Llega un jinete libre y salvaje (Comes a horseman, 1978) de Alan J. Pakula

Sí, ha sido toda una sorpresa descubrir Llega un jinete libre y salvaje. La disfruté desde el primer fotograma hasta al final. Un western crepuscular donde se refleja el final de un modo de vida y la sustitución de unas rencillas por otras. Lo que parece que es un enfrentamiento entre ganaderos (un terrateniente y dos ganaderos que unen sus fuerzas), se convierte en la llegada de otro tipo de poder, el oro negro, el poder del petróleo. Grandes magnates que ya no les interesan los enormes parajes y fronteras entre tierras para el deambular del ganado sino que les dejen analizar las tierras para comprobar si pueden elevar sus torres petrolíferas, hace entrada una nueva economía más agresiva y destructiva. Pero los viejos ganaderos-terratenientes tan lobos viejos ellos tratarán de ganar la última batalla con los métodos de siempre (y parece que dan resultado)… y la victoria pírrica de los dos pequeños ganaderos no es más que el anuncio del final de un modo de vida al que son leales. La película queda situada en el tiempo… está a punto de terminar la Segunda Guerra Mundial…, llegan otros tiempos y modos de vida.

Así Alan J. Pakula dirige un sorprendente western intimista y melancólico (de silencios, miradas y diálogos precisos) pero en el que florecen diversos temas. Una película poblada no sólo de parajes impresionantes, estámpidas, tormentas e inclemencias, sentimientos desatados, recuerdos sino de un buen reparto y un guion (Dennis Lynton Clark) que refleja las complejas relaciones humanas pero a la vez apasionantes. La ranchera dura (Jane Fonda) que se enfrenta a todo y a todos y nunca puede estar relajada. El ex soldado (James Caan) que trata de volverse ranchero y encuentra obstáculos en otro campo de batalla. El terrateniente poderoso (Jason Robards) que se niega a abandonar sus privilegios y fuerza, admira a sus adversarios rancheros (porque les puede hacer continuamente la vida imposible pero sabe por qué luchan) y desprecia a los nuevos empresarios. El viejo ranchero (Richard Farnsworth) de toda la vida, un hombre que ama su trabajo duro, y que siempre busca la dignidad como compañera. Y el nuevo tipo de empresario petrolífero frío, impacable y sibilino (George Grizzard).

Con todos estos personajes y sus relaciones perfectamente trazadas, Alan J. Pakula construye un drama intimista pero con todo el espacio del Oeste a su disposición. Así vemos nacer una relación entre iguales, donde se demuestra que la unión hace la fuerza, que desemboca en romance entre la dura ganadera y el ex-soldado que trata de echar raíces. Y sus escenas juntos son de una delicadeza extrema que van contando el nacimiento de una relación basada en el respeto, la libertad y la igualdad en el reparto de las tareas y las decisiones (toma ya). Entre Jane Fonda y James Caan surge una química perfecta. Y aquí además el que es dulce y comprensivo es el caballero que logra poco a poco romper la coraza de la ranchera de vida dura.

También es especial la sensibilidad con la que cuenta la relación de ambos con el viejo vaquero de toda la vida con el rostro de Farnsworth (que muchos recordarán como el abuel Alvin en Una historia verdadera de David Lynch). Un maestro de la vida que encara el final de su profesión y de la vida con dignidad extrema.

Y como no un Jason Robards que se desborda en cada fotograma con un papel de malo malísimo con mil y un matices. Que protagoniza también escenas magistrales de cómo enfrentarse, como un perro viejo al acecho, ante las dificultades de la vida…, nunca se rinde. Y se lleva por delante lo que haga falta: magnates del petróleo, banqueros traidores… y sus enemigos eternos (otros ganaderos con los que tiene además complejos lazos y relaciones de amor-odio, como la vida misma).

Alan J. Pakula nos lleva de la mano, con banda sonora de Michael Small (rociado de viejas canciones que necesitan la voz de hombres que rasgan sus guitarras), y cuidada fotografía de Gordon Willis, a una historia profunda y bien construida. Pakula se sirve de los espacios naturales, los detalles en las casas de los protagonistas (puertas, ventanas con cortinas, fotografías, escaleras…), las tormentas, el fuego, el ganado desbocado, explosiones para analizar esa tierra que puede esconder oro negro… para narrarnos una historia que llega al espectador en cada uno de sus fotogramas. Para describirnos los sentimientos de esos protagonistas que se dejan llevar por pasiones, recuerdos y sentimientos.

Llega un jinete salvaje y libre logra desbocar las emociones de quien la contempla por primera vez. Y promete más matices en futuros visionados. Totalmente feliz de seguir disfrutando de nuevos descubrimientos.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Un extraño en mi vida (Strangers when we meet, 1960) de Richard Quine

Richard Quine realizaría en 1960 dos bellas películas sobre amores imposibles. Dos interesantes melodramas: El mundo de Suzie Wong (que me encantó y la vi varias veces cuando tenía un vhs con ella… ahora no he vuelto a recuperarla en dvd) y Un extraño en mi vida (la obra cinematográfica que nos ocupa en este texto). Dos películas que casi nunca son muy nombradas en listas de grandes clásicos. Y sin embargo las dos son cinematográficamente exquisitas y con unas historias que llegan y calan. Richard Quine tampoco es un director de gran prestigio y muy conocido. Su carrera es irregular y diversa en géneros y peculiaridades. Pero es un tipo interesante con unas obras cinematográficas a tener en cuenta.

Un extraño en mi vida presenta como el american way of life tiene muchas fisuras y deja al descubierto como los hombres y mujeres que tratan de construir unas vidas perfectas son eternamente insatisfechos e infelices. Y, sobre todo pone en escena el vacío existencial y el aburrimiento que acompaña esta perfección. Y ahí en una ‘perfecta’ y ‘ordenada’ localidad (localidades-cárceles) se desarrolla una historia de adulterio, pasión y amor insatisfecho. Pero también deja reflexiones sobre la creación artística… sobre si seguir la corriente existente al escribir una novela o construir una casa o dejarse llevar por lo que uno lleva dentro sin importarle los índices de venta, las modas o pensar en las buenas o malas críticas… Un extraño en mi vida es el reflejo, en una puesta en escena muy cuidada, de una forma de vida (también de un época) que caló y cala (no, no todavía no ha terminado esta visión, el sueño de un tipo de vida determinado, que si se alcanza como muestran los protagonistas puede ser fuente de infelicidad e insatisfacción) en hombres y mujeres. ¿Cómo seríamos felices? Se convierte en pregunta eterna.

