Pasos en la niebla (Footsteps in the fog, 1955) de Arthur Lubin

 

El cine me encanta porque nunca para de sorprenderte. Por eso sigo siendo una apasionada incansable. Siempre sé que me queda mucho por ver y mucho por descubrir y eso me supone un gran placer. Así de pronto aparecen pequeñas joyitas cinematográficas ocultas. Pequeñas joyas que no han gozado de la distribución y la popularidad de otras producciones. Así he llegado a Pasos en la niebla de Arthur Lubin (con este director tengo un recuerdo de la infancia cuando en el programa de películas de terror de Chicho Ibáñez Serrador, unas Navidades dijeron que iban a proyectar una película terrorífica y pusieron ante la mirada de toda la familia Agárrame ese fantasma, una película que recuerdo divertidísima de Abbot y Costello). Nos vamos a Gran Bretaña, a un Londres victoriano, y a una historia que mezcla lo misterioso, en un ambiente gótico con tintes de película de terror, con una relación enfermiza (lo mejor de la película). La relación enfermiza es la que se establece entre un noble venido a menos con dotes de galán oscuro y una sirvienta con muchas ganas de acabar con las humillaciones de su clase y subir en la escala social, y de paso, establecer una relación de dependencia con su señor… (podemos ver reminiscencias a una futura película de prestigio, El sirviente de Joseph Losey).

Los dos protagonistas de esta atrayente y enfermiza relación son los actores (también pareja y matrimonio en la vida real) Stewart Granger y Jean Simmons. A pesar de que Granger poseé una filmografía a la que tengo gran cariño, no es actor santo de mi devoción, aunque ahora estoy volviendo a visitar parte de su filmografía y me está sorprendiendo gratamente. Aquí reconozco que da el pego como noble con una cara oscura. Pero creo que quien muestra el personaje con más matices, más complejo y con más sorpresas es la gran Jean Simmons. La Simmons vuelve a destacar por ese físico dulce que la caracteriza y su lado oscuro (como ya dejó ver en esa maravillosa Cara de Ángel). Las escenas que protagonizan ambos son atrayentes y consiguen un componente de morbo y terror. La lucha de clases queda reflejada de manera especial.

La historia desde la primera escena atrapa al espectador: un noble personaje asiste al entierro de su esposa y parece hombre destrozado. Cuando llega a casa vemos, en privacidad, una actitud muy diferente ante la muerte de la mujer. El noble se regocija y sonríe. Pero hay alguien que sospecha del señor…, y es una sirvienta que cada vez reúne más pruebas que pueden inculparle. Desde ahí se establecerá una relación atracción-odio que sustenta la película.

Por otra parte la ambientación arropa esta película puesto que sabe jugar con el espacio de la casa del noble (las escaleras, las puertas, las habitaciones…) y en el exterior nos descubre un Londres cubierto la mayoría de las veces por una espesa niebla…

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Ricas y famosas (Rich and famous, 1981) de George Cukor

Cukor, director todopoderoso, se ganó la fama de hombre extremadamente sensible que dirigía estupendamente a las damas tanto en comedia como en melodrama. Y si juntaba las dos cosas ya hacía milagros. Así bajo su batuta grandes actrices consiguieron papeles inolvidables como Katharine Hepburn o Judy Holliday.

Cukor, director clásico, se marcó a principios de los años ochenta una película extremadamente sensible en que mezclaba comedia y melodrama con dos damas, ahora cada vez más olvidadas pero en esos momentos prestigiosas actrices norteamericanas. Fue su testamento cinematográfico, el hombre sensible rondaba ya unas ochenta primaveras. Una película extremadamente sencilla, de personajes. La historia de una amistad.

No olvidó su elegancia a la hora de rodar… Cukor no desentonó con escenas impensables durante el periodo de cine clásico norteamericano donde fue uno de los reyes prestigiosos de Hollywood… Escenas claro está relacionadas con el sexo. Así nos deleita con un polvo en un baño de un avión y con encuentro entre mujer madura y joven gigoló… sin que nos salgan los colores (como sí consiguen sacarme los colores varias producciones actuales… que nos ofrecen ridículas escenas de polvos que nada ocultan… pero que dan pena, dios mío).

Cukor parte de un material de comedia melodramática clásica, de una pieza teatral ya adaptada al cine en los años cuarenta por mujeres de carácter como Bette Davis y Miriam Hopkins. La película se llamó Vieja amistad (Old Acquaintance) y la dirigió Vicent Sherman (la cual os confieso apenas recuerdo). Cukor revisita el material. El tema de fondo: la historia de amistad entre dos damas a lo largo de varios años. Una amistad conflictiva, con mucho amor y grandes dosis de rivalidad y envidias.

