica.

A partir de este momento sí que transcurre el verdadero ‘gran desfile’ de los soldados hacia una muerte violenta y sinsentido. Y los tres camaradas se pierden en una inmensa masa. Y las escenas bélicas son demoledoras y sin concesiones. John Gilbert, en un momento, se siente impotente y todo un muñeco en una trinchera esperando una muerte segura y se rebela. Pero de nada le sirve. Siente lo absurdo que es esperar órdenes inútiles mientras un amigo está siendo salvajemente disparado… Los soldados van muriendo o quedando heridos de gravedad. Así en la inmensidad de la batalla van sucumbiendo los tres camaradas. Pero Vidor apunta también al enemigo… que también cae, también tiene miedo y también muere. Así surge una escena impresionante cuando el protagonista cae en un agujero donde está un joven soldado enemigo… y éste ve cómo es un joven solo y asustado… y le termina encendiendo un cigarrillo y le acompaña en su ‘lecho’ de muerte… Hasta que el propio protagonista acaba gravemente herido.

Despierta en un hospital. En una sala de dimensiones enormes donde vemos las secuelas psíquicas y físicas que sufren los soldados. El niño bien, el protagonista, ha sufrido una transformación. Ya no es el chico despreocupado que conocimos al principio de la cinta. El regreso al hogar es duro. Las secuelas físicas son evidentes. El desencanto en su rostro también. Lo que encuentra no es lo que espera (incluso su novia norteamericana ha trasladado su amor al hermano empresario). No llega como un héroe. En esta tercera parte es emocionante el encuentro con la madre, Vidor logra plasmar todo el amor que se profesan… Sólo hay algo que le puede devolver la ilusión por vivir. Y ahí quizá se vea un poco la mano de un productor interesado en el éxito de la película (que lo fue sin duda), lo que llamamos un final a lo Hollywood (esos finales que siguen existiendo y son una firma para bien o para mal) pero que no resiente el resultado porque lo rueda manteniendo una emoción exacerbada (como en los melodramas desbordados). Quizá fue Irving Thalberg el que vio mayores probabilidades de público en salas de cine repletas… con nuestro héroe herido regresando a Francia en busca de la amada campesina…

King Vidor ya se muestra como ese director grande y pionero que construyó junto a otros el lenguaje cinematográfico y que alcanzó cotas maestras en el cine silente (no hay más que recordar esa joya que se llama … Y el mundo marcha). También se nota cómo en el año 1925 todavía no existía el Código Hays no sólo por lo que muestra la película, sino por la violencia de la batalla y su visión claramente antibelicista. O también por una de las escenas más divertidas donde la campesina francesa disfruta y se ríe mientras ve cómo se duchan totalmente desnudos los dos camaradas de su amado… Y también cómo instauró ingredientes vitales para las futuras películas antibélicas.

En El gran desfile destaca también un buen reparto donde recordamos al después vapuleado, durante el periodo de transición del silente al hablado, John Gilbert como protagonista con una interpretación fresca y con un personaje que evoluciona a lo largo de la película. Y a la actriz francesa (que murió joven y sin tiempo de prosperar en el cine hablado) Renée Adorée como la campesina francesa. Los dos camaradas de John Gilbert fueron Tom O’Brien y Karl Dane, ambos trabajaron en diversas películas silentes.

El gran desfile no es sólo para disfrutar su visionado sino para aprender del buen empleo de la narración cinematográfica cuando era todavía un lenguaje pionero y en plena ebullición…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Pollo con ciruelas (Poulet aux prunes, 2011) de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud

Me gusta que me cuenten historias. Me gustan los cuentos. Me gusta escuchar. Me gusta el arte del contador o contadora de historias. Me gusta mirar la pantalla blanca en la sala oscura y que una narración pase por mis ojos. Desconectar. Olvidar que me encuentro en la sala. Viajar con la imaginación. Que salten por los aires las cuatro paredes y en la magia de la oscuridad alcanzar mundos inimaginables. El otro día en la sala de cine volé a Teherán en los años cincuenta. Para vivir una historia de desamor y muerte. Un cuento persa. Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud se convirtieron en cuentacuentos y si ya me envolvieron con Persépolis, me engatusaron con Pollo con ciruelas, un cuento de corazones rotos. Y sus dos acercamientos al cine beben de los cómics de la iraní Marjane Satrapi. Antes recrea su mundo con el trazo y ahora lo traslada a la pantalla. Y en el cine de animación deja ingredientes de cine de ficción y en el cine de ficción pasea por el cine de animación…

Ésta es la historia de Nasser Ali, un virtuoso del violín, que un día decide meterse en la cama y esperar a la muerte. Pasan ocho días hasta que ésta llega. Durante estos ocho días de espera entendemos la decisión de Nasser, viajamos a su pasado, a su presente e incluso al futuro. Nasser Ali es un muerto en vida y en el lecho va repasando su vida con gotas de delirio y agotamiento. Así se construye la historia de un amor imposible y sus consecuencias así como la trayectoria de los personajes ‘amados’ que pululan por la vida de Nasser Ali. Su hermano comunista Abdel. Su esposa que le ama pero que nunca fue correspondida… y que sólo le conquista unos instantes por el estómago con su receta maravillosa de pollo con ciruelas. Su maestro de violín que en su juventud le dijo que no bastaba sólo la técnica para ser un buen músico. Su madre amantísima que en un último suspiro le pidió que dejara de rezar por ella. Sus dos hijos, una niña y un niño, que le hacen cuestionarse continuamente como padre. Y el amor de su vida, Irán, el amor imposible de juventud.

Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud emplean todas las técnicas del cuentacuentos para tenernos atados a la pantalla. Recrean un mundo mágico y especial donde aparece el ángel de la muerte o una madre se transforma en una nube de humo o los protagonistas llegan a una tienda llena de objetos imposibles… Y hay una voz en off que nos va acompañando a lo largo del metraje…, como si nos encontraramos en la cama con alguien contándonos al oído un cuento o en el calor de una hoguera o chimenea. En Pollo con ciruelas hay historias dentro de historias. Y sobre todo queda en el aire un secreto especial: cómo entender a un espíritu creativo. La complejidad de la creación artística y de los propios creadores.

Los directores han querido además de poner toda la fantasía posible en una triste historia de desamor y muerte elegir un reparto muy atractivo para dar vida a cada uno de los personajes. Así Nasser Ali, el músico que espera la muerte, tiene el rostro de Mathieu Amalric (cómo me gusta… le descubrí tarde en La escafandra y la mariposa y ya no le abandono). Y deleita con sus ojos saltones, con su pose de hombre triste y romántico y su halo de creador complejo y contradictorio. Maria de Madeiros se transforma en la triste esposa del violinista que siempre le amó y nunca fue correspondida. Isabella Rossellini (con un parecido brutal a su madre Ingrid Bergman) nos deja un bonito papel de madre con personalidad. La actriz iraní Golshifteh Farahani se convierte en el amor ideal del protagonista, Irán. Eric Caravaca es el hermano pequeño del imprevisible Nasser. Ambos protagonizan una bonita y difícil relación de hermanos. Y Chiara Mastroianni es la hija de Nasser cuando ‘viajamos’ al futuro y nos la encontramos como una mujer desengañada de la vida y tremendamente parecida a su padre.

Y en ese canto a la fantasía en Pollo con ciruelas también hacen referencias al cine como formar de expresión para contar, crear e imaginar. Así no falta imagen en la sala de cine donde dos personajes enamorados se dan la mano mientras ‘sufren’ con el fantasma de la ópera silente. O el hermano pequeño preocupado por su hermano mayor que ya no se levanta de la cama casi le convence de salir y ‘vivir’ cuando le dice que en una sala de cine ponen una película de Sofia Loren… no va finalmente a la sala de cine pero ‘sueña’ con Sofia.

Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud crean Pollo con ciruelas, un cuento para ver y escuchar en una tarde de verano…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Charles Laughton y Elsa Lanchester, un matrimonio más allá de los convencionalismos

Charles Laughton y Elsa Lanchester se conocieron en los escenarios a finales de los años veinte y no se separaron hasta la muerte de Laguhton en 1962. A través de las películas que protagonizaron juntos advertimos su complicidad y cómo fueron una ‘extraña pareja’. Laughton no pudo terminar sus memorias… así tan sólo quedó el testimonio de Lanchester tras la muerte del eterno esposo. Ambos dos protagonizaron un matrimonio más allá de los convencionalismos… Desde el principio Elsa supo que su señor amado era homosexual y llegaron ambos al acuerdo de permanecer juntos para siempre y así no alterar a la bienpensante sociedad británica y después al Hollywood conservador. Su relación, como todas las relaciones tuvo luces y sombras… no fue nada fácil pero capearon las tormentas del escándalo. Ante todo a los dos les unía un amor exacerbado hacia su profesión de actores. Y juntos lo demostraron varias veces. De sus andanzas en los escenarios nada nos queda (más lo que nos cuentan) pero sí del celuloide que compartieron.

Su primer éxito juntos fue la británica La vida privada de Enrique VIII del director y productor Alexander Korda a principios de los años treinta. La película supuso tal triunfo que sobrepasó las fronteras y los ecos llegaron a Hollywood. Él obviamente se convirtió en Enrique VIII y ella fue una de sus esposas, Ana de Cléves (de las que ‘corrió’ mejor suerte). Continuaron ambos fieles a Alexander Korda y al cine histórico así ambos protagonizaron Rembrandt. Laughton fue el ilustre pintor y ella la mujer que le amó cuando se encontraba más hundido…

Vuelan al otro lado del charco y deleitan en un capítulo maravilloso de una película del realizador francés Julien Duvivier. Se trata de Seis destinos, 1942, película mágica que narra la historia de diferentes personajes que poseen un mismo frac. El fragmento de Laughton y Lanchester es un pequeño relato emocionante e intimista sobre un pobre músico y su esposa. Junto al protagonizado por Edward G. Robinson son las dos historias que más me llegan. Al año siguiente también salen en otra película de episodios esta vez de varios directores y con el escenario único de una casa por la que pasan distintos inquilinos. No la he visto nunca y se llama Siempre y un día.

Después ambos se embarcan en un entretenido thriller donde él es el malo malísimo y ella una secundaria excéntrica, una pintora bohemia. El divertimento se llama El reloj asesino (1948) de John Farrow. 

Y se despiden de todos nosotros con otra película de intriga maravillosa, divertida y entretenida… Testigo de cargo (1957) de Billy Wilder. Y los dos vomitan complicidad como el abogado enfermo y la enfermera quisquillosa… pero que finalmente ambos se admiran y se quieren… a su manera.

Charles Laughton y Elsa Lanchester, un hombre y una mujer complejos, con luces y sombras, que supieron sin embargo unirse y romper convencionalismos sociales… Y de paso dejarnos su huella en metros y metros de fotogramas.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Amigos apasionados (The passionate friends, 1949) de David Lean

… en un momento clave de la película Steven (Trevor Howard) le dice a Mary (Ann Todd) que se dirigen hacia las nubes. Y ésas son las palabras que definen su relación y el tono de esta magnífica película de David Lean desconocida por mí hasta ahora. Cuando Steven y Mary se encuentran, directamente entran en un estado de ensoñación que les hace estar en las nubes. Porque ése es el sentimiento que tiene Mary de su historia con Steven, nunca terminada. Amigos apasionados es un relato subjetivo desde el alma de una mujer. No es más que un precioso monólogo interior. No tenemos por qué entender a Mary pero sentimos con ella su historia con Steven (su amor de juventud) y Howard (su marido, un siempre venerado Claude Rains).