Richard Quine crea metáforas visuales en Un extraño en mi vida y sobre todo es una canción de amor sensual y apasionado hacia un personaje (Maggie) encarnado por una mujer real, Kim Novak. Quine estaba enamorado de Novak y aquí en cada fotograma lo desgrana. En cada fotograma se declara. De manera elegante (sí, se puede), convierte a Novak en objeto de obsesión, deseo, sensualidad, seducción… y amor no correspondido. Y la Novak engatusa con su belleza siempre distante (pero pasional) y una voz calida, grave, susurrante y sensual… El hombre que la desea y ama es un arquitecto. Un Kirk Douglas que es presentado como un hombre seguro de sí mismo, de su entorno, de su trabajo, de sus amigos, de su familia… pero en realidad inmerso en un pozo de inseguridades, insatisfacciones y miedos que ve en Maggie y en la casa que está construyendo una posibilidad de sentirse completo.

Así surge la metáfora de la casa que construye para un escritor de éxito. Una casa ‘ideal y libre’ cuya construcción dura lo mismo que la relación adultera. Una casa como dice Maggie al final que en realidad es la suya (la de ambos), que representa la posibilidad de haber vivido para siempre juntos. Como dice Coe, el arquitecto, la casa en la que construiría un foso para que siempre estuvieran solos y aislados, amándose. A partir de ahí se desarrolla un final amargo donde los amantes renuncian a un posible ideal y se quedan con sus perfectas y aburridas vidas. Quizá ese posible ideal hubiera terminado conviertiéndose en otra ‘cárcel’ para ambos. Ahora con el recuerdo de una posibilidad…

Ambos son adúlteros pero no quieren hacer daño a su entorno (o ¿es cobardía o es inseguridad?). Ambos tienen una vida ya construida pero la ruptura de ese modo de vida los remueve y por ello los convierte en más humanos. Así como los personajes secundarios que se mueven a su alrededor. Con todas sus virtudes y miserias. Con todos sus vacíos y mezquindades. Por ahí pulula el escritor play boy, el ama de casa diligente, el marido frío y poco pasional, el vecino cotilla y desagradable (un Walter Matthau genial en su cometido), la madre que ha vivido…

Por ahí vemos las calles perfectas, los niños perfectos, las fiestas perfectas, los supermecados perfectos, las casas perfectas… y una frialdad que se rompe cuando se desatan las pasiones, que confunden a los personajes pero al fin al cabo les hacen vivir y sentir.

Así Richard Quine emplea una puesta en escena elegante desde que empieza la película y enfoca por primera vez a Kim Novak como la nueva y bella vecina. Emplea perfectamente el lenguaje del melodrama. Así como los sucesivos encuentros entre los amantes. O cómo los personajes se mueven y ‘disponen’ por las habitaciones de las casas. Cómo enfoca la espalda y la nuca de ella. O cómo va mostrando la construcción de la casa y de la relación. Hay un cuidado tratamiento del color. Unos diálogos certeros por un buen trabajo de guión del propio novelista (que se adapta al lenguaje cinematográfico) Evan Hunter y una hermosa banda sonora de George Duning. Pero si hay algo que también llama la atención durante todo el metraje es la continua pasión y sensualidad contenida. En cada uno de los encuentros de los dos amantes. O en esa fiesta donde los amantes no pueden mostrar que se conocen y no pueden estar juntos. En la sensualidad que brota de Maggie-Novak cuando se siente sola o poco deseada. O también una violencia sexual oculta (misoginia escondida pero transparente en cada uno de los hombres de esta historia, y de esa mentalidad —y ahora tampoco estamos tan adelantados—, y también en la actitud de las mujeres) sobre todo evidente en el amago de seducción violenta del vecino chismoso (de nuevo Walter Matthau) hacia la esposa del arquitecto (una estupenda Barbara Rush, actriz para recordar que tenía experiencia en el melo de Sirk) o en esa confesión que realiza Novak sobre una agresión sufrida a un Douglas perplejo (que se comporta como un ‘macho’ sin un ápice de comprensión hacia la mujer deseada… aunque luego se da cuenta de lo que ha hecho…) o en ese plano final de una Novak llorando en su coche y cómo la mira desde fuera un joven cazador (como si fuese una posible presa). Otro aspecto cuidado es la ambientación, la indumentaria de los personajes, la decoración de las casas, las calles, el parque de atracciones…

Y cada uno de los intérpretes y secundarios construyen personajes interesantes desde el escritor exitoso y vacío con rostro del cómico Ernie Kovacs (que murió al poco tiempo en un accidente de tráfico) en una encarnación de un personaje patético y triste. Hasta ese vecino que continuamente  chismorrea, juzga pero es de lo más mezquino (Walter Matthau). O esa madre que pide a su hija menos frialdad en su vida y que sepa ponerse en el lugar del otro, que sepa apasionarse un poco (Virginia Bruce, una actriz de larga, larga carrera). Y también esa ama de casa y esposa amantísima pero que no tiene un pelo de tonta, la morena Barbara Rush.

Pero sobre todo una pareja protagonista con una química especial. Kim Novak y Kirk Douglas parecen realmente que cometen un adulterio y que se desean y aman. Hay una escena preciosa en la que Maggie pregunta a su amante por cómo se afeita ese hoyuelo que tiene. Kirk Douglas tenía en su hoyuelo un signo de distinción que es aprovechado para su personaje de arquitecto perdido en un mar de sentimientos.

Un extraño en mi vida es una película melancólica que delata el enamoramiento de un director hacia su actriz protagonista…

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

La comedia de la vida (20th Century, 1934) de Howard Hawks

… Buena película para empezar el año. Una comedia de Hawks, en uno de los tantos géneros que dominó con mucho arte y uno de los géneros en los que dejó carcajadas a raudales. Hawks inolvidable en La fiera de mi niña, Luna nueva (ya sabéis que debo mi inmortalidad y eterna juventud a esta maravilla), Bola de fuego, La novia era él, Me siento rejuvenecer o Su juego favorito, comenzó su famosa andadura por el género (aunque ya tenía su experiencia en el cine silente) con La comedia de la vida donde se encuentra la semilla de la comedia alocada, la screwball comedy.

Así su pareja protagonista está formada por dos seres creativos pero arrastrados por la irracionalidad, el esperpento, la hilaridad, el histrionismo, con chispa en sus diálogos rápidos y vivos… y rodeados por personajes igualmente irracionales… pero por ello rozan la genialidad. Todos se reúnen finalmente en un escenario muy cinematográfico: un tren, el 20th Century, con destino a New York.

