The deep blue sea (The deep blue sea, 2011) de Terence Davies

La voz en off de Hester Collyer lee una carta de despedida a su amante Freddie. Paseamos por una calle londinense de posguerra que nos lleva hasta una ventana en la que asoma el rostro de una mujer, la propia Hester (Rachel Weisz), que cierra las cortinas de su apartamento y prepara cuidadosamente su suicidio. Fundido. Cierra el cerrojo de la puerta. Fundido. Coloca una toalla bajo la ranura. Fundido. Prepara la cama. Fundido. Enciende el gas. Fundido. Se toma unas pastillas. Fundido. Se tumba. Y aturdida entre el gas que se escapa, la depresión que arrastra y las pastillas que consume nos hunde en sus emociones más profundas. En unas emociones reconstruidas que nos sitúan en el alma de una mujer rota, cubista. Hester entre dos hombres en un país derrumbado como sus propias emociones. En un despacho un hombre mayor y metódico lee su correo, al lado, en un sillón se encuentra Hester. Los dos se miran y se sonríen. Después vemos el rostro de Hester. De sus ojos se deslizan las lágrimas. En una especie de club Hester está tumbada y se acerca un joven apuesto, ella se ilumina, y él como un héroe hermoso le dice palabras amables. Dos cuerpos desnudos se enredan y se aman. En diez minutos sin apenas palabras el director británico Terence Davies, con el romanticismo exacerbado que se desprende del concierto para violín y orquesta opus 14 de Samuel Baber, atrapa irremediablemente a un espectador que ya se encuentra atraido por el mundo interior de una mujer enamorada y rota a la vez.

The deep blue sea es un melodrama desatado y elegante que te mantiene en un estado catatónico desde el primer instante hasta que en una maravillosa estructura circular Hester vuelve a asomarse a la ventana pero esta vez para abrir las cortinas y devolvernos a esa calle devastada por la guerra (como el interior de la protagonista) en la que corretean unos niños que anuncian que la vida sigue…, continúa.

Cada uno de los personajes se encuentra en sus cárceles íntimas en un mundo que se ha ido desmoronando a su alrededor pero que ha sobrevivido a una dura guerra y ahora trata de hacer frente a una dura posguerra…: Hester, su marido el juez William Callyer (Simon Russell Beale) y el amante Freddie Page (Tom Hiddleston), un joven ex aviador que no se acostumbra a los tiempos de paz…

Y es que Hester trata desesperadamente de escapar de su encorsetada y aburrida vida que la hace permanecer segura pero vacía. Trata de huir de una educación conservadora y espartana donde no hay sitio para el placer, el deseo, los sentidos. Donde no hay posibilidades de sentir. Se encuentra con un marido que la protege y ama, la cuida, pero no la hace temblar. Y se enfrenta a una suegra castradora que representa la rígida moral que acompaña esos tiempos y a los recuerdos de un padre igual de represor… Entonces en su camino se cruza el bello héroe de guerra. Un hombre vital que disfruta de los placeres y la hace sentir y vibrar… Pero que esconde a un hombre frustrado, inseguro y perdido en tiempos de paz, que se deja llevar por la bebida… pero que vive, siente, toca, vuela y la arrastra a un mundo de sensaciones y sensualidad. Estar con su amante supone un pacto ilusorio de libertad, de no pedirse nada el uno al otro, de no pertenecer… Pero pronto descubre que se encuentra encerrada en dos tipos de amor… y que no logra ser feliz porque su jaula sigue cerrada.

Volver con su esposo, enamorado, supone ser una muerta en vida. Estar con su amante conlleva ser letales el uno con el otro, el otro con el uno. Porque uno siente la vida a lo cubista (Hester) y otro se escapa al impresionismo sensual de Monet (Freddie). Y en esa encrucijada… cuando se encuentra en absoluta soledad esperando al amante que ha olvidado su cumpleaños, nos encontramos a Hester. Todo el remolino de emociones transcurre en unas horas, apenas en un día (con su noche)… pero sólo a través del prisma emocional de Hester viajamos a los recuerdos y a la nostalgia que reconstruye su vida junto a William y a Freddie. Y entre esas emociones y recuerdos la acompañamos en un anochecer en el que su vida pega otro giro brutal pero que la permite, quizá, empezar desde cero.

El espectador se ve envuelto por cristales a través de los cuales ve a los protagonistas, pub llenos de gente que se agolpa y se acompaña, apartamentos oscuros con lámparas que iluminan lo justo, puertas que se cierran o se abren, ventanas con cortinas, espejos donde se reflejan los rostros (y mucho más), una cabina telefónica que se convierte en una pequeña cárcel, luces de velas y farolillos, todo envuelto por un color ténue (casi sombrío), escaleras por donde transcurre la vida, callejones oscuros, una estación de metro, lluvia y el humo envolvente de los cigarrillos. En el corazón de Hester habita la tristeza, la soledad y la melancolía pero también una sensibilidad especial para atrapar los recuerdos, las emociones y las sensaciones.

Terence Davies conoce los mecanismos del melodrama exacerbado y nos hace llegar al éxtasis en varios planos-secuencia donde la música sigue elevando las emociones hasta alturas insospechadas. Así vivimos una regresión en plena guerra donde una estación de metro se convierte en refugio y donde todos se unen para combatir el miedo entonando una canción tradicional triste, Molly Malone. O una de las veces que nos metemos en un pub en el que Hester es feliz con su amante. Ambos se funden en un cántico con todos los presentes que al unísono entonan un éxito de los cincuenta You belong to me. Entonces nos trasladamos a una escena íntima en la que los amantes bailan esta misma canción pero esta vez con la voz de una de las intérpretes que la convirtió en mítica, Jo Stafford.

Confieso que ha sido mi primera incursión en el cine de Terence Davies (y ahora me muero de ganas por conseguir otros títulos de su filmografía) pero he vibrado porque bebe de las raíces del melodrama y porque me ha contado una historia con un uso del lenguaje cinematográfico que me ha llegado hasta la médula. Terence Davies adapta una obra teatral del dramaturgo y también guionista Terence Rattigan. Yo el nombre de Terence Rattigan lo recuerdo porque Delbert Mann adaptó en cine otra de sus obras en una película que me gusta mucho Mesas separadas (1958) o porque el guion (que adaptaba una obra teatral propia) de El príncipe y la corista (1957) de Laurence Olivier lleva su nombre. Pero volviendo a lo que nos interesa Davies rescató entre todas sus obras como dramaturgo, The deep blue sea (1952) y la ha transformado en puro lenguaje cinematográfico. Curiosamente ya hubo otra Hester Collyer cinematográfica con cara de Vivien Leigh (y sinceramente me la imagino en este personaje) en la película del mismo título que dirigió en 1955 Anatole Litvak, película que todavía no he visto.

