El muelle de las brumas (Le quai des brumes, 1938) de Marcel Carné

La bruma cubre el mar en Le Havre. No hay salida para los personajes de la película de Marcel Carné. Así como en este siglo XXI Kaurismäki regresa a Le Havre para una película luminosa donde hay una salida y una esperanza para uno de los personajes más allá del muelle (en una etapa oscura)… En la de Carné sólo hay una posibilidad que se resquebraja. Un sueño que se trunca trágicamente para la mayoría de sus personajes. El pesimismo de un mundo de entreguerras sobrecoge en una película que expresa la esencia de un movimiento: el realismo poético francés.

Y el lirismo se encuentra en las imágenes de Carné y su manera de contar. En los diálogos de Jacques Prévert. En los personajes trágicos… perdedores que arrastran sus vidas y sólo atrapan destellos de felicidad pero su sino es fatal. Arrastran la desesperanza y el desencanto por compañeras.

Una película coral donde el soldado desertor se une a la muchacha desgraciada, ambos se enamoran pero les es imposible encontrar una salida. Y aunque el soldado desertor logra de nuevo ilusionarse… tan sólo puede atrapar un último beso amargo… pues ha rozado algo parecido a la felicidad a la que no puede aferrarse. Por ahí están los moradores del bar Panamá donde nadie tiene nada que perder. Donde no hay preguntas y sí un refugio. Ahí se une el pintor suicida, el dueño que recuerda gloriosos tiempos pasados con un rasgueo de guitarra o el alcohólico con cara de buen hombre que se gana la vida como puede. Ahí también confluyen los hombres con ínfulas de matones (y mucha cobardía) de Le Havre. O el comerciante al que todo el mundo desprecia y él se sabe despreciado que además es un barba azul para la muchacha que trata de huir de sus garras…

A los intérpretes les rodea la lírica sobre todo en el rostro desencantado y después ilusionado (o enamorado) de un Jean Gabin… absolutamente maravilloso como héroe trágico. Soldado desertor que huye… Tierno con la chica, fiero con los injustos, protector del que no puede defenderse. Amargo. Capaz de salvar a un perro de ser pillado por un camión (perro que será para siempre un amigo fiel) y sin embargo describir con amargura lo que es matar a un hombre de un disparo. Él sabe que se vuelve peligroso cuando la ira le ciega… Capaz del rostro más duro o de regalar la mirada más dulce. Es un hombre que cuida el detalle, el recuerdo y la nostalgia… y sólo quiere tomar un barco y empezar una nueva vida. Lo que no se espera es que en Le Havre haya un perro sin dueño que le siga… y una chica de grandes ojos que le espera.

Una jovencísima Michèle Morgan que ya enamora en su primera aparición en el bar Panamá, desencantada pero que cree en amar y ser amada. Sólo tiene 17 años y la vida ya la ha golpeado más de una vez. El soldado desertor se la encuentra mirando por una ventana al mar. Con sus enormes ojos, su boina negra y su gabardina transparente…

El maduro Michel Simon encarna al personaje más complejo y oscuro. Al único personaje hacia el cual nadie derrama una palabra amable. Pero él tampoco actúa de manera admirable. Es el comerciante sibilino, sin escrúpulos, tartufo y oscuro… que inspira no sólo rechazo sino tristeza (alguien continuamente rechazado nunca podrá ser feliz…). El único que no le rechaza es él mismo, como no deja de repetir… tan sólo le gusta la música clásica religiosa en un mundo que siente decadente y que él hace decadente…

Y es tristeza lo que arrastra cada fotograma de El muelle de las brumas pero también, de manera sencilla, describe una preciosa historia de amor. Con un primer encuentro, un paseo, la ilusión del romance, una feria donde los amantes se acercan a algo parecido a la felicidad con un primer beso y unos rostros en primer plano, el encuentro ínitimo maravilloso (y reflejado con delicadeza y erotismo poético) en la habitación de un hotel con separación emocionante incluida (él le confiesa por la mañana que va a tomar un barco), el reencuentro y la tragedia ya anunciada…

El realismo poético francés mostraba un mundo de perdedores que profetizaban la caída a un pozo más negro. Se acercaban tiempos de guerra y horror. Tiempos de supervivencia y desesperanza. Sin posibilidad de salida. Con brumas en los muelles y sin posibilidad de escapar hacia un mar abierto…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Roma (Roma, 1972) de Federico Fellini

Fellini fulmina un argumento posible y se dispone a mostrar su Roma o mejor dicho sus visiones romanas. Así también dinamita el tiempo. Pasa de la Roma de Mussolini, la guerra y la posguerra a la Roma contemporánea, la de 1972.

Fellini se afana en mostrarnos estampas. Y nos deja secuencias con una fuerza visual y una belleza prodigiosa. También Fellini nos deja una radiografía de rostros inolvidables, de personajes pintorescos. Y por supuesto un catálogo de sus obsesiones.

A Fellini no le importa cruzar la barrera del delirio. De lo barroco. De lo extravagante. Es su Roma. Y lo demás qué importa. Intervenimos en una clase de niños en la época de Mussolini. Visitamos una casa de huéspedes con personajes fascinantes. Asistimos a una comida al aire libre en una trattoria romana. Y por supuesto nos metemos en una sala de cine para disfrutar con una escandalosa familia de una película de romanos, y nos quedamos con la boca abierta, como el padre de la familia. Esos cines populares donde la gente sentía y el cine era el entretenimiento estrella. Somos testigos de un aparatoso desfile de moda eclesiástica. Nos sumergimos en las obras del metro romano y en el descubrimiento de unos frescos. Nos inmiscuimos en un atasco de entrada a Roma. Somos testigos de los hippies y nuevos aires que van dando un espíritu nuevo a la ciudad. Nos quedamos con los rostros de un espectáculo de variedades de los años treinta. Y nos quedamos perplejos ante la actividad de jolgorio en un burdel.

Es la Roma de Fellini. Sin tabúes ni argumentos. Son sus estampas, su juego.