El tren ha sido escenario de muchos asuntos (pasiones, asesinatos, viajes iniciáticos…) pero ha sido también escenario de alocadas comedias que nos han dejado escenas imborrables desde un Buster Keaton, maquinista de la general, hasta los irracionales que pueblan La comedia de la vida, pasando por las desternillantes escenas en Los hermanos Marx en el Oeste (¡Más madera!), la divertidísima Un marido rico de Preston Sturges o Con faldas y a lo loco y esa litera de límites insospechados para celebrar la más divertida de las fiestas. En los camarotes y vagones de La comedia de la vida transcurren vidas locas… y apasionadas.

Hawks ama y respeta los oficios que llevan a cabo los hombres y mujeres que protagonizan sus películas. Porque forman parte de una pasión. Así es comprensivo con las virtudes y defectos de sus personajes protagonistas que finalmente siempre se entregan apasionadamente al trabajo que aman y que da sentido a sus vidas. En La comedia de la vida es el mundo del teatro el que sube al estrado en una de esas combinaciones maravillosas entre pantallas de cine y escenarios. Por otra parte en el guion se deja llevar por dos plumas incisivas (que ya habían creado para el teatro su maravillosa Primera plana… que Hawks transformaría en la mítica Luna nueva —una de sus versiones cinematográficas—…), Ben Hecht y Charles MacArthur.

Sus personajes esperpénticos nos dejan una reflexión con la que juegan en sus maravillosos diálogos… en ese mundo ya no hay distinción entre lo real y lo interpretado. No hay freno para el exceso, el juego, los trucos y las mentiras. Realidad y ficción se cruzan continuamente como los sentimientos y las pasiones. La vida se transforma en una locura sin hueco para la calma ni el aburrimiento. La propia realidad es un gigantesco e interminable escenario.

La estructura de la película es circular empieza con un ensayo en la que se nos muestra el nacimiento de un tándem artístico, una actriz (que empieza) y un famoso y excéntrico productor que ve en ella una joya en bruto… y termina con otro ensayo en el cual se ve que ambos acabarán siempre irremediablemente juntos porque juntos crean a pesar de los pesares. En medio transcurre su periodo de separación donde ella sigue su estrellato (cambiando las tablas por Hollywood y su libertad… y una personalidad realmente alocada que como su pigmalión siempre bordea lo real y lo ficticio… la vida también es un escenario) y él va uniendo fracaso tras fracaso en los teatros. Ambos vuelven a unir sus destinos a bordo de un tren…

Y alrededor de ello una galería de personajes secundarios absolutamente delirantes y geniales ofreciendo la que esto suscribe matrícula de honor a Etienne Girardot con un papel delirante y maravilloso. Él es el anciano Mathew J. Clark, hombrecillo con un maletín que va pegando en el tren pegatinas con mensajes religiosos (¡Arrepentíos, que ya es hora!) en ventanas, sombreros, chaquetas…, que se dice empresario y va dejando cheques millonarios sin fondos allá por donde pasa… Pero también le acompañan otros personajes como el relaciones públicas Owen O’Malley (Roscoe Karns) apegado a su botella y siempre con frase a punto y el contable del teatro Oliver Webb (Walter Connolly) con sus ‘problemas’ de corazón, sus despidos continuos y el mejor amigo del protagonista, los inseparables secuaces del productor.

Todo lo anterior arropa a la pareja protagonista: Carole Lombard y John Barrymore… que ofrecen la esencia de la locura y de lo delirante en sus interpretaciones como la actriz principal y el famoso productor. Los dos intérpretes se desatan y su histrionismo, maravillosamente pautado, deja dos interpretaciones de quitarse el sombrero. Porque los dos se encuentran en un gran escenario que es la vida y no paran de jugar y de actuar… ya que la vida es puro teatro.

John Barrymore como productor extremo deja a su personaje matices y más matices y hace de la exageración un arte. De la estirpe Barrymore, John que fue galan silente arrastraba vida de excesos y aunque ya el alcohol iba haciendo mella en su físico y en su memoria siguió interpretando hasta que murió en 1942. En La comedia de la vida dio rienda suelta al exceso y al esperpento creando a un productor teatral apasionado, genial, inaguantable… y con altas dosis de locura. Carole Lombard, sin embargo, estaba convirtiéndose en estrella imprescindible, en gran dama de la alta comedia loca, y aquí en su actriz desatada ya se encuentra la esencia de su personalidad de comediante. Su belleza y elegancia esconde a un personaje de divertida irracionalidad que llega a extremos delirantes en mi personaje favorito de la Lombard, la Irene Bullock de Al servicio de las damas.

Así es un placer sumergirse en el tren 20th Century con destino a Nueva York y ser testigo de vidas que son puro teatro para nuestro deleite…

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Little Voice (Little Voice, 1998) de Mark Herman

Little Voice es una película extraña pero a ratos emocionante. Un cuento oscuro pero con unos brotes de luz. No es película redonda pero a veces roza el momento sublime gracias sobre todo a unos intérpretes que encarnan unos personajes maravillosos. Little Voice oscila entre la comedia y la tragedia más absoluta. Y en esa mezcla crea una ambientación y un ritmo llamativo. A veces decae pero de pronto un destello la vuelve a hacer brillar. Tiene dos momentos musicales excepcionales, que detallaré más adelante.

Little Voice podría ser el cuento de una princesa destronada encerrada en su habitación en un castillo que se cae a pedazos. Vive del recuerdo de un padre que la quiso, y que le dejó una fotografía y sus discos de vinilo. Little Voice habla en susurros y convive con una madre grosera y castradora que la humilla cada segundo. Little Voice ha creado su propio mundo y se encierra en una timidez patológica que la hace no querer relacionarse con el mundo. Sólo escucha sus discos… y a veces cuando su padre se le aparece y la sonríe, se transforma, se comunica con él, cantándole las canciones favoritas de grandes divas como Judy Garland, Marlene Dietrich, Marilyn Monroe o Billie Holliday. En su pequeño mundo entran dos nuevos personajes: un príncipe tímido que ama las palomas y un pseudo padre, el nuevo novio de su madre, que es un representante de artistas y ve en Little Voice la posibilidad de que nazca una estrella. Y entre ellos vive nuevos obstáculos donde la princesa finalmente descubre que puede salir del castillo que se cae a pedazos porque hay posibilidad de que la quieran otras personas y romper el lazo con una madre que la destroza. Descubre que no sólo puede comunicarse con el padre ausente sino que hay otras personas, como el tímido príncipe, que desean conocerla.