A David Lean se le suele relacionar con grandes epopeyas como El puente sobre el río Kwai, Lawrence de Arabia o Doctor Zhivago, pero sin embargo también cultivó un cine intimista cuya obra más difundida es la maravillosa Breve encuentro. Amigos apasionados entraría en este segundo grupo. Cuenta de manera excepcional, empleando la narración cinematográfica (un uso de la imagen y la puesta en escena brillante y excelente) con delicadeza, una historia a tres bandas. La historia que une los destinos de Mary, Steven y Howard. La narración es preciosa y exquisita y en un principio piensas que los amigos apasionados a los que se refiere el título son Mary y Steven… pero en la impresionante secuencia final para mí queda claro que los amigos apasionados son sin duda Mary y Howard. David Lean toma como inspiración un relato, que desconozco, de H. G. Wells (sí, sí el autor de La guerra de los mundos).

Si nos quedamos en la superficie podemos decir que Amigos apasionados narra la historia de un adulterio. Pero es quedarse muy en la superficie porque lo hermoso de David Lean es cómo narra esta historia a tres bandas. Amigos apasionados empieza con un monólogo interior y encadena una serie de flash back para narrarnos la historia siempre inconclusa y los encuentros entre Mary y Steven. Ellos fueron jóvenes enamorados pero Mary decide no entregarse al amor fou, no pertenecer a nadie sino a sí misma, como ella explica a un confuso Steven… Mary opta por una vida práctica y sin riesgo alguno con un hombre más mayor que ella y bastante rico que solucionará su vida para siempre. Mary se casa con Howard, que tiene la misma perspectiva práctica del matrimonio. Con lo que no cuenta Mary es que cada vez que se encuentre a lo largo de los años con Steven se va a montar en una nube y le va a costar bajar de ella… Y lo que no se espera Mary es que en el encuentro crucial con Steven que desencadena la película, ese encuentro en un paisaje idílico de Suiza entre montañas y naturaleza… va a cambiar su vida de manera radical. De tal manera que la segura y fría Mary pierde las riendas de su existencia y su brújula perfectamente construida deja de funcionar. Y lo que menos se espera es quién la va a rescatar…

No hay mejor manera que mirar Amigos apasionados más que dejándose llevar en ese terreno de ensoñación en el que navega la película. David Lean nos la cuenta desde el corazón de la protagonista que no para de latir y reflexionar. También en este triángulo de infidelidades juega muy bien a la intriga y el suspense dejándonos escenas memorables como la de los prismáticos y la primera reunión de los tres en casa de Mary y Howard. Además los tres personajes están magníficamente perfilados y muy bien interpretados (¡bendito Claude Rains!).

El uso de la narración cinematográfica por parte de David Lean es uno de los puntos que más he disfrutado y más me ha emocionado en Amigos apasionados. Podría elegir muchísimas escenas pero comparto una: y es el momento en el que Mary vuelve corriendo de su ‘breve encuentro’ en las montañas suizas con Steven a la habitación de su hotel para poder despedirse de él desde el balcón ya que Steven tiene que irse en lancha a continuar su viaje de trabajo. Toda esta escena la está viendo un Howard roto sentado en una silla. Ve cómo su esposa entra corriendo a la habitación, con un traje blanco bellísima, cómo se precipita al balcón, cómo se despide emocionada del amado, cómo se queda rota ante la despedida y cómo se da la vuelta con lágrimas en los ojos y entra a la habitación… y se encuentra con él mirándola desde la silla… Todo sin una sola palabra.

La cámara trata con sumo cuidado cada uno de los gestos de Ann Todd como Mary. Sus ojos en penumbra cuando va a realizar un viaje al pasado o va a protagonizar una ensoñación. Su sonrisa ante la alegría de una llamada o la esperanza de un encuentro. Los sentimientos pasean por el rostro de la actriz. Y es que Amigos apasionados es uno de esos ejemplos de un director de cine enamorado de su actriz… y que logra que eso trascienda más allá de la cámara. Terminó casándose con Ann Todd y realizó con ella dos películas más: Madeleine y La barrera del sonido. Llevaba un tiempo detrás de las películas de ambos. Y ésta ha sido mi primera y satisfactoria incursión. A Ann Todd sólo la tenía localizada como la esposa de Gregory Peck en El proceso Paradine, película de Hitchcock no muy bien valorada y que sin embargo, como ya escribí en un lejano post, a mí me gusta y fascina bastante.