Las damas de Cukor tienen los rostros de Jacqueline Bisset y Candice Bergen y las dos están estupendas, bellas y sensibles como amigas que se aman y se odian, se complementan y son a la vez tremendamente distintas. Una, intelectual, novelista que cuida la literatura, que opta por la libertad en las relaciones emocionales y sexuales… pero con carencias emocionales. Le cuesta escribir, le cuesta enamorarse, le cuesta relacionarse. Mujer inteligente pero insegura. La otra mujer típicamente sureña, extrovertida y emocional, amante de la familia tradicional que se casa con su novio (que también había amado a su amiga anteriormente), tiene una hija, vive en Malibú, y empieza a escribir (para asombro y cabreo de su amiga) best seller a punta pala convirtiéndose en una rica autora además de mujer divorciada. Al cabo de los años consiguen el éxito pero también las frustraciones y una gran soledad sólo paliada por su amistad conflictiva pero necesaria… son el único pedazo de carne que siempre van a tener cerca pase lo que pase. Ambas van a conocer sus mejores virtudes y sus mayores ruindades y a pesar de eso, su lealtad las hace quererse siempre. Así aunque discutan casi siempre también se entienden la mayoría de las veces. Y no están solas totalmente porque se tienen la una a la otra.

Me gusta esta sencilla película (en cuanto historia y manera de rodar) de dos mujeres antagónicas porque a ninguna le sale la vida tal y como quiere pero tampoco son desgraciadas, son ricas y famosas, pero insatisfechas. Las dos opciones de vida, como la vida misma, tiene sus pro y sus contras. Ni la que opta por la vida conservadora y tradicional ni la que opta por ser más liberal consigue la plena felicidad, sino que como la vida misma, ambas viven momentos felices, momentos inolvidables. Ambas se equivocan en sus caminos y vuelven a errar o se levantan de nuevo.

Como curiosidad cinéfila, en Ricas y famosas debutó una jovencísima Meg Ryan. Los actores son totalmente anodinos…, los hombres, tan anodinos como sus personajes.

Cukor nos dejó un tranquilo testamento de momentos bellos y sensibles de dos damas que ríen y lloran a lo largo de la vida pero que pueden finalmente tomar una copa de champaña sin burbujas frente a una chimenea esperando un año más en el que se van marchitando… pero juntas y unidas. Chapó, Cukor. Bonita despedida. No obra grande o maestra sino obra sencilla e íntima.

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La terra trema (La terra trema, 1948) de Luchino Visconti

Visconti, un aristócrata con una ideología social cercana y simpatizante al Partido Comunista Italiano, empezó su trayectoria cinematográfica bajo los postulados del neorrealismo, un cine de posguerra que trataba de reflejar a una Italia que intentaba resurgir de sus cenizas y que quería ponerse al lado de un pueblo que vería cómo era retratado en la gran pantalla blanca. El neorrealismo además era una corriente cinematográfica europea que permitía nuevos caminos del modelo cinematográfico imperante y pionero en las nuevas olas europeas que preludiaban un cine nuevo, un arte que avanzaba. Con el neorrealismo empieza también una querencia por querer ver en el director a un autor, a un creador.

El aristócrata, virtuoso en la puesta en escena, ya se había acercado de manera original a la clase obrera italiana con su peculiar adaptación de la novela El cartero siempre llama dos veces en la película Ossesione. Ahora toma como referente una novela italiana cercana al naturalismo I Malavoglia de Giovanni Verga para llevar a cabo su segunda obra cinematográfica, La terra trema, el episodio del mar. El proyecto era una trilogía. Primero iba a reflejar la historia de los pescadores, después de los mineros y por último de los campesinos. Era un proyecto financiado en parte por el Partido Comunista Italiano pero dificultades, entre ellas las económicas, impidieron que el proyecto pudiera ser concluido. No obstante Visconti logra que una obra que podría haberse convertido en simple cine propagandístico sobrepase su fin y se convierta en una obra que a mí personalmente me ha deslumbrado. Una obra artística que permite una serie de lecturas interesantes.

Visconti traslada su equipo, su cámara y su mirada a una localidad pesquera Acci Trezza en Sicilia y convierte la historia de una familia pesquera (interpretada por habitantes de la localidad), la familia Valastro, en una tragedia de ecos clásicos y universales. Así la historia de opresores y oprimidos adquiere una belleza que duele. La premisa de partida es sencilla pero adquiere elementos épicos. Ntoni, el joven líder de la familia, harto del yugo que sufre generación tras generación su familia bajo el ‘imperio’ cada vez más feroz de los comerciantes que se aprovechan de su trabajo y lo pagan mal perpetuando su pobreza y la de su pueblo, decide rebelarse. Pero los compañeros aunque le escuchan no se atreven a apoyarlo (aunque se protagoniza una pequeña revolución en el mercado que acaba con varios de ellos en la cárcel), así Ntoni decide volverse autónomo, ser dueño de su barca y su pesca e hipoteca la casa familiar (con apoyo de todos los integrantes). Sin embargo aunque empiezan con buen pie y con una buena pesca de boquerones…un día de tempestad pierden la barca y todos sus instrumentos hundiéndose la familia Valastro en la miseria y en la ruina agobiados por las deudas bancarias.

Ntoni y familia se convierten de familia emprendedora y envidiada a apestados. El pueblo no les perdona el haber roto con la tradición de siglos y además haber fallado y los patronos quieren que vuelvan a arrastrarse a sus pies. Así Visconti y su cámara narra con desgarro y dolor la desestructuración de la familia de Ntoni y su caída en la miseria más absoluta así como la caída del héroe y su resurgimiento doloroso pero con la lección aprendida. Sus ideas no son malas, su pensamiento de injusticia es verdadero pero solos en el camino no pueden contra el sistema… el despertar tiene que ser colectivo.