Pero también es la historia de unos perdedores en un barrio deprimido y obrero de un lugar de Gran Bretaña. Donde cada uno se comunica como puede. Y la ‘malvada’ madre y el ‘aprovechado’ agente se convierten en dos personajes patéticos que ven en Little Voice la posibilidad de una nueva vida plagada de éxito, amor y recursos económicos. Los dos están tan desesperados que no se fijan en Little Voice como persona incomunicada sino como posibilidad de futuro. Y su sueño se cae en pedazos de la manera más cruel. Y a esa ‘malvada’ madre y el ‘aprovechado’ agente los sentimos, tan patéticos y fracasados, que nos provocan compasión y tristeza. Y entonces vemos una casa patética, unos locales patéticos, un ambiente triste y deprimido donde la gente sólo trata de ser feliz. Y es ese poder imitador de Little Voice, esa voz, la que hace que muchos personajes ‘sueñen’. Entre ellos la propia protagonista. También entramos en contacto con un tímido muchacho que sólo es feliz entre sus palomas y que encuentra su ‘alma gemela’ en Little Voice y que no se rinde en su empeño de lograr comunicarse con ella, en velar ‘por lo que realmente quiere’.

Y es esa mezcla de cuento y realidad lo que hace de Little Voice película extraña y de momentos sublimes. Y es la entrega de sus intérpretes la que hace que nos quedemos enganchados. Así la madre tosca y grosera que sólo quiere que la amen, que no quiere hacerse mayor, ni tener problemas económicos, que sueña, que desprecia la vida que la rodea (entre ellos a su difunto esposo) pero una energía poderosa y muchas ganas de vivir tiene el rostro de una increíble Brenda Blethyn (con reminiscencias a Secretos y mentiras) que se convierte en una especie de matrona a lo Shelley Winters. Y logra que un personaje odioso nos mueva a la ternura y la compasión. O un fracasado agente de artistas infumables que se codea con locales igual de decadentes que él con la cara de un impresionante Michael Caine, genial como hortera que vislumbra la posibilidad última de éxito… y que vuelve  caer en la desesperación. Y al igual que la madre nos inspira tremenda compasión. O la propia Little Voice, que susurra, que mira tímidamente, que se mueve de manera apocada, que trata de gritar sus miedos y no puede… pero que se convierte en mujer mágica llena de matices cuando canta con el rostro de la artista Jane Horrocks. Alrededor de ellos pululan el tímido muchacho, con el rostro expresivo de Ewan McGregor que logrará mediante la sencillez que Little Voice salga de su caparazón y vuele. Una amiga de la madre enorme, secundaria y siempre callada (pero con toda una historia), el compañero de trabajo de Ewan… y el dueño de un local decadente que se convierte en un maestro de ceremonias decadente pero imbuido del espectáculo debe continuar pase lo que pase (un genial Jim Broadbent).

La película está inspirada en una obra teatral de Jim Cartwright que fue todo un éxito, The rise and fall of Little Voice y dirigida por el irregular Mark Herman (que tocó mi fibra sensible con Tocando el viento y me dejó bastante fría con El niño con el pijama a rayas). Herman logra, como digo, un ambiente extraño entre realismo y magia. Entre realismo y fantasía. Y nos deja en el sitio con la exitosa actuación de Little Voice (que canta a su padre) en un local maquillado (que oculta la decadencia) donde pasa de Monroe a Dietrich hasta alcanzar a la Garland bajo el entusiasmo de la platea. Nada que ver también con su electrizante y patética primera actuación a oscuras, temerosa, en ese mismo local sin tapar su decadencia y sin luces para no asustar a Little Voice donde surgen tristes imitaciones de la Holliday o una Monroe cantando su triste Happy Birthday. O nos quedamos anodados con la interpretación derrotada y tremenda de un Michael Caine que ve cómo ha perdido el tren de su última oportunidad ante un público perplejo… y canta su desilusión y frustración a gritos.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

El desfile del amor (The love parade, 1929) de Ernst Lubitsch

El desfile del amor es de esas películas cargadas de sorpresas y secretos. Cargadas de historia. El desfile del amor es buen cine. Y representa el paso de una época. La época del cine silente al cine sonoro. El elegante estudio de Paramount con sus producciones sofisticadas tenía a Lubitsch bajo su techo —empezó a rodar en América desde el año 1923 donde continuó su carrera de cine silente con películas tan valiosas como Los peligros del flirt o El abanico de lady Windemerer— que deleitó con sus primeros trabajos sonoros cinematográficos. Especializándose en un género genuinamente americano que recopiló grandes éxitos, el musical. El desfile del amor es uno de esos grandes primeros musicales, toda una opereta llena de picardía y vodevil pero con un uso del lenguaje cinematográfico portentoso. Lubitsch sabía lo que era el cine. Su trayectoria europea y americana durante el periodo silente le proporcionó todos los secretos.

El desfile del amor es cine de evasión. Se inspira en una obra de teatro y la adorna con unas cuantas canciones. De grandes escenarios y también ironías. De grandes palacios, salones y llamativos vestidos. De muchas puertas cerradas y virtuosidad en la forma de contar, en el uso de la elipsis. De ese toque Lubitsch que permitía contar lo que no se podía. Es película frívola pero con elegancia, opereta sofisticada, que supuso el principio de un dúo cinematográfico hoy caído en olvido pero que merece la pena que sean rescatados: Maurice Chevalier y Jeannette MacDonald (esta película fue el debú cinematográfico de la dama). Ella es una reina de un país imaginario llamado Sylvania y el un conde libertino que no ha parado de seducir y escandalizar con su conducta en París. Ambos unen sus destinos… y terminan casándose. Pero él es tan sólo el príncipe consorte, no tiene ni voz ni voto, sólo ser marido de la reina y con mucho tiempo libre por delante. Ésa es su única función. Y ella es mujer de Estado que tiene que llevar todos los asuntos políticos que conciernen a su país, que apenas tiene tiempo, que llega tarde a casa, que ordena… Así se nos propone un cambio de roles y una especie de La fierecilla domada pero al revés (no sabemos si la MacDonald terminará domando a su príncipe consorte o… jugarán infinitamente al juego de yo te castigo pero tú me dices cómo). Al final es una película de ‘guerra de sexos’.

La MacDonald se muestra pícara, con sus trajes transparentes, dejando ver sus formas, sus piernas, y bañándose claramente desnuda en una bañera mientras cuenta un sueño picante. Se muestra picarona aunque cante opereta. Así la muestra siempre Lubitsch en el futuro demostrando que es buena comediante. Sin embargo luego su carrera irá por otros derroteros que nos darán otra imagen de la dama. Frente al travieso Chevalier formará pareja con galán serio, Nelson Eddy, donde la picardía y el punto fresco y frívolo desaparecía… Chevalier hombre de escenarios y vodevil consiguió popularidad en el cine americano de los años 30 como galán divertido, rey del gesto y mago todavía de la pantomima y la canción ligera. Era el hombre francés, el europeo por excelencia. Después a finales de los cincuenta, viviría su segunda etapa de oro en el cine, ya más anciano sería el acompañante mayor imprescindible en películas como Ariane, Gigi o Fanny.