Y ha sido también un descubrimiento de otro buen trabajo de dos actores que me gusta ir localizando su filmografía. Uno es Claude Rains, uno de esos actores que difícilmente decepcionan y que además son camaleónicos. Y el otro es Trevor Howard protagonista también de Breve encuentro.

… y mientras el calor sigue en estas tardes de verano, puede llegar a olvidarse subiéndonos en una nube para encontrarnos con la historia de unos amigos apasionados.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Elefante blanco de Pablo Trapero

“Pero lo que más me gusta son las cosas que no se tocan…”, dice así la canción de los Intoxicados que se oye al principio y al final de esta nueva película de Pablo Trapero, Elefante blanco. Y es cierto, ahí está la más bella de las sinopsis posibles, Elefante blanco trata sobre “las cosas que no se tocan”. Y a mí fue de esas espectadoras que le llegó, que percibió lo que no se toca y por ello se emocionó profundamente.

Desde la primera secuencia, Pablo Trapero me atrapó con su forma de contar. En la presentación de los dos protagonistas se toma unos 10 minutos o más de este intenso largometraje sin empleo de la palabra… y ya nos cuenta a través de la imagen y de la acción sin embargo mucho de esta historia y de la actitud ante la vida de dos hombres que hasta que no pasan esos minutos iniciales no sabemos que ambos dos son dos curas católicos.

Al primero que vemos es al padre Julián al que le están haciendo un escáner cerebral. Y después nos encontramos frente a frente al padre Nicolás que se encuentra en plena selva y se convierte en un superviviente con miedo de un ataque paramilitar a una pequeña aldea.

Después Julián va a buscar a un Nicolás traumatizado y herido. Se queda junto a él y cuando se encuentra algo mejor se lo lleva a una barriada de Buenos Aires. En el trayecto en coche les lleva una joven, la tercera protagonista y trabajadora social laica, que les deposita en la zona donde va a transcurrir el metraje: una gran mole, un antiguo proyecto de hospital, que recibe el nombre de Elefante blanco, donde alrededor se articula toda una vida vecinal y un proyecto social que los protagonista tratan de sacar adelante… y entonces comenzamos a oír la música de los Intoxicados. Pablo Trapero, por lo menos, a mí ya me atrapó para su historia.

Los tres protagonistas son Ricardo Darín, Jérémie Renier y Martina Gusmán. El primero y la tercera (también es la esposa del director) ya han trabajado con Pablo Trapero, de hecho todavía es reciente esa relación trágica y triste entre dos personajes rotos en la tremenda Carancho. El cine de Pablo Trapero siempre muestra una herida de Argentina. Empezó en el mundo del largometraje en 1999 con Mundo grúa y se ha ido consolidando con una filmografía interesante: El bonaerense, Familia rodante, Leonera…

