Perseguido (Pursued, 1947) de Raoul Walsh

Raoul Walsh, ilustre director de la cuadrilla parche en el ojo (cuadrilla maravillosa con ilustres nombres como John Ford, Fritz Lang, Nicholas Ray o Samuel Fuller), me seduce una vez más con atípico western que no tenía el gusto de conocer. Walsh es cineasta con personalidad arrolladora como podemos comprobar en una de las conversaciones que mantuvo con Peter Bogdanovich (publicada en el primer volumen, imprescindible, de El director es la estrella en T&B Editores). Ahí Raoul se muestra como pionero en ese mundo que fue Hollywood pero también nos cuenta sus andanzas en diversas profesiones por mar y por tierra antes de convertirse en ilustre y actualmente olvidado director, por desgracia. En el cine silente además de director o guionista fue también actor antes de sufrir el accidente que le dejaría sin ojo.

Aunque no he visto todavía toda su obra (me queda muchísimo por descubrir), de lo conocido hasta ahora, lo que sí puedo afirmar es que hay un aspecto que me llama poderosamente la atención en su cine y su dominio de los géneros y es que pese a ser ese hombre duro y pionero poseía también un romanticismo extremo y poético que le permitía presentar unas historias de amor con un sentido trágico del destino y una plasmación romántica fuerte e inolvidable. Así tenía una sensibilidad especial para representar un romanticismo trágico y presentaba a unas heroínas apasionadas con una personalidad compleja. Sus héroes y heroínas así como sus historias se convertían en creíbles a la par que extremadamente poéticas.

Me viene a la cabeza el romanticismo trágico de Los violentos años veinte, El último refugio o Juntos hasta la muerte… y ahora añado Perseguido. Ese romanticismo mezclado con pasión, muerte y tragedia es lo que más me ha entusiasmado de este, vuelvo a repetir, peculiar western. Así creo que no olvidaré ese baile “a la fuerza” pero lleno de sensualidad entre Robert Mitchum y Teresa Wright. O toda la secuencia que nos narra “el cortejo obligado”, la boda y la noche de bodas entre dos personajes entre los que fluctúa un amor apasionado, un destino trágico y un odio incomprensible por todas las muertes que impiden su pasión. Esa novia seria, de blanco, con pistola en mano. Ese novio serio que sabe que no tiene que dejar escapar a la mujer que ama (aunque en esos momentos sabe que le odia), pero que un pasado y un destino que no puede dominar se empeña en no dejarle vivir tranquilo y enamorado. Así llega la escena culminante donde ella le apunta y él se va acercando hasta que se funden en un beso donde ella desesperadamente le pide finalmente que la abrace… cayendo al suelo la pistola.

Pero no sólo este aspecto es el que hace atípico este western. Son muchos otros matices que enriquecen su visionado. Una película del Oeste con toques psicológicos, tintes shakesperianos, pasiones desatadas y una venganza eterna con un malo malísimo manco que persigue al protagonista en la sombra desde que era niño. Todo envuelto en unos amplios paisajes rocosos que acentúan la soledad e indefensión del personaje principal, Robert Mitchum, que no entiende el reguero de desgracias que acompaña su vida.

Mitchum sólo guarda en su cabeza recuerdos discontinuos de un hecho escalofriante que cambió su vida cuando tan sólo contaba cuatro años de edad. Sólo recuerda fogonazos y unas botas con espuelas (imágenes que le acompañarán toda la vida y se convertirán en su pesadilla continúa) y que a partir de ese momento le acogió una mujer, su madre adoptiva, en su familia. Una mujer viuda y con dos hijos, un niño y una niña. Una mujer que trata de que Jeb, el protagonista, sea uno más y que entre sus dos hermanos adoptivos y él surja un lazo irrompible. No lo consigue… la tragedia y la culpa también la persiguen a ella. Tan sólo hay un momento que parece que fragilmente ha conseguido lo que quiere, ese lazo que los une a todos, y es cuando los cuatro integrantes rodean una caja de música y los dos hombres cantan la canción de la melodía bajo la mirada atenta de las dos mujeres. Momento mágico. Jeb mantiene una relación amor-odio y rivalidad con su hermano adoptivo Adam (que irá alimentando en la sombra el malo malísimo, un familiar de la mujer, el tío de los niños, un hombre de apariencia siniestra sin un brazo) que terminará de manera trágica. Pero a la vez alimenta una historia de amor con tintes trágicos con su hermana adoptiva, ambos son arrastrados por un destino que no entienden en plenitud.

También en la película está siempre presente la muerte que llega a su culminación en un fantasmagórico entierro que marca al protagonista porque es  el momento en que decide que no debe perder el amor de su hermana adoptiva a pesar de las dificultades. Y otro aspecto es la forma en la Walsh decide contarla. Nos remite a los personajes en punto en que esta historia va a terminar… y nos va narrando todo desde flash back al pasado para que el espectador pueda entender porque los protagonista se encuentran en esa situación… en un rancho abandonado como esperando la muerte…

Película que creo volveré a ver pronto… porque quedan muchas cosas por descubrir. Y que permite además disfrutar de la interpretación de una inolvidable actriz secundaria, Judith Anderson que quedó marcada y eternamente recordada en su papel de ama de llaves en Rebeca.

Esta obra está bajo una licencia de Creative Commons.  

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