Y esta pareja está acompañada por una serie de secundarios impagables, reyes también de los escenarios. La ‘otra pareja’ son los plebeyos…, los que forman parte del servicio y nos hacen mirar desde otra perspectiva la relación de la reina y el conde. Lupino Lane, de una familia de artistas, cuyos números musicales en la película son los mejores o los que más captaron mi atención como tales. Lupino es familiar de la posteriormente famosa Ida Lupino. Y su acompañante es otra mujer de vida fascinante, y artista, Lillian Roth. Después como ministro de guerra y con un par de intervenciones divertidas tenemos a uno de los futuros imprescindibles secundarios: Eugene Pallette (uno de sus papeles más recordados es el de peculiar ‘religioso’ en la película de Robin Hood de Errol Flynn).

Película de éxito arrollador en el momento de su estreno cuenta con escenas magistrales por la manera de contar de Lubitsch. Muchas puertas cerradas que dejan volar la imaginación del público. Elipsis inteligentes y no vanas. Hay una muestra magistral de su forma de rodar y es la primera vez que quedan a cenar la reina y el conde… no vemos esa cita, sólo la imaginamos a través de la mirada de otros y lo que nos cuentan con sus palabras: de las damas de compañías que miran por la cerradura de la puerta, de los ministros que están en el jardín y observan lo que pueden vislumbrar a través de la ventana y la pareja de servicio que está subida a un árbol… ¿Genial, no?

De nuevo Lubitsch nos da una lección de cine y además nos hace pasarlo bien con película frívola, opereta, música, pantomima, picardía y salones fastuosos. Hoy también hace que hagamos volar la imaginación y se nos escape más de una sonrisa.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.

Voces de muerte (Sorry, wrong number, 1948) de Anatole Litvak

Nota: ruego que si nunca la has visto no leas el siguiente post pues desvelo partes muy importantes de la trama y puedo empañar el gustazo que es verla por primera vez…

El rostro de Barbara Stanwyck en Voces de muerte convierte esta película en inolvidable. Pero son muchos los ingredientes que la hacen especial. Nos la cuenta Litvak, con sobria elegancia y ambiente asfixiante, con una mujer enferma, un teléfono, sus interlocutores y varios flashbacks muy bien colocados.

Litvak no va a partir para realizar esta película de un guion original, una novela, un recorte de periódico o una obra de teatro… sino de una obra escrita exclusivamente para la radio. Donde la voz juega un papel importante. La voz y el teléfono. El teléfono como vía única de comunicación, como vía de enganche con el exterior, como vía para enfrentarse a la soledad, los recuerdos, la enfermedad, el peligro, el miedo, la tristeza; como vía para encajar las buenas y las malas de noticias… Un montón de películas y escenas se me vienen a la cabeza donde el teléfono tiene misión especial y es protagonista único de secuencia o historia. Y en especial siempre viene Voces de muerte.

Y uno de los muchos elementos que hace de Voces de muerte especial es el personaje femenino bajo el que recaé toda la obra cinematográfica. Una Stanwyck, que como acostumbra, devora al personaje a pedazos y lo escupe dejándonos autenticidad en toda la pantalla blanca. Porque esa mujer a la que se nos presenta durante los primeros minutos como una dama inválida y solitaria enamorada y preocupada por un marido que no llega, que se asusta ante lo que escucha en un cruce de llamadas donde dos hombres ultiman detalles para eliminar a una mujer a las 23.15 de la noche… va evolucionando cada minuto dejándonos el retrato de una mujer compleja a la que aprendemos a ir odiando (porque es mujer manipuladora, castradora, egoísta y niña eterna con dinero y poder acostumbrada a hacer siempre lo que le da la real gana sin tener cuidado en si hace daño o no a aquellos a los que quiere) poco a poco pero que también nos sobrecoge en su vulnerabilidad, nos empuja a esa compasión que hace que sintamos totalmente empatía con su persona y nos pongamos totalmente de su parte. La Stanwyck logra trasladarnos su angustia, su miedo, su reconocimiento y análisis de todo lo pasado, su terror, su arrepentimiento final… y nos deja las ganas de que no se convierta en la víctima de un asesinato que sentimos de todas, todas injusto, muy injusto… Porque nos deja el retrato de una mujer con todos sus defectos, pero también virtudes, con toda su vulnerabilidad al descubierto… y no queremos que finalmente muera asustada y sola.

Al igual que finalmente le ocurre al esposo sobrepasado y desesperado por las circunstancias… y culpable de una situación calculada y planeada por haberse sentido siempre hombre perdido, manipulado y atrapado (sólo quiere ser un hombre libre que maneje los hilos y no un mero títere en manos de su esposa y de su suegro) tras su imagen de tío duro y emprededor con pasado que le ha curtido… y también desequilibrado. Un, como no, correctísimo Burt Lancaster, que comenzaba a despuntar, y que en sus inicios se pone como nadie en la piel de tipos duros pero vulnerables que cometen errores que les destrozan la vida y les dejan sin segundas oportunidades.

Así Voces de muerte deja el retrato de dos personalidades dolorosamente humanas que protagonizan una tragedia provocada por la construcción de una relación equivocada y compleja que va minando y destruyendo a cada uno. Aunque los dos se atraigan…, los dos se van autodestruyendo poco a poco. Los dos son hombre y mujer fatal, los dos son víctima y verdugo. Y ésa es la fuerza de esta película que tras en principio una anécdota banal se va construyendo una compleja red de situaciones que derivan en un final trágico.

Y Litvak (hombre a tener en cuenta con títulos interesantes en su carrera cinematográfica) sólo necesita una Stanwyck grande y brillante en una habitación amplia que se convierte en jaula y un teléfono que la va descubriendo toda una trama (de la que también se siente culpable) que perturba su hasta ahora ‘tranquila’ vida. El director nos hace salir de la ‘jaula’ de la víctima para presentarnos los ambientes de los interlocutores al otro lado de la línea que van despejando incógnitas (¡benditos secundarios!) y también en largos flashbacks que nos cuentan esa historia que explica la situación a la que se ha llegado en una noche oscura donde una mujer inválida se encuentra sola en su habitación acompañada tan sólo de un teléfono…, ya apenas queda tiempo, se acercan las 23.15…, y un hombre sube las escaleras.

Escalofriante.

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Acción ejecutiva (Executive action, 1973) de David Miller

Diez años después del asesinato del presidente JFK se estrenó Acción ejecutiva una película que mostraba ya una teoría de conspiración política y que daba su explicación explícita sobre dicho asesinato. Acción ejecutiva no es una película buena pero sí resulta interesante en varios aspectos.