Pero fueron dos películas británicas, mientras me zambullía en el mundo de Hester, las que me vinieron a la cabeza. Dos películas británicas que además de ambientarse más o menos en la misma época también plantean un torbellino de emociones en las que siempre hay una protagonista femenina atrapada que se debate entre el amor conyugal y seguro y el amor pasional al lado del amante… rodeada de un mundo devastado por la guerra que trata de reconstruirse. Las raíces literarias de las tres historias son muy distintas (Terence Rattigan, Graham Greene y H. G. Wells) pero sin embargo las coincidencias narrativas las unen en una trilogía cinematográfica que nos ofrece tres retratos femeninos en la misma encrucijada que resuelven de distinta manera.

Una es Vivir un gran amor (1955) de Edward Dmytryk que adapta a Graham Greene y nos ofrece la historia de Sarah Miles (Deborah Kerr), esposa de un funcionario británico, que conoce en una fiesta a un escritor americano (Van Johnson) y en plena II Guerra Mundial se enamoran locamente y derriban todas las barreras. Pero inexplicablemente para un desolado amante, Sarah rompe bruscamente su historia en común. Y la otra, la descubrí hace muy poco, es Amigos apasionados (1949) de David Lean que relata las emociones de Mary Justin (Ann Todd) que vive cómodamente casada con un marido más mayor que ella (sin embargo ambos gozan de una evidente complicidad y pragmatismo respecto el matrimonio) pero se vuelve a cruzar en su camino un amor de juventud (Trevor Howard). El triángulo vuelve a estar servido. Mary Justin también vive un momento crucial en una estación de metro.

El melodrama sigue vivo y regresa con nuevas lecturas que enriquecen el género además de recuperar continuamente la mejor narración cinematográfica. Desde finales del siglo XX hasta la actualidad la veda del melodrama está abierta con obras cinematográficas tan significativas como El fin del romance de Neil Jordan (que vuelve a retomar la historia de Vivir un gran amor), Lejos del cielo donde Todd Haynes vuelve a leer el melo a lo Douglas Sirk en pleno siglo XXI o este mismo director nos regala la cuidada serie de televisión Mildred Pierce con un depurado y elegante uso de las claves del género.

The deep blue sea supone un paseo por emociones desatadas, amor fou, nostalgia, recuerdos y todo un abanico de imágenes que te sumergen a un estado de éxtasis difícil de controlar. El espectador acompaña irremediablemente a la catarsis emocional de Hester…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Abbott y Costello contra los fantasmas (Abbott y Costello meet Frankenstein, 1948) de Charles Barton

… Sigamos con las risas. El lunes aproveché el ansiado día del espectador en los Verdi y me metí en una película terroríficamente divertida. ¡Y vaya si paré algún momento de carcajearme! Estos cines llevan a cabo una bonita labor que es proyectar clásicos en alta definición en una hermosa pantalla blanca.

Este estreno lo han hecho coincidir con el centenario de la productora de los monstruos: Universal Pictures. En esta productora vivían todas las criaturas amadas que poblaban nuestras pesadillas de infancia: Drácula, Frankenstein y su novia, El hombre lobo, La momia, El hombre invisible… pero hubo un momento en que estos monstruos después de una guerra cruel y de muchos momentos duros ya no daban el miedo que causaron en sus primeras apariciones… Eran más inocentes que los propios humanos y el público ya no se asustaba con ellos.

Así que las películas protagonizadas por estos míticos monstruos fueron fracasando en taquilla… Parecía que iban a quedarse sin trabajo. Ya no daban miedo. Entonces a la Universal se le ocurrió una idea ¿y si protagonizan una película donde se den situaciones divertidas? ¿Y si los monstruos nos divierten en vez de asustarnos? ¿Y si nos reímos de ellos y con ellos? ¿Y si metemos a dos cómicos muy cómicos y que vivan una y mil aventuras con los monstruos…? Y nació Abbot y Costello contra los fantasmas y una segunda carrera profesional para aquellos que nos dieron tanto miedo, les seguiríamos queriendo pero además esta vez moriríamos de la risa.

Abbott y Costello son dos transportistas a cada cual más tonto… y reciben dos cajas enormes bien embaladas que tienen que llevar a un museo del terror. Pero este encargo no es tan sencillo… Abbott y Costello se enfrentan ni más ni menos que con Drácula (Bela Lugosi), Frankenstein (Glenn Strange), el hombre lobo (Lon Chaney Jr) y por aparecer aparece hasta el hombre invisible. También se las tienen que ver con el dueño del museo, un hombre insoportable (Frank Fergunson) y con toda una mujer fatal (Lenore Aubert) y con otros secundarios que no pintan mucho pero así dan más dosis de surrealismo a la película.

Están absolutamente todas las claves de las películas de terror de la Universal, los ambientes tenebrosos, las apariciones, las sombras, las transformaciones… pero lloras de la risa porque en todo momento hay dos panolis que ponen patas arriba el mundo de las criaturas. Y en todo momento sientes la inocencia de esos monstruos.

Hay castillos tenebrosos, noches de luna llena, luchas terribles, un Frankenstein con toda su fuerza bruta, habitaciones con puertas falsas, laboratorios extraños, bosques tenebrosos, oscuridad, ataúdes, gritos… pero ves a Drácula, un Bela Lugosi que te trae a la memoria ese anciano decadente de Tim Burton, que trata de hipnotizar con sus ojos y sus manos a sus ‘víctimas’ y te entra una ternura increíble. Lo mismo pasa con un hombre que se transforma en lobo que pide por favor que le encierren en la habitación. O ya es el colmo con un Frankenstein agotado (siempre víctima) al que quieren trasplantar un cerebro con menos coeficiente intelectual que el suyo para que sea imposible que se rebele y siempre obedezca… Esos monstruos que tratan de seguir haciendo con la misma dignidad su trabajo… y lo consiguen.

Abbott y Costello nos divierten todo el rato a un ritmo vertiginoso (hacen reír ellos mismos con sus gestos, su manera de comportarse, su físico y viven además situaciones que nos causan risa). El director Charles Barton dirigiría a la pareja de cómicos en varias ocasiones y en varios éxitos. Y ya algo que me dio más ternura todavía fueron los buenos pero inocentes efectos especiales: ese Drácula que se transforma en murciélago (animado) o ese hombre que se convierte ante nuestros ojos en hombre lobo…

… Leo la hoja informativa de esta película y me corrobora algo que se intuye mientras la ves y es que fue una película pionera en mezclar el terror y la risa. Sentimos su influencia posterior. Así enseguida recuerdo esas series de televisión de reposición que me encantaban en mi infancia y me reconciliaban con los monstruos: la familia Monster y la familia Adams. Pero la influencia de esta película sigue siendo alargada…

Algún día hablaremos largo y tendido de parejas de cómicos que nos hicieron reír (o no) a lo largo de las décadas: del Gordo y el Flaco, de Abbott y Costello, de Bob Hope y Bing Crosby, de Jerry Lewis y Dean Martin…

… Lo importante es una cosa, lo importane es seguir riendo…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Una reflexión de septiembre y tres minicríticas (Elena, El amigo de mi hermana y Brave)

Antes de empezar con las minicríticas quiero señalar que soy una ciudadana con ‘hambre de cine’. Lo necesito para levantarme por las mañanas. Para mí el cine no es un ‘mero entrenimiento’ sino que me abre los ojos a otros mundos, me hace reflexionar sobre la realidad que vivimos, me proporciona conocimientos sobre el ser humano, me permite acercarme a otras doctrinas que enriquecen (filosofía, literatura, pintura, música…), me deja viajar, me da la posibilidad de crear… y me hace pensar.