Al final, la Mamma Roma, la propia Ana Magnani, en una Roma nocturna nos da las buenas noches.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Veredicto final (The verdict, 1982) de Sidney Lumet

Una escena sirve para que Frank Galvin cambie su percepción sobre un caso. Para que se dé cuenta de que es el caso. Galvin es un abogado alcohólico y desencantado que dejó su idealismo en el camino…, ahora sólo tiene un caso que le ha conseguido su amigo y socio, el único que sigue creyendo en él (aunque cada vez está más cansado…). Y resulta que es el caso para alcanzar la redención. Para volver a creer en su trabajo o mejor dicho que su trabajo merece la pena. El caso que le hará sentirse de nuevo persona.

En un hospital gestionado por la Iglesia una muchacha embarazada por un fallo en la anestesia queda para siempre en estado vegetativo. Sus familiares, una hermana y su marido, quieren una indemnización por negligencia. Lo que parece un caso que se solucionará llegando a un acuerdo entre las partes y no llegar a juicio… —y donde sólo será una transacción económica para todos y donde a nadie le importa la víctima (‘porque ya no se puede hacer nada’)… los familiares ya no pueden cuidarla, tienen que ir a otra ciudad a buscarse la vida. El abogado sólo quiere sacarse algo de dinero. La Iglesia no quiere un escándalo y el hospital (y los dos doctores inculpados) tampoco además quieren continuar con su prestigio intacto—, será el caso.

Galvin en un principio se lo toma como un mero trámite. Como una manera de ganar algo de dinero. Se comporta desde hace tiempo como un muerto en vida. Un picapleitos que va a los entierros para buscar posibles clientes. Que pasa su tiempo en las barras de los bares y juega a las máquinas… Pero cuando va un día a la sala del hospital donde se encuentra la víctima… para hacer unas fotografías…, entonces por primera vez la mira. Y los espectadores también la vemos en esas instantáneas polaroid que nos van ‘revelando’ la tragedia de ese ser humano. Y esa mujer se convierte en una persona a la que le han arrebatado la vida. Una mujer que ha sufrido una injusticia. Y es absolutamente vulnerable y desvalida, y esta sola como él, su abogado. Y entonces se convierte en la apuesta personal de Galvin. En el caso.

De nuevo Lumet ofrece película para pensar. Con más claros que sombras. Porque crea buenos personajes. Porque narra bien cinematográficamente. Porque toca temas candentes y espinosos y crea reflexiones. Porque crea claros y oscuros. Porque deja escenas enteras para la evocación. Por un guion de frases potentes realizado por un dramaturgo bueno en diálogos incisivos, David Mamet. Y por unos intérpretes que desarrollan sus personajes con calidad y mucho oficio… y los convierten en reales.

Así es una película que no sólo está bien contada (quizá su único punto débil —pero por su desarrollo—, aunque tiene importancia en la trama, es la historia de amor sin redención posible… pero con escenas bien logradas, como ese teléfono que no deja de sonar) sino muy bien interpretada.

Paul Newman crea el antihéroe atormentado, el hombre que no levanta cabeza pero que encuentra una razón para seguir luchando, para enfrentarse a la desesperanza… aunque sigue siendo vulnerable a lo largo de toda la película. No sabemos nunca si va a conseguir la redención. Es un David débil contra un Goliat sin compasión alguna. Y ese Goliat lo representa un James Mason (gigante y magistral) con todos sus jóvenes abogados capaces de todos los métodos posibles para conseguir ganar un caso, cualquier caso. James Mason, ‘el príncipe de las tinieblas’ y su bufete de jóvenes cachorros, representa a la Iglesia, a su hospital y a los dos doctores inculpados. Paul Newman sólo cuenta con su buen amigo ya cansado, un genial Jack Warden, y una misteriosa y desencantada mujer (con sorpresa incluida) con el rostro de una triste y bella Charlotte Rampling. Lumet y Mamet cuidan también cada uno de los personajes secundarios que en sus breves apariciones van dando un arañazo o zarpazo más a la historia.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Destellos de cine

Liliom (Liliom, 1934) de Fritz Lang

Antes de su exilio a EEUU, cuando Lang dejó Alemania pasó por Francia. Y creo una película. Pocas veces nombrada o estudiada se convierte en sorpresa. Y como no puede dejar de hacer Lang hay destellos de puro cine. Así toma a un jovencísimo y vital Charles Boyer y lo hace pasear en una historia que respira realismo poético francés y que termina decantándose por lo fantástico con un tono de broma. El pesimismo y también la sensualidad de Lang envuelve la cinta pero con un punto de humor negro. Así nos deja imágenes imborrables de las que sólo nombraré unas pocas: la presentación de la trama en el espacio de una feria con protagonismo especial de un tiovivo. Donde con precisos y vitales movimientos de cámara conocemos a Liliom, el golfo seductor, y a la que será la amada, la ‘chica extraña’.

Su escena de amor en el banco bajo la luz de una farola dará paso a una transición preciosa: los nuevos amantes escriben sus nombres en la madera… y entonces van superponiéndose otros nombres encima… el tiempo pasa.

El fallecimiento de Liliom nos deja escenas claves como la liturgia de la feria que guarda unos minutos de silencio por la muerte del ex trabajador (y el amor perdido de la ‘patrona’ que le dio trabajo en el tiovivo) así se produce un buen efecto de sonido. Lo que demuestra que el cine también cuenta con lo que deja oír. O con el silencio. El cuerpo yacente de Liliom entre velas, y la despedida de la ‘chica extraña’, que a pesar de la vida perra que la ha hecho sufrir, es dulce con él (a pesar de ser tristemente consciente del maltrato recibido). Y la transición sencilla al mundo fantástico y onírico cuando el ‘alma’ de Liliom es elevada a los cielos por dos inspectores vestidos de negro.

Y una de las mejores sorpresas: Dios es un cineasta. Y a todos nos tiene controlados a través de las películas de nuestras vidas… además en la banda de sonido capta también los pensamientos. Tiene un ojo similar al de Lang así que nos deja vislumbrar que no es mal director. Y viene la duda: ¿fue antes Dios o el ojo de Lang?