Las conspiraciones en el cine han dejado su huella (y siguen dejando) en la gran pantalla. Conspiraciones que nos hacen ver que el mundo es un gran teatro de marionetas sólo manejado por unos cuantos y que nuestros destinos varían según sus designios. A veces estas conspiraciones pueden ser frenadas y otras (las más terroríficas) no…, el mundo sigue en manos de unos pocos.

Frankenheimer fue un director que reflejó varias conspiraciones escalofriantes como El mensajero del miedo o Siete días de mayo. En los desencantados años setenta se convirtió en un género recurrente con películas como Los tres días del cóndor, El último testigo, Todos los hombres del presidente, La conversación… Sin embargo Acción ejecutiva sería un antecedente de la mastodóntica obra cinematográfica de Oliver Stone en 1991, JFK, donde elaboraba su teoría de la conspiración a través de un fiscal de New Orleans, Jim Garrison, que reabre el caso del asesinato del presidente. El Stone barroco crea una megaproducción de horas y horas (no carente de interés)… David Miller, el discreto director de Acción ejecutiva se monta la conspiración en hora y media y con métodos eficaces. Directo al grano.

Acción ejecutiva se rodea de un halo de producto serio (frío, objetivo y sin pasión) con dos pesos pesados en el apartado de interpretación, con un guionista con mucha historia detrás y que arrastraba un pasado político y una carrera con obstáculos debido al periodo negro de la caza de brujas y con una manera de presentar el producto infalible: entre el documental y la ficción más fría.

Entre los intérpretes destacan unos ya muy maduros Burt Lancaster y Robert Ryan (que fallecería ese mismo año) como los ‘dioses’ que manejan los designios del planeta tierra, los cerebros de la conspiración. Con diálogos escalofriantes y fríos donde hablan de esa ‘acción ejecutiva’, del asesinato de JFK, con unos argumentos para hacernos temblar. Donde muestran que el mundo además no está en manos de los políticos sino de otros grupos de presión y poder (poderoso caballero es don dinero). Ellos ejecutan y organizan el plan desde sus reuniones, paseos, proyecciones, llamadas telefónicas y despachos. Todo fríamente y racionalmente. Haciendo uso de las más modernas tecnologías (en aquellos años, claro. Así la película se convierte en un interesante documento de ‘tecnologías ya obsoletas’ pero avanzadas para la época en que se desarrolla el film). Ambos son los cerebros de ese ‘mundo oculto’ que el ciudadano ignora y que mueven los hilos a su antojo cambiando el rumbo de la ‘historia’. Protagonizan una conversación que pone los pelos de punta y qué es una semilla ya plantada de lo que luego propiciará el interesante estudio que escribió Susan George en 1999, El informe Lugano.

El guionista de Acción ejecutiva será Dalton Trumbo, uno de los Diez de Hollywood, de los más afectados y perseguidos durante el macarthismo. Tuvo que trabajar durante varios años bajo pseudónimos hasta que pudo recuperar de nuevo su nombre… todo empezó a cambiar a partir de que Kirk Douglas le contratara para realizar el guion de Espartaco en 1960. A partir de ese momento empezó a recuperar de nuevo su nombre. En Acción ejecutiva realiza uno de sus últimos trabajos con un tono muy sobrio. No es de sus trabajos más recordados pero sí forma parte de la coherencia de su carrera en el que le interesaron trabajos comprometidos y con contenido ideológico.

Por último David Miller mezcla el tono documental de este trabajo cinematográfico en el que se aprovechan tanto grabaciones reales de actos, discursos y noticias (y también fotografías) protagonizadas por JFK (con, por ejemplo, el famoso discurso en que JFK recuperaba las palabras de Shaw donde expresaba que las personas ven las cosas y dicen ¿por qué? pero que él soñaba con cosas que nunca habían sido y se decía, ¿por qué no?) , Martin Luther King (recuperando su discurso famoso de ‘yo tengo un sueño’) o  Lee Harvey Oswald (con una recreación ‘impagable’ de las técnicas de fotografía para poder manipular una famosa imagen) con objetivas y frías imágenes de ficción donde se recrea la preparación de la ‘acción ejecutiva’ por parte del grupo de presión (los poderosos) con sus reuniones y planteamientos y el entrenamiento de los hombres que llevarán a cabo el asesinato.

Acción ejecutiva ha caído totalmente en el olvido, no es película redonda, ni buena ni perfecta pero no deja de tener elementos que la hacen interesante además de mantener la atención del espectador que ése ya es un paso importante.

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Retahíla cinéfila

1.- Equipada con gafas 3D, cada vez más elegantes, sentada en cómodo asiento, y frente a pantalla gigante me enfrenté a Las aventuras de Tintín. Primera de lo que será futura saga de Spielberg. Varias cosas me vienen a la cabeza. ¡Cómo disfruté los títulos de crédito! Me encantan unos buenos títulos de crédito… cuando prácticamente te cuentan también una historia (y lo más fiel al espíritu y estética de Hergé junto al retrato que le hacen al principio de la película). Segundo me apetecía porque las historietas de Tintín eran un recuerdo de mi infancia. Después de su visión volví a rescatar algunos de los libros que guardaba en un desván de recuerdos. Tercero la técnica de captura de movimiento no es santo de mi devoción… pero aquí me olvidé de ello, la película me atrapó. Cuarto tampoco me vuelve loca el 3D pero aquí disfruté como una niña. Quinto me pareció película vertiginosa, no te dejaba respiro alguno. Clímax, tras clímax más otro clímax. A Spielberg le va narrar aventuras, al personaje de Tintín le gusta protagonizarlas y yo disfruté una tarde viéndoles a ambos. Por cierto Milú mi héroe total y absoluto. Eché de menos a Tornasol…

2.- Cine y teatro siempre es una combinación que me resulta atractiva. Anonymous se convierte en espectáculo rococó con giros rocambolescos que pone en pantalla una polémica literaria: ¿Fue William Shakespeare el creador real de las maravillosas obras de teatro que han llegado hasta nuestros días? Así el efectista Emmerich, que parte de una buena idea, realiza una obra cinematográfica fallida. Y es una pena porque contaba con elementos poderosos para que hubiera sido obra a tener en cuenta. Así se nos muestra una tragedia shakesperiana desinflada y exagerada llena de momentos desaprovechados y personajes atractivos mal elaborados. A todo esto se une una estética de reconstrucción por ordenador que en determinados momentos chirría como antes lo hacían los decorados de cartón piedra. Los tiempos narrativos son tan complejos (y están tal mal empleados) al principio que hasta que vas situando la historia y los personajes ya has visto más de la mitad de la película (de metraje amplio).

