… Buena película para empezar el año. Una comedia de Hawks, en uno de los tantos géneros que dominó con mucho arte y uno de los géneros en los que dejó carcajadas a raudales. Hawks inolvidable en La fiera de mi niña, Luna nueva (ya sabéis que debo mi inmortalidad y eterna juventud a esta maravilla), Bola de fuego, La novia era él, Me siento rejuvenecer o Su juego favorito, comenzó su famosa andadura por el género (aunque ya tenía su experiencia en el cine silente) con La comedia de la vida donde se encuentra la semilla de la comedia alocada, la screwball comedy.

Así su pareja protagonista está formada por dos seres creativos pero arrastrados por la irracionalidad, el esperpento, la hilaridad, el histrionismo, con chispa en sus diálogos rápidos y vivos… y rodeados por personajes igualmente irracionales… pero por ello rozan la genialidad. Todos se reúnen finalmente en un escenario muy cinematográfico: un tren, el 20th Century, con destino a New York.

El tren ha sido escenario de muchos asuntos (pasiones, asesinatos, viajes iniciáticos…) pero ha sido también escenario de alocadas comedias que nos han dejado escenas imborrables desde un Buster Keaton, maquinista de la general, hasta los irracionales que pueblan La comedia de la vida, pasando por las desternillantes escenas en Los hermanos Marx en el Oeste (¡Más madera!), la divertidísima Un marido rico de Preston Sturges o Con faldas y a lo loco y esa litera de límites insospechados para celebrar la más divertida de las fiestas. En los camarotes y vagones de La comedia de la vida transcurren vidas locas… y apasionadas.

Hawks ama y respeta los oficios que llevan a cabo los hombres y mujeres que protagonizan sus películas. Porque forman parte de una pasión. Así es comprensivo con las virtudes y defectos de sus personajes protagonistas que finalmente siempre se entregan apasionadamente al trabajo que aman y que da sentido a sus vidas. En La comedia de la vida es el mundo del teatro el que sube al estrado en una de esas combinaciones maravillosas entre pantallas de cine y escenarios. Por otra parte en el guion se deja llevar por dos plumas incisivas (que ya habían creado para el teatro su maravillosa Primera plana… que Hawks transformaría en la mítica Luna nueva —una de sus versiones cinematográficas—…), Ben Hecht y Charles MacArthur.

Sus personajes esperpénticos nos dejan una reflexión con la que juegan en sus maravillosos diálogos… en ese mundo ya no hay distinción entre lo real y lo interpretado. No hay freno para el exceso, el juego, los trucos y las mentiras. Realidad y ficción se cruzan continuamente como los sentimientos y las pasiones. La vida se transforma en una locura sin hueco para la calma ni el aburrimiento. La propia realidad es un gigantesco e interminable escenario.

La estructura de la película es circular empieza con un ensayo en la que se nos muestra el nacimiento de un tándem artístico, una actriz (que empieza) y un famoso y excéntrico productor que ve en ella una joya en bruto… y termina con otro ensayo en el cual se ve que ambos acabarán siempre irremediablemente juntos porque juntos crean a pesar de los pesares. En medio transcurre su periodo de separación donde ella sigue su estrellato (cambiando las tablas por Hollywood y su libertad… y una personalidad realmente alocada que como su pigmalión siempre bordea lo real y lo ficticio… la vida también es un escenario) y él va uniendo fracaso tras fracaso en los teatros. Ambos vuelven a unir sus destinos a bordo de un tren…

Y alrededor de ello una galería de personajes secundarios absolutamente delirantes y geniales ofreciendo la que esto suscribe matrícula de honor a Etienne Girardot con un papel delirante y maravilloso. Él es el anciano Mathew J. Clark, hombrecillo con un maletín que va pegando en el tren pegatinas con mensajes religiosos (¡Arrepentíos, que ya es hora!) en ventanas, sombreros, chaquetas…, que se dice empresario y va dejando cheques millonarios sin fondos allá por donde pasa… Pero también le acompañan otros personajes como el relaciones públicas Owen O’Malley (Roscoe Karns) apegado a su botella y siempre con frase a punto y el contable del teatro Oliver Webb (Walter Connolly) con sus ‘problemas’ de corazón, sus despidos continuos y el mejor amigo del protagonista, los inseparables secuaces del productor.

Todo lo anterior arropa a la pareja protagonista: Carole Lombard y John Barrymore… que ofrecen la esencia de la locura y de lo delirante en sus interpretaciones como la actriz principal y el famoso productor. Los dos intérpretes se desatan y su histrionismo, maravillosamente pautado, deja dos interpretaciones de quitarse el sombrero. Porque los dos se encuentran en un gran escenario que es la vida y no paran de jugar y de actuar… ya que la vida es puro teatro.

John Barrymore como productor extremo deja a su personaje matices y más matices y hace de la exageración un arte. De la estirpe Barrymore, John que fue galan silente arrastraba vida de excesos y aunque ya el alcohol iba haciendo mella en su físico y en su memoria siguió interpretando hasta que murió en 1942. En La comedia de la vida dio rienda suelta al exceso y al esperpento creando a un productor teatral apasionado, genial, inaguantable… y con altas dosis de locura. Carole Lombard, sin embargo, estaba convirtiéndose en estrella imprescindible, en gran dama de la alta comedia loca, y aquí en su actriz desatada ya se encuentra la esencia de su personalidad de comediante. Su belleza y elegancia esconde a un personaje de divertida irracionalidad que llega a extremos delirantes en mi personaje favorito de la Lombard, la Irene Bullock de Al servicio de las damas.

Así es un placer sumergirse en el tren 20th Century con destino a Nueva York y ser testigo de vidas que son puro teatro para nuestro deleite…

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