… Y los destellos de cine siguen interminables… danzando por esta obra desconocida con muchas sorpresas.

Fish Tank (Fish Tank, 2009) de Andrea Arnold

A la espera de su Cumbres borrascosas me adentré en su película anterior y de nuevo vislumbré destellos de cine. Andrea Arnold tiene una personal manera de mirar. Y aunque la historia de la adolescente cabreada con el mundo no me sedujo en exceso, sí lo hizo la manera de contármelo.

Así vislumbré la importancia de los espacios y las arquitecturas para la personalidad y el espíritu de una ciudad. Y cómo los espacios determinan también las formas de vida de los ciudadanos. Las diferencias entre las casas de la periferia y una buena urbanización. La falta de espacios de encuentro, creación y de ocio para los jóvenes. Los elementos extraños pero bellos como esa vieja yegua atada que obsesiona a la protagonista en medio de un descampado urbano.

La directora nos deja ver también su comunión con la naturaleza. Y nos deja imágenes poéticas y sensuales como la pesca del pez o la secuencia final de la protagonista con una niña que huye.

Nos narra también el lenguaje de los cuerpos. Sobre todo a través del baile. Para eso toma un papel fundamental la música y el movimiento. Llegando al máximo nivel al mostrar como la familia de la protagonista (formada por la madre y una hermana pequeña) la única forma que tienen finalmente de comunicarse y expresarse es a través de sus cuerpos, la música y el baile.

Y por último la evolución de un personaje con el rostro de Michael Fassbender que muestra de nuevo su versatilidad y matices. Fassbender nos hace creer en una aparición casi de cuento (no olvidemos que lo vemos bajo la mirada de una adolescente que lo idealiza —y nos regala imágenes bellísimas de esta idealización—… cree que puede llegar a comunicarse con él y que él traerá la felicidad a su familia) hasta mostrarnos las partes más oscuras y mezquinas (que desgraciadamente le vuelven humano) del personaje que representa.

Poesía (Shi, 2010) de Lee Shang Dong

Ya era la segunda vez que la veía. Y la emoción vuelve a embargarme. Más destellos de cine. Esta vez Shang Dong hace hincapié en la mirada a través de un personaje luminoso: una dulce y sonriente abuela (que muestra que es especial y peculiar desde la primera vez que aparece)… su sonrisa y dulzura esconden una tristeza y amargura honda. La protagonista se siente perdida pero trata de encontrar un rumbo. Sin embargo no pierde su capacidad de observar, de aprender, de sorprenderse. Ni tampoco de buscar o atrapar la belleza en un mundo gris que la rodea. Un mundo de un capitalismo salvaje que apenas la deja sobrevivir. Y dentro de este mundo salvaje que habita (que permite el suicidio de una colegiala y una frialdad en la manera de ‘vivir’ este suceso)… encuentra imprescindible apuntarse a un curso de poesía con el objetivo de lograr escribir un poema.

Todo lo que la rodea es sórdido, triste y conflictivo pero ella, que va olvidando ya los sustantivos (la diagnostican un principio de Alzheimer), trata de mirar el mundo y extraer la belleza.

Así Lee Shang Dong acompaña a su heroína y nos hace vislumbrar lo bello en el horror. Y su filme se convierte en un poema.

Incendies (Incendies, 2010) de Denis Villeneuve

Incendies es la adaptación de una obra teatral de impacto. De contenido político. Nos cuenta la historia de la mujer que canta, la presa número 72. Nos narra el sinsentido y la violencia de las batallas, como la guerra del Líbano (la de 1975 a 1990), que provoca tragedias y víctimas. Y como una tragedia griega (a lo Edipo y a lo Medea) con escena catártica Incendies remueve al espectador. La tragedia se centra en una familia: una mujer libanesa que vive en Canadá con sus dos hijos gemelos. Cuando muere deja como herencia dos cartas, muchos secretos y acertijos. Dos cartas, una para entregar a un hermano y a un padre desconocidos. Los gemelos inician un viaje interior y exterior donde conocerán a su madre (que guardaba múltiples secretos y nunca se había comunicado con sus gemelos) y su historia, y donde sabrán mucho de sus orígenes y raíces. Un viaje pesadilla y de aprendizaje. Un viaje al ayer para entender su presente. Un viaje de odio y violencia pero también de un amor desatado…

El destello de cine del canadiense Denis Villeneuve se produce en la estructura que da a la historia. En las claves que nos va dosificando y nos va devolviendo para construir un puzzle que lleva al espectador al golpe y la catarsis. En el viaje de la hija (y después su hermano gemelo) a los mismos sitios donde transcurrió la historia de la madre. Una vivió y la otra va descubriendo. Ambos entienden por qué en Canadá su madre era una muerta en vida… Los misterios dispersos que finalmente serán revelados…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Dejad paso al mañana (Make way for tomorrow, 1937) de Leo McCarey

 

Dejad paso al mañana es la historia de una despedida. De un adiós. La historia es sencilla y no muy alejada de un presente en crisis. Un matrimonio ya mayor pierde su casa porque no puede hacer frente a la hipoteca. La casa se la queda el banco. Hacen una reunión familiar y ninguno de sus cinco hijos puede acoger a sus dos padres. Así que llegan a un primer acuerdo para que cada uno se vaya a casa de un hijo distinto y según se arreglen las cosas conseguir volver a estar juntos. Pero en el fondo de su corazón saben que ése no es más que el principio de una despedida de toda una vida juntos. Y que apenas les queda ya tiempo para disfrutar.

En Dejad paso al mañana no hay ni buenos ni malos (aunque, no puedo evitarlo, los hijos que vemos en pantalla se me hacen antipáticos y grises). Sólo hay personas humanas con todas sus virtudes y sus defectos. En Dejad paso al mañana se cuenta que la vejez es un viaje que puede ser triste. Un apagón de la vida. Dejad paso al mañana cuenta, de la manera más simple y por eso más pura, una de las despedidas más hermosas. Y sobre todo refleja cómo los más mayores de esta historia son absolutamente conscientes de todo lo que pasa… aunque ya se sientan cansados de enfrentarse a los hechos, al final son los únicos (sobre todo ella, la madre) que se siguen enfrentando a una realidad que en ese momento se les ha puesto difícil. Aunque, como le confiesa a su nieta, a ella le hubiera gustado poder seguir fingiendo que no tiene que enfrentarse a esa realidad.