Visconti logra un ‘milagro cinematográfico’ pues muestra la cotidianidad de un pueblo pesquero, refleja el trabajo del pescador, los momentos cotidianos, desarrolla y apunta historias secundarias con una puesta en escena sobrecogedora. Consigue realismo pero empapado de un lirismo especial y arranca unas interpretaciones naturales con unos diálogos hermosísimos de los pescadores. Envuelve al espectador con unos rostros que atrapan así nos dejamos arrastrar por el abuelo, la madre, las hermanas Julia y Mara, cada uno de los hermanos desde los más mayores hasta los niños…, cada uno de los habitantes del pueblo (desde los que tienen el rol de ‘poderosos’, los comerciantes, hasta los vecinos –los otros pescadores, el sargento de policía, las abuelas, los niños, los jóvenes, el albañil…– o la estrambótica aristócrata que permite la compra de unos barcos hacia el final de la historia).

Varias escenas se quedan en la retina como la salida de los barcos al atardecer y su llegada al amanecer o esa maravillosa espera de las cuatro mujeres de la familia vestidas de negro asomadas a las rocas para ver si el salvaje mar les deja vislumbrar la barca de los pescadores. No tiene desperdicio la escena alegre y emotiva de los habitantes salando los boquerones en un ambiente esperanzador y festivo. Las conversaciones entre los hermanos mayores o entre Mara y su enamorado, el albañil…, son infinitas las escenas que construyen un relato desgarrador que culmina con una escena dolorosísima que es la de Ntoni con sus hermanos regresando a pedir de nuevo trabajo a sus patronos. Ante la crueldad de los comerciantes y patronos, Ntoni con dolor no cede a su dignidad y la mirada lo dice todo.

Tan sólo pondría un pero y es sin duda al uso de la voz en off que no aporta a la narración sino que señala repetitivamente lo que ya nos están poniendo en imágenes. Sin duda tiene que ver con el espíritu inicial del proyecto y con la idea de transmitir determinado discurso ideológico sin que el espectador interprete otras miradas mientras está viendo La terra trema.

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La calle (Street Scene, 1931) de King Vidor/ De ratones y hombres (Of mice and men, 1939) de Lewis Milestone

Si uno estas dos películas en un mismo post es para dejar constancia de que en el Hollywood de los años 30 existió un cine conectado con la realidad que se estaba viviendo. Lejos del escapismo, el espectáculo y el glamour (que también convivía y que también dejaba grandes joyas). Un cine social y de denuncia que recreaba una situación determinada. Un cine que antes de la censura y poco después de que ésta se instalara de lleno (el código Hays) hablaba al desnudo y presentaba un abanico de ideologías.

Un cine que planteaba problemas sociales y situaciones que podía reconocer el espectador que entraba en la sala. El crack del 29 tuvo su reflejo cinematográfico de muy distintas maneras así como sus consecuencias. Podemos saber de la crisis en una screwball comedy como la maravillosa Al servicio de las damas, en un musical como Vampiresas 1933 o en los dos dramas sociales que nos ocupan (que ambas son además adaptaciones de una obra de teatro y de una novela).

Ambas películas son dirigidas por dos directores de prestigio en el momento en que fueron creadas pero que a la vez actualmente han caído en olvido. Por una parte King Vidor, cineasta sensible capaz de crear obras del calibre de Y el mundo marcha, que rodó un musical sólo con actores negros Aleluya en 1929, que hizo llorar a todo el mundo con El campeón, que reflejó un duro drama rural en El pan nuestro de cada día o que dirigió uno de los melodramas más desatados, Stella Dallas. Sin embargo si alguien recuerda a Vidor es por un buen western melodramático como Duelo al sol a todo color que muestra su buen hacer y que ha contado con una mejor distribución que sus obras anteriores. También llama la atención su particular y compleja adaptación de la novela de Ayn Rand, El manantial, que es una autora que reflejaba su pensamiento de un liberalismo radical. King Vidor es un creador a tener en cuenta y que espera una recuperación de su figura. De momento yo quiero tratar de conseguir su autobiografía Un árbol es un árbol que aseguran es una pequeña joya.

Por otra Lewis Milestone más caído en olvido que su compañero cuenta también con una trayectoria cinematográfica de interés. Por una parte creo un contundente testimonio pacifista dejando al descubierto el horror de la guerra en una película plagada de momentos intensos y con una lírica especial, Sin novedad en el frente. También es el creador de la primera versión The front page (que ya sabeis cómo me toca a mi de cerca). Me atrae su adaptación de novela de Somerset Maugham, Lluvia. Dirigió la ahora documento histórico La estrella del norte, mucho antes de los tiempos de la guerra fría (que demonizarían al pueblo ruso en las películas estadounidenses), que era película bélica propagandística e ideológica donde se presentaba una historia de sufrimiento de los rusos bajo el dominio nazi con La Internacional a tope en una historia sobre los aliados de EEUU para terminar con el dominio nazi. Milestone también dirigiría una joya del cine negro, la oscura El extraño amor de Martha Ivers… Y quizá su película que ha logrado mayor distribución es un rodaje de los años sesenta, rodaje infierno, como es Rebelión a bordo (que no carece de interés) con la cara de un Marlon Brando que iba sumando un fracaso tras otro en este periodo de su carrera cinematográfica.