… Aquí Trapero no sólo trabaja también con el actor belga Jérémie Renier sino que también toma trazos del cine social y de la manera de narrar cinematográficamente de los hermanos Dardenne (Renier es su actor fetiche) totalmente integrados con su estilo visual. Así Elefante blanco se convierte en una película potente que trata de atrapar las complejidades de la vida en las barriadas de Buenos Aires. Asistimos a la vida vecinal, a los problemas más acuciantes como el de la vivienda, la falta de futuro de los jóvenes, las dificultades de trabajo, y la red de narcotraficantes. A la vez la inoperancia de los poderes locales y la falta de compromiso de las altas jerarquías de la Iglesia así como la represión policial en toda su crudeza. Y en medio de toda esta vorágine el trabajo diario no sólo de los vecinos que tienen que vivir ahí su día a día sino de personas que se comprometen con una barriada, con un proyecto social, con un intento de transformación y de mediación para intentar mejorar la situación social de la zona. Ahí están estos curas villeros (que trabajan en estas villas) muy alejados en su forma de entender la religión y el compromiso con el otro de los altos estamentos de la Iglesia. Y también nos encontramos con una trabajadora social militante en su forma de trabajar y vivir la barriada. Y estos personajes, los tres, son absolutamente humanos. No son héroes. Son ciudadanos que se comprometen hasta los tuétanos. Pero los tres tienen miedos, cansancios, desengaños, defectos, dudas, ganas de abandono… pero los tres terminan teniendo claro que les ‘ata’ la barriada y lo que les ocurra a sus gentes… aunque tengan distintas actitudes, distintos pensamientos, distintas maneras de encarar los problemas y distintas maneras de encontrar soluciones. Sin embargo los tres crean un fuerte triunvirato continuamente a prueba.

Son muchas las escenas que conmueven. Y muchos los momentos de reflexión. Uno de ellos es la continuidad en la lucha y cómo evolucionan las formas de violencia. La película lanza un homenaje al padre Carlos Múgica, un cura villero que fue asesinado en el año 1974… Julián continúa en la misma lucha que Múgica. Sigue enfrentándose a los mismos problemas en las barriadas, con las mismas dificultades (que han evolucionado pero siguen siendo dificultades). Julián es respetado en el barrio pero día a día se enfrenta, con el mismo tesón, a problemas continuos. Julián es una figura incómoda, cuando quiere ir más allá de la labor pastoral, para las autoridades locales, eclesiales y para las fuerzas del orden. Julián tiene el rostro de Ricardo Darín. Y Ricardo Darín es uno de los actores más creíbles cuando refleja a un hombre sobrepasado por los problemas y cansado de llevar las riendas… pero que finalmente no se rinde nunca. No hay nadie como Darín para darnos esas escenas en las que desearía mandarlo todo a la mierda. Y le entiendes perfectamente. Ya lo hizo de manera magistral en El hijo de la novia y ahora aquí en Elefante blanco nos enseña otra escena con la misma fuerza. A Julián se le escapan las fuerzas y con ello le sobrevienen las dudas. Pero quiere estar seguro de que este trabajo social va a continuar y en las manos de las personas adecuadas, comprometidas, con una cultura de paz por bandera.

También como el padre Nicolás está magnífico Renier. Cada vez me gusta más. Me conmueve con los Dardenne. Me ha convencido con Trapero. Él es un cura que ha vivido frente a frente con la muerte y eso le remueve. Le remueve sus creencias. Le remueve la mirada. Si ya estaba convencido de la acción y el impulso ahora lo ve más claro. Y conecta totalmente con la mirada, la militancia y la forma de trabajar de la trabajadora social (Martina Gusmán, totalmente creíble).

Y en una barriada hay sitio para los momentos hermosos y festivos, para el día a día, y también para el horror. Para el recogimiento y la confesión. Para el amor. Pero sobre todo para lucha y desgraciadamente para la tragedia de personas cotidianas que sólo tuvieron la mala suerte de nacer y vivir en una barriada donde la injusticia social y otras más campan a sus anchas.

Pablo Trapero me atrapó totalmente porque “lo que más me gusta son las cosas que no se tocan”.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

El Skylab (Le Skylab, 2011) de Julie Delpy

El Skylab es mi primer acercamiento a la Julie Delpy directora. Y no ha sido un acercamiento del todo satisfactorio aunque sí reconozco un estilo, una forma de contar y algunos aciertos. Sin embargo no salí del cine exultante sino más bien fría ante una historia que tenía todos los ingredientes para emocionarme profundamente. Existe prácticamente un subgénero que es el de las reuniones familiares y que ha dado frutos en el cine europeo como Una partida de campo de Jean Renoir por irnos al terreno de lo clásico o siguiendo la misma senda la maravillosa La familia de Ettore Scola o si nos topamos con el presente, La prima cosa bella. Hay reuniones familiares escalofriantes como la que muestra Vintenberg en Celebración. Y así un largo etcétera. Delpy opta como La prima cosa bella por la nostalgia. Y nos traslada a un largo día de un verano de 1979.

A mi parecer el primer ‘pero’ de esta obra cinematográfica es la premisa de la cual parte para retroceder en el tiempo en un largo flash back y hacer entender al espectador que el punto de vista que va a predominar es el de la niña Albertine. Una premisa totalmente insustancial, tan insustancial que es una escena absolutamente prescindible al igual que la escena final del regreso del flash back. Los dos signos de paréntesis con los que se abre y cierra la película carecen de fuerza e interés… con lo cual ya no entro con emoción ni salgo con la nostalgia en la mirada. Me desinflo en un segundo.

Pero una vez que nos vamos al pasado… hay algo que me encanta en la manera de rodar Julie Delpy este día en la casa de la tía Suzette para celebrar el cumpleaños de la abuela… Es casi como si pusiera una super 8 en funcionamiento y a rodar… Así consigue una atmosfera amateur donde todos se comportan de manera espontánea y natural… al igual que todo lo que acontece y nos traslada a esos años 70 y en concreto a un día determinado: 11 de julio de1979, día en que la estación espacial estadounidense Skylab cayó sobre territorio australiano.

Así como ocurría en esas grabaciones familiares en super 8 hay momentos que merecen la pena, que son divertidos, nostálgicos, frescos (como el cuento de la dorada en el coche)… y otros que no tienen interés alguno. Con El Skylab de Julie Delpy ocurre lo mismo. Aparte me ocurrió algo… no empaticé con prácticamente ninguno de los personajes adultos. A mi parecer lo más conseguido por Delpy y lo más logrado es su reflejo del mundo de la infancia y la adolescencia. Es decir el mundo que rodea a Albertine y sus primos. Las peleas rápidas, las reconciliaciones más veloces aún, los juegos que son siempre aventura, el vivir el sexo a través del juego de manera totalmente limpia y natural, los amores veraniegos, los primeros desengaños, las carreras, los baños en la playa, los primeros guateques, el descubrimiento de la muerte, el amor por los más mayores, las reuniones en la tienda de campaña, las historias de miedo…

En El Skylab es la caracterización del mundo adulto y los conflictos (en exceso condensados) lo que menos me llegó. Sin embargo no faltan las grandes comilonas, los momentos de viva la familia y los momentos de no los aguanto, las discusiones políticas, las bromas, las confesiones… y las pinceladas de algunos personajes que te llegan como el tío abuelo Albert o las dos abuelas.

… Sin embargo como aquellas películas de super 8 las empiezas a ver con emoción y pronto te van cansando o resultando un poco pesadas…. Algo así me sucedió con El Skylab en algunos momentos estaba absolutamente metida en la trama, y me decía, “ya estoy metida plenamente en la historia”… y de pronto salía bruscamente y tenía ganas de mirar el reloj…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Dos tipos de cuidado, 1952, de Ismael Rodríguez

A mi querido cuñado Enrique. En su persona forma la ecuación perfecta: raíces burgalesas más raíces libanesas = George Clooney mexicano.

Sí, prometo un ciclo de golpeadores…

A través de Dos tipos de cuidado, comedia ranchera por antonomasia, podemos acercarnos a una cara del periodo conocido como la edad de oro del cine mexicano (de mediados de la década de los 30 hasta finales de la década de los 50). Esta película es tremendamente popular en México (de esas películas que se pasan continuamente por los canales de televisión) y en su época supuso todo un hito porque unía a los dos héroes mexicanos (con permiso de otros galanes de la época): Jorge Negrete y Pedro Infante. La escena culminante de esta rítmica comedia de enredo es cuando ambos divos llevan a cabo un duelo de sones. Los dos rancheros con sus trajes y enormes gorros, con toda su gallardía, antes de empuñar las pistolas empuñan sus voces…

Y es de esas películas que siguiendo sus créditos descubres un montón de sorpresas. Dos tipos de cuidado cuenta con un ritmo adecuado que enseguida te introduce en la sencilla trama: dos grandes amigos están enamorados de dos mujeres. Jorge Bueno (Jorge Negrete) de Rosario (Carmelita González), prima de Pedro Malo (Pedro Infante), y éste está enamorado de María (Yolanda Varela), hermana de Jorge. Durante un año de ausencia de Jorge, a su regreso descubre que su mejor amigo se ha casado con su novia y que además ésta acaba de tener un bebé… y así empieza toda una serie de enredos y malentendidos, de enfrentamientos entre ambos amigos… hasta llegar a la resolución de la verdad… y cada oveja con su pareja…

Los dos charros se desenvuelven en el mundo rural mexicano de los años cincuenta entre la tradición y la modernidad (Jorge Bueno aparece con un cochazo y no en caballo… aunque los caballos siguen realizando su labor). Representan el estereotipo del hombre mexicano en aquellos años: con aficiones como el juego, la fiesta y los amores con lindas muchachas pero a la vez respetuosos y serios con las novias formales y sus familiares, leales, buenos amigos, honrados… y machistas. Son digamos la representación del ‘macho’ mexicano. Y ellas se transforman en la representación de la mujer mexicana de los cincuenta (que nada tiene que ver con el estereotipo que creo La Doña, María Félix): honradas, dignas, floreros, obedientes, bellas, celosas, buenas esposas, hijas y madres, melodramáticas…

Y entre enredo y enredo aparecen míticos actores secundarios de la época dorada del cine mexicano. Destacaremos a dos. Mientras estaba viendo esta película el personaje secundario que más me divertía y el que me parecía mejor construido es el padre de Rosario, un libanés. El suegro es un personaje divertidísimo y sus apariciones siempre preludian una risa o sonrisa. Así descubro tras su rostro a Carlos Orellana. Pues bien Orellana no sólo es actor de reparto de esta comedia sino también uno de sus guionistas junto al director de la película. Así descubrimos uno de los talentos de la época dorada, Orellana hizo de todo en el cine mexicano… actuó, dirigió y escribió. Tenía especial cuidado en la construcción de argumentos. Otro de los personajes secundarios es la madre de Jorge Bueno, una señora anciana con el rostro de Mimí Derba. Detrás de este rostro descubro la historia (desconocida para mí) de una mujer apasionante y pionera. Mimí a lo largo de su azarosa vida hizo de todo: fue empresaria, vedette, cantante, actriz, escritora… y un largo etcétera. Pero lo apasionante también es que fue una de las pioneras del cine silente en México con labores de producción, dirección, escritura de historias… y actriz. Será una gozada investigar más sobre ella.

El director-productor y guionista de la película Ismael Rodríguez también es uno de los nombres claves de la etapa dorada del cine mexicano. Rodríguez creo un cine que arrastraba al pueblo mexicano a las salas (y su cine también saltó las fronteras). Sus géneros estrellas eran la comedia y el melodrama. Y trabajó con los mejores, entre ellos Pedro Infante o María Félix.

Pero las sorpresas no terminan. Mientras veía la película sí que es cierto que veía ciertas soluciones visuales que mostraban no sólo que Rodríguez dominaba el lenguaje cinematográfico sino que detrás estaba también un buen director de fotografía. Y al leer quién era el director de fotografía me encuentro con Gabriel Figueroa. Uno de los mejores y más famosos directores de fotografía de la época que además también trabajó fuera de las fronteras mexicanas. Yo le conocí por primera vez cuando vi la impresionante película de Buñuel Los olvidados. Pero también me topé con su nombre ante una de esas películas que me entusiasman de John Huston, adaptando un cuento de Tennessee Williams, La noche de la Iguana.

Así que os hago una nueva recomendación para tarde veraniega delante de un chupito de tequila… y dispuestos a disfrutar de una divertida ‘guerra’ entre charros…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.