El cine también cambia mi estado de ánimo y me hace crecer como persona. Y hay películas que me permiten atesorar una esperanza y que quizá hacen un clic en mi cabeza para no ver todo tan negro. Me crean la posibilidad de creer en que otro mundo es posible. Otras por el contrario me permiten que baje a la tierra y pise tierra firme, me enfrentan a un mundo y a una sociedad injusta. Películas que logran avivar el espíritu de indignación (entendiendo indignación como un estado contrario al de la pasividad y el sometimiento). Películas que animan a la implicación o a la acción para la transformación de un mundo que siempre parece que se derrumba y trágicamente frágil. Películas que descubren los mecanismos de poder y las estrategias del miedo…

Y para mí es todo un ritual sagrado ir al cine a una sala oscura con una pantalla grande. Y quiero seguir con este ritual sagrado. Porque sí que es cierto que hay otras plataformas y otros soportes para ver cine (sin irse más lejos… en el salón de mi casa) pero no se consigue totalmente la experiencia de ver una película en una sala con una pantalla blanca enorme…

Transcribo tan sólo un breve párrafo de un magnífico artículo de Enrique Urbizu en la revista Fotogramas del mes de agosto (nº 2026, pág 8, sección La firma invitada): “Ir al cine implica una aceptación temporal de una doble cautividad, física y sensorial: en el cine se nos ruega silencio, inmovilidad, invisibilidad. Dejar de estar en una sala que, a su vez, también dejará de existir. La luz se apaga gradualmente, el entorno desaparece y, obligatoriamente, nosotros también. Ahora, si la pantalla iluminada frente a nosotros nos cautiva, se produce el fenómeno de la hipnosis colectiva. Es el espejismo colectivo de mayor eficacia jamás inventado. Si el truco funciona te hará reír, llorar, desear, sufrir… Y aceptamos gustosos estos paréntesis”.

Quiero seguir acudiendo a la sala de cine y ver películas en la pantalla blanca… No quiero que se convierta en un lujo tan sólo para unos pocos. Recuerdo otro párrafo de un buen libro de cine (100 películas sobre historia contemporánea de José María Caparrós Lera. Alianza editorial) que se me quedó grabada: ciudadanos norteamericanos que durante el crack del 29 exigieron que el cine fuera gratuito porque para ellos era una necesidad básica como el pan y el vestido. Tenían que saciar ese ‘hambre de cine’ para salvaguarda su salud mental.

Relaciones familiares

Ahora mismo en cartelera hay tres películas que presentan desde diferentes ópticas las relaciones familiares. Una de la manera más cruda. Otra nos ofrece relaciones entre hermanos pivotando entre la comedia romántica y elegante y el cine independiente. Y la otra puro cine de animación que nos sumerge en un mundo de cuento para hablarnos de las relaciones madre-hija.

Elena (Elena, 2011) de Andrei Zvyagintsev

Primera incursión en la cinematografía del ruso Andrei Zvyagintsev. Elena es una película perfectamente construida de principio a fin. Elena desgarra e inquieta. Elena es el retrato de una madre, una esposa, una abuela de la Rusia contemporánea. Esa Rusia donde unos se subieron al carro del capitalismo salvaje y otros se quedaron en el camino de la supervivencia y la apatía. Una brecha enorme que destroza y que muestra el sálvese quien pueda de la manera más salvaje. Y esta brecha y estas decisiones para la posible supervivencia (para subirse al carro del bienestar), muy difíciles de juzgar moralmente, se personifican en Elena. Una Elena que elige sacar de la apatía a su hijo y dar un posible futuro a sus nietos. Y esa elección es brutal. Andrei Zvyagintsev emplea una narración cinematográfica que arrastra y lleva a una profunda tensión: la imagen idílica final da muchísimo miedo, es una escena que provoca terror. El empleo de la música, la presentación de la rutina de los personajes principales, el reflejo de las calles y de las casas, un ‘inocente’ paseo en coche u otro en tren, la visión de las ramas de un árbol al principio y al final, la visión de los edifcios donde vive la madre y donde vive su hijo, las conversaciones entre todos los personajes que se mueven en la trama… todo está al servicio de contar una historia muy potente cinematográficamente que además te acompañará días y días…

El amigo de mi hermana (Your sister’s sister, 2011) de Lynn Shelton

Primera incursión también en el cine de la directora Lynn Shelton. Y una incursión que me hizo reír y disfrutar un montón. Con pocos ingredientes surge una película de personajes elegante y bien elaborada. Una comedia romántica con diálogos geniales. Un bonita historia de hermanos (uno de ellos ausente) y hermanas. Ingredientes necesarios: 1.-. Una reunión de amigos recordando al ausente, un hermano herido que la arma, una mejor amiga que le da un toque porque lleva una vida sin rumbo y le ofrece un fin de semana de soledad en una casa aislada. 2.-. Llegada a esa casa aislada y descubrir nuestro protagonista que no está solo sino que se encuentra a la hermana mayor de su amiga, un poco de insomnio, una charla que descubre confesiones, intimidades y tristezas, unas risas, unos vasos de tequila y una cama. 3.-. El efecto sorpresa: la hermana pequeña aparece inesperadamente a la mañana siguiente en la casa para acompañar al amigo herido. Y ya tenemos una historia que transcurre de manera natural por tres actores que muestran toda su química: Emily Blunt, Rosemarie DeWitt y Mark Duplass. Tres personajes que muestran todas sus virtudes y todos sus defectos… y por eso te los crees. Geniales las escenas en la cama entre las dos hermanas…

Indomable (Brave, 2012) de Mark Andrews, Brenda Chapman, Steve Purcell

Con melena rizada y pelirroja al viento nace la princesa Mérida, primera de Pixar y no así de Walt Disney… Protagonista de un cuento en la antigua Escocia donde nos encontramos con clanes familiares, leyendas, tapices hechizados, fuegos fatuos, brujas, osos fieros, círculos de piedras monolíticas mágicas… Y en este cuento no cabe el romanticismo, Mérida no es una princesa guerrera en busca del amor verdadero o una dulce y sumisa princesa que necesita la protección del guerrero. Mérida es una adolescente que busca su independencia y libertad y sus deseos chocan con los de su madre (que es una princesa a la vieja usanza). Así el nuevo trabajo de Pixar con todos los ingredientes de un buen cuento lo que ofrece es un enfrentamiento entre madre e hija que va de la incomprensión absoluta al comprenderse mutuamente y afianzar su vínculo. A un aprendizaje de ambas de escucharse la una a la otra, y la otra a la una, y encontrar un punto de encuentro. Un cuento con toda la espectacularidad posible para hablarnos de un terreno íntimo. En este cuento escocés los hombres son meros comparsas cómicos, niños grandes o niños pequeños en un mundo mágico que es de las mujeres, que muestran que son las que tienen las cabezas y las riendas…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Viaje incompleto al universo de Wes Anderson

Viaje incompleto y en sentido inverso… porque he tardado en atreverme en abrir la puerta y sumergirme en un universo que no sabía si iba a conectar o no conmigo. Así que todo el verano mis ojos se quedaban fijos en el cártel de Moonrise Kingdom y no me decidía si pasar el umbral de la sala de cine o no. Y una calurosa tarde me metí y el universo peculiar de Anderson me atrapó.