La calle ha supuesto toda una agradable sorpresa para mí que la disfruté desde el minuto uno hasta el final. King Vidor emplea el lenguaje cinematográfico para llevar a la pantalla una obra de teatro de Elmer Rice. Una obra coral que transcurre en el portal de una casa de un barrio humilde de New York donde los vecinos de los distintos pisos son protagonistas despuntado el drama de una de las familias que rompe con la cotidianeidad del día. Los vecinos son jóvenes, mayores, niños, de distintas procedencias y con ideologías políticas muy diferentes que sin embargo conviven a diario y comparten penurias, rumores, algunos momentos agradables, sueños, frustraciones… La calle no se mueve del portal pero King Vidor aporta unas soluciones cinematográficas maravillosas, la cámara baila (pero ojo baila muy bien) y ofrece unos puntos de vista inesperados, y el espectador nunca siente el estatismo. Además de contar con una buena historia y de su tratamiento (muchas frases empleadas hoy no han perdido vigencia) cuenta con una buena galeria de actores de las que sobresale Sylvia Sidney, actriz con una carrera interesantísima y protagonista cumbre del cine realista norteamericano en la década de los 30, una genial cotilla con el rostro avinagrado de Beulah Bondi y un increíble David Landau que genera el climax dramático y tiene una escena maravillosa de hombre rudo y duro a un hombre roto consciente de su locura e irracionalidad.

De ratones y hombres, esta primera versión de Milestone, recibió en España el nombre de La fuerza bruta y adapta la maravillosa novela de Steinbeck De ratones y hombres. Yo además de adorar esta novela, me encanta la versión cinematográfica de Gary Senise. Sin embargo he descubierto aciertos en la obra de Milestone que se me quedarán grabadas en la cabeza. Primero el maravilloso arranque y títulos de crédito. Segundo el que nos recuerda la existencia de la actriz Betty Field. Tercero encontrarnos con otros roles muy diferentes a los que desarrollarían en sus respectivas carreras: los protagonistas de esta historia de sueños frustrados en tiempos de crisis, Lennie (Lon Chaney Jr), la fuerza bruta con poco cerebro y memoria, y George (Burgess Meredith), el cerebro desencantado que se aferra a la amistad y al cumplimiento de un sueño. Cuarto un descubrimiento: el actor Roman Bohnen como el abuelo Candy que te rompe el corazón en cada escena que sale. Y quinto una escena brutal con Candy como protagonista: cuando le obligan a desprenderse de su viejo perro.

La calle y De ratones y hombres dejan indagar así en esa otra cara del Hollywood de los años treinta. Un cine realista, cercano a los tiempos que corrían y que trataba de mostrar y abrir los ojos.

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Retrato en negro (Portrait in black, 1960) de Michael Gordon

Lana Turner fue durante los años 50 y algo de la década de los 60 una reina del melodrama. Mujer experta en sufrimientos varios. Mujer tormenta de emociones siempre vinculadas a la pasión. Pasiones que retuercen su vida hasta exprimirla. Hasta la última gota. Y todo esto siempre con un buen peinado y unos modelos impecables.

La Turner cuenta con un cuarteto de películas de sentimientos extremos. Todo empezó con Vidas borrascosas continuó con una de las obras maestras del rey del melodrama de el estudio Universal, Douglas Sirk, e Imitación a la vida. Llegó al culmen con el melodrama más oscuro y enfermo, el que hoy nos ocupa, Retrato en negro. Y finalizó con el canto de cisne del género, La mujer X.

Todas en un Technicolor de destellos, una música que arrastra y un sinfín de actores secundarios que convierten las películas en galerias de rostros en la oscuridad. Y el más oscuro de todos es Retrato en negro. Oscuro y despiadado con los personajes principales porque están absolutamente enfermos y obsesionados de pasión y poder. Los personajes secundarios son a cada cual más siniestro. Sólo se salva de la quema el niño que pulula entre la ignorancia, la inocencia y la pesadilla.

La Turner retrata a una mujer que responde al nombre de Sheila. Sólo sabemos que es la segunda esposa de un hombre rico y despiadado, un empresario sin escrúpulos, que está postrado en la cama por el dolor de una larga enfermedad. Intuimos que no tiene una buena relación (aunque nunca se nos explica el porqué) con la hija adolescente fruto del primer matrimonio de su esposo, la niña-pimpollo Sandra Dee. Descubrimos que además mantiene una relación con el doctor de su marido. La intuimos frágil pero que no prescinde de sus vestidos fastuosos y sus abrigos de pieles o del servicio o de la casa… Y finalmente bajo su piel de cordero descubriremos una loba manipuladora y enfermiza. Fragilidad y mujer fatal en un único rostro y cuerpo.