Y cuando ya empiezas a reconstruir las piezas los giros son tan delirantes que te planteas qué es lo que realmente estás viendo: ¿una polémica literaria, un melodrama al borde del extasis, una historia de líos y traiciones en la corte…, una tragedia griega, una shakesperiana, un delirio histórico…, un cóctel salvaje de todo ello? Pero sin duda el mayor patinazo es la construcción de una historia con un montón de personajes atractivos (pero sin poder ser desarrollados plenamente) y la lucha titánica entre todos ellos para eregirse en protagonistas principales de la trama… volviendo loco al humilde espectador que no sabe ya a los diez minutos en quién centrar su mirada. ¿Quiénes forman el vértice de esta película?¿Cuál es el tiempo que prevalece? ¿El mediocre actor que crea el ‘personaje’ de William Shakespeare, el dramaturgo sin éxito al que acude el misterioso noble escritor, el conde de Oxford (el verdadero autor), la reina Isabel I,  Robert Cecil, el jorobado…?

Lo que sí es cierto (y paradójico) es que Emmerich y su estética rococó te mantiene en el asiento y terminas envuelto en su cóctel explosivo recontruyendo esta historia dramática… porque el material con el que contaba era, sin duda, atractivo.

3.- Antes de adentrarme en Melancolía (parece como si me estuviera preparando psicológicamente…), veo Sacrificio de Tarkovsky y le siento al director absolutamente hermético en lo que quiere contarme. En esa historia apocalíptica y ardientemente melancólica. Y lejana… emocionalmente. Pero reconozco que me siento atrapada por la belleza visual que me impacta. Aunque me deja rayada sobre todo cuando leo la dedicatoria final de Tarkovsky… ¿Dónde está la esperanza?

4.- Hoy domingo he dado un largo paseo por las calles de Madrid y me meto en exposición que disfruto en el centro de arte del Teatro Fernán Gómez. Viaje al cine español. 25 años de los premios Goya. Y realmente logro viajar… Así entre imágenes, músicas, fotos y escenografías me junto con la troupe de El viaje a ninguna parte, oteo El bosque animado, visito la terraza de Mujeres al borde de una ataque de nervios, canto Ay Carmela, me siento en el triste banco de Amantes, participo en el baile de máscaras de Belle Epoque, revelo las fotografías de Días contados, me angustio en atmósfera agobiante porque Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto, se me saltan las lágrimas ante La buena estrella, vuelo por los aires en Mar adentro, subo a la torre petrolífera de La vida secreta de las palabras, visito las tumbas de Volver, siento La Soledad, me pongo ante los barrotes de Celda 211, o me siento perdida en los subterráneos de Pa negre… y el viaje continua.

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Tess (Tess, 1980) de Roman Polanski

Si miramos la filmografía de Polanski encontramos su buen hacer en adaptación de novelas (la que nos ocupa u Oliver Twist) y obras teatrales (Macbeth, La muerte y la doncella o la por mí esperada Un dios salvaje). Su cine oscila entre películas que rasgan (que rompen) y películas de una factura impecable, realización cuidada y uso intenso del lenguaje cinematográfico. Polanski se decanta por el horror de un pasado que conoce bien (El pianista), por atmósferas angustiosas de protagonistas arrastrados por la locura (Repulsión, El quimérico inquilino), por las claves del terror y la obsesión (La semilla del diablo), por el cine negro, la intriga y el thriller (Chinatown, Frenético o El escritor), por un cine donde lo erótico y lo oscuro se dan la mano (Lunas de hiel), en algunas de sus películas hay una especie de humor negro y absurdo que llega a altas dosis en algunas de ellas (El baile de los vampiros)… Su cine está plagado de grandes éxitos (La semilla del diablo) y sonados batacazos (Piratas). Sobre el cine de Polanski y su trayectoria en diversos países pulula además su propia sombra y su propia vida llena de contradicciones, mucho drama, y temas pendientes con la justicia aún sin resolver.

Pero hay algo que une prácticamente a todas las películas de Polanski, que da cohesión a su obra. Y es que sus protagonistas son individuos abocados, normalmente, a la tragedia porque una fuerza superior (bien puede ser el destino, la propia y dura historia, la situación social, elementos fantásticos, la propia mente) les sobrepasa. A sus protagonistas les sigue un destino que no pueden cambiar.

Y así ocurre en esta bellísima y olvidada película, Tess. Un melodrama victoriano, adaptación de la novela de Thomas Hardy, que en su momento no fue valorado porque supuso una ruptura temática (no tan evidente viendo su obra en retrospectiva) de su realizador. Así Polanski se decantó por una adaptación cinematográfica llena de sensibilidad (pero con todos los ingredientes de una superproducción con supermetraje) sobre un personaje femenino, Tess (con el rostro hermoso de Nastassja Kinski que expresa mil y un sentimientos), que tiene la desgracia de ser una campesina demasiado bella, demasiado pobre, con orgullo y dignidad que quiere ser libre y no sucumbir a la vanidad humana o a la ruindad. Pero un simple momento, del azar, que protagoniza su padre (al principio de la historia) le cambiará la vida para siempre y sólo la traerá desgracia y un anhelo siempre presente de querer morirse. Porque Tess luchará por ser ella misma. De no torcerse. Sin embargo la tragedia ya está escrita y nada puede hacer para cambiarla. Tess no tiene elección. No puede ser feliz.

Además se rodea de personajes masculinos mezquinos. Un falso aristócrata vividor (pero transparente) y un marido que a pesar de llamarse Ángel, de ir contra las convenciones sociales… etcétera, de pronto, revela una fuerte doble moral cuando no puede admitir ni perdonar el pasado de su mujer y la abandona a su suerte.

Y mientras Tess, siempre bella, va dando tumbos. Descendiendo a la miseria. Con ganas de morirse pero atada, no obstante, a la vida y a su familia. Siempre rechazada, siempre ocultando su pasado.