Leo McCarey que ha alcanzado la eternidad por sus dos versiones de Tú y yo, hitos de buen cine romántico, supo enfrentarse a esta historia con delicadeza, pudor, sencillez y un amor inusitado hacia sus personajes. Así ese matrimonio con los rostros de Victor Moore y Beulah Bondi nos deja entrar en su intimidad y en todas sus emociones.

Y la película nos va preparando a base de pequeñas escenas hacia esa larga despedida absolutamente emocionante. Contienes la lágrima porque los personajes la contienen. Y en esa despedida se ve el halo fugaz de una felicidad compartida durante largos años. Y vuela la sensación de que a pesar de los pesares fue un acierto unirse y pasar juntos la aventura de la vida. Aunque la etapa de crisis no les permita un final el uno al lado del otro. Aunque el egoismo de sus hijos (agobiados con otro tipo de problemas o acaso los mismos) y sus parejas no echen una mano para que se produzca ese final compartido. Al final sólo se tienen el uno al otro… y esos recuerdos que ya se van perdiendo en su memoria.

Son tres meses de prueba y separación. Y aunque los hijos tratan de ser educados su antipatía rebosa y hacen lo posible para que quede explícito que tanto él como ella son un estorbo más que una oportunidad. Y ellos en todo momento son conscientes. Así sus intentos de comunicación son realmente emotivos, nostálgicos y tristes. Como esa conversación telefónica que tiene la madre en el salón de su hijo George (el magnífico Thomas Mitchell) en voz alta delante de todos los alumnos de bridge de su nuera. O esa lectura de carta por parte del amigo del padre, un tendero del barrio, porque a éste se le han vuelto a romper las gafas. Una carta tan íntima que el tendero la dejará de leer…

Finalmente cada uno irá a un destino diferente muy diferente al soñado. Pero de nuevo pueden encontrarse en Nueva York y tienen cinco horas para disfrutar… antes de que él coja el tren y ella se dirija al más triste de los sitios (no junto a sus hijos). Y ambos son conscientes aunque sólo lo verbalicen al final de que puede que sean sus últimas cinco horas. Y entonces deciden vivirlas intensamente. Hacer lo que les dé la gana (y así se lo comunican a los hijos… que tristemente son conscientes de que no se están comportando a la altura de las circunstancias). Y ser felices. Así recorren ese Nueva York que visitaron en viaje de novios, la única vez que también pudieron disfrutar en soledad. Entonces hablan, pasean, beben, cenan, bailan… Y todos los personajes secundarios que salen en su despedida contribuyen de alguna manera a que sea la despedida soñada. Agradable. Así es una declaración de amor perpetua. Y el espectador les acompaña con pudor en ese beso que no se dan por vergüenza de que alguien les vea en público, en ese vals, en esas confesiones íntimas… y en esa última despedida en una estación de tren.

Dejad paso al mañana es una pieza cinematográfica llena de momentos íntimos para guardar en la memoria. Cada visionado nos descubre un detalle. Nada sobra. Un gesto, un objeto, una mirada, un cártel, una música, una canción…

Hay un momento en su última cena que él recuerda un libro de poemas que tenía ella donde estaban sus versos preferidos y con los marcaba con una flor seca. Le pregunta que si el banco se llevó también el libro. Ella dice que sí que ya no tiene ese libro pero que no le han podido quitar los versos. Y se los recita. Es una declaración de amor maravillosa, los versos contienen toda su vida:

«Un hombre y una doncella estaban cogidos de la mano

y sonaba una pequeña marcha nupcial.

Ante ellos había años inciertos

que prometían alegrías o tal vez lágrimas.

Querida, dijo con voz tierna, dime, ¿te arrepientes de tu elección?

No sabemos dónde nos llevará el destino

o con que extraños vericuetos nos encontraremos.

¿Tienes miedo?, le dijo el hombre a la doncella.

Ella levantó los ojos y habló al fin:

Querido, dijo, la suerte está echada,

se han dicho los discursos, se ha tirado el arroz.

En el futuro viajaremos solos.

Contigo, dijo la doncella, no tengo miedo…».

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Dos semanas en otra ciudad (Two weeks in another town, 1962) de Vincente Minnelli

Diez años separan a Cautivos del mal de Dos semanas en otra ciudad. Cine dentro del cine. Dos amargas incursiones al mundo del cine en forma de melodrama que, sin embargo, no dejan de mostrar un apasionamiento hacia ese mundo de celuloide que, como la vida, contiene momentos de desesperación, crueldad absoluta y decadencia… pero también segundas oportunidades. Y las dos muestran ese Hollywood que evoluciona. No son iguales los estudios en los años cincuenta que esa decadencia que van sufriendo y ese cambio que se va dando en los sesenta. Por eso una ocurre en el seno de la industria de los sueños y la otra se traslada a la vieja Europa cuando los grandes estudios buscaban abaratar costes y las viejas glorias o las nuevas promesas iban a estudios europeos a pasear su olvido. En Dos semanas en otra ciudad la ciudad es Roma y los estudios, Cinecittà.

Las dos están protagonizadas por un mismo actor, Kirk Douglas y su director es Vincente Minnelli. Cautivos del mal, en blanco y negro, sirve para ilustrar el momento glorioso que vivieron un actor y un director de ficción, Jack Andrus (el propio Kirk Douglas) y Maurice Kruger (Edward G. Robinson). Así les vemos a ambos en sala de cine mirando una obra del pasado. Minnelli cuenta mucho de la historia del cine en una única escena.