Retrato en negro mezcla el melodrama con gotas de cine negro e intriga y tensión. Así cuenta con escenas que atrapan al espectador por la tensión que hay en ellas. Todos los personajes secundarios, desagradables, son sospechosos de chantajear a la pareja protagonista que para conseguir su felicidad han ‘acortado’ la vida del patriarca dominador. Pero este acto lejos de dejarlos tranquilos les enferma y su relación se dirige a otros derroteros muy distintos a los de la pasión. Ambos Sheila y el doctor construyen una relación enfermiza que nunca deja satisfecho a ambos y les va enredando a una maraña de actos cada cual más irracional.

Por último la galeria de secundarios construye personajes siniestros y sospechosos que oscurecen más si cabe una trama que ahoga, que deja un sabor de boca agrio. Y merece la pena nombrarles y recordarles a todos. En papel principal pero en un registro bastante diferente al habitual Anthony Quinn como el doctor amante (personaje que tiene transformación escalofriante). Secundario inquietante y personaje desagradable el de Richard Basehart (al que podemos recordar en su papel de artista ambulante de triste destino en La Strada… junto a Anthony Quinn). El servicio, chófer y sirviente fiel, corre de la mano de dos rostros: Ray Walston y Anna May Wong. Y por último el magnate enfermo de dolor con rostro de Lloyd Nolan.

Retrato en negro es someterse en technicolor a los sentimientos más oscuros y enfermizos de una relación que en un principio sólo parece una infidelidad justificada y por amor.

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Guerreros de antaño (Once Were Warriors, 1994) de Lee Tamahori

Nueva Zelanda.

Suburbios.

Y en la marginalidad, los mahoríes.

La ciudad es dura.

Antros enormes donde se sirven litros de alcohol a buen precio.

Una familia.

Padre, bestia parda lleno de músculos. Desempleo, alcohol, frustración. Descendiente de esclavos. Violento con todos los que le rodean. Especialmente con su mujer. Trata de evadirse del mundo pero los problemas le golpean y va cayendo. Ama a golpes… no aprendió nunca de otro modo.

Madre, descendiente de una familia de guerreros mahoríes. Princesa que se bajó del pedestal y se fue con el hombre con músculos pues era mujer enamorada. Alcohol, violencia, aguantar los golpes y las broncas. Madre amamantísima ejerce como puede. Nunca, nunca quiere peder su dignidad. El problema es que mira a los ojos del marido y descubre que todavía le quiere.

Hija, guarda su cuaderno y sus historias como un tesoro. Son su vía de escape. Quiere ser inocente en un suburbio que la devora. Su mejor amigo vive debajo de un puente. No soporta la violencia que vive a diario y cuando la agraden directamente pierde toda esperanza de poder salir alguna vez del suburbio que la devora la dulzura.

Hijo mayor, quiere prescindir de la familia y busca otra en una pandilla callejera de caras tatuadas. Prefiere desaparecer. No soporta al padre. No puede ver la decadencia de la madre. Se pone una careta de duro pero por dentro se quiebra…, quiere rescatar a la madre y hermanos y no sabe cómo.

Hijo mediano, perdido. Las malas compañías hacen que termine recluido en un reformatorio que le hace encontrarse con su raíces mahoríes. Encontrar la dignidad del guerrero de antaño. Él encuentra la puerta que la hija no logra abrir…

Escenas que desgarran.

Padre y madre cantan una canción de amor bajo los efectos del alcohol rodeados de amigos igual de bebidos. A los diez minutos padre, músculos, estalla ante la furia de su mujer y la pega el primer brutal puñetazo…

La hija cuenta a sus hermanos pequeños historias maravillosas. También se evade debajo de un puente junto al amigo que esnifa pegamento, fuma porros y tiene mirada dulce.

Hijo mayor acude a ritual para formar parte de su ‘nueva’ familia y recibe paliza sin rechistar. Todos los días padece ya bastante en su casa. Ya no le quedan gritos.

Hijo mediano entona los gritos de los guerreros mahoríes…, canaliza la rabia, encuentra la calma.

Hay esperanza de vivir un momento familiar tranquilo, en un coche alquilado, un día de picnic que culminará en el reformatorio porque todos van a ver al hermano. Se paran ante paisaje hermoso y madre cuenta sus orígenes y padre los suyos. Nunca llegarán al reformatorio…, el antro ‘secuestra’ al padre que olvida.

La hija es agredida… y se quiebra.

La hija se cuelga de un árbol.

Y el dolor de una madre rompe y rasga.

El grito.

Basta.

Recuperar la dignidad del guerrero.

Recuperar a los hijos.

Dejar a un hombre con músculos, al que ya no tiene miedo, solo, roto, desesperado y con mucho odio dentro. Con mucho temor dentro. Con mucho fracaso dentro… Con la esclavitud a cuestas…

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Lo sublime y lo lírico… en El séptimo cielo

Es ya la segunda vez que veo en estos años El séptimo cielo de Franz Borzage.

La sensación que me deja es inevitable.

Entre lo sublime y lo lírico voy danzando.

Casi en cada visionado toco las estrellas.

Esa escalera que sube y sube hasta el cielo: el apartamento de Chico y Diana.

Esa sensación que siempre me acompaña: sólo creo en los milagros en el cine.

Y aquí me lo creo.

Ese erotismo y sensualidad latente en el enamoramiento entre Chico y Diana.

La química que sobrecoge entre los rostros de Janet Gaynor y Charles Farrell… yo os nombro para que no caigais en olvido.