Y un paso me llevó a otro. Llevaba tiempo también esperando que me entregaran dos dvd que había encargado del director. Este verano me ha tocado descubrir a Wes. Y después de regresar a los tiempos de campamentos de verano en Moonrise Kingdom, otra tarde me llegaron las ansiadas películas: Fantástico señor Fox y Viaje a Darjeeling con el cortometraje Hotel Chevalier.

Así he empezado este viaje incompleto por el mundo propio de Wes Anderson y lo que llevo de trayecto me ha animado a realizar más paradas y esperar nuevas aperturas.

Wes Anderson realiza un canto continuo al que se siente y es diferente. Sus protagonistas son perdedores que se sienten solos y son percibidos como raros pero con ganas de estrechar vínculos, de querer a otros seres humanos más extraños que ellos mismos. A convivir a pesar del dolor que les provoca el relacionarse con el otro. Sus familias son disfuncionales pero que siempre tratan de reconstruirse, reinventarse y amarse. Wes Anderson canta a la naturaleza que tiene cada uno, a ser fieles a uno mismo… si se tiene una naturaleza salvaje como toda la familia del señor Fox, no ocultarla…

Su universo guarda melancolía, nostalgia, un poso de tristeza pero también de ingenuidad, inocencia, un deseo de ser amado. Su universo es amante del detalle y absolutamente artesanal (en un mundo de nuevas tecnologías, 3D, animación por ordenador… Anderson opta por una cinta de animación absolutamente artesanal realizando decorados a mano y marionetas de las de toda la vida. Fantástico señor Fox es toda una joya de la imaginación y el detalle). La fantasía y la imaginación van de la mano. Su universo es visual, cuidado extremo en la arquitectura elegida, en los espacios, en los colores… Las casas, los trenes, los supermercados, los campamentos, las habitaciones de hotel, los complementos de los protagonistas, las maletas, los prismáticos, los libros, los paisajes, el vestuario… Todo al servicio de un mundo propio, su mundo. Y a ser posible siempre con una buena banda sonora. Por eso sus personajes siempre portan una radio vieja, un tocadiscos o un moderno ipod… Y siempre hay un momento para un baile o una canción. El movimiento de los cuerpos, los silencios… Los recuerdos que hacen daño. La posibilidad de un futuro distinto.

Anderson viaja en cada película con una troupe. Y eso se ve sobre todo en que siempre viajamos con Bill Murray, Angelica Huston, Jason Schwartzman, Owen Wilson… pero a la vez ofrece papeles inesperados a actores que sorprenden (me arrodillo ante el policía triste y aburrido de Bruce Willis en Moonrise Kingdom… Y es que Willis es uno de mis amores inconfesables… huy, ya lo he dicho) con sus interpretaciones. Entre paréntesis hablaba de Bruce Willis pero la galería es alargada. En la misma Moonrise Kingdom nos encontramos con un maravilloso Edward Norton, como un boy scouts eterno. O la maravillosa y atrayente voz de George Clooney como el fantástico señor Fox. La triste y atractiva Natalie Portman como esa novia independiente y dependiente a la vez en un cortometraje genial en la habitación de un hotel. O un Adrian Brody icónico con gafas oscuras y maletas peculiares (como las que llevan sus hermanos… es la herencia paterna) en ese viaje a Darjeeling…

Wes Anderson atrapa la inocencia perdida, el primer amor, los viajes espirituales, las familias disfuncionales, las aventuras con su punto de surrealismo, el grupo unido jamás será vencido (aunque sean raros, raros, raros)… Y nos muestra su amor incondicional no sólo a todo tipo de música (es ecléctico y maravilloso en sus bandas sonoras) sino un cariño inusitado a la literatura, a los mundos fantásticos y mágicos… por eso el Señor Fox es una creación particular del universo literario de Roald Dahl o la niña de Moonrise Kingdom no puede escaparse sin su maleta repleta de libros sobre mundos mágicos…

Anderson baila con su cámara y como si los espectadores observáramos la vida con prismáticos nos muestra sus mundos primorosamente creados para que no se nos escape detalle. Su puesta en escena y su forma de mostrar ya es un sello de su universo. Así conocemos de manera detallada las habitaciones y la vida en la casa familiar de la protagonista en Moonrise Kingdom. Paseamos por el mundo subterráneo o por la maravillosa casa árbol de la familia Fox. Nos paramos en todos los detalles de una habitación de hotel. O nos adentramos en ese tren fantástico de pasillo largo y estrecho con compartimentos estrellas como el vagón-comedor…

Mi próxima parada no sé cuál será… creo que seguiré este viaje en sentido inverso para después, como sus personajes, poder avanzar a un futuro distinto… lo que sí es cierto es que una vez que has entrado en el universo Anderson quieres continuar el trayecto… y correr en cámara lenta para alcanzar un lugar retirado y hablar en silencio. Quizá caiga alguna lágrima… o una sonrisa tranquila.

La ventana ya está abierta…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Pollo con ciruelas (Poulet aux prunes, 2011) de Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud

Me gusta que me cuenten historias. Me gustan los cuentos. Me gusta escuchar. Me gusta el arte del contador o contadora de historias. Me gusta mirar la pantalla blanca en la sala oscura y que una narración pase por mis ojos. Desconectar. Olvidar que me encuentro en la sala. Viajar con la imaginación. Que salten por los aires las cuatro paredes y en la magia de la oscuridad alcanzar mundos inimaginables. El otro día en la sala de cine volé a Teherán en los años cincuenta. Para vivir una historia de desamor y muerte. Un cuento persa. Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud se convirtieron en cuentacuentos y si ya me envolvieron con Persépolis, me engatusaron con Pollo con ciruelas, un cuento de corazones rotos. Y sus dos acercamientos al cine beben de los cómics de la iraní Marjane Satrapi. Antes recrea su mundo con el trazo y ahora lo traslada a la pantalla. Y en el cine de animación deja ingredientes de cine de ficción y en el cine de ficción pasea por el cine de animación…

Ésta es la historia de Nasser Ali, un virtuoso del violín, que un día decide meterse en la cama y esperar a la muerte. Pasan ocho días hasta que ésta llega. Durante estos ocho días de espera entendemos la decisión de Nasser, viajamos a su pasado, a su presente e incluso al futuro. Nasser Ali es un muerto en vida y en el lecho va repasando su vida con gotas de delirio y agotamiento. Así se construye la historia de un amor imposible y sus consecuencias así como la trayectoria de los personajes ‘amados’ que pululan por la vida de Nasser Ali. Su hermano comunista Abdel. Su esposa que le ama pero que nunca fue correspondida… y que sólo le conquista unos instantes por el estómago con su receta maravillosa de pollo con ciruelas. Su maestro de violín que en su juventud le dijo que no bastaba sólo la técnica para ser un buen músico. Su madre amantísima que en un último suspiro le pidió que dejara de rezar por ella. Sus dos hijos, una niña y un niño, que le hacen cuestionarse continuamente como padre. Y el amor de su vida, Irán, el amor imposible de juventud.

Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud emplean todas las técnicas del cuentacuentos para tenernos atados a la pantalla. Recrean un mundo mágico y especial donde aparece el ángel de la muerte o una madre se transforma en una nube de humo o los protagonistas llegan a una tienda llena de objetos imposibles… Y hay una voz en off que nos va acompañando a lo largo del metraje…, como si nos encontraramos en la cama con alguien contándonos al oído un cuento o en el calor de una hoguera o chimenea. En Pollo con ciruelas hay historias dentro de historias. Y sobre todo queda en el aire un secreto especial: cómo entender a un espíritu creativo. La complejidad de la creación artística y de los propios creadores.

Los directores han querido además de poner toda la fantasía posible en una triste historia de desamor y muerte elegir un reparto muy atractivo para dar vida a cada uno de los personajes. Así Nasser Ali, el músico que espera la muerte, tiene el rostro de Mathieu Amalric (cómo me gusta… le descubrí tarde en La escafandra y la mariposa y ya no le abandono). Y deleita con sus ojos saltones, con su pose de hombre triste y romántico y su halo de creador complejo y contradictorio. Maria de Madeiros se transforma en la triste esposa del violinista que siempre le amó y nunca fue correspondida. Isabella Rossellini (con un parecido brutal a su madre Ingrid Bergman) nos deja un bonito papel de madre con personalidad. La actriz iraní Golshifteh Farahani se convierte en el amor ideal del protagonista, Irán. Eric Caravaca es el hermano pequeño del imprevisible Nasser. Ambos protagonizan una bonita y difícil relación de hermanos. Y Chiara Mastroianni es la hija de Nasser cuando ‘viajamos’ al futuro y nos la encontramos como una mujer desengañada de la vida y tremendamente parecida a su padre.

Y en ese canto a la fantasía en Pollo con ciruelas también hacen referencias al cine como formar de expresión para contar, crear e imaginar. Así no falta imagen en la sala de cine donde dos personajes enamorados se dan la mano mientras ‘sufren’ con el fantasma de la ópera silente. O el hermano pequeño preocupado por su hermano mayor que ya no se levanta de la cama casi le convence de salir y ‘vivir’ cuando le dice que en una sala de cine ponen una película de Sofia Loren… no va finalmente a la sala de cine pero ‘sueña’ con Sofia.

Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud crean Pollo con ciruelas, un cuento para ver y escuchar en una tarde de verano…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Elefante blanco de Pablo Trapero

“Pero lo que más me gusta son las cosas que no se tocan…”, dice así la canción de los Intoxicados que se oye al principio y al final de esta nueva película de Pablo Trapero, Elefante blanco. Y es cierto, ahí está la más bella de las sinopsis posibles, Elefante blanco trata sobre “las cosas que no se tocan”. Y a mí fue de esas espectadoras que le llegó, que percibió lo que no se toca y por ello se emocionó profundamente.

Desde la primera secuencia, Pablo Trapero me atrapó con su forma de contar. En la presentación de los dos protagonistas se toma unos 10 minutos o más de este intenso largometraje sin empleo de la palabra… y ya nos cuenta a través de la imagen y de la acción sin embargo mucho de esta historia y de la actitud ante la vida de dos hombres que hasta que no pasan esos minutos iniciales no sabemos que ambos dos son dos curas católicos.

Al primero que vemos es al padre Julián al que le están haciendo un escáner cerebral. Y después nos encontramos frente a frente al padre Nicolás que se encuentra en plena selva y se convierte en un superviviente con miedo de un ataque paramilitar a una pequeña aldea.

Después Julián va a buscar a un Nicolás traumatizado y herido. Se queda junto a él y cuando se encuentra algo mejor se lo lleva a una barriada de Buenos Aires. En el trayecto en coche les lleva una joven, la tercera protagonista y trabajadora social laica, que les deposita en la zona donde va a transcurrir el metraje: una gran mole, un antiguo proyecto de hospital, que recibe el nombre de Elefante blanco, donde alrededor se articula toda una vida vecinal y un proyecto social que los protagonista tratan de sacar adelante… y entonces comenzamos a oír la música de los Intoxicados. Pablo Trapero, por lo menos, a mí ya me atrapó para su historia.

Los tres protagonistas son Ricardo Darín, Jérémie Renier y Martina Gusmán. El primero y la tercera (también es la esposa del director) ya han trabajado con Pablo Trapero, de hecho todavía es reciente esa relación trágica y triste entre dos personajes rotos en la tremenda Carancho. El cine de Pablo Trapero siempre muestra una herida de Argentina. Empezó en el mundo del largometraje en 1999 con Mundo grúa y se ha ido consolidando con una filmografía interesante: El bonaerense, Familia rodante, Leonera…

… Aquí Trapero no sólo trabaja también con el actor belga Jérémie Renier sino que también toma trazos del cine social y de la manera de narrar cinematográficamente de los hermanos Dardenne (Renier es su actor fetiche) totalmente integrados con su estilo visual. Así Elefante blanco se convierte en una película potente que trata de atrapar las complejidades de la vida en las barriadas de Buenos Aires. Asistimos a la vida vecinal, a los problemas más acuciantes como el de la vivienda, la falta de futuro de los jóvenes, las dificultades de trabajo, y la red de narcotraficantes. A la vez la inoperancia de los poderes locales y la falta de compromiso de las altas jerarquías de la Iglesia así como la represión policial en toda su crudeza. Y en medio de toda esta vorágine el trabajo diario no sólo de los vecinos que tienen que vivir ahí su día a día sino de personas que se comprometen con una barriada, con un proyecto social, con un intento de transformación y de mediación para intentar mejorar la situación social de la zona. Ahí están estos curas villeros (que trabajan en estas villas) muy alejados en su forma de entender la religión y el compromiso con el otro de los altos estamentos de la Iglesia. Y también nos encontramos con una trabajadora social militante en su forma de trabajar y vivir la barriada. Y estos personajes, los tres, son absolutamente humanos. No son héroes. Son ciudadanos que se comprometen hasta los tuétanos. Pero los tres tienen miedos, cansancios, desengaños, defectos, dudas, ganas de abandono… pero los tres terminan teniendo claro que les ‘ata’ la barriada y lo que les ocurra a sus gentes… aunque tengan distintas actitudes, distintos pensamientos, distintas maneras de encarar los problemas y distintas maneras de encontrar soluciones. Sin embargo los tres crean un fuerte triunvirato continuamente a prueba.