Minnelli cada vez más sofisticado, y de gustos europeos (no es ajeno a las corrientes que irrumpen en Europa y a los aires nuevos de Hollywood), alardea de su uso del lenguaje cinematográfico y del buen uso de las claves del melodrama (en el que sin duda es uno de los directores estrella) para mostrar un retrato amargo de una serie de personajes que sufren porque aman, odian y viven intensamente. Así Douglas, el actor de hoyuelo, vuelve a estar inmenso como hombre desequilibrado, como actor que arrastra el fracaso y va en busca de una segunda oportunidad pero para ello ha de vivir una nueva catarsis (de pura tragedia) para salir absolutamente limpio y curado de su inestabilidad emocional.

Y para este proceso emocional que sufre el personaje se rodeará de cuatro personajes fundamentales para la evolución de su estado mental. El director con el que formó pareja artística en el Hollywood dorado (y que ahora también pasea su decadencia aunque trata de disimularlo) y una relación compleja. Carlotta, la ex mujer que le lleva siempre por los recovecos más oscuros de su personalidad y por un estado de dependencia enfermizo. Una joven y bella italiana que llega a la vida del actor como un balsamo y un joven actor que arrastra uno y mil complejos que es puro reflejo del actor maduro en su pasado (y que va también en picado hacia el abismo).

Como rey del melodrama nos hace sucumbir en un mundo de emociones extremas donde como en un tiovivo o como en un coche sin frenos el espectador pulula junto a un Jack Andrus que estalla o tiembla pero que comprueba que puede enfrentarse a sus miedos más recónditos.

Una de las sorpresas que nos depara este melodrama puro es el patético y triste papel de Clara, la esposa del director en plena decadencia, Maurice Kruger. Clara tiene el rostro de una buena actriz que cuando tuvo oportunidad de lucirse mostró su capacidad interpretativa. Es una de las caras a las que el olvido casi ha borrado pero cuando se la descubre raramente decepciona, Clarie Trevor. Siempre será la inolvidable prostituta Dallas reina de la función en La Diligencia de John Ford.

Una de sus escenas más recordadas y clímax catártico es la rápida carrera hacia la desesperación después de una noche de pesadilla (pero noche decisiva para dar el vuelco definitivo a su vida) que emprende Jack Andrus en su coche junto a una exaltada Carlotta sin máscaras. Pero Minnelli también se muestra maestro en las escenas de fiesta decadente o en los sets de rodaje (y doblaje) de la película que se está gestando en suelo europeo. Minnelli se muestra amargo, dolido pero a la vez apasionado. Ama el cine, su profesión… pero le duele y le amarga. Como le amargaría el resultado final de Dos semanas en otra ciudad que parece ser no fue del gusto del propio director que tuvo que someterse a los dictados del estudio para el que trabajaba.

Dos semanas en otra otra ciudad es un viaje con retorno de un actor que en la recaída encuentra una puerta abierta. Porque a pesar de los pesares se enfrenta a sus miedos y se da cuenta de que hay otros caminos. Y que del fracaso se aprende aunque sea un camino largo, arduo y duro.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Ha nacido una estrella, 1937, 1954 y 1976

… ¿Puedo mirarte otra vez?

Melodrama de amor donde en una misma pareja se huele el fracaso y el éxito. El olvido y el ocaso de una estrella y el alzamiento de otra. Las luces y las sombras del mundo del espectáculo en el seno de una pareja.

Él, alcohólico y pasado de rosca.

Ella, aspirante a artista de éxito.

Unen sus destinos para siempre.

Suicidio. Sacrificio o redención de él para que ella siga el rumbo de la fama y la creatividad sin que él sea un obstáculo. Suicidio por amor.

La protagonista se sobrepone al dolor y recuerda ante todos de quién es esposa.

De nuevo un canto al “Espectáculo debe continuar”.

La idea original, este libreto, surge en 1937 y se repite sucesivamente en 1954, 1976… y ahora puede que pronto vuelva a funcionar otro remake con Clint Eastwood de director. Pero esta idea del fracaso y el triunfo en una misma pareja ha dado cientos de argumentos en el mundo del cine. Por irnos a ejemplos recientes podemos encontrarnos con este esquema (con variaciones en profesiones y motivos de la muerte del personaje masculino) en Íntimo y personal. O en la más actual The artist notamos los ecos evidentes a Ha nacido una estrella sobre todo la del año 1937.

Hagamos un viaje por las tres versiones. Con sus luces y sus sombras pero con motivos de interés para visionarlas a gusto. Yo las adoro (aunque sé que no son igual de redondas).

Ha nacido una estrella (A star is born, 1937) de William A. Wellman

Cine dentro del cine. Uno de los directores pioneros que conoce el alma de Hollywood realiza un melodrama clásico. Él realiza el argumento original junto a Robert Carson y el guion es creado por Dorothy Parker, Alan Campbell y el propio Carson. Esta obra en Technicolor es una de las producciones arriesgadas de Selznick que empieza a cosechar éxitos con su propia productora.

Así el alma de la historia es la vida de Esther Blodgett, una chica de pueblo, que sueña con ser una gran actriz. Y en ese sueño la ayuda y la empuja su abuela. Cuando llega a Hollywood su sueño es difícil de lograr pero se cruza en su camino toda una estrella, Norman Maine, un actor famoso pero que está cayendo en picado además de arrastrar serios problemas con el alcohol. La propia productora inicia un proceso de caída para Maine y se pone en funcionamiento para poner en pie el éxito de Esther (ahora Vicki Lester) y mientras ambos construyen su peculiar historia de amor.

Aquí ya están las escenas que no faltan en ninguna de las demás versiones: el encuentro (él bastante perjudicado por el alcohol), la boda, la ceremonia de entrega de premios y el suicidio. Así como están perfilados alguno de los personajes secundarios que irán variando su importancia según la versión. El mejor amigo de ella (que se conocen en tiempos de penurias), el productor, el publicista… En esta versión es importante el papel de la abuela (su comparación de Hollywood con el mundo de los primeros pioneros que ocuparon la tierra no carece de interés. No olvidemos que Wellman había sido todo un pionero en el mundo de los sueños imposibles —y también despiadados—, Hollywood) pero es un personaje que no vuelve a aparecer en ningún otro remake.