Yo, sinceramente, me traslado al séptimo cielo.

Entre lo lírico y lo sublime vivo las sombras de la pantalla blanca.

Chico, Diana y el cielo.

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Perseguido (Pursued, 1947) de Raoul Walsh

Raoul Walsh, ilustre director de la cuadrilla parche en el ojo (cuadrilla maravillosa con ilustres nombres como John Ford, Fritz Lang, Nicholas Ray o Samuel Fuller), me seduce una vez más con atípico western que no tenía el gusto de conocer. Walsh es cineasta con personalidad arrolladora como podemos comprobar en una de las conversaciones que mantuvo con Peter Bogdanovich (publicada en el primer volumen, imprescindible, de El director es la estrella en T&B Editores). Ahí Raoul se muestra como pionero en ese mundo que fue Hollywood pero también nos cuenta sus andanzas en diversas profesiones por mar y por tierra antes de convertirse en ilustre y actualmente olvidado director, por desgracia. En el cine silente además de director o guionista fue también actor antes de sufrir el accidente que le dejaría sin ojo.

Aunque no he visto todavía toda su obra (me queda muchísimo por descubrir), de lo conocido hasta ahora, lo que sí puedo afirmar es que hay un aspecto que me llama poderosamente la atención en su cine y su dominio de los géneros y es que pese a ser ese hombre duro y pionero poseía también un romanticismo extremo y poético que le permitía presentar unas historias de amor con un sentido trágico del destino y una plasmación romántica fuerte e inolvidable. Así tenía una sensibilidad especial para representar un romanticismo trágico y presentaba a unas heroínas apasionadas con una personalidad compleja. Sus héroes y heroínas así como sus historias se convertían en creíbles a la par que extremadamente poéticas.

Me viene a la cabeza el romanticismo trágico de Los violentos años veinte, El último refugio o Juntos hasta la muerte… y ahora añado Perseguido. Ese romanticismo mezclado con pasión, muerte y tragedia es lo que más me ha entusiasmado de este, vuelvo a repetir, peculiar western. Así creo que no olvidaré ese baile “a la fuerza” pero lleno de sensualidad entre Robert Mitchum y Teresa Wright. O toda la secuencia que nos narra “el cortejo obligado”, la boda y la noche de bodas entre dos personajes entre los que fluctúa un amor apasionado, un destino trágico y un odio incomprensible por todas las muertes que impiden su pasión. Esa novia seria, de blanco, con pistola en mano. Ese novio serio que sabe que no tiene que dejar escapar a la mujer que ama (aunque en esos momentos sabe que le odia), pero que un pasado y un destino que no puede dominar se empeña en no dejarle vivir tranquilo y enamorado. Así llega la escena culminante donde ella le apunta y él se va acercando hasta que se funden en un beso donde ella desesperadamente le pide finalmente que la abrace… cayendo al suelo la pistola.

Pero no sólo este aspecto es el que hace atípico este western. Son muchos otros matices que enriquecen su visionado. Una película del Oeste con toques psicológicos, tintes shakesperianos, pasiones desatadas y una venganza eterna con un malo malísimo manco que persigue al protagonista en la sombra desde que era niño. Todo envuelto en unos amplios paisajes rocosos que acentúan la soledad e indefensión del personaje principal, Robert Mitchum, que no entiende el reguero de desgracias que acompaña su vida.

Mitchum sólo guarda en su cabeza recuerdos discontinuos de un hecho escalofriante que cambió su vida cuando tan sólo contaba cuatro años de edad. Sólo recuerda fogonazos y unas botas con espuelas (imágenes que le acompañarán toda la vida y se convertirán en su pesadilla continúa) y que a partir de ese momento le acogió una mujer, su madre adoptiva, en su familia. Una mujer viuda y con dos hijos, un niño y una niña. Una mujer que trata de que Jeb, el protagonista, sea uno más y que entre sus dos hermanos adoptivos y él surja un lazo irrompible. No lo consigue… la tragedia y la culpa también la persiguen a ella. Tan sólo hay un momento que parece que fragilmente ha conseguido lo que quiere, ese lazo que los une a todos, y es cuando los cuatro integrantes rodean una caja de música y los dos hombres cantan la canción de la melodía bajo la mirada atenta de las dos mujeres. Momento mágico. Jeb mantiene una relación amor-odio y rivalidad con su hermano adoptivo Adam (que irá alimentando en la sombra el malo malísimo, un familiar de la mujer, el tío de los niños, un hombre de apariencia siniestra sin un brazo) que terminará de manera trágica. Pero a la vez alimenta una historia de amor con tintes trágicos con su hermana adoptiva, ambos son arrastrados por un destino que no entienden en plenitud.

También en la película está siempre presente la muerte que llega a su culminación en un fantasmagórico entierro que marca al protagonista porque es  el momento en que decide que no debe perder el amor de su hermana adoptiva a pesar de las dificultades. Y otro aspecto es la forma en la Walsh decide contarla. Nos remite a los personajes en punto en que esta historia va a terminar… y nos va narrando todo desde flash back al pasado para que el espectador pueda entender porque los protagonista se encuentran en esa situación… en un rancho abandonado como esperando la muerte…

Película que creo volveré a ver pronto… porque quedan muchas cosas por descubrir. Y que permite además disfrutar de la interpretación de una inolvidable actriz secundaria, Judith Anderson que quedó marcada y eternamente recordada en su papel de ama de llaves en Rebeca.