De los dos hombres que marcan su destino y que podrían haberlo cambiado. Me quedo, por transparente, con el falso aristócrata. Se le ve venir desde el primer instante. Y por lo menos cumple con su palabra (a pesar de su comportamiento negativo y reprochable), no dejar tirada a Tess. Le ofrece una vida práctica, que obstinadamente Tess rechaza (y la entiendo, no tiene por que querer ser para siempre una mantenida ociosa que se lucra de su belleza…). Él será el primero que altere y destroce el destino de Tess y la esperará al final del camino. Pero Ángel, que luego vuelve cual cordero a obtener el perdón de la amada y a destrozarla más si cabe su ya triste vida, goza de toda mi antipatía. No se puede ir de Ángel y luego ser el más puritano, y rechazar de esa manera a la persona que por lo visto amabas. Además su regreso para obtener el perdón de la amada hace que el drama de la protagonista llegue a su clímax. Tiene la desgracia de convertirse en el personaje pasivo que deja finalmente que sea la amada la que actúe y se destroce más la vida…

Y todo este drama, todo este folletín trágico que es la vida de Tess, cuenta con la sensibilidad de una mirada sorprendente, la de Polanski. El director se recrea (como Hardy) en los parajes, en la naturaleza y en la niebla… que acompañan los vaivenes espirituales de la protagonista. Sus composiciones, reposadas y hermosas, recuerdan a cuadros de grandes pintores de época como Friedrich. Así nos dejamos arrastrar por imágenes de una gran belleza y sensualidad como unas campesinas vestidas de blanco recorriendo un camino y bailando en un prado, o una mujer con una fresa en la boca…

La visión de Tess se convierte en deleite cuando todo es regado por una banda sonora exquisita y una recreación de los lugares y vestuarios muy cuidada.

Si nos vamos a lo extracinematográfico, nos encontramos al final de los créditos iniciales, una dedicatoria: A Sharon. Parece ser que Polanski conocía la novela porque diez años antes Sharon (antes de su trágica muerte) se la había recomendado. También nos encontramos con una película de tempo pausado que fue rodada integramente en Francia y no en Gran Bretaña (donde transcurre la historia)… y todo debido a los problemas que lleva arrastrando Polanski con la justicia precisamente por ser acusado por su comportamiento sexual con una adolescente. En plena vorágine con la justicia y con una situación personal cada vez más compleja realiza, en años oscuros, con sensibilidad extrema Tess, la historia trágica de una joven campesina vapuleada por el destino… y dos hombres…

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El teniente seductor (The smiling Lieutenant, 1931) de Ernst Lubitsch

¿Serían ustedes, queridos míos, capaces de creerme si les digo que en el seno de esta película de Lubitsch de 1931 ya estaba el argumento de Grease de 1978? Grease es casi un remake…

No, no tengo fiebre.

Esta comedia musical llena de detalles e interpretaciones… Esta comedieta de la Paramount ideada para olvidar los tiempos de crisis… Esta divertida delicia me recuerda a la ‘sorpresa’ que todo el mundo ama en esa típica comedia musical americana de instituto con Olivia Newton John y John Travolta. La sorpresa era: la transformación de la mojigata Sandy en la rockera (fiel eso sí) sueltecilla de cascos vestida de negro, y muy sexual, y volviendo loco a un Danny (paletillo él) enamorado ya de la mojigata… Nuestros bisabuelos, incluso, eran más ladinos y sinceros… porque nuestro teniente ni siquiera está enamorado de la mojigata antes de su transformación…

En Grease una de las artífices de la transformación de la mojigata es la chica mala del instituto. Aquí en El teniente seductor, que también hay transformación de mojigata a mujer sexualmente libre para deleite del ‘hombre casado’ (toma castaña), también nos encontramos a la chica ‘ligera de cascos’ que no sólo se pone de lado de la mojigata sino que la ayuda a llevarse al teniente ‘sonriente’ en cuestión al catre.

El teniente seductor es opereta popular, elegante y alegre, casi de vodevil, que juega en sus canciones y chispeantes diálogos al doble sentido y al equívoco… donde ya Lubitsch estrena su toque especial. Lubitsch ya lleva mucho cine a cuestas y en este vodevil ofrece puro cine y divertimento. Y a los americanos deprimidos les hace soñar con una Europa (Viena) de carnaval. Donde Stroheim veía decadencia pura y dura, Lubitsch juega a un romanticismo alegre y nostálgico lleno de dobles sentidos, a una comedia ligera y elegante que irá revistiéndose en el futuro de pura crítica, de doble fondo, donde irá mostrando esa Europa de entreguerras que se derrumba en batalla terrible. En Grease, en los desencantados años setenta, se nos refleja pura parodia de película de instituto, tiempos de brillantinas e inocencias que ya no tienen cábida. Y la fórmula funcionó.

En ambas el hombre juega a que tiene que ir de flor en flor y que no puede evitar ser un seductor infiel y la mujer o es ligera de cascos o mojigata… hasta que llegan a la fórmula ideal: ambos casos en un único molde… En Grease se canta a una fidelidad y una felicidad ficticia… los protagonistas terminan por los cielos ante tamaño imposible. En El teniente seductor, dicho teniente está fascinado por su chica ligera de cascos y ni se fija (sólo por un ‘problema de estado’ y porque es obligado a casarse con la mojigata) en la mujer princesa y recatada. Tan sólo caerá en sus redes tras la transformación donde además olvidará rápidamente su amor por la chica ligera de cascos. ¿Más real y acorde con la verdad? La chica ligera de cascos, también es moderna para la época, y prefiere la complicidad con la mojigata, con la otra mujer, y seguir su vida solitaria como líder de su grupo musical… a luchar por su teniente seductor. Se lo regala a la princesa… y de paso la ayuda con la transformación.

Dejando ya la comparación con Grease… sólo señalar a las heroínas-protagonistas de la transformación de los años treinta: unas jovencísimas y magníficas (preparadas para llevar a cabo unas filmografías deslumbrantes) Claudette Colbert (la chica ‘ligera de cascos’ y violinista líder de un grupo de mujeres-orquesta) y Miriam Hopkins (princesa de pequeño e inexistente país europeo, mojigata acomplejada que terminará convertida en vampiresa enamorada para llevar al teniente a su cama nupcial con una sonrisa). Ojo a los principios de una Colbert que me sorprende cada día más…, fue la chica sexy de los años treinta, que antes del código Hays se bañó desnuda en el mar o mostró sus encantos en una piscina de leche de cabra… Y ojo también a una olvidadísima Miriam Hopkins que fue actriz fundamental en los treinta…y ya casi olvidada en los cuarenta.

Y ¿quién es el teniente seductor? El no va más de lo chic, de lo europeo… en aquellos años de Depresión. El teniente seductor es el francés Maurice Chevalier que durante los años treinta fue una de las presencias más famosas del cine americano, protagonista de comedias musicales y operetas… donde siempre sale repeinado, seductor y juguetón.

Lubitsch ejerce de maestro-director europeo exiliado que trajo su arte al cine americano, su ‘toque’ elegante de contar con imágenes. De sugerir tras las puertas un montón de historias. De cuidar a los personajes secundarios y darles a todos una historia (como hacía también Capra)… de narrar cinematográficamente con una mirada especial.

Lo dicho empieza el espectáculo.

Disfruten de El teniente seductor, comedia musical con encanto.

Y perdonen mi empanada mental.

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