La pareja protagonista son Fredric March y Janet Gaynor, dos clásicos del cine que además habían pasado con éxito su transición del cine silente al sonoro y conocían bien los recovecos de Hollywood. Sus dos personajes están perfectamente construidos. Ella ofrece naturalidad a raudales hasta en sus momentos más dramáticos, y él compone a un hombre alcohólico y fracasado pero enamorado que realiza en su suicido un acto de amor…

Por supuesto otro asunto que merece la pena es ver cómo era el Hollywood de los años treinta en algunos aspectos y el incipiente acoso mediático. Y también cómo se plantea la película y su estructura… como que están rodando un guion. Así lo primero que vemos es la primera página de un guion que nos empieza a contar la historia que vamos a ver… y termina con la última página de dicho guion.

Es una lástima la calidad ínfima del dvd que circula con esta versión que merece la pena.

Ha nacido una estrella (A star is born, 1957) de George Cukor

Esta vez es Cukor quien da el espectáculo. Y lo hace con elegancia, como es habitual en su cine. Sigue la estela del cine dentro del cine pero lo viste de espectacular musical. También conoce bien este mundo de la industria de los sueños y los desengaños y además ya lo ha tratado en otras ocasiones con un argumento similar (Hollywood al desnudo, 1932).

Un buen melodrama musical cuyo argumento central y las escenas que funcionan siguen en pie. Cukor da más profundidad e intimidad a la relación de la pareja. Maine es más autodestructivo. Esther sufre más el deterioro de su amado y se siente más culpable. Hay mucha más crueldad en el personaje del publicista (en la de Wellman era más bocazas que otra cosa, aquí Jack Carson le reviste de crueldad y envidia). Más emoción contenida. Más dramatismo. Y unos intérpretes excepcionales y todo regado con unas buenas canciones para el lucimiento total y absoluto de su protagonista una Judy Garland esplendorosa que se niega a vivir su propio deterioro. Garland sabía lo que estaba pasando el personaje de Maine, por eso su Esther desarma con su vulnerabilidad y comprensión hacia la persona amada (y también con sus dudas y su cansancio de seguir luchando por la relación). La Garland no sólo canta bien (y deja números memorables) sino que interpreta a su Esther (hasta cuando canta). Y Norman Maine es un estupendo James Mason que se tira a la piscina en su composición de actor alcohólico y autodestructivo. Realiza una interpretación en el que se muestra como el más encantador de los hombres, cree absolutamente en ella y en su valía, y también el más fracasado y patético (como su intervención en la ceremonia de los premios). Su última escena, su suicidio, es emocionante y contenida.

El nuevo dvd ofrece una copia de calidad aunque no me convence los montajes fotográficos que se insertan para ilustrar las partes que no se incluyeron en su montaje final pero de las que quedan documentos sonoros y documentos gráficos, y me decepcionaron profundamente los extras.

Ha nacido una estrella (A star is born, 1976) de Frank Pierson

Poco más hemos sabido de este director pero ofreció versión hippy de Ha nacido una estrella. Así la misma historia es ambientada en los macro conciertos de rock and roll, donde el protagonista alcohólico, John Norman, es una mega estrella de rock en decadencia, que ha arrastrado una vida de sexo, drogas y alcohol. Ahora descubre su cansancio, su vacío y su soledad. Y en ese momento es cuando encuentra a la cantante Esther Hoffman… y vuelta a empezar. La película tiene un aire documental sobre todo en el tema de los macro conciertos. Y la historia de Esther y John vuelve a enganchar y además esta versión no reniega de las escenas que ya habían funcionado bien en los otros remakes… y siguen funcionando.

Hay química, mucha química, entre Barbra Streisand y Kris Kristofferson. Hay como en las otras mucho romanticismo. Pero nos falla la composición del personaje de la Streisand que se luce en sus canciones y en sus encuentros con Kristofferson pero no en el alma del personaje que tiene entre manos…Y sin embargo es Kristofferson el que sigue dando la dimensión trágica a su personaje y a su evolución. Su John Norman llega a conseguir que empaticemos con lo que está viviendo. Esta vez su autodestrucción está unida al cansancio, el vacío, el hastío y el desencanto. Su suicidio no es en el mar… sino en un coche que pone al máximo de velocidad en una carretera desierta.

Y el dvd del remake de 1976 sigue la estela de algunas distribuidoras de vender musicales con subtitulos en castellano… pero dejando todas las canciones sin subtitular…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Píldoras críticas: una de culto, una olvidada, un clásico de los noventa y una película medicina…

El fotógrafo del pánico (1960) de Michael Powell

Quién me iba a decir a mí que me encontraría a Francisco José, aquel galán de las películas de Sissi (donde yo conocí a Romy Schneider), convertido en un asesino en serie con una disfunción mental provocada por los desagradables experimentos del padre científico que en su tierna infancia le grababa absolutamente en todos los estados (miedo, angustia…).

Quién me iba a decir a mí que Karlheinz Böhm iba a encajar en la aventura en solitario de Michael Powell. Y que con una cámara (pero de cine no de fotografía)…, de la que jamás se desprende, iba a plasmar el miedo de las víctimas para luego excitarse en solitario con su visión.

Lo que nadie tiene que decirme es que Powell vuelve a enredarme (aunque esta vez sea sin Pressburger) en una trama original y plasmada de manera desconcertante. Tanto los ambientes como los personajes (ay, esa madre ciega).

Si me dicen quédate con una escena: me quedo sin duda alguna con el asesinato de la pobre extra bailarina con la cara de Moira Shearer.

Y no les he desvelado nada. Todo lo que cuento se sabe desde el principio. Desde la primera escena sabemos quién es el asesino… es cómo nos lo cuenta lo que nos atrapa.

Filón de plata (1954) de Allan Dwan

… De esta película sólo conocía lo que hablaba Scorsese en su documental Un viaje personal con Martin Scorsese a través del cine americano. Y enseguida despertó mi atención.

Western en tiempo real, como dos años antes, Sólo ante el peligro. Y con la misma segunda lectura de la caza de brujas.

Un hombre acusado sin pruebas ni juicios de asesinato y robo por un enemigo acérrimo que se presenta con papeles que le certifican como un agente del estado, a través de la manipulación y la sospecha, ve cómo es rechazado por la comunidad que le acogía con los brazos abiertos… hasta que se convierte en un problema.

Dwan sin apenas medios consigue que nos demos cuenta de que sabe rodar y nos regala escenas memorables como la presentación de los malos al principio de la película (con un Duryea carismático que rara vez falla) o toda la secuencia final de un pueblo entero tras el falso culpable (John Payne) que le persiguen hasta el campanario de la iglesia…

Tan sólo creerán en la inocencia del personaje y no se dejarán llevar por el ambiente de rumores, sospechas y mentiras que va cubriendo a cada uno de los habitantes de la localidad, la mujer que le amó y la que le ama. La prostituta del pueblo y la niña rica con la que se va a casar… Ambas se unirán para intentar hacer lo imposible por que el hombre de sus vidas pueda probar su inocencia.

Beautiful Girls (1996) de Ted Demme

Sólo quiero que ocurra algo hermoso. A todos nos gustaría que ocurriera. Sólo le pido a un hombre que me diga por las noches, que duermas bien dulce niña. Pienso en lo que podría haber sido… Aquí todo seguirá igual. Espérame dentro de cinco años. Siempre será un gusto verte porque seguro que lo que hagas será increíble.

Clásico de los noventa absolutamente melancólico… sobre juventudes perdidas, desencantos, sueños rotos, miedos, amores, desamores y asunción de responsabilidades y compromisos. Y de fondo la amistad, la eterna amistad. Con macro reparto de ellos y ellas donde destacó una Natalie Portman que ya demostraba que era más que una promesa (ha sido cisne negro y cisne blanco ni más ni menos) con mucho menos de veinte añitos. Ah… y buena música.

Mis tardes con Margueritte (2010) de Jean Becker

No es película redonda… pero es película-medicina. Sobre el poder de la lectura. De la literatura. De las palabras. Sobre el placer de la lectura. Sobre las conversaciones compartidas. Sobre las relaciones benéficas entre un pobre hombre acomplejado y una elegante y frágil anciana. Terminas con una sonrisa y con muchas ganas de zamparte un bocadillo con un libro entre las manos.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Bola de fuego (Ball of fire, 1941) de Howard Hawks

Me gusta el Hawks que realiza comedia. No puedo remediarlo. Y si además cuenta con guion de Billy Wilder y Charles Brackett, entonces me derrito sin remedio. Pero ya el colmo es una galeria de actores principales y secundarios que te hace disfrutar cada secuencia. Que nada sobre ni falte. Y si seguimos mirando los créditos no doy crédito (valga la redundancia): banda sonora de Alfred Newman; momento musical mágico con la actriz estrella de la función y con un músico de jazz y baterista mítico, Gene Krupa; la fotografía a cargo del genial Gregg Toland; el vestuario de la actriz estrella por la leyenda Edith Heath…

Y, sí, puede que piensen que soy una exagerada. No me importa. Adoro Bola de fuego y cada visionado es emocionante. Y eso sabiendo que me pierdo matices porque parte de los gags se basan en el uso del lenguaje y la riqueza de los giros. Pues una de las claves de esta historia es cómo un profesor de lingüística se da cuenta de que su entrada sobre jerga o slang, para una mastodóntica enciclopedia que reúna todos los saberes, es absolutamente obsoleta y decide salir de las cuatro paredes de su sala de trabajo y escuchar el lenguaje vivo de la calle. Ahí conocerá a distintas personas que le ayudarán en su empeño y sobre todo a una cabaretera que se convertirá en parte central de la trama. Sin embargo, la película es tan buena que aun con el doblaje (las primeras veces que la vi en televisión) o ahora en versión original en el DVD sin entender varios giros ni sus traducciones… me atrapa, me emociona, me subyuga…

Muchas veces cuando se habla de Bola de fuego se realiza una comparación con el cuento de Blancanieves y los siete enanitos… pero es mucho más que eso. Es una cabaretera, una superviviente. Un hombre sabio pero torpe con los sentimientos y con su largo cuerpo… que encerrado en el saber ha acumulado polvo en el corazón. Siete compañeros de trabajo, siete venerables ancianos, seis solteros y uno viudo…, inminentes especialistas en distintas materias, y limpios de corazón. Un ama de casa que es dueña y señora de los hombres sabios. Una mecenas solterona que vibra por tener alguna emoción en su vida junto a un abogado que nunca se separa de donde está el patrimonio de la dama. Una pandilla de gánsteres que no lograrán sobornar corazones incorruptibles. Y un grupo de gente de la calle, generoso, que demostrará al joven profesor de lingüística que el lenguaje está vivo.

Y entre el grupo de venerables profesores nos encontraremos a reconocibles rostros secundarios que han poblado distintos metros de celuloide. Casi todos actores de origen europeo que dejaron sus países, por distintos motivos, y realizaron su carrera en Hollywood. Sólo un aperitivo: Henry Travers (el inolvidable ángel Clarence de Qué bello es vivir) o S.Z. Sakall y Leonid Kinskey (los dos camareros inolvidables que trabajaban en el bar de Rick en Casablanca). Los siete profesores logran componer un personaje a cada cual más tierno. Siete hombres encerrados en su saber que ante la novedad de una simpática y alegre chica guapa ven ‘revolucionadas’ sus ordenadas vidas siempre entre libros y charlas.

Entre los gánsteres nos encontramos a dos rostros eternos del cine negro… transformándose en comediantes de primera: Dana Andrews y un magnífico Dan Duryea (que protagoniza una de las ‘torturas’ más divertidas del cine. Los ancianos le hacen confesar el paradero de la chica aplicándole una pluma por su cuerpo que le provoca una risa continua).

Y es que este tipo de películas lograban poner en marcha un universo de personajes con vida propia aunque sólo tengan una frase de guion.

Por fin, con redoble de tambor, llegamos a la pareja protagonista. Un tierno Gary Cooper como profesor sabio pero patoso e inocente que en su ilusión por que alguien retire el polvo de su corazón hace caer rendida a sus pies a una vividora de existencia alegre. Así la maravillosa (todavía no la he visto un papel mediocre) Barbara Stanwyck, la cabaretera con tintes de mujer fatal con buen corazón, ‘revoluciona’ a todos los sabios y sus saberes… hasta hacerles bailar la conga y roba el corazón y la racionalidad al más joven de ellos, al octavo profesor. Así protagoniza una de las declaraciones de amor más bonitas en las que enumera que está enamorada de todos los defectos del joven profesor: de que no sabe utilizar su cuerpo enorme de jirafa, de lo mal que besa, de lo mal que se abrocha el chaleco… Y él a su vez se declara de manera preciosa, sin quererlo, ante una Barbara en penumbra, dejando ver que no puede controlar su cuerpo, que la desea con toda el alma. Ambos volvieron a trabajar juntos enseguida y a estar maravillosos en la película de Frank Capra, Juan Nadie. Protagonizaron otra película en los años cincuenta que no he logrado ver (Soplo salvaje de Hugo Fregonese).

Todo este universo de personajes geniales pulula en una puesta en escena cuidada de Hawks que logra naturalidad en cada momento. Convierte en genial el número musical que presenta a Barbara o hace que una declaración de amor en penumbra sea inolvidable. Hace que un viaje en coche sea algo emocionante… Todo está poblado de guiños, de detalles, de matices (todo tiene sentido)… Además cada una de las secuencias tiene unos diálogos mágicos gracias a Wilder y Brackett, inspiradísimos.

Por favor, dame un ñam-ñam, dice el amado a su enamorada.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Ligeramente escarlata (Slightly Scarlet, 1956) de Allan Dwan

Allan Dwan fue uno de esos realizadores pioneros que se pasaron la vida haciendo cine. Así su dominio del lenguaje cinematográfico era innegable. Es de esos directores-artesanos desconocidos que trabajaron en cientos de películas. Sin embargo su nombre no suena entre los grandes pero de vez en cuando vemos una de sus películas y nos pega un trallazo. Parece que nos dice, eh, tú estoy aquí. Dwan hizo cine silente y sonoro, trabajó en todos los géneros, y manejó distintos presupuestos. Es de esos realizadores de los que se ha perdido parte de sus películas (porque su conservación no ha sido adecuada) y la distribución de sus obras no ha sido abundante. Sin embargo aquellos que descubren su obra se quitan el sombrero. Él es uno de los directores entrevistados por Peter Bogdanovich en los volúmenes de El director es la estrella. Y uno de los directores nombrados por Martin Scorsese en su maravilloso y particular documental Un recorrido personal por el cine norteamericano.

Reconozco que apenas he visto obra cinematográfica de Dwan como para tener una radiografía del director pero muy poco a poco le voy descubriendo. Ahora le toca el turno a Ligeramente escarlata, adaptación de una novela de J. M. Cain que no he leído (que parece ser éste ya escribió con miras a que sería adaptada al cine). Cine negro a todo color. Con el ambiente turbio necesario, la moralidad oscura, el amor fatal, el mundo del hampa corrompiendo a una ciudad, la lucha contra la mafia, el político que trata de ser incorrupto, el papel de los medios de comunicación, el policía que se deja llevar por la mafia, los personajes ambiguos…, las sombras.

Y detrás de una película sin pretensiones aparentes, sin estrellas del firmamento (pero sí carismáticas), sin presupuesto desorbitado, se ve la mano maestra de Dwan. Sobre todo en las escenas previas al asesinato de un periodista que trata de combatir la corrupción. Y también en el continuo detalle de su puesta en escena. El director-artesano se mueve a gusto por una historia de sensualidad y corrupción.

La sensualidad va de la mano de las dos protagonistas femeninas, las pelirrojas más populares de los años 50, Rhonda Fleming y Arlene Dahl que se adueñan de la película de principio a fin. Con sus cabelleras rojas, sus modelitos exóticos, y su exuberante y algo salvaje a la vez que decadente belleza. Ambas son dos hermanas de relación dependiente y extraña. Una, Arlene Dahl tiene problemas de salud mental que la hacen vulnerable pero también cleptómana y ninfómana. La otra, ha estudiado, ha trabajado duro y ha llegado a un buen puesto junto al político honrado que pretende llegar a la alcaldía y de paso casarse con su empleada favorita, ella. Arrastra un sentimiento de culpa que hace que siempre esté al pendiente de su hermana y no parece que le halague en exceso el amor de su jefe…, sin embargo, siente un amor a primera vista hacia uno de los chicos malos y corruptos.

Y ese chico malo y corrupto no es otro que un olvidado actor, John Payne, al que solían juntar con pelirrojas indómitas (también actuó junto a Maureen O’Hara y quizá su película más recordada sea la navideña De ilusión también se vive) que se enamora de la chica buena, aunque algo compleja, de la historia. Él es el chico listo y ambicioso que trabaja para el mafioso que lleva realmente la ciudad, Solly Caspar que tiene el rostro de Ted de Corsia, un solvente actor secundario con cara de duro y presente en varias joyas del cine negro. El joven juega sus cartas para quitarle el poder y apartar a Caspar del camino. Así queda un entramado de relaciones complejas en un ambiente de corrupción y asfixia moral donde las cabelleras de las pelirrojas bailan por doquier.

Como es habitual en estas películas de presupuesto no desorbitado, emplean soluciones y escenas que entran en el terreno del culto. La imaginación siempre es de agradecer. Aquí ocurre con un arma que emplean en dos momentos distintos las pelirrojas en cuestión y es un arpón (sofisticado que se dispara cual pistola) como arma homicida. Así como también entran en el terreno de la leyenda alguno de los modelos que exhiben las damas. Como la boina negra de Dahl o los shorts de la Flemming.

Siéntese una tarde en su sillón, con una buena cena, y si quiere inmiscuirse en un ambiente de cine negro de colores chillones, deleitese con Ligeramente escarlata.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.