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Daisy Kenyon (Daisy Kenyon, 1947) de Otto Preminger

Sorpresas te sigue dando el cine. El cine de te da sorpresas. Y así con estas afirmaciones alegres analizo una de las obras de ese director por el que siento cariño y cierta predilección, Otto Preminger. A pesar de su fama de ogro y de ser complejo a la hora de trabajar con él por su carácter fuerte y sus gritos míticos. A pesar digo de todos sus defectos como persona (tenía un físico temible) logró sacar adelante una filmografía interesante y llena de extrañas joyas. A Otto no había que tocarle las narices y por eso también hizo funciones de productor. Otto quería contar historias y fue a uno de los que les molestaba terriblemente la existencia del Código Hays, ese código que impedía hablar directamente de temas que le interesaban para ofrecer historias que quería transmitir. Con toda su complejidad. Por eso toda su carrera en el cine cuenta otra intrahistoria, el salto de obstáculos y muros para poder contar lo que quería contar. Y sus transgresiones y burlas continúas a los que querían “decencia” que confundían con “hipocresía”.

Así Otto habló de homosexualidad, de drogodependencia, de corrupción en el poder (político o eclesiástico), de relaciones sexuales y otros asuntos turbios, de violaciones y virginidad, de relaciones interraciales, de enamoramientos más allá de la muerte… y tocó todos los géneros posibles algunos con mayor fortuna y otros con algo menor (pero siempre con apuntes interesantes).

Y de pronto en 1947 nos encontramos con Daisy Kenyon. Un melodrama si melo, sin desmelene, sin emociones fuertes… la historia fuerte de pasiones y demás está ahí… pero con una visión civilizada y racional. Como si todos los seres humanos fuéramos capaces de dejar las emociones a un lado y arreglar los asuntos del corazón de manera civilizada. De una manera totalmente racional. Y eso es lo que hace a Daisy Kenyon una película atípica, interesante… y todavía moderna. Porque, señores y señoras, somos hijos e hijas del melodrama…historias fuertes, emociones desatadas y la lógica brillando por su ausencia…, y de pronto, Otto nos obsequía con un melodrama matemático y racional que finalmente nos deja escapar una sonrisa de los labios. Porque no hay drama. No, señor. Me quito el sombrero.

Contemos la historia. Daisy Kenyon (ella es la reina del melo, Joan Crawford) es una mujer moderna de finales de los años cuarenta. Acaba de terminar la Segunda Guerra Mundial y ella es una mujer trabajadora, diseñadora, independiente, con apartamento propio en Nueva York y muy dueña de sí misma. Ah, por supuesto mucho desencanto a cuestas. Su vida sentimental es un caos porque está atada emocionalmente a un abogado prestigioso pero que es hombre casado y con dos hijas a las que adora. El tipo en cuestión es un ejecutivo enamorado de sí mismo, de su éxito y encantado de poseer las emociones de Daisy. El rostro de esta joya de la corona es Dana Andrews que además consigue que sea un ser humano que encima no te caiga mal. Aparece el tercero en cuestión, un Henry Fonda, como soldado desencantado que ha vivido el horror de la guerra y ahora no sólo se siente desubicado sino que arrastra la ausencia de su mujer (que murió en un accidente de coche) y desde ese momento es un muerto en vida pero con ganas… de volver a intentarlo. Y ese volver a intentarlo es con Daisy Kenyon. Así que los dos, Daisy y él, unen sus cuerpos sin mentirse, él tiene que recuperar la ilusión por vivir y saber desprenderse de la ausencia de la esposa, y ella, sabiendo que no está con el hombre con quién realmente le gustaría estar, herida de corazón. Pero ambos deciden darse una oportunidad y construirse una vida juntos, desde cero… pero entonces ¿dónde está la historia? ¿Cuál es el impedimento? Por supuesto en Dana Andrews que no se retira tan fácilmente y en acontecimientos futuros que precipitan el divorcio de éste e implican a Daisy en un juicio (y así Preminger se va entrenando en cine judicial para luego posteriormente ofrecernos otros juicios que le elevarían a los altares…).

Andrews no puede romper ese lazo emocional que les une. Y Daisy tampoco. Es un lazo de recuerdos y dependencias. Él no sólo humilla de continuo a la esposa sino que además quiere también tener/poseer a la amante, mujer de espíritu independiente. Y de nuevo Otto, genial, nos ofrece a una esposa que no recibe el beneplácito del público (y eso que debe ser duro aguantar a tal personaje). Porque la esposa es la única que se deja arrastrar por las emociones, la única que se desata, la única que no emplea la lógica… y la única que aparece como una inestable mental incapaz de arreglar su vida o imponerse. La única que paga su debilidad con dos hijas que no hacen más que demostrar su amor al padre y su menosprecio a la madre que desata su furia sobre todo con la más pequeña.