Son muchas las escenas que conmueven. Y muchos los momentos de reflexión. Uno de ellos es la continuidad en la lucha y cómo evolucionan las formas de violencia. La película lanza un homenaje al padre Carlos Múgica, un cura villero que fue asesinado en el año 1974… Julián continúa en la misma lucha que Múgica. Sigue enfrentándose a los mismos problemas en las barriadas, con las mismas dificultades (que han evolucionado pero siguen siendo dificultades). Julián es respetado en el barrio pero día a día se enfrenta, con el mismo tesón, a problemas continuos. Julián es una figura incómoda, cuando quiere ir más allá de la labor pastoral, para las autoridades locales, eclesiales y para las fuerzas del orden. Julián tiene el rostro de Ricardo Darín. Y Ricardo Darín es uno de los actores más creíbles cuando refleja a un hombre sobrepasado por los problemas y cansado de llevar las riendas… pero que finalmente no se rinde nunca. No hay nadie como Darín para darnos esas escenas en las que desearía mandarlo todo a la mierda. Y le entiendes perfectamente. Ya lo hizo de manera magistral en El hijo de la novia y ahora aquí en Elefante blanco nos enseña otra escena con la misma fuerza. A Julián se le escapan las fuerzas y con ello le sobrevienen las dudas. Pero quiere estar seguro de que este trabajo social va a continuar y en las manos de las personas adecuadas, comprometidas, con una cultura de paz por bandera.

También como el padre Nicolás está magnífico Renier. Cada vez me gusta más. Me conmueve con los Dardenne. Me ha convencido con Trapero. Él es un cura que ha vivido frente a frente con la muerte y eso le remueve. Le remueve sus creencias. Le remueve la mirada. Si ya estaba convencido de la acción y el impulso ahora lo ve más claro. Y conecta totalmente con la mirada, la militancia y la forma de trabajar de la trabajadora social (Martina Gusmán, totalmente creíble).

Y en una barriada hay sitio para los momentos hermosos y festivos, para el día a día, y también para el horror. Para el recogimiento y la confesión. Para el amor. Pero sobre todo para lucha y desgraciadamente para la tragedia de personas cotidianas que sólo tuvieron la mala suerte de nacer y vivir en una barriada donde la injusticia social y otras más campan a sus anchas.

Pablo Trapero me atrapó totalmente porque “lo que más me gusta son las cosas que no se tocan”.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

El Skylab (Le Skylab, 2011) de Julie Delpy

El Skylab es mi primer acercamiento a la Julie Delpy directora. Y no ha sido un acercamiento del todo satisfactorio aunque sí reconozco un estilo, una forma de contar y algunos aciertos. Sin embargo no salí del cine exultante sino más bien fría ante una historia que tenía todos los ingredientes para emocionarme profundamente. Existe prácticamente un subgénero que es el de las reuniones familiares y que ha dado frutos en el cine europeo como Una partida de campo de Jean Renoir por irnos al terreno de lo clásico o siguiendo la misma senda la maravillosa La familia de Ettore Scola o si nos topamos con el presente, La prima cosa bella. Hay reuniones familiares escalofriantes como la que muestra Vintenberg en Celebración. Y así un largo etcétera. Delpy opta como La prima cosa bella por la nostalgia. Y nos traslada a un largo día de un verano de 1979.

A mi parecer el primer ‘pero’ de esta obra cinematográfica es la premisa de la cual parte para retroceder en el tiempo en un largo flash back y hacer entender al espectador que el punto de vista que va a predominar es el de la niña Albertine. Una premisa totalmente insustancial, tan insustancial que es una escena absolutamente prescindible al igual que la escena final del regreso del flash back. Los dos signos de paréntesis con los que se abre y cierra la película carecen de fuerza e interés… con lo cual ya no entro con emoción ni salgo con la nostalgia en la mirada. Me desinflo en un segundo.

Pero una vez que nos vamos al pasado… hay algo que me encanta en la manera de rodar Julie Delpy este día en la casa de la tía Suzette para celebrar el cumpleaños de la abuela… Es casi como si pusiera una super 8 en funcionamiento y a rodar… Así consigue una atmosfera amateur donde todos se comportan de manera espontánea y natural… al igual que todo lo que acontece y nos traslada a esos años 70 y en concreto a un día determinado: 11 de julio de1979, día en que la estación espacial estadounidense Skylab cayó sobre territorio australiano.

Así como ocurría en esas grabaciones familiares en super 8 hay momentos que merecen la pena, que son divertidos, nostálgicos, frescos (como el cuento de la dorada en el coche)… y otros que no tienen interés alguno. Con El Skylab de Julie Delpy ocurre lo mismo. Aparte me ocurrió algo… no empaticé con prácticamente ninguno de los personajes adultos. A mi parecer lo más conseguido por Delpy y lo más logrado es su reflejo del mundo de la infancia y la adolescencia. Es decir el mundo que rodea a Albertine y sus primos. Las peleas rápidas, las reconciliaciones más veloces aún, los juegos que son siempre aventura, el vivir el sexo a través del juego de manera totalmente limpia y natural, los amores veraniegos, los primeros desengaños, las carreras, los baños en la playa, los primeros guateques, el descubrimiento de la muerte, el amor por los más mayores, las reuniones en la tienda de campaña, las historias de miedo…

En El Skylab es la caracterización del mundo adulto y los conflictos (en exceso condensados) lo que menos me llegó. Sin embargo no faltan las grandes comilonas, los momentos de viva la familia y los momentos de no los aguanto, las discusiones políticas, las bromas, las confesiones… y las pinceladas de algunos personajes que te llegan como el tío abuelo Albert o las dos abuelas.

… Sin embargo como aquellas películas de super 8 las empiezas a ver con emoción y pronto te van cansando o resultando un poco pesadas…. Algo así me sucedió con El Skylab en algunos momentos estaba absolutamente metida en la trama, y me decía, “ya estoy metida plenamente en la historia”… y de pronto salía bruscamente y tenía ganas de mirar el reloj…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Prometheus (Prometheus, 2012) de Ridley Scott

Os propongo distintos pasos de análisis para entender mi posicionamiento respecto Prometheus de Ridley Scott. La vi ayer en sala enorme con las correspondientes gafas de 3D.

1.- Respecto a su director. Ridley Scott dio nuevas alas al género de ciencia ficción y creó dos obras míticas al principio de su carrera. Por un lado Alien, el octavo pasajero (1979) que dio origen a la mítica saga y por otra la maravillosa Blade Runner (1982). Anteriormente había sorprendido con su ópera prima, un ejercicio estético de cine histórico, Los duelistas. Así que parecía que Scott se convertiría en un director cinematográfico de carrera carismática y prometedora… sin embargo su carrera ha ido forjando altibajos (más bajos que altos), montañas y valles, y de vez en cuando daba en la diana con alguna obra cinematográfica que volvía a llevarle a la primera plana en el mundo del cine (Thelma y Louise en 1991 o Gladiator en el 2000).

Su regreso a la ciencia ficción y en concreto a la saga que inició en un lejano 1979 era visto con muchísimas esperanzas. Yo no tenía ni ilusiones ni expectativas porque no soy una súper seguidora de la saga. De hecho sólo he visto la de Scott y hace bastantes años. Y todavía tengo en la retina varias escenas y el impacto que me causó la sargento Ripley con cara de Sigourney Weaver. Sí confieso mi idolatría por Blade Runner tanto en la historia narrada como en su fuerza visual. Y sí confieso que sigo siendo fiel a la cita de Scott en las pantallas cinematográficas por si viene un nuevo destello. Si no a veces me quedo en obra cinematográfica que me entretiene… aunque hubiera pedido mucho más (American Gangster o Robin Hood… cuando Russell Crowe se convirtió en su actor fetiche).

Prometheus no ha hecho volar por los aires los cimientos de la ciencia ficción ni ha hecho avanzar el género o ha abierto nuevas puertas como sí hizo con sus dos obras cinematográficas míticas. Scott ha realizado un producto bastante conservador, siguiendo las reglas de todo producto de ciencia ficción, realizando claras autorreferencias a su obra y a otras películas míticas del género. Además en las escenas de acción y en la opción de los efectos especiales se ha empapado del cine de acción tipo Michael Bay, espectacular en lo visual, bien hecho (pero con exceso de parafernalia y fuegos artificiales)… siguiendo la fórmula de mucho ruido y pocas nueces. En el aspecto visual, de efectos especiales y en el uso del 3D es una obra cinematográfica perfecta y cuidada. Es puro entrenimiento, puro blockbuster veraniego. Pero en otros puntos Prometheus se convierte en otro cantar…

2.- Los personajes. Tan solamente salvo a uno de un reparto extenso y ambicioso. Y es el robot David con cara de Michael Fassbender es el único con una identidad y un desarrollo definido o por lo menos con cierto carisma para desear que no desaparezca de la pantalla. Aunque David tiene múltiples referentes. El cine ha creado robots para el recuerdo y Scott ya creó a unos inolvidables (con base literaria, no lo olvidemos), los replicantes en su Blade Runner. Los replicantes casi con alma serían los hermanos de David.

Las escenas de presentación del personaje son visualmente potentes y son un claro homenaje a otro monumento de la ciencia ficción, 2001 odisea en el espacio. Me gusta su caracterización física, en un momento dado vemos a David memorizando los diálogos de Lawrence de Arabia… y hay momentos en que físicamente David es clavado (e igual de controvertido y complejo) que el Peter O’Toole como el hombre polémico Lawrence de Arabia. Sólo por David a mí me mereció la pena… entrando en la galeria de robots míticos. El último que tenía en esta galería era el robot gigoló con cara de Jude Law.

Pero los demás personajes están absolutamente desdibujados y plantean vacíos y agujeros de guión impresionantes. Cuando un personaje puede ser prescindible en una trama es cuando sabemos que no sólo no es bueno sino que no aporta absolutamente nada a la historia principal. Y esto ocurre con el personaje de Charlize Theron (que por otra parte tiene una presencia increíble) y llega a ser vergonzoso en el de Guy Pearce (¿por qué gastarse presupuesto en maquillaje complejo que además oculta a un actor de peso… y no apostar por un actor anciano?).

Por otra parte la protagonista de la expedición Elizabeth Shaw (Noomi Rapace) cuenta con elementos interesantes de su personalidad pero no está bien desarrollado…, no llega a cuajar del todo. Y además toma bastantes elementos del espíritu aguerrido de la teniente Ripley pero no llega a su carisma  e impacto. Toca un aspecto interesante pero se queda en la superficie, trata de dar trascendencia al personaje, pintándola como una científica muy buena pero a la vez muy creyente. Una científica que trata de buscar el origen del hombre pero que a la vez cuenta y tiene en cuenta la espiritualidad… busca al ‘creador’.

Los demás miembros de la tripulación no están muy bien dibujados no llegando a entender sus motivaciones. El ejemplo más claro será el del capitán y dos de sus tripulantes que tomarán rápidamente una decisión final no creíble con su comportamiento a lo largo de la trama. O también el del novio de Elizabeth Shaw que se le presenta como un científico apasionado y después en cuestión de segundos es un personaje desmotivado, algo siniestro y que le da a la botella…

3.- La trascendencia. Otro asunto que me entristece bastante es que partía de una idea que no era mala: el origen de la vida. Y sin embargo la trascendencia se diluye de la trama. Queda únicamente como pretexto, luego hay que dar paso al espectáculo. Esa trascendencia sí que se conservaba a  lo largo del todo el metraje de Blade Runner pero en Prometheus se queda en medias tintas.

Es curioso porque hay una tendencia cinematográfica en estudiar de dónde venimos, quiénes somos… sin olvidar el espíritu. Hay como una especie de arqueología cinematográfica sobre la trascendencia. Así nos llegó El árbol de la vida pero también hace relativamente poco el documental La cueva de los sueños olvidados de Herzog. Me llamó la atención que las pinturas que encuentran al principio Elizabeth Shaw y su novio en Escocia cuenta con unos caballos similares a los de la cueva de Chauvet en Francia. Así como también el hincapié en los misterios de la humanidad en las pinturas o esculturas de otras civilizaciones, así claramente la enorme cara que encuentra la expedición científica en la extraña plataforma es parecidísimo a los rostros olmecas de México.

En Prometheus finalmente la trascendencia queda sepultada por la acción, la casquería y los líquidos viscosos.

4.- Innovación en el lenguaje cinematográfico. Ya hemos dicho que no hay ni rastro de innovación pero sí que vemos que Scott sabe contar visualmente y sabe narrar cinematográficamente. Un producto de espíritu clásico sin riesgo alguno. Y sobre todo con un guión, a mi parecer, con agujeros negros.

Si recordamos (en la lejanía) su Alien nos encontramos con un director que no necesitó de excesivos efectos especiales para contar una historia impactante. Alien se dejaba llevar más por lo que no se veía sino por lo que se sentía. En Alien creaba una atmósfera especial que se acercaba al género del terror. Jugaba con la mente y la imaginación del espectador para provocar sentimientos de miedo y pánico. Creaba un efecto increíble y el diseño de producción todavía es recordado, esa nave abandonada…

Prometheus no carece de fuerza visual (como he dicho repetidamente), de un diseño de producción con todo lujo de detalles, con un presupuesto alto en efectos especiales bien empleados (en algunos momentos se le escapa un exceso de pirotecnia) pero no crea una atmósfera especial ni deja margen al espectador para imaginar y crear. Todo está bastante masticado. Incluso no carece de escenas bastante gores. No es tanto de terror como de acción.

Sin embargo puede haber otra mirada especial en Prometheus, yo me lo pasé bien, disfruté. Como una vuelta al cine espectáculo de ciencia ficción de los años cincuenta, sesenta. De naves espaciales, seres de otras galaxias, luchas sin cuartel, robots, científicos y astronautas… una narración sencilla, sin dar muchas vueltas, y con una cierta ‘profundidad’ en la base.

5.- Conclusión. ¿Quieren pasar una tarde de verano entretenidos con una película visualmente potente y con ciertos aspectos interesantes? Prometheus no es una mala opción. Yo fui acompañada de amantes de la saga Alien y Prometheus no les dio las respuestas que querían de una precuela tan esperada… pero al final todos pasamos unas horas entretenidas tanto en la sala de cine como en el debate posterior. Además cada vez soy más fan de Michael Fassbender como actor… así que ha creado un personaje que será probablemente lo que perdure en el tiempo de Prometheus, su David a lo Lawrence de Arabia es uno de los aspectos que merecen la pena para ir a la sala de cine a ver esta película.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

La delicadeza de David y Stéphane Foenkinos

La delicadeza tenía (y tiene) un variado surtido de puntos como para que me entusiasmara o saliera del cine absolutamente feliz. No ha sido así. No obstante aunque me quedé bastante fría ante la película, son varios los ‘boliches’ que me han hecho contemplarla como una propuesta interesante en la cartelera. Así punto por punto intentaré desgranar qué me mereció la pena y qué hizo que la emoción no me rodeara…

Un primer punto llamativo. El propio escritor de la novela que se traslada a la pantalla blanca (y que ha sido un éxito de ventas pero yo no la he leído) es el artífice, junto a su hermano, de esta obra cinematográfica. Luego es de esperar que ambos hayan elaborado lo más cercano a lo que querían contar. Según una sabia y querida amiga es una buena adaptación cinematográfica de la novela original. Así que se nota la mano del creador literario en su traspaso al lenguaje cinematográfico de su propia novela. Era un proyecto querido y que les apetecía a ambos hermanos… luego se presuponen dosis de cuidado y cariño hacia el material que tenían entre manos.

Un segundo punto llamativo. El tema tratado, últimamente, me interesa mucho. La superación del dolor tras la ausencia de alguien muy importante. En este caso es la historia de una joven que se casa con el hombre de su vida y éste fallece en un accidente. La protagonista se cierra en un largo periodo de dolor y cuando menos lo espera (y sobre todo con la persona más inesperada) encuentra de nuevo el amor.

Un tercer punto llamativo. La película pude verla con una sonrisa (y no resultó del todo fallida) gracias al descubrimiento de un actor que me entusiasmó: François Damiens. Y me gustó tanto como su personaje. No aparece al principio de esta historia y sin embargo cuando hace acto de presencia la película vuela. En él sí hay ternura y delicadeza. A Audrey Tautou quizá la pesa demasiado ese papel de mujer encantadora e ideal, ese prototipo de personaje que empezó a crear a partir de Amelie. Lo hace bien. Es delicada y frágil… pero me la creí menos…

Un cuarto punto llamativo. Me gustan las películas que mezclan la comedia y el drama. Las películas de romanticismo exacerbado pero sentí en algunos momentos (menos mal que estaba Damiens) un tono impostado que no hizo que me metiera en el dolor del personaje femenino ni en su lenta recuperación. No sentí que me la estuvieran contando desde el corazón. Que amaran con la misma pasión a todos los personajes. A pesar del cuidado de las localizaciones, los vestuarios, la importancia de las casas… y la oficina. El lugar de trabajo. A pesar del cuidado en la puesta en escena. De algunos diálogos logrados…

Un quinto punto llamativo. Lo que menos me llenó del todo fueron los personajes secundarios (los padres, la amiga querida, los compañeros de trabajo, el esposo difunto…). Soy amante de los personajes secundarios sobre todo de esos que en dos pinceladas te cuentan toda una historia. Entiendes cómo son. Te imaginas su historia. En La delicadeza me faltó eso… y podrían haber sido buenos personajes, perfilados. La que más me chirrió en el puzle fue la querida mejor amiga… la reacción que tiene al conocer al chico no tan ‘ideal’ para la protagonista no pega con la forma en la que nos la han presentado a lo largo de toda la película… No es precisamente delicada.

Y no hay algo peor que le pueda ocurrir a un personaje secundario que es no ver exactamente cuál es su función, tener la sensación de que si falta no pasaría nada en el devenir de la película…

Un sexto punto llamativo. Aunque entiendo la ‘peculiaridad’ del amor entre ambos protagonistas no logré captar esa extrañeza que tendría que traspasar la pantalla y preguntarnos qué hace una chica como la protagonista con un chico como ése. Quizá mi problema es que desde que aparece Damiens me resulta increíblemente encantador y enamorable… y claro no entiendo la percepción que tienen los ‘otros’. O desde el principio veo lo que ve la abuela (en una lograda y tierna escena final), el personaje de Damiens tiene un buen corazón y lo transmite desde el primer momento. Sabemos que ese hombre jamás hará daño a la protagonista…

No ‘volé’ con La delicadeza pero sí puede esbozar unas cuantas sonrisas. Aunque creo que en el futuro me costará recordarla…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Dos estrenos con alma. Una de ficción y un documental

¿Y si vivimos todos juntos? de Stéphane Robelin ofrece una radiografía sobre la vejez en Europa. Con un final maravilloso y duro a la vez, Robelin ha conseguido que nos encariñemos con cada uno de los miembros de un grupo de amigos que rozan los 75 años y que deciden en un momento dado vivir todos juntos. Recupera además a Jane Fonda para el cine francés magníficamente acompañada por unos actores con química. A través de la relación que establecen los ‘abuelos terribles’ (todos enamorables) con un estudiante (correcto Daniel Brühl), que precisamente realiza su tesis sobre la vejez, se deparan momentos en los que no puedes contener la risa o la lágrima. Siempre recuerdas a tus abuelos o a los propios padres en el duro proceso que es la vejez lleno de luces, sombras y dependencias… pero también un proceso en el que contagian las ganas de vivir con pasión (e ilusionarse por las cosas) y también las ganas de la lucha. Y también se muestra cómo aceptar con valentía momentos tan duros como la propia muerte.

La cueva de los sueños olvidados de Werner Herzog es un original documental en 3D donde el director alemán muestra el universo de la cueva francesa de Chauvet. El director sigue en ese camino de comunión con la naturaleza y la espiritualidad del ser humano… y nos lleva a través de unas pinturas rupestres con más de 32.000 años de antigüedad. De su complejo y quijotesco discurso muchas son las ideas rescatables (y otras rozan el surrealismo)… la belleza de las pinturas nos muestra ya una especie de intento de captar el movimiento y e contar una historia, de orígenes del pre-cine, realmente emocionantes. Herzog también capta el universo peculiar de un grupo de científicos, que cada cual se merece un documental, que se entregan a la investigación de esta cueva de los sueños, intentando recrear o atrapar el pasado y comprender la creación artística y simbólica de hace miles de años.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.