Así de pronto la película nos ofrece un triángulo amoroso que se reúne varias veces alrededor de una mesa o una habitación para arreglar su situación. Todo de manera tan civilizada que no sólo provoca la sonrisa de los protagonistas sino la nuestra también. Henry Fonda en ningún momento es el marido engañado, Daisy no es la mujer que se rompe ante dos amores y Dana se va haciendo más humano y pierde con la dignidad del que de pronto lo tenía todo y se da cuenta lo fácil que es perderlo todo. Descubre que en su brillante carrera puede perder un caso importante, que su cómoda vida familiar puede derrumbarse y que la mujer a la que tenía atada emocionalmente se le escapa de las manos porque no vivían una relación real. No construían nada.

Así me parece interesante la cantidad de subtramas que ofrece la película. Y como Otto dirige a sus personajes de manera tan civilizada que no llegan a perder los estribos. Y todo va confluyendo hacia la calma. Y la sonrisa final. Como una broma. Quizá la única que sale perdiendo es la pobre mujer de Dana… que sólo sabe dejarse llevar por sus emociones y claro se desboca y no regresa a su ser…

Buen trabajo para recuperar a Joan y a Fonda. Pero aquí voy a pedir mi aplauso por aquel que nunca fue considerado una estrella, Dana Andrews y sin embargo trabajó siempre con buenos directores y creó personajes para el recuerdo cinéfilo difíciles de olvidar. Miremos la nómina de directores que contaron más de una vez con Dana: Otto Preminger, Fritz Lang, Jacques Tourneaur, Elia Kazan, William Wyler, Lewis Milestone… Y recreémonos en una de sus interpretaciones.

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Valor de ley (True Grit, 1969) de Henry Hathaway

Buen momento para recuperar olvidado western que supuso un oscar en la carrera de John Wayne por su recreación de un antihéroe, Rooster Cogburn. Ahora vuelve a la memoria cinéfila porque los Coen han vuelto a retomar al personaje y la historia. Mientras Hathaway pasea por las claves del cine del oeste para ofrecer historia al servicio de la estrella del género, parece ser (creo que la veré el viernes y me muero de ganas) que los Coen parten en su adaptación a captar el espíritu de la novela de Charles Portis. El antihéroe del parche en el ojo, viejo, alcohólico y solitario tiene esta vez el rostro del carismático Jeff Bridges (al que ya sabéis que adoro).

Pero volvamos a la pieza original de Hathaway (director-artesano capaz de ofrecer en su carrera larga y variopinta puro cine negro como El beso de la muerte o Yo creo en ti, melodrama con tintes de thriller como Niágara o puro cine espectáculo como Tres lanceros bengalíes) que en su momento adquirió tal popularidad, sobre todo el personaje de Rooster, que en 1975 se realizó una secuela del personaje (con Wayne, claro) en El rifle y la Biblia  (pero fue dirigida por Stuart Millar).

Situémonos en los duros y salvajes tiempos del Oeste y sus duras gentes. Valor de ley presenta una historia de venganza con un fuera de ley con estrella de sheriff, parche en el ojo y mucho desencanto a cuestas; una niña de apenas 16 años obstinada, racional y fría con personalidad compleja (Kim Darby) y un joven tejano con ambiciones (Glen Campbell) pero muy verde en ciertas cuestiones de la vida. Tres seres muy distintos entre sí unidos para capturar a un mismo hombre por motivos muy diferentes. Así Hathaway ofrece la historia de una búsqueda y crea las relaciones transformadoras y cambiantes entre los tres personajes (lo que más disfruté de la película).

La historia arranca cuando el padre de la niña es asesinado y abandonado, podríamos decir que por accidente, por uno de sus hombres de confianza. Éste huye y se une a una banda de forajidos. Su hija paga a un hombre, al más duro, porque quiere a toda costa vengar la muerte de su padre. Sin piedad y estar ella presente. El joven tejano se les une porque el asesino es buscado en el estado de Tejas ya que también mató a un senador y se paga una cuantiosa recompensa por su captura. Ya está el nudo de la historia y comienza la aventura de la búsqueda.

En el camino encontrarán forajidos entre los que aparecerán los rostros del Dennis Hopper o Robert Duvall (con un buen personaje). Y ahondamos en la personalidad nada fácil de los tres protagonistas que sin embargo van tejiendo unos lazos fuertes.

Hathaway ofrece una historia de venganza y violencia repleta de escenas-detalle que conforman la personalidad de cada uno de los personajes. Impresionante, al principio, la secuencia de la ejecución de tres hombres en la horca en medio de una multitud donde se encuentra la niña protagonista. O también la escena casi final de un Wayne (que la niña ve con ojos de hombre valeroso y yo con ojos de hombre fuera de la ley a la que ya está de vuelta de todo y se muere… pues no pasa nada) que galopa en dirección a una banda de forajidos a disparo limpio. O el universo recreado para conocer la intimidad del hombre del parche que vive con un anciano japonés y un gato “con el que comparte habitación”.

Valor de ley es un western con un universo propio y con muchos matices que hacen que no sea una obra de mero entretenimiento. Y eso sin duda es lo que sintieron los Coen… en la novela (que confieso no he leído pero está publicada por Debolsillo). Pronto os contaré mis impresiones de la película de los